Doble check: el primer caso de Rubia Hetaira (VI)
El club esconde secretos que cuestan vidas, y la entrada requiere un precio en carne y deseo. Rubia no está allí por placer, sino por venganza, pero el juego de seducción es tan peligroso como las pistales ocultas. Entre besos húmedos y miradas calculadoras, la línea entre la actuación y la realidad se desdibuja.
VI
QUIEN BIEN TE QUIERE, TE HARÁ LLORAR
*Con sentido homenaje a C, Velarde. Maestro de maestros.
Viernes.
—¿Desde cuándo?
La pregunta de Rubia flotaba en el aquel despacho sin poder calar en el entendimiento de una Sofía totalmente ojiplática. Ésta, miraba las fotografías que la investigadora le había puesto sobre la mesa. No daba crédito. No entendía nada.
—Yo…—intentó explicárselo, con la foto de aquella mujer con una corbata alrededor de su cuello sostenida por un tipo con un hoyuelo igual al de su jefe, entre las manos—. Yo…Esto no es…
Sofía miró a Rubia con ojos nublados por la desesperación. La otra le devolvía una mirada analítica, parecía enfadada.
—Estas fotos son falsas—soltó por fin, señalando las tres más comprometedoras—. Yo nunca…con Mauricio…
Rubia vio en Sofía un ligero temblor en sus manos y en sus hombros. La chica estaba a punto de echarse a llorar; y sabía, por experiencia, que ver lágrimas en aquellos ojos, no le iba a hacer mucha gracia. Decidió aflojar con ella.
—Tranquila, Sofía—dijo con una inflexión mucho más cercana—. Ya sé que están trucadas. Al menos, esas tres. Pregunto que desde cuando estás enamorada de él. Me fijé como reaccionabas en la cena cada vez que yo le dedicaba mis atenciones.
Sofía miró fijamente a su interlocutora con una expresión de sorpresa contrariada.
—Yo no estoy enamorada de él—contestó rápidamente—. Ya no—se sinceró ante la chispa escéptica de Rubia—. Cuando empecé a trabajar en la empresa, puede que sí. Es un hombre bueno, atento y atractivo, pero su corazón pertenecía a otra…y ahora, se lo va a arrancar—añadió con honda tristeza—. Cuando veía tus atenciones, no podía dejar de pensar que podría volver a ser lastimado…No sé. Hasta la conversación que tuvimos en el baño, y saber que todo era para poner al señor Roa donde tú querías, no entendí. Ahora tengo novio. Nunca lo engañaría. Puede que no sea tan atractivo como él, pero, para mí, es el hombre más guapo del mundo.
»Si ayudo a la empresa, no solo lo hago por él, también por mí. Si te he pedido ayuda es porque no soporto que la gente buena tenga que ser la que siempre pierde. No es justo, ¡joder!
La interjección, que en la boca de Sofía sonaba tan atípica como ver a una moja con dos pistolas, terminó con la pose dura de Rubia. La sinceridad de sus palabras estaba fuera de toda duda, pero en su profesión, nunca está de más las certezas. Los prejuicios, son clavos extra en la tapa del ataúd de gente que se dedica a lo mismo que ella.
Rubia se levantó de su sillón y rodeó la mesa para sentarse en el tablero, quedando frente a Sofía, quien permanecía con la cabeza gacha, como recuperándose de una carrera. Con dulzura, le puso una mano en el hombro, acariciándoselo. Sofía levantó la vista hacia ella, mirándola con ojos acuosos. Era como observar unas joyas de ámbar a través de un cristal de aumento. Cómo supuso anteriormente, aquella visión le trajo un pedazo del pasado que dolía y sanaba al mismo tiempo.
—No te preocupes—calmó ella, manteniendo el contacto—, te creo. Me imagino que ver estas fotografías te hacen ver que este asunto vas más allá de tus sospechas originales, ¿No?
—Sí—asintió Sofía, sintiéndose abrazada por el mero contacto de ella—¿Quién…?
—Te contaré mis suposiciones enseguida, pero antes déjame hacerte un par de preguntas. ¿Por qué en estas dos fotos estáis tan abrazados?
Sofía contrajo la expresión. La razón era totalmente inocente, pero verse de aquella guisa, con todo lo que estaba pasando, le hizo comprender que a otros ojos, la realidad de la explicación pudiera parecer de lo más peregrina. El para qué de hacer aquellas fotos, estaba claro.
—Están tomadas después de una cena a la que acudimos tras la clausura de un congreso. Hará como unos tres meses, más o menos. Esa noche estrené unos zapatos de tacón, más altos de lo que estoy acostumbrada y, no sé cómo, di un mal paso y se rompió uno de ellos. Me torcí el tobillo. Nada serio, pero en aquel momento, dolió horrores. Mauricio me acompañó enseguida al coche, haciéndome bromas para que me olvidara de la vergüenza y el mal trago. Pero no pasó nada de lo que…
—Lo sé. No me tienes que convencer, de verdad. Lo que me inquieta, y ahora tengo claro, es que ese accidente no fue fortuito—Sofía le miró interrogante—. Mucha casualidad es que te quedes medio coja en el momento que afuera os aguardan un par de paparazzis para inmortalizar la escena.
