Xtories

¡Rumbo a París! (1)

El aeropuerto es solo el escenario para una mentira piadosa. Paula deja a su familia y se sube a un coche deportivo con un joven que alguna vez fue su alumno. Ahora, el alumno es el maestro del placer, y ella está lista para perder el control.

Cruela de Vil9.7K vistas8.7· 17 votos

Esta es la primera entrega de una nueva saga que planeo escribir. Dejadme vuestros comentarios para saber qué os parece!

El coche (un Mercedes clase A, color blanco) estacionó en el aparcamiento de la terminal uno del aeropuerto de Madrid. Los tres ocupantes (una pareja que comenzaba a entrar en la madurez, junto con un niño de no más de 7 años) se bajaron del vehículo. El hombre se encargó de sacar la maleta del coche, y la fue arrastrando tras de sí hasta que todos juntos salieron del aparcamiento y llegaron a la sala de facturación. Entonces el hombre dejó la maleta y se dirigió a su mujer.

— Me encantaría quedarme y ayudarte a facturar, pero ya llegamos tarde al cumple — dijo el hombre —.

— No te preocupes, tú encárgate de Ian. Con esto me apaño sin problemas — le contestó ella —. Ven aquí, cariño —dijo, poniéndose en cuclillas para estar a la altura de su hijo, y abriendo los brazos —.

El niño echó a correr hasta los brazos de su madre y se fundió en un abrazo con ella.

— ¿Cuándo vuelves, mami? — le preguntó, todavía abrazado a ella — ¿Vas a tardar mucho?

— No, cariño. El lunes por la mañana ya estaré en casa para darte el desayuno antes de que te vayas al cole.

— ¿Y el domingo por la noche? ¿Aún no vas a estar?

— Llego muy tarde, ya estarás acostado. Pero te prometo que en cuanto llegue iré a tu habitación a darte un beso de buenas noches.

— Vale, mami — le contesto su hijo —.

— Ya te estoy echando de menos — dijo ella, revolviéndole el pelo y dándole un beso de despedida antes de separarse de él e incorporarse para abrazar a su marido —. A ti también te echaré de menos, cariño.

— Y yo a ti — le contestó su marido —.

Se terminaron de despedir con un húmedo beso en la boca, y finalmente David (así se llamaba el hombre) se fue llevándose a Ian con él. La mujer se unió a la cola de facturación para el vuelo a Berlín, que saldría en aproximadamente dos horas, sino había retrasos. Una vez allí, se limitó a observar como su marido y su hijo se perdían en la distancia, camino del ascensor que los llevaría al aparcamiento, hasta que finalmente la multitud los engulló.

La cola de facturación era interminable, pero afortunadamente, Paula (así se llamaba la mujer) no tenía nada que facturar, por lo que, una vez pasado un tiempo prudencial, se limitó a salirse de la cola y sentarse en uno de los muchos asientos que había por toda la terminal. Consultó su reloj y comprobó que todavía faltaban cuarenta y cinco minutos para su cita, por lo que abrió su bolso y sacó un libro. Se trataba de una de las gastadas novelas detectivescas de Agatha Christie que solía leer de niña, con las tapas blandas y una llamativa carátula. Antes de abrirla giró la cabeza hacia el pasillo por el que su marido y su hijo habían desaparecido, y pensó, invadida por un súbito sentimiento de pena, que eran las dos personas más importantes de su vida, lo cual le llevó a pensar, invadida por un nuevo sentimiento de culpabilidad, que no debería hacer lo que estaba a punto de hacer, pero que era incapaz de no hacerlo. Finalmente apartó a un lado esos pensamientos, abrió la novela y comenzó a leer.

