Xtories

Compañeros

Llevaban veinte años mirándose a través del escritorio, conteniendo el aliento y el deseo. Hoy, la oficina queda atrás y solo existe el hotel, la cama y la certeza de que ya no podrán volver a ser solo compañeros.

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Para volver, la primera y necesaria condición, es haberse marchado. Yo lo hice el día 14 de diciembre, me despedí de Todorelatos, sin saber si la despedida sería definitiva, larga o corta. Hoy vuelvo a publicar. Tenía la necesidad de hacerlo, de volver a sentir historias y compartirlas con los lectores que quieran seguir acompañándome.

Seguramente que no escribiré tanto como lo hacía antes, pero seguramente que después de este relato vendrán muchos más.

Gracias a los que me leéis, ya sea por primera vez, o si lleváis tiempo haciéndolo.

Espero que os guste.

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Un intenso olor a sexo, a sudor, a deseo desbordado y a pasión desatada inundaba el pequeño habitáculo.

La pareja yace desnuda y exhausta, sobre la cama de la habitación de un hotel anodino y sin más pretensiones que servir al propósito de parejas que, necesitadas de intimidad y de un colchón, buscan entre sus cuatro paredes un refugio temporal en el que dar rienda suelta a sus pasiones y deseos.

Pero remontémonos unas horas antes para conocer toda la historia. Faltaban unos minutos para las 9 de la mañana de un frío día de enero en Madrid. Esa era la hora indicada para que diera comienzo un curso formativo, impartido por la Comunidad de Madrid, en colaboración con la Federación de Municipios, para funcionarios de administración local de la región.

El curso tenía como objetivo la problemática en la aplicación de diversos apartados de la nueva Ley del Suelo de la Comunidad de Madrid. Los asistentes iban entrando, generalmente de uno en uno, al aula dónde se impartiría el curso, en la sede de la Consejería de Urbanismo.

Sentado en un lugar discreto, casi en las últimas filas, estaba Daniel. Desde que se marchó del ayuntamiento en el que trabajaba anteriormente, para ocupar un puesto de mayor responsabilidad en el Ayuntamiento de Madrid, no había asistido a ninguno de estos cursos. En un principio por falta de tiempo. Después por simple pereza, y de eso hacía ya casi 3 años.

En el aula había más asistentes de su mismo Ayuntamiento, pero al tratarse del Ayuntamiento con más personal de España, apenas conocía de vista a algunas de las personas que allí había, por lo que prefirió mantenerse al margen de los pequeños grupos que se fueron creando. El resto de los asistentes provenían de los restantes ayuntamientos de la región. En casi ningún caso había más de 2 personas del mismo ayuntamiento, por lo que pocos se conocían entre sí.

Pero de pronto, Daniel vio un rostro conocido entrando en la sala. No se lo podía creer, se trataba de Nuria, una antigua compañera en su anterior Ayuntamiento. Estaba tan atractiva como siempre o, quizá, un poco más. Nuria era una mujer de 48 años, de mediana estatura, con un cuerpo perfectamente moldeado. Sus formas siempre le habían excitado, así como la expresión de su rostro. Sin ser una mujer que pudiera catalogarse como guapa, poseía una mirada y una sonrisa que la hacían verdaderamente cautivadora.

Aquella mañana Nuria vestía con una falda larga de raso, de color gris perla, ajustada sobre el contorno de sus caderas, y que se iba abriendo a medida que descendía por sus piernas. En la parte superior llevaba un jersey blanco, también ajustado, bajo el que se dibujaban sus pechos, probablemente de la talla 100. Sobre el brazo derecho colgaban su abrigo, el cual había acabado de quitarse, y un bolso.

Nada más verla, Daniel sintió un pálpito. Siempre se había sentido atraído por ella. Nuria siempre le había excitado sobremanera y, aunque en alguna ocasión quiso armarse de valor para tratar de ligársela, en el último momento siempre ocurría algo que daba al traste con sus planes. Principalmente el hecho de que ambos estuvieran casados.

Poco antes de que Daniel cambiase su lugar de trabajo, Nuria se divorció del cafre de su marido, un cincuentón inmaduro y vicioso, que gastaba todo el dinero de la familia en apuestas y partidas de cartas, hasta llevarlos a la ruina.

En ese momento, la mujer estaba demasiado rota y dolida, como para atender los requerimientos de ningún otro hombre. Daniel se marchó de aquel trabajo y, aunque en un principio mantuvieron el contacto vía whatsapp, llegando incluso a quedar para comer en alguna contada ocasión, eso sí, acompañados de algunas otras personas, el tiempo fue pasando y los mensajes se fueron distanciando, hasta llegar a desaparecer pasado un tiempo. Pero ahora, el destino, la había vuelto a poner en su camino.

Daniel, tras asegurarse de llevar bien puesta la chaqueta y la corbata, se levantó del lugar que ocupaba para acercarse hasta Nuria, la cual aún no le había visto.

- Hola Nuria, ¡qué sorpresa! -le dijo Daniel, posando una mano sobre el hombro de la mujer, quién se dio la vuelta sorprendida al reconocer la voz de su antiguo compañero.

- Hola Daniel, no esperaba verte por aquí ¡ya lo creo que es una sorpresa, y muy agradable! -añadió la mujer, antes de saludarse con dos besos.

De inmediato, la mujer hizo un repaso visual de su antiguo compañero. Había perdido algo de pelo, lo que era natural a sus 50 años, pero seguía siendo aquel maduro de pelo negro, siempre tan bien cortado, con algunas canas que le dan un aire entre intelectual e interesante. Sus ojos oscuros seguían siendo tan penetrantes y misteriosos como siempre. Su voz, como tantas otras veces, la llevó a sumergirse en sus más oscuros y húmedos sueños. Daniel seguía siendo aquel hombre al que nunca llegó a conocer en la intimidad, pero por el que, siempre que le tenía cerca, acababa derritiéndose.

