Putas y cabrones (I) Arlo
Llevaban dos años besándose sin ir más allá, hasta que el verano rompió las reglas. Mientras ella lo dejaba a kilómetros de distancia, otra chica lo esperaba en la arena, desnuda y sin promesas, solo con el deseo de que él dejara de esperar.
Arlo
No exagero si digo que llevaba más de un año esperando a que llegara el verano que se aproximaba, pues tenía que ser el inicio de muchas cosas y todas ellas apuntaban a ser increíbles. Tachaba los días en el calendario, no literalmente, pero sí en mi cabeza, sin pensar ni una sola vez en que todo lo que se desea con tantas ganas al final siempre encuentra el modo de no cumplirse.
Si aquel plan me ilusionaba tanto se debía a que era algo que iba a hacer con Camila, mi chica desde hacía casi dos años. La conocí al llegar a la universidad y desde el primer día nos convertimos casi en inseparables. Al principio no éramos más que buenos amigos, pero con el tiempo acabó ocurriendo lo que para todos los que nos rodeaban era inevitable.
Sé lo que estáis pensando, pero no me refiero al sexo, sino al enamoramiento. Camila era el sol que me iluminaba de día y la luna que me guiaba de noche. Incluso cuando nos acabábamos de conocer tenía la sensación de que llevaba desde siempre en mi vida y no entendía cómo había podido sobrevivir hasta que se cruzó en mi camino.
Todos me decían que ese enganche tan grande que teníamos el uno con el otro se debía a que ninguno de los dos había tenido antes pareja, de modo que estábamos bajo el efecto que provocan las primeras veces. Sigo sin hablar de algo sexual. No digo que no tuvieran razón, pero a mí lo que me pasaba era que estaba enamorado hasta las trancas. Y seguro que ella también.
El único problema, y a que sí que me voy a referir a los asuntos de la cama, es que los besos y las eróticas caricias nunca nos llevaban a la culminación del acto. No es que yo quisiera hacerlo de cualquier manera, pero su insistencia en esperar al momento adecuado me parecía extraña incluso a mí, que no tenía ni idea de relaciones.
Pensé que al llegar el verano, con el buen tiempo y siendo ambos totalmente libres, aquello acabaría cayendo por su propio peso, pero no fue así. Camila se había convertido en experta en calentarme hasta la ebullición, para después decirme, con su tono de voz angelical, que era mejor seguir esperando hasta que los dos sintiéramos que había llegado ese momento especial.
Puede que en una de esas me acabaron volviendo loco, pero jamás se me hubiese ocurrido llevarle la contraria o insistirle más de la cuenta. Si estaba conmigo era porque me quería, eso se notaba, así que acabaría sucediendo. Mi paciencia, de algún modo, se vio recompensada, y no tuve que presionarla, ella misma me dijo cuándo creía que estaría preparada.
Parece una buena noticia, ¿verdad? Menos era nada, pero se trataba del verano siguiente. Su idea era que hiciésemos nuestro primer viaje juntos y de ese modo seguro que acababa surgiendo. Aunque todavía quedaban un montón de meses, al menos dimos un pequeño paso y Camila permitió que los tocamientos llegarán a buen puerto.
Sí, mi novia me pajeaba, pero casi siempre sin quitarme el pantalón. Yo también podía tocarla a ella por encima de las braguitas, aunque en alguna ocasión llegué a rozar la piel de su zona más íntima. Así estuvimos durante meses, esperando a que llegara el verano para que la ropa y sus manías dejaran de limitarnos de una vez.
- Camila, solo quedan dos meses para...
- Las vacaciones.
- Sí, eso iba a decir.
- ¿No tendríamos que ir pensando ya en destinos?
- Primero quiero asegurarme de que lo apruebo todo.
- Vamos, nena, jamás has suspendido un solo examen.
- Porque no me relajo, así que no pienso hacerlo ahora.
- Pero, sigue en pie lo del verano juntos, ¿no?
- Claro, tontito, si llevamos un montón de tiempo esperándolo.
- La verdad es que me muero de ganas.
- Ya, no hace falta que me digas de qué.
- De estar todo el rato contigo, amor.
- En poco más de un mes nos ponemos a planificar el viaje.
