Xtories

Despedida de soltera

La puerta se abre a las tres de la madrugada y no es solo el futuro esposo el que entra tambaleándose. Mario está ahí, borracho y con una mirada que promete el caos. Con Luis inconsciente al lado y el recuerdo del stripper aún fresco, la resistencia se desvanece ante la certeza de que esta será su última noche de soltera.

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Mi nombre es Alicia, tengo 29 años, y en un mes me voy a casar con Luis, el chico con el que llevo saliendo desde la universidad. Fue al poco de comenzar los estudios que le conocí ya que rápidamente en la clase formamos un grupo de amigos que se haría inseparable. Sin embargo, no fue inmediatamente que empezamos a salir, y es que durante los primeros meses de universidad mi vida sentimental estuvo unida a Mario, otro de los chicos del grupo. Mario era… bueno, era imposible no fijarse en él. Alto, con el pelo oscuro y despeinado que siempre parecía haber salido de una sesión de fotos, y unos ojos marrones que te miraban como si supieran exactamente lo que estabas pensando. Era guapo, sí, pero no era solo eso. Tenía una forma de ser que te atraía, una mezcla de confianza y descaro que hacía que todo el mundo quisiera estar cerca de él. Y, por alguna razón, desde el primer día, decidió que yo era su objetivo. “Que guapa has venido hoy” me decía con una sonrisa pícara mientras nos sentábamos juntos en las clases. Al principio, me reía y le decía que dejara de tontear, pero él no paraba. Cada día tenía un cumplido nuevo, una mirada que me hacía sonrojar, un comentario que me dejaba sin palabras. Y aunque intenté resistirme, al final caí.

Comenzamos a salir en secreto. No quería que el grupo se enterara, sobretodo porque no sabía si lo nuestro podía ser algo serio o un simple rollete, por lo que no quería que los demás fueran cuchicheando sobre nosotros. Mario y yo no teníamos demasiado en común: a él le encantaba salir de fiesta y estar siempre activo, mientras que yo prefería planes más tranquilos, pero a pesar de eso, nos lo pasábamos bien juntos. Él me hacía reír, me sacaba de mi zona de confort y, sobretodo, el sexo con él era increíble. Mario era atrevido, sabía exactamente lo que quería y cómo darlo, y cada vez que estábamos a solas, sentía que el mundo desaparecía a nuestro alrededor.

La relación con Mario duró unos meses, pero todo se terminó como acaban tantas relaciones: Le pillé poniéndome los cuernos. Sus padres no solían llegar hasta última hora de la tarde, por lo que muchas veces íbamos a su casa después de clase para follar. Yo ese día había faltado a clase porque tenía que hacer unas pruebas en el médico, pero se me ocurrió ir a su casa y esperarle para darle una sorpresa. La sorpresa fue mutua ya que le encontré llegando besando y metiéndole mano a una chica que me sonaba haber visto alguna vez por la universidad. No grité, no lloré, ni siquiera le dirigí la palabra, simplemente me di la vuelta y me fui. Mario intentó llamarme, mandarme mensajes, incluso apareció en mi casa para explicarse, pero no quise escuchar. Puede que no tuviéramos la relación más formal, pero era éramos una pareja y no había excusa que valiera. Por suerte pude evitar más dramas ya que nadie del grupo llegó a enterarse de que habíamos estado saliendo. Mario no dijo nada, y yo tampoco, simplemente me volví más distante con él, evitando quedar a solas o responder a sus bromas coquetas. Con el tiempo, las cosas volvieron a la normalidad, o al menos a una nueva normalidad en la que Mario y yo éramos solo amigos en la que yo siempre guardaba cierta distancia. Prometí que no volvería a salir con alguien de nuestro grupo, que no mezclaría el amor y la amistad de nuevo. Pero, como suele pasar, el destino tenía otros planes.

