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El calor que no le di (capítulo 4)

Martín no quería creerlo, pero el video lo confirmaba: su esposa lo estaba follando en un vestuario, mientras él observaba desde las sombras. Sofía, la esposa del amante, le susurró al oído que la venganza sería dulce, pero el miedo a perder a Elena lo paralizaba. Ahora, con la grabación en la mano y el sonido de sus gemidos en la cabeza, Martín debe decidir si expone la verdad o se hunde en la os

Ragnar 20236.8K vistas9.1· 22 votos

Capítulo 4

Martín se sentó en el sillón de la sala, el celular todavía en la mano, el mensaje de Sofía quemándole los ojos: “Soy Sofía, la mujer de Javier. Busqué tu número, si sos quien me llamó hoy al trabajo, tenemos que hablar”.

El corazón le latía con fuerza, la cabeza dándole vueltas mientras intentaba decidir qué hacer. La rabia seguía presente, un fuego que no se apagaba, pero también el amor por Elena, un dolor que le apretaba el pecho y no lo dejaba pensar con claridad.

Quería vengarse, quería destruirla por lo que le había hecho, pero también la quería, la quería tanto que no sabía si podía dejarla ir.

La conversación con Valeria esa mañana lo había dejado más confundido que nunca, las opciones dando vueltas en su cabeza como un torbellino: divorcio, venganza, o una mediación que tal vez salvara lo que quedaba de su matrimonio.

Finalmente, respiró hondo, respondió al mensaje, propuso encontrarse en un café del centro, un lugar neutral donde pudieran hablar sin interrupciones.

Sofía aceptó de inmediato, así que una hora después, Martín estaba sentado en una mesa al fondo del local, el ruido de las tazas, las conversaciones de fondo mezclándose con el latido de su corazón.

Cuando Sofía entró, el aire se le escapó de los pulmones. Era más atractiva de lo que las fotos de redes sociales dejaban ver: alta, con el pelo castaño suelto cayéndole en ondas sobre los hombros, un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, además de unos ojos grandes que lo miraron con una mezcla de furia y determinación. Se sentó frente a él, cruzó las piernas con un movimiento lento que lo hizo tragar saliva, el morbo subiéndole por la espalda.

—Entonces, vos sos Martín López —dijo ella, la voz baja pero firme, los ojos entrecerrados mientras lo estudiaba—. ¿Por qué me llamaste? ¿Qué sabés de Javier?

Martín dudó un segundo, la mirada de Sofía poniéndolo nervioso, pero se obligó a hablar, la voz temblándole un poco.

—Antes que nada, mi apellido no es López, es Vargas —dijo, las palabras saliéndole con esfuerzo—. Usé un nombre falso cuando te llamé porque no quería que Elena se diera cuenta de que era yo. Sé que tu marido está teniendo una aventura con mi mujer, Elena. Los vi juntos, en mi casa, en mi cama. Tengo un video. Quiero que paguen por lo que hicieron.

Sofía lo miró un momento, el rostro endureciéndose, para luego soltar una risa amarga, el sonido cortando el aire como un cuchillo.

—Así que sos Martín Vargas, el marido de Elena —dijo, inclinándose hacia adelante, el vestido dejando ver un poco más de su escote—. No te conocía. Trabajo con ella en la agencia, pero en departamentos diferentes, ventas y diseño. Nunca socializamos fuera del laburo, ella nunca te trajo a ningún evento. Supongo que por eso no te reconocí cuando me llamaste, también por eso usaste un apellido falso. Ahora entiendo por qué Elena no pareció relacionarlo de inmediato.

Martín asintió, la explicación encajando en su cabeza, aunque la furia seguía quemándole las tripas. Sofía se recostó en la silla, los ojos brillando con una mezcla de rabia y algo más, algo que lo puso en alerta.

—Sabía que Javier era un tiro al aire —dijo ella, la voz cargada de desprecio—. Siempre lo sospeché, llegaba tarde, se ponía raro con el celular, pero nunca tuve pruebas. Hasta ahora. Después de tu llamada, revisé su teléfono, encontré mensajes con tu mujer. Llevan meses viéndose, Martín. Estoy harta. Quiero que paguen, los dos.

