El enemigo de mi esposo. Parte 1
El enemigo de mi esposo acaba de mudarse al lado. Jaime lo odia con toda su alma, pero cuando Rober la mira desde la piscina, Lena siente que el rencor de su marido no puede competir con el fuego que despierta en su cuerpo.
El enemigo de mi esposo
Parte 1: En la sauna
La verdadera protagonista de esta historia es Lena, una española de 30 años; esbelta, de cabello rubio que caía a la altura del escote, rasgos faciales armoniosos a los que no se les podía poner ninguna pega, y con unas tetas y nalgas turgentes y levantadas sin necesidad de pasar por quirófano, más propias de una colegiala que de una mamá primeriza. Su belleza nórdica se la debía a su familia materna, pues hace muchas décadas sus abuelos habían venido de Alemania a vivir en el norte de España.
Vivía en una de esas urbanizaciones donde todas las casas son idénticas y una pegada a la otra, compartiendo muros, a las afueras de un pueblo de unos 6000 o 7000 habitantes. Se había mudado junto a Jaime, su marido, hacía 3 años. Se habían conocido el primer año de la universidad, ambos estudiaban Administración y Dirección de Empresas —popularmente conocida como la carrera que tienen todas las novias de los futbolistas— y llevaban juntos desde entonces.
Tres meses después de una modesta boda por la iglesia, Lena había quedado embarazada y ahora ejercía de ama de casa mientras Jaime trabajaba en Recursos Humanos de una compañía hotelera, y recientemente había ascendido a jefe así que el aumento de sueldo venía como anillo al dedo para cubrir los gastos que suponía mantener un bebé.
Lena medía 1’70 y pesaba unos 55 kilos (pese a haber engordado con el embarazo, había recuperado su forma original con una rapidez vertiginosa), de tez pálida, llevaba copa 32C y un trasero levantado y envidiado por muchas, y aunque ninguno de sus atributos eran enormes, su belleza y su aire juvenil e inocente le habían granjeado varios posibles amantes, a los que ella había rechazado desde que conoció a Jaime.
Jaime por su parte, era también pálido, un poco más alto que ella y con el cabello castaño algo rizado. También era muy atractivo de cara, mantenía también una apariencia juvenil, y a Lena no le importaba que no tuviera musculazos o un pene enorme; lo que la volvía loca de Jaime era su forma de ser, su romanticismo, comprensión y pequeños detalles inesperados, pues suponía que como aún eran jóvenes no les costaba mucho mantener avivada la llama del amor.
Nuestra historia comienza realmente a comienzos de junio, un jueves a las 17:30 de la tarde. Para entonces Lucía, la hija de ambos, ya tenía un año y dos meses.
—No me lo puedo creer, me cago en la puta madre que lo parió —murmuraba Jaime después de cerrar la puerta de la entrada.
Se tumbó en el sofá de la sala y resopló.
—Pero hombre, ¿qué pasa? ¿Te ha pasado algo en el trabajo? —dijo Lena desde la cocina. Ni que decir tiene que al ser una casa más bien pequeña, la cocina estaba al lado de la sala de estar, y la sala de estar al lado de la mesa del comedor, sin muros de separación entre una estancia y otra.
—No, pero ojalá fuera eso —Lena decidió dejar de fregar los cubiertos que quedaban del almuerzo y se sentó junto a su marido. Le gustaba la palabra “marido”. Se sentía toda una mujer, plena y feliz, y la verdad era que no le importaba haber dejado su trabajo de cajera en el Mercadona del pueblo vecino para dedicarse a cuidar a su hija. Ahora no tenía horarios de ocho horas ni supervisores cansinos.
—A ver, cuéntame.
—Saliendo del coche me he encontrado a Rober.
—... ¿A quién?
—¿Nunca te he hablado de Rober?
—Ni idea. Yo siempre recuerdo los nombres de la gente de la que me hablas.
—Roberto era un amigo mío cuando estaba en la ESO. Íbamos mucho a la cancha, a la piscina del pueblo y todo eso. Pues a mí me gustaba una chica, y él lo sabía. Un día que yo estaba enfermo en casa, él va y se folla a la chica en una caseta abandonada. Y luego me lo cuenta riéndose y dice que esa ya no va a querer nada conmigo porque él la había "marcado" y estaba loca por él. Me dieron ganas de romperle la cara, pero lo que hice fue dejar de hablarle y cortar toda relación que tenía con él.
Lena miraba consternada a su esposo.
—Bueno, pero… eso fue hace más de diez años. ¿No le has perdonado? Aunque sea un poquito.
—No —respondió Jaime escuetamente, encendiendo la tele.
—¿Por qué? ¿Tanto te gustaba la chica?