Luis era todo lo contrario a Mario. También era guapo, pero de una manera más discreta. Tenía el pelo castaño claro, siempre bien peinado, y unos ojos azules preciosos. Era tímido y le costaba ser el centro de atención, pero muchas lograba ser el que supiera dar con la puntilla en el lugar adecuado y hacernos reír a todos. Durante mucho tiempo siempre supe que estaba colado por mí, pero nunca se atrevía a dar el primer paso, probablemente por vergüenza a que le rechazara y arruinar nuestra amistad. Al principio, no le di mucha importancia. Luis era mi amigo y eso era todo, pero con el tiempo, empecé a fijarme en él de otra manera. Ver como se preocupaba por mí cuando tenía un mal día, cómo recordaba las cosas pequeñas que le contaba, cómo su sonrisa tímida iluminaba su cara cuando estábamos juntos,... Y un día, sin darme cuenta, me di cuenta de que me había enamorado de él. Fue un proceso lento, Luis no era como Mario, no me lanzaba cumplidos ni intentaba impresionarme. Era sincero, amable, y sobre todo, respetuoso. Con él, no había juegos ni secretos. Era puro, auténtico. Y aunque me costó admitirlo, supe que era lo que necesitaba en mi vida. Finalmente un día decidí dar el primer paso tras quedarnos solos después de clase.

-Luis- Le dije, mirándolo directamente a los ojos-.¿por qué nunca me invitas a salir?

Él se sonrojó, como siempre, apartando un poco la mirada.

-Porque nunca pensé que querrías- Respondió con una adorable voz temblorosa. Yo sonreí y le tomé la mano.

-Pues te equivocabas-Le contesté. Y así comenzó todo.

Era amor real, mientras que lo que había vivido con Mario había sido más impulsivo, más fascinación, más basado en la atracción sexual. Con Luis, todo era diferente. No había motivos para esconder nuestra relación porque sabía que iba en serio con él, por lo que se lo confesamos a nuestro grupo de amigos. Todos se mostraron felices por nosotros, incluso Mario nos dio su aprobación. “Por fin alguien logra derretir el corazón de la reina de hielo”, dijo, agarrando a Luis. Todos se rieron, y yo también a pesar de que entendía la indirecta que me lanzaba. Sin embargo, semanas después en una fiesta, las cosas se pusieron un poco incómodas. Estábamos todos en una discoteca, los unos hablando con los otros, y en una que Luis se separó de mí, Mario se me acercó con esa mirada traviesa que conocía demasiado bien.

-Oye, Alicia- Me dijo, bajando la voz para que solo yo lo escuchara- ¿Luis te folla tan bien como yo lo hacía?

Sus palabras me golpearon como un puño en el estómago. No podía creer que tuviera la osadía de preguntarme algo así, aquí, en medio de una fiesta con todos nuestros amigos alrededor. Lo miré con furia, pero antes de que pudiera decir algo, él soltó una risita y añadió:

-Vamos, sabes que conmigo era increíble.

-Mario, vete a la mierda- Le dije en un susurro cortante, apartándome de él. Él se encogió de hombros, como si no le importara, y se alejó con esa actitud despreocupada que siempre lo caracterizaba. Pero sus palabras se quedaron en mi cabeza.

Intenté ignorar lo que había pasado queriéndome concentrar en la conversación de los demás, pero no podía evitar pensar en lo que Mario había dicho. Y lo peor era que, aunque lo había mandado a paseo, sus palabras me habían excitado. No quería admitirlo, pero la forma en que me había hablado, esa mezcla de descaro y confianza, había despertado algo en mí. Me sentí culpable por eso, sobre todo porque sabía que, a nivel sexual, Luis no era tan espectacular como Mario. No es que fuera malo, para nada. Luis era tierno, atento, y siempre se preocupaba por mí. Pero era inexperto, y aunque nunca me lo dijera, ni yo se lo preguntara directamente, estaba segura de que había sido virgen hasta que estuvo conmigo. Esa noche, cuando llegamos a su piso, Luis me abrazó y me besó con esa dulzura que tanto me gustaba de él. Pero en mi mente, por un momento, apareció Mario. No quería que fuera así, pero no podía evitarlo. Sabía que lo que tenía con Luis era mucho más profundo, más real, que cualquier cosa que hubiera vivido con Mario. Pero también sabía que, en el fondo, había una parte de mí que todavía recordaba la intensidad de aquellos momentos con Mario. Y eso me hacía sentir confundida, como si estuviera traicionando a Luis con mis propios pensamientos, y por eso, por mucho que pasaran los años, me seguía sintiendo incómoda cuando Mario estaba a mi alrededor.