Mientras tanto, Daniel le explicó que estaba sentado un poco más atrás, invitándola a tomar asiento a su lado, a lo que Nuria aceptó encantada. Una ráfaga con el perfume que utilizaba el hombre fue a llenar el pecho de Nuria, rememorando con ello los años pasados juntos.

Nunca hubo nada entre ellos, salvo alguna sonrisa, algún comentario y los piropos que su compañero la dedicó en muchas ocasiones, además de algunas miradas cargadas de picante. A Nuria no le cabía ninguna duda de que a Daniel le gustaba. A ella también le gustaba aquel hombre, siempre había sido extremadamente amable con ella, siempre la había apoyado en sus peores momentos y, en numerosas ocasiones, ahogó sus ganas jugando con sus dedos en su sexo, mientras pensaba en que era Daniel quién la hacía estremecerse de placer.

Ahora, tres años después de su divorcio, y sin haber conocido a nadie que la llenase de verdad, Nuria estaba más abierta que nunca a aprovechar las circunstancias y a no dejar pasar ninguna oportunidad que la vida pusiera en su camino para hacerla sentir mejor.

No podía decir que los hombres no se acercasen a ella, pero tras su tormentoso matrimonio y aún más tormentoso divorcio, su receptividad hacia el sexo masculino se había resentido mucho y, con ninguno de sus pretendientes se planteó nada más que un polvo que le diera un poco de placer a su vida y, en algunos casos, ni tan siquiera eso.

Pero ahora, por la más inesperada casualidad, Daniel estaba allí. Su antiguo compañero de trabajo, el hombre que siempre la miró de un modo distinto, el hombre que siempre la hizo entrar en calor, y cuyo simple roce hacía excitar su cuerpo y humedecer su ropa interior.

Por eso aceptó encantada acompañar a su antiguo compañero hasta el lugar que él ocupaba en el aula, en las últimas filas. Por eso no dudó en caminar delante de él, despacio, segura de sí misma y bamboleando sus caderas para asegurarse así de captar la atención del hombre. Y, por eso, tampoco dudó en acercar su cuerpo al de Daniel todo cuanto pudo, mientras permanecieron sentados, escuchando las explicaciones en las que consistía el curso.

De ese modo, uno de los brazos y manos de cada uno estuvo siempre en contacto con uno de los brazos y manos del otro, salpicando la corta espera hasta el comienzo del curso con sonrisas, con algunos comentarios graciosos y con miradas cómplices, que iban aumentando en número e intensidad.

“Joder, me la ha vuelto a poner tan dura como siempre. Se va a dar cuenta de que no dejo de mirarla, sobre todo esas tetazas que tiene, pero es que me tiene cachondo perdido”, pensaba Daniel, sin dejar apartar su mirada del cuerpo de su antigua compañera.

“No se le han pasado las ganas de mí. Me mira con el mismo deseo de siempre. Y otra vez está consiguiendo que moje las braguitas, como ha ocurrido cada vez que le he sentido devorarme así, con la mirada”, reflexionaba Nuria, mientras comprobaba que el deseo que generaba en su compañero seguía intacto.

El encontrarse en mitad de un aula, que no era demasiado grande, impedía que pudieran mantener una conversación parecida a lo normal. Por ello, ambos intercambiaban suaves murmullos, algunas miradas y constantes toques y roces en brazos y piernas.

A mitad de la mañana, el ponente del curso anunció una pequeña pausa para descansar y tomar un café.

- ¿Te apetece tomar algo? -preguntó Daniel a Nuria.

- Sí claro. Me debes algún café, no creas que lo olvido -añadió la mujer, recordando con ello alguna antigua conversación entre ellos.

- Pues hoy es un buen día para comenzar a pagar mis deudas -respondió él entre risas.

La pareja abandonó el edificio, ella con la ropa interior mojada, y él con un buen bulto en la entrepierna, para encaminarse hacia una cercana cafetería, que parecía a la vez elegante y tranquila, y que se encontraba en el sentido contrario al que tomó la mayor parte de la gente asistente al curso.

Una vez en el local, se acomodaron en una pequeña mesa, en el rincón más alejado de la puerta. Allí, tras ser haber sido servidos con los cafés que pidieron, sí pudieron comenzar a hablar sin miedo a ser oídos, ni perturbados, por los asistentes al aburrido curso.

- Sigues tan guapa como siempre -se atrevió a decir Daniel.

- Gracias, pero el tiempo pasa también para mí. Ya no soy ninguna jovencita -respondió Nuria.

- No, no lo eres. Tú eres mucho más guapa y atractiva que la mayoría de las jovencitas que se pavonean por ahí -añadió de nuevo el hombre.

En esta ocasión Nuria no respondió con palabras, aunque sí lo hizo con una penetrante mirada que calentó y enturbió aún más los pensamientos de Daniel.

Tras un minuto largo de silencio, fue Nuria quién rompió el hielo:

- ¿Y qué hay de tu vida? En estos últimos tiempos no me has contado nada -dijo la mujer.

- Pocas novedades. El trabajo me ha absorbido casi todo el tiempo. Estoy contento con lo que hago, y me tratan bien, pero hay mucho más trabajo del que se puede imaginar -respondió el hombre.

- Ya, supongo que no te ha dejado tiempo ni para escribirme y querer saber de mí -añadió Nuria, lanzando una pullita que no pasó desapercibida a Daniel.

- Lo siento. Sé que te he tenido abandonada. Me hubiera gustado escribirte o llamarte. Cien veces lo pensé, y tuve el teléfono en la mano con tu número en la pantalla, pero… en el último instante me arrepentí -respondió Daniel, antes de dar un sorbo a su café.