Martín apretó los puños bajo la mesa, la confirmación de que la relación de Elena con Javier era de larga data golpeándolo como un puñetazo.

Sofía lo miró, los ojos brillando con una intensidad que lo hizo tragar saliva, se inclinó hacia él, rozándole la mano con los dedos, el contacto enviándole un escalofrío por la espalda.

—Podemos hacer que sufran —dijo ella, la voz baja, casi un susurro—. Tengo una amiga, Lucía, que trabaja en el club de tenis. Podemos grabarlos juntos, en una situación que no puedan negar, para exponerlos frente a todos en una fiesta de socios. Que sepan lo que es la humillación.

Martín sintió un nudo en el estómago, la idea de exponer a Elena y Javier frente a sus conocidos generándole una satisfacción oscura, pero también un dolor que no esperaba. Imaginó a Elena humillada, los ojos llenos de lágrimas mientras todos la miraban, el amor que todavía sentía por ella lo golpeó como un puñetazo.

Quería vengarse, quería que pagaran, pero también quería abrazarla, entenderla, recuperarla. La ambivalencia lo dejó sin aire, la cabeza dándole vueltas mientras Sofía lo miraba, esperando una respuesta.

—No sé si puedo hacer eso —dijo finalmente, la voz ronca, los ojos fijos en la mesa mientras intentaba ordenar sus pensamientos—. Quiero que paguen, pero… no sé si quiero verla así, humillada frente a todos. Todavía la quiero, Sofía. No sé qué hacer.

Sofía lo miró, los ojos entrecerrados, asintió despacio, como si entendiera el torbellino que tenía adentro.

—Entiendo —dijo, la voz más suave, pero todavía firme—. Pero pensalo, Martín. No podés dejar que sigan haciéndote esto. Si no querés exponerlos, al menos grabarlos nos dará poder, algo que podamos usar contra ellos. No podés dejar que te sigan humillando.

Martín asintió, la idea de tener más pruebas dándole una sensación de control que necesitaba, aunque el dolor seguía ahí, un peso que no podía sacarse del pecho.

Sofía lo miró, los ojos brillando con una satisfacción oscura, por un momento, su mente se fue a otro lugar. Imaginó cómo sería vengarse de Javier de otra forma, seduciendo a un hombre, cualquier hombre, haciéndole lo mismo que él le había hecho a ella.

La idea la calentó, el morbo subiéndole por la espalda mientras imaginaba a un desconocido cogiéndosela, su cuerpo temblando de placer mientras Javier sufría al saberlo. Pero no lo haría, no todavía. Quería planearlo bien, quería que su venganza fuera perfecta.

Sofía se levantó, ajustándose el vestido con un movimiento que hizo que la tela se pegara aún más a sus curvas, el aire cargado de una tensión que Martín sintió en la piel.

Decidieron ir al club de tenis para hablar con Lucía, la amiga de Sofía que podía ayudarlos a tender la trampa.

Martín manejó en silencio, la cabeza dándole vueltas mientras el paisaje del barrio pasaba por la ventana, las calles iluminadas por farolas que proyectaban sombras largas sobre el asfalto. El club estaba a pocas cuadras, el sol ya se había puesto, dejando el cielo en un azul profundo que se reflejaba en las canchas vacías.

Lucía los recibió en la recepción, una mujer sensual de unos treinta, con el pelo rubio cayéndole en ondas sobre los hombros, un uniforme ajustado que marcaba las curvas, además de unos ojos que lo miraron con una mezcla de curiosidad y algo más.

El club estaba casi vacío a esa hora, el silencio roto solo por el sonido lejano de una pelota rebotando en una cancha, el aire cargado del olor a césped recién cortado, cloro. Sofía presentó a Martín, Lucía sonrió, los ojos brillando con una intensidad que lo puso nervioso.