Media hora más tarde envió a su marido un mensaje diciéndole que acababa de terminar la facturación, y que iba a esperar a que llamasen para embarcar. Afortunadamente, se había llevado lectura para la espera, añadió. David le contestó que acababa de llegar a casa después de llevar a Ian al cumpleaños de su mejor amigo, Manuel. Paula, algo extrañada, preguntó si no se había quedado a tomar algo con los padres del niño, que con el tiempo habían terminado convirtiéndose, probablemente, en sus mejores amigos, debido a todo el tiempo que pasaban juntos para que Ian y Manuel pudiesen jugar. David le aclaró que tenía bastante trabajo atrasado, y que quería aprovechar todo el tiempo posible mientras Ian no estuviese en casa, es decir, desde esa misma tarde del viernes, hasta después de la comida del domingo, cuando iría a buscarlo. En realidad el cumpleaños era solo hasta las nueve de la noche del viernes, pero los padres de Manuel habían invitado a Ian a pasar el fin de semana con ellos una vez terminada la fiesta. Intercambiaron unos cuantos mensajes intrascendentes más, y una vez finalizada la conversación, Paula se dirigió al baño. En cuanto entró, fue directa al espejo que había encima de los lavamanos y comprobó que su maquillaje estuviese en perfecto estado. No le gustaba aplicarse demasiado, ya que no quería que su apariencia fuese irreal, pero algo de colorete en las mejillas y un suave tono rojo en los labios nunca sentaba mal. Después de comprobar que todo estaba en orden, se permitió contemplarse un momento en el espejo. A sus casi treinta y ocho años, Paula seguía siendo una mujer muy atractiva. Rubia natural, con una melena recién alisada que sobrepasaba los hombros. Bonitos ojos verdes, aunque en el día a día solían perder parte de su atractivo debido a las ojeras. Aunque no ese día. Había tenido cuidado de deslizarse unos cubitos de hielo por la piel de debajo de los ojos durante unos minutos durante esa mañana, por lo que las ojeras habían desaparecido gracias al efecto de la vasoconstricción. La nariz era la parte que más le disgustaba de su rostro, y a lo largo de su juventud le había causado cierto complejo, aunque con la edad lo había ido perdiendo poco a poco, dándose cuenta de que en realidad los defectos que a ella la obsesionaban, el resto de la gente apenas parecía percibirlos. Cierto era que la suya no era una nariz pequeña y respingona como mandan los cánones, y si te fijabas, incluso podías ver una pequeña protuberancia en ella, pero en realidad eso no eran más que nimiedades. Su boca era ciertamente bonita; dientes rectos y blancos, labios gruesos y atractivos aunque naturales y sin exageraciones (perfectos para hacer mamadas, como le había dicho uno de sus novietes de juventud). Las facciones estaban bien definidas, los pómulos altos y marcados y la piel todavía tersa, casi sin arrugas, por lo que todo en conjunto terminaba dando lugar a una cara muy atractiva, aunque no estuviese al nivel de una supermodelo. En cuanto al cuerpo, este era probablemente la mejor baza de Paula en cuanto a la seducción. Los pechos de buen tamaño (aunque, una vez más, sin exagerar) y coronados por dos bonitos pezones todavía se mantenían erguidos casi sin ayuda del sujetador. El vientre, que hacía tan solo un año se veía flácido, ahora se mantenía plano y marcado, gracias a las numerosas sesiones de gimnasio y pilates que había llevado a cabo en los últimos doce meses, que también habían contribuido a estrechar su cintura y a definir sus piernas. Y por último, el culo. Siempre le había parecido que era la parte más atractiva de su ya de por sí atractivo cuerpo, pero desde que había empezado a tomarse el ejercicio en serio, estaba mejor que nunca. Grande, muy grande. Algo sorprendente teniendo en cuenta que en resumidas cuentas era y siempre había sido una mujer menuda, tanto de altura (1,66 metros con tacones, aunque normalmente ella obviaba la parte de los tacones cuando alguien le preguntaba) como de figura. A pesar de su tamaño, su culo, duro como una piedra desde que había descubierto la sentadilla búlgara, se mantenía erguido, casi desafiando a la gravedad. Ese día llevaba puesta una gruesa gabardina negra que terminaba un poco antes de llegar a las rodillas y cerraba en torno a su cintura por un cinturón de cuero también negro, un abrigo ideal para el frío de Madrid en enero. Sus piernas estaban abrigadas por un sencillo pantalón vaquero del mismo color, y el conjunto lo remataban unos zapatos de un azul marino muy oscuro con un leve tacón. Una vez comprobado que su apariencia física estaba en orden, entró en un cubículo y cerró la puerta. Se sentó encima de la taza del váter y se quitó los zapatos. A continuación se puso en pie (sobre los zapatos, por el asco que le daba tocar ese suelo en calcetines) y se desabrochó los pantalones, para bajarlos hasta la altura de los tobillos, y finalmente se inclinó y se los quitó. Si algún empleado del aeropuerto hubiese puesto una cámara en ese cubículo para observar a las mujeres, en lugar de deleitarse con la imagen de Paula en ropa interior de cintura para abajo, únicamente podría ver el final de un ceñido vestido negro que asomaba por debajo de la gabardina, hasta medio muslo. Paula dobló rápidamente el pantalón que se había quitado varias veces, hasta dejarlo de un tamaño apropiado para guardar en el bolso. De este sacó dos zapatos negros con un escandaloso tacón de aguja, y se los calzó (quizá ahora midiese algo más de 1,66 metros). Volvió a rebuscar en el bolso hasta encontrar una bolsa de plástico, como las que se usan en el súper para coger la fruta, y la utilizó para meter en ella los zapatos que acababa de quitarse, antes de guardar estos en el bolso, junto con el pantalón. En cuanto hubo acabado, se desabrochó la gabardina y se colocó bien el vestido, asegurándose de que sus pechos quedasen bien ceñidos por este y expuestos por el escote, ni mucho ni poco, lo justo. Volvió a cerrarse la gabardina y salió del cubículo. Tras echar un último vistazo al espejo, abandonó el baño. Comprobó de nuevo su reloj y vio que aún le quedaban cinco minutos para su cita.