—Ya veo—asintió Sofía—¿Y la segunda pregunta?
—¿Te suena de algo el nombre de Manuel Robles?
—Mmmm, no—contestó Sofía, tras meditarlo unos instantes—¿Quién es?
—El diablo—respondió Rubia—. Es un tipo muy peligroso. Un hijo de puta sin escrúpulos.
De una carpeta que descansaba sobre la mesa, extrajo una hoja de identificación y se la pasó a Sofía, quien la recibió con manos temblorosas. En ella aparecía la foto de un hombre rondando los cuarenta. Parecía mirar al fotógrafo con actitud desafiante. Sus ojos, azules y profundos, inspiraban un tufo de tipo oscuro, a leguas. En él, todo hacía saltar las alarmas de lo instintivo. Su frente despejada y amplia; las entradas perfectamente delineadas; una mandíbula fuerte en la que se marcaban los músculos faciales; la nariz aguileña bajo la cual se destacaba un bigote frondoso y cuidado. Salvo por aquel añadido, daba la perfecta imagen de un busto de algún emperador romano; pero uno de aquellos que pasaron a la historia no por hacer acueductos, precisamente.
Sofía le devolvió la hoja a Rubia con mirada interrogante y temerosa.
—Fue agente del CESID durante los últimos años de esta agencia. No era más que un soldado, pero, por su carácter sicopático, sus jefes le encargaban los trabajos más sucios. Y en aquella época, eran unos cuantos. Cuando el organismo fue sustituido por el actual servicio de inteligencia, sus superiores fueron de los primeros en verse obligados a tomar la jubilación anticipada. Él, aguanto un par de años más, aunque sabía que sus días estaban contados. Los tiempos habían cambiado, y él sobraba. Preparando su salida, se dedico a recabar información y contactos que, sumados a los que había hecho en su época turbia, le otorgaban una buena dosis de poder sobre varias personas influyentes. Cuando por fin le dieron de baja, le «recompensaron» con un cargo meramente honorífico en la policía. Él, por su cuenta, se estableció como «facilitador», es decir, un buscador de fallas en las estructuras de las empresas objetivo. Luego las vende al mejor postor. Es un mercenario, vamos. Pero uno muy bueno. Por sus contactos, tejidos durante sus años operando en los rincones más oscuros de la administración, conoce a mucha gente en lugares clave. El sistema ha cambiado muchas de sus piezas, pero el mecanismo sigue siendo el mismo. Lo más seguro es que su sombra oscurezca varias de las grandes transacciones empresariales turbias que se hacen: opas hostiles, absorciones raras, ventas desfavorables…
Sofía escuchaba aquella información con alarma creciente.
—No me cabe duda de que está actuando con tu amigo Roa. Pero lo que más me preocupa, es hasta que punto ese idiota está comprometido.
—No entiendo—dijo Sofía—. Ese idiota, es quien le está intentando dañar la empresa ¿no?
—Eso es solo la punta del iceberg, cariño—aclaró Rubia, girando la pantalla de su ordenador para que quedara a la vista de Sofía—. Sí Robles está implicado, y lo está, esto va más allá de solo cambiar el status quo de la empresa. Aquí—indicó, señalando la pantalla—, puedes ver movimientos de apertura de cuentas en paraísos fiscales, creación de empresas ficticias, hombres de paja…todo ello extraído de los archivos que Roa tenía en su ordenador. Pero todo está congelado. Está preparado para algo, y dudo mucho que Roa sea el cerebro de todo esto. Es una arquitectura demasiado compleja para que ese chulo piscinas lo haya orquestado por su cuenta y Robles sea una herramienta para desestabilizar a tu jefe. Hay algo más…agresivo. Mucho más. Toda esta teatralización de cuernos y, bueno, lo que no es tan ficticio—Sofía recordó las fotos de Alejandra con Roa—, no es más que la brecha por donde pretenden entrar. En este asunto hay alguien mucho más poderoso orquestando todo. Robles, como te digo, es un mercenario, y Roa es demasiado insignificante para acceder a sus servicios. No veo a Robles asociándose con él para dirigir una pequeña farmacéutica. El verdadero director, aun no ha aparecido.
Sofía estaba desconsolada. Cuando empezaron sus sospechas, nunca se hubiera imaginado que llegarían hasta ese punto tan dañino. Odió a Roa con todas sus fuerzas. Los recuerdos de sus intentos de acercamiento, casi le produjeron arcadas.
—También falta por establecer el papel de la tal Alejandra—. Sofía, al oír aquello, sintió como si le echaran sal en una profunda herida—. Si es lo que yo me temo, tu jefe va a salir muy jodido de todo esto. Mucho.
—¿Cómo ha podido hacerle algo así?
—Esas fotos—contestó, señalándolas con el mentón—creo que han resultado de lo más insoportables para ella. El trabajo de Roa y Robles para minar la relación ha sido impecable. Y no solo por estas fotos, si no porque han debido de generar tal duda previa en ella, que esto solo ha sido la evidencia de lo que ya sabía.
—Pero, ¿por qué no ha hablado con su marido? Mauricio sería incapaz de hacerle algo así. Yo lo sé y solo lo conozco desde hace cinco años. Como puede su mujer pensarlo si quiera, incluso a la vista de esto.