Habían pasado los años. La universidad había terminado, Luis y yo nos fuimos a vivir juntos, y finalmente me pidió matrimonio. La noche que cambió todo fue la de nuestras despedidas de solteros. Habíamos decidido realizarlas el mismo día, cada uno con nuestros respectivos grupo de amigos. Nunca me habían gustado este tipo de celebraciones las cuales considero un poco clichés y forzadas, pero mis amigas se habían encargado en tratar de hacer algo especial y traté de ilusionarme con la idea. No creí que se atrevieran a contratar a un stripper, pero me equivocaba, y después de ir a cenar fuimos al reservado de un local y ahí apareció el mencionado individuo con su disfraz barato de policía. Mi primera impresión fue morirme de la vergüenza, pero no voy a mentir y decir que no me excitaba la idea. Desde que estaba con Luis no había vuelto a ver un hombre desnudo, y tal vez fuera mi última oportunidad. Además, el cabrón estaba bastante bueno así que cuando comenzó a bailar acercándose a cada una de nosotras, sentí cómo el calor se iba acumulando en mi cuerpo. Cuando se quitó la ropa interior y quedó delante de mí el pene más grande que había visto en mi vida me quedé ojiplática. Para colmo el tío me miraba con cara de “puedes tocarlo si quieres” pero obviamente no le di la satisfacción y una vez terminó de mostrarnos su esbelto cuerpo se fue con un dinero bien ganado.

Tras unas cuantas copas más llegué a casa medio borracha, y todavía un poco cachonda por el numerito del stripper. Tenía la esperanza de que Luis estuviera en casa para bajarme el calentón pero cuando llegué no había nadie y realmente me quedé sin esperanzas de tener una noche de sexo. Luis es una persona que bebe poco alcohol. Se toma su cerveza o su cóctel cuando salimos fuera o con amigos, pero siempre con moderación, rara vez se emborracha del todo, así que cuando se pilla un pedo se lo pilla muy fuerte, y estaba segura que sus amigos le iban a hacer beber de todo en su despedida, por lo que cuando volviera dudaba que estuviera en condiciones de satisfacerme. Sin embargo, lo que más me inquietaba era saber que Mario estaba también en la despedida. Aunque ya no compartíamos tanto tiempo juntos como antes, el grupo de la universidad seguíamos siendo amigos, y Mario seguía saliendo muchas veces con Luis para jugar o ver fútbol entre otras cosas. El problema es que Mario era impredecible. Podía ser el alma de la fiesta, el que hacía reír a todos con sus bromas, pero también podía decir cosas que rozaban el límite de lo adecuado. Me preguntaba si con el tema de la boda y alguna copa de más hubiera hecho algún comentario sobre mí y nuestro pasado. Yo le había confesado ya a Luis que antes de salir con él había tenido un rollo con Mario, pero quitándole más seriedad de la que tuvo.

