Xtories

Mi mujer se corre llamándome cornudo

En la penumbra del club, ella se entrega a un desconocido mientras tú observas. Pero esta vez no eres un espectador pasivo; tú dictas las reglas del juego. El placer de ella depende de que acepte su lugar, y el tuyo, de escucharla gritar tu degradación.

Rocio y Victor40K vistas9.1· 32 votos

- Creo que a este le gusto – me dijo mi esposa.

- ¿A quién? - le respondí.

- Al que tengo a mi izquierda.

A la izquierda de mi mujer bailaba ligeramente un hombre de alrededor de treinta años, algo más bajo que yo, 1'72 calculé a ojo, moreno, con barba.

- Lleva un buen rato a mi lado y, de vez en cuando, mira hacia mí - añadió.

- ¿A ti te gusta?

- No está mal. ¿Le pregunto si nos vamos a una habitación?

- Como quieras – le contesté.

Después de años de abandonar el ambiente liberal hacía poco más de un mes que habíamos regresado coincidiendo con nuestro aniversario de bodas como ya he comentado en relatos anteriores. No habían pasado quince días desde esas nuevas aventuras cuando R me sorprendió preguntándome qué me parecía aprovechar un sábado que teníamos libre para escaparnos de nuevo al club liberal. Lo vi bien, yo también tenía ganas de volver, además la semana de escapada se nos arregló y lo que iba a ser un día se convirtió en dos, lo que nos daba más libertad.

Mi esposa se acercó al hombre, que luego se presentaría como D, y empezó a hablarle muy cerca ya que la música de la zona de baile lo llenaba todo. Él la miró atentamente y aunque no escuché su respuesta sí cómo afirmaba con la cabeza y la seguía. Fui tras ellos y mi mujer dudó entre escoger la habitación que ya habíamos utilizado en otras ocasiones u otra aledaña que estaba disponible.

- Vamos a probar esta – dijo decidiéndose por esta última.

Entramos los tres, era similar a otras habitaciones del local. Una cama tipo tatami con un par de cojines, una mesa, un perchero para colgar la ropa, un expendedor de papel para limpiarse y una papelera. D cerró la puerta con pestillo y según se dio la vuelta se encontró con mi mujer casi encima de él.

- ¿Empezamos? - le preguntó mi esposa sonriente mientras se lanzaba a besarlo.

Vi cómo se besaban, primero con pequeños piquitos, luego recorriendo sus labios y luego entrelazando sus lenguas. Estuvieron un rato largo así, más largo de lo que recordaba con ningún otro. Al contrario que la última vez R no parecía tener ningún prisa, ninguna ansiedad, transmitía paz y control. De repente se apartó un poco de él y se quitó por la cabeza el vestido negro con lunares en las mangas que llevaba y lo lanzó a un lado quedándose sólo con un sujetador y unas braguitas negras. Y volvió a comerle la boca pero esta vez también le bajó la bragueta del pantalón y por la abertura extrajo su polla y empezó a meneársela con la mano.

Hasta ese momento yo había permanecido apartado contemplando el espectáculo pero entonces me acerqué detrás de ella y empecé a desabrocharle el sujetador.

- No, no hagas eso – dijo ella volviéndose hacia mí. Y otra vez se giró para seguir morreándolo. Intenté quitarle una diadema que llevaba en el pelo. “Eso tampoco”. No había dejado de masturbar su polla.

Me alejé decepcionado pero antes de hacerlo dejé encima de la mesita un preservativo. Desde ese ángulo podía ver mejor cómo mi mujer ponía bien dura la polla de ese hombre mientras este parecía jugar con sus dedos en el coño de R. Me senté en la cama mientras continuaban besándose.

Finalmente mi mujer se apartó sonriendo y miró alrededor hasta identificar el preservativo encima de la mesita. Lo cogió y se arrodilló ante D, bajándole los pantalones y el calzoncillo. Rompió el envoltorio, sacó el condón y tras situar la punta en el glande de aquella polla totalmente dura, terminó de colocárselo con la boca, estirando la goma con los labios hasta que cubrió todo el tronco. “Mi firma para estos locales”, recordé que me había dicho una vez riéndose.