- Yo se lo voy a contar ya a mis padres, por lo del dinero.
- Si no colaboran no llegaremos muy lejos.
- Me da igual ir a la vuelta de la esquina siempre que tú me acompañes.
- ¿A quién has salido tan romántico, Arlo?
- Es lo que tú me inspiras.
- Espero que cuando esté arrugada me sigas diciendo lo mismo.
- Siempre.
En ningún momento me aseguró por completo que durante las vacaciones perderíamos la virginidad, pero ella mejor que nadie sabía que me moría de ganas y no hacía nada por quitarme la ilusión, más bien al contrario. Solo tenía que quitarme de encima los exámenes finales y ya me podría enfocar únicamente en ese objetivo.
Lo de aprobar o no nunca fue algo que me quitase el sueño, más que nada porque siempre lo acababa consiguiendo. No era un cerebrito, ni tampoco de esos que se machacan porque desean ser el número uno de la carrera para después optar a mejores puestos de trabajo, simplemente me lo tomaba muy en serio porque era mi responsabilidad, mi deber.
Para cuando tuve que hacer mi último examen antes de las vacaciones, Camila ya había terminado. Aún no tenía las notas, pero sabía que había vuelto a arrasar, en eso nunca se equivocaba. Al salir del aula, exhausto después de varios días de pruebas, ella me estaba esperando allí. Lucía una sonrisa de oreja a oreja, pero la conocía lo suficiente como para saber que algo no iba bien.
Antes de que pudiera abrir la boca, tomó mi mano y me llevó a los lavabos de la biblioteca, punto de encuentro de las parejas más apasionadas, así que era la primera vez que nosotros íbamos allí. Se encerró conmigo y me metió la lengua en la boca, de sopetón. Pensando en que no podía haber un fin de exámenes mejor que ese, le agarré el culo a dos manos.
Ya nos habíamos besado así en muchas ocasiones, tampoco era una novedad lo de meternos mano, pero sí el hacerlo en un lugar como ese. Le di un buen repaso en las tetas mientras me preguntaba si esa sería una de las veces en las que me dejaba colarme bajo la falda. Como siempre es mejor pedir perdón que permiso, trepé por sus muslos hasta rozar la seda de su entrepierna.
- Para, Arlo, o luego no va a haber quién frene.
- Has empezado tú.
- Sí, pero solo quería darte una pequeña recompensa por aprobar.
- Acabo de terminar el último examen, todavía no pudo cantar victoria.
- Sabes que lo tienes hecho.
- Camila...
- ¿Qué?
- Dime ya lo que sea que estás ocultando.
- Vane me ha conseguido un trabajo para el verano, no puedo viajar.
- ¿Un trabajo? No sabía que lo estabas buscando.
- Y no lo hacía, pero ha surgido.
- ¿De qué?
- Clases de aerobic para personas mayores.
- ¿Desde cuándo sabes hacer eso?
- Hay que ser realistas, no tenemos dinero y lo necesitamos.
- ¿Para qué? Si no vamos a ninguna parte.
- Quizás el año que viene...
- ¿Me vas a tener otro año a dos velas?
- Sabía que eso era lo único que te preocupaba.
- Claro que no, pero había planeado un verano contigo y apenas te voy a ver.
- Tú también deberías buscar un empleo.
- No tengo a nadie que me enchufe.
- La facultad está llena de carteles pidiendo monitores para un campamento.
- Son dos meses a trescientos kilómetros de aquí.
- Lo sé, te pagarían una fortuna.
- No quiero dinero, quiero estar contigo.
- Piensa en el viaje que haríamos el año que viene... o en Navidad.
- Eso me parece ahora muy lejano.
- Vamos, cariño, sabes que tengo razón.
- Esta vez no.
- No te enfades, que te voy a dar un anticipo de lo que te espera a la vuelta.
El anticipo consistió en uno de sus trabajos manuales sobre mis pantalones, que no era poca cosa, teniendo en cuenta mi nivel de desesperación, pero nada me iba a quitar el disgusto que llevaba encima en ese momento. Volví hacia casa valorando mis opciones, además de tratando de disimular la mancha en la entrepierna.