Pensé que le estaba dando vueltas de más así que decidí irme a la cama. Me empecé a desvestir, y como ya empezaba a hacer calor, más el que yo tenía entre mis piernas, me quedé simplemente con las bragas puestas y una camiseta fina sin nada debajo. No tenía mucho sueño así que me quedé dando vueltas en la cama y empezando a tocar mi sexo para autosatisfacermemientras imaginaba la escena con el stripper de la despedida. Pero justo cuando empezaba a ponerme a tono, escuché ruidos en la puerta. Al principio, intenté ignorarlos, pensando que tal vez era el viento o algún vecino llegando tarde. Pero los ruidos persistieron, acompañados de murmullos y el sonido de una llave intentando encajar en la cerradura. Un poco asustada de si pudiera ser un ladrón caminé hacia la puerta y miré por la mirilla. Era Luis, claramente demasiado borracho para abrir la puerta él solo. Me apresuré a abrir, pero me detuve en seco cuando vi que no estaba solo. Mario estaba allí, sosteniendo a Luis por el hombro para evitar que se cayera. Mi corazón se aceleró, no solo por la sorpresa de ver a Mario en mi casa a las 3 de la mañana, sino también por la vergüenza de que me viera así, con apenas una camiseta y unas bragas, y mis pezones rígidos marcados sobre la tela.

-Eh… hola, Alicia- Dijo Mario sorprendido de encontrarme ahí plantada, aunque sus ojos rápidamente empezaron a recorrer mi cuerpo antes de que yo pudiera reaccionar. Crucé los brazos rápidamente, intentando ocultar las partes más íntimas de mi cuerpo.

-Hola- Respondí, tratando de mantener la compostura- ¿Qué es lo que pasa?

-Tu futuro marido aquí se pasó un poco con las copas- Dijo Mario, sosteniendo a Luis, que parecía a punto de desplomarse en cualquier momento-. Pensé que sería buena idea traerlo a casa para asegurarme de que no le pasara nada.

-Gracias- Dije, aunque con Mario no estaba segura de si lo decía con total sinceridad. Me aparté para dejarles pasar, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. Luis entró tambaleándose, y Mario lo siguió, cerrando la puerta detrás de ellos.

-No te preocupes, no me quedaré mucho-. Anunció Mario, aunque su forma de decirlo no mostraba ningún tono de disculpa-. Solo dime donde te lo dejo.

Asentí, sintiéndome incómoda bajo su mirada. Sabía que Mario no era tonto, y probablemente había notado mi estado. La forma en que me miraba, con esa sonrisa pícara que conocía demasiado bien, me hacía sentir expuesta, como si él pudiera leer mis pensamientos.

-Sí -Respondí torpemente-. Llevemosle a la habitación.

Mario ya había estado en la casa alguna vez y fue directo a la cama. Le ayudé a tumbar a Luis sobre este y me quise asegurar de que estaba bien, pero me respondió balbuceando cuanto me quería y vi que era la clásica borrachera. Salimos de la habitación y escuché como Mario cerraba la puerta de la habitación. ¿Si se iba a ir para que cerraba la puerta? ¿A él que le importaba?

-Gracias, Mario- Le dije, intentando sonar lo más neutral posible aunque de verdad le estaba agradecida porque Luis no estaba en buen estado-. Ha sido un detalle por tu parte

Mario se encogió de hombros, con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder algo más.

-No hay problema, sabes que tú y Luis podéis contar conmigo para lo que necesitéis- Pero tras decir esto hizo una pausa y añadió-. Disculpa Alicia, no quiero molestar, pero el venir cargando con Luis me ha dado algo de sed. ¿Te importaría darme algo de beber?

No pude evitar sentir que había algo detrás de su petición, pero no quería ser grosera después de lo que había hecho.

-Claro- Respondí, y me dirigí a la cocina. Intentaba no pensar en la poca ropa que llevaba, pero al mismo tiempo sabía que ir a ponerme algo solo serviría para darle excusa a Mario de hacer algún tipo de comentario, pero notaba clavada en mi cómo su mirada recorría mi cuerpo, lo cual me producía una sensación incómoda pero excitante.

Abrí la nevera y saqué una botella de agua. Cuando me di la vuelta, Mario estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, observándome con esa intensidad que siempre me ponía nerviosa.

-¿Qué tal tu despedida de soltera?- Preguntó, con un tono de voz que parecía insinuar que ya sabía la respuesta.