—He visto a Elena y Javier juntos varias veces —dijo Lucía, la voz baja, los ojos fijos en Martín—. No me gusta Javier, es un arrogante con los empleados, siempre tratándonos como si fuéramos menos. Quiero ayudarlos. Podemos atraerlos al club con una excusa, una fiesta de socios, grabarlos en un momento íntimo. Luego, podemos exponer el video en el evento, frente a todos.

Martín sintió el mismo nudo en el estómago, la idea de exponer a Elena generándole una mezcla de satisfacción y dolor que no podía ignorar. Quería vengarse, quería que pagaran, pero también la quería, la idea de verla humillada frente a todos lo llenaba de una tristeza que no esperaba. Imaginó a Elena en esa fiesta, los ojos llenos de lágrimas mientras todos la miraban, sus conocidos susurrando a sus espaldas, la vergüenza quemándole la cara mientras él la observaba desde un rincón, incapaz de hacer nada para salvarla. La imagen lo destrozó, el amor que todavía sentía por ella apretándole el pecho como un puño.

—No sé si puedo hacer eso —dijo, la voz ronca, los ojos fijos en el suelo mientras intentaba ordenar sus pensamientos—. Quiero que paguen, pero… no sé si quiero verla así, humillada frente a todos. Todavía la quiero.

Sofía lo miró, los ojos entrecerrados, asintió despacio, como si entendiera el torbellino que tenía adentro.

—Entiendo —dijo, la voz más suave—. Pero al menos grabarlos nos dará poder, algo que podamos usar contra ellos. No podés dejar que te sigan humillando.

Martín asintió, la idea de tener más pruebas dándole una sensación de control que necesitaba, aunque el dolor seguía ahí, un peso que no podía sacarse del pecho. Lucía sonrió, el plan tomando forma mientras el cielo terminaba de oscurecerse afuera, dejando el club en una penumbra que se sentía cargada de secretos.

Justo en ese momento, Lucía miró hacia el estacionamiento a través de la ventana de la recepción, sus ojos entrecerrándose al ver una figura conocida. Era Javier, llegando al club en su moto negra, acompañado por Elena, que caminaba a su lado con una expresión tensa. Lucía se volvió hacia Martín y Sofía, la voz baja pero cargada de urgencia.

—Hablando del rey de Roma —dijo, señalando hacia el estacionamiento—. Ahí están. Si queremos grabarlos, esta podría ser nuestra oportunidad. Puedo seguirlos, ver a dónde van. ¿Qué dicen?

Martín sintió el corazón acelerársele, la rabia subiéndole por la garganta al ver a Javier, la idea de tener pruebas concretas en sus manos calentándolo de una forma que no esperaba. Sofía lo miró, los ojos brillando con una satisfacción oscura, asintió con un movimiento rápido.

—Hagamos esto —dijo, la voz firme—. Grabémoslos ahora.

Lucía tomó su celular, ajustó la cámara con dedos rápidos, salió de la recepción con pasos silenciosos, indicando a Martín y Sofía que la siguieran a una distancia prudente.

Los tres se movieron hacia el pasillo que llevaba a los vestuarios, el club silencioso a esa hora, el aire cargado de tensión mientras seguían a Javier y Elena, que desaparecieron por una puerta al fondo.

En el estacionamiento, Elena había abordado a Javier con el corazón latiéndole fuerte, la preocupación quemándole el pecho. Había pasado el día dándole vueltas a lo que Sofía le había dicho, el nombre “Martín López” resonando en su cabeza como una alarma que no podía apagar.

No había relacionado el nombre de inmediato con su Martín porque el apellido no coincidía, pero la coincidencia la tenía nerviosa, el miedo de que él supiera algo no la dejaba en paz.

—Javier, tenemos que hablar —dijo, la voz temblándole, los ojos fijos en él mientras se apoyaba contra su moto—. Sofía me dijo que un tipo, un tal Martín López, la llamó para decirle que vos le estás siendo infiel. ¿Qué está pasando? ¿Martín sabe algo? Tenemos que estar atentos, no podemos dejar que nos descubran.

Javier frunció el ceño, la mirada endureciéndose, pero se acercó a ella, las manos apoyándose en la moto a ambos lados de su cuerpo, encerrándola.

