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Dominaciónene 2025

Me usa cómo, cuándo y dónde quiere. Ruth. (6)

No es solo sexo, es rendición total. Cuando la puerta se abre y la oscuridad la envuelve, sabe que esta noche no será suya, sino de todos los que deseen tocarla. ¿Podrá soportar la vergüenza sabiendo que, al final, solo le importa complacerlo a él?

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(Muy recomendable leer las otras partes antes)

Mi vida cambió mucho desde que acepté sus nuevas condiciones. Mucho.

Quizás lo único que no había cambiado demasiado era mi vida laboral. Si, me habían ascendido y me iba muy bien, pero eso era lo mínimo. Quizás el mayor cambio era que ahora no hacía horas extras de esas no pagadas. Respetaba mi horario y estaba en casa pronto. Disponible.

Llegar a mi casa tenía un ritual que cumplía a rajatabla. Nada más entrar, me desnudaba completamente, me ponía un plug y mandaba un mensaje a mi Amo de que sus tres agujeros ya estaban en casa. Lo hacía siempre delante de una de las cámaras, por si quería mirar. La siguiente tarea que tenía era tumbarme en el suelo y masturbarme durante 5 minutos, me apeteciera o no, pero sin posibilidad de correrme. Muchos días no me apetecía, pero ya no pensaba, actuaba como una autómata.

A partir de ahí, tenía cierta libertad. Siempre atenta al móvil (ahora llevaba un reloj inteligente para no perderme ningún mensaje), podía dedicarme a mi casa o a cuidar mi cuerpo, ahora que era mucho más consciente de él. Seguía yendo al gym por las mañanas y me mantenía en forma, estaba a gusto conmigo misma pero además, él me había hecho algunos cambios, “mejoras”, los llamaba: lo primero que hizo fue anillarme los pezones. Ahora lucían unos hermosos anillos de acero, que habían aumentado dos veces desde que los puso. Empezaba a costarme disimularlos en el sujetador, pero era lo que él quería. En casa, colgaban libremente y me sentía orgullosa de ellos. No por mi, si no porque me hacían sentir entregada, necesitada, hasta los días que no me usaba.

El otro cambio que hizo a mi cuerpo fue un tatuaje de propiedad. Este era más reciente y acababa de curar: un sello en la parte superior de mi pubis, de unos 4 cm, que indicaba que era su propiedad. En realidad, ese tatuaje fue otro punto de inflexión, ya que no me ordenó, me lo propuso como “a mi me gustaría, pero puedes decir que no” y mi respuesta fue un “lo que tu quieras”, lo que me empujó un poco más en la espiral de sumisión en la que estaba y estoy y de la que no quiero buscar salida.

Aún tenía otros dos cambios previstos para mi cuerpo: uno, un código de barras en la nuca, que quedaría tapado por el pelo (nada de pelo recogido en el trabajo nunca más) y anillarme el clítoris. Pero eso último tenía dudas porque me impediría masturbarme y ser follada durante una temporada. A estas alturas, tenía claro que aceptaría lo que me propusiese sin poner la más mínima pega, había renunciado totalmente a mi capacidad de opinar. Y era feliz así.

Por las noches, antes de acostarme, tenía una “tabla de ejercicios de entrenamiento” que tenía que cumplir, siempre delante de la cámara del dormitorio. Nunca sabía si estaba mirando, pero me gustaba imaginarme que sí. Básicamente, se dividían en 3 tipos:

Oral: Tenía que entrenar mi garganta para hacer desaparecer del todo el reflejo en mi garganta cuando me la follase. En realidad ya casi había desaparecido, solo lo tenía con juguetes de más de 25 cm, pero seguía con esa orden. El dildo con el que estaba obligada a entrenar era de más de 30 cm y tenía que entrar y salir de mi garganta 30 veces seguidas. Si paraba, tocaba volver a empezar.

Vaginal: combinación de bolas chinas, ejercicios de suelo pélvico y dildo grueso para mejorar mi coño y que fuese más placentero para él. El más complicado era aguantar un dildo enorme con las piernas abiertas durante 3 minutos.

Anal: Aparte del plug, que me quitaba por las mañanas, tenía que practicar haciendo ejercicios para que mi esfinter no se relajase demasiado y siguiese siendo placentero para él.

