Más allá del límite 1/4
Le juró amor eterno, pero una sola frase lo destruyó todo. Ahora, con el peso de una traición no cometida, debe convencerlo de que su corazón solo tiene un dueño. Y para probarlo, está dispuesta a entregarle cada rincón de su cuerpo, incluso aquel que le reserva el mayor dolor.
Nota del autor.
Este relato, es una adaptación de un relato hablado que escuché hace un tiempo por YouTube y que me sorprendió. Lógicamente, aunque he seguido, más o menos, la trama del original, este tiene más historia, mucha más historia. Como siempre, en mis relatos hay un poco de todo, erotismo y amor, infidelidad, traición y sexo com maduros. Espero que os agrade.
Quiero ordenar cronológicamente mis ideas para que os hagáis una idea de los acontecimientos que ocurrieron en mi vida y en mi matrimonio, al tomar una de las peores decisiones de mi existencia. Mi nombre es Catalina, y en el momento de estar escribiendo esto, mi edad es de sesenta años. Me tendré que remontar a la época del instituto en mi último año de bachiller. En esa época y en mi clase vino un nuevo alumno, David, un chico alto, muy guapo y algo tímido.
Nuestra conexión fue inmediata, lo sentaron a mi izquierda, con lo que inmediatamente comenzamos a entablar conversación y a empezar a conocernos. A la semana ya era prácticamente oficial, Catalina, Cat, para mis amigos y familia, y David, estaban saliendo, eran novios.
Los primeros meses fueron un sueño. David me trataba como a una reina y yo cada vez estaba más enamorada de él y ocurrió lo inevitable, aparte de que ya lo habíamos hablado y quería que ocurriese, quería perder mi virginidad con el amor de mi vida. David ya no era virgen, había estado con dos chicas antes de estar conmigo, con lo que tenía más experiencia. No quise preguntar, era su pasado y ahora era nuestro presente, así que quedamos en su casa un día que su madre no estaría en todo el día.
Para ese día me preparé muy bien, me duché, me depilé y me hice la manicura. Estando desnuda, vi la pelambrera que tenía entre las piernas y no me pareció atrayente. Me acordé de una película francesa, que vi en casa de una amiga, en el que la protagonista salía completamente desnuda y sin pelo entre sus piernas.
Con algo de miedo y excitación, tomé las tijeras y empecé a cortar la pelambrera que tenía. Agarré los utensilios de afeitar de mi padre, me senté en el inodoro, me abrí de piernas, y con sumo cuidado y después de un buen rato, mi virginal coñito, parecía el de una niña, con ausencia total de vello. Estaba tan excitada, que no pude evitar hacerme un dedito, hasta que alcancé un suave orgasmo.
Cuando llegó el momento y David me desnudó, y vio mi cuerpo sin nada de ropa se quedó deslumbrado. Cuando acarició mi vulva, abrí mis piernas mientras me besaba dándome un gusto tremendo. Pero yo quería verlo desnudo a él. Le desnudé y quede maravillada del cuerpo que tenía, y de ese pene, que para mí, me pareció enorme ya que era la primera que veía y no tenía con que compararlo:
—Cariño, estoy maravillado, eres perfecta, ¿pero esto? —Dijo acariciándome entre las piernas.— Esta muy suave, pareces una niña pequeña, ¿seguro que tienes dieciocho años?— Preguntó David excitado.
—¿Te gusta mi amor? Me he preparado así para ti.
Quiero aclarar algo. Esto ocurrió a principios de los 80. En aquellos años, el sexo con la libertad que se conoce hoy en día no existía, todo era muy diferente. El sexo fuera del matrimonio existía como ha existido siempre pero más comedido. El afeitarse el coño era de putas, el sexo anal era una desviación moral, y la lencería, tangas mínimos, sujetadores sugerentes a juego, eran solo para mujeres sin moral y de conducta disoluta. Así que, en cierto modo me sentía como una heroína que rompía con esas estúpidas normas.
David me miraba ensimismado, acariciándome, metiendo sus dedos entre mis piernas y haciendo que sintiera un placer enorme. Con mucho cariño, me tumbó en la cama y abrió mis piernas metiendo su cabeza entre ellas. Por primera vez me estaban haciendo algo que solo había oído a algunas amigas, me estaban comiendo el coño y lo que sentí no es comparable con nada.
Alcancé dos orgasmos impresionantes, antes de que viese como David se colocaba un preservativo. El momento había llegado y muy nerviosa noté como mi amor introducía su pene dentro de mí. Mentiría si dijese que no me dolió, lloré de dolor y casi hago que se saliese de mi interior, mi sexo ardía como si tuviese introducido un hierro al rojo, pero la experiencia de David hizo que lo que en un principio fuese algo horrible y muy desagradable, se convirtiese en uno de los mayores placeres.
Ese día, nunca lo he podido olvidar. Quedó grabado en mi memoria para siempre. David me hizo el amor incontables veces y yo perdí la cuenta de los orgasmos que mi amor me regaló.
Lógicamente yo era una inexperta en todo lo relacionado con el sexo, pero con el paso de los meses, aprendí mucho de mi chico, hasta que me convertí en casi, una experta en sexo. David se volvía loco con mis mamadas, y aunque no era muy de mi agrado, me tragaba sus corridas, eso le volvía loco.
Era dichosa, todo esto me parecía como un increíble cuento de amor, de esos que al final terminan casándose y son felices por siempre. Pasamos un verano increíble, pensé que no se podía ser más feliz, con David tenía todo, todo lo que una chica podía desear, era como un sueño del que no quería despertar. Pero la vida te puede golpear de muchas maneras, y a mí me golpeó con crueldad.
Empezábamos nuestro último año, antes de ir a la universidad. Sabía que tendríamos que separarnos, yo quería hacer medicina y David, una ingeniería. Pero de buenas a primeras, David dejó de asistir a clase. Llamaba por teléfono a su casa, pero nadie respondía. No supe nada de él hasta pasados dos días, dos días de angustia, pensando en lo peor. Su padre, trabajador junto a su hermano, tío de David, en una plataforma petrolífera, en un desgraciado accidente, el padre de David falleció.
Cuando vino esa tarde a verme, venía a despedirse. Se iba junto a su tío a trabajar y a ocupar el puesto de su padre. Él tenía que aportar dinero a su casa y a su madre, si no, no podrían sobrevivir. Con un dolor horrible en mi corazón, nos besamos por última vez y le vi marchar hecha un mar de lágrimas. Antes de irse me lo dijo:
—Pienso volver a por ti mi amor. Espérame.
—Seré tuya por siempre. Te quiero mi amor.
Durante los tres meses siguientes, David me escribió casi a diario, contándome todo lo que hacía y lo duro que era ese trabajo. Poco a poco, vi que la longitud de sus cartas se iba reduciendo, para pasar a recibir sus cartas una vez a la semana, hasta terminar desapareciendo.
Me costó mucho entender que el amor de mi vida ya había dejado de quererme, me había olvidado, más aún, cuando una amiga me presentó a un hombre que también había trabajado en esa misma plataforma y le conté un poco por encima mi drama. Fue claro y directo conmigo:
—Mira Catalina, no me voy a andar con rodeos. Ese trabajo es muy duro y estresante. Estas a miles de kilómetros de tu hogar y a cientos de una ciudad, y de alguna manera te tienes que divertir. Todas las semanas la compañía, traía a la plataforma a prostitutas. Durante dos días follábamos con ellas, y eso hacía que olvidásemos por un momento todo. Tu chico quizás no te haya olvidado, pero ahora otra mujer ocupa su cabeza, te lo aseguro.
Eso de alguna manera me hizo abrir los ojos y entender que el camino de David se había separado del mío, y que no me podía quedar esperándole toda la vida, ya que no sabía nada de él y mucho menos cumplir su ruego de que le esperase. Ese año lo pasé muy mal, pero logré remontar. Iba a empezar la universidad y mi vida cambiaría, aunque ese último año que no pasé con David, quedó, de alguna manera, pendiente para mí.
**********
Aunque no pude cursar la carrera de medicina al no alcanzar la nota requerida, si pude cursar un grado superior de enfermería.
En nuestra clase había casi la mitad de chicos y chicas, con lo que los tonteos empezaron muy pronto y se hicieron grupitos de gente afín. Con el paso de las semanas, caí en la cuenta de que ya casi no pensaba en David, lo veía como alguien muy lejano y que fue muy importante en mi vida, pero ahora, tenía otras inquietudes y preferencias.
Quería pasármelo bien, sacar mis asignaturas y divertirme. No quería enamoramientos, y desde luego, no deseaba pasar de nuevo por la experiencia que pasé con David cuando se fue, el dolor de esa pérdida no lo olvidaría en mi vida.
Ocurrió en época de exámenes. Todos los que estaban en mi grupo de gente, nos juntábamos en la biblioteca a estudiar, ayudándonos unos a otros, resolviendo nuestras dudas. Pero había uno de los chicos, que por que mentir, me gustaba a rabiar, que tenía serias dudas con una asignatura que yo dominaba sin problema. Pensé que la biblioteca y con toda la gente no era el mejor sitio, aunque estudiábamos, había muchas distracciones. Así que le propuse que nos juntásemos en mi casa, para poder estudiar y que se concentrase.
Durante unos días, según salíamos de la facultad, nos íbamos a mi casa, comíamos algo rápido, y nos metíamos en mi habitación durante horas a estudiar. Al final me sentí orgullosa de ese chico y de mí, que con mis explicaciones, logró entender esa asignatura que se le atravesaba. Y me avergüenza reconocerlo, pero cada día que pasaba me sentía más atraída por él y más excitada. Desde la marcha de David, no había vuelto a estar con nadie y lo confieso, estaba más caliente que un horno de fundición.
El día antes del examen, nos fuimos a mi casa a repasar, pero en mi cabeza tenía las ideas muy claras, me lo iba a follar. Ese día cuando me levanté, elegí muy bien mi vestuario. En vez de ponerme pantalones, me puse una faldita unas braguitas muy pequeñas y prescindí de sujetador. El día anterior por la noche, me duché, y repasé muy bien mi depilación, y cuando fui a salir por la puerta me miré al espejo y vi como mis pezones se marcaban en mi blusa. Una cazadora vaquera sería quien me ayudase a pasar desapercibida.