- ¿Y qué te lo impidió? -quiso saber ella.

- Todo. Tu situación, la mía,… Todo, Nuria -respondió Daniel, mirándola a los ojos.

- A veces me hubiera gustado tenerte más cerca. Poderte contar que estaba angustiada y asustada. Siempre has sido un gran amigo. Una persona en la que confiar y de la que esperar siempre lo mejor -dijo Nuria, muy sincera y casi conmovida.

- Lo sé, Nuria. Pero yo no quería ser únicamente el amigo que te escucha y apoya. Yo quería ser… algo más -añadió el hombre.

- ¿Qué más querías ser? -preguntó Nuria, casi en un susurro, e inclinando su cuerpo hacia el del hombre.

- Lo sabes. Sabes lo que quería ser. Sabes que siempre me has atraído, que me has vuelto loco, que…. -dejó el final de la frase en el aire.

- Hablas en pasado. ¿Acaso ya no te gusto? -preguntó ella.

- Me gustas más que nunca, o tanto como siempre. Es imposible que no me gustes, es imposible verte y no sentirme… excitado por ti. Me pareces preciosa, pero fuera de mi alcance -se sinceró el hombre.

- ¿Porqué crees que estoy fuera de tu alcance? -preguntó Nuria, posando una de sus manos sobre una de las manos de su antiguo compañero.

- Porque tendrás mil pretendientes, e imagino que preferirás elegir a un hombre sin compromisos antes que elegir a un tipo casado como yo-explicó Daniel.

- No lo sabes. Nunca me lo planeaste -respondió la mujer.

- ¿Y si te lo planteo ahora? ¿Y si te pregunto si te atreverías a ser más que mi amiga? -preguntó un resuelto Daniel.

- ¿Tienes mucho interés en el curso? -preguntó ella por toda respuesta.

- No. Lo tenía antes de saber que ibas a estar tú. Ahora eres tú todo lo que me interesa -respondió el hombre.

- Pues en ese caso, paga la cuenta y vámonos a otro lugar. -sugirió ella, mirando con su más cálida y cariñosa actitud al hombre.

Apenas 5 minutos después estaban saliendo de la cafetería. No llegaron a cogerse del brazo, pero sí caminaban lo suficientemente juntos como para rozar sus cuerpos con cada paso. La tensión sexual entre ambos se podía cortar.

Daniel comenzó a pensar deprisa. Tenía que encontrar rápidamente un lugar al que dirigirse. Un lugar discreto y cercano en el que, por fin, hacer realidad su sueño de tantos años. Por su parte, Nuria sentía como un calor húmedo invadía todo su cuerpo, naciendo en lo más profundo de sus entrañas para acabar sofocando cada parte de su ser.

De pronto, Daniel recordó algo, sacó su teléfono móvil del bolsillo y comenzó a teclear rápidamente en él. Nuria lo observaba divertida y expectante. En poco más de un minuto Daniel volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.

- Cariño -por primera vez utilizó un apelativo tan cercano y cariñoso con Nuria-, ya tenemos dónde ir -anunció.

- Llévame a dónde sea -respondió Nuria.

Ahora sí, Daniel tomó de la mano a Nuria y se dirigieron con paso algo más acelerado por las calles de Madrid. A menos de quinientos metros de dónde se encontraban estaba su destino. Un coqueto y discreto hotel, en una calle lateral de la vía principal, que alquilaba sus habitaciones por horas para encuentros sexuales de parejas que valoran la discreción y la céntrica ubicación del edificio.

En la recepción del establecimiento, Daniel se encargó de pagar la habitación que había reservado unos minutos antes desde su teléfono móvil, mientras que Nuria optó por esperarle unos metros más atrás. El encargado del hotel no pudo evitar lanzar una mirada descarada a la mujer. El contraluz producido gracias a los grandes ventanales con lo que contaba la recepción del edificio hacia la calle propició que la silueta de la mujer fuera perfectamente visible. Las piernas, y gran parte de sus muslos, se manifestaron bajo la suave tela la falda, demostrando que el cuerpo de aquella madurita conservaba, sin ninguna duda, unas formas perfectas.

Cuando Nuria se dio cuenta de la devoradora e indiscreta actitud de aquel hombre, su reacción consistió en sostenerle la mirada, a la vez que se mordió, de la forma más sugerente y provocadora que pudo, su labio inferior.

Apenas un instante después, Daniel volvió a su lado, portando en la mano izquierda la tarjeta magnética de la puerta de la habitación que les habían asignado. Con la mano derecha empujó suavemente a Nuria por la cintura. Ambos comenzaron caminaron muy juntos, y muy despacio, hacia el ascensor. Nuria lo hizo contoneando sus caderas, sabedora de que sus movimientos no pasarían desapercibidos para el encargado de la recepción. Le gustaba la idea de saberse deseada por aquel tipo descarado, a quién, sin duda, estaría provocándole una generosa erección.

- Nunca antes había hecho esto -dijo Nuria mientras esperaban a que el ascensor abriera sus puertas.

- ¿Nunca antes has follado con nadie? ¿Eres virgen? -preguntó un divertido Daniel.

- No tonto, no me refiero a eso. Quiero decir, que nunca antes había surgido así, sin pensarlo. Esta mañana salí de casa pensando que acudiría a un curso sobre la ley del suelo, sin más. Pero, nada más verte, supe que el día sería muy distinto a lo que había pensado -respondió ella, mirando intensamente a los ojos del hombre.

Apenas tuvieron tiempo de entrar en el ascensor y pulsar el botón de la tercera planta, cuando ambos se enzarzaron en el primer beso. Sus lenguas se enredaron la una en la otra, buscando recorrer la boca del otro, mientras que sus manos recorrieron ansiosas sus cuerpos, buscando rincones que, hasta hacía bien poco, les estaban prohibidos.