—No es nada, Elena —dijo, la voz baja, el tono firme—. No sé quién es ese tipo, pero Sofía siempre ha sido paranoica. No te preocupes, nadie sabe nada. Pero tenés razón, tenemos que estar atentos. No podemos arriesgarnos.

Elena asintió, el miedo todavía apretándole el pecho, pero la cercanía de Javier, el olor de su colonia mezclándose con el sudor, la calentó de una forma que no pudo controlar. Él la miró, los ojos brillando con deseo, la agarró de la mano, llevándola hacia el vestuario del club, un lugar vacío a esa hora de la tarde.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave, el sonido resonando en el espacio pequeño, la empujó contra los lockers, las manos temblándole mientras le levantaba la falda de tenis, la tanga blanca cayendo al suelo con un movimiento rápido.

Elena gimió, el miedo mezclándose con la lujuria mientras él le abría las piernas, la verga dura contra su concha mientras la besaba, la lengua invadiendo su boca con una urgencia que la hizo temblar.

El vestuario olía a cloro y a sudor, el aire cargado de humedad, el suelo de cerámica frío bajo sus pies descalzos. Los lockers de metal vibraron con el impacto de su cuerpo, un ruido seco que resonó en el espacio pequeño, aumentando la tensión del momento.

Desde el pasillo, Lucía se acercó a la puerta del vestuario con pasos silenciosos, el celular en la mano, la cámara lista para grabar. Encontró una rendija en la puerta, un espacio pequeño entre el marco y la madera, lo suficiente para enfocar el interior sin ser vista.

Martín y Sofía se quedaron atrás, escondidos en las sombras del pasillo, el corazón de Martín latiendo con fuerza mientras esperaba, la rabia y el dolor peleándose adentro. Lucía ajustó el lente, el sonido de los gemidos de Elena filtrándose por la rendija, comenzó a grabar, capturando cada detalle de la escena que se desarrollaba dentro.

—Sos mía, Elena —dijo Javier, la voz ronca, las manos apretándole las caderas mientras se la metía, profundo, duro, el cuerpo de ella temblando contra los lockers.

Elena gimió, el placer subiéndole por la espalda mientras él la cogía, el riesgo de ser descubiertos calentándola más, el miedo de que Martín supiera algo mezclándose con la lujuria que Javier siempre le sacaba.

La verga de Javier entraba y salía con un ritmo firme, el calor de su cuerpo contra el suyo haciéndola temblar, el sudor corriéndole por la frente mientras se aferraba a los hombros de él, las uñas hundiéndose en la tela de su remera. Cada embestida la hacía jadear, los gemidos saliéndole entrecortados, el cuerpo arqueándose contra los lockers mientras el placer la llevaba al borde.

—Más, Javier, no pares —dijo, la voz temblándole, los ojos entrecerrados mientras lo miraba, el miedo todavía presente pero ahogado por el deseo que la consumía.

Javier gruñó, las manos deslizándose por sus muslos, levantándole las piernas para enroscarlas alrededor de su cintura, el cuerpo de ella quedando suspendido contra los lockers mientras él la cogía más profundo, el sonido de la piel chocando llenando el vestuario.

La falda de tenis se le había subido hasta la cintura, las nalgas temblando con cada movimiento, el sudor goteándole por la espalda y cayendo al suelo. Elena se tocó la concha, los dedos resbalando por lo mojada que estaba, el clítoris duro bajo su toque mientras gemía más fuerte, el placer subiéndole por la espalda como un incendio.

—Me volvés loco, sos una puta increíble —dijo Javier, la voz ronca, las manos apretándole las nalgas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne mientras aceleraba el ritmo.

Elena se corrió, el cuerpo convulsionando contra los lockers, la concha chorreando mientras gritaba, un alarido que resonó en el vestuario, el placer llevándola al borde mientras las piernas le temblaban alrededor de la cintura de Javier.

