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Mi marido no sabe quién me preñó (II)

El embarazo que no es suyo es la excusa perfecta para mantener el secreto, pero la verdad tiene patas cortas. Cuando el mejor amigo de su marido empieza a reclamar lo que considera suyo, y el cuñado presume de un hijo que no es suyo, Juliana descubre que el deseo puede ser más peligroso que cualquier mentira.

VickySG21K vistas9.0· 25 votos

31 de enero de 2025

Casi una semana después de haberle anunciado a mi cuñado que estaba embarazada, me seguía llamando todos los días para que volviera a confirmarle que el bebé que esperaba no era suyo. Ya no sabía cómo hacerle entender que, aunque los métodos anticonceptivos pueden fallar, él no fue quien me preñó, esa noche el condón cumplió su función.

Habían pasado cuatro meses y seguía sin comprender qué me sucedió aquel día, cómo pude sucumbir con alguien con quien tenía tan poco en común. Quim no nos pilló por un minuto, quizás por menos, de la misma manera que corríamos un riesgo innecesario cada vez que Iván me llamaba alterado. Menos mal que mi marido nunca se entera de nada.

Quim seguía lleno de orgullo, con el pecho más hinchado que una paloma por haberme dejado, como decía él, en estado de buena esperanza. Se pasaba día y noche hablando de lo mismo, presumiendo de su proeza. No eran pocas las veces en que me sentía tentada a decirle que la niña no era suya, pero entonces perdería todo por lo que llevaba años aguantándolo.

- Reconócelo, Juliana, soy un máquina.

- Te comportas como si fueras el primer hombre que embaraza a una mujer.

- No son tantos los que lo han conseguido usando preservativo.

- De toda la vida los condones han fallado.

- Lo destrocé con mi potencia, no hay otra explicación.

- No sé si prefiero esta versión tuya de chulito o al soso de siempre.

- Del antiguo Quim olvídate, soy uno nuevo para mis chicas.

- Pues eso incluye volver a hacer la compra como la semana pasada.

- ¿Y por la tarde qué?

- ¿A qué te refieres? Yo no estoy ahora para follar.

- Quiero decir que tenemos que seguir dando la noticia.

- Si no hay más remedio...

En ningún momento tuve la intención de hacer de mi embarazo un evento, pero mucho menos después de ver cómo había reaccionado Iván, aunque tenía motivos para hacerlo. Por lo general, la llegada de un nuevo miembro a la familia suele ser motivo de alegría, el problema era que yo había metido la pata... en más de una ocasión.

Unos días antes había visitado a mis padres, quizás los únicos que podían reaccionar únicamente con alegría. Llevaban mucho tiempo deseando ser abuelos, y sabían que ese embarazo me aseguraba el futuro económico, algo que nunca está de más. Les hice prometer que no se lo contarían a nadie, me correspondía a mí dar ese disgusto.

O en todo caso a Quim, aunque solo fuera para no darle motivos para la sospecha. Se mostró muy orgulloso cuando se lo dijimos a su hermano, pero sabía que no era a quien más le hacía ilusión contárselo. Estaba a punto de ponerme en otro compromiso, aunque, en realidad, casi todo lo que teníamos por delante lo era.

- El siguiente tiene que ser Ramón.

- ¿Por qué?

- Porque lo veo todos los días y cada vez me cuesta más callármelo.

- Pues díselo, me da igual.

- No, quiero que lo hagamos bien.

- ¿También los vamos a tener que invitar a cenar?

- Bruna dijo que nos debían una cena.

- ¿Y qué?

- Le pregunto si puede ser mañana y aprovechamos para dar la noticia.

- Tiene que salir de ellos.

- No hace falta, sabes que la confianza que tengo con él es máxima.

- Pero puede que tengan otros planes.

- Fijo que los cancelan, mi colega nunca me fallaría.

Ramón era el socio y mejor amigo de mi marido desde que no eran más que unos críos, aunque lo consideraba un hermano, casi más que a Iván. De hecho, me extrañaba muchísimo que Quim hubiese conseguido aguantar cuatro meses sin darle la noticia, sobre todo teniendo en cuenta que él era el padrino de su hijo.

Era un buen hombre, eso lo debía reconocer, pero Bruna, su mujer... con ella las cosas no eran tan sencillas. El motivo de la tensión que a veces parecía existir entre nosotras era que yo conocí antes a Ramón. Habían pasado bastantes años y seguía sin creerse que entre su marido y yo no pasó nada antes de que empezaran a salir.