Cuando llegué a clase y mi "alumno" me vio, pude apreciar su cara de admiración, me senté a su lado y me lo dijo al oído:
—Nunca te había visto con falda, siempre con pantalones, pero permíteme decirte que estas preciosa.
—Gracias cielo, me gusta que me lo digas.
Todo lo tenía estudiado. Cuando llegásemos a mi casa, estaríamos solos, mi madre se iría a hacer la compra cuando saliese de trabajar y no llegaría hasta la noche, por delante tendríamos cerca de tres horas.
Cuando llegamos a mi casa, fuimos a mi habitación como siempre. Yo me quité mi cazadora vaquera y mis pezones amenazaban con romper la tela de mi blusa. Ese chico me miró con deseo y tragó de forma ruidosa ante el espectáculo. Me senté y de manera provocativa, apoye mis tetas sobre el escritorio:
—Bien, estamos a veinticuatro horas del examen, ¿tienes alguna duda de última hora? —Pregunté.
—Bu…bueno, no, creo que tengo todo muy claro.—Dijo mirándome las tetas.
—¿Qué me miras tanto?
—Cat, tienes unas tetas preciosas, es imposible no mirarlas.
Me separé del escritorio, y me agarré mis tetas, mostrándoselas descaradamente. Me fijé en el tremendo bulto que había entre sus piernas. Mis braguitas empezaban a estar empapadas, quería una polla y ese chico me la iba a dar. Desabotoné mi blusa liberando mis tetas. Vi la mirada de deseo de ese chico, me arrodillé delante de él y se lo dije desabrochando sus pantalones:
—Déjame probarte.
Cuando tuve delante de mis ojos su miembro, si pude hacer comparaciones con David, y esa polla ganaba en tamaño y grosor. No me lo pensé y le hice una mamada egoísta, quería ese pollón solo para mí y quería que se corriese en mi boca. Me esmeré en mi felación, lo volví loco de placer y cuando se iba a correr, me avisó:
—Cat…Catiii…me voy a correr… —Dijo intentando separarme de él.
—Dámelo cariño, córrete en mi boca.
Cuando me volví a meter ese falo en mi boca, y según mi lengua acarició su glande, empezó a largar semen como un surtidor y reconozco que no me desagradó, tenía un sabor muy diferente a lo que recordaba. Cuando terminó su orgasmo, limpié muy bien su balano mirándole de forma lasciva:
—¿Te ha gustado cielo?
—Ufff…Cat, nunca me habían hecho una mamada así. Ahora me toca a mí, déjame desnudarte.
Tirando de mí, me puso en pie frente a él, entre sus piernas. Aprovechó para comerme las tetas y excitar mis pezones más de lo que estaban. Gemía de gusto, notando como sus manos se metían bajo mi falda y amasaban mi culo con gula. Desabrochó mi falda y me la quitó dejándome solo con mis braguitas que a estas alturas las tenía metidas entre mis nalgas a modo de tanga.
Me dio la vuelta, y saqué provocativamente mi culito hacia él. De inmediato sus manos se apoderaron de mis tetas, mientras lamía y besaba mis nalgas y yo movía mis caderas excitada. Agarró los laterales de mis braguitas y me las quitó, quedándome solo con mi blusa, me volvió a dar la vuelta y quede frente a él, abrí ligeramente mis piernas para que me viese bien:
—Joder Cati, que preciosidad, eres simplemente perfecta. —Dijo embobado ese chico, mirando mi coñito.— Ven, siéntate en el escritorio y abre tus piernas. —Me pidió.
Aparté todos los papeles e hice lo que me pidió. Abrí obscenamente mis piernas, apoyando mis talones encima del escritorio, mientras mi espalda descansaba sobre la librería. Ese chico me hizo una comida de coño impresionante que me hizo alcanzar un orgasmo devastador, entre gemidos y grititos de placer. Necesitaba sentirle dentro de mí, quería que me follase. Me bajé del escritorio y me senté a horcajadas encima de él. Notaba la dureza de su polla en mi vulva que no dejaba de manar fluidos. Le besé con gula, juntando nuestras lenguas, mientras mis caderas se mecían sobre esa soberana verga lubricándola bien para que me follase. Agarré su balano y lo dejé a la entrada de mi vagina:
—Cat…espera…espera, no tengo condones.
—Ni falta que hacen cielo, —dije dejándome caer y empalándome hasta los huevos,— hace dos días que he terminado mi periodo.
Empezamos a follar como animales. Ese chico me tenía agarrada por mi culo, ayudándome a subir y bajar por su balano, mientras me comía las tetas. Al haberse corrido hacia poco, aguantaba como un campeón y yo notaba mi orgasmo crecer dentro de mi:
—Cariñoooo…me encanta como me follaaaas…ahhhhhh…jodeeeer…
Alcancé un orgasmo bestial y ese chico parecía que no tenía fin. Corriéndome como una puta, ese chico no dejó de follarme y al poco alcancé otro orgasmo más intenso si cabe que el anterior. Cansada le dije que fuésemos a mi cama, me puse en cuatro, y ese empotrador me folló a placer. Noté como acariciaba mi esfínter, como lo estimulaba, para a continuación meterme un dedo en mi anito:
—¡¡AHHHH!! Por Dioooos…no hagas esooooo…
—Disfrútalo cariño, verás como te gusta.
Ese cabrón sabía lo que hacía. Aunque al principio fue algo molesto, al poco me dio un placer que no esperaba y me gustó, me encantó lo que me hizo.
Después de otro orgasmo por mi parte, que me dejó agotada, mi amante dio muestras que se iba a correr. No le dije nada, esperaba que se corriese en mi interior como muchas veces lo hizo David. Esa sensación de notar, como tu útero se va llenando de semen con las pulsaciones de su polla es única, pero ese chico me sorprendió aún más. A punto de correrse, la sacó de mi coñito y la apuntó a mi culo e hizo algo de presión, pero sin llegar a sodomizarme. Noté como su corrida llenaba mis intestinos y esa sensación hizo que me corriese de nuevo y no lo niego, me fascinó.
Cuando terminamos, miré la hora y me asusté. Mi madre estaba a punto de llegar. A la carrera nos vestimos, abrí la ventana de mi cuarto ya que olía a sexo y encendí una varilla de incienso. Ordenamos los papeles y nos sentamos frente al escritorio como chicos buenos. A los diez minutos, entraba mi madre a saludarnos, sin percatarse de lo que su niña había hecho hace unos momentos con ese semental.
Lo había pasado genial, ese chico era todo un descubrimiento, pero no quería rollos ni enamoramientos. Quería disfrutar, así que antes de que se fuese hablé seriamente con él.
—A ver, hay ciertas consideraciones que debes de tener en cuenta. Solo somos amigos, no hay ni enamoramientos ni noviazgos. Ni se te ocurra hablar de esto con tus amigos, familia y conocidos, si lo haces, te juro que te hundo en la miseria, y sabes que me enteraré, no juegues con eso. Esto es una amistad abierta, tú puedes follar con otras y yo con otros, sin celos ni malos rollos. Si cumples con esto, follaremos más veces, te lo aseguro y te pondré en bandeja a otras tías.
—¿Y si me he enamorado de ti?
—¿En serio? ¿Te has enamorado de mí?
—Si, desde el día que te vi por primera vez.
—Me halagas, pero lo siento, paso de rollitos de novios, lo que quiero es divertirme, además, follas bien, pero no eres mi tipo. —Dije de forma fría y cruel.
—Bien, pues entonces está todo dicho. Solo quiero agradecerte lo que has hecho por mí, nunca lo olvidaré. —Dijo levantándose para irse.
—Espera que te acompaño.
—Mejor que no. Se donde está la puerta de salida.—Respondió con frialdad.
Me molestó mucho que no lo entendiese, así que, le dejé ir. Si estaba molesto conmigo, ya se le pasaría y cuando pasase un tiempo, me lo volvería a follar. Que ingenua que fui. Ese chico tenía principios y valores, estaba enamorado de mí y yo casi lo humillé. Dejó de venir con nuestro grupo, si como dije él podía follar con otras y yo con otros, creo que para él no sería agradable ver como la persona que ama se entrega a otro por puro placer.
Eso me entristeció. Como pasamos mucho tiempo juntos, la gente me preguntaba si había pasado algo entre nosotros. Yo sabía la contestación, pero mentía asegurando que no tenía ni idea. Se que aprobó la materia que estudió conmigo, pero ya solo lo veía en clase, quise hablar con él, pero educadamente me ignoraba, hasta que al cabo de los meses, le vi de la mano con una morena muy guapa, y si, lo confieso, me molestó bastante.
Los meses fueron pasando, al igual que los años y los cursos de esa carrera. Aunque pudiese parecer una cabeza loca y follarme todo lo que se movía, en los tres años que quedaban en esa facultad, solo follé con cuatro chicos más, y fueron con gente que estaba fuera de mi círculo de amistades. Aunque era una tontería, seguía haciendo comparaciones de tamaño, y debo de decir que hasta entonces, la polla que me llenó más y que era más grande, fue la del chaval al que ayudé a aprobar una asignatura en el primer curso.
Todo esto no quitaba, que de vez en cuando, mi mente volase a cuando tenía dieciocho años y estaba con David. Nunca lo había podido olvidar y una parte de mi corazoncito le seguía perteneciendo, era imposible olvidar lo feliz que fui con él. Cuando mi mente le recordaba, siempre me hacía las mismas preguntas. ¿Qué será de él? ¿Dónde andará? ¿Seguirá trabajando en esa plataforma petrolífera a la que fue? ¿Por qué nunca se puso en contacto conmigo después de dejar de escribirme? ¿Tendrá novia, o estará casado? Cuando todo esto ocurría, luego pasaba un par de días melancólica recordando lo vivido, e imaginando mi vida con él ese último año, antes de ir a la universidad, y me hacía ilusiones, de que quizás, algún día, apareciese de nuevo en mi vida.