Él no paró, siguió cogiéndosela con fuerza, el sudor corriéndole por la frente y goteándole sobre el pecho de ella, la remera de tenis empapada pegándosele a la piel. La besó de nuevo, los labios duros contra los suyos, la lengua invadiendo su boca mientras ella gemía, el sabor salado del sudor mezclándose con el de su saliva.

—No podemos seguir así, Javier —dijo ella entre jadeos, la voz temblándole mientras intentaba recuperar el aliento, el miedo volviendo a apretarle el pecho—. Si Martín sabe algo, estamos jodidos.

Javier la miró, los ojos brillando con deseo, la bajó al suelo con cuidado, pero no la soltó, las manos todavía apretándole las caderas mientras la volteaba, apoyándola contra los lockers de nuevo. Le metió la verga de nuevo, profundo, duro, en el culo de ella que rebotaba con cada embestida, los gemidos de Elena llenando el vestuario mientras se corría otra vez, la concha chorreando y el culo lleno. Él aceleró, las manos deslizándose por su espalda, levantándole la remera para chuparle el cuello, los dientes marcándole la piel mientras ella temblaba, el placer y el miedo peleándose adentro.

—Nadie va a saber nada, Elena —dijo, la voz ronca, las manos apretándole las tetas con fuerza, los pezones duros bajo sus dedos mientras seguía cogiéndosela—. Pero tenés razón, tenemos que ser más cuidadosos. No podemos dejar que nos descubran.

Elena asintió, el cuerpo todavía temblando de placer, pero el miedo seguía ahí, un nudo en el estómago que no podía sacarse. Javier aceleró, las embestidas volviéndose más rápidas, más profundas, el calor de su cuerpo contra el suyo haciéndola gemir más fuerte, los gemidos resonando en el vestuario mientras el placer la llevaba al borde otra vez. Se corrió de nuevo pero esta vez dentro de su culo, el cuerpo convulsionando contra los lockers, las piernas temblándole mientras él seguía, el sudor goteándole por la espalda, el olor a sexo llenando el aire.

—Me hacés perder la cabeza —dijo Javier, la voz ronca, las manos apretándole las nalgas con fuerza mientras aceleraba, el placer subiéndole por la espalda.

Elena se aferró a los lockers, las uñas raspando el metal mientras gemía, el cuerpo temblando entero bajo el peso de él, las nalgas rebotando con cada embestida, el sudor corriéndole por la cara, goteándole sobre el suelo. Javier gruñó, el semen subiéndole, acabó dentro, el semen caliente llenándola, el cuerpo convulsionando mientras se derrumbaba contra ella, la respiración agitada, el sudor de ambos mezclándose en el aire cargado del vestuario.

Lucía grabó cada detalle, el celular capturando los gemidos de Elena, el sudor corriéndole por la espalda, las nalgas temblando con cada embestida, el cuerpo de Javier moviéndose contra el de ella. Cuando terminaron, apagó la cámara con un movimiento rápido, el corazón latiéndole con fuerza mientras se alejaba por el pasillo, volviendo hacia Martín y Sofía con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

—Lo tengo —dijo, la voz baja, mostrándoles el celular mientras el video se reproducía en la pantalla, los gemidos de Elena resonando en el pasillo silencioso.

Martín sintió el nudo en el estómago apretarse más, la rabia subiéndole por la garganta al ver a Elena con Javier, el dolor mezclándose con la satisfacción de tener pruebas concretas en sus manos. Sofía lo miró, los ojos brillando con una intensidad que lo puso nervioso, pero no dijo nada, dejando que el silencio hablara por ella.

Esa noche, mientras Elena se duchaba, Martín miró el video que Lucía había grabado, la rabia creciendo al verla con Javier, el sonido de sus gemidos resonando en su cabeza como un eco que no podía apagar. La casa estaba oscura, el silencio roto solo por el sonido del agua cayendo en el baño, el aire cargado de humedad mientras él se sentaba en el sillón, las manos temblándole mientras intentaba decidir qué hacer. Justo entonces, el celular vibró con un mensaje de Valeria: “Encontré información sobre Javier que podría cambiar todo. Hablame cuando puedas”. El corazón le dio un vuelco, supo que esto recién empezaba.