-Bien- Respondí, intentando mantener la calma-. Fue divertido, mis amigas lo organizaron todo muy bien. Él sonrió, como si supiera algo que yo no.

-Se te nota-. Contestó y sus ojos bajaron brevemente hacia mi cuerpo antes de volver a encontrarse con los míos-. Pareces… relajada.

Sentí cómo el calor subía por mis mejillas.

-Mario, no sé de qué estás hablando- Dije, pasándole bruscamente la botella de agua.

Él la tomó, pero no la abrió. En cambio, se acercó un poco más.

-Vamos, Alicia- Dijo en voz baja sobre mi oído- Sé cómo te pones cuando estás así. Lo recuerdo muy bien.

Me aparté rápidamente de él y me dirigí al salón. Odiaba que se pensara que podía jugar conmigo pero al mismo tiempo siempre me había gustado verle tontear conmigo.

-Dime- Volvió a decir Mario que me iba siguiendo-, ¿has tenido un stripper en tu fiesta?

-¿Y a ti que coño te importa?- Le respondí ya un poco molesta con su actitud.

-No, nada, es simple curiosidad- Contestó para luego ver un trago de agua-. A Luis le hemos traído una chica, pero bastante light, no se ha llegado a desnudar del todo…

-Mira Mario, te agradezco que hayas acompañado a Luis a casa, pero es tarde y estoy cansada. Podemos hablar de las fiestas otro día- Le dije mientras me dirigía a la puerta.

Mario caminó hacia la puerta y pensé que finalmente se iba a dar por vencido y marcharse, pero se detuvo de nuevo.

-Venga Ali, solo contestame y me voy. ¿Te han buscado un stripper para esta noche? ¿O eres demasiado mojigata para esas cosas?

-Sí, si he tenido- Le contesté bruscamente con la esperanza de que cumpliera su palabra y se marchara.

-¿Integral?- Volvió a preguntar.

-Sí, pero de nuevo, ¿qué te importa?

-Tranquila, solo me preguntaba si habías tenido la oportunidad de haber visto una última polla de verdad antes de casarte con Luis. Porque si me hubieras dicho que no, me habría ofrecido voluntario para ser tu stripper personal esta noche.

Por el tono de su voz sabía que lo decía completamente en serio y eso me cabreó bastante porque ya no solo me estaba tirando los tejos descaradamente estando prometida con uno de sus amigos, sino que lo hacía con Luis en una habitación justo al lado. Quise insultarle y echarle a patadas, pero sus palabras me hicieron recordar nuestros momentos juntos, nuestros cuerpos unidos juntándose, su pene,...Notaba como mis partes intimas se volvían a humedecer mientras el resto del cuerpo se me ponía colorado. Al ver que no respondía, Mario volvió a hablar:

-¿Sabes? Técnicamente la noche aún no ha terminado, por lo que esto sigue siendo tu despedida de soltera. Dime, ¿te apetece que te haga un show solo para tus ojos?

-¿Có-cómo?- Mi tono de voz ya no contenía nada de ira y delataba mi curiosidad y excitación.

-Que si quieres que te haga un streaptease- Me dijo con una sonrisa burlona tras ver mi reacción.

-¿Pero qué dice? Anda vete que vas muy borracho.

-Oye, que te lo digo en serio. ¿No te apetece verme desnudo por última vez?

-Mario por favor- Acerté a decir aunque cada vez tenía la mente más nublada-. No deberías comportarte así cuando sabes que voy a casarme con Luis.

-Pero si no tiene nada de malo, solo vas a verme desnudo, como has visto al tío ese antes. Imagino que no la tendré tan grande como un profesional, pero recuerdo que me decías que la tenía muy bonita-. Es cierto que alguna le decía eso mientras follábamos de forma cariñosa, y eso me hizo volver a recordar los momentos con él haciéndome perder más fuerza de voluntad-. Venga ven.

Y dicho esto Mario me agarró de la muñeca y me hizo sentarme en el sofá. Cuando quise darme cuenta, Mario empezaba a desabrocharse lentamente la camisa.