Tenía que haber pasado página de eso hacía tiempo, ya habían transcurrido ¿cuánto? seis, siete años, tiempo más que suficiente para haberlo olvidado, pero fue mi primer hombre, y eso no se olvida.
Por fin terminé mi grado de enfermería con muy buenas notas, pero quería especializarme y mis padres con un gran esfuerzo económico por su parte, me pagaron un master en enfermería quirúrgica y anestesia en Navarra, y fue allí donde conocí al que sería mi marido.
Recuerdo que ese master duraba un año, pero un año muy intenso y exigente. No me podía permitir el lujo de desaprovecharlo, sería como tirar el dinero de mis padres, eso hizo que me autoimpusiera solo estudiar y nada de fiestas.
Pero pasados seis meses, sin salir a divertirme, solo estudiando, y obligándome a ser la mejor, pasaron factura y mi ánimo se rompió, necesitaba desconectar, necesitaba hacer algo diferente a estudiar, vaya, necesitaba que me echasen un buen polvo. Una amiga de clase me comentó que ese fin de semana se iba a celebrar una fiesta en un chalet de un amigo y estábamos invitadas. Le dije que salvo unos vaqueros, no tenía nada que ponerme, pero ella, animosa, me dijo que según saliésemos de clase nos íbamos de compras.
Esa tarde me compre un vestido de coctel a medio muslo, ajustado a mis curvas y unos zapatos de salón con taconazo, que realzaban mi culito y mis piernas. Cuando estuve arreglada y me vi puesto ese vestido, acicalada, bien peinada y maquillada, supe que muchos hombres me mirarían con deseo y rompería muchos cuellos, estaba de muerte, hasta mi amiga cuando me vio, se asombró y me lo dijo, rompiendo a reír las dos:
—Cati, no soy lesbiana, pero contigo hago una excepción.
Y no me equivoqué. Según llegamos a ese chalet, la fiesta ya estaba en su máximo apogeo. Alguien vino a saludarnos, alguien imagino conocido de mi amiga y propietario de ese chalet inmenso. Mi amiga me presentó, y ese chico, que no estaba nada mal, me repasó con una mirada de deseo:
—Estáis en vuestra casa. Encantado de conocerte Cat.
Según nos integramos en la fiesta, a mi amiga se la llevaron dos tíos, quedándome sola y desamparada, pero por poco tiempo. A los pocos segundos tres tíos, algo pasados de copas, me atosigaban, ofreciéndome de todo, bebida, cigarros, droga…follar. Como me dijeron entre risas, eran como el supermercado del placer.
Estaba tan agobiada y molesta que no sabía lo que hacer. Empezaba a notar manos en partes de mi cuerpo que no debería de sentir y me empecé a asustar. Busqué desesperadamente con la mirada a ver si localizaba a mi amiga para que viniese en mi ayuda, mientras una mano se metió bajo mi vestido y acarició mi coñito por encima de mi tanga. Iba a chillar muerta de miedo, cuando alguien, se metió por medio y me pasó su brazo por mis hombros:
—Cariño, no te encontraba…¿Te están molestando? ―Dijo ese chico.
—¡¡¡EHHH!!! ¿De qué coño vas tío? —Preguntó de malas maneras uno de ellos.
—¿De qué coño vais vosotros? Lleváis toda la noche molestando a las chicas y al final os van a acariciar la cara.
—¿Y quién nos la va a acariciar? ¿Tú? ―Dijo uno de ellos encarándose con mi salvador.
No me había fijado, pero mi salvador mediría entre metro ochenta y cinco, metro noventa, mientras el otro no llegaría a metro setenta. Las cosas se empezaban a poner feas y no dudé en intervenir. Saliendo de detrás de mi salvador, me puse delante de él y empinándome le di un pico en los labios que le dejó sorprendido.
―Cielo, déjalo, no merece la pena. Anda invítame a una copa. ―Dije volviendo a besarle.
Sin mirar atrás, agarré su mano y tirando de él, salimos de entre la multitud y nos dirigimos hacia una especie de barra donde servían bebidas. Cuando por fin llegamos y pude verle bien me quedé fascinada, embobada. Mi salvador era como un Dios griego. De tez morena, ojos claros, guapísimo, con una barbita muy arreglada, pelo castaño y perfectamente arreglado. Su vestimenta era sencilla, una camisa de manga larga y unos pantalones chinos que le quedaban perfectos, y no lo voy a negar, me excité.
―De verdad, muchísimas gracias por rescatarme de esos neandertales. Estaba muy asustada.
—Llevan toda la noche molestando a las chicas que ven solas. Te he visto muy apurada y bueno, espero que no te haya molestado ir en tu ayuda.
―Ni mucho menos, estoy en deuda contigo. Por cierto, me llamo Catalina, pero me gusta que me llamen Cati o Cat.
—Pues encantado de conocerte Cat, —dijo dándome dos besos,— mi nombre es Alexander, Alex, para abreviar.
—¡¡Alexander!! Tienes un nombre precioso. —(Como todo tú) pensé para mí.
A raíz de esto, pase una noche fantástica con Alex. Me enteré de que estaba cursando un master en ingeniería de peritaje. A su vez yo le comenté a lo que me dedicaba y que también estaba cursando un master. Nuestra conexión fue brutal. Creo que ninguno de los dos quería que terminara la noche. No me quería separar de él, me sentía a gusto, protegida, admirada…deseada. Me acompañó hasta el portal de mi apartamento, faltaba muy poco para que amaneciese. Con pesar abrí la puerta del portal y me quedé frente a el:
—Alex, ha sido la mejor noche que he pasado en mucho tiempo.
—Yo también lo he pasado muy bien contigo, me pareces una mujer bellísima y fascinante.
Sin pensarlo, me abracé a él y nuestros labios se juntaron. Nos besamos con cariño, jugando con nuestras lenguas que luchaban por conocerse. Fue un beso largo, tierno y lleno de cariño que me enamoró. Cuando dejamos de besarnos, y aun abrazados se lo pregunté:
—¿Volveré a verte?
—Mañana a las 13:00 horas te espero aquí mismo. Nos iremos a tomar el aperitivo y te invito a comer. ¿Te parece bien?
―Me parece genial. Hasta mañana Alex, que descanses.
Le di un piquito en los labios y me subí a mi apartamento. Me hubiese gustado decirle que subiese conmigo y llevarlo a mi cama, ese chico me gustaba un montón y no quería parecer desesperada y que pensase que era una cabeza loca. Cuando estuve en mi cama, pensando en él, casi oliendo su perfume en mí, me masturbé, metiendo dos dedos en mi coñito y acariciando mi clítoris, hasta que alcancé un orgasmo suave que me dejó satisfecha hasta que me dormí.
Pasé una buena noche, mi sueño fue profundo y soñé con Alex. Cuando me desperté noté mis braguitas húmedas. Tenía que haber sido un muy buen sueño, para estar así de excitada. Pero me di cuenta de que había mucha claridad en el apartamento. Alarmada miré la hora, eran las 13:07, di un grito y salté de la cama, yéndome hacia la ventana que daba a la calle. Cuando la abrí y miré hacia abajo, ahí estaba ese chico esperándome. Me sentí fatal, así que le llamé desde la ventana.
—Alex, Alex…
Ese chico empezó a mirar a todos los lados, buscándome y no encontrándome. Me eché a reír y se lo dije:
―Aquí arriba. —En ese momento, me localizó, saludándome con la mano.― Sube a mi casa, es el 3ºD le dije.
Inmediatamente sonó el telefonillo del portero automático y le abrí. Y al poco llamaba a mi puerta, le recibí con cara de sueño, el pijama puesto y los pelos revueltos, vaya, toda la belleza que tenía el día anterior se había ido al garete. Pero Alex, galante y encantador, según me tuvo enfrente, me besó y me miró con amor:
—Aún recién levantada eres una mujer bellísima.
Le miré embobada, olía de maravilla y mis fosas nasales se inundaron de su fragancia. Agarré su mano y mis ojos no se separaban de los suyos. Aunque mi deseo era follármelo, mantuve la cordura y se lo comenté.
—Cielo, perdóname pero me he dormido. Si me das unos minutos, me ducho y nos vamos.
—Tómate todo el tiempo del mundo, no tengas prisa.
Para que os hagáis una idea, mi apartamento era diáfano. Con una cocina americana, un saloncito pequeño y bien aprovechado y mi dormitorio con cama de matrimonio y baño, y separado por un biombo del salón y la cocina. Vaya, era lo que era, solo para una persona.
Dejé a Alex sentado en el salón, y yo me metí en la ducha. Cuando me miré al espejo completamente desnuda, supe que si Alex me viese así, perdería la cabeza. Lo tenía a pocos metros de mí, solo era ducharme, salir desnuda y llevármelo a la cama a cometer todo tipo de locuras sexuales. Pero algo dentro de mí, me decía que andáse con cuidado con él.
Cuando terminé de ducharme salí al salón solo cubierta con una toalla que tapaba más bien poco, y una toalla enrollada en mi cabeza. Le vi ojeando mis libros y apuntes y se lo pregunté:
—¿Te enteras de algo?
—De nada, pero me parece fascinante tu trabajo. Puede que algún día mi vida dependa de ti.
—Si eso ocurre, Dios no lo quiera, te trataré como a un rey. Ahora si me perdonas voy a secarme el pelo, Tardo poco, me visto y nos vamos.
—Emmm…¿me dejas secarte el pelo?
—¡¿Qué?! —Pregunté asombrada.
—Verás, en mi familia somos dos hermanos. Bueno hermano y hermana. Mi hermanita pequeña, tiene quince años una melena preciosa y siempre soy yo quien le seca el pelo y la peina, por eso te lo pregunto.
—Nunca…nunca me lo habían propuesto, pero adelante, demuéstrame lo que sabes hacer.
Con una habilidad que me dejó alucinada, ese chico me peinó como un peluquero profesional. Utilizando lo que tenía a su alcance me hizo un peinado increíble. Cuando terminó y me pude mirar al espejo me quedé sorprendida:
—Alex, no sé qué decirte, simplemente es espectacular. Eres una caja de sorpresas.
—Gracias por permitirme peinarte, ha sido un placer.
