Esposos cornudos 1 (Capítulos 1 y 2)
En el vagón del tren, un desconocido se convierte en el espejo de sus fantasías más prohibidas. Él sabe que su esposa solo cede ante ciertos estímulos, y esta vez, el actor principal está sentado frente a él. ¿Se atreverá a convertir la realidad en el guion que ambos evitan?
CAPÍTULO 1
Sentado junto a la ventanilla, observaba cómo caía la noche y contaba los segundos para que se cerraran las puertas sin mayor novedad, pues eso significaría que nadie se sentaría a mi lado, ni siquiera enfrente; el anhelo era claro: una hora de paz absoluta.
A pesar de que mi mirada se perdiera más allá del cristal, no estaba absorto, estaba atento a mi entorno. Escuché una voz dentro del vagón, con acento extranjero, y una cosa me llevó a la otra, cosa habitual en mí; las reflexiones más profundas se me escapan sin avisar y en los momentos más insospechados. Así es que, mientras esperaba el sonido y el movimiento de la arrancada de aquel tren, pensaba en el inicio de aquella afamada novela rusa, y la apliqué sin anestesia sobre mi vida sexual con Carolina: “Los matrimonios con vidas sexuales satisfactorias son todos iguales, pero cada matrimonio con una vida sexual insatisfactoria vive su insatisfacción a su manera”.
Sobre la bocina, cuando ya me regodeaba, un hombre trajeado terminó por sentarse al otro lado de la mesita. Parecía discreto. Liviano. Circunspecto. Fútil. Exteriorizaba un latente cansancio. Seguramente de vuelta de un viaje de negocios.
En mi contra jugaban sus piernas largas. A mi favor el ancho de la mesa, que el cuadrado se mantenía con dos plazas vacías y sobre todo y precisamente su discreción. No parecía de los que aprovechan la falta de escapatoria de los pasajeros para gritarle a su teléfono móvil, presumiendo de un trabajo solo al alcance de los más preparados y los más implacables (y déspotas).
Enseguida no solo no me disgustó su presencia sino que me satisfizo, pues era el tipo de hombre que le atraía a mi mujer.
Un impulso se apoderó entonces de mí y quise interactuar con Carolina, pero tuve que descartarlo, pues yo en teoría no estaba allí, sino a punto de entrar en una entrevista de trabajo.
Apenas aquel hombre terminó de acomodarse yo comencé a liberar mis bolsillos, depositando teléfono, cartera y llaves sobre la mesita. Lo miraba de reojo. Tenía el pelo algo cano y pocas arrugas pero profundas, le adivinaba cuarenta y largos, unos diez años más que Carolina y que yo. Y cuando el tren arrancó y mis enseres se agitaron mínimamente, fue precisamente mi mujer la que quiso iniciar una breve comunicación, haciendo que mi teléfono se iluminase. De inmediato leí en la pantalla que me deseaba suerte.
Le agradecí los ánimos y me sentí mal y bien. Mal porque la estaba engañando y bien porque la causa era noble: las entrevistas se habían precipitado a más velocidad de lo esperado, el trabajo era mío, si lo quería, pues aún quería hablarlo con ella ya que las condiciones no era tan superiores a las de mi trabajo actual, y había decidido regresar cuarenta y ocho horas antes para darle la sorpresa. No era yo muy dado a tales aventuras, pero las circunstancias me lo habían puesto en bandeja de una forma casi irrenunciable.
Aquel hombre, sentado frente a mí, optó por sacarse la chaqueta, y estuve a punto de decirle que era inconcebible estar en noviembre a más de veinte grados, pero no le dije nada, me limité a observar, a grabar en mi memoria sus facciones y sus gestos, pues decidí que él sería mi entrevistador. Le diría a mi mujer, aquella noche, si ella quisiera jugar, que las preguntas más difíciles me las había hecho un hombre maduro, atractivo y trajeado. Parecido al de aquel video que veíamos a veces. Le pediría que imaginase que la única forma de que yo consiguiera el empleo sería a través de su entrega.
Me visualicé follando a Carolina desde atrás, propiciando que ella se imaginase con otro, (con él), y susurrándole: “me encanta follarme a las mujeres de los candidatos… y tú eres la más zorra de todas”.