—No mujer, no es eso... —sin esperarlo, Jaime se abalanzó sobre Lena. Comenzó a besarla con movimientos de boca rápidos, exhalando gemidos guturales de placer. Bajó hasta el cuello de la chica y comenzó a lamer, morder y succionar levemente. Ella gemía mientras se amasaba las tetas.
Jaime tomó el relevo y comenzó a juguetear con los pezones de Lena a través de la tela de la camiseta. Al estar la bebé ya destetada desde hacía un par de meses, sus pezones no estaban tan sensibles y abultados, pero seguían siendo una zona muy erógena.
Luego el hombre usó su otra mano para palpar la rajita de su chica, metiendo sin piedad un par de dedos. No lo hacía mal, de hecho a Lena le sorprendió que la primera vez que se acostaron —hace ya más de 10 años— él puso más empeño en satisfacerla a ella con dedos y lengua, que en buscar su propia satisfacción. Y no lo hacía nada pero que nada mal. Tiempo después, Jaime le había confesado que buscaba en los juegos previos y la masturbación complacerla a ella antes que con la penetración, porque no estaba seguro de que su pene pudiera ser totalmente satisfactorio.
Juntos habían medido el pene de Jaime una vez, eran 15'8 centímetros exactamente pero ambos quedaban en que eran 16, y santas pascuas. De ancho eran unos 12 centímetros. A ella no le importaba en lo más mínimo, porque eran innumerables las veces había logrado el orgasmo gracias a Jaime, ya fuera con la boca o con el pene. Y 16 era mucho más que la media de los españoles.
Después de un buen rato de magreo y besos largos y apasionados, Lena tocó la bragueta Jaime, notando la erección retenida hacia abajo por los calzoncillos.
—No, deja —casi nunca Jaime se negaba a bajarse la cremallera y disfrutar de una buena paja, mamada o follada—. Es que no puedo, te lo juro. ¿Sabes la casa que está al lado, literalmente aquí al lado?
Señaló a la pared que tenía enfrente, la que estaba por detrás de la televisión. Lena había estado oyendo ruidos todo el día provenientes de esa casa.
—Pues el señorito se ha comprado justamente esa casa, así que lo vamos a tener de vecino puerta con puerta durante unos buenos años —susurró—. Y encima me dice que por qué no nos tomábamos unas cervezas y hablábamos de cómo nos va la vida.
—Eso es que quiere ser amable contigo y empezar de cero. Le habrás dicho que sí, ¿no?
—Y una mierda. Le dije que no, gracias.
—Joder mira que eres cabezota. Va el hombre con toda su buena voluntad y le dices que no. En fin. Nos vas a traer problemas, ¿tú no sabes que los vecinos es mejor tenerlos de amigos que de enemigos?
-.-.-.-
A la mañana siguiente, cuando su esposo marchó a trabajar a las 9, Lena pudo comprobar que quizá su esposo tenía razón y que Roberto no era del todo buena persona. A las 9 y media había empezado una fuerte música rock, de esa que hace temblar los cimientos de las casas de lo alto que suena.
No le molestaría que se escuchara un poquito de la música del vecino, pero era como tener los altavoces pegados a los tímpanos. Como era lógico, Lucía había empezado a llorar. Era una bebé muy tranquila, pero no era de piedra.
Pasada más de una hora, se vio en la obligación de ir a la casa del tal Rober y ponerle las cartas sobre la mesa, explicarle que no querían ningún problema y que lo mejor para todos era vivir en silencio, que tenían una hija pequeña y no podían estar viviendo con la música a todo volumen. Cuando salió al pequeño porche de su casa, se dio cuenta de que estaba en bata. Ni siquiera en pijama o con sujetador. Cuando hacía calor le gustaba dormir desnuda, igual que a Jaime, y así podían aprovechar cualquier calentón sin ropa de por medio, con las sábanas pegándose a sus cuerpos y rozando sus zonas más delicadas.
Sus pezones se pusieron duros al notar el frescor de la mañana, pues en esa hilera de casas aún no daba el sol demasiado fuerte, pues estaban de espaldas a la luz. Intentó disimular los pezones y miró la casa. Exactamente igual que la suya; dos pisos, con todas las persianas bajadas. Tocó a la puerta, oyendo claramente la música. No tardó en salir el nuevo dueño de la casa; Rober. Él la recibió no en bata, sino en bóxer y camiseta de tirantes.
Como mínimo medía 1’85, daba una imagen muy hipster con una barba negra que le llegaba más abajo del cuello y un buen peinado corto, pero sin gafas. Pero lo que más le llamó la atención a Lena, sin duda, fue la tremenda musculatura que tenía Rober. Sus bíceps tenían que medir de circunferencia unos 35 o 40 centímetros cuando estaban flexionados. Seguramente se dedicaba al deporte o al culturismo. Lo que estaba claro era que ese hombre imponía, y mucho.