Por una vez en la vida, estaba diciendo la verdad. Era cierto que Ramón me gustaba, y que por entonces ya empezaba a ganar bastante dinero, algo fundamental para mí, pero enseguida me presentó a su mejor amigo, es decir, a Quim, y me decanté por la opción más sencilla. Aunque no quede bonito decirlo, así era yo.

Me ponía más Ramón, tenía más genio y era más varonil, pero precisamente por eso lo descarté, necesitaba a mi lado un hombre más manso. Viendo que Bruna tenía que trabajar para ganar su propio dinero y que en ocasiones discutían por el fuerte carácter de los dos, no me arrepentía de la decisión que había tomado.

- Ya he hablado con Ramón, nos esperan mañana a las nueve.

- ¿Qué excusa le has puesto?

- Ninguna, puedo ir a verle cuando quiera.

- Seguro que en este mismo instante están discutiendo.

- Siempre pensando mal de Bruna.

- Al contrario, es ella la que piensa mal de mí.

- Dudo que siga pensando que tuvisteis algo, ya es más una broma.

- Pues las miradas que me echa no son de estar bromeando.

- Desde que tuvieron al niño está mucho más serena.

- ¿Tú nunca has creído que Ramón y yo nos liamos antes de conocerte?

- Sois las personas en las que más confío, y los dos lo habéis negado.

- Eres mucho más inteligente que ella.

- Además, ni siquiera nos conocíamos, si hubiese sucedido no pasaría nada.

- Porque al final me quedé contigo, ¿no?

- Él es un fenómeno, pero yo era la elección obvia, nena.

- Igualmente, en aquella época no llegó a suceder nada.

- Te creo, mi amor.

- Buenas noches, Quim.

- Descansa, cielo.

1 de febrero de 2025

Me quedé dormida pensando en que ojalá se cancelara el plan del sábado noche y el sábado me desperté pensando exactamente lo mismo. Nunca me habían gustado esas cenas de parejitas, pero mucho menos desde que Ramón y Bruna tuvieron al niño y no hablaban de otra cosa. Me costaba imaginarme a mí misma como ese tipo de madre.

Sin embargo, a Quim le pegaba totalmente ser igual que su amigo. Como ya ocurriera la semana anterior, desde primera hora de la mañana volvió a la carga con todo lo que nos faltaba para estar preparados de cara a la llegada de la bebé, incluida la elección del nombre. Ya no sabía cómo decirle que todavía quedaban cinco meses.

A base de insistirle, logré que fuera a hacer la compra. No necesitaba nada en concreto, al fin y al cabo, a lo largo de la semana tenía poco más que hacer que pasearme por el supermercado y darme algún que otro capricho, pero quería quitármelo de encima durante un rato. Cuando volviera, lo pondría a limpiar la casa.

Mientras tanto, seguí estirada en la cama, anticipándome y buscando soluciones a todos los problemas que se pudieran plantear esa noche en la cena. Esperaba que fuese una velada tranquila, pero la experiencia me decía que todo era siempre susceptible de torcerse. Lo más importante era evitar a Bruna, no darle motivo para más sospechas.

De pequeña no era la típica niña que jugaba con muñecas y fantaseaba con ser madre, pero sí esperaba que, si llegaba el momento, fuese especial. Eso no se estaba cumpliendo, porque me pasaba más tiempo pensando en los inconvenientes que en las virtudes de la maternidad. En gran parte por culpa de Quim.

- Cariño, ¿te has levantado?

- De la cama al sofá, la mayor aventura que me espera en adelante.

- Te imagino ahí mismo sentada, dándole el pecho a nuestra niña.

- Espera, ¿quién ha dicho que le vaya a dar teta?

- ¿A ella tampoco?

- ¿Qué quieres decir?

- Era una broma.

- Con este tema no se bromea, le daré el biberón.

- Pero dicen que...

- Que la mayoría de matrimonios fracasan, ¿ibas a decir eso?

- No.

- Pues entonces es mejor que no digas nada.

- Lo pillo... vosotras parís, vosotras decidís.

- ¿Has comprado algo para llevar a la cena?

- ¿Como qué?

- Unos dulces o un buen vino.

- Ni se me ha pasado por la cabeza.