Que Camila trabajara no quería decir que no nos fuésemos a ver en todo el verano, seguramente podría sacar el mismo tiempo o más que durante el curso, pero en ningún caso sería lo que esperaba. Para colmo, ella no dejaba de insistir en que tenía que intentar conseguir ese trabajo, lo cual, al menos al principio, me resultaba bastante sospechoso.
Para sorpresa de nadie, al cabo de un par de días Camila ya me había convencido. Me prometió que muy pronto, con el dinero ganado con el dinero ganado, haríamos un viaje espectacular. Empezaba a visualizarlo tal y como ella me lo pintaba, así que llamé para tratar de conseguir es empleo. Solo pedían el título de monitor, y lo tenía, de modo que me contrataron.
Al día siguiente cogería un tren que me llevaría a trescientos kilómetros de mi novia para pasarme dos meses encerrado en un campamento lleno de niños insoportables. Antes de que eso ocurriera, tenía la cena de despedida con Camila. No tenía muchas esperanzas, pero intentaría que me diese mi recompensa antes de irme.
- Esta noche vamos donde siempre, ¿no?
- Respecto a eso...
- ¿Qué pasa ahora, Camila?
- Es que mañana es la primera clase, tengo que madrugar un montón.
- Yo me tengo que levantar antes para ir a la estación.
- Pues por eso mismo, es mejor que nos despidamos ahora.
- ¿Por teléfono? No esperaba algo tan frío.
- No dramatices, dos meses pasan enseguida.
- Permíteme que lo dude.
- Tenemos veinte años, ya nos tocaba trabajar.
- En eso no te quito la razón.
- Va, dime que me quieres.
- Te quiero.
- Puedes hacerlo mucho mejor, Arlo.
- Si ya lo sabes, te quiero más que nada en el mundo.
- Eso está mucho mejor. Nos vemos en dos meses de nada.
Solo con lo eterno que se me hizo el viaje, ya era imposible no dudar de que esos dos meses fuesen a pasar deprisa. Llegué al lugar del campamento y me impresionó lo grande que era aquello, esas instalaciones tenían de todo, desde un montón de cabañas de madera, hasta piscina, pista de tenis, baloncesto e incluso minigolf.
Llegué a creer que, aunque fuese un trabajo, cabía la posibilidad de que llegara a divertirme, aunque fuese solo un poco. No todo iba a ser bueno, evidentemente, y la decepción llegó cuando fui a firmar el contrato. Era bastante dinero, tal y como me habían dicho por teléfono, pero resultó que a eso había que restarle el alojamiento y la comida.
Ese día parecía empeñado en darme todo el rato una de cal y otra de arena, aunque no sabía exactamente cuál era la buena de las dos, pero lo siguiente fue positivo. Apenas llevaba un par de horas allí cuando conocí a Natalia y a Rubén, dos chicos de mi edad llegados también de distintas partes del país para trabajar en el campamento.
Ambos parecían estar tan perdidos como yo, y eso nos unió enseguida. Rubén era un muchacho alto y fornido, de esos que llevan escritos en la frente lo buenas personas que son, aunque tenía un claro problema de incontinencia verbal. Eso lo convertía a veces en el tipo más divertido, pero en otras ocasiones no era más que un metepatas.
En un lugar totalmente opuesto se encontraba Natalia. Era dulce y encantadora, pero no tenía por costumbre hablar demasiado. Eso sí, todo lo que decía era tan gracioso como certero. En lo físico... bueno, no puedo decir que mi amor por Camila me impidiera observarla, aunque sí que evitaba pensar en que estaba, siendo generoso con mi novia, casi tan buena como ella.
Pese a la exaltación de los niños, todo eufóricos por librarse de sus padres durante un par de semanas, el trabajo no era tan malo como cabía esperar. Teníamos la presión de librar con todas esas fieras desbocadas, tan propensas al accidente, pero había mucho tiempo para la diversión. No tanto para el descanso, aunque el que tenía lo aprovechaba para hablar con Camila.
- Amor, ¿cómo van las clases de aerobic?
- Bien.
- Solo bien, ¿no hay nada más que decir?
- Estoy muy cansada, Arlo, anoche salí con Vane.
- ¿A cenar?