Al girarme para dejar la banqueta en su sitio, vi el tremendo bulto de su bragueta. Y no era para menos, durante todo el proceso de peinarme, le mostré el escotazo que esa toalla no lograba ocultar, casi segura de ello, también le mostré mis piernas, hasta casi llegar a mi pubis. Con cariño me incorporé, le di un piquito, y le dije que necesitaba vestirme. Él lo comprendió y me dejó sola más caliente que una estufa.
Al poco, salía vestida con unos pantalones vaqueros muy ajustados, una camiseta con un escote generoso y unas zapatillas de cuña que realzaban mi culito respingón. Alex me miró con deseo, yo le sonreí y nos fuimos de mi apartamento. Ese día lo pasé genial con él. Hubo muchas muestras de cariño. Íbamos agarrados de la mano por la calle, abrazos sin venir a cuento, besos robados, me sentía increíblemente bien con ese chico, no hacia ni veinticuatro horas que le conocía y ya sentía esas mariposas revoloteando por mi estómago, me estaba enamorando.
Por la noche, cuando fue a dejarme en mi casa, estuvimos charlando. Alex sacó un papel y apuntó algo. Cuando me lo dio, era un número de teléfono:
—Este es el número de teléfono del colegio mayor donde resido. En ese número me puedes localizar o dejar recado para que me lo hagan llegar.
—Yo lo siento, ―dije apenada,― no tengo teléfono, suelo llamar a mi casa desde la cabina de la esquina.
—Alex, debo de comentarte, que entre semana no nos podemos ver. Tengo mucho que estudiar y si nos vemos, vamos a perder horas de estudio y no me lo puedo permitir.
Debo aclarar, que los dos éramos de Madrid, pero estábamos cursando el master en Navarra. Yo tenía veintiséis años y Alex veintisiete. Por aquella época, la telefonía móvil, tal y como la conocemos en la actualidad, no existía, bueno, si existía, pero solo era de uso exclusivo de gente adinerada. Los terminales eran aparatosos, y las tarifas prohibitivas, al prácticamente, solo existir una operadora a nivel nacional que imponía unos precios elevadísimos por llamada.
Bien aclarado este punto, miré a Alex esperando una cara de decepción, o que me hiciese algún reproche, pero le vi resoplando, con una gran sonrisa en su rostro:
—Cat, me alegro de que me lo hayas comentado, porque me pasa lo mismo que a ti. Así que te propongo no vernos entre semana, y quedar el sábado por la mañana para pasar el fin de semana juntos, ¿te parece bien?
—Me parece genial.
―Pues entonces, si no me llamas antes, el sábado que viene a las once de la mañana estoy frente a tu portal esperándote.
—Ya estoy deseando que llegue el sábado que viene. —Dije besándolo con pasión.
Nos costó separarnos, no quería que se fuese, deseaba que me abrazase y me hiciese suya, pero esto no era un polvo de una noche, con este chico quería algo más. Alex era un hombre bello, resolutivo, seguro de sí mismo, tímido, pero sin dejarse avasallar. Todavía me quedaba mucho por conocer de esa persona, pero lo poquísimo que había vivido con él me había seducido.
No voy a negar que no pasé una buena semana. Alex ocupaba mi cabeza y no me dejaba concentrarme en lo que hacía. Fue un suplicio que deseaba que terminase. Quería que llegase el sábado, quería ver a mi amor, abrazarle besarle y hacerle mío. Me había enamorado de él como nunca me había pasado, ni siquiera con David. Eso fue premonitorio.
Por fin llegó el sábado, a las ocho de la mañana estaba con los ojos abiertos pensando que dentro de tres horas vería a mi amor. Me duché, me depilé bien, me perfumé y me vestí de manera muy sugerente para Alex. No niego que quería excitarle, así que llevaba una minifalda por encima de medio muslo, un top de manga larga bastante escotado dejando a la vista bastante teta y una cazadora liviana por si refrescaba mucho.
A las once de la mañana, puntual como un reloj suizo, Alex estaba esperándome en la otra acera frente a mi portal. Bajé corriendo, crucé la calle y colgándome de su cuello, le besé profundamente intentando fundirme con él. Cuando terminamos el beso, me miró con infinito cariño, acarició mi cara y me lo dijo:
―Esta semana se me ha hecho eterna, estaba deseando verte y abrazarte.
—A mí me ha ocurrido lo mismo. No podía concentrarme, no salías de mi cabeza.
Nos volvimos a besar y abrazados empezamos a caminar. Estaba con mi amor y no me importaba a donde me llevase, estaba con él que era lo importante. Ese sábado, lo pasamos genial, me llevó a un montón de sitios, comimos en una pizzería y por la tarde paseamos un rato agarrados de la mano y contándonos cosas de nuestra vida. Nos metimos en un pub muy tranquilo y acogedor hasta que llegada la noche me dejó frente a mi portal:
—Me ha gustado mucho pasar el día contigo, eres una mujer increíble.
—A mí también me ha gustado, contigo me siento muy a gusto y quiero que seamos más que amigos.
—Te amo Cat.
—Yo también te amo mi amor…¿Quieres subir?
—Me gustaría, pero el lunes tengo un examen muy importante y debo de repasar, es de vital importancia que apruebe.
—¿Entonces…entonces mañana no nos vemos? ―Pregunté disgustada.
—Me apena decírtelo, pero va a ser muy difícil. Cariño, pienso compensártelo, el sábado que viene a la misma hora, ¿te hace?
—No es que me guste, pero no queda otra. Te veo el sábado que viene mi amor.
Nos despedimos con un largo beso y subí a mi apartamento muy disgustada, estábamos a mitad del curso y por delante quedaban seis meses todavía de duro trabajo. En mis planes no entraba enamorarme de alguien mientras estudiaba, solo abriría mi corazón cuando terminase y tuviese un trabajo. Pero los planes nunca salen como deseamos.
Esa semana interminable de nuevo para mi me dejó una noticia devastadora. A la siguiente semana, tendría dos pruebas, que serían determinantes, con lo que el fin de semana no podría verme con Alex al tener que estudiar.
El jueves, y con un nudo en la garganta, llamé al teléfono que me dio. A los pocos minutos escuché su voz varonil pronunciando mi nombre.
—Cat mi amor, que alegría que me llames, ¿ocurre algo?
—Mi vida, —dije con voz llorosa,— este fin de semana no nos podremos ver, la semana que viene tengo dos pruebas muy exigentes y debo de estudiar.
—Cat, tranquila. Se que estas disgustada, al igual que yo, pero hay que priorizar las cosas. Estoy contigo a muerte, te quiero, y quiero que te centres en esas pruebas, cuando todo esto pase, podremos estar juntos y tendremos todo el tiempo del mundo, tenlo por seguro.
—Alex no me olvides. —Dije asustada echándome a llorar.
—Tranquilízate mi amor, no puedo olvidarte, eres muy importante para mí.
Nos costó trabajo despedirnos, pero al final no hubo más remedio que terminar la llamada. Con pesar, subí a mi apartamento y lloré amargamente por no poder estar con el amor de mi vida. Ese fin de semana, me lo pasé estudiando sola en mi apartamento, y teniendo muy presente a Alex en mi cabeza.
Comenzó una semana más, una semana que sería muy dura para mí. Al hecho de no poder estar con Alex, se unía la exigencia de ese master. Tuve que hacer un esfuerzo muy grande para centrarme. A mitad de semana, estando muy agobiada, llamaron a mi casa. Cuando abrí la puerta, un repartidor de una floristería, me traía un inmenso ramo de rosas rojas. Pensé que se había equivocado, pero cuando dijo mi nombre, casi me echo a llorar. Dentro del ramo una nota de Alex para mí:
«Ni todas estas rosas, pueden eclipsar tu belleza. Estoy deseando verte. Con amor, Alex.»
¿Cursi? Posiblemente, pero a mí me alegró el día y me hizo llorar de felicidad. Estaba deseando que llegase el fin de semana para ver a Alex, pero nuestros compromisos con los estudios nos lo estaban poniendo difícil. Tuvieron que pasar tres semanas desde la última vez que nos vimos, para quedar de nuevo y esta vez iba a ser diferente.
Vamos a ver, Alex vivía en un colegio mayor y compartía habitación con tres tíos más, con lo que no teníamos intimidad. Pero yo gracias a los contactos de mis padres, había conseguido un apartamento para mi solita. Entonces, ¿qué me impedía invitar a comer a mi casa a Alex y follármelo? Lo estaba deseando, soñaba con ello. Además, en alguna ocasión que nos abrazamos, sentí algo muy duro que presionaba mi pubis y por el tamaño de su bulto, pequeña no era, estaba deseando conocerla.
Así pues, ese sábado a las once, después de tres semanas de sufrimiento, y habiendo logrado los objetivos de aprobar mis exámenes, cuando vi a Alex en la calle esperándome, abrí la ventana y le dije que subiera a mi casa.
Ese día me había preparado bien para él. Me había duchado, depilado, y perfumado. Mi atuendo era muy sexy. Unas braguitas muy pequeñas, un pantalón corto muy ajustado a mi anatomía y realzando mi culito y tapando mis tetas una chaquetita corta de manga larga que dejaba mi tripita al aire, abrochada solo con dos únicos botones y sin sujetador.
Cuando me miré al espejo, supe que Alex no se podría resistir. Junté mis piernas y vi el huequito tan seductor que formaba mi coñito y mis muslos, Tiré algo más de mi pantalón, y la costura se metió entre los labios de mi vulva. Me volví a mirar y vi como mis pezones se marcaban sobre esa prenda de manera escandalosa.
Cuando Alex llamó a mi puerta y abrí, su cara de deseo lo dijo todo. Tiré de él hacia el interior de mi casa y colgándome de su cuello, nos besamos como desesperados. En un primer momento, me abrazó con sus brazos mientras sus manos acariciaban desde mi cuello hasta la parte baja de la espalda. Pero me excité como una burra, cuando sus manos abarcaron mis nalgas manoseándolas con gula. Tiró de mi hacia arriba, y sin dejar de besarnos, rodeé con mis piernas su cintura, notando como sus dedos acariciaban mi coñito y mi anito.
—Ahhhh mi amor, como te he echado de menos. —Gemía en su oído.
