Esposos Cornudos 1 (Capítulos 3 y 4)
El tren se detiene y la distancia física se acorta, pero la brecha entre él y Carolina parece insondable. Mientras él descifra sus mensajes y observa la sofisticación ajena, una presencia inesperada lo intercepta en la oscuridad de su propia puerta. ¿Qué secreto guarda Carolina y qué significa realmente esa 'sorpresa'?
CAPÍTULO 3
Le escribí para decirle que ya había salido y me contestó inmediatamente. Yo sabía que ella estaba muy pendiente. Vivía con mucha intensidad todo lo que tuviera que ver tanto con su vida profesional como con la mía.
Tras su primera pregunta le respondí que me había salido bastante bien y ella dio réplica con múltiples emoticonos y con frases de adulación y confianza. Como si fuera mi mayor admiradora y creyera en mí más que yo mismo. Ambas cosas eran verdad.
—¿Te puedo llamar? —leí en mi teléfono.
Yo alcé la mirada. El hombre atractivo que tenía enfrente había vuelto a posar su teléfono y a cerrar los ojos. El vagón vivía un silencio casi absoluto, pero yo desconfié de que ella pudiera sospechar algo extraño.
—Ahora no puedo… Estoy con gente —contesté.
—Vale. Cuando llegues al hotel entonces —me escribió.
Miré de nuevo el reloj y quise afianzar mi plan:
—¿Y tú? ¿Has salido ya?
—En cinco minutos me voy. ¿Pero cómo fue? Adelántame algo.
Levanté la mirada de nuevo. Mis ojos otra vez sobre mi acompañante. Y tras coger aire, escribí:
—Ya te contaré. ¿Sabes a quién se parecía el hombre que me acaba de entrevistar?
—¿A quién?
—Al del vídeo —le escribí sin pensarlo más.
Y yo miraba la pantalla. No había más que aclarar. El vídeo, para nosotros era “el vídeo”. No había más vídeos ni posibilidades de confusión.
Ella tardaba en responder. Yo intenté montar una de mis piernas sobre la otra pero enseguida entendí que la mesita no me lo iba a permitir.
Luego vi que ella me estaba escribiendo. Volví mi mirada al frente. El dandi se mantenía circunspecto y regio, como si estuviera hecho de cera.
—¿Y las entrevistas grupales cuando son? —pude leer finalmente, y me decepcioné un poco, si bien no había guardado demasiadas esperanzas al respecto de que me siguiera el juego.
—Mañana —mentí, pues habían decidido no hacerlas porque muchos candidatos se habían caído ya en la primera prueba.
—Pues a ver qué tal. En esas… es importante ni querer ser demasiado protagonista… ni ser un pasota —me contestaba Carolina, la cual había cambiado de bufete tres veces y tenía mucha experiencia en ese mundo.
—Eso intentaré.
Mi acompañante se desperezó de nuevo. Se aclaró la voz, como en un carraspeo. Tenía unos ojos azules impresionantes. Y yo eché cuentas: estábamos a jueves, no veía a Carolina desde el domingo que me había marchado, sin embargo no teníamos sexo desde hacía más de tres semanas. Y me pregunté si Carolina, de estar casada con aquel apuesto hombre maduro, viviría periodos de abstinencia tan largos. “Seguro que si estuvieras con este querrías hacerlo todos los días”, dije para mis adentros, y al instante me sentí mal. Mal por acusarla y mal por situarme a mí mismo en una posición plañidera, cosa que odiaba hacer.
—No entiendo tanta caña… Vas a acabar muertito la semana —me escribió Carolina entonces.
—Ya ves. Es lo que hay.
—¿Seguro que no puedes hablar un minuto?
—No, de verdad que no puedo. Después te llamo —respondí y me di cuenta de que estaba siendo algo seco, cuando no era mi intención.
—No sé si decirte algo cuando hablemos —escribió de repente, sorprendiéndome.
—¿Y eso?
—No sé… Es… como una sorpresa. Pero la sorpresa en sí va a pasar mañana. Si pasa. No sé.
Yo no entendía nada. No entendía tantas dudas y temía que mi vuelta repentina pudiera estropear sus propios planes.
—¿Pero es un regalo? Ya sabes que llego el sábado a mediodía.
—Ya, ya… No. No es una cosa material.
—¿Entonces?
—Es algo que está pasando. A ver. No. ¡No me líes! No me tires más de la lengua —escribió y añadió unas caras con unas sonrisas del revés.
—Solo dime de qué va.
—Vale. Pero no te digo nada más. Va de tus juegos —leí de repente en mi teléfono y me sobresalté.
“Mis juegos”. Igual que lo del vídeo era inequívoco lo de los juegos también lo era. Los juegos era sexo. Los juegos eran mis intentos de mejorar, por no decir salvar, nuestra vida sexual.
—Te dejo, que salgo con Marta. Cuando puedas llámame. Te quiero, petardo —leí rápidamente en mi pantalla.
—Te quiero, Carol G —contesté devolviéndole la broma con una recurrente, y de forma automática.