- Y a la discoteca.
- Vaya...
- No te vayas a poner celoso ahora, es lo último que necesito.
- Tranquila, no he dicho nada.
- ¿A ti cómo te va?
- La verdad es que bastante bien, pero te echo mucho de menos.
- Me estoy quedando dormida, hablamos en otro momento, ¿vale?
- De acuerdo. Te qui...
Colgó. Esa no fue la primera vez que al llamarla me encontré con algo así, se convirtió en habitual que me dijera que estaba cansada o que tenía resaca, excusas para dejar las conversaciones para más adelante. Como nunca conseguía contarle nada, decidí dejar las llamadas y escribirle una carta para explicarle todo, incluido lo que sentía por ella.
Puede que fuese algo anticuado y que ella no le diera ningún valor, pero a mí me parecía importante tener la oportunidad de expresarme y hacerlo por escrito, para que Camila pudiera leer mi letra. Me tomé un tiempo, quería que fuese algo realmente especial. Entre tanto, la vida en el campamento avanzaba y cada vez me veía más adaptado a todo, en especial a mis nuevos amigos.
Pasaba casi todo el tiempo que teníamos libre con ellos. Nos gustaba pasear por esa zona, en especial por la playa, que afortunadamente la teníamos al lado. Solo en esos momentos me olvidaba de que tenía una novia a la que si yo no llamaba, ella no se molestaba en hacerlo. Con el que más hablaba era con Rubén, por su verborrea, y porque compartíamos la cabaña de los chicos.
- ¿Qué haces, Arlo?
- Le estoy escribiendo una carta a mi novia.
- ¿Se te ha estropeado el móvil?
- No, ¿por qué lo preguntas?
- Porque puedes llamarla, enviarle un mensaje, un correo, están las redes sociales...
- Así es más romántico.
- Eres un poco rarito.
- A ti eso del amor te suena a chino, ¿no?
- Eso creía, pero últimamente...
- ¿Sí?
- Nada, déjalo.
- Si tú nunca te callas nada.
- Ya, pero esto me da vergüenza.
- Esto me da vergüenza.
- Deduzco que te estás enamorando.
- Algo así.
- Y aquí apenas nos relacionamos con chicas, solo con Natalia.
- Los listillos no caen bien a nadie.
- No te avergüences, esa una chica increíble.
- Tanto, que no se fijaría en mí ni en mil millones de años.
- No digas eso, se nota que te aprecia mucho.
- Sí, más o menos como mi hermana a su gato.
- ¿Quieres que hable con ella?
- ¿Harías eso por mí?
- Pues claro, tío.
- Pero no le digas lo que siento, solo trata de averiguar qué piensa ella.
Nunca me había gustado demasiado eso de meterme en vidas ajenas, pero aquello resultaba muy interesante. Tenía la oportunidad de conseguir que mis dos amigos fuesen felices juntos, o al menos de descubrir si existía alguna posibilidad de que aquello pasara. El único problema era que casi nunca me quedaba a solas con Natalia.
Mientras surgía la ocasión, yo seguía escribiendo mi carta. Llevaba ya cinco hojas por delante y por detrás, porque estaba aprovechando para repasar los momentos más bonitos de nuestra relación, los que daban sentido a que siguiéramos juntos. A la séptima hoja paré, aunque seguro que alguna cosa se me quedaba en el tintero.
Tras enviarla, llegaba lo más difícil: comerme la cabeza a diario sin saber si le habría llegado ya la carta y se tardaba en darme una respuesta porque había decidido responderme también por escrito. Tenía muchas esperanzas depositadas en su contestación, aunque no me hubiese llamado ni una sola vez durante el tiempo que tardé en escribirme.
Quizás me precipitaba, pero a los diez días ya estaba de los nervios, llevaba ya más semanas sin saber nada de Camila y a ella no parecía importarle. Inevitablemente, aquello se notaba en mi estado de ánimo. No para Rubén, él ni estando enamorado se daba cuenta de esas cosas, pero Natalia era mucho más sensible y observadora.
- ¿Sigues sin tener respuesta?
- Puede que la carta se haya extraviado y yo aquí esperando como un imbécil.
- Llevas más de dos semanas sin saber nada de ella y no parece muy preocupada.