La rutina diaria por su parte apenas había cambiado. La mayor diferencia era que me avisaba de que venía, si me avisaba, con apenas unos minutos. Cuando lo hacía, me tocaba esperarle siempre de la misma manera: manos esposadas y culo en pompa hacia la puerta.

Lo normal entre semana, lo habitual, lo de todos los días, era que llegase, me follase culo o boca (raramente el coño), se quedase a gusto y se fuese. Muchos días sin decir una sola palabra. Incluso un día se olvidó de soltarme las esposas y me tuve que quedar esposada 2 horas hasta que pudo volver.

Yo me quedaba usada, contenta de que hubiese disfrutado, caliente como una plancha y sabiendo que estaba solo para su placer.

Pero los fines de semana habían cambiado. Ya no eran las folladas rápidas o las sesiones más pausadas en las que solía dejarme correrme. No. Ahora podían ser variados.

Los tranquilos, en los que mi Amo básicamente se mudaba a mi casa y me tenía a su servicio de muchas formas diferentes: desde sirvienta persona, orinal, reposapiés, juguete o, simplemente decoración, atada y amordazada las horas que él quería.

Esos fines de semana me sentía a gusto, sabía que él estaba disfrutando de mi, estaba siéndole útil, me sentía deseada, casi hasta querida. No me trataba con cariño, al menos no de forma explícita, pero se notaba que cuidaba de mi. Quizás de forma egoísta, pensando solo en su beneficio, pero me valía.

Lo que menos me gustaba era cuando me dejaba atada, en el suelo normalmente, mientras él salía. A veces pasaban horas y cuando volvía, aparte de usarme como le diese la gana, solía usar mi boca para mear las cervezas que se había tomado. No es que me gustase, pero podía hacer lo que quisiera, yo ya había renunciado a opinar hacía meses.

El domingo por la noche, cuando se iba de mi casa y me dejaba, siempre desnuda, siempre en el suelo, siempre usada y vejada, me invadía una sensación de vacío que indicaba que no solo había aceptado esta relación, si no que era feliz en ella, que quería más. No me atrevía a pedirle nada, pero si me hubiese preguntado, habría aceptado encantada el convertirme en su propiedad 24/7. Pero sabía que él no quería eso y yo estaba solo para lo que él quisiese. Más de una vez, al irse, no me volvía a poner de pie, me sentía extraña desatada y pudiendo levantarme. La vida de persona normal no era la mía.

Otros fines de semana me sacaba de casa: eventos, fiestas privadas…

El primero al que me sacó fue muy especial. Un viernes, al llegar a casa, vino con una maleta de las grandes, tipo bolsa de viaje, pero con ruedas, vacía. Tras follarme (eso era casi religioso para él) me puso una capucha de cuero, con aperturas en los ojos y en la boca, que cerró con un candado y me metió en la maleta. Sobre la máscara, añadió una mordaza de bola. No sé cómo consiguió meterme en la maleta, pero entré.

No pensaba, no quería pensar o me iba a asustar. Solo me preocupé de estar en la postura menos incómoda posible. Me sentía como un objeto, una cosa… y me gustaba. Mucho.

Noté que me bajaba en el ascensor, me sacaba a la calle y, con dificultad, me metía en un vehículo. Ni idea de cual, estaba en sus manos. Oí cómo arrancaba y nos movíamos. Me cuidaba conduciendo suavemente.

Un rato después, aparcó y, al cabo de un rato, oí voces hablando. Era él y un par de hombres más, pero apenas entendía lo que decían. Eso sí, se notó que le ayudaron a bajarme y llevarme dentro de lo que supuse que era una casa, porque no hubo ascensor.

Me dejaron ahí, en la maleta, acalambrada, olvidada. Oía gente hablando a mi alrededor, ruidos de gente cenando. Ni idea de cuántos eran, pero había varios hombres y alguna mujer.

El dolor de la posición me provocaba lágrimas, pero no quería moverme ni hacer ruido, si él me quería así, así estaría, pero empezaba a pasarlo mal cuando hubo un tintineo de copas y una petición de silencio.

“¡Callaos, joder! Vale. A ver… como sois unos cabrones, y cabronas, he aceptado el reto de demostraros que tengo la esclava más entregada de todos.”

Ruido y abucheos. Yo, asustada.

“Si, si, ya sé que todos presumimos pero yo os lo voy a demostrar: en esa bolsa gris, esa grande, está la mía.”