- No se puede ir a casa ajena con las manos vacías.

- Siempre lo hacemos.

- Nos hemos invitado con todo el morro, ve a buscar algo.

- Está bien, pero que conste que no lo veo necesario, hay confianza.

Yo tampoco lo veía necesario, pero todo lo que fuese deshacerme de él un buen rato era bienvenido. Cuando ya no pude mandarlo a más sitios, comimos y yo volví a mi hábitat natural: la cama. Me quedé allí hasta que no tuve más remedio que levantarme y empezar a arreglarme para la maldita cena. Esperaba que al menos me pusieran algo bueno de cenar, cosa que, conociendo a Bruna, lo veía complicado.

Estaba en ese momento en el que la barriga empezaba a hacer acto de presencia y mi cabeza me sugería que toda la ropa me quedaba mal. Nunca fui la más rápida escogiendo qué ponerme, pero esa noche batí todos los récords. Aunque llegamos a la cena casi a las diez, los anfitriones no se atrevieron a decir nada, quizás sospechaban que algo estaba ocurriendo.

A nuestra llegada, todo fueron buenas caras y sonrisas falsas, o al menos fue lo que a mí me pareció porque era lo que yo estaba haciendo. Encontré a Bruna un tanto desmejorada, y eso siempre era motivo para animarme un poco. Como era de esperar, la cena no me gustó nada. No es que estuviera mala, es que temía que esa bazofia me hiciera abortar.

No era yo muy habilidosa a la hora de disimular cuando algo no me agradaba, pero el embarazo me hacía tolerar aún menos ciertos alimentos, y eso no pasó desapercibido. Se notaba que Bruna se estaba mosqueando, así que, para evitar posibles conflictos, Quim salió al paso y adelantó la bomba que estábamos reservando para el postre.

Una vez más, caras falsas por todas partes. Bruna había perdido la exclusividad de ser madre, que era lo único que le hacía sentir especial, porque no podía superarme en otra cosa. Ramón me felicitó con un entusiasmo fingido, a la espera de poder quedarse a solas conmigo. Momento que llegó cuando nuestras parejas fueron a la cocina a por los pasteles.

- ¿A qué esperabas para decírmelo?

- ¿Y por qué tendría que decirte yo a ti nada?

- Ya lo sabes.

- No te confundas, Ramón, esto no tiene que ver contigo.

- Pues yo diría que sí.

- ¿Vas a saberlo tú mejor que yo?

- Lo que hicimos...

- Cierra la boca.

- ¿Es de Iván?

- De ninguno de los dos.

Cuatro meses antes

A mi modo de ver, lo mejor que tenía mi marido era su adicción, por llamarlo de alguna manera, al trabajo. No porque eso nos diera más dinero, sino porque pasaba fuera de casa muchas más horas de las que le correspondían. A menudo le decía que se lo tomaba todo demasiado a pecho, porque era cierto, pero a mí ya me iba bien así.

Una de esas veces en las que Quim llevaba en la oficina tanto tiempo que empezaba a plantearme comenzar a cenar sin él, recibí una llamada suya. Me dijo que Ramón pasaría en cualquier momento por casa para recoger un pendrive que se había olvidado esa mañana. No era una tarea muy complicada, pero me molestaba que me tratara como a su sirvienta.

A pesar de tener un pasado en común cuanto menos curioso, se podía contar con los dedos de una mano las veces que Ramón y yo nos habíamos quedado a solas, aunque solo fuese unos minutos, en los últimos años. Aunque no me arrepintiera, para mí siempre sería una incógnita que hubiese pasado de haber apostado por él.

- Este es el pendrive, ¿no?

- Sí, gracias Juliana. ¿Está en la ducha?

- ¿Quién?

- Jolín, chica, ¿quién va a ser?

- ¿Quim? Sigue en la oficina.

- Pero si son casi las mueve.

- Ya, la hora a la que llega casi todos los días.

- ¿En serio? Pensé que eso ya había quedado atrás.

- Ya veo que no te enteras de lo que pasa en tu propia empresa.

Casi sin darme cuenta, Ramón se coló en casa, se abrió paso hasta el salón y se sentó en el sofá. Parecía que buscaba que yo le diese una explicación, o una excusa, a por qué no sabía lo que pasaba en su negocio. No es que me incomodara su presencia, pero no eran horas para meterse en una casa que no es la tuya en busca de conversación.