- Supongo que piensa que estoy enfadado y me da tiempo para que se me pase.
- Tú sabrás, eres el que la conoce.
- Pero piensas que pasa algo raro, ¿verdad?
- Sí, pero no quiero ser yo lo que meta la pata.
- Habla libremente, de mi relación o de lo que quieras.
- ¿A qué te refieres con ese "de lo que quieras"?
- No sé, quizás tú también necesitas desahogarte.
- Yo no tengo novio.
- ¿Y tampoco te gusta nadie de aquí?
- Eso es posible que sí.
- ¿Solo posible?
- La verdad es que hay un chico que me encanta.
- ¡Lo sabía! Rubén y tú hacéis una pareja increíble.
- Frena, Arlo, que no es él.
En aquel momento no me paré a pensar en ninguna otra posibilidad, demasiado tenía con tener que explicarle a Rubén que lo poco que había descubierto no le favorecía en absoluto. Al menos Natalia podía tener alguna opción con quien fuese que fuera el afortunado, porque mi amigo no la tenía y yo cada vez veía más claro que había perdido a Camila.
Puede parecer el típico derrotismo del que acostumbra a verlo todo de forma negativa, pero es que seguían pasando los días y no recibía ninguna señal por su parte. A diario me planteaba medio millón de veces la posibilidad de llamarla, era posible que le hubiera pasado algo y yo estaba allí comiéndome la cabeza como un imbécil.
Al principio se trataba de esperar, ya llamaría o me enviaría una carta, pero después no trataba de ponerme en contacto con ella por miedo. Mientras no supiera nada de Camila, técnicamente seguíamos estando juntos, sin embargo, en el momento en que nos comunicáramos, del modo que fuera, tenía todas las papeletas para que me dijera que se acabó.
Llegados a ese punto, es muy fácil sacar conclusiones, pensar en que todo había sido un plan por su parte para librarse de mí durante el verano. Eso era lo más suave que se me pasaba por la cabeza, por lo general, solía imaginármela con otro, mientras se burlaba de lo sencillo que había sido borrarme del mapa para tener vía libre.
- Tío, ¿has hablado ya con Natalia?
- Sí, pero no ha surgido el tema.
- Solo nos queda un mes aquí, es posible que después no la vuelva a ver.
- No quiero preguntarle de manera brusca.
- Pero ¿qué piensas?
- Diría que le gusta a alguien, aunque no tengo ni idea de quién.
- ¿Crees que podría ser yo?
- Supongo... pero no te hagas muchas ilusiones, por si acaso.
- Ha llegado el momento de que me lance.
- No te precipites, deja que la vuelva a tantear.
- Tú ya has hecho suficiente, Arlo, ahora me toca a mí.
- En serio, creo que lo mejor es que esperes.
- Ahora lo ves todo negativo porque estás pasando por una mala situación.
- No se trata de eso.
- Te acabará respondiendo la carta, ya lo verás.
- A estas alturas ya lo dudo muchísimo.
- Pues si ni siquiera es capaz de hacer eso quiere decir que te libras de una buena.
- No conoces a Camila.
- Puede que tú tampoco. Piénsalo.
Y lo pensé, muy en contra de mi voluntad. Llevábamos casi dos años juntos, pero ¿por qué situaciones habíamos pasado juntos para estar tan convencido de que la conocía? En todo ese tiempo solo nos habíamos dedicado a estudiar juntos, pasear, ir al cine, besarnos y, si tenía suerte, meternos mano. Ninguna experiencia potente ni charlas trascendentales.
Estaba claro que por entonces todo me servía como excusa para ir preparándome, por si la tenía que odiar. Aunque los amores de ambos no fueron correspondidos, tanto Rubén como Natalia aparcaron todas sus preocupaciones para tratar de animarme a mí. Los pobres ya no sabían qué decirme, pero era precisamente ese empeño que ponían en verme bien lo único que me reconfortaba.
No teníamos por costumbre salir del campamento cuando oscurecía, suficiente nos costaba levantarnos por las mañanas como para encima acostarnos a las tantas. Pero, una vez más, tratando de distraerme, Natalia propuso ir a pasar la noche en la playa. Aunque les costó dios y ayuda convencerme, al final accedí.