—Yo también mi vida, estaba deseando verte, sentirte, acariciarte, besarte…
Estando, así, como me tenía, tiró un poco más de mí, y empezó a besarme el cuello y el pecho, yo le puse las cosas más fáciles y despasé los botones de esa chaquetita, dejando mis tetas al aire. Alex de manera cariñosa, lamió y chupó mis pezones dándome un placer increíble:
—Mi amoooor…que gustooooh…sigueeeeh…
Así como estábamos, me llevó hacia el sofá y me sentó encima de él, a horcajadas. Enseguida noté el tremendo bulto presionando sobre mi coñito y no quise perder más tiempo, yo empecé a desnudarle. Le quité su cazadora y el polo que llevaba puesto. Me puse en pie y tirando de él, desabroché sus pantalones y tiré de ellos hacia abajo junto con su slip, apareciendo ante mí, una de las pollas más grandes que había visto en mi vida junto a unos huevazos, acordes con su tamaño.
—¡¡¡POR DIOS ALEX, QUE ENORMIDAD!!! —Exclamé fascinada.
Me puse en pie y me quité mis pantalones, pero cuando iba a quitarme mis braguitas, Alex me lo impidió:
—No cariño, déjatelas puestas.
Extrañada obedecí su orden. Me dio la vuelta, tiró de los laterales de la braguita hacia arriba, haciendo que se metiese por la rajita del culo a modo de tanga y por delante se incrustó entre mis labios mayores proporcionándome placer. Encajó su pollón entre mis nalgas y empezó a frotarse contra mí, su mano izquierda se apoderó de mis tetas, la derecha la metió entre mis piernas sobándome el coño por encima de la braguita y haciendo que esta se hundiese más entre mis labios, rozando mi clítoris dándome aún más placer:
—Así…asiiii…Alex no pareeees…Ohhhhhhh…Diooooooos
Y me corrí como una gata salida empapando mis braguitas y la mano de Alex que seguía frotándome el coño de manera lasciva:
—Para, para mi amor. Vamos a la cama, quiero tenerte dentro de mí.
—Cat, no tengo preservativos.
—No hacen falta mi amor, tomo anticonceptivos.—Dije besándole.
Me tumbé en la cama, y vi cómo se quedaba de pie a mi lado, con una expresión extraña:
—¿Cariño, ocurre algo?
—Cat, hay algo que debo decirte, nu…nunca, he hecho el amor con una mujer.
—¿Qué? ¿Estás de broma?
—No, no estoy de broma, alguna mamada, un par de pajas, pero solo eso. —Dijo mi niño avergonzado.
—Bueno mi amor, pero eso va a cambiar hoy. —Dije para tranquilizarle, ya que lo veía muy nervioso.— Quieres tumbarte aquí, —dije dando unas palmaditas en el centro de la cama.
Alex me obedeció y se tumbó como le había dicho. Le besé con amor, y cuando terminé ese beso le miré con cariño:
—¿Has comido el coño a alguna chica?
—N…no…nunca.
—Bueno, ahora vamos a hacer un 69, todo lo que veas es tuyo. ¿Sabes lo que es un 69?
—Si claro, tengo toda la teoría, pero no la práctica. —Dijo Alex soltando una risita nerviosa.
Si era su primera vez, seguramente no aguantaría mucho y se correría enseguida. Necesitaba bajarle la excitación y que vaciase sus huevos, para que cuando me follase, durase un buen rato.
Puse su cara entre mis piernas y yo quedé frente a ese misil balístico. Era impresionante, largo, grueso, con venas recias alimentándolo de sangre y con un glande morado y brillante, preparado para abrir mi coñito.
Cuando lo agarré con mi mano, noté su dureza férrea, lo caliente que estaba, sus espasmos y su liquido preseminal, saliendo por su uretra. Casi fue al unísono, lamer su glande para saborearle y notar como su legua recorría desde mi clítoris hasta mi anito.
—Asiiiiii cariñooo…que gustooooo…
Me lancé a devorar su balano, mientras mi chico devoraba mi coñito, me follaba el culito con su lengua, y pasaba directamente a mi clítoris y vuelta a empezar, pasando su lengua por mi vagina. Como él decía tenía toda la teoría, y la estaba poniendo en práctica de manera fabulosa. Yo por mi parte, engullía su polla, y me esmeraba con mi boca mi lengua y mis labios, mientras las uñas de mi mano izquierda acariciaban su perineo y amasaban con dulzura sus huevos.
Pensé que Alex no iba a durar nada, pero el tío aguantó como un campeón mi felación y cuando ya tenía dolorida mi mandíbula me lo dijo:
—Cat…Cat…me voy a correr, no aguanto más.
Uno, dos, tres, así hasta siete latigazos de semen lanzó esa maravilla a mi garganta. Eso hizo que mi propio orgasmo estallase con fuerza, regando la cara de mi amado, que lamía ávido, todo lo que salía de mi coñito, dándome aún más placer.
Cuando terminamos yo me quede tumbada sobre el cuerpo de mi niño. El seguía dándome besitos y mimándome, mientras yo terminaba de limpiar su preciosa polla con mi boquita que seguía dura como el acero.
Cuando recuperamos nuestras respiraciones, me quité de encima de él y me tumbé a su lado apoyando mi cara en su pecho:
—¿Alguna vez te habías corrido en la boca de una chica?
—No, siempre lo hacía fuera.
—¿Qué te ha parecido?
—Bufffff, Cat, ha sido fantástico, ¿pero no te ha dado asco?
—¿Te ha dado asco a ti, tragarte mi corrida?
—Para nada, sabes deliciosa.
—Tú también sabes muy rico mi amor. Cariño, ahora te voy a follar, me voy a poner encima de ti y vas a ver como esta maravilla, —dije agarrando su polla que no había perdido dureza,— desaparece dentro de mí.
Me puse en cuclillas, encima de su verga, y la apunté hacia la entrada de mi vagina. Me dejé caer poco a poco, cerrando mis ojos, mordiendo mi labio inferior por el placer que notaba y notando como centímetro a centímetro ese cilindro perfecto de carne me iba abriendo el coñito, dilatando las paredes de mi vagina, hasta hacer tope en mi matriz:
—¡¡AHHHH!! POR DIOOOOS…QUE SENSACIÓOOON…
—Cat…Cat…esto no lo había sentido nunca…joder…me voy a correr otra vez…
—Aguanta un poco mi vida…solo un poquito más.
Esa polla estaba llegando a sitios donde nunca nadie había llegado. El placer era máximo. Empecé a hacer sentadillas encima de esa verga, haciendo que entrase y saliese de mí, cuando noté como Alex empezaba a correrse en mi interior. Había sido mucho estímulo para él, pero lejos de terminar y salirse de mi interior, retrepó un poco hasta apoyar su espalda en el cabecero de la cama, y agarrando mi culo, empezó él a follarme con ímpetu:
—Así…así mi amor follameeeeh…sigue…sigue…sigueeeee…ahhhh siiiiiii…SIIIIIIIII…
El orgasmo fue brutal, durante el rato que mi cuerpo temblaba atravesado por el placer, Alex no dejo de follarme, mientras devoraba mis tetas y estimulaba mi anito. Eso hizo que encadenase dos orgasmos más y con las contracciones de los músculos de mi vagina, hice que Alex se corriese de nuevo.
Caí agotada encima de su cuerpo, besando sus labios y diciéndole lo mucho que lo amaba. Su polla seguía en mi interior, pero notaba como iba perdiendo dureza y empezaba a salirse:
—¿Te ha gustado amor? —Pregunté fatigada.
—¿Gustarme? Creo que esa palabra se queda corta para lo que he sentido. Mi vida, he sido parte de ti.
Me gustó mucho lo que me dijo. Esa mañana de sábado, follamos como conejos. Pensé que al ser virgen tendría que enseñarle algunas cosas, pero como él me dijo, tenía toda la teoría.
Paramos solo para comer. Le hice unos espagueti a la boloñesa que alabó por lo ricos que estaban. Después de comer descansamos un poco y ya a última hora de la tarde, volvimos a la cama donde primero me hizo una comida de “ojete” magistral y me folló el culo con su lengua hasta hacerme alcanzar un orgasmo. Así como estaba me empotró con fuerza por el coño y encadené orgasmos como si estuviese poseída por el placer, mientras un dedo suyo profanaba mi anito.
—Cariño, quiero follarte el culo. —Me decía, mientras otro orgasmo atravesaba mi cuerpo.
Me lo pensé, juro que lo hice, pero esa era una puerta de salida, y Alex tenía un pollón que me destrozaría y no quería eso, así que quise zanjar el asunto:
—No cariño, una vez lo intenté, (mentira), pero el dolor fue mucho mayor que el placer, no quiero repetirlo.
Alex no me rebatió nada, siguió empotrándome con fuerza hasta que se corrió en mi útero. Cuando se salió de mi interior, me tumbé agotada pero feliz. Mi niño se puso a mi lado y me miró con amor:
― Bien Cat, descuida que no te lo volveré a pedir, a no ser que tú quieras probarlo de nuevo.
―Gracias por entenderlo mi amor…pero si me gusta que me lo folles con tu lengua y cuando me follas en cuatro me metas un dedito, eso me vuelve loca.
Ese fin de semana Alex se quedó en mi casa a dormir, bueno, dormir, lo que se dice dormir, dormimos muy poco, pero nos saciamos el uno del otro. El domingo por la noche, Alex se fue a su colegio mayor. Nos costó separarnos, pero sabíamos que dentro de cinco días volveríamos a estar juntos
Esa semana la pasé muy excitada pensando en que el sábado cuando Alex llegase a mi casa le diría que subiese. Necesitaba sentirlo de nuevo dentro de mí, quería que me llenase el coñito con sus corridas. Necesitaba saborear de nuevo su semen, que me follase la boca y se corriese en ella. Necesitaba sentir sus labios por mi cuerpo, que devorase mis tetas, y me comiese el coño, como solo él sabía hacerlo. Necesitaba de nuevo sentir como su lengua profanaba mi anito y me comía el culo…necesitaba tanto de él.