-Mario, por Dios, Luis está en la habitación.

-Vamos, con el pedo que lleva aunque consiguiera levantarse probablemente ni entendería que está pasando.

Mario ya se había desabrochado los botones de la zona del pecho y empezaba a bajar. Yo estaba empezando a quedarme hipnotizada viendo al hombre que tenía delante intentando cortejarme. Mario quedó finalmente con el torso desnudo y la boca se me caía. Siempre había estado muy bueno, pero durante estos años su cuerpo había madurado como el buen vino y estaba mejor que nunca. Después empezó a jugar con su cinturón. Yo podía ver su erección marcada en el pantalón y no sabía como iba a lograr parar a Mario en ese estado, pero a estas alturas ya necesitaba verlo todo. Una vez se desabrochó el pantalón, me dió la espalda y empezó a bajarse los pantalones. Para poder quitárselos del todo se agachó para quitarse los zapatos ofreciéndome su culo en pompa, casi como ofreciéndomelo, pero yo estaba completamente paralizada. Cuando terminó se volvió a girar hacia mí llevando solo ya los calzoncillos. Su polla estaba luchando por salir y yo quería que la liberara.

-¿Quieres vérmela Ali?- Me preguntó. Yo me limité a asentir, pero esto no era suficiente para él-. No, quiero oírtelo decir.

-S…Sí- Dijo avergonzada y tragando saliva.

-Pues ve a buscarla tu misma.

El cabrón quería insistir en hacerme cada vez más sumisa, pero aunque me sintiera humillada quería vérsela, así que me adelanté hacia delante y estiré las manos para agarrar sus calzoncillos, pero cuando ya estaba tocando la tela me sujetó.

-Con las manos no. Bájamelos con la boca.

Ese comentario me hizo dudar un instante porque ya se estaba pasando de la raya, pero ya estaba tan cerca de tenerla delante de mí que me decidí a hacerlo. Primero eché una mirada hacia la habitación para comprobar que esta seguía cerrada, y seguidamente estiré mi cabeza directa a la entrepierna de Mario. Su pene estaba tan rígido que no sabía por donde agarrar con los dientes para poder deslizar hacia abajo los calzoncillos. Finalmente intenté alcanzar el borde de sus calzoncillos pero la única forma de hacerlo era entrando en contacto con el pene el cual parecía palpitar a través de la tela. Un gemido escapó de mis labios, no sé si de sorpresa o de excitación, pero un impulso dentro de mí me hacía querer mandarlo todo a la mierda y mamársela allí mismo. Pero decidí seguir jugando al juego de Mario y con un esfuerzo torpe, logré agarrar la tela con los dientes y comencé a bajar sus calzoncillos. La parte más difícil fue tener que sortear todo el trozo de carne que era la polla de Mario para que los calzoncillos cayeran. Cada centímetro que recorría hacia que la masculinidad de Mario quedara al descubierto debajo de mi rostro. Cuando finalmente logré recorrer todo el tronco, su pene rebotó directo en mi cara haciendo que me tuviera que apartar un poco para no tenerlo en contacto piel con piel. Mario terminó de quitarse los calzoncillos quedando desnudo y orgulloso frente a mí.

-¿Y bien? ¿Tan bueno como recordabas?

En mi mente respondí para mi misma que estaba mejor. Era una versión 2.0 de un tío del que ya me había quedado prendada. Le deseaba pero no podía admitirlo así que callé mientras intentaba reincorporarme, intentando poner algo de distancia entre Mario y yo, pero él no me lo permitió. En un movimiento rápido, se pegó a mí, totalmente desnudo, y sentí cómo su pene rígido se clavaba contra mi cuerpo a través de la fina tela de mis bragas. Su calor, su firmeza, me hicieron contener el aliento.

-Mario, para-. Susurré a modo de suplica, pero mi voz sonaba débil, casi como si no estuviera convencida de mis propias palabras.