Tras apenas dos minutos esperando en la entrada de la terminal, un Audi TT negro paró delante de ella. Paula se acercó a la parte trasera del coche, rematada por un pequeño alerón deportivo, y abrió el maletero. Dentro ya había una maleta, y ella colocó la suya justo al lado. El maletero no era demasiado grande, pero las maletas eran pequeñas, por lo que no tuvo problema para encajarlas. Cerró el maletero una vez terminó el proceso y se subió al coche rápidamente. Este arrancó en cuanto hubo cerrado la puerta. Era poco probable que se encontrasen a algún conocido en una terminal tan grande, pero nunca se era suficientemente precavido. Hasta que no salieron de la terminal y se incorporaron a la autopista, apenas hablaron, más allá de los saludos y una pequeña charla intrascendente. El conductor era un hombre muy joven, apenas veinticinco años, y recién cumplidos, como indicaba su carnet de conducir. A primera vista se le podría tachar como al típico chulo jovencito. Pelo rapado, al dos por arriba, al uno por los laterales y la parte trasera de la cabeza, con un degradado donde conectan los distintos largos. Su cara estaba recién afeitada, lo cual lo hacía parecer más joven todavía de lo que en realidad era. A simple vista, le echarías veintiún años, o veintidós a lo sumo. A veces se dice que la barba es el maquillaje de los hombres, lo cual explica a la perfección porque este no llevaba. Simplemente, su cara sumamente atractiva, no lo necesitaba. Ojos del color de la miel (a juego con su piel morena, color caramelo), con una mirada felina, casi depredadora; cejas bien delineadas, nariz perfilada y una boca perfecta para besar. Un aro de plata colgaba de su oreja izquierda, a juego con la cadena del mismo material que adornaba su cuello, por encima de la camiseta. Esta, de color gris, dejaba a la vista los musculosos brazos del joven, ya que este había cortado las mangas. Aunque en ese momento no lo podía ver, Paula sabía que debajo de esa camiseta se encontraban unos abdominales definidos y un pecho bien trabajado en el gimnasio. El joven no era un culturista, ni de lejos, pero sí tenía un cuerpo musculoso y atractivo. Completando el conjunto, unos sencillos pantalones de chándal gris y unos tenis blancos.

— ¿No crees que vas demasiado formal? Quiero decir, quizá debiste dejar la corbata en casa — comentó Paula con ironía, contemplando la vestimenta de su acompañante—.

Una seductora sonrisa asomó a los labios del chico, dejando a la vista dos filas de blancos y rectos dientes, antes de contestar.

— Ya veo por donde vas… Tú eres más de pajarita, ¿no?

— No, yo soy más de esto, Diego — le contestó Paula, mientras llevaba su mano izquierda hasta la entrepierna del conductor —. Mmm, no está mal — añadió, casi en un ronroneo —.

— No está mal, pero es muy pronto para eso, así que vamos a dejar esta — le cogió la mano — bien quietecita — terminó, mientras dejaba la mano de Paula sobre el regazo de esta —.

— Jooo… — protestó ella, haciendo un puchero —.

— Ahora pórtate bien y no molestes al conductor, anda.

— Tienes razón, no es buena idea distraerlo — mientras decía esto último, Paula se quitaba el cinturón de seguridad para a continuación desatarse la gabardina y dejar a la vista el sensual vestido negro que llevaba debajo, y que dejaba el nacimiento de sus pechos expuesto por el escote —. Podríamos tener un accidente — añadió con una sonrisa seductora, mientras lanzaba la gabardina hacia la parte trasera del coche y volvía a abrocharse el cinturón de seguridad —.

— Así me gusta, y ahora, ¡rumbo a París! — dijo Diego, mientras pegaba un brusco acelerón que ponía el coche a más de ciento cincuenta —.

Paula y Diego continuaron hablando durante la siguiente hora y cuarto de camino, ya a una velocidad más segura, mientras, por fuera de la ventanilla se sucedían árboles, señales, casas y farolas. Poco a poco fue anocheciendo, por lo que Paula terminó por quedarse dormida, arropada por una manta y arrullada por el movimiento del deportivo y el ronroneo del motor. Diego la observó con una sonrisa, mientras reflexionaba sobre lo mucho que había cambiado su vida en los últimos dieciséis meses.