El siguiente fin de semana, Alex tenía tantas ganas de verme, que vino el viernes casi de noche a mi casa y me pidió quedarse a dormir. Acepté de inmediato, y esa noche nos dormimos cuando el sol empezaba a despuntar por el horizonte, ahíta de orgasmos y con mi coñito chorreando las corridas de mi amado. Ese fin de semana nos volvimos a quedar en mi casa, devorándonos, follando como desesperados…siendo muy felices y sintiendo, que entre nosotros, empezaba a nacer algo muy grande. Así empezó nuestra relación.
**********
Alex y yo terminamos nuestros estudios con notas muy altas y el reconocimiento por nuestro esfuerzo, al ser de los primeros.
Juntos nos volvimos a Madrid, a casa de nuestros padres. Él vivía algo alejado de donde vivía yo, vaya, en transporte público a más de una hora. La vuelta fue algo agridulce. De acuerdo que habíamos terminado de formarnos, pero ahora venía la segunda parte, encontrar trabajo. Luego estaba el estar tan alejados el uno del otro. En Pamplona estábamos a diez minutos andando, aquí en Madrid, a kilómetros de distancia.
Pero Alex era más pragmático. Con unos ahorrillos que tenía y algo de ayuda de sus padres, se compró un coche de segunda mano y eso hizo que la distancia entre nuestras casas se redujese drásticamente. También fue inevitable que nuestras familias se enterasen que sus retoños estaban en una relación seria desde hacía más de ocho meses, y fue inevitable que un día mi madre invitase a comer a Alex, y que los padres de Alex me invitasen a comer a mi para conocerme, y ambas familias estaban encantadas con la pareja de sus hijos.
Nuestra relación iba viento en popa, no nos podía ir mejor. Estábamos muy enamorados y nos complementábamos perfectamente y cada día que pasaba con él, sabía que era la persona con la que quería envejecer y tener hijos. Antes de terminar el año, Alex encontró trabajo en una aseguradora muy importante y pronto, debido a su valía y sus estudios de ingeniería de peritaje, empezó a ocupar puestos de responsabilidad, y a ganar mucho dinero.
Esa compañía, también tenía una rama de salud, con hospital propio. Alex habló en mi favor, y al mes estaba trabajando en ese hospital, al principio con los trabajos más desagradables que realizan las enfermeras primerizas, pero mi suerte cambió, cuando una tarde la jefa de enfermeras vino a verme:
—Catalina, he visto en tu curriculum que tienes estudios superiores en enfermería de quirófano, ¿me equivoco?
—No señora, no se equivoca.
—Bien Catalina, tenemos una baja de última hora de la enfermera que siempre trabaja con este doctor. Esta tarde hay una cirugía programada de corazón, con uno de los cirujanos cardiacos más maniático, vehemente e irascible. Todo tiene que estar a su gusto, si no, es capaz de echarte del quirófano a patadas, ¿aceptas el reto?
—Por supuesto que sí, para eso me he formado. —Dije convencida.
—Bien. Entonces informaré al doctor de este cambio. Espero que no la "cagues".
Quedaban cinco horas para la operación. En ese tiempo, me informé de lo que le gustaba a ese doctor, sus manías y como operaba. Vi un par de videos de sus operaciones y me hice una idea de lo que quería. Repasé mentalmente el instrumental que necesitaba y el orden en el que me lo pediría y por último, le gustaba la música clásica, su compositor favorito era Vivaldi, y le gustaba que en el momento de iniciar la incisión con el bisturí, empezase a sonar.
Aunque iba algo nerviosa, me preparé para la operación. Estaba lavándome las manos, cuando entró ese doctor, y casi sin mirarme, me saludó educadamente. Estábamos solos y rompiendo el silencio me lo dijo:
—¿Eres la nueva que me va a asistir?
—Si doctor.
—¿Como te llamas?
—Catalina, pero me gusta que me llam…
—Bien Catalina, estate atenta y no metas la pata. —Me dijo sin dejarme terminar lo que le iba a decir.
Diría que la operación fue bien, pero no, fue mucho mejor, fue excelente. Fui una extensión de ese cirujano, sabía en todo momento lo que me iba a pedir y sin que me dijese nada ya lo tenía preparado para él. Justo en el momento en que tomó el bisturí e iba a realizar la incisión, di al play y empezó a sonar la obra más conocida de Vivaldi, Four Seasons. Ese cirujano me miró fijamente, y con una inclinación de cabeza me lo agradeció.
Cuando la operación llego a su fin, ese doctor me dijo que suturase al paciente. Segura de mí misma, me puse en el puesto del cirujano y empecé mi labor bajo su supervisión. Cuando terminé, puso su mano en mi hombro y me lo dijo:
—Muy buen trabajo Catalina, excelente.
Cuando abandoné los quirófanos, la enfermera jefe me esperaba con una sonrisa en su cara:
—Niña, has sorprendido tanto a ese doctor, que ha pedido que seas su asistente en exclusividad, ¿sabes lo que eso significa?
—Si, claro, 365 días/24 horas.
—Exacto, pero a cualquier parte del país, o del mundo. Este doctor opera a nivel mundial y eso exige que sacrifiques horas, días con tu familia, ¿estas dispuesta a ello?
—Le aseguro que no habrá problema, siempre y cuando revisemos mi contrato.
—Niña, te aseguro que vas a empezar a ganar mucho dinero. Te ha tocado la lotería.
A la par de mi ascenso meteórico, a Alex le ascendieron a director regional de siniestros. Le dieron coche de empresa y su sueldo aumentó exponencialmente. Las cosas no nos podían ir mejor. Todos los años de sacrificio estudiando, dieron sus frutos y nuestros sueldos juntos, superaba por mucho las cinco cifras.
Eso hizo que a los dos años de empezar a trabajar, en un nuevo barrio, construyeran unos chalets impresionantes, y Alex junto conmigo, nos fuimos a fisgonear y ver lo que se vendía. Nos impactó el sitio y nos dijeron que en pocos años, el valor de esas viviendas se revalorizaría. Alex me sorprendió a las pocas semanas, llevándome a la que sería nuestra casa. Todavía recuerdo con una triste sonrisa el primer mueble que compramos, una cama king size, necesitábamos un buen lecho para poder follar a gusto.
Poco a poco fuimos construyendo nuestro nidito. Las cosas no nos podían ir mejor y estaba segura de que todo esto terminaría en una boda. Pero un día, tomando algo y hablando de nosotros, conociéndonos aún más, Alex me preguntó algo que me dejó descolocada:
—Cariño, tú sabes quien fue mi primera mujer, pero nunca me has contado como fue tu primera vez y con quien.
—¿En serio Alex? ¿Quieres que te cuente eso? ―Pregunté sorprendida.
—Bueno, ¿por qué no? Me gustaría saber todo de ti
Desde que David y yo nos separamos, hacia casi una década, nunca había hablado de él con nadie, ni siquiera con mi madre, que nunca le gustó ese chico para mí. Fui una estúpida vehemente y causé a Alex un gran dolor al hablarle de David de manera apasionada, rememorando todo lo que pasó con él, sonriendo como si siguiese enamorada de él y casi viviendo de nuevo como me desvirgó. Por ultimo le hablé de ese año que pasé sin él, como si fuese algo pendiente, algo que debería de hacer si se presentase la oportunidad. Estaba ensimismada, mi mente viajando al lado del amor de mi juventud cuando Alex me hizo esa pregunta:
—Si David apareciese ahora mismo, ¿te irías con él?
—Por supuesto que sí.—Respondí sin pensar.—Nos iríamos al primer hotel a follar y recuperar el tiempo perdido.
Estaba tan absorta con mis pensamientos, que tuvieron que pasar unos interminables segundos para darme cuenta de mi respuesta fuera de lugar y del impresionante mazazo moral que había recibido mi niño al darle esa respuesta. Cuando le miré asustada, sus lágrimas ya caían de sus ojos y me sentí el ser más cruel y rastrero sobre la faz de la tierra. Quise abrazarle pero me rechazó y eso me asustó mucho…
—Cariño, yo no…
—Creo que debemos irnos, te llevo a tu casa.
—No Alex, vamos a aclarar esto, dije echándome a llorar.
—No hay nada que aclarar. Has sido cristalina con lo que deseas en tu vida.
Sin dejar que me explicase, la verdad, no había mucho que explicar, Alex pagó las consumiciones y sin ni siquiera mirarme, llegamos a su coche. Hizo algo que me hundió más si cabe en mi desesperación. Alex era muy detallista, atento y caballeroso. Yo era su prioridad y me colmaba de pequeños detalles que me hacían sentir muy especial. Uno de esos detalles era abrirme la puerta del coche, del lado del acompañante y ayudarme a entrar y en esta ocasión, se montó en su coche sin preocuparse de mí.
Recuerdo, con mis ojos a punto de desbordarse, el viaje tan amargo que hicimos hasta que llegamos a mi casa. Lloré, supliqué, le juré que mi amor por él era inquebrantable, pero nada de lo que dije, borraría lo que expresé hacia un rato en ese pub.
Cuando llegamos a mi casa quise besarle, pero me retiró la cara y me apartó con firmeza de su lado:
—Ni se te ocurra tocarme. —Dijo fríamente.
Desde dentro del coche abrió la puerta de mi lado y un seco «BAJA» resonó dentro de ese vehículo. Me bajé asustada, llorando, rogándole que no se fuese y me dejase así, pero todo fue inútil. Según se cerró la puerta, mi amor, mi niño, la persona que más quería y amaba, se iba, dejándome sola, llorando a moco y baba, mientras se perdía entre las calles camino a valla usted a saber dónde.
Cuando entré a mi casa llorando desesperada, mi madre supo enseguida que había discutido con Alex. Pero cuando entró a mi habitación, y me encontró abrazada a una foto de mi niño, no me quedo más remedio que contarle lo que había pasado. Aparte del disgusto de haber perdido a mi novio, mi madre me echó la bronca del siglo, llamándome de todo menos bonita.
Esa noche ni dormí, pensando en Alex. Estaba enfadada conmigo misma por ser tan gilipollas y estúpida, ¿realmente eso es lo que deseaba? ¿Irme con David? Por supuesto que no, tenía muy claras mis prioridades en la vida, y David no entraba en ellas.