Cuando el ascensor abrió su puerta, la pareja salió a trompicones de él, no queriendo separar sus bocas y sus cuerpos y queriendo, a la vez, llegar cuanto antes a la habitación.

Sin apenas haber podido cruzar la puerta de entrada de la coqueta habitación, de nuevo cada uno se entregó al otro, a través de un beso tan intenso y apasionado que hizo detenerse el tiempo.

Daniel disfrutaba comenzando a hacer realidad uno de sus sueños más deseados: su lengua navegaba dentro de la boca de Nuria, mientras que sus manos recorrían el cuerpo de su antigua compañera, de su deseada compañera, siguiendo el contorno de sus caderas, de sus muslos y de su culo, aquél maravilloso culo que siempre le había traído loco, y con el que tantas veces había soñado.

Por su parte, Nuria, quién durante años vivió sometida a los principios y prejuicios sociales, por fin había sido capaz de vencerlos para la probar la miel de los labios de su deseado Daniel, con cuyos pensamientos tantas veces se había masturbado, imaginando una situación muy similar a la que estaba viviendo. Sentía su cuerpo estremecer al contacto con las manos, fuertes y firmes, del hombre. Sentía como, cada vez que Daniel se pegaba más a ella, casi aplastándola contra una de las paredes de la habitación, una dureza gruesa y prometedora, se incrustaba entre sus piernas, presionándola en el templo de su placer.

Y es que, ya en esos primeros compases, Daniel lucía una poderosa erección haciendo enardecer su rabo, mientras que Nuria sentía un torrente de fluidos asomando por la hendidura de su caliente coño.

En un momento dado, Daniel se dejó caer, hasta apoyar sus rodillas en el suelo, a la vez que comenzó a subir la falda de Nuria, hasta que ella misma la sostuvo pegada a su cintura. De ese modo, una suave braguita, del mismo color gris perla de la falda, fue el único obstáculo que separaba la mojada y ardiente vagina de la mujer, de la hambrienta boca del hombre.

Daniel acarició la piel de los muslos de Nuria con sus propios labios y lengua, deslizándolos despacio, besando con delicadeza la suave y cálida piel de la mujer. Ella misma sostenía su falda por encima de su cintura con una de sus manos, mientras que con la otra había comenzado a masajear sus pechos, apretándolos con firmeza y haciendo que sus pezones adquieran mayor tamaño y dureza. Todos aquellos estímulos no pasaron por alto a su agitado chochito, que sentía como por momentos se incrementaba su excitación, hasta el punto de que, una visible mancha oscura en sus braguitas marcó a Daniel el camino que debía seguir.

Aquél no pasó por alto aquella señal inequívoca del placer que estaba sintiendo la mujer y, dejando atrás los besos y caricias que le estaba proporcionando por los muslos y caderas, lanzó despiadadamente su boca sobre la provocadora mancha de humedad, haciendo que la mujer prorrumpiera una sucesión de gemidos y jadeos que enardecieron aún más el deseo de Daniel.

El sabor agrio y fuerte del coño de Nuria fue un acicate más para Daniel, quien de inmediato, se apañó para apartar la parte de la braguita que se interponía entre su boca y los empapados labios de la mujer, pudiendo por fin deslizar su lengua directamente por los labios de la vagina, saboreando sus fluidos y provocando nuevos gemidos de placer en su antigua compañera.

Nuria, tras las primeras oleadas de profundo placer, soltó su falda, envolviendo con ella la cabeza de Daniel, pudiendo así agarrar con fuerza la cabeza del hombre, marcándole de forma nítida el ritmo con el que quería y necesitaba las embestidas de su boca.

Daniel se adaptó de inmediato al ritmo que la mujer le marcó, pasando de lamerle los labios de la vagina, a morderle con intensidad el clítoris y los propios labios, haciendo que el placer en la mujer no dejara de incrementarse.

Nuria cerró los ojos para saborear aún mejor todas las sensaciones de placer que estaban invadiendo su cuerpo, sin dejar de presionar con una de sus manos la cabeza de su amante, y notando como manaban de su coño una cantidad ingente de fluidos.

El ritmo se fue incrementando, al igual que la presión que Daniel ejercía con los labios y la lengua sobre el chocho y el clítoris de Nuria, haciendo que su pequeño botoncito de placer incrementara notablemente su tamaño y se endureciera hasta convertirse en una dura y húmeda protuberancia.

Los labios de Daniel se aferraron con fuerza al clítoris de Nuria, tirando con él de forma casi violenta, una y otra vez, de modo repetido, y cada vez más rápido, haciendo que el cuerpo de la mujer se retorciera de placer, casi deslizándose por la pared abajo. Nuria sentía que sus piernas apenan podían sostenerla, que todo su cuerpo convulsionaba, presa del más intenso placer, hasta que, con los ojos en blanco y la boca completamente abierta, emitió un grito que anunció la llegada de un orgasmo intenso y profundo, que acabó de arrancarle las pocas fuerzas que la quedaban. Daniel continuó lamiendo y mordisqueando los labios y el clítoris de la mujer, hasta que ésta no pudo sostener por más tiempo su cuerpo en vertical, acabando por apoyarse en el suelo, derrengada y exhausta, con el coño regado de fluidos, parte de los cuales se habían alojado en la boca del hombre.

Daniel se sentó también en el suelo, junto a Nuria, apoyando la espalda en la pared, acariciando el cuerpo y la cara de la mujer, mientras ella apoyó su cabeza sobre el pecho del hombre. Habían sido capaces de detener el tiempo.

