Iván & Raquel. Cabalgando con los ojos en blanco
Raquel sabe que está traicionando a su novio, pero el placer que Iván le ofrece es demasiado irresistible. Mientras cabalga sobre él, susurra promesas prohibidas que cambian las reglas del juego: ya no es solo sexo, es una posesión mutua que deja a Óscar fuera de la ecuación.
Iván & Raquel. Cabalgando con los ojos en blanco
La pareja de Óscar sostuvo con tres dedos la herramienta de Iván, que ya palpitaba hasta con el más simple roce, y la dirigió a sus rosaditos labios vaginales, que la acogieron sin problemas… unos centímetros.
—¡Hhhhhhmmm…! —gruñó el chico, estirado debajo, que hacía grandes esfuerzos musculares para no eyacular todavía, pues en ese momento deseaba, más que ninguna otra cosa, metérsela hasta el fondo a la novia de su amigo—. ¿Y ahora qué pasa? —le inquirió, con una voz gutural, fruto de hallarse en tensión.
—Acaríciame el coño… —le pidió la morena, erguida sobre él, con sus turgentes pechos en todo su esplendor, su piel blanca brillando por la luz solar, su melena castaña oscura despeinada pero atractiva y su perenne sonrisa—. Pálpamelo, Iván… Con los dedos… Mmmmmmfff… Me gusta…
Raquel también se encontraba en ese punto de hipersensibilidad donde cualquier roce la agradaba, y quería jugar un poquito más antes de empalarse en la estaca de su amante, quien seguía aferrándole las manos en las caderas con una fuerza y un tacto que le ponían y mucho.
La veinteañera posó sus ojos, castaños verdosos, en los del joven —castaños oscuros—, así como en el resto de su cuerpo, y sonrió ante lo guapo que era: alto y delgado —más o menos en forma—, de piel muy clara tirando a pálida, pelo castaño oscuro muy corto, nariz recta y respingona, labios finitos y el rostro bien afeitado, sin un solo pelo.
El joven llevó su falange izquierda al labio derecho y ejerció presión con su pulgar, recorriendo la entrada del coño de aquella hermosa dama —cuatro o cinco años menor que él— y pasando también por donde tenía incrustado su propio manubrio.
A la vez, llevó su mano derecha a la mejilla de la chica y le metió el dedo pulgar en el costado izquierdo de su boca, invitándola a chuparlo y a pasarle la lengua con lascivia, como efectivamente hizo Raquel.
—¡Aaaaaahhh…! ¡Aaaaaahhh…! ¡Ivááánnn…! —gemía ella, notando todos aquellos tocamientos de forma simultánea, y provocando que tensase su espalda y todo su cuerpo, levantando un poco la cabeza, bajando los párpados y quedándole el pelo por detrás de los hombros, lo que encantaba a su amante.
El chico la tenía donde quería, jadeante y sumisa, y se recreó en esa escena: se notaba los huevos vibrantes, durísimos, rebosantes de lefa, y a su polla haciendo la heroica tarea de no correrse todavía. Necesitaba controlarse.
Quiso averiguar cómo de guarra y excitable podía llegar a ser la mujer de Óscar, y resolvió darle suaves palmaditas en los labios vaginales, y hundirle también un poco los dedos en sus entrañas, a fin de ponerle los ojos en blanco.
—¡¡Ooohhh…! ¡Hhhhhhhhhmmm…! —gritó de puro placer, al sentirse golpeada en sus partes íntimas de aquella forma tan medida—. ¡Deja…! ¡Aaaaaahhh…! ¡Deja de torturarme, cabrón! ¡Oooooohhh….! ¡Sííí…! ¡Deja que te cabalgue…!
—Enseguida, es que… estás preciosa así, Raquel… —le dijo sinceramente, pues aquella era una visión majestuosa—. Eres tan follable… Además te noto el coño humedecido, pedazo de guarra…
—Claro… Mmmmmmfff… Por mi calentura y por tu semen… —Intentó, sin éxito, montarse encima de su estaca—. Te gusta ponerme mala, ¿verdad?