Al día siguiente, destrozada anímicamente, llamé muy temprano a casa de Alex y atendió mi llamada su madre, que asustada, lo primero que hizo fue preguntarme si Alex estaba conmigo ya que no había ido a dormir. Cuando me eché a llorar, negando que ni sabía dónde estaba, su madre preguntó si había pasado algo entre nosotros y le dije, que por una estupidez mía, le había hecho mucho daño y habíamos discutido.
Se que no fue el mejor momento para conocerse, pero a los veinte minutos, los padres de Alex estaban en el salón de mi casa, asustados al no saber nada de su hijo, junto a mi madre y yo que era incapaz de dejar de llorar. A alguien se le ocurrió la idea de que quizás se había ido a dormir a la que iba a ser nuestra casa.
Esperanzada, nos fuimos los cuatro, los padres de Alex, mi madre y yo, a ese esplendido chalet, pero cuando llegamos, lo que vi me golpeo con tal fuerza que me mareé. En la acera, delante del chalet, la cama, el colchón totalmente desgarrado, donde tantas veces había gemido mis orgasmos, y todos los muebles que habíamos ido comprando, estaban destrozados y amontonados, y un gran cartel que decía «SE VENDE» y un teléfono de contacto que ni sabía de quien era, presidia la entrada y me derrumbé, literalmente fue lo que me pasó, perdí el sentido.
Desperté en la cama de un hospital que conocía perfectamente. A mi lado, mi madre y el doctor al que asistía en las operaciones. Si os estáis preguntando donde estaba mi padre, mi madre y él se divorciaron cuando yo tenía diez años y se desentendió de nosotras.
Nada más abrir mis ojos, mis lagrimas volvieron a derramarse al recordar todo lo que había pasado. Mi mano la tenía agarrada ese doctor, que me miraba con cariño y tuvo un gesto amable y dulce conmigo besando mi frente:
—Bueno, mira quien ha despertado, mi enfermera favorita, mi brazo derecho, y a quien necesito con urgencia. Cati, se por lo que estas pasando, y puedo sentir tu desesperación, pero te aseguro que todo se solucionará. Ahora reponte, y no me dejes solo por mucho tiempo, te necesito.
Cuando ese doctor se hubo ido, miré a mi madre desesperada:
—¿Sabemos algo de Alex?
—Si cariño, apareció a los dos días en su casa, parecía un vagabundo, sucio, con la ropa raída, con un labio partido, dos dientes rotos, la nariz rota, tres costillas fracturadas y los nudillos de ambas manos en carne viva. Ahora mismo está en otro hospital recuperándose.
—Diooooos…soy un monstruo…que le he hecho. Tengo que verle —Dije echándome a llorar de nuevo, e incorporándome para vestirme e irme en su busca.
—Emmm…cariño, no es buena idea de momento. Deja que se tranquilice, está muy dolido contigo y no quiere verte.
Lloré, lloré lo que no había llorado en toda mi vida. Intenté por todos los medios ponerme en contacto con él, pero nada servía. Hasta me presenté un día en su trabajo. Le vi de lejos en su despacho, pero Andrea, su secretaria, y dos guardias de seguridad me impidieron alcanzar mi objetivo, estaba en la mismísima mierda por mi estupidez.
Lo único que me quedaba, y a lo que me aferraba como una tabla de salvación, era llamar por las noches a su casa y hablar con su madre, preguntar cómo se encontraba y pedirle que me dejase hablar con él. Ella con una paciencia infinita, se iba hacia la habitación de Alex y oía como llamaba a su puerta y la abria:
—Alex, es Cat, me pide hablar contigo.
—Pero yo no quiero hablar con ella. ―Oía su voz a lo lejos.
—Ya le has oído, no quiere hablar contigo.
—Dígale que le quiero y que le extraño muchísimo.
—Descuida Cati, se lo diré.
Ahora, mirando aquello que pasó en retrospectiva, y por mucho que me hubiese dolido, tenía que haber terminado mi relación con Alex, dejarlo libre y haber seguido con mi vida. Pero seguía muy enamorada de ese chico, era mi vida y sin él me moriría de pena.
Tuvieron que pasar más de tres meses desde ese aciago día, para que Alex y yo nos volviésemos a encontrar. En todo ese tiempo, mi vida fue un caos total. Casi pierdo mi trabajo, había entrado en una profunda depresión, no tenía ganas de comer y no había día en que no llorase por mi niño. Como he dicho, tuvieron que pasar más de tres meses. Un sábado estando en mi casa junto a mi madre, que no me dejaba a sol ni a sombra, me propuso algo:
—Anda cariño, vamos a dar una vuelta y tomar algo.
—No me apetece mamá, ve tu sola.
—No mi niña, tienes que salir y que te dé el aire, no te puedes encerrar en casa.
Al final me dejé convencer. En el fondo no me vendría mal cambiar mi rutina. Llevaba muchas semanas encerrada en casa y estar entre más gente no me vendría mal para no tener ese sentimiento de soledad.
Nos fuimos hacia el centro. Allí había muchas tiendas y muchos bares donde tomar algo. Estuvimos mirando escaparates, hasta que mi madre me lo dijo:
—Vamos a entrar en esa cafetería, estoy cansada.
Iba tan abstraída, que ni me fijaba a donde iba. Mi madre me iba guiando hacia el fondo de esa cafetería, hasta que me topé de frente con los padres de Alex. Me sorprendí mucho y los dos me dieron un abrazo muy cálido que me hizo llorar. Junto con mi madre nos fuimos hacia una mesa, sin ni siquiera percatarme quien estaba sentado allí. Me senté y me quede tan sorprendida como Alex que miraba a sus padres y me miraba a mi sin entender nada:
—¿Qué significa esto? —Preguntó Alex, molesto a sus padres.
—Significa, que tienes dos opciones.—Dijo su padre.— O levantarte e irte dando por terminada vuestra relación y demostrar lo estúpido y cabezota que eres al dejar escapar a una mujer así. O bien habláis lo que tengáis que deciros y salir de aquí como pareja, o con lo vuestro terminado, pero hablado por ambas partes y dando un cierre digno a vuestra relación.
Se me heló la sangre cuando Alex hizo amago de levantarse, aunque en el último momento se volvió a sentar y me miró a los ojos:
—¿Qué quieres tomar Cat? —Me preguntó Alex.
—Una tila por favor. —Respondí temblando como una hoja al viento.
En esos momentos, nuestros padres se retiraron a la barra del bar, dejándonos solos. Miré mis manos y temblaban de manera ostensible. Mi cuerpo se estremecía ante esta situación, pero me tenía que tranquilizar, tenía que arreglar esto, este era nuestro momento, un momento crucial.
Alex vino al poco, dejándome la tila frente a mí y sentándose. Tomé la taza, pero temblaba tanto que casi se derramaba el líquido. Alex en un gesto, para mí cariñoso, puso su mano encima de mi mano, la que sostenía la taza.
—Cati, tranquilízate, estas temblando tanto que te vas a desarmar.
Eso me hizo esbozar una leve sonrisa. Dejé la taza sobre el plato, cerré mis ojos e inspiré aire llenando mis pulmones intentando tranquilizarme, aunque iba a ser muy difícil. Los dos nos quedamos callados, pero mirándonos a los ojos, sin saber quién hablaría primero. Fueron unos segundos eternos, pero al final terminé hablando yo primero.
—Bien Alex, aquí estamos, solo quiero que sepas, que te amo con todo mi ser, se lo que te dije, pero es algo que nunca ocurrirá.
—Pero lo dijiste Cat, me destrozaste.
—Alex, que te quede muy claro, cuando te conté eso habló mi subconsciente, la parte no racional de mi cerebro, esa parte que tenemos todos y de la que no hablamos con nadie, ni siquiera con los amiguetes. La parte racional de mi cerebro no dejaría que pasase eso porque sabe a quién amo. De hecho si ahora mismo entrase David por esa puerta, no te niego que lo saludaría por mera cortesía, pero ni loca me iría con él a ningún hotel.
—Eso es lo que me preocupa, que algún día aparezca David.
—Mi amor, hace más de diez años que no se nada de él, ¿Qué te hace pensar que aparezca y deje todo por ti? Tú eres quien me importa, de quien estoy enamorada y por ti mataría. Te pediría mil veces perdón por lo que te dije, pero eso no basta, lo único que puedo hacer es demostrarte mi amor incondicional día a día.
Había algo que me hacía tener alguna esperanza. Alex no había dejado de acariciarme la mano desde que me dijo que me tranquilizase. Subí un poco la apuesta y entrelacé mis dedos con los suyos apretando fuertemente esa unión, algo que Alex no rechazó:
—Estas muy desmejorada, te veo más delgada y con ojeras.
—Obvio Alex, ¿crees que esto está siendo fácil para mí?
—Mi madre me dijo que estuviste ingresada en el hospital, ¿ya estas repuesta?
—Físicamente, bueno…sí. Anímicamente estoy destrozada, no levanto cabeza. ¿Y tú? ¿Qué me cuentas de ti? También estuviste ingresado y además en un estado lamentable.
—Bueno tengo muchas lagunas de ese día. Como viste pase por el chalet y me puse a destrozar todo, estaba enajenado, furioso, necesitaba descargar mi ira…me emborraché, tengo algunos flases de un local, creo que alguien me empujó sin querer, escuché el nombre de David, y me lié a puñetazos…ya no recuerdo más.
—Te podrían haber matado. —Dije asustada.
—Faltó poco. Me dejaron tirado en un sucio callejón, inconsciente durante veinticuatro horas. Por suerte para mí, un coche patrulla se topó conmigo y me llevaron al hospital.
—¿Has…has vendido el chalet? ―Pregunté con miedo.
—Jajajaja, no, no lo he vendido y ya vuelve a estar amueblado.
Nos quedamos callados durante varios minutos mirándonos a los ojos. Nuestras manos seguían firmemente unidas y no deseaban separarse, mis nervios seguían a flor de piel, pero teníamos que decir algo. Así que opté por decirlo yo de nuevo:
—Bueno Alex, ¿y ahora, que?