Durante unos minutos permanecieron así, en silencio, haciéndose a la idea de lo que había sucedido, siendo conscientes de que, después de tantos años de vivir su atracción de forma reprimida, por fin habían dado rienda suelta a sus deseos. Aunque aquello no hubiera hecho más que comenzar.

La primera en moverse fue Nuria. Se levantó despacio, con suavidad, como no queriendo despertar a Daniel de su sueño. Se separó del lugar que ocupaba el hombre en el suelo lo suficiente como para poder moverse. Y cuando lo hizo fue para desnudarse con tal cadencia y parsimonia, con tal elegancia y ala vez sensualidad, que la verga de su amante pronto comenzó el camino ascendente, recobrando el vigor y la dureza que unos minutos antes había alcanzado.

Daniel contemplaba maravillado el cuerpo de su antigua compañera. Se deleitó observando como la falda cayó a sus pies, como tras ella, el jersey siguió el mismo camino. Nuria giró sobre sí misma, ofreciendo una panorámica de 360 grados sobre su perfectamente esculpido cuerpo, en el que tan solo permanecían las braguitas, absolutamente empapadas y dibujando los pliegues de los labios de su vagina, y un sujetador a juego con ellas, en el que dos sobresalientes pezones pugnaban por atravesarlo.

El hombre contemplaba, con creciente deseo y excitación, el modo en el que la mujer contoneaba su cuerpo, a escasa distancia de su propio cuerpo, sin percatarse de que él mismo se había puesto de pie. Sólo fue consciente de ello cuando, tras volver a colocarse de cara a él, Nuria dejó caer a sus pies el sujetador, acariciando sugerentemente sus propios pezones erguidos.

A pesar de contar con casi 50 años de edad, y de ser de un buen tamaño, los pechos de Nuria mantenían una buena posición, conservando gran parte de la consistencia y forma que tuvieron en su juventud. Daniel los contempló durante unos segundos, maravillado e hipnotizado, tras los cuales decidió dar un paso al frente para tomar con sus labios uno de los deliciosos pezones que aquella hembra le ofrecía.

La boca de Daniel se llenó con la dura protuberancia de aquel suave y cálido pezón. Lo succionó, primero suavemente, de forma delicada y plácida, pero pronto cambió de registro, y comenzó a succionar con mucha más fuerza, mordiendo incluso con los labios la dureza del pezón que albergaba en su boca. A la vez, las manos de Daniel recorrieron la espalda de Nuria, descendiendo suavemente desde la nuca de la mujer hasta su soberbio culo, el cual palmeó con firmeza a la vez que sus labios mordían el duro pezón, provocando un gemido de placer en la mujer.

De inmediato, una nueva oleada de placer y de deseo invadieron el cuerpo de Nuria. De nuevo se sentía deseada, caliente y húmeda. No sin esfuerzo, logró apartarse un espacio mínimo de aquel macho encabritado. El suficiente espacio como para que él tuviera que soltar el pezón que aprisionaba con sus labios, y para que ella pudiera tomar las riendas de la situación.

- Dani, ahora déjame hacer a mí. Yo también tengo sueños que cumplir -dijo Nuria con un suave y perturbador susurro.

Daniel no respondió con palabras, pero fue obediente y se dejó hacer. Dejó que Nuria le besara la boca, que lamiera su lengua con la suya, que besara sus mejillas a la vez que sus manos desabrochaban cada botón de su camisa, rozando su cuerpo, de vez en cuando, con sus endurecidos pezones. Dejó que la mujer acariciara su pecho, que se entretuviera hundiendo sus dedos en el suave vello de su torso, mientras descendían, precisas y seguras, por su vientre hasta alcanzar el pantalón.

Volviendo a besar la boca de su amante, Nuria se deshizo con presteza del cinturón del hombre, haciendo caer el pantalón hasta el suelo. Ella misma se agachó para retirar los zapatos del hombre, para sacar el pantalón por los pies y para contemplar el hermoso bulto que se dibujaba desafiante bajo el bóxer.

La mujer volvió a ponerse de pie. Ella llevaba puestas tan sólo las braguitas, mientras que él sólo llevaba el bóxer. Y ambas prendas mostraban señales inequívocas de la excitación que encerraban.

Fue de nuevo Nuria quién dio el siguiente paso: tirando suavemente de una de las manos de Daniel, se dirigió hasta la cama. Tiró con fuerza de la colcha que la cubría y se echó en ella, boca arriba, expectante y ansiosa por recibir a su amante.

Daniel siguió sus pasos, y ocupó el lugar de la cama que ella le dejó libre, a la vez que con su lengua ocupó la boca de la mujer, mientras que sus manos viajaron presurosas desde sus tetas y los pezones que las coronaban, hasta la hendidura que se dibujaba en las braguitas, la cual no había dejado de humedecerse desde hacía un buen rato.

El hombre comenzó a besar, lamer y succionar, alternativamente, cada uno de los pezones de Nuria, a la vez que su mano derecha masajeaba y recorría los labios de su coño, aún por encima de las empapadas braguitas. Pero ese no era el plan de Nuria, al menos no en ese momento.

La mujer, con un suave pero firme movimiento, hizo que su amante dejara de hacer lo que estaba haciendo, haciendo que el hombre acercara su cipote a la boca de ella. Así, mientras ella permanecía echada en la cama, Daniel se colocó, con una rodilla por cada lado de su cabeza, por lo que su verga, aún bajo el bóxer, quedó a escasos centímetros de la boca de Nuria.