La idea era pillarnos un buen pedo, beber sin importarnos si al día siguiente trabajar se convertía en un infierno. Aunque yo no tenía intención de emborracharme, nunca lo había hecho. En cambio, Rubén no parecía tener ningún reparo al respecto. Fue de cerveza en cerveza hasta que ella no se le entendía cuando hablaba y se acabó quedando dormido sobre la arena.
- Hace falta mucho alcohol para tumbar a un grandullón como él.
- Pues todo el que se ha bebido.
- Tú no has tomado en una gota, Arlo.
- Se supone que soy yo el que debe olvidar, pero no puedo.
- Te guste o no, esa chica ya forma parte de tu pasado.
- Me merecía al menos una explicación.
- Pues sí, es lo mínimo que deberás exigirle en algún momento.
- Se suponía que estábamos enamorados.
- Lo piensas de verdad... quiero decir, por ejemplo, ¿los polvos era románticos?
- Mejor no hablemos de ese tema.
- ¿Por qué?
- Todavía no nos habíamos acostado.
- ¡Anda ya! Si me dijiste que llevabais casi dos años juntos.
- Quería esperar al momento idóneo.
- Eso sí que es raro de narices.
- Ya, pero me iba poniendo excusas y yo tragaba con todo.
- Vamos a darnos un baño, lo necesito.
- ¿Ahora? No he traído el bañador.
- Yo tampoco, pero es de noche, nadie nos va a ver.
Antes de que pudiera plantearle los mil motivos que tenía para no hacer algo así, Natalia se posa de pie, se desnudó de arriba a abajo y se fue directa al agua. Alucinando, no pude hacer nada más que seguir el camino que marcaba ese culo que iba meneando a un lado y a otro. Aunque yo no me atreví a desnudarme, me dejé los calzoncillos puestos.
Natalia apenas se había tomado una cerveza, no podía culpar al alcohol de aquel impulso. Mientras Rubén dormía, nosotros jugueteábamos en el agua, o más bien ella lo hacía y yo trataba de mirar a cualquier parte menos a sus tetas. Mi amiga se empeñaba en saltar, salpicarme agua y abalanzarse sobre mí, así que resultaba muy complicado.
Esa noche confirmé algo que ya sospechaba: puedes estar muy enamorado de una y empalmarte como un salvaje con otra. La culpa era de Camila, por no haber querido follar, eso provocaba que cualquier contacto con la piel húmeda de Natalia me pusiera como una moto. Estuvimos allí mucho rato, pero, por razones obvias, no quería salir.
Por mucho que me hubiese dejado los calzoncillos, la erección sería más que evidente, incluso con la poca luz que había a nuestro alrededor. Aun así, incluso en mitad de un verano tan caluroso como aquel, la temperatura del agua era suficientemente baja como para empezar a tiritar. Natalia se dio cuenta y no se le ocurrió otra cosa que abrazarme para que entrara en calor.
Debió notar mi polla erecta, era imposible que no la hubiese sentido. Dejó escapar una risita, lo que prácticamente lo confirmaba. Después de eso, me agarró una mano y tiró de mí hacia fuera del agua. Todas mis preocupaciones se desvanecieron en el momento en que llegamos a la orilla y Natalia se tumbó, con las piernas abiertas de par en par.
- ¿Qué estás haciendo?
- No vas a encontrar un mejor modo de olvidarte al fin de Camila.
- Pero todavía no sé si tengo que olvidarla.
- ¿A una tía que no se ha acostado contigo en casi dos años? Desde luego que sí.
- Se supone que seguimos juntos, sería una infidelidad.
- Si no aprovechas la oportunidad te aseguro que te vas a arrepentir.
- ¿Y qué pasa con el chico ese que te gusta?
- ¿Cómo puedes ser tan estúpido? Eres tú, Arlo.
- ¿En serio?
- Me has conquistado con ese rollito melancólico.
- Rubén está loco por ti.
- Así es la vida, no siempre somos correspondidos.
- Ya, pero...
- Cierra la boca y acepta mi invitación a perder la virginidad.