Podía simular ser una mujer sociable, hasta que me tocaban ciertos temas. No sé si tuvo un repentino ataque de nostalgia o simplemente quería aprovechar la situación para hablar de algo que no habíamos vuelto a tocar en años, por motivos evidentes. Descubrí que para mí también había bastantes asuntos sin resolver.

- Si me hubieras elegido a mí no tendrías un marido tan ausente.

- Pues por eso no lo hice.

- Sigues prefiriendo que te dejen a tu aire, ¿no?

- Me gusta tener mi espacio.

- ¿Y no te aburres?

- No.

- Adoro a Quim, pero no es precisamente un aventurero.

- Ramón, ¿qué me estás queriendo decir?

- Nada.

- ¿Todavía sigues pensando en lo que no pudo ser y no fue?

- Querrás decir en lo que pudo ser.

- He dicho justo lo que quería decir.

- Estuvimos a punto de liarnos.

- Puede, pero no hubiera pasado de ahí.

- ¿Por qué no? Soy buen tío y también tengo pasta.

- ¿Crees que solo busco dinero?

- Bueno, no quería decir que...

- Tranquilo, es evidente que le doy mucha importancia.

- ¿Entonces?

- Tú no eres tan manejable.

- ¿Solo por eso nos quedamos con las ganas?

- Estás casado y eres padre, olvídalo ya.

- Juliana, nos debemos una noche.

- Yo no debo nada a nadie.

- Atrévete a repetirlo mirándome a los ojos.

- Ya tienes el pendrive, vete.

- No puedo, tengo la sensación de que es ahora o nunca.

Conocía a Ramón desde hacía más de diez años, pero nunca, ni siquiera en la época en la que estuvimos a punto de tener algo, lo había visto de esa manera. Me miraba de una forma distinta, no parecía él. Estaba ansioso por cobrarse eso que se suponía que teníamos pendiente y yo empezaba a contagiarme de esas ganas. Quizás era cierto que mi vida estaba totalmente desprovista de emociones.

No sabía en qué momento iba a volver Quim, aún podía tardar una hora o solo cinco minutos, pero notaba por dentro un calor que no sentía desde muy joven, cuando el sexo realmente tenía un significado para mí. Ramón lo sabía, me lo notaba, y no iba a tardar en atacar, en darme el beso que tantas veces estuvimos a punto de darnos y que todavía me preguntaba cómo sería.

Superó todas mis expectativas. Puede que tuviera un talento extraordinario besando, o simplemente me tenía muchas ganas, pero fue realmente impresionante. Sus labios estaban llenos de pasión y sabía dónde colocar las manos en cada momento, cómo acariciarme, tocarme y hacer que me fuese calentando.

Me repetía todo el rato a mí misma que aquello no eran cuernos, que solo era una deuda pendiente. Nunca me moví por sexo, no era lo que más me interesaba, pero aquello resultaba muy emocionante, y no podía negar que hacer cornuda a Bruna tenía un morbo extra. Me quité la camiseta para él, no llevaba nada debajo. Iba a por todas.

Sin pensárselo dos veces, Ramón se abalanzó a por mis tetas. Mientras lo tenía besándome los pechos, lamiéndome los pezones, encontré la forma de quitarme de encima la culpabilidad. Quim se pasaba el día trabajando, me tenía desatendida, era normal que buscase en otro hombre la emoción que él no le daba a mi vida. En realidad, estaba tan poco justificado como lo de tirarme a mi cuñado.

Con excusa válida o si ella, llegamos a calentarnos tanto que le dije a Ramón que pasáramos a mi habitación. A partir de ahí ya no había vuelta atrás, pero si llegaba mi marido al menos tendríamos un pequeño margen para que él se pudiera ocultar. Me levantó por los aires, y sin dejar de comerme las tetas me llevo a mi cuarto.

Ya que iba a profanar nuestra cama, el lugar más sagrado de un matrimonio, tenía que ser por todo lo alto. En el grupo de amigos que teníamos de jóvenes siempre se había dicho que Ramón tenía un pollón, y necesitaba comprobarlo. Con una furia desconocida en mí, fue directa a bajarle los pantalones y se la liberé. Los rumores eran ciertos.