Rubia la contempló con lástima. Sofía era un cielo raso y bellamente iluminado. Era uno de esos días en lo que parece imposible que en mundo existan los nubarrones y, mucho menos las tormentas.
—Se han aprovechado de su condición humana. Alguien que la conoce demasiado, ha sabido tocar las teclas adecuadas para que el orgullo la haya cegado de tal forma que, solo en el odio, encuentre la luz; aunque ésta le queme y la devore.
Sofía quedó muy apenada y meditabunda con las palabras de Rubia rondando por su atribulada mente.
—Va a sufrir mucho cuando se entere—comentó al borde del llanto—. Su mujer, su amigo, su empresa…¿¡Por qué tiene que ser todo tan estúpidamente injusto!?
Rubia la abrazó. Sofía empezó a tener pequeños espasmos por un llanto silencioso que empapaba la blusa de la investigadora.
—Chsss, Sofía, ánimo. Aun no está todo perdido. Al menos algo podremos hacer para que la hostia no sea tan gorda. Vamos a llegar al fondo de esto, y vamos a hacer pagar las consecuencias a quién haga falta.
Sofía levantó su mirada compungida, sin entender nada de cómo poder lograr eso. Rubia entendió la mirada y se despegó de ella para alcanzar un extraño teléfono móvil.
—Mira—dijo enseñándole la pantalla.
Un servicio de mensajería, que ella nunca había visto, estaba abierto mostrando un escueto mensaje: «07.30 Hoy. 23.45. Cornelys. Cod. P3n6d7m3n9m».
Sofía le miró sin entender que significaba aquello. Rubia, ante su estupefacción, puso una expresión traviesa en su cara que hubiera sido la delicia de Howard Hughes.
—Llama a Roa—le dijo como si de pedir a Globo se tratase.
—¿¡Qué!? ¿¡Qué dices!?— se escandalizó ella, aterrorizada.
—Hazlo—ordenó—, solo marca el número. No esperes al primer tono.
Sofía dudó, pero la mirada determinada de ella y su sonrisa críptica, le hicieron obedecer. Extrajo el su móvil, buscó en la agenda el número y marcó. Fue un instante, pero pudo ver como la pantalla del extraño móvil se iluminaba de nuevo y aparecía su número bajo el nombre de «Jamona». A Sofía le dieron los sietes males del odio al verse intitulada bajo aquel epíteto. Inmediatamente, Rubia manipuló el aparato y el registro de la llamada se borró.
—Ahora sabemos todo lo que le llega al móvil. Sabemos su localización y los planes que este tenga y refleje su teléfono. El mensaje que has visto, es la contestación a un número no archivado, que Roa hizo ayer por la noche. En él le decía que salía para Barcelona mañana, y que necesitaba verle para comentarle los avances de la firma, en persona. Así que, sea quien sea que esté detrás de esto, esta noche lo sabremos.
Sofía estaba tan impresionada como aterrorizada. Aquella mujer que su padre le había recomendado, se salía de todo lo conocido, excepto por lo contado en las películas de espías. Nunca hubiera pensado que podía encontrarse con alguien así, en carne y hueso.
—¿Qué vas a hacer?—preguntó preocupada de conocer la respuesta.
—Por eso no te preocupes—contestó ella, de forma ligera—. Tu papel será mucho más complicado. Y desagradable.
Una inquietud helada le recorrió el cuerpo tras oír aquellas palabras.
—Tienes que ir pensando en cómo le vas a contar todo esto a tu jefe—aclaró su papel, echándole un jarro de agua fría—Mi informático está recuperando las fotos originales que han sido hábilmente modificadas. Las tenía Roa en su ordenador. Le está costando más de lo esperado, ya que el retoque es muy profesional. Pero él, lo es más; y lo conseguirá en breve. En cuanto las tenga, te las enviaré. Entonces, con ellas, tendrás que ir a contar a Mauricio lo que está pasando. Sé que no resultará fácil. Pero es necesario.
Lo que Rubia no había contado a Sofía eran las gestiones que había realizado después de que el mensaje de contestación a la solicitud de Roa, entrara en su móvil. Había pasado los últimos días analizando el contenido informático obtenido del ordenador personal de éste. Y el panorama que se presentaba no era nada halagüeño. Estaba claro que, el verdadero motivo para montar todo aquel asunto, se iba a resolver en la próxima semana. Por los movimientos de las cuentas ordinarias que Roa mantenía activas, no había nada demasiado extraño. Mucho movimiento, pero nada que resultara decisivo en un tipo con una cantidad de ingresos elevada. El problema eran las otras, las opacas, mucho más difíciles de rastrear y que aun no había conseguido desencriptar Dostov.
Luego estaba el asunto del mensaje. La urgencia con la que se expresaba Roa, y los billetes de avión para Barcelona que había encontrado, con fecha de ese sábado, le hacían pensar que en el tablero estaban ya las fichas dispuestas para lanzar el último ataque. Analizó la información de la respuesta con todo lo que pudo, pero no le aclaraba nada. Nada, excepto el nombre del supuesto lugar donde se celebraría el encuentro. Estaba claro a qué hacía referencia ese nombre, pero no encontró ningún sitio que tuviera esa denominación, ni nada parecido a una ubicación, excepto en Indonesia. Descartando esa opción, por obvias razones, llamó a un contacto suyo que, si existía lo que ella pensaba que podía ser el dichoso Cornelys, sin duda estaría ella al tanto.