Con veintiún años, Diego había salido por las puertas de la Universidad con un título de Psicología bajo el brazo. Con veintidós terminó el máster, y ya listo para ejercer su profesión, comenzó a echar currículums, obteniendo la friolera de cero llamadas para concretar una entrevista. Como vio que la cosa iba para largo, empezó a trabajar como camarero en un bar que había en la planta baja de su cochambroso edificio. Cuando se hartó del trabajo consiguió un empleo como mozo de almacén, y luego como bibliotecario, y luego como ayudante de cocina en un restaurante, y luego… Hasta que finalmente le concedieron una entrevista en una conocida multinacional que se dedicaba a la fabricación de herramientas. Diego consiguió el puesto, no para fabricar herramientas, sino para trabajar en el departamento de recursos humanos. Su trabajo consistía principalmente en llevar cafés al personal, encargarse de la fotocopiadora y cubrir todo el papeleo que sus colegas más veteranos no querían ni ver delante. El sueldo no era para tirar cohetes, pero sí mejor que los sueldos anteriores que había tenido. En total pasó en ese puesto apenas ocho meses. Ocho largos y tediosos meses. Tras ellos, su abuela murió de forma inesperada (o quizá no tan inesperada, ya que contaba noventa y tres años) y le dejó en herencia una modesta cantidad de dinero y su céntrico piso. El resto se lo repartieron entre su padre, un sobrino de su abuela al que Diego vio por primera (y probablemente última) vez en su vida el día del reparto de la herencia, y la Iglesia. Diego no se lo pensó. En cuanto se convirtió en propietario oficial del piso presentó su renuncia en la empresa, avisó a su casero de que se mudaba, y se estableció en el piso de su abuela, donde montó una clínica psicológica. Los inicios fueron difíciles, por supuesto, pero entre sus ahorros y lo que le había dejado su abuela, más una pequeña ayudita de sus padres, pudo financiar el negocio (que tampoco requería una gran inversión inicial) y mantenerse hasta que este empezó a dar beneficio. Consiguió una pequeña base de clientes, y poco a poco la fue expandiendo, a medida que la clínica se iba dando a conocer gracias al boca a boca y a pequeñas inversiones en publicidad (por llamarlas de alguna manera, ya que en realidad habían consistido en imprimir y colgar anuncios a una página en farolas y portales). Así fue como conoció a Paula. O, mejor dicho, como se reencontró con Paula, ya que, según le habían contado sus padres, ella y su marido (que por entonces solo era su novio) habían vivido en el mismo edificio en el que él se había criado, aunque solo habían coincidido uno o dos años, y cuando Diego era tan pequeño que ni siquiera lo recordaba. De lo que sí se acordaba era de haberla tenido como profesora de inglés durante su adolescencia, desde primero de la ESO hasta segundo de bachillerato. Pero no solo había sido su profesora, sino también la musa a la que había dedicado sus primeras pajas de adolescente. Actualmente, Paula era una auténtica belleza, pero cuando fue su profesora, con diez años menos y pre-embarazo, era una verdadera bomba de mujer. Todavía recordaba cuando sus amigos y él se referían a ella como “Paula la modelo” (o de otras formas algo más obscenas). Por aquella época Diego solía pasarse las clases de inglés fantaseando con follársela, pero nunca había pensado realmente que fuese a conseguirlo. Hasta que apareció por su consulta. Los dos se sorprendieron cuando Diego abrió la puerta del piso que todavía usaba como clínica y se encontró con su antigua profesora, que se había presentado sin siquiera pedir cita, espoleada por una amiga que la había terminado de convencer de que debía poner fin inmediatamente a lo que ella consideraba una severa depresión. Prácticamente la había sacado a rastras del bar en el que habían quedado para llevársela al piso donde pasaba consulta el psicólogo al que ella misma acudía regularmente.

— ¿Así por las buenas? ¿Sin cita ni nada? — le había preguntado Paula a su amiga —.

— Sí, no te preocupes. Te va a encantar, a mí me ha ayudado un montón. Además, es guapísimo.