Me excité y me sonreí. Mi miembro palpitó y me sentí ridículo. Después me apené porque supe que era francamente difícil que Carolina me siguiera el juego con aquella fantasía recién inventada. Casi nunca lo hacía.
CAPÍTULO 2
Seguía analizando a aquel hombre con medido disimulo. No es que se lo fuera a describir a mi mujer con una exactitud pericial, pero la situación me mantenía entretenido.
Y él no decepcionaba. No se recostó y se quedó dormido con la boca abierta, que todo podría ser, si bien tampoco es que extendiera el Wall Street Journal sobre la mesa, pero mantenía un tono de dandi despreocupado mientras revisaba su teléfono móvil.
Yo cogí el mío, para disimular, y de nuevo tenía ganas de escribirle a Carolina, pero debía dejar correr el tiempo; fingir que estaba siendo entrevistado.
Mi compañero de viaje se rascaba bajo el mentón, como en un tic sugestivo, y yo echaba cuentas de a qué hora llegaría a casa, y visualizaba cómo realizaría la entrada. Calculé que sobre las ocho y media, hora a la que seguramente Carolina ya estaría de vuelta del despacho, y deduje que lo mejor sería abrir la puerta del portal de la urbanización, y después subir y timbrar en la del piso; no era plan entrar en casa con mis llaves y que le diera un infarto.
Aquel hombre comenzó a teclear en su teléfono y me fijé en unas manos venosas y de dedos largos. Vi un indudable anillo de casado e imaginé una vida impecable en la que su mujer, unos cinco años más joven que él, no había perdido un ápice de deseo y disfrutaba de no menos de cuatro orgasmos semanales.
De nuevo se rascó la barbilla. Tenía los ojos azules. Se parecía de veras al hombre del vídeo que a veces veía con mi mujer, cuando conseguía convencerla. Aquel vídeo era un elemento más, un arma más para incitarla, si bien yo sabía que aquello no solucionaba nada a medio plazo. La última vez que lo había propuesto ella había contestado con desaire, así es que después de que mi compañero de enfrente posase su teléfono sobre la mesa, echase su cabeza hacia atrás y cerrase los ojos, yo quise pensar en la vez grata, en la buena, en la positiva. En la vez, única y sorprendente, en la que había sido ella la que había propuesto ver el vídeo.
Me lo había dicho sin más, sin señal previa, después de cenar, cuando todo apuntaba a sofá y televisión; dijo con formalidad y serenidad: “¿Ponemos el vídeo?”. Y me sorprendí tanto como me alegré, pero no quise exteriorizar ni lo uno ni lo otro. Y la logística preparatoria fue la de siempre: dormitorio, ordenador portátil sobre la cama, cable desde dicho ordenador al televisor ubicado enfrente, yo desnudo respaldado contra el cabecero y ella en ropa interior recostada sobre mí, entre mis piernas, con su espalda sobre mi pecho.
Lo siguiente fue también conocido: la reproducción del único vídeo aceptado por ella. No es que la hubiera bombardeado con mil propuestas, pero el primero por fingido, el segundo por soez y el tercero directamente por asqueroso, habían sido rechazados por ella meses atrás. Aquel, sin embargo, le había parecido “bueno” y no me había dejado proponer “más experimentos”. Y yo sabía que tampoco la volvía loca y que lo solía rechazar, pero al menos lo aceptaba de tanto en cuando. Y yo no lo proponía porque lo necesitara yo, sino porque eso le permitía a ella un tiempo y un espacio con ella misma que facilitaba después el acto sexual.
Y es que tras diez o quince minutos de ambos mirando la pantalla, yo acariciándola y sintiendo mi miembro creciendo y golpeando la parte baja de su espalda; y ella dejándose besar el cuello y tocando su sexo, todo fluía mejor; tras diez minutos siendo acariciada y tocándose, mi mujer estaba suficientemente lista. Nos evitábamos así los “aún no estoy”, los “no entra”, los “¿pero no ves que así no entra?” y el último y más doloroso: “Para. Déjalo. Mejor lo dejamos para mañana”, que además, yo sabía, y se cumplía, que no era un mañana real, sino un mañana que pudiera significar semanas.