Aura Carreras descolgó al tercer tono y en su voz se infería la gran alegría que le causaba atender a quien tan sorpresivamente, la requería. Aura, una malagueña la mar de salerosa, era la encargada del servicio más exclusivo de escorts de la ciudad y de una amplia zona de influencia nacional. Después de los saludos y cariñosas afectaciones por parte de una y de otra, Rubia le explicó el motivo de su llamada. Aura escuchó atentamente y después respondió a lo que Rubia le pedía:
—Es un club. Palazzo Cornelys, se llama—confirmó su amiga las suposiciones—. Pero…¿qué sería lo siguiente a exclusivo? Bueno, pues eso es. La membresía la integran verdaderos poderes fácticos del país. Gente de «verdad» importante. Para ingresar, no solo cuenta el dinero, si no el poder. Pero no busques mucha información. No aparece ni en los registros del catastro—bromeó—.
Este dato corroboró lo que Rubia había pensado del papel de Roa en toda aquella fiesta. Alguien que estaba muy por encima de él, lo estaba usando para conseguir lo que pretendiera, y su instinto le decía que aquella patente era el origen de todo aquel desaguisado y que tenía visos de acabar con los de siempre ganando mucho dinero, y con unos cuantos peones muertos sobre el campo de batalla.
—Tendrás negocios allí, imagino.
—Sí, claro. Ya conoces mi faena. Mis niñas se mueven solo en los pisos más altos. Y ese sitio, es el ático.
—¿Sabes algo del dueño?—preguntó, intentando controlar su creciente excitación de cazadora.
—Pues…—dudó Aura—se rumorea, porque a ciencia cierta nada es seguro, que un tío chungo. Un antiguo policía importante, o alguien del ejército. Incluso he oído que es un negocio paralelo del de Zara—rió—. Pero bueno, ya sabes como funciona radio macuto, seguro, seguro, no hay nada. A nosotras nos contrata la responsable de personal. Una tía muy seria, y capaz. Mexicana de armas tomar. Pero yo nunca he preguntado de más. En el negocio de puterío, hay dos cosas que son tu cruz: que tengas la bicha, o la lengua muy larga.
Rubia asimiló la información con rapidez. La tarjeta que había encontrado en el archivo de Roa le quemó en el interior de su mente.
—¿Crees me puedes colar esta noche? Por que supongo que tendrá una buena seguridad.
El silencio al otro lado de la línea dejó patente la sorpresa que había causado en la interlocutora la petición.
—No sé, Natasha. Hoy no tenemos ningún encargo de ese club. Y como bien dices, la seguridad es tremenda. Puede ser el único local de este tipo que tenga más guardaespaldas que putas. Pero…
—¿Pero?—la incitó ante ese pero de posibilidad.
—¿Seguro que necesitas entrar ahí? ¿No hay otra forma más…aséptica?
—No, me temo que no. Sabes que no te pondría nunca en tal compromiso de tener una alternativa, pero esta noche habrá una reunión en ese club y tengo que estar presente.
Otro silencio, esta vez más largo.
—Natasha, ¿No habrá…?
—No, Aura—acompañó su negativa con una risa ligera—, puedes estar tranquila. Hoy no son ese tipo de asuntos. Solo quiero ver a alguien.
—En ese caso, te acompañaré. Sí vas conmigo no creo que tengas ningún tipo de problemas en poder entrar. Además, verte siempre es un placer…si no es como la última vez, claro.
En las palabras de Aura había un remanente desconfiado, producto de un recuerdo poco grato.
—Te prometo que no. Los mismos que entren, saldrán por su propio pie. Tienes mi palabra. Y, ¿Aura?
—Dime.
—Gracias. Eres una amiga.
—Ya—confirmó con un deje de anhelo—. Arreglo unos asuntos y te mando los detalles.
El reloj luminiscente de la farmacia marcaba las 22.30h., cuando un coche negro, de alta gama, se detuvo frente a ella. La opaca ventanilla bajó emitiendo un suave siseo y una cara aniñada emergió del interior del vehículo, quedándose a cuadros.
—¿Natasha?
—¿Cómo crees? ¿A poco no me viste? ¿O es que te olvidaste ya de mí? De tu cuatacha, la Ximena.
Aura quedó impresionada con la mujer de cabello negro e indómito que tenía delante. Vestía un traje rojo ceñido a sus curvas, con pinta de valer más que las minas de La Herradura. El bajo de la falda apenas si llegaba a tocarse con el delicado encaje blanqui-azul de sus medias. Por arriba, un escote «Reina Anna» dejaba a la vista el nacimiento de unos senos poderosos y bronceados. Una gargantilla dorada, terminada en un pendular colgante en forma de disco precolombino, parecía señalar el camino hacia un paraíso terrenal. Pero si algo le asombró, fue aquella cara que la miraba divertida. Un rostro bellísimo en forma de rombo, con unos pómulos marcados y una barbilla redonda que invitaba a ser acariciada. Los ojos destacaban sobre el conjunto. De un color café intenso, levemente achinados por los párpados que se deslizaban suavemente sobre ellos, entrecerrándolos. Daba la impresión de estar comiendo el mejor chocolate del mundo, con el mayor placer del mundo.