Su amiga, Lucía, la había acompañado hasta la puerta y luego se había marchado para dejar que la atendiese en la intimidad, a pesar de que Diego le había dicho que podía esperar en un salón separado de la habitación despacho que utilizaba como sala de consulta. En un principio, tanto Diego como Paula habían pensado que aquello no era una buena idea, ya que ambos se conocían desde hacía años, pero Lucía insistió tanto que ambos terminaron cediendo. A Diego le gustaba pensar que el destino los había unido, ya que fue una sucesión de enormes casualidades el hecho de que volviesen a coincidir. Para empezar, la psicología solo era su segunda opción cuando terminó la Selectividad, ya que lo que él quería estudiar era Farmacia, pero no le había alcanzado la nota. Luego está el hecho de que su abuela le legara el piso que utilizaba como consulta. Incluso era extremadamente improbable que en una ciudad como Madrid, la amiga de Paula hubiese decidido ir justamente a su consulta recién abierta, y que luego hubiese decidido llevar allí a su amiga era todavía más estadísticamente improbable. Paula se reía y le quitaba importancia cuando se lo mencionaba, pero él estaba convencido de que había sido el destino. En un principio las sesiones habían sido normales. Algo incómodas, cierto, por el hecho de que hubiese sido su alumno, lo cual hacía que a Paula le costase abrirse del todo con respecto a sus problemas, pero poco a poco fueron cogiendo confianza, y Diego consiguió ayudarla a resolver algunos de sus problemas y a mejorar su calidad de vida a nivel mental. En realidad, como Diego se alegró de comprobar, su antigua profesora no sufría una “severa depresión”, como aseguraba Lucía. Solo estaba pasando una mala racha. Malestar provocado por un ambiente laboral tóxico y un exceso de carga de trabajo, la ansiedad y preocupación lógicas en una madre primeriza que veía a su hijo crecer rápidamente, la aparición de ciertos complejos por la belleza que comenzaba a perder por culpa de la edad… Nada del otro mundo. Le aconsejó que tratase de reducir el tiempo con dispositivos electrónicos y aumentar el tiempo que pasaba en contacto con la naturaleza, le dio unas pautas básicas para mejorar su alimentación, le recomendó volver a practicar deporte de forma regular, y sobre todo la escuchó. En realidad, según había comprobado Diego desde que había abierto la clínica, lo que la mayor parte de la gente que acudía a sus consultas necesitaba era incorporar esos cuatro pilares básicos en su vida y tener a alguien que les escuche hablar de sus problemas y les permita desahogarse, y Paula no era la excepción. Lo relacionado con el trabajo era más difícil de resolver. Una carga brutal de trabajo en el instituto privado en el que trabajaba, impartiendo inglés en ocho clases distintas y francés en otras tres; una dirección del centro déspota y unos compañeros desagradables; unos alumnos con un comportamiento cada vez peor (esto había empeorado significativamente desde su época de estudiante en ese mismo centro, según pudo comprobar Diego) a los que la falta de castigos por parte de dirección no hacía sino darles cada vez más alas, y unos padres profundamente insoportables, que trataban de enseñarte a hacer tu trabajo, protestaban por todo y justificaban prácticamente cualquier cosa que hiciesen sus hijos. Ella había empezado a abrirse a nuevas opciones y a buscar un nuevo trabajo fuera del mundo de la enseñanza, aconsejada por su marido y algunos de sus amigos (Lucía, entre ellos). En realidad Paula estaba absurdamente sobre cualificada para su trabajo; había entrado en ese instituto con dos carreras, como licenciada en Lengua Inglesa y en Lengua Francesa, y mientras trabajaba allí había continuado formándose, aprendiendo a hablar con fluidez el italiano y consiguiendo un nivel aceptable en mandarín, por lo que en principio no debía resultarle difícil encontrar un mejor trabajo, pero de momento no estaba teniendo suerte, según le contó en una de sus primeras citas. En un arrebato de buena suerte (el destino empeñado en juntarlos, como decía Diego), un colega que había hecho mientras trabajaba en la empresa de fabricación de herramientas, le comentó, después de que él bromease preguntando si la empresa no se había hundido en cuanto dejó el trabajo, que los jefazos andaban desesperados buscando un traductor para sus reuniones en el extranjero. Diego no dudo y puso a Paula en contacto con la empresa. La contrataron encantados (en parte por todos los idiomas en los que era capaz de manejarse, en parte porque estaban convencidos de que una mujer con semejante belleza no haría sino ayudarlos a cerrar tratos beneficiosos), y Paula dejó su trabajo como profesora. El sueldo era mejor, y, aunque en un principio, su trabajo consistía simplemente en ir a reuniones y traducir, poco a poco comenzaron a darle mayores responsabilidades. Y su sueldo aumentó de nuevo, en consonancia con las nuevas responsabilidades. Diego fue poco a poco observando como Paula experimentaba un proceso que solo podía definirse como renacimiento hasta llegar a un punto en el que parecía estar viviendo una segunda juventud. Lo que también observó fue la tensión sexual que comenzó a embargar sus reuniones. Al principio Diego pensó que era normal. No era la primera madurita que atendía que parecía interesada en algo más que sus servicios psicológicos. La misma Lucía, por ejemplo, se pasaba las reuniones tirándole los tejos, a lo que él respondía haciéndose el despistado. Se había convertido en pequeño teatrillo que ambos representaban sesión tras sesión, como si de una broma privada se tratara. Pero Diego notaba que esto era diferente. La tensión fue creciendo, sesión a sesión. Hasta que, unos cuatro meses después de reencontrarse gracias a Lucía, mientras se despedían en la puerta del piso después de una de sus reuniones, se quedaron en silencio durante unos segundos, mirándose el uno al otro. Fue Paula la primera en lanzarse a sus labios. Se besaron con pasión, él apoyándose contra el marco de la puerta, ella apretándose contra su cuerpo. Cuando el beso terminó, se miraron de nuevo. Diego pudo comprobar que no había arrepentimiento en los bonitos ojos verdes de Paula, solo un deseo ardiente que los volvía si cabe más atractivos. Volvieron a besarse. Diego cerró la puerta como pudo y fueron desplazándose por la casa hasta volver a la sala donde la había atendido, sin que sus lenguas se separasen ni un solo segundo, y golpeando por el camino paredes y muebles, llegando incluso a romper un jarrón de porcelana de su abuela que se encontraba encima de una mesita. Paula se tumbó sobre el diván en el que se sentaba siempre, solo que esta vez lo hacía sin la camiseta puesta, dejando al aire el sujetador azul que cubría sus pechos. No era una pieza de lencería, sino ropa interior del día a día, pero aun así la erección que provocó fue una de las mayores que Diego había tenido hasta el momento. No tardó en unirse a ella en el diván.