El vídeo en sí tampoco era nada del otro mundo: una chica muy blanca de piel, con gafas, que debía de ser una especie de agente inmobiliaria, le enseñaba una lujosa propiedad a un hombre mayor y trajeado. Cada habitación mostrada contenía una mordida de bolígrafo de ella y una mirada a su falda de él. A la pobre pelirroja se le caía la libreta de tanto en cuando, y los excesos del escote de su camisa y del encaje de sus medias a la altura de sus muslos eran recibidos por el hombre con estoicismo e indulgencia primero, pero con lascivia y desesperación a partir del tercer dormitorio mostrado. Cuando llegaban a la zona de la piscina, el elegante galán no podía contenerse más, la cogía de la muñeca, la hacía voltearse y le robaba un beso fugaz. Ella, falsamente sorprendida, no solo se quedaba quieta y desconcertada, sino que amagaba con rechazarlo. Pero aquel hombre, experimentado y curtido, sabía lo que se hacía, así es que de nuevo se iba hacia ella con decisión.
Y venía entonces un segundo beso, éste mucho más largo y ordinario que el primero. Y el petimetre debía de besar especialmente bien, pues ella, sobrepasada hasta perder la razón, volvía a dejar caer al suelo la dichosa libreta. Tras el beso todo se precipitaba: él le abría la camisa y le devoraba los pechos, ella buscaba con presteza la cremallera hasta sacar por la apertura del pantalón de traje una polla más que contundente, y enseguida se arrodillaba y su rostro quedaba frente al miembro candente del hombre elegante. Se presagiaba lo evidente, y no tardaba en llegar.
Cuando la pelirroja se metía aquella polla en la boca mi mujer comenzaba a tocarse.
Carolina, entre mis piernas, se recostaba más hacia atrás, contra mi pecho, y frotaba su sexo mientras la chica le comía aquello flamante y potente al apuesto hombre que la sujetaba por la cabeza. Yo, con mi miembro en una situación de difícil acceso, me limitaba a dejar que mi mujer se soltase ante ellos. Que buscase su lubricación gracias a ver cómo aquel hombre, tras invadir la boca de la pelirroja, la llevaba a un dormitorio después; lugar donde la follaba en hasta cuatro posturas diferentes antes de llenar por completo su culo; para terminar regando con humillante abundancia el rostro y los pechos medianos de aquella mujer que, turbada por el repaso de semejante semental, recibía los espesos disparos blancuzcos sudada, colorada y agradecida.
Una vez terminado el vídeo, de la vez en la que había sido mi mujer la que había propuesto verlo, llegó la segunda novedad. Me susurró: “ponte un condón, así duras más”.
El hecho de que tuviéramos preservativos no obedecía a nada que tuviera que ver con quedarse o no embarazada, pues ella tomaba la píldora, sino que los teníamos para conseguir así mayor lubricación. Fue aquella la primera vez en la que le buscamos ese otro uso. Accedí, me lo puse, y gracias a ello el acto no se redujo a que ella me montase hasta que yo no pudiera más, sino que follamos durante más de media hora, como en el vídeo, en cuatro o cinco posturas diferentes, y ella consiguió un orgasmo como hacía años yo no presenciaba.
No volvió a proponer ver el vídeo. Apenas lo vimos un par de veces más y siempre tras mi insistencia. Nunca supe a qué achacar aquel hecho tan sorprendente como aislado: abstinencia prolongada, alguna vivencia aquel día que hubiera conseguido que algo se despertara en su cuerpo, o necesidad de liberar estrés, habían sido las tres opciones barajadas. No supe qué había sucedido para aquella fogosidad suya que me había hecho recordar tiempos mejores con ella. Me retrotrajo a nuestros primeros meses juntos, meses de novios, ya lejanos, a siete años de distancia, y me llevó también a otras experiencias puntuales, anteriores y posteriores, pero no relacionadas con la agente inmobiliaria y con el hombre maduro trajeado.
Mi compañero de viaje cogió su teléfono móvil con parsimonia, revelándome que no estaba dormido. Y yo miré la hora y pensé que ya podría fingir ante Carolina que había salido de la entrevista.
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