Xtories

La novia de mi amigo

Daniel siempre supo que mirar a la novia de su mejor amigo era un error. Pero cuando Julia le confiesa que busca venganía y lo atrae hacia la pared, la línea entre la lealtad y el deseo se desvanece en un solo beso.

Alma Forte32K vistas8.9· 21 votos

Mi nombre es Daniel. Las cosas como son. Me considero una persona de ánimo tranquilo, siempre fui de los inteligentes de la clase. Sin embargo, ello contrasta directamente con mi desempeño en la vida, donde, ser inteligente académicamente, no garantiza el desarrollo económicamente.

Las diferentes cuestiones dieron con los años una mallugación en mi vida, en la que tuve que aceptar toda clase de trabajos, conserje, ayudante de obras e incluso distribuidor de volantes en las paradas del metro. Hasta que, luego de una separación por una infidelidad de mi pareja, ella, se quedó con todo y yo de patitas a la calle. Para mantenerme a flote empecé a trotar e iba dos veces por semana al gym. Mi altura y piel mulata y mi cabello oscuro me hacía pasar casi por indígena y aunque con una pequeña barriga incipiente, me mantuve más o menos en forma.

Conocí a mi amigo Juan por otro amigo y compañero de trabajo. Juan entendió el momento que pasaba y en más de una ocasión salimos de copas y terminaba durmiendo en el piso de su sala, ya que todos los cuartos de su modesto apartamento del segundo piso ya estaban ocupados. Juan vivía con Julia, su novia y ellos, a la vez, con otra pareja de jóvenes universitarios que alquilaban la habitación que les sobraba. Siempre me llamó la atención que Julia permanecía en silencio durante nuestras vanas conversaciones. Generalmente el alcohol nos daba licencia para hablar de cualquier tema, por profundo o absurdo que fuese. A veces, nos acalorábamos mucho y otras eran simples divagaciones.

Una noche, en la que optamos por variar las cervezas y el ron que habitualmente consumimos, Juan y yo compramos tres botellas de vino, para variar. Juan había recibido un ascenso y un bono, y ello ameritaba celebrar de algún modo. Yo, siendo casi siempre quien menos aportaba por mi precariedad económica, siempre estaba presto y dispuesto a ayudar en lo que fuese. Precisamente, al servir esa noche el vino, me percaté que, por primera vez en mucho tiempo, Julia se mostraba algo emocionada. Pensé: ya comprendí, es más de vinos que de otros tragos y sin tener que rogarle se integró en nuestra conversación. Empezamos a hablar de temas de trabajo y luego de temas de pareja. Ella intervino, no sin dejar caer siempre alguna indirecta a Juan sobre algo que tenía que corregir o cambiar en la relación y yo les decía siempre: no peleen frente a los niños, no hagan la guerra, sino el amor, siempre con una pícara sonrisa, pues la indirecta se percibía al instante. La velada discurrió sin incidentes y nos fuimos todos a dormir.

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Dos semanas transcurrieron. Una que otra chamba aparecía y con ello nos podíamos permitir un par de botellas de vino (cada uno aportando, en buena lid). A pesar de que siempre procuro tener una muda de ropa en la mochila, por si las moscas, he advertido que, en la casa existe este extraño “dress code” de no andar con camiseta, tanto mi amigo Juan como el huésped lo hacían así, por lo que, dado el calor veraniego apliqué eso de “si vas a Roma, has como los romanos”. Luego de mucha plática, vamos a dormir. A la mañana siguiente, veo que la piel blanca de Julia, cubierta únicamente por su toalla, pasó casi furtivamente por el pasillo. He de decir, que la casa solo tenía un baño común y no pude evitar notar su tez. Cuando salió del baño, muy sutilmente miró hacia la sala y ahí estaban mis ojos, deseando ver un poco más y solo pude escuchar un buenosdías, muy rápido, que quedó detrás del reflejo de su paso. Este pequeño gesto, terminó por volverse una especie de secreta tradición, por las siguientes tres semanas. Cada vez que ocurría me ponía un poco nervioso, pero me emocionaba bastante.

Esa mañana tuvo de particular, que mi amigó salió más temprano, pues tenía que salir de la ciudad. La joven Julia se disponía a tomar los primeros rayos del sol de la mañana y, desde ese segundo piso ver el amanecer que se afloraba.

Sin embargo, mientras me ponía la camiseta, pude percibir como sus ojos, se desviaron suavemente hacia mí y entendí que algo estaba observando. Cuando mis ojos se fijaron en los suyos, se ruborizó, a lo que dije: -el sol la está colorando, compañera. Ella respondió -sí, mi piel es muy sensible y suele pasarme.

Mi amigo se despidió de ella y de mí y tras cerrar la puerta, ella se aseguró de que partiera en su coche. Estando segura ya de sí, puso el cerrojo y, con todo el dramatismo que puede existir en una relación, dijo solemnemente, “tenemos que hablar”.