De rodillas ante él R empezó a comerle la polla, llevándosela hasta el fondo y alternando con algún lametón en los huevos. La polla estaba bastante bien, más larga y ancha que la mía, y también más joven. El tratamiento al que le sometía mi esposa estaba causando estragos en D que gemía con la polla durísima mientras mi mujer le miraba a los ojos vestida solo en lencería y con su diadema puesta. Él acariciaba su cabeza por momentos. Estaba claro que R lo estaba disfrutando. Los que habéis seguido nuestros relatos sabréis que nunca desaprovecha jugar con una polla nueva, pero raramente se arrodilla ante un tío para chupársela, ni siquiera conmigo. Es muy consciente del punto de sumisión que tiene una mujer arrodillada ante un hombre con una polla en la boca mirándole a los ojos y no regala esa situación. Pero aquel día sí. Aquel día sí quería que aquel hombre la viese de rodillas chupándosela. Aquel día sí quería que yo la viese de rodillas chupándosela a otro.

Sin dejar de lamer aquella polla mi esposa se quitó el sujetador liberando sus tetas con unos pezones durísimos. Yo sabía que si los pezones estaban así el coño debía tenerlo encharcado porque a R comerse una buena polla la pone realmente cachonda. Pero mi mujer no aguantaba más, se levantó y se quitó las bragas mientras D se quitaba la ropa a toda prisa. Solo entonces se giró hacia mí.

- ¿Ya estás desnudo? - me sonrió. Efectivamente mientras ellos habían estado ocupados dándose placer yo me había desnudado con tranquilidad mientras veía el espectáculo y tenía una buena erección.

Se acostó boca arriba encima de la cama y D se colocó encima de ella. Se besaron pero el hombre no tardó mucho en descender hasta su coño y penetrarla con sus dedos. Mi esposa empezó a gemir y su respiración se aceleró más cuando me incliné sobre ella para besarla primero y lamer, chupar y morder sus pezones después. A esas alturas D debía tener muchas ganas a R ya que volvió a subirse encima de ella y la penetró en posición de misionero. Me aparté al otro lado de la cama para observar mejor cómo mi mujer ceñía sus piernas alrededor de la cintura de su amante mientras este la follaba. Así estuvieron un rato en el que mi esposa solo lo miraba a él o cerraba los ojos para disfrutar del placer que le estaba proporcionando hasta que se corrió. D le preguntó si se podía quitar el preservativo, que así disfrutarían más. Mi mujer le contestó que no y en su lugar decidió cambiar de postura y se puso a cuatro patas para que la follara desde atrás.

El hombre empezó a darle duro y yo veía en el rostro de mi esposa cómo gozaba y cómo sus pechos bailoteaban.

- ¡Azótala en el culo, que le encanta! - le dije a su amante. Este no lo dudó y la golpeó.

- ¡Más fuerte, dale más fuerte! - le ordené y la azotó con más ganas mientras mi esposa berreaba cada vez más alto.

- ¡Cómo te gusta que te folle una buena polla!, ¿eh? - le dije.

- Sí -contestó ella.

- Sí, ¿qué? - le pregunté.

- ¡Sí! ¡Me gusta que me folle una buena polla! - contestó mi mujer mientras gemía.

A medida que el placer se adueñaba de R esta se iba dejando caer en la cama hasta que finalmente su cabeza se apoyó en ella mientras que su culo seguía levantado ofreciendo su coño abierto a D que seguía percutiendo sobre él, incansable hasta que ella se corrió de nuevo.

Cambiaron otra vez de posición, en esta ocasión el tío se quedó de rodillas y cogió a mi mujer de la cintura, levantándola mientras ella llevaba los brazos hacia atrás y los apoyaba en la cama entrelazando sus piernas por detrás de él. En esa postura de tijera le clavó la polla a R y la embistió con fuerza una y otra vez. Las tetas de mi mujer totalmente empitonadas se movían arriba y abajo. Yo acariciaba, magreaba y besaba sus pezones, notando los envites de él. Los dos, ella y él, tenían la piel brillante por el sudor del esfuerzo físico que llevaban realizando y se miraban constantemente a los ojos, como retándose a seguir follando, hasta que finalmente se corrieron en esa postura.