En ese momento, la mujer deslizó suavemente el bóxer con sus manos, hasta hacer emerger junto a su boca, la gruesa y dura tranca de Daniel. Apenas se entretuvo en mirarla, pues era otro su deseo: sentirla en su boca. Nuria pasó a la acción abriendo la boca cuanto pudo para alojar en ella la mayor porción posible de la verga de Daniel. Sintió como aquel cilindro carnoso y duro llenó la cavidad de su boca casi por completo, hasta ponerle muy difícil el tomar aire pero, lejos de achantarse, comenzó a succionarla con sus labios, descendiendo y ascendiendo por aquel tronco duro, con suaves y largos movimientos que, la mayoría de las veces, terminaban con un sonoro beso en la punta del capullo, lo que provocaba los primero gemidos del hombre.

Daniel apoyó sus manos sobre la pared, por encima del cabecero de la cama, y pronto comenzó a mover su cuerpo de forma metódica, follando con cada una de sus embestidas, la boca de Nuria, la cual sentía una enorme satisfacción al ser sometida a los vaivenes que el pollón de su amante la proporcionaba.

Durante unos minutos permanecieron así: el hombre follando la boca de la mujer, ésta sujetando el culo prieto de su amante, ayudándolo así a follarle la boca, sintiendo con su verga llegaba a rozar en su garganta, provocándole alguna arcada e incrementando de forma exponencial su deseo y su placer, el cual también se veía favorecido por los movimientos que, su otra mano, estaban realizando sobre su coño y su clítoris, masturbándolos y estimulándolos de forma constante.

Tras un incremento notorio del ritmo con el que Daniel follaba la boca de Nuria, y con la que ésta lamía y succionaba su polla, los gemidos del hombre llenaron todo el volumen de la habitación. Nuria no lo hacía, no por que no quisiera gemir, si no porque sus gritos eran ahogados por el cipote que se albergaba en su boca, llenándola por completo.

Apenas pasó un minuto más, cuando Daniel sintió como sus huevos, completamente llenos desde hacía un rato, estallaron de placer, lanzando varias ráfagas consecutivas de semen que fueron a llenar la boca de Nuria, hasta deslizarse por su garganta.

La mujer continuó mamando aquella soberbia verga, buscando que se vaciara por completo en su boca, siempre pendiente de saciar su sed creciente. El sabor del macho no había logrado calmar su ansiedad si no, todo lo contrario, provocar más deseo, más necesidad de sentirse usada, de servirle para su placer y de sentir todo el placer que el hombre pudiera regalarle.

Cuando por fin, la hembra se dio por satisfecha, Daniel retiró su morcillona polla de su suave y cálida boca, dejándose caer a su lado sobre la cama, momento en el que pudo comprobar que también ella se había corrido, pues una delatadora mancha de fluidos se encontraba bajo la almeja de Nuria, sobre la cama.

- ¿Este era el sueño que querías hacer realidad? -preguntó el hombre.

- Esto sólo era parte de mi sueño. Pero aún quedan muchas cosas por hacer -respondió la mujer, acariciando con mimo y suavidad la húmeda verga de su amante.

La pareja permaneció relajada durante un largo, con sus cuerpos juntos, prodigándose en besos y caricias, sin apenas pronunciar una palabra. Durante muchos años habían hablado, habían compartido problemas del trabajo y situaciones personales, llegando a tener un altísimo nivel de complicidad entre ellos. Cuando Daniel decidió cambiar de destino, Nuria se sintió desamparada. No le culpaba a él de la decisión tomada, pero se sentía sola y abrumada por sus propios problemas. Por fin se había decidido a divorciarse de su marido, y en muchas ocasiones echó de menos las palabras de ánimo, comprensión y consuelo que Daniel siempre tenía para ella.

Pasado el tiempo, la relación entre ambos se fue distanciado. Daniel seguía casado y, aunque su matrimonio no era ninguna balsa de aceite, Nuria no quiso entrometerse entre la pareja. Y Daniel no se atrevió nunca a dar un paso que deseaba, pero que a la vez le asustaba por temor a interpretar mal las señales que su compañera siempre le envió.

Pero ahora, por fin, los dos yacían juntos y desnudos sobre la misma cama, sudorosos y tratando de recobrar las fuerzas.

En esta ocasión, fue el hombre quien, sin dejar de acariciar el cuerpo de su amante, descendió con sus labios desde la boca de la mujer, acariciando con ellos su cuello, su pecho, sus pezones, en los que se entretuvo el tiempo suficiente como para escuchar de nuevo de gemir, avanzando después por su vientre, suave y cálido, para acabar de incrustar de nuevo su boca entre las piernas de ella.

En aquel momento ya no había braguita de por medio, por lo que el macho renaciente lamió directamente los labios de la vagina de su hembra, sembrando de nuevo de placer cada terminación nerviosa de la mujer que, estremecida de nuevo, se dejó arrastrar por una nueva oleada de sensaciones.

La lengua de Daniel penetró lo suficiente en la vagina de Nuria como para recibir en ella el ácido sabor de sus fluidos, los cuales extendió por el exterior de su coño hasta impregnar con ellos el clítoris, dibujando a la vez suaves círculos sobre él.

A partir de ese momento, Nuria supo que no había vuelta atrás. Se dejó arrastrar hasta los lugares más recónditos del placer, sintiendo como la boca de aquel macho sometían a su antojo a su chichi y a su clítoris.

La mujer alargó una de sus manos hasta poder acariciar los huevos y la polla del hombre. Ambos estaban calientes, y de nuevo cada vez más duros. Se aplicó como pudo en masturbar y estimular la verga de Daniel, logrando muy pronto que adquiriera una nueva erección, a la vez que sus fluidos volvían a manar del interior de su cuerpo como si un grifo se hubiera abierto.

A continuación, Nuria rogó a Daniel que la follara. Necesitaba con urgencia sentir su falo dentro de su cuerpo. Necesitaba sentirse de nuevo llena y plena, empujada por los empellones de un macho, de su macho, al que durante tantos años había deseado.