Al principio me entró un pánico y escalofrío por todo mi ser, pero me relajé al escucharla decir: -negris, tienes que disimular y dejar de mirarme así. Yo, sorprendido por un momento pero recomponiéndome en segundos respondo: -creo que más bien TENEMOS que dejar de hacerlo. Ella vuelve a sonrojarse y me dice: - Yo sé por qué lo hago, pero quisiera saber por qué lo haces. A lo que respondí: -Es que no había visto nunca a alguien con la piel tan delicada. Ella respondió: -Ah, yo creía que es que te parecía fea o rara. Yo le dije: -Claro que no, más bien, todo lo contrario. Además, siempre hueles muy bien… Pero mejor lo dejamos ahí, para no pecar. Quisiera saber, por qué me miras tú… Ella, ni tonta ni perezosa solo dijo: Tienes un cuerpo deseable y, luego de revisar el móvil de tu amiguito, pude advertir que me ha sido infiel más de una vez, por lo que he estado buscando un candidato para devolverle el favor.

Atónito por la respuesta, pero, con la sangre ya caliente, no pude contener mi erección, pero añadí: -Creo que no es correcto. Ni tampoco el lugar para esto. La ahora nada tímida se me acerca y me dice, mientras sujetaba con firmeza mi herramienta:-Si es así, ¿por qué estás así? Y ahí, en ese preciso momento, la compostura se fue a pique. La agarré por el cuello y la puse contra la pared. La besé con ahínco y le quité su labial, que quedó esparcido por toda mi cara.

Ella no se hizo esperar. Tan pronto como pudo tomó el control y me puso ella contra la pared. Me sacó la camiseta de un tirón y empezó a besar mi pecho, mientras decía: -Qué rico hueles, tienes un olor natural que me encanta. No sé cómo explicarlo. Mis manos, ya con propia decisión le quitaron el vestido mientras ella flojaba mi cinturón y quedamos los dos en ropa interior, que en segundos volaba por la sala.

Me tumbé en el sofá y ella se puso de rodillas añadiendo: - No suelo hacer esto, pero con este talento que portas, tengo que hacer una excepción y antes de poder decir algo se metió de un zampazo la mitad de mi pene en su boca. Lo chupaba con frenesí, mientras yo apretaba los cojines para resistir sus cabezazos. Sentí las cosquillas previas al orgasmo y la detuve: quid pro quo: ahora te toca, le dije… Y rápidamente fue ella la que estuvo tumbada en el sofa. Mi hábil lengua se deslizó por sus fríos muslos que conservaban la temperatura de la ducha matutina y al llegar a sus labios verticales empecé a darle suaves besos. Cuando se arqueaba del placer y se relajaba un poco de esas contracciones, aproveché para meter mi lengua en su sexo y subir, deleitándome en sus jugos, hasta su clítoris hasta sentir que vibró, se estremeció y ahogó un grito en su garganta, para no advertir a los vecinos.

Casi se duerme de lo potente que fue su orgasmo, y fue justo cuando me dispuse a que fuera completamente mía. Asomé mi glande en la entrada de su vagina y sentía como aún le palpitaba de placer. Ella me dijo: -No tienes protección? -Yo respondí: ¿Y no te planificas? Escucho los recordatorios para los anticonceptivos cada noche. Ella dice entonces: -Me tienes muy vigilada y justo cuando trató de articular la siguiente frase, empecé a hundírsela despacito, para no maltratarla.

“La tienes como un animal”, me dijo, con una cara que iba oscilando entre dolor y placer. Yo respondí: Y tú, la tienes estrechita. Está, en una palabra: deliciosa. Y así empezó un vaivén que se fue intensificando. Ella empezó a besarme a mordisquearme y luego a arañar, tanto mi pecho como mi espalda: me encanta tu cuerpo, decía y yo, tratando apenas de tocarla, puesto que su piel era tan sensible, solo iba notando como su pecho y su rostro se ponían más rojos.

Una vez más, cuando estuve a punto de acabar, hice una breve pausa y la puse en cuatro, con esa nalga paradita, apuntándome a la cara. Volví a recorrer su sexo con mi lengua para que se lubricara aún más y sin advertirla previamente empecé a penetrarla, con fuerza, mientras agarraba, con la izquierda su cadera y con la derecha su cintura. No pares, dijo. ¡Más fuerte!, gritó… y ahí mismo sentí como volvió a vibrar, para estallar nueva vez y casi desvanecerse. ¡No es justo!, ya me has hecho venir dos veces. Y tú no me has dado una gota de leche.

Ante esta queja y casi ruego, enredé su pelo en mi mano izquierda y le di una nalgada que dejó mis dedos marcados en su nalga derecha. AaAaAaAH, gritó y en ese momento empezaron salvajes embestidas con determinación… Más rápido, más fuerte. Más rápido, más fuerte. Hasta que, mirando al techo y respirando profundo para no gritar, le pregunto: dónde quieres la leche, perrita? Ella dice: quiero que me la eches toda, sé que es lo que deseas… Y pufff aaahhh, sentí como la leche salía a chorros dentro de ese estrechito coño, mientras se contraía para dejarme sin una sola gota.

Caímos, exhaustos, jadeantes y felices, en el sofá y luego nos dimos una ducha rápida para ir a trabajar.

Luego de esa insólita experiencia, de vez en cuando y de cuando en vez, cuando mi amigo sale de la ciudad, se repite esta deliciosa rutina.