Lena intentó explicarle la situación todo lo amablemente que pudo, intentando ocultar tanto que iba sin ropa interior como que estaba un poco asustada ante tal ejemplar de virilidad. Él la dejó acabar de hablar.
—¿Entonces tú eres la mujer de Jaime? Joer, qué cabrón, menuda suerte —viendo que sus comentarios no le estaban haciendo ninguna gracia a Lena, cambió de tema—. Bueno vale, no sabía que os estaba molestando la música. Yo ahora mismo la paro —añadió con una sonrisa.
—Vale, muchas gracias.
—Pero espera. ¿No puedes hablar con Jaime? Me apetecería volver a estar en contacto con él. Supongo que ya te ha contado toda la historia.
—Sí, ya. Me parece una tontería seguir enfadado por algo así.
—Ya ves, es que yo siempre me las llevaba a todas de calle porque tengo mucho salero y demasiada polla; si yo estaba cerca, el pobre no se comía ni las migas —se recostó en el marco de la puerta—. Bueno eso, que a ver si quedamos todos a tomarnos unas cervecitas.
En cuanto mencionó la palabra “polla” a Lena se le fue inconscientemente la vista a los boxers del hombre. “Demasiada polla”... No exageraba. El bóxer marcaba un paquete muy gordo, gordísimo y generoso, a la par con sus músculos. Levantó la mirada a la velocidad de la luz, esperando que el tal Rober no se hubiera percatado.
—Oye, más respeto que estás hablando de mi marido —los hombres solo piensan en tener el pene grande y ligar, pensó Lena.
—Vale, vale —levantó las palmas de las manos.
Lena se despidió rápidamente y entró en su casa. Dejó caer la bata en el suelo, como cae el telón de un teatro, y comenzó a palpar sus pechos. Pellizcaba suavemente con sus dedos índice y pulgar los pezones redondos, erectos y rosados. Paró, presa de un pensamiento extraño, y metió un dedo en su vagina. Pensó en Jaime, en lo mucho que se amaban. Luego con el pulgar rozó el clítoris, y de repente se detuvo definitivamente, recobrando el sentido.
—Mierda, qué frío hace —murmuró.
-.-.-.-
Por la tarde, cuando Jaime regresaba de la oficina, Lena solía aprovechar para dejar a la niña con su padre e ir a la piscina del pueblo. Era una instalación que no solo contaba con piscina, sino con gimnasio muy bien equipado, pistas de squash, una sala de pilates, dojo de kárate, sauna, unas piscinas más pequeñas para niños y personas mayores, jacuzzi y bañeras de hidromasaje.
Como le ayudaba el hecho de que hacía años se había hecho la depilación láser en ingles, piernas y axilas, no tenía que estar preocupándose por matas de pelo cada vez que iba a la piscina.
Lena solía llevar un bikini de dos piezas color negro bastante provocativo, más el gorro obligatorio y las gafas, pues el cloro le irritaba muchísimo los ojos. El bikini, todo sea dicho, le quedaba un poco ajustado, pero a ella no le interesaba atraer las miradas de otros hombres. Bueno, claro que le gustaba sentirse deseada y saber que otros hombres se la estaban follando con la mente, sin embargo no estaba dispuesta a serle infiel a su marido, ni se le había pasado por la cabeza. Él le había dado todo, la había apoyado en las buenas y en las malas, y ella había hecho lo propio.
A Lena le gustaba sobre todo meterse a los jacuzzis y la bañera de hidromasaje. No era realmente hacer ejercicio, pero es que ella no venía al recinto con la intención de hacer levantamientos de pesas ni asistir a pilates. A veces le gustaba sentarse encima de uno de los chorros subacuáticos del jacuzzi y sentir esa corriente interminable que acariciaba sus labios a través del bañador. Sus suegros estaban a más de 30 kilómetros de distancia, así que dejar a la niña de vez en cuando con sus abuelos y disfrutar de una tarde romántica solos ella y Jaime fuera de casa parecía misión imposible.
Cuando más concentrada estaba, con los ojos cerrados y sintiendo su piel caliente mientras las burbujas borboteaban en el jacuzzi, una voz la llamó a sus espaldas. Ya había oído esa voz antes, esa misma mañana.
—¡Lena! —la mujer se giró y vio a Rober—. ¿Te llamabas Lena… no?
Lena asintió, sorprendida. Rober estaba a un metro de ella, y ella le veía desde abajo. No miraba al hombre en sus ojos marrones, ni en su barba varonil y mojada, sino que su mirada se clavaba en el bañador que llevaba. Era un bañador azul marino, todo empapado debido a zambullidas previas, y se marcaba un pene grande y sobre todo gordo, que reposaba sobre un saco escrotal que parecía estar mullido como un cojín.