Daniel reaccionó de inmediato, acomodando su cuerpo entre las hospitalarias piernas de la mujer. La verga del macho se hundió sin impedimentos en el coño de la hembra, dónde fue recibida con una oleada de fluidos y con un gemido de placer, sobre todo cuando el hombre empujó con firmeza su polla hasta llegar a lo más profundo del cuerpo de la mujer.

Tras unos segundos en los que ambos se miraron a los ojos, en los que se besaron con suavidad y casi con ternura, el hombre comenzó a follar el cuerpo de la mujer. Salía y entraba casi por completo, llenando el vacío de sus entrañas con una nueva embestida, que llevaba a la mujer a lanzar un sonoro gemido y a dejarse arrastrar por el creciente placer.

Nuria entrelazó sus piernas por encima de la espalda de Daniel, atrayéndole hacia sí misma con fuerza y determinación, algo a lo que ayuda con sus propias manos, aferradas al duro culo de su amante.

Daniel mantuvo un ritmo sostenido durante un buen rato, entrando y saliendo del cuerpo de Nuria de forma metódica, sin variar el ritmo de sus embestidas, dejando que el coño de la hembra engullera su verga con cada nueva sacudida, envolviéndola con sus fluidos, acariciándola con las suaves y cálidas paredes de su vagina. Pero, por fin pasados unos minutos, aceleró su ritmo, se hizo mucho más rápido y violento, llegando a profundizar aún más de lo que ya estaba haciendo. Los gemidos de Nuria se convirtieron en un sonoro grito de placer, sus uñas se clavaron con fuerza en el culo y en la espalda del hombre, su cuerpo se arqueó por la cintura, buscando la máxima profundidad en la penetración, dejando sus ojos en blanco, escuchando el mágico chapotear del cipote masculino en su encharcado chocho.

Sólo un poco tiempo después, un fenomenal orgasmo invadió el cuerpo de Nuria, quién gritó desesperada y enloquecida, repitiendo el nombre de su amante: ¡Daniel!, sucumbiendo al inmisericorde martilleo de aquella deseada verga en su coño. Arqueando su cuerpo hasta el límite, clavadas sus uñas en el cuerpo del macho, entregada por completo y en plenitud, Nuria experimentó un largo y profundo orgasmo que la dejó sin fuerzas en el cuerpo y con lágrimas en los ojos.

Cuando apenas habían trascurrido unos segundos, Daniel también alcanzó el clímax. Su cuerpo se tensó hasta casi provocarle dolor y sus huevos se vaciaron de forma brutal, lanzando de nuevo varias descargas de leche, ahora en el interior de la concha de Nuria, dónde se mezclaron con los fluidos recientes de la mujer.

El hombre cayó sin fuerzas sobre el cuerpo de la mujer. Ahora más que nunca formaron un todo único, unidos por mil deseos colmados y mil vívidas sensaciones.

De nuevo ambos quedaron en silencio, con la satisfacción dibujada en sus rostros, con los sueños de tantos años cumplidos y con el firme deseo y la inquebrantable intención de seguir haciendo realidad todos los sueños que les quedaban por vivir.

- Ha sido más maravilloso de lo que nunca pude soñar -le dijo por fin Daniel a Nuria, acariciando sus pechos con el envés de su mano.

- ¿Cuántos años hace que nos conocemos? -preguntó ella

- Casi veinte años -respondió él.

- Pues casi veinte años llevo deseándote, soñándote e imaginándote dentro de mí y, cuando había perdido toda esperanza,…, ha sucedido -dijo ella, con lágrimas en los ojos.

Daniel besó el rostro de la mujer, secó sus lágrimas con sus labios, admiró su cuerpo desnudo, lo acarició y lo recorrió, se perdió en cada una de sus curvas y de sus pliegues, besándola con la boca, pero también con los ojos.

Nuria se dejó hacer, se dejó llevar y arrastrar, hasta que fue ella misma la que se decidió a hacer lo mismo con el cuerpo de su amante, el cual recorrió con sus manos, para acariciarlo y besarlo con dulzura.

Menos de treinta minutos después, los dos maduros volvían a estar tan excitados y enardecidos como lo habían estado antes. Nuria giró sobre la cama, dándole la espalda a su esperado amante. Aquél, no dudó un instante en besar y acariciar la espalda de la mujer, lamiendo cada milímetro de su piel, mientras hundía una de sus manos en el estrecho y caliente hueco situado entre sus muslos.

Con la yema de sus dedos jugó con los fluidos que escapaban de la húmeda almeja de Nuria, acariciando sus labios, estimulando su clítoris, recorriendo la rajita de su coño de un extremo a otro, sin dejar de besar la espalda de la mujer, de morder su piel, sobre todo a la altura del cuello y de los hombros, provocando su estremecimiento en cada ocasión.

Con uno de aquellos movimientos, Daniel extendió parte de los fluidos desde el cálido chochito de Nuria hasta la entrada de su ano, dónde su dedo índice se entretuvo jugando y hurgando, generando un escalofrío de placer en la mujer, acompañado de un profundo gemido.

Aquella fue la señal que el hombre necesitó para continuar haciendo adrede lo que había comenzado de forma casual. Volvió a arrastrar parte de los fluidos desde la vagina de Nuria hasta su ano, dónde volvió a extenderlos con suavidad, introduciendo incluso una pequeña porción de su dedo dentro del ano de la mujer. Ésta adoptó una postura más cómoda para recibir aquella nueva estimulación, elevando un poco su deseable culito, lo que aprovechó para, pasando una de sus manos bajo su cuerpo, darse placer a sí misma en su clítoris y en su chochito.