D se salió de ella y se quitó el preservativo tirándolo a la papelera. Mi esposa se quedó medio recostada en la cama recuperando la respiración, sudorosa y sonriente, y miró hacia mí que estaba echado en la cama junto a ella. Aquel hombre alabó lo bien que follaba y lo mucho que había disfrutado. R se lo agradeció y tras vestirse nos dejó solos en la habitación.

- Ahora tú, ya sabes lo que quiero – me dijo mi mujer. Se acomodó en la cama y abrió sus piernas exponiendo su coño depilado a mi vista.

Me acerqué a ese coño ligeramente abierto. Tenía un olor profundo a sexo que conozco bien y que solo adquiere después de una buena follada. Tenía ese brillo que solo adquiere cuando R está muy cachonda o cuando acaba de ser follada. También tenía los labios de la vagina abiertos hacia fuera, como solo adquiere después de haber sido follada por una buena polla. Aproximé mi lengua y con la punta lamí el coño usado de mi esposa. Ella se retorció como se siguió retorciendo bajo mi lengua a medida que recorría su clítoris una y otra vez, repasándolo en diferentes direcciones y con diferentes niveles de presión. Mientras hacía esto me di cuenta que en la habitación de al lado estaban follando también porque se escuchaban los gemidos de una mujer. Las paredes de las habitaciones eran finas en este local.

- Venga, dímelo, que sé que quieres decírmelo – la animé parando por un momento de comerle el coño.

- ¿El qué? - me preguntó mi mujer un tanto desorientada por el placer.

- Dime que soy un cornudo.

- No, no quiero decirte eso – me contestó.

- Si no me lo dices paro – dije dejando de trabajar su coño con mi lengua.

- Cornudo – me susurró entre gemidos después de un momento de duda.

- Más alto – le pedí retomando las lamidas en su sexo.

- No, no quiero.

- Más alto o paro – chantajeé volviendo a detenerme.

- ¡Cornudo! - me dijo.

- ¡Más alto! - le exigí sonriéndome al saber que estaba rompiendo un tabú más mientras atacaba cada vez más ferozmente su clítoris.

- ¡¡Cornudo!! - exclamó bien alto gimiendo - ¡¡Cornudo!! ¡Te gusta que te lo llame!, ¿eh? ¡Te gusta comerme el coño que me acaban de follar!, ¿eh, cornudo?

No le contesté y seguí afanándome en su clítoris acariciando sus tetas y apretando sus pezones que estaban durísimos mientras seguía llamándome cornudo. No sabía qué me ponía más cachondo, si verla disfrutar así de entregada, si saber que era inevitable que en la habitación de al lado la estuviesen escuchado, o haber conseguido que su resistencia se resquebrajase tanto como para hacer salir la verdadera R, no la que jugaba a ser la sumisa, sino la que se excitaba fantaseando con humillar a su marido, a su cornudo, yendo más allá de lo que yo mismo le había pedido. Y así mi esposa tuvo uno de los mayores orgasmos que le recuerdo.

Sin darle tregua me subí encima de ella y la penetré. Tenía la polla a reventar y a pesar de ello la estuve follando durante un buen rato mientras ella se corría una y otra vez con los ojos cerrados.

- ¡Cornudo! ¡Cornudo! ¡Cornudo! - repetía como en una letanía mientras mi verga entraba en ella sin parar. Hasta que abriendo los ojos me miró, como saliendo de una ensoñación.

- No puedo más, déjame montarte – me pidió.

Salí de ella y me eché boca arriba en la cama. Mi mujer se subió encima de mí con la elegancia innata que desprende siempre al follar y se dejó caer encima de polla. Así, con el pelo largo cubriendo parcialmente su rostro y sus pechos duros y sudados, ligeramente inclinada hacia delante, hermosísima, me cabalgó con suavidad en silencio. Era como si una paz interior se hubiera apoderado de ella, y ahora quisiera compartirla conmigo llevándome al orgasmo.

- ¡Me voy a correr! – le anticipé unos minutos después.

R se desmontó y se llevó mi polla a los labios. Tuve un orgasmo largo y exquisito mientras mi semen salía a borbotones llenándole la boca. Cuando mi corrida terminó mi mujer tragó todo y repasó mi pene con su lengua, limpiándola, algo poco habitual. A continuación subió y me besó en los labios, suavemente. Y me sentí el hombre más afortunado y enamorado del mundo.