—Me gusta ver cómo te retuerces sobre mí pidiéndome que te deje follarme, con mi polla a medio entrar en el mismo chochazo de puta infiel que a partir de ahora tu novio tendrá que compartir conmigo…
—Te pone que te suplique que me dejes cabalgarte para hacerme tu mujer y que me llenes las entrañas de semen… ¡Aaaaaahhh…! —gimió, notando que el chico desplazaba la punta de su nabo por toda la rajita, y puso los ojos en blanco porque sentía que ya no podía más—. ¿No es así…?
—Efectivamente… —Iván sintió el deseo de agarrarla por el cuello con la mano derecha, pero se contuvo, pues lo último que quería era lastimar a aquella dulce joven, y en ese momento su pasión le habría dejado, sin duda, marcas físicas—. Quiero que seas mujer de dos hombres, y que tu gran coño albergue todos los días nuestras corridas… Y que se mezclen en tu interior…
—Mmmmmmfff… Vale… —claudicó, totalmente entregada a la lujuria de su amante, sabiendo ambos que todo era un juego de provocación, motivado por el poder de las palabras—. Pero no puedo hacer eso si no me dejas ensartarme encima de ti…
Entonces Iván se levantó, la abrazó, la besó en el cuello con enorme goce y disfrute para ambos, fue subiendo por su mandíbula y, estando a escasos centímetros de sus labios, notándose mútuamente el aliento, sentenció:
—Cuando quieras, guapa. —Y le lamió la boca, entreabierta, de abajo a arriba, pasándola por la lengua de su amante.
No hizo falta decir más: Raquel se abrazó al chico por el cuello y, con un ágil movimiento pélvico, se le clavó encima, notando como ese pedazo de polla se internaba en sus paredes vaginales y ocupaba sus cálidas entrañas.
El gemido de absoluto placer que dieron ambos marcó el inicio de una cópula lasciva que dejaba en pañales a la anterior: besos, lametones, caricias, abrazos, tocamientos, miradas cómplices… Aquello no era solamente follar, echar un polvo: aquello era hacer el amor.
Se estiraron en el sofá y, estando Raquel encima de Iván, fue moviendo la pelvis, haciendo ochos, mientras sus labios resoplaban al unísono, sus lenguas danzaban juntas y sus narices se tocaban y aplastaban la una contra la otra, en una pornográfica escena donde la hembra dominaba.
El joven se la tenía metida hasta el fondo y, al estar debajo, notaba una leve presión en los huevos —fruto del bamboleo de la novia de su colega—, que sin embargo le agradaba.
—¡Aaaaaahhh…! ¡Qué dura la tienes, cabrón! —celebraba ella, extasiada por la potencia viril masculina—. ¡Mmmmmmhhh…! ¡Y qué grande…! ¡Me encantaaaaaahhh…!
La veinteañera estaba feliz, completamente empalada y entregada en aquel trozo de carne, retozando y disfrutando de unas sensaciones que hacía mucho tiempo que nadie le había sabido dar. “Definitivamente, este no va a ser nuestro único encuentro”, pensó, esbozando una sonrisa.
Se centró en notar aquel pedazo de rabo caliente, que obligaba a sus paredes vaginales a dilatarse para acogerlo bien. La motivaba mucho la actitud del atractivo moreno para quien se había abierto de piernas: la herramienta de Iván era más pequeña que la de Óscar, pero no le importaba en absoluto, ya que su amante sabía usarla mucho mejor y tenía más aguante que su novio.
—¡Oooooohhh…! ¡Raqueeel…! —gimió su compañero de aventuras, que la sujetaba por la espalda con la mano abierta y por el culo con la otra—. ¡Mmmmmmffffff…! ¡Me aprieta tu coñooohhh…!
Deseosa de llevar aquella sesión a su culmen, la bella morena acercó su rostro al del chico, pegó sus barbillas y la punta de sus narices y, sujetándole la mandíbula con ambas manos, procedió a besarlo largamente con una ternura y un amor que le cortaron el aliento al joven.
Aunque infiel a todas luces, aquel no era un beso lascivo ni morboso, sino que tenía un significado mucho más profundo: era un beso que denotaba un gran cariño, y, sobre todo, mucha felicidad, amor y agradecimiento.
Cuando se separaron, se quedaron mirando fijamente el uno al otro, muy de cerca, con los ojos medio entornados. Había quedado incluso un hilillo de saliva que unía sus bocas. La chica le sonrió y, con su nariz en una posición que remarcaba su forma puntiaguda y elegante, le dio un besito de esquimal.