Él no se detuvo. En cambio, sus manos comenzaron a acariciarme, recorriendo mi espalda, mi cintura, hasta llegar a mis caderas.

-Solo déjame verte desnuda una última vez- Murmuró en mi oído, haciéndome temblar-. Esto es nuestra despedida, ¿de acuerdo? No estamos haciendo nada malo.

Sabía que mentía, que no iba a dejarlo ahí, pero era incapaz de decir que no. No dije nada, no me moví, y eso fue suficiente para que Mario entendiera que no me resistiría. Con movimientos lentos pero seguros, me quitó la camiseta, dejándome completamente expuesta frente a él, solo con mis bragas. Sentí el aire frío de la habitación en mi piel, pero fue rápidamente reemplazado por el calor de sus manos que no tardaron en acariciar mis pechos. Sus dedos jugueteaban con mis ya endurecidos pezones para luego inclinar su cabeza y comenzar a besarlos y morderlos suavemente. No pude evitar gemir. Cada contacto de sus labios en mi piel enviaba oleadas de placer a través de mi cuerpo. Mario sintiéndose ya totalmente libre empezó a descender una de sus manos por mi estomago hasta llegar a mis bragas donde introdujo sus dedos encontrando mi sexo ya húmedo y sensible. Casi inconscientemente, mi mano se deslizó hacia su pene, que seguía presionándose contra mí. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor y su firmeza, y comencé a acariciarlo lentamente, siguiendo el ritmo que sus dedos estaban marcando en mi cuerpo. Mario gruñó, un sonido profundo y animal que solo aumentó la intensidad del momento.

-Dios, Alicia, siempre has sido tan perfecta.

Volverle oír hablar así como cuando estábamos juntos me hizo perder del todo la cabeza y pesa a combatir contra ello, finalmente sucedió, nuestros labios se encontraron. El beso fue intenso, lleno de años de deseo reprimido y de recuerdos que nunca habíamos dejado atrás por completo. Sus manos me sostenían, me atraían hacia él, y yo me dejaba llevar, perdida en una mezcla de placer y culpa que no sabía cómo manejar. Mario no desperdició la oportunidad. Con un movimiento firme pero suave, me empujó contra el sofá. Sus manos no se detuvieron; en un instante, agarró el borde de mis bragas y las deslizó hacia abajo, dejándome completamente desnuda frente a él. No dije nada. Era incapaz. Mis pensamientos estaban en conflicto, pero mi cuerpo ya había tomado una decisión. Mario se arrodilló frente a mí, sus ojos fijos en los míos, como si buscara algún signo de resistencia. Cuando no lo encontró, sonrió ligeramente y bajó la cabeza. El contacto de su lengua sobre mi sexo produciía una descarga que recorría todo mi cuerpo. Los gemidos escapaban de mis labios antes de que pudiera reprimirlos, y mis manos se aferraron a los cojines, buscando algo a lo que agarrarme. Mario no se apresuró; tomó su tiempo, explorando cada centímetro de mí con una precisión que me hizo temblar. Sus labios, su lengua, sus dedos, todo trabajaba en conjunto, llevándome al borde una y otra vez sin dejarme acabar.

-Mario…- Susurré, mientras le agarraba la cabeza. Solo estaba siendo sexo oral pero estaba disfrutando como hacia años que no hacia. Desde la última que estuve con él.

Estaba tan cerca, tan cerca de correrme, que podía sentir cómo mi cuerpo se tensaba, cómo cada músculo se preparaba para ese estallido final. Pero entonces, Mario se incorporó, interrumpiendo el ritmo que había establecido con su boca y sus manos. Él siempre había sabido detectar cuando me iba a venir y le encantaba dejarme a medias para que hiciera lo que él quisiera. Mario me miraba con esos ojos oscuros llenos de deseo, y supe lo que iba a hacer antes de que lo hiciera. Este empezaba a colocar su polla sobre ardiente rajita y en un último intento de mantener la cordura traté de pararlo.