Pocas mamadas había hecho en mi vida, pero esa verga tenía que metérmela en la boca. Comencé a chupársela, al menos la parte que me cabía, y Ramón me agarró por el pelo. Hacerlo en plan duro, todo lo contrario que sucedía con Quim, era lo único que podía justificar que le fuera infiel, necesitaba probar cosas nuevas.

Tras un buen rato comiéndosela, recorriendo esa majestuosa estaca con mi lengua y logrando tragar cada vez más, le propuse a Ramón pasar definitivamente a mayores. En un abrir y cerrar de ojos, lo tenía arrancándome lo que me quedaba de ropa. De un empujón hizo que me quedara estirada en la cama y se disponía a abrirme las piernas, pero yo tenía otra idea.

- Fóllame a cuatro patas.

- ¿Estás segura?

- Para hacerlo como siempre me quedo con mi marido.

- ¿Quieres que te dé duro?

- Sí, pero no te pases, que la herramienta esa que manejas es enorme.

- Por eso tengo a Bruna siempre tan contenta.

- Pero si está amargada.

- Solo contigo, porque te odia.

- Ya hablaremos de eso en otro momento, métemela de una vez.

Lo primero que sentí al colocarme a cuatro patas fue cómo me azotaba con su enorme rabo en el culo. No me iban ese tipo de cosas, pero aquel día todo era distinto, hizo que me pusiera aún más cachonda. Seguía pensando que aquello no era propio de mí, pero ya era la segunda vez que sucumbía a la tentación en una semana.

Cuando la polla de Ramón comenzó a abrirse paso por mi vagina, clavé las diez uñas en el edredón, temiendo que me reventara por dentro. Contra todo pronóstico, de la metió hasta el fondo, con más delicadeza de la esperada. Eso sí, una vez que mi agujero se acostumbró a tenerla incrustada, comenzó a bombear con fuerza.

Entre azotes y tirones de pelo, el mejor amigo de mi marido me folló sin miramientos. Aquello no encajaba con la imagen que siempre había tenido de Ramón, pero estaba claro que todos nos transformamos en la cama. Me tenía babeando y fluyendo como nunca, gimiendo y sollozando como una perra en celo.

Empezaba a plantearme que había desperdiciado muchos años de mi vida, que el sexo sí que estaba hecho para mí y que me gustaba que me diesen bien duro. Probablemente lo negaría todo al acabar, pero en ese momento lo estaba disfrutando. Ni siquiera me paré a pensar en que Quim podía aparecer en cualquier instante, de hecho, lo hizo mucho antes de lo que esperaba.

Mi orgasmo no se hizo esperar, cosa lógica, teniendo en cuenta el nivel de excitación al que me llevó. Eso hizo que Ramón aumentara aún más el ritmo, que empezara a llamarme zorra y otro tipo de cosas que solo hubiese permitido en una situación así. Todavía temblaba cuando me avisó de que se iba a correr y le supliqué que no lo hiciera dentro.

En el último momento me la sacó para regarme de cabeza a culo con su semen. Seguía tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir cuando mi marido anunció su llegada con un portazo. A toda prisa me puse la bata de estar por casa y salí al encuentro de Quim, dispuesta a ponerle todas las excusas necesarias para justificar mi lamentable imagen y que Ramón siguiera allí.

- Qué pinta más horrible tienes.

- Gracias, yo también me alegro de verte.

- No lo digo por ofender, es que siempre vas perfecta.

- Ya sabes lo mal que me sienta recibir visitas.

- ¿Lo dices por Ramón? No creo que haya estado aquí más de un par de minutos.

- Sigue en casa.

- ¿Y eso?

- Se encontraba mal, lleva casi una hora metido en el lavabo.

- ¿Qué estabas haciendo tú?

- Como no salía me estaba dando una ducha en el otro cuarto de baño.

- Por eso tienes champú en el pelo.

- He salido para contarte la situación, porque empiezo a estar preocupada.

- Voy a ver si está bien.

- Me vuelvo a la ducha.

Al momento apareció Ramón, que por suerte había estado escuchando nuestra conversación y dijo encontrarse mucho mejor. Cualquiera hubiese sospechado, y más contando con esos antecedentes, sin embargo, Quim lo vio todo normal. Como suponía, ya estaba arrepentida de haberle engañado, aunque únicamente por el estrés que me suponía mentir. Esa noche me juré que no volvería a hacerlo... pero no lo cumplí.

Continuará...