—Jaja. No me llames así, además la cantante es con K. En fin. Un beso, mono —se despidió y yo me dispuse a releer todo lo que nos acabábamos de escribir para así intentar entender algo de su extraña sorpresa.
Era algo “que estaba pasando” o que iba “a pasar mañana”, y relacionado con “mis juegos”. Y yo pensé en que juegos no había tampoco demasiados. El de ver pornografía era el más básico y el único que más o menos había sobrevivido. A lo largo de los últimos años había probado también a tener sexo telefónico con ella, sobre todo escribiéndonos, pero no le gustaba, decía que se sentía ridícula. Había intentado también proponer hacerlo en lugares expuestos: en la playa, en el mar, o en el coche tras una cena romántica, pero los resultados no habían sido los esperados; siempre ella más pendiente de que nadie nos viera que de disfrutar.
También habíamos probado a representar personajes, de ahí que yo no descartara hacerlo con ella fingiendo ser el entrevistador atractivo que tiene sexo con la mujer del candidato, pero ya hacía tiempo de la última vez, y tampoco aquel tipo de interpretaciones solían funcionar, sobre todo desde la vez en la que había propuesto jugar a profesor y colegiala y le había terminado por parecer “denigrante y enfermizo”, deteniendo el juego a mitad de representación.
Y había habido también otro juego, el más complicado y arriesgado. A su vez había sido el que había terminado de forma más abrupta, conflictiva e incluso terrible. Había sido la única vez en la que Carolina se había enfadado de verdad; aquel “déjalo ya, eres un puto enfermo”, aún resonaba a veces en mi cabeza. Sabía que, fuera lo que fuera, su sorpresa no podía estar relacionada con ese juego.
Recordar todos aquellos episodios resultó ser algo desagradable, y un nudo en el estómago comenzó a agarrotarme. Yo intentaba justificarme frente a mí mismo; mis intentos no eran por egoísmo o por requerir más de ella, sino porque el sexo “normal” hacía años que no funcionaba en absoluto.
Decidí cerrar yo también un instante los ojos. Y después repasé mentalmente mi conversación con Carolina, y entonces una energía positiva subió por mi cuerpo, llegando a sanar mi malestar. Sentí que ella daba un paso por fin, sentí que por primera vez yo no estaba solo en aquella lucha por tratar de salvar aquel desastre.
CAPÍTULO 4
Poco antes de llegar a la penúltima parada aquel apuesto galán se puso de pie, esbozó un educado y limpio “buenas noches”, y desapareció de mi vista.
Me giré como por acto reflejo y vi cómo cogía una cartera grande de cuero marrón de un estante superior, a un par de metros de mí. Y después su volatilización se hizo definitiva, perdiéndose por el pasillo.
No maldije su pérdida, era algo que iba a ocurrir, y yo había sacado todo de él. Ahora era decisión de Carolina querer jugar o no. Me fue inevitable, eso sí, volver a recapacitar sobre su porte y llegar a la conclusión de que quizás mi mujer concordaba más con él que conmigo. Aparte de que, debido al vídeo, yo sospechaba que a ella le atraían en cierta medida los hombres mayores, aunque nunca lo habíamos hablado.
Sin ser yo desafortunado en cuanto al físico, no llegaba a las cotas de Carolina ni de aquel hombre. Había otros elementos discordantes: tanto mi mujer como mi excompañero de viaje demostraban un gusto por el vestir y el proyectar que yo, aunque lo valoraba en terceros, no lo practicaba. Tampoco al respecto del trabajo nos entendíamos del todo: ni yo comprendía sus casos ni ella cuando yo le hablaba de desarrollo de software y gestión de equipos. Sin embargo, aquel hombre, con aquella percha, aquella clase, aquel poso y en su mundo de despachos elegantes, quizás pudiera encajar más con Carolina y sacar de ella una conexión que llegase también a favorecer en lo carnal.
El tren emprendió la marcha y comencé a buscar en nuestro pasado, si bien no sabía si buscaba tiempos mejores o causas ocultas. Yo había tenido solo una pareja duradera antes de conocer a Carolina y ella había tenido un novio en la universidad, con el que había ido y vuelto múltiples veces, y después pocas relaciones más. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de un amigo común y nuestra primera conversación había versado sobre algo tan banal y superfluo como el agotamiento de la veintena en la que nos encontrábamos.
Tardé más de un año en conquistarla. Supe desde el primer momento que no sería fácil; también sabía que, saliera como saliera, no podría haber tiempo mejor invertido, pues el posible premio era grandioso; aplicándolo a teoría de decisión no había coste posible que pudiera descompensar tamaño beneficio. Tuve que lidiar, eso sí, con momentos de gran agotamiento emocional, sobre todo porque el hecho de que yo la cortejara no implicaba que no pudiera ser también pretendida por otros. Llegando alguno a tener un par de éxitos puntuales; éxitos dolorosísimos para mí. Durante aquellos meses se podría decir que habíamos sido amigos, si bien ella obviamente sabía que yo quería más.
Tras nuestro primer beso yo había pensado que estaba todo hecho, o al menos que lo más duro ya había sido recorrido, pero aún tuvieron que pasar varios meses de indecisiones hasta que formalizamos la relación.