La puerta se abrió, y Ximena entró con gracia en la berlina. Segundos después, las risas estallaban en su interior.
El camino fue amenizado por el inventario de artes cosméticas de Rubia. La peluca, las prótesis bucales, las micro inyecciones de botox, el maquillaje. Vamos, que se podría decir que era como una charla impartida por el mismísimo Rick Baker.
—Siempre he dicho—comentó Aura, divertida, recorriendo con su mirada el cuerpo de Ximena—, que acostarse contigo es como hacerlo con cien mujeres distintas.
Las dos mujeres estaban riendo el comentario, cuando el coche se detuvo y el chófer les anunció que ya habían llegado a su destino.
—Gracias, Sebas—se despidió Aura, mientras bajaban del vehículo—. Aparca donde siempre y estate pendiente.
—Por supuesto, señora—Dijo el chofer antes de ponerse en marcha y dejarlas allí, delante de aquella casa.
La edificación, incluida en las afueras de un barrio residencial de la ciudad, no tenía nada de especial. Una pequeña cancela les bloqueaba el paso. Por encima del muro que delimitaba la propiedad, se destacaba el segundo piso del chalé anodino. Aura se acercó al intercomunicador adosado al lado de la puerta de entrada y llamó. No se oyó nada, pero en la casa unas luces se encendieron y la cancela comenzó a deslizarse, dejándoles paso. Rubia miraba con disimulo a su alrededor. Nada allí parecía fuera de lugar. Excepto ellas.
Cuando entraron en la propiedad pudieron ver a una mujer de edad avanzada que les aguardaba en el porche de la casa. Aura se dirigió a ella con soltura y decisión.
—Buenas noches, María—saludó con un leve abrazo entre ellas.
—Buenas noches, señorita—contestó, lacónica, el ama de llaves.
Al hacerse a un lado para permitirles la entrada, Aura indicó a Rubia que tenían que dejar los móviles en poder de María. Cosa que ambas hicieron.
Conducida por Aura, atravesaron la planta baja de la casa y salieron al jardín, cuya extensión era considerable.
—Hay otra entrada algo lejos de aquí. Se usa cuando la afluencia es numerosa, para no llamar la atención.
Rubia asintió, permaneciendo con los sentidos alerta.
Caminaron un trecho hasta llegar a una especie de túmulo de piedra. Allí les aguardaban dos armarios roperos vestidos con uniforme negro de algún ejército desconocido. En perfecta sincronía uno de ellos se alejó un par de pasos de su compañero, enlistando el subfusil que llevaba terciado en bandolera. El otro les dio el alto. Los dos hombres parecían cortados por el mismo patrón o sacados del mismo paquete de G.I. Joe.
—Buenas noches—dijo el que tenían delante—. Ya saben como funciona esto.
Aura, por respuesta asintió, poniendo los brazos en cruz, con el pequeño bolso bien a la vista. El mocetón comenzó entonces con un minucioso cacheo, que por lo que pudo observar Rubia, parecía no tener prisa por acabar. Finalizado el repaso corporal, tomó el bolso que ella le ofrecía y revisó su contenido. Cuando le tocó el turno a Rubia, se percató como el G.I. Joe ponía una sonrisa de satisfacción. Estaba disfrutando de su trabajo, eso no podía negarse. Rubia sintió las manos duras del hombre palpándole todo el cuerpo. Se notaba que tenía experiencia y órdenes de no pasarse de alguna línea impuesta. No por eso dejó la mujer de notar la firmeza y delicadeza con la que le repasó su anatomía. Ella, en un gesto coqueto, le sonreía; provocando que el cacheo se alargara cuando repasaba la base de sus pechos o le recorría el interior de las piernas hasta tocar, con el dorso de la mano enguantada su intimidad.
—No juegues chueco, mi chulo—pidió Rubia, inventando un suspiro. Tú pasándola padre y yo sin poder atizar la olla.
El otro guardián carraspeó. Su cara de envidia era patente. Seguro que cuando habían visto que se acercaban, habían echado a los chinos quien cacheaba y quien apuntaba. Cuando el aprendiz de tocólogo retiró sus manos, aun tubo la desfachatez de llevarse la mano a la nariz y sonreírles un libidinoso «adelante, señoritas». Luego, adoptando un perfil más profesional, avisó por su comunicador que bajaban dos.
—Chulo—llamó Rubia antes de desaparecer en un ascensor que descendía en el interior de túmulo—, si no me los acabo, te comeré como morusas.
El guardia se quedó allí, sin entender un carajo, pero con el verbo comer flotando en su mente. «¡Viva México!», pensó con lascivia.
—¿Qué le has dicho?—pregunto Aura, con sonrisa incrédula.
—¿Pues que va a ser? Que me lo follaría.
Las dos bajaron riendo la ocurrencia y el desparpajo que mostraba Rubia en su vertiente mexicana.
Las puertas del ascensor se abrieron, dándoles acceso a una amplia sala que, de no saber que estaban varios pisos bajo tierra, podría pertenecer al vestíbulo de cualquier hotel de cinco estrellas. La decoración irradiaba buen gusto y buen dinero invertido. Todo allí parecía genuino y de calidad. Del mostrador de recepción salió un hombre de modales corteses y un traje a medida con dos llaves cruzadas en cada una de sus solapas. En ese sitio, habían cuidado los detalles al extremo.