No fue el mejor polvo de su vida. Incómodo, en un pequeño diván que no estaba diseñado para ese fin, y apresurado, ya que Paula debía ir a recoger a su hijo al colegio. Lo peor fue el regusto amargo que le dejó ver el arrepentimiento que ahora sí se apreciaba no solo en los ojos de Paula, sino en su cara en general. No era arrepentimiento por un mal polvo. Él sabía que la había hecho gozar. No hacía falta ser psicólogo para darse cuenta de que se debía a haber traicionado a su familia. Se vistieron rápidamente y en silencio. La despedida fue uno de los momentos más incómodos que había vivido Diego. Una vez Paula ya se hubo marchado, mientras barría los restos del jarrón que se había roto, pensó en todo lo que había ocurrido. Cuando era adolescente, a pesar de todas las fantasías que había tenido en las que se follaba a su profesora, nunca pensó que eso fuese a ocurrir de verdad. Sabía que estaba casada. Y su marido era un tío guapo, por mucho que le jodiese en ese momento. Tan rubio como ella, y musculoso, aunque algo bajo. No era mucho más alto que Paula, ya que debía de andar por el metro setenta. En eso sí le superaba, pensaba orgulloso, con el metro ochenta y dos que lucía ya al terminar la ESO, y que se terminaría estirando hasta el metro ochenta y siete durante los años de bachiller. Pero estaba claro que Paula no iba a dar al traste con su matrimonio por un adolescente pajillero, por mucha altura de modelo que luciese. Ahora, sin embargo, sí había ocurrido. Había visto a su marido alguna vez en los últimos meses, y el cabrón seguía siendo un guaperas. No se le había caído el pelo, ni siquiera le habían salido canas. Sí que es verdad que su cuerpo ya no era lo que había sido, pero desde que se había apuntado con Paula al gimnasio estaba remontando. También es cierto que él ya no era un adolescente pajillero, ahora realmente parecía un modelo, y no solo por la altura, pero no parecía que fuese a haber segundo polvo con Paula, pensó amargamente.

Pasaron dos semanas sin que tuviese noticias de ella. Había tratado de sonsacarle algo a Lucía en la siguiente consulta que tuvo con ella, pero ese día estaba demasiado ocupada acribillándolo a piropos como para hacerle caso. Lo cual le hizo suponer que no había provocado ningún desastre. Paula no le había dicho nada a su marido (ni siquiera a su amiga), pero también había decidido no volver por allí, y la vida seguía su curso, solo que había perdido a su clienta favorita. Esa parecía la conclusión más lógica a la que llegar. Hasta que finalmente ella llamó para reservar una nueva cita. Lo que más sorprendió a Diego fue que el tono de la llamada fue absolutamente normal, como si no hubiese pasado nada. Tenía la agenda bastante ocupada esa semana, pero movió un par de citas para hacerle hueco a Paula la tarde del día siguiente. Estuvo nervioso hasta el momento de la cita, ya que no sabía que esperar de ella. ¿Un bofetón y una retahíla de insultos por hundir su matrimonio? ¿Una nueva sesión de sexo? ¿Una consulta totalmente normal en la que ambos fingirían que todo seguía igual, como parecía indicar su tono de voz durante la llamada? Pasados cinco minutos de la hora, Diego empezó a pensar que Paula no asistiría. Pasados diez estaba casi seguro. Pasados quince ya había decidido sacar la bici e irse a dar una vuelta, ya que estaba claro que Paula se había arrepentido y no pensaba asistir. Entonces sonó el timbre. Fue hasta la puerta y miró por la mirilla antes de abrir, extrañado. ¿Paula quince minutos tarde? Era la persona más puntual que conocía. Debía ser el vecino, que venía a traerle alguna carta que hubiesen puesto en su buzón por error. Pero no. Era Paula. Vestida con una elegante gabardina negra que se cerraba en torno a sus caderas con un cinturón de cuero del mismo material. La gabardina llegaba casi hasta las rodillas, pero por debajo de esta lo único que llevaba eran unas botas altas, hasta la mitad del gemelo, más o menos. Debía llevar una falda corta que la gabardina tapaba, pensó Diego. Abrió la puerta, al mismo tiempo que abría ya la boca para saludar y preguntar por su tardanza, pero antes de que pudiese decir palabra, Paula se desanudó el cinturón y abrió su gabardina, como solían hacer los exhibicionistas por la calle en una época no muy lejana. Al igual que ellos, Paula no llevaba nada debajo de la gabardina. Los pechos se mantenían firmes pese a la ausencia de sujetador, coronados por sendos pezones, duros y apuntando hacia él acusadoramente, como el dedo que señala a un culpable. Por debajo de ellos, el abdomen terminaba conduciendo hasta un coño perfectamente depilado, donde Diego estaba deseando hundir su polla, sus dedos, su lengua… Y finalmente sus dos estilizadas piernas terminaban rematadas por las botas altas. Diego nunca había tenido fetiches con ese tipo de calzado, pero no se podía negar que caían como anillo al dedo para rematar la espectacular imagen de su cliena. Paula puso su mano derecha sobre el pecho de Diego, mientras utilizaba la izquierda para mantener sobre sus hombros el abrigo abierto, y lo metió dentro del piso de un suave empujón. Ella entró a continuación, y sin mediar palabra, cerró la puerta, dejó caer su abrigo al suelo y, sin mirar atrás, se dirigió por el pasillo hacia la habitación de Diego, mientras este contemplaba embobado como su culo se movía arriba y abajo, al compás de los pasos de su dueña. Cuando él llegó a la habitación, ella ya estaba tumbada sobre su cama, boca abajo, con las piernas dobladas por las rodillas de modo que sus pies se mantenían balanceándose en el aire. Su cabeza estaba apoyada sobre la almohada, y lo miraba fijamente, con una media sonrisa asomando a sus labios. Rápidamente Diego fue hacia la cama, pero ella le impidió subirse poniendo uno de sus pies contra su polla (que ya estaba completamente dura) cuando lo intentó.