—¡Roberto! ¿Qué haces aquí? —desvió la mirada a toda velocidad.
—Llámame Rober solo. Empecé a trabajar hace poco dando clases de natación a grupos de niños pequeños. De lunes a viernes, ahora es mi hora de salida.
—Ah, qué bien —dijo Lena sin mucho interés. No se podía mover del lugar donde estaba sentada sin parecer que estaba haciendo algo sospechoso, así que el chorro seguía arrasando su vulva y erizándole el clítoris.
Se preguntaba si podría disimular bien la cara de circunstancias que tenía, pues no estaba demasiado lejos del orgasmo. Y no, no era la primera vez que llegaba al orgasmo en el jacuzzi.
—Suelo pasar por la sauna antes de ducharme para irme, ¿te vienes un rato? —la sauna masculina estaba prácticamente al lado de ese jacuzzi. La femenina, en cambio, estaba del otro lado de la instalación, a unos 15 metros entre una y otra.
—No, perdona. No estaría bien que me fuera con un hombre que no es mi marido. Además, no es una sauna mixta.
—Eso no importa, que yo trabajo aquí y se me permite hacer lo que quiera —dijo firme y varonilmente—. Y siempre hay gente metida en la sauna, no vamos a estar solos, por si te piensas que te voy a hacer algo malo.
Eso era mentira, siempre que Lena iba ahí era raro ver a algún hombre entrar a la sauna, y en todo el rato que llevaba sentada en el jacuzzi no había visto a nadie. Por otro lado, estando casi al borde del orgasmo allí en medio, no le vendría mal salir de allí antes de que su cara se convirtiera en un poema.
Así acabaron los dos metidos en la sauna masculina. Había dos hileras de bancos, una más alta que otra. Lena se sentó en la hilera más alta, en la esquina junto a la puerta para que los que pasaban por fuera no la vieran. Rober se puso en la hilera de abajo. De un momento para otro, el hombre apartó la fina tela del bikini que llevaba Lena e introdujo un dedo en la rajita mojada.
Lena dejó escapar un gemido prolongado. Quería apartarse, pero a la vez un fuego caliente invadía su pecho y la dejaba inmóvil.
—¿Qué haces, gilipollas? —reaccionó al fin. Rober aún tenía su grueso dedo índice dentro de la vagina.
—Levantarme a la mujercita de Jaime —respondió el hombre.
Comenzó a dedear a Lena. Con un solo dedo se pasó un buen rato acariciando su punto G, el cual había encontrado sorprendentemente rápido. No era muy delicado, pero su brutalidad la encendía de una manera indescriptible. Hendía el dedo hasta el fondo, lo sacaba hasta la mitad y lo volvía a introducir. Luego cambió de dedos y usó el corazón y el anular, y con la mano libre le acarició los pezones.
Lena sentía su vagina arder al tacto de Rober.
—Mira cómo estás mojadita —sacó los dedos y se los pasó por los labios, saboreando la vagina de Lena—. Te pongo cachondita, ¿no?
—Cállate, me das asco —dijo ella con el rostro deformado de placer, comenzando ella misma a acariciar sus labios mayores.
Rober le propinó un manotazo a la mujer, y fue él quien acercó su boca húmeda y ávida a la raja de Lena. Abrió las piernas de Lena muy bruscamente y comenzó a dar lametazos al clítoris, con su lengua suave y en movimientos circulares, y luego puso los labios en O y dio paso a la mejor succión de vagina que le habían hecho nunca.
El ruido no era muy discreto, tanto por el sonido chapoteante del coño de Lena como por los gemidos. La barba poblada de Rober no hacía más que darle cosquillas a la chica, sobre todo en los labios mayores, y eso contribuyó a un rápido orgasmo.
Lena se vino en la boca y la barba de Rober, sin que prácticamente una sola gota cayera al banco en el que se sentaba él. La corrida, bastante abundante todo sea dicho, estuvo acompañada de un fuerte gemido que no pudo reprimir. Rober tragó todo el líquido y luego volvió a succionar para eliminar los restos, como un bebe que chupa la tetina de un biberón casi vacío.
Su marido Jaime la había hecho correrse muchas veces, pero esta ocasión era diferente... Había una pasión diferente, una complicidad diferente que la ponía a mil.
Luego se inclinó para besar a Lena en los labios (los de arriba, claro) y salió triunfante de la sauna, colocándose el abultado paquete y limpiándose la barba. Lena se quedó plantada en la sauna, inmóvil y con las piernas abiertas y brillantes, sin dejar de gemir. Volvió a pensar en el recuerdo de Rober, que la escrutaba con sus ojos marrones desde abajo mientras no dejaba de chuparle la raja, y expulsó involuntariamente unas gotas más de líquido.
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