-Mario, no, esto ya es demasiado- Le dije tratando de juntar las fuerzas necesarias para detenerlo. Mis manos se movieron instintivamente para tapar mi sexo, como si eso pudiera protegerlo de lo que estaba a punto de suceder. Pero él no se detuvo. Apartó suavemente mis manos y acercó más su pene rígido haciéndolo rozar mis muslos hasta llegar a la entrada de mi zona más preciada, donde empezó a juguetear conmigo, metiendo solo la punta antes de retirarse, una y otra vez.

-Por favor, Mario-. Le dije, sintiendo cómo mi voz temblaba-. Al menos ponte un preservativo.

Él negó con la cabeza.

-No-. Murmuró, acercándose para susurrarme al oído-. Nunca lo hemos hecho así, Alicia. Quiero sentirte al completo esta vez.

Sus palabras me hicieron estremecer y cada vez que la punta de su pene entraba dentro de mí, sentía ganas de gritar que me la metiera de una vez. Sabía que había perdido la batalla y simplemente me limité a abrazar a Mario con mis brazos. Mario no perdió el tiempo. Con un movimiento suave pero firme, se deslizó en mi interior llenándome por completo. Un gemido escapó de mis labios, y él lo capturó con un beso lleno de pasión. Comenzó a moverse, lento al principio, saboreando cada instante del ardor de nuestros sexos tocándose piel con piel, pero pronto el ritmo se volvió más rápido, más intenso. El sonido de nuestros cuerpos chocando y el de gemidos ahogados, llenó la habitación. Debería haber tenido miedo de que Luis nos escuchara, pero yo no podía pensar en eso. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura, acercándolo más a mí.

-Mario…-. Gemí con la voz entrecortada por la intensidad del momento.

Él no respondió con palabras, pero su ritmo se volvió más rápido, más desesperado, como si supiera que estaba a punto de llevarme al límite. Sus manos se aferraron a mis caderas mientras me penetraba con una fuerza que me hacía ver estrellas. Acabé corriéndome de tal forma que no pude reprimir un grito que retumbó en la madrugada. Mis piernas se tensaron alrededor de Mario, atrayéndolo aún más cerca de mí, y sentí cómo cada parte de mi cuerpo se estremecía. Fue un orgasmo que me dejó sin aliento, que me hizo olvidar todo lo que no fuera la sensación de él dentro de mí. Después de que mi cuerpo se relajara tras el orgasmo, Mario me giró de espaldas colocándome sobre el sofá de manera que mis manos se tuvieran que aferrar al respaldo para mantenerme estable. Sentí cómo sus manos me agarraban firmemente por la cintura y entonces, sin previo aviso, entró en mí de nuevo, esta vez desde atrás. Su penetración fue más profunda, más agresiva, y un gemido escapó de mis labios antes de que siquiera comprender la situación. Las manos de Mario se deslizaron hacia mis pechos, agarrando y apretando con una fuerza que mezclaba el placer con un ligero dolor. Mario continúo follándome totalmente rendida al placer que me estaba dando hasta que sentí cómo su respiración se volvía más pesada, cómo sus manos se tensaban en mis pechos. Finalmente, Mario se detuvo, enterrado hasta el fondo mi vagina, y empezó a descargar su semen hasta quedarse vacío.

Los dos caímos rendidos en el sofá, saboreando los brutales orgasmo que habíamos. Sentía ganas de besarle y abrazarme a él, pero me negaba a sentirme más humillada. Finalmente me empecé a incorporar sin decir nada y Mario entendió la indirecta como señal para empezar a vestirse y marcharse. Se fue sin decir nada y yo sin atreverme a mirarme, pero imaginar la satisfacción que debía sentir tras haberme sometido me ponía enferma. Fui al baño a lavarme y tratar de quitarme el semen de Mario que empezaba a caer por mis piernas, y me fui a la cama con el hombre con el que iba a casarme sin poder pegar ojo y llorando toda la noche.