— No se puede usar ropa en esta cama — le dijo, como explicación —.

— Esta es mi cama. ¿Desde cuándo decides tú lo que llevo puesto en ella? — le contestó él —.

— ¿Te molesta? ¿Querías tener muuuucha ropa puesta? — le dijo ella, alargando mucho la “u”, mientras se daba la vuelta en la cama para ponerse boca arriba y utilizaba sus manos para acariciar sus pechos —. Entonces te perderías esto.

Sin más ganas de continuar la conversación, Diego se desnudó rápidamente, mientras contemplaba el espectáculo que Paula le ofrecía. Se había llevado los dedos corazón y anular de la mano derecha a la boca, y después de lamerlos simulando una mamada mientras lo miraba directamente a los ojos, se introdujo ambos dedos en el coño, gimiendo de placer. Ya desnudo, Diego se puso de pie justo al lado de la cama, de forma que su polla completamente erecta apuntaba hacia Paula, de la misma forma en que antes los pezones de ella lo habían señalado a él. Paula, entendiendo a la perfección lo que Diego quería, se metió la mitad de su polla en la boca, sin dejar de masturbarse en ningún momento, y chupó con fruición durante unos segundos, provocando tal cantidad de placer en su amante y de forma tan repentina que a este le fallaron las piernas momentáneamente y llegó a temer perder el equilibrio y caerse al suelo. Finalmente Diego se mantuvo en pie, y Paula empezó a chupar con más calma, usando la lengua para lamer el tronco del miembro y los labios para acariciar el capullo. Cuando ella decidió volver a la carga e introducirse sus diecisiete centímetros de polla casi hasta el fondo de la garganta, Diego sintió la necesidad de retirarla inmediatamente si no quería correrse. Normalmente no tenía problemas para aguantar la eyaculación, y se enorgullecía de durar mucho en la cama, pero Paula lo estaba llevando al borde de la locura con esa boca.

— ¿Qué haces? — preguntó ella cuando él se apartó, al borde del orgasmo, en el mismo tono en el que protestaría un niño pequeño al que arrebatan el juguete que estaba utilizando —.

— ¿No puedo agradecértelo? — le contestó él, al mismo tiempo que se tumbaba boca abajo en la cama y colocaba su cabeza entre las piernas de ella —.

