Las fotos 2
La llamada sonó con un tono que lo delató todo: deseo puro y sin filtros. Cuando Angie cruzó su puerta, sabía que esa noche no habría marcha atrás. Él tenía el control, y ella, por primera vez, no quería tenerlo.
La siguiente vez que hablamos, su voz al otro lado del teléfono tenía un tono distinto: suave pero provocadora, como si quisiera jugar conmigo. Me confesó que, después de lo que habíamos compartido, no podía dejar de pensar en mí. Sus palabras estaban llenas de insinuaciones, como si buscara provocar una respuesta en mí. No hizo falta más. Le propuse que nos viéramos esa misma noche, en mi piso. Aunque al principio jugó a hacerse de rogar, finalmente aceptó. Llegaría a las diez.
A las nueve y media, ya todo estaba preparado. Las luces bajas, música suave de fondo, una botella de vino esperando en la mesa... todo en su sitio. A las diez en punto, el timbre sonó. Abrí la puerta, y ahí estaba ella.
Angie llevaba un vestido rojo ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación, tacones altos que alargaban sus piernas, y un abrigo negro que apenas escondía su sensualidad. Su perfume, dulce y ardiente, llenó el aire, haciéndome querer devorarla al instante.
Sin decir palabra, la tomé de la mano y la atraje hacia mí, cerrando la puerta tras nosotros. Me acerqué a su oído y le susurré:
—Esta noche eres mía, y no voy a tener piedad.
Ella sonrió, mordiendo su labio inferior, y respondió:
Estoy aquí para lo que quieras.
La besé con fuerza, hambriento, mientras mis manos recorrían su espalda y bajaban hasta su cintura. Sentí cómo se pegaba más a mí, su respiración acelerándose al ritmo del deseo que nos consumía. Solté su abrigo, dejando que cayera al suelo, y busqué el cierre de su vestido. Angie se estremeció cuando lo deslicé lentamente, dejando al descubierto su piel suave, hasta que el vestido cayó al suelo, revelando una lencería de encaje negro que apenas cubría lo suficiente.
La llevé hasta el sofá, sentándola en el borde mientras me arrodillaba frente a ella. Mis labios comenzaron a besar sus piernas, desde sus rodillas hasta sus muslos, mientras mis manos apartaban suavemente su ropa interior. Podía sentir su calor, su deseo creciendo con cada caricia, con cada roce de mi lengua que se acercaba a su punto más sensible.
Eres deliciosa... —le dije mientras mis labios se apoderaban de su clítoris, y mi lengua comenzaba a dibujar círculos lentos y precisos. Ella arqueó la espalda y dejó escapar un gemido ahogado, sus manos se enredaron en mi cabello, empujándome más hacia ella.
—No pares... no pares... -susurró entre jadeos, su voz cargada de lujuria.
Seguí explorándola, mis manos sujetando firmemente sus caderas para que no escapara del placer que le estaba dando. Podía sentir cómo se acercaba al clímax, sus gemidos se hicieron más intensos, su respiración más rápida, hasta que finalmente su cuerpo se tensó, y se dejó llevar por una ola de placer que la hizo gritar mi nombre.
La cargué en mis brazos, llevándola al dormitorio. La dejé caer suavemente en la cama, y antes de que pudiera recuperarse del orgasmo, me coloqué sobre ella, sujetando sus muñecas por encima de su cabeza. Mis labios recorrieron su cuello, mordiendo y chupando suavemente, dejando pequeñas marcas como prueba de mi dominio.
Esta noche no vas a tener control de nada, ¿entendido? —le susurré al oído, mientras bajaba mi cuerpo contra el suyo, dejándole sentir mi erección dura contra su vientre.
Haz conmigo lo que quieras —respondió, mirándome con los ojos llenos de deseo y una sonrisa traviesa.
Le até las muñecas con un pañuelo de seda y comencé a recorrer su cuerpo con mis manos y mi boca. Cada beso, cada mordida, cada caricia estaba calculada para llevarla al límite del placer sin dejarla cruzar esa línea. Quería hacerla suplicar, perderse por completo en mí.
Me detuve frente a su pecho, besando y mordisqueando sus pezones que estaban duros como el cristal, mientras mis dedos bajaban lentamente entre sus piernas, jugando con su humedad. Angie gemía, moviendo las caderas para buscar más contacto, más fricción, pero yo me detenía cada vez que sentía que se acercaba al éxtasis.
—¿Quieres más? —le pregunté con voz grave, mirándola fijamente.
Por favor, no me hagas esperar más... imploró, su voz rota por la necesidad.
Sonreí y me deshice de mi ropa, dejando que sus ojos recorrieran cada centímetro de mi cuerpo. Me coloqué entre sus piernas, y con un movimiento lento, profundo, la penetré. Ambos gemimos al unísono, y comencé a moverme dentro de ella, despacio al principio, disfrutando de cada segundo, sintiendo cómo sus paredes me abrazaban.
Pronto, la lentitud se convirtió en una pasión desenfrenada. La habitación se llenó de nuestros gemidos, de la música de nuestros cuerpos chocando, de los susurros que se convertían en gritos de placer. Mis manos sujetaban sus caderas con fuerza, tirando de ella hacia mí con cada embestida, mientras su cuerpo se arqueaba y temblaba bajo el mío.
—Eres mía, solo mía —le dije, mientras sentía cómo ambos estábamos al borde del clímax.
Ella me respondió con un gemido desgarrador, su cuerpo se estremeció y se apretó aún más contra mí, llevándome al límite. Con un último movimiento, profundo y poderoso, me corrí dentro de ella, llenándola mientras mi cuerpo temblaba con la intensidad del orgasmo.
Nos quedamos abrazados, nuestras respiraciones entrecortadas llenando el silencio de la habitación.
Angie me miró, todavía con la mirada brillante, y dijo:
Me encanta lo ye me haces, me excita... Le sonreí, acariciando su rostro. Y le dije —Esto no ha hecho más que empezar, preciosa.
Nos besamos de nuevo, sabiendo que esa noche estaba lejos de terminar.
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