—Buenas noches, señorita Carreras—dijo el recepcionista con amabilidad—no tenía noticia de que nos acompañaría esta noche.
—Hola, Roberto—le saludó ella, estrechando su mano con afecto—Eso es porque esta noche no vengo por trabajo. Bueno—se corrigió—, no del todo. Me gustaría ver a *Norla para presentarle a una buena amiga que ha venido temporalmente. Necesita trabajo y quería que la conociera.
—Espléndido—aprobó Roberto, mirando a Rubia respetuosamente—Por favor, pasen al bar mientras le aviso de que se encuentran aquí.
—Gracias, Roberto. Un placer, como siempre.
—El placer es mío, señorita Carreras—aduló, guiándolas con la mano hacia la entrada de otra sala anexa—. Bienvenida, señorita…
—Ximena—contestó Rubia, regalándole una espectacular caída de párpados.
—Diviértanse. Y si necesitan cualquier cosa, no duden en pedirla.
Aura y Rubia entraron en el bar indicado. El espacio tenía ese aire confortable de los bares de los años treinta. Maderas y cristales se alternaban de forma armónica y elegante. El lugar no estaba muy concurrido, tres o cuatro hombres y un par de mujeres. Amén de otros seis diseminados que, claramente, iban cargados de hierro. Las dos amigas tomaron asiento en los taburetes forrados de terciopelo verde, situados frente a la barra. Un camarero con chaleco rojo y pajarita negra se acercó de inmediato con actitud solícita.
—Dos pisco sauer—encargó Aura, mirando a Rubia. Ésta aprobó la decisión con un leve asentimiento de su cara angulosa—. Aquí los hacen que quitan en «sentío».
No habían dado más de un par de tragos, cuando vieron acercarse a una bellísima mujer no muy alta de cabello rubio y ojos azules. Andaba con el garbo de quien se sabe dueña del escenario, bamboleando su estrecha cintura que contrastaba con unos senos grandes, difícilmente disimulados bajo su ropa exclusiva. Acudía hacia Aura con una sonrisa de esas que iluminan mundos, acentuando su cara de ángel de porcelana. Aura se levantó a su encuentro y se abrazaron.
—Me alegra verte por aquí—saludó Norla, mirándola con afecto.
—Es un placer verte, Norla. Estás guapísima. Como siempre.
Ella rió el cumplido y dirigió su mirada a la acompañante de Aura. Ésta procedió con las presentaciones.
—Te presento a Ximena—anunció Aura tomando a Rubia por el brazo—. Una compatriota tuya.
—Un gusto—dijo Ximena enfrentando su mirada café a los azules de Norla—Felicidades por el lugar. Está muy chido.
—Gracias—agradeció el cumplido—. A huevo eres oaxaqueña, ¿sí?
—Neta que sí—rieron las dos.
Se miraron a los ojos durante un instante que a Aura se le hizo eterno. A interpretación de experto en lenguaje corporal, se podía decir que mantenían un combate silencioso. Calibrándose. Aunque no dejó ver su nerviosismo, la malagueña sabía que la inteligencia de Norla estaba muy por encima de la media. Si bien, el acento y las inflexiones que empleaba Rubia sonaban genuinas, le resultaba del todo imposible que Norla no notara nada…raro. «Joder, ya podría haberse echo pasar por inuit»pensó. En un momento todo terminó y Norla abrazó a Rubia sin dobleces. Aura intervino en ese momento para comentarle que estaba de paso y que buscaba un sitio para trabajar una temporada. Por la mirada guasona con la que Norla escuchaba aquello, Rubia sabía con certeza que no se creía una palabra. Pero siguió el juego, cambiando una extraña mirada cómplice con Rubia.
—Lástima—se lamentó en tono mordaz—que el chingado del patrón no ande por aquí hoy. Está de negocios en Barcelona, creo—aportó de forma intencionada—. De seguro le hubiera gustado probar algo de esto.
Aura se sobresaltó, pero Rubia le devolvió la mirada con una sonrisa de entendimiento.
—Y, me imagino—añadió Norla, dirigiéndose a Rubia—que tendrás prisa por empezar a ganarte la lana ¿Verdad, morena?
—A huevo que sí, güerita.
Norla estalló en una carcajada, a la que le siguió Rubia. Aura, que no sabía de correcciones políticas del lenguaje, se limitó a sonreírles. Estaba claro que aquellas dos sabían que cartas jugaban cada una. No dejó de sorprenderle la capacidad adaptativa de Rubia.
—Pues, ¿a poco crees? Casualmente una de las chicas se ha indispuesto para el show lésbico de esta noche, y a lo mejor a ti te interesaría sustituirla. Así te vas haciendo. No habrá mucha gente. Un par o tres de reservados ocupados, no más.
Rubia miró a Norla con gratitud. Entre las dos se había establecido un vínculo invisible que tenía a Aura un tanto mosca. Así que rápidamente intervino:
—Y, ¿no es posible, que se «ponga» otra de tus chicas enferma y así poder acompañar a mi amiga? Está un poco verde aún, y le dará confianza si estoy yo cerca.