Silencio. Ruido de sillas girándose. Sentir miradas desde dentro de la maleta.

“Voy a sacarla y vais a poder verla. Pero no solo eso: vais a poder usarla todo lo que queráis. Con dos límites: siempre con condón y nada de marcas que duren más que unos días. Dani, lo digo por tí, que te conozco”

Risas y quejas de ese Dani. Yo temblaba en la maleta.

“Ah, también sirve de orinal, esta noche la dejamos en el baño. Voy a sacarla”

Vitores, gritos. Paralizada.

Sentí la cremallera abrirse y la luz deslumbrame. Vi a mi Dueño sonreír y decirme en voz baja

“Cosa, esta noche vas a ser el divertimento de mis amigos. No necesito decirte que te portes bien, porque sé que lo vas a hacer. No voy a dejar que veas nada, pero ellos tampoco te van a reconocer. Estaré siempre cerca vigilando. Hazles disfrutar. “

Puso un antifaz sobre mis ojos y me quitó la mordaza. Me ayudó a ponerme de rodillas y a moverme así hasta salir de la maleta. Quedé de rodillas, desnuda, sin ver, delante de desconocidos que no hacían más que gritar obscenidades. Mi coño empezó a chorrear.

“Escuchadme todos, un momento, que se me ha olvidado una cosa: si os la queréis llevar a otra habitación, avisadme, pero nada más ¿Quién quiere ser el primero?”

Oí varios “Yo, yo, yo” y mi Dueño señaló a un tal Raúl. Segundos después, le sentí delante de mí, oí como se bajaba los pantalones y abrí la boca, esperando que la fuese usar. Estaba en su derecho.

Una polla mediana, dura, entró en mi boca. Hacía mucho tiempo que no probaba otra que no fuese la de mi dueño. No me dejó mamar, me agarró de la nuca y me folló la boca violentamente. Afortunadamente ya estaba entrenada para ello. Mientras tanto, oía vítores y gritos de esa panda de machos desatados. Ya me daba igual, solo me centraba en esa polla.

Cuando se corrió, no lo hizo en mi boca. Y se me hizo raro, muy raro, no tener el sabor de una corrida, saborearla y tragarla. No me gustó, lo echaba de menos.

A partir de ahí, fui pasando de mano en mano. No sé cuantos me follaron, pero si se centraron en mi boca y mi culo. Respetaron los límites e incluso tuve que lamer dos coños (hacía siglos que no lo hacía). No me desataron las manos y no me quitaron la capucha en ningún momento.

Eso sí, en dos momentos de la noche si pude disfrutar del sabor de la corrida de mi Dueño. Me supo a gloria.

Cuando llevaba un rato ya tirada en el suelo, sin que nadie me usase, cubierta de corridas, dolorida, agotada y a punto de caer rendida, mi Dueño me levantó y, tirando de los anillos de mis pezones me llevó, a ciegas, a lo que supuse que era el baño. Me quitó la capucha pero me volvió a poner el antifaz y me dejó dentro de la bañera. No dijo una sola palabra, no lo necesitaba. Era suya, podía hacer lo que quisiera.

La primera meada que recibí fue la suya. En la cara, en la boca, en el cuerpo, la usó para limpiarme de corridas. Al menos eso dijo.

Luego, vinieron unas cuantas más. No llevaba la cuenta.

No se que hora era cuando volvió mi Dueño, me desató, me quitó el antifaz y de dijo:

“Has estado espectacular, cosa, estoy muy orgulloso de ti”

Sonrisa de felicidad, orgullo.

“Voy a darte dos regalos: Uno, mastúrbate aquí, cómo estás ahora. Quiero verte correrte. Dos, te voy a dejar ducharte.”

Creo que tardé 10 segundos en alcanzar uno de los orgasmos más humillantes de mi vida. Cubierta de pis y de corridas me corrí mirando su sonrisa de orgulloso poseedor de la esclava más entregada (no hacía más que recordármelo todo el rato).

La ducha fue un placer. Cuando estuve limpia y seca, mi dueño volvió a ponerme la capucha, me ató las manos y me llevó a los pies de su cama, donde me iba a dejar dormir, arropada con una manta y con un cojín. Sus palabras de Dueño orgulloso me hacían estar en una nube, era, simplemente, feliz.

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