—Cat, no niego que cuando te vi, quise salir corriendo de ti, el daño que me has hecho ha sido enorme y la distancia entre nosotros es importante. Pero cuando miré tus ojos, mi corazón se aceleró de manera significativa y me di cuenta de que seguía muy enamorado de ti, que no podía seguir así, porque tú lo estarás pasando mal, pero yo lo estoy pasando igual de mal, o peor.
—Bien, y que sugieres, estoy abierta a todo tipo de proposiciones.
—¿Incluso indecentes? —Preguntó Alex con maldad.
—Cielo, no estoy presentable para ti.
—Pues yo te veo guapísima.
—¡Ay! Alex, que no estoy depilada, vaya.
—Bueno Cat, te propongo salir de esta cafetería, me está poniendo nervioso las miradas que nos echan nuestros padres. Vayámonos a pasear y seguir hablando, tenemos mucho que aclarar todavía. Luego nos iremos a cenar y después…después ya veremos lo que hacemos. ¿Te parece bien?
—Me parece muy bien. Vámonos.
Alex agarró mi mano con fuerza y nos dirigimos a donde estaban nuestros padres que nos miraban con una sonrisa:
—Cat y yo nos vamos a dar una vuelta, SOLOS, ―aclaró,― podéis iros a casa o donde sea que queráis ir.
—Pero ¿salís como pareja, o habéis roto vuestra relación? —Preguntó su padre.
—Por ahora salimos de la mano papá. Eso debería de darte una pista.
Salimos de la mano, pero cuando estuvimos en la calle y Alex se puso su cazadora, ya fuimos sin ningún contacto físico. Eso me disgustó, me hizo sentir que estaba sola a cientos de metros de él, aunque estuviese andando a mi lado. Fuimos un buen rato callados, hasta que Alex volvió a hablar.
Hablamos de muchas cosas, se hicieron muchas preguntas, algunas de ellas con respuesta, otras sin ella. Alex quiso entender que me llevó a decir aquello que dije de manera tan vehemente y segura. Le repetí hasta la saciedad que el que hablaba era mi subconsciente, que está por debajo del umbral de la conciencia, no mi yo consciente que no piensa eso de ninguna manera.
Al final terminamos en la Plaza Mayor, cenando en un mesón, muy juntitos los dos, y con la mano de mi niño acariciando mi muslo con cariño. Luego nos fuimos a tomar algo a un lugar tranquilo y fue cuando mirándome seriamente me lo dijo:
—Cat, esto que te voy a decir no es una amenaza, es un hecho, si se repite de nuevo. Si vuelve a ocurrir algo parecido, espero que no, lo nuestro se acabará de inmediato. Soy de la opinión de que sin quererlo, cometemos errores, algunos de ellos muy graves, pero también es cierto, que a las personas que cometen esos fallos, se les debe conceder una segunda oportunidad para enmendar ese error, rectificar es de sabios.
—Te aseguro Alex que no volverá a ocurrir.
—Lo se Cat, y espero que tu subconsciente también lo haya entendido.
Solo el paso de los días trajo de nuevo la normalidad a nuestra relación. No podía dejar de pensar que, por algo en lo que ni pensaba, ni siquiera soñaba, había estado a punto de malograr mi relación con Alex. Pero de mi cabeza no se iba el daño que le hice y como le humillé y eso me estaba martirizando.
Si algo tenía muy claro y conociendo como empezaba a conocer a Alex, es que él nunca me haría daño de semejante manera, pero había otras maneras, y se me ocurrió, que, para de alguna manera, compensarle ese mal rato que le hice pasar, yo debería de pasar por lo mismo, no un dolor emocional, pero si un dolor físico. Así que decidí entregarle la única parte de mi cuerpo que no había sido penetrada. Mi culito.
Sabía a lo que me enfrentaba, y sabía, porque eso lo había estudiado, que el ano estaba compuesto de cuatro músculos que impedirían que entrase el pollón de mi chico, pero que bien dilatados, y lubricados, no impedirían que me sodomizase.
De momento no le quise decir nada, me tenía que preparar bien, sabía los instrumentos que tenía que utilizar para dilatar mi anito, así que cuando entraba a trabajar en el hospital, y en algún rato libre, me iba a la consulta del proctólogo y tomaba prestados ciertos aparatos dilatadores y gel lubricante.
Se acercaba el fin de semana, y sabía que el viernes según saliese de trabajar, Alex me estaría esperando para irnos a follar a nuestra casa. Durante toda esa semana, estuve entrenando a mi culo para que admitiese un aparato dilatador. Bueno, a base de esfuerzo, dolor y lubricante, conseguí introducirlo totalmente en mi culito. La sensación fue tan extraña como placentera, de hecho el ano tiene más terminaciones nerviosas que la vagina, así que con aquello metido en mi culo, empecé a acariciarme el clítoris, y alcancé un orgasmo que me dejó temblando.
Justo antes de salir, en los baños de los vestuarios de las enfermeras, me metí dos lavativas, para limpiar bien mi culito, pero me llevé otra, para antes de iniciar nuestra sesión de sexo, asegurarme que por dentro estaba bien limpio.
Cuando estábamos duchándonos, antes de follar, nuestras manos volaban por nuestros cuerpos. Cada vez que miraba la polla de Alex me asustaba, incluso la vi aún más grande y gorda, y cuando la tocaba la notaba dura, durísima, pero estaba decidida y hoy iba a perder mi virginidad anal. En un momento que pude quedarme sola, aproveché y volví a limpiar mi culito por dentro. Cuando llegué a la cama Alex me miraba expectante, me tumbé a su lado y empezamos a besarnos y acariciarnos:
—Cariño, quiero que sepas que te amo con locura y que lo eres todo para mí y yo quiero ser todo para ti, quiero que seas el dueño de mi cuerpo.
—Cati, ya sé que…
—Shhh…déjame terminar.—Dije poniendo mi dedo índice sobre sus labios.— No consigo entender que me llevó a decirte aquello, pero sí sé el dolor que te causé y lo mal que lo pasaste y yo quiero sufrir ese dolor, pero de otra manera, me lo merezco, así que, aquí tienes lubricante, cuando tú lo desees, quiero que me folles el culo, quiero dártelo a ti mi amor, quiero ser tuya completamente y para siempre.
Alex me miró con un deseo salvaje. Me preparó muy bien, nos devoramos y en ese primer asalto de sexo oral, nos corrimos como animales. Cuando recuperamos nuestra respiración, yo me puse en cuatro, hundí mis riñones y dejé a su merced mis dos agujeritos.
Alex no tardó en meter su pollón hasta mi matriz y empezar a follarme, mientras notaba el frescor del gel lubricante sobre mi anito y como un dedo suyo empezaba a dilatarlo, provocándome un orgasmo de inmediato.
Mi chico seguía dándome como cajón que no cierra, ya tenía metidos dos dedos y empezaba a doler un poquito. Alex no pudo aguantar mucho más e inundó mi útero con su corrida, provocándome otro orgasmo. Aun así dejó su balano metido dentro de mí, mientras más lubricante inundaba mi recto y ya eran tres dedos que esta vez sí dolieron mucho. Aguanté sin quejarme, aunque me agarraba a la sábana como si de ello dependiera mi vida. Alex no tuvo prisa, seguía dilatándome y empezaba a follarme otra vez provocándome mucho placer, hasta que pasados unos minutos noté como salía de mi coñito y apuntaba su glande a mi anito.
—Mi amor, si te hago daño, dímelo, ahora relájate.
—Alex, si me duele no te lo voy a decir. De hecho, espero que me duela y mucho.
Y dolió, vaya que si dolió, hasta hacerse insoportable. En varios momentos casi le pido que pare y que se saliese de mi culo, pero me lo había prometido a mí misma, era mi penitencia y la debería de cumplir. Lloré, gemí de dolor, pero Alex no paró hasta que noté como sus huevos tocaban mi clítoris.
—Ya está mi amor, tienes toda mi polla metida en tu culito.
—Ahora deja que me acostumbre a esta sensación. —Dije llorando.
—Cariño, no puedo verte sufrir así, esto se acabó.
—¡¡NOOOO!! Déjala dentro, no te salgas.
No sé cuantos minutos estuvimos así. Notaba palpitar la polla de mi chico dentro de mi culito, que ardía como si tuviese metido un hierro al rojo. Pensé que me había hecho herida, y llevé mi mano hacia atrás para palpar y ver si tenía sangre, pero al hacerlo mis dedos tocaron mi clítoris y recibí una descarga de placer increíble que se transmitió a mi anito también. Empecé a masturbarme y ese dolor, empezó a dar paso al placer.
—Ahhhh…Dioooos que bueno…Alex empieza a follarme el culo…despacito, no tengas prisa.
Noté como la polla de mi chico iba saliendo. Había una mezcla de dolor y placer a partes iguales. La sacó completamente, y noté de nuevo el frescor del lubricante. Alex me lo dijo con amor «RELAJA» y de nuevo noté como su ariete se volvía a introducir dentro de mis intestinos, esta vez casi sin dolor.
Empezó a follarme de forma suave el culo, mientras mis dedos hacían diabluras con mi sexo y ese dolor del principio, dio paso a un placer desconocido hasta el momento para mí, hasta que ya con un orgasmo en puertas, fui yo misma la que empezó a moverse frenéticamente para acelerar las penetraciones, hasta que los dos explotamos en un orgasmo devastador que casi me hace perder el sentido. Caí rendida en la cama boca abajo arrastrando conmigo a mi niño que seguía durísimo dentro de mi culo. Era muy agradable sentir su peso encima de mí, con mi culo profanado, mientras me cubría de besos:
—Mi amor ha sido increíble. Eres única. —Susurró en mi oído, mordiéndome con cariño el lóbulo de mi oreja.
—Ummm…mi vida, quizás me arrepienta, pero quiero repetir esto muchas veces.
Esa noche follamos más veces, quise repetir con mi culo pero más que placer era una molestia continua que no se quitaba y decidí dejarlo por el momento, pero estaba segura de que repetiríamos, como así fue. A partir de ese día, el sexo anal fue algo cotidiano dentro de mis relaciones con el amor de mi vida.
Continuará.
©Fernando, 2024.
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