Estaba muy cachondo, Natalia era un auténtico bombón y lo que me había hecho Camila precisaba de una venganza inmediata. Todo eso sumado solo me podía llevar a aceptar lo que mi amiga me proponía, incluso aunque estuviera acojonado porque sabía que iba a hacer el ridículo. Tras bajarme los calzoncillos, ya no había vuelta atrás.
Me fui acercando muy despacio hacia ella, hasta que volvió a tirar de mí, haciendo que cayera sobre su cuerpo desnudo. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró la cara y me besó, metiéndome al momento la lengua en la boca. Probablemente, ese no era el mejor sitio para hacerlo, pero ya había cruzado su sexo con el mío y eso me puso como una moto.
Nunca había follado, pero en besos y tocamientos tenía mucha experiencia, así que lo iba a poner en práctica. Meneando las caderas de forma impulsiva, dejé que mi lengua se entrelazara con la de Natalia y me lancé a acariciar sus pechos. No eran tan grandes como los de Camila, pero sus pezones y parecieron más contundentes, quizás estaban así de duros por el frío y la excitación.
Todo iba bien, hasta que la mano de mi amiga se deslizó hasta mi entrepierna y me la sujetó. Pensé que me correría al instante, pero aguanté. Natalia guio mi verga hasta la entrada de su coño y me susurró al oído que empujara. Incapaz ya de frenarme, se la deslicé suavemente hacia adentro, sintiendo por primera vez la humedad y la calidez de una vagina.
Siempre pensé que sería la de Camila, pero el destino no lo quiso así. Una vez dentro, todavía alucinado por esa sensación tan agradable que envolvía ni tranca, comencé a bombear. El contacto con la arena mojada era desagradable, las olas cubrían la mitad de nuestros cuerpos constantemente... y aun así me parecía lo mejor que me había pasado nunca.
Ella seguía intentando besarme, aunque yo apenas patinaba para pasarle la lengua por todas partes. Sus tetas rebotaban bajo mi cuerpo, notaba los pezones puntiagudos clavándose en mi torso. Yo trataba de manoseárselos, también los muslos y todo lo que se ponía a mi alcance. No iba a aguantar mucho más.
Sus gemidos cerca de mi oreja tampoco facilitaban demasiado que resistiera. Cerca del orgasmo, mis embestidas perdieron la coordinación, si es que en algún momento la habían tenido. Avisé a Natalia de que ya no podía aguantar más y ella, con mucha rapidez, se incorporó, se metió mi polla en la boca y la chupó hasta que me corrí.
- Mucho mejor que meterse en mano en el cine, ¿verdad?
- Ahora mismo no puedo ni hablar.
- Pues vamos a dormir un rato.
- ¿Sobre la arena y después de lo que ha pasado? Dudo que lo consiga.
- A Rubén no parece que le esté costando mucho.
Dormí una media hora, no más, hasta que Natalia se despertó y nos dijo que debíamos volver al campamento o no llegaríamos a tiempo. Pese a todo, me sentía mal por Camila, y esa sensación no mejoró al pensar que, de algún modo, también había traicionado a Rubén. Tener que ocultárselo tampoco me iba a ayudar.
Al llegar al campamento nos fuimos directos a la ducha, había demasiada arena que quitar del cuerpo. Una vez limpio, regresé a la habitación para vestirme. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía una carta sobre la cama, acababa de pasar el cartero. Las piernas me temblaron mucho más que cuando estaba sumergido en el agua.
Todos se fueron a recoger a los niños, pero yo necesitaba saber qué me había escrito Camila. Aunque había sido mucho más breve que yo, fue suficiente para entender que todas mis sospechas eran más que fundadas, incluso había ido mucho más allá de lo que imaginaba. En realidad, yo también, y se lo pensaba contar.
- ¿Qué ponía en la carta, colega?
- Nada bueno.
- Al menos ya no tienes que seguir esperando.
- Qué mierda todo.
- Ánimo, Arlo, encontrarás otra mejor.
- Yo pensaba que no había nadie como Camila.
- Tonterías. Por cierto, ¿anoche Natalia te contó algo interesante?
- No sé si decírtelo...
- Dispara, estoy preparado.
- Se está follando a otro.
- Joder... si es que son todas unas putas.
Continuará...
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