Poco después, gracias a la lubricación lograda con los fluidos de la vagina de su amante, Daniel había conseguido introducir el dedo índice por completo en el cálido y suave ano de Nuria. Pero ella quería más, no dejaba de contonear su cuerpo, de ronronear como una gata en celo, y Daniel, tan excitado como ella, acompañó de inmediato al primer dedo con un segundo, el cual comenzó a introducir con sumo cuidado, procurando no lastimar a la mujer, ensanchando poco a poco su entrada trasera, lo que fue logrando con paciencia, hasta lograr ensartar dos de sus dedos en el culito de la hembra.

Una vez que el hombre tuvo ambos dedos dentro del culo de la mujer, y tras dejar transcurrir unos segundos para que el cuerpo de Nuria se acostumbrase a su presencia, Daniel comenzó a moverlos, metiéndolos y sacándolos con dibujando círculos cada vez más amplios, haciendo que el ano de la hembra se dilatase aún más de lo que ya lo estaba, provocando constantes gemidos y ronroneos de la mujer.

La verga del macho no pudo hacer otra cosa que endurecerse y crecer. Con cada nuevo gemido y ronroneo de la hembra, Daniel sentía como su polla se volvía más dura y su cuerpo sentía con más fuerza la necesidad de enterrar su estaca en el culo de la hembra.

Por ello, y tras escupir sonoramente en el ano de Nuria, Daniel tomó su tranca con su mano derecha y, sujetando el cuerpo de la mujer a través de una de sus caderas con su mano izquierda, colocó la punta de su duro y rojizo capullo en la entrada del ano, caliente y mojado, de la mujer. Fue ella misma quién comenzó a mover su cuerpo de forma que Daniel pudiera iniciar así la penetración de su orto.

Los primeros movimientos fueron un tanto titubeantes y carentes de ritmo. A pesar de la dilatación del ano, la verga del hombre era bastante gruesa como para entrar con facilidad. Aún así, ninguno de los dos cejó en el empeño y, poco a poco y con mucho cuidado y paciencia, una pequeña parte del glande comenzó a entrar en el estrecho y suave ano de la mujer. Ésta gimió con más intensidad, en una mezcla de dolor y placer, pero no la echó atrás, y fue ella misma quién siguió moviendo su culo en busca de la ansiada polla.

Daniel continuó con sus suaves embestidas, repitiéndolas con cuidado, ayudándose para ello con sus manos, con la que tiraba con suavidad de las caderas de Nuria hasta que, por fin, todo su capullo se introdujo en el ano de la hembra, provocando sendos gemidos de placer y satisfacción en los dos amantes.

Apenas transcurrieron unos segundos de sosiego, cuando Daniel reanudó sus embestidas, imprimiéndoles cada vez un punto más de intensidad y fuerza, haciendo que su estoque se hundiera más y más en el culo de Nuria, la cual fue sintiendo como el dolor inicial se transformó, poco a poco, en placer, en un placer inmenso al sentir como aquel bendito falo abría su cuerpo, lo llenaba e inundaba, como la abrasaba las entrañas con su dureza y calor.

Dos minutos más tarde, el ritmo de las embestidas y su intensidad eran los propios de cualquier follada. La verga del macho entraba y salía sin ninguna dificultad del ensanchado y caliente culo de la hembra. Ambos maduros gemían constantemente, inmersos en un placer cada vez más intenso y profundo. Todos sus sueños se estaban haciendo realidad, todos ellos de forma consecutiva e intensa.

Nuria volvió a acariciar su chochito, a deslizar los dedos suaves de su mano por los mojados labios de su vagina, hasta rozar y estimular también el clítoris, cada vez más endurecido y sensible, lo que le provocaba constantes oleadas de placer, y la necesidad de gemir sin control.

Por su parte, Daniel sentía como sus huevos volvían a llenarse de nuevo, acumulando una nueva carga de leche. Sentía a la vez como su polla, envuelta y acariciada por las suaves y cálidas paredes del culo de Nuria, entraba y salía de aquella oscura cavidad cada vez con más intensidad, con más fuerza, más profundamente.

Las embestidas de Daniel se hicieron más intensas y rápidas, hasta convertirse en casi violentas. Los gemidos de Nuria, provocados por las embestidas de su amante y por la autoestimulación que ella misma se estaba proporcionando, se mezclaron con el chapoteo que sus dedos producían en su encharcado chumino.

El macho, completamente abducido por el morbo y el placer, no dejaba de hundir su estoque en aquel agujero, el más deseado del cuerpo de Nuria, desde el día en que la conoció, hacía ya casi 20 años, embutida en un pantalón vaquero que no dejaba ningún lugar a la imaginación sobre la perfecta forma del culo de la mujer.

Los gemidos de la hembra se convirtieron en gritos, en aullidos. Su cuerpo comenzó a temblar, a la vez que de su coño brotó un nuevo manantial de fluidos que fueron a chorrear por su mano hasta empapar de nuevo la cama.

Daniel, completamente enloquecido de placer, azotó en varias ocasiones las nalgas suaves y blancas de Nuria, hundiéndose en su cuerpo, hasta no poder soportarlo más e iniciar una serie de contundentes descargas de semen dentro del culo de la hembra, que le vaciaron por completo los huevos, contrayéndose hasta el dolor.

Durante algunos segundos más, los dos permanecieron unidos, moviéndose cada vez con más suavidad, sintiendo Nuria la cálida y viscosa descarga de la simiente de Daniel en sus entrañas, mientras que éste se dejó acariciar la verga por las cálidas y húmedas paredes del culo de la mujer, hasta vaciar dentro la última gota de su semen.

Por fin el hombre salió del cuerpo de la mujer, para ir a acurrucarse a su lado, como un niño indefenso y aturdido. Los dos se abrazaron en silencio, mientras que un intenso olor a sexo, a sudor, a deseo desbordado y a pasión desatada inundaba el pequeño habitáculo.