—Te quiero, Iván… Ahora sí que te voy a poner los ojos en blanco, mi amor —sentenció, con una seriedad y un brillo en los ojos que solo podían corresponder a una hembra agradecida y decidida.
Entonces se irguió sobre el muchacho, y empezó a cabalgarlo con tal nivel de dedicación y de sensualidad que este tuvo que hacer desmesurados esfuerzos —esperaba que ya fueran los últimos— para no correrse en ese mismo instante, pues habría sido una pena.
Sin embargo, la imagen de la novia de Óscar trotando encima de él como una diosa del amor, con su larga cabellera castaña oscura agitándose por el vaivén de los movimientos de su dueña, con sus ojos castaños verdosos observándolo con evidente placer, y el bamboleo de sus pechos al son del galope sexual…
… fueron ya demasiado para él, que efectivamente puso los ojos en blanco, tensó todo su cuerpo —notando sus huevos estrujarse—, dejó su mirada perdida en un punto indeterminado del techo y alcanzó el orgasmo en lo más profundo de las entrañas de Raquel.
—¡AAAAAAHHHHHH…! —gimió el veinteañero, ya sin reprimirse nada, sintiendo cómo su volcán entraba en erupción, cómo su semilla ascendía por el tronco y cómo eyaculaba e inundaba la vagina de su amante.
Mientras se descargaba en el chochazo de Raquel, empezó a notar cómo su propia entrepierna se humedecía. Fue entonces cuando la pareja de Óscar se tensó nuevamente, su cuerpo vibró y alcanzó también el cielo, echando la cabeza hacia atrás, los ojos hacia arriba y separando los labios en un gesto de absoluto goce:
—¡Oooooohhh…! ¡¡OOOOOOHHH…!! —gimió de tal forma y abrió tanto la boca que parecía que se fuera a desencajarse la mandíbula.
Iván la vio tan fuera de sí que resolvió cogerla por la parte inferior de su espalda, a fin de que no cayera hacia atrás y se hiciera daño. El resultado fue que la chica se desplomó encima de él, con la boca abierta, resoplando, recuperando el aliento y aún medio gimiendo al oído a su amante.
Se quedaron ahí abrazados, quietecitos, agotados. Raquel le acariciaba la mandíbula con los dedos y le besaba con suavidad la mejilla izquierda y los labios, muy dulcemente. Estaba, ahora sí, plenamente satisfecha sexualmente.
El joven, por su parte, le acariciaba la espalda y el costado del seno derecho, escuchando cómo aquella diosa le ronroneaba al oído e iba, poco a poco, normalizando su respiración bucal y nasal.
Su polla iba retomando las proporciones normales, pero aún seguía parcialmente dentro, entre los labios de Raquel, de los que no dejaba de salir otra vez una mezcla de fluidos sexuales masculinos y femeninos.
—¿Quieres que…? —empezó a preguntarle, moviendo un poco la pelvis.
—No, está bien —le contestó la chica, en un susurro que le hizo entender el punto de relajación en el que se encontraba. Entonces le miró con sus ojazos verdes, ahora brillantes y medio cerrados por el pedazo de orgasmo que había tenido, y sentenció:— Por mí puedas dejarla donde está, Iván… Me gusta sentirla dentro de mí. Te quiero. —Y le dio un último beso al chaval, quien por supuesto correspondió con dulzura, volviéndolo muy íntimo.
***
Muchísimas gracias por haber llegado hasta aquí. Ahora puedes valorar el relato y dejar un comentario explicándome qué te ha parecido este último fragmento del segundo capítulo. Recién he comenzado el siguiente, de modo que no me pronunciaré hasta haberlo terminado.
En esta ocasión, sí adelanto que tengo otro relato diferente a medias, lo cual puede hacer que los escritos de "Iván & Raquel" se vayan espaciando en el tiempo (vuelvo a recordar que esta nunca ha pretendido ser una historia larga). Sí iré compartiendo algunas novedades en la sección de "Info" de mi perfil, para los interesados.
También puedes escribirme al correo ([email protected]) para contarme alguna experiencia o fantasía tuya que quisieras que inmortalizara en un próximo texto. Un saludo.
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