Cuando Carolina duda sus dudas lo devoran todo. Pero cuando está segura mira hacia adelante con una decisión abrumadora. Una convicción transparente que transmite y contagia. Tras dos años de novios nos casamos.
Durante los primeros meses nuestras relaciones sexuales me parecieron más que buenas. Eso sí, yo, sobre todo en aquellos tiempos, no duraba mucho. No duraba porque ella me excitaba de una manera tan involuntaria como agobiante, tanto que casi tenía que pellizcarme para saber que aquello era real, que de verdad estaba haciendo el amor con Carolina. Ella se reía cuando yo le decía que me excitaba demasiado y le quitaba importancia a aquellas cortas duraciones, siempre diciéndome que no pasaba nada, que ella disfrutaba igual.
Pero poco a poco las relaciones se fueron distanciando, ella cada vez era más esquiva, cada vez parecía excitarse menos, con unos problemas para que la penetración fuera posible que llegaron a ser más comunes que el sexo normal y correcto. Ella repetía su frase “aún no estoy” que era un eufemismo de “no estoy suficientemente húmeda”, pero el problema radicaba en que por mucho que nos besásemos, y que la tocase, nunca llegaba la humedad necesaria.
La idea de los juegos había nacido después. Ya casados. No habían seguido un orden ni una intensidad concreta. Por épocas varios intentos por semana, a veces meses en los que no sucedía nada. No sé exactamente el momento en el que comencé a buscar aquellas vías, ni recuerdo haber hablado frontalmente del motivo de dichos juegos, y es que para qué, si era evidente.
Envuelto en aquellos pensamientos estaba cuando una voz robótica inundó el vagón: “Fin de trayecto”. Una ciudad mediana y costera. Carolina y yo nos habíamos mudado recientemente a una urbanización de nueva construcción, en una zona residencial, pero a la vez suficientemente resuelta y concurrida; con piscina comunitaria y otros servicios, en la que aún vivían pocos vecinos.
Salí de la estación y me subí a un taxi. No llevaba una maleta demasiado grande, pero sí me sentía con lastre pues portaba además dos perchas con dos trajes. Uno, el de siempre, lo había llevado el lunes para la primera entrevista, y no me había sentido a gusto con él, pues era el que vestía siempre en las bodas, y, por absurdo que fuera, había algo que no encajaba. Así es que la misma tarde de aquel lunes había comprado otro, lo cual ahondaba en mi carga. Miré después mi teléfono móvil. Carolina no me había escrito nada más.
La noche era cálida para ser otoño, y un incómodo sudor tibio recorría mi espalda. En el aire estaba también mi llegada de improviso, su sorpresa al respecto de mis juegos y quién sabe si un encuentro sexual suficiente gracias al galán del tren. Estaba nervioso. Sentía que me mantenía escéptico al respecto de su sorpresa, como si no me quisiera ilusionar con un cambio drástico. Detenido ante un semáforo quise entonces apartar toda aquella incertidumbre sexual. Tenía ganas de ver a mi mujer; la había echado mucho de menos aunque solo hubieran sido cuatro días de ausencia.
Bajé del taxi y crucé la puerta de la urbanización. El cielo despejado modelaba una apacible calma. No soplaba ni un ápice de brisa y la chaqueta que llevaba sobre la camiseta me aportaba unos grados de temperatura innecesarios. Pasé junto a la piscina y alcé la mirada. El edificio, en forma de ele, se erigía ante mí. Busqué la segunda planta para encontrar las luces de la terraza, o de la cocina abierta al salón que lindaba inmediatamente con la terraza, pero lo vi todo apagado, así es que pensé que Carolina estaría en el dormitorio o en el aseo.
Entré en el portal que daba acceso a nuestro bloque, llamé al ascensor y quise visualizar mi llegada, la sorpresa, su cara de pasmo, su reprimenda graciosa y el beso antes o después de quizás algún cariñoso “eres bobo perdido”. Después me imaginé a los dos cenando, hablando sobre su semana y sobre si aceptar mi nuevo empleo o no.
Pero mi visualización pronto se truncó, ya que, mientras esperaba el ascensor, recibí un mensaje en mi teléfono. Era Carolina que me decía:
—Estoy cenando algo rápido con Marta, pero en nada estoy en casa. Lo digo por la llamada que usted me debe… En unos diez minutos estaré en casa.
No supe qué hacer. Dudé si subir igualmente. Pero sabía que se asustaría si me viera. Se asustaría solo si viera luz desde fuera o si descubriera la llave pasada. Dudé si demorarme a propósito por la calle, pero hacerlo con una maleta y dos trajes a cuestas no parecía muy atractivo.
Y en esas estaba, sintiéndome sin hogar a dos plantas de mi propia casa, cuando escuché pasos primero y sentí una presencia por un costado después.
Y enseguida escuché:
—¡Coño Rafa! ¡Me cago en la puta! ¡No me jodas que vives aquí! ¿O estás de visita?
Me giré y vi a Daniel.
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