Norla preguntó a Rubia con la mirada.
—¡Eso estaría bien padre!—exclamó Rubia—si a ti te hace.
—No veo porqué no. A esa bola de medio pendejos les haréis un buen obsequio. Neta que sí.
Hablaron durante un rato más, donde Norla les explicó lo que tenían que hacer. Tenían bastante libertad de llegar donde les apeteciera, pero si alguno de los clientes se encaprichaba de una, o de las dos, no podían hacerle el feo. En sus manos quedaba cómo negociarlo. Una vez se aseguró que estaban dispuestas, las acompañó hasta unas bambalinas. Las observó durante un instante juntas y decidió que iban muy adecuadas para dar espectáculo. Antes de despedirse de ellas deseándoles suerte, Rubia se acercó, le susurró unas palabras al oído y le dio un beso tierno en los labios.
El escenario era coqueto y acogedor. En el centro había un sofá de asientos amplios, suficiente para cuatro o cinco personas y el suelo cubierto por espesas alfombras blancas. Situado enfrente de la tarima elevada, se distribuían ocho palcos en abanico, con paredes que llegaban hasta el mismo escenario. Quien ocupaba uno de aquellos reservados no podía ver lo que ocurría en los demás. De éstos solo dos se hallaban en uso. En el central había un hombre grueso, vestido con traje y con una copa de champán en la mano. A su lado, una mujer asiática le hacía arrumacos. En el otro, el hombre que lo ocupaba, y que Rubia reconoció de inmediato—un reputado banquero—, se encontraba solo con un tablero ajedrez y una copa de balón a su lado. Parecía enfrascado en un duelo personal, pues de vez en cuando, giraba el tablero para cambiar la perspectiva de blancas a negras. Cuándo las dos mujeres entraron en el escenario y la música comenzó a oírse, el banquero dejó de atender a las fichas y se recostó sobre el tapizado de su reservado, presto para disfrutar del espectáculo.
Con su característica voz grave, Tina Turner empezaba a desgranar el tema «Goldeneye» diciendo aquello de: “See reflections on the water / More than darkeness in the deepths”. Rubia y Aura bailaban entre ellas, enroscándose con sus miembros. Caricias desde el pelo hasta las piernas comenzaron a arreciar, sintiéndose por encima de los vestidos ajustados a sus cuerpos contoneantes. No se podría decir quien besó a quien primero, pero, tras unos minutos de tantearse como dos serpientes con ganas de ser una, se fundieron en un beso húmedo y apasionado en el que se sumergieron como en las profundidades mentadas en la canción de la Turner.
El hombre del ajedrez, visiblemente estimulado por aquel comienzo, y sobre todo por las dos bellezas del escenario, tocó sobre una consola electrónica que todos los reservados tenían.
Rubia seguía moviéndose, conteniendo a Aura entre sus brazos que no paraban de reconocer el cuerpo de ella. Ésta, con la espalda pegada al cuerpo de Rubia, movía con la cadencia de la música sus caderas sobre la entrepierna de la mexicana. Tan pegada estaba, que cuando dobló su torso hacia delante, daban la imagen de una perfecta «T». La cabellera dorada de Aura caía en cascada hacia el entarimado, mientras Rubia se inclinaba sobre la espalda de su compañera y, agarrándola firme de la cintura, buscaba con su boca el cierre de su vestido blanco. Con destreza, promesa de grandes habilidades, capturó el tirador con ayuda de su lengua y comenzó a desplazarlo hasta el tope de la cremallera, dejando a la vista, cuando el vestido se deslizó por sus brazos, las cintas de una lencería negra.
Cuando Aura se incorporó, el vestido cayó, quedándose atrapado en sus caderas y dejando su pecho desnudo. Dos pequeñas tetas, muy bien formadas y rosadas, se dirigieron a Rubia para devolverles el favor. De nuevo volvieron a abrazarse y a batirse con las lenguas en un duelo a primera sangre. El desempeño suave no duró y pronto el ansía se adueño del combate. Con prisa, las manos de la malagueña empezaron a moverse en la espalda de Rubia. Una de aquellas manos tuvo premio e imitó el movimiento que ella misma experimentara, instantes antes. La cremallera del vestido de Rubia descendió suavemente lubricada. Aura apartó los tirantes del vestido de su compañera, y el trapillo, obscenamente caro, se precipitó al suelo como si estuviera fabricado en plomo. Rubia quedó ante la escueta concurrencia mostrando su precioso cuerpo, ensalzado por una combinación mínima de color casi blanco; el destello de su medallón refulgía a la luz de las candilejas.
En ese momento, hubo movimiento en dos de los palcos. En el primero entraron dos chicas que se acomodaron a cada lado del banquero. Éste les dijo algo señalando hacia el escenario, ellas rieron y le dijeron algo poniendo carita de pena. El hombre volvió a mirar al escenario, pero al final pareció ceder a las demandas de sus acompañantes, porque volvió a reclinarse y dejarse hacer. Las dos expertas comenzaron a restregarse sobre el hombre. Mientras una se introducía en su boca, la otra se afanaba en desprenderle del cinturón.