La única contestación que obtuvo de ella fueron sus gemidos, que comenzaron en cuanto ella sintió la lengua de su amante sobre sus dedos y decidió retirarlos inmediatamente para permitirle el acceso a su coño y llevar la mano a la nuca de Diego, impidiéndole retirar la cabeza de su sexo. Él estaba decidido a aprovechar esa pausa de recibir placer para serenarse un poco. Quería disfrutar y alargar al máximo el polvo, que no sabía si volvería a repetirse, por lo que se olvidó de su polla y dedicó sus cinco sentidos a darle placer a su antaño profesora. Utilizó sus dedos para recorrer sus suaves muslos, acariciándolas con las yemas de los dedos, mientras su lengua se dedicaba a la misma tarea, pero en la zona del pubis. Sabía que era un error llevar la lengua al coño directamente, por lo que no tuvo prisa en lamer los contornos de este. Una de las claves para darle placer a una mujer, como él había descubierto anteriormente, era no ir de golpe, sino poco a poco, haciéndola desear (necesitar) cada vez más. Y eso fue lo que dijo. En cuanto consideró que ya se había demorado suficiente comenzó a lamer los labios vaginales de su amante, obteniendo más gemidos de placer como respuesta. Esto se prolongó hasta que ella empezó a pedir más. Entonces empezó a introducir levemente su lengua dentro del sexo de la mujer, provocando que el volumen de los gemidos aumentase, teniendo finalmente Paula que utilizar una almohada para disimularlos. Cuando Diego vio que Paula cogía la almohada y se la llevaba a la boca, comprendió que era el momento del gran final. Sacó la lengua de su coño para sustituirla por dos de sus dedos (anular y corazón) e inmediatamente comenzó a acariciar el clítoris de su amante con su lengua ahora ociosa. Al mismo tiempo, la mano que tenía libre se desplazó a ciegas por el abdomen de la mujer hasta alcanzar sus pechos, que se dedicó a acariciar, llegando finalmente hasta sus pezones, que no solo acarició sino también pellizcó. Fue demasiado. Finalmente Paula alcanzó el orgasmo, pero Diego no se detuvo ahí y continuó utilizando sus dedos y lengua, permitiendo que su amante alcanzase un segundo orgasmo en pocos minutos. Paula, ya satisfecha con el sexo oral, tiró del pelo de Diego para sacar su cabeza de entre sus piernas.

— Reviéntame — dijo ella, simplemente —.

Diego, más que dispuesta a hacerlo, posó sus manos sobre los hombros de ella y la volteó, dejándola boca abajo y a cuatro patas. Antes de penetrarla, llevó su mano derecha al segundo cajón de su mesilla, buscando el paquete de condones que guardaba allí, pero Paula lo detuvo.

— Tomo la píldora. Quiero que te corras dentro de mí — le dijo, volteando la cabeza para mirarlo, todavía a cuatro patas —.

Diego pensó que en toda su vida nunca jamás había experimentado una erección como la que le provocó escuchar esa última frase. Afortunadamente, el tiempo dedicado al cunnilingus lo había alejado del orgasmo. La penetró suavemente, disfrutando de cada instante y permitiendo que ella se acostumbrase a tenerlo en su interior, pero, tras un par de lentas y profundas penetraciones, Paula rápidamente gimió pidiendo más velocidad y fuerza. Y la verdad es que Diego también estaba deseando aumentar estas, por lo que pronto las antes suaves penetraciones se volvieron rápidas y salvajes. El crujir de los muelles de la vieja cama y los gemidos de ambos (perfectamente audibles a través de las finas paredes del edificio) se entremezclaban entre sí, combinándose con los golpes secos producidos por el impacto entre el culo de ella y las piernas de él, a lo cual se sumaban los para nada secos ruidos que producía el pene de Diego al entrar y salir del interior de su amante, dando lugar a toda una sinfonía sexual. Diego solía disfrutar del sexo duro, pero no sabía hasta donde estaba dispuesta a llegar su antaño profesora, por lo que al principio trató de contenerse. Esto duró hasta que ella le pidió que la azotara mientras la penetraba, lo cual le hizo perder toda inhibición. A los azotes se sumaron tirones del pelo, mordiscos en la zona más superior de la espalda (donde empiezan los omoplatos y termina el cuello) e incluso algún que otro pellizco en los pechos, que para aquel entonces ya se bamboleaban de una lado a otro sin ningún control. Dispuesto a proporcionar a su amante el máximo placer, Diego llevó sus dedos anular y corazón hasta el clítoris de Paula, sin dejar de penetrarla, con lo que consiguió arrancarle un nuevo y húmedo orgasmo; pero, finalmente, Diego sintió que el suyo también estaba cerca y que no iba a durar mucho más. Paula también debió de percibirlo, porque de repente pasó a ser ella la que dirigía las embestidas, aumentando todavía más (si es que eso era posible) el ritmo de la penetración, al mismo tiempo que contraía los músculos de su coño, atrapando la polla de su amante dentro de sí, y produciendo en este tal cantidad de placer que su miembro comenzó a escupir chorros de semen.

— Sí, joder… Lléname — gimió ella, al notar todo ese líquido dentro de sí —. Como necesitaba esto — suspiró finalmente, dejándose caer sobre la cama —.

Diego, con todo su cuerpo temblando debido al violento orgasmo, se dejó caer a su lado y, así abrazados, ambos quedaron dormidos debido al esfuerzo.