Pero fue en el contiguo donde estaba lo interesante. Primero entro Norla que, sosteniendo las cortinas de acceso, invitó a pasar a dos individuos. Rubia, ahora recostada en el sofá con el cuerpo de Aura acariciando con su boca el vientre, reconoció de inmediato a uno de ellos. Era Pedro Roa. El otro, el hombre que entraba a continuación y comentaba algo divertido con Norla tras echar un somero vistazo al escenario, le era desconocido. Era un tipo alto, atlético, con abundante pelo blanco y muy bien parecido. Mostraba un rostro calmado y jovial, arqueando su bigote y perilla con una encantadora sonrisa. Por el contrario Roa, lejos de la cara que ella conocía, aparentaba más años de los que recordaba. Sus facciones estaban tensas y no se notaba nada de ese aplomo suyo tan característico. Tomaron asiento y un camarero hizo su aparición con una bandeja con las bebidas. Norla miró hacia el escenario, se despidió de los presentes y salió, cerrando las cortinas.
Sonaba Shivaree cuando Rubia comentó algo al oído de Aura. Ésta asintió y ambas (desnuda de torso Aura, con la combinación Rubia), gatearon hacia los palcos. Mientras Rubia tomaba el camino del reservado del hombre y la asiática, Aura lo hacía hasta el de Roa y su acompañante, los cuales sonrieron al verla acercarse. Unos saludos después, hechos con sus cuerpos sobre los clientes, cambiaron las posiciones. Ahora fue Rubia quien entró en el palco de los dos hombres. Éstos se dejaron hacer. Sendos bailes sobre sus regazos, sintiendo como la hombría de ambos crecía (aunque en el caso de Roa, no parecía demasiado dispuesto ni para una mínima escaramuza). Rubia terminó con su atención personalizada y de nuevo volvió al escenario donde una expectante Aura la esperaba con la mano perdida dentro de su ropa interior. Rubia se acercó a ella, se arrebujó entre sus piernas y dedicó unos minutos a remplazar la mano de Aura en su antigua posición, obligándola, en poco tiempo, a enredar sus dedos entre el salvaje cabello de la mexicana, mientras dejaba escapar unos gemidos cada vez más sonoros y lujuriosos. Rubia, por su parte, llevaba una de sus manos entre sus bragas y la otra la dedicaba a picotear por las cimas rosadas de su entregada compañera. El sonido del placer inundó la sala. La asiática estaba dando muestras de resistencia física. Las dos chicas rellenaban los formularios de ingreso para abrir una cuenta en Sausalito y los dos hombres hablaban. A nadie le importaba que música sonara en aquel momento.
Terminado el espectáculo, Rubia se colocaba de nuevo su vestido. A su espalda notó una presencia, y un aroma varonil de perfume llegó a sus fosas nasales. Cuando se dio la vuelta, se topó con el hombre de pelo blanco, sonriéndole. Aura, aun con la respiración entrecortada, se retiró levemente de la escena, pero sin perder de vista a su amiga.
—Una maravillosa… actuación, señorita…
—Ximena, galán. Pero aquí entre nos, le digo que ha sido neta la gozada. Y si lo duda…—ofreció, pasándole un dedo a lo largo de su corbata de seda—puedo repetírsela en privado.
El tipo rió con ganas.
—No me cabe duda Ximena. Pero por mi mujer, soy diabético.
—¿Y qué se le perdió en este antro de perdición, pues?
—Bueno, que no pueda comer dulces, no impide que me pare en los escaparates de las confiterías—respondió el tipo con aplomo y cierta sorna.
—Pues neta que sí. Bien paradito sí está—siguió la broma Rubia, dirigiendo la vista hacia la entrepierna del hombre—Lástima. De seguro lo hubiéramos pasado padrísimo.
El otro volvió a reír.
—Eres muy buena, Ximena. Se ve a la legua. En otras circunstancias…—agitó la cabeza, disipando pensamientos inadecuados—. Pero, venía a otra cosa aparte de felicitarte por tu actu…por tu show.
—Pues mándeme, galán. Que yo encantada.
—Venía a devolverte esto—dijo sacando del bolsillo de la chaqueta el medallón que Rubia había llevado al cuello hasta que hizo el baile en el palco de ellos.
—¡Chín! ¡Ay, qué lástima perderlo! Muy agradecida, mi héroe.
El hombre sonrió sosteniendo el medallón sobre la mano que Rubia tenía extendida para recibirlo. Pasaron unos instantes en esa posición, mirándose a los ojos y sonriéndose de forma insinuante. Finalmente, el tipo cambió a la sonrisa típica de cuando reconoces una derrota interna, y dejó caer el medallón.
—Agradecida—dijo Rubia pasando ligeramente su mano por la perilla blanca del él—. Señor…
—Nada de señor. Para ti, solo Alejandro.
NOTA DEL AUTOR: Los localismos mexicanos, así como las inflexiones, las he intentado usar para dar un carácter a los personajes de este capítulo. Siempre desde el respeto, lo he usado buscando ese aire genuino y desenfadado de su maravillósa forma de hablar, solo lamentando que las palabras no puedan reflejar la musicalidad que ellos desprenden. Pido disculpas de antemano si las expresiones usadas no se adecúan del todo a la realidad, pero el intento merecía la pena. Gracias por leer, y con México siempre en el corazón.
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