Mi abuelo adora a mi mujer 7
Margo controla los tiempos, las reglas y el placer. Él solo observa, pero cuando la tensión estalla en las escaleras, la línea entre voyeur y participante se desdibuja.
Los siguientes días no escalaron los encuentros.
Tras alcanzar un pico, llegó la calma. Ella controlaba los tiempos. Y, ya fuera por vértigo, ya por dejar patente que nunca generaba un derecho a nada y, por el contrario, cada beneficio venía de su generosidad y de jugar según sus reglas, con mi abuelo volvió a las pajas con los pies en el sofá. Sin dejarle masturbarla y sin mamadas. Por las mañanas, algunas veces lo ordeñaba ella misma y otras le calentaba con sus ocurrencias, observándole fijamente mientras se pajeaba sobre sus zapatos.
A mí también me imponía ritmos. Unas veces, me ofrecía sus pies como con aburrimiento, otras veces me los ofrecía mientras se masturbaba, sin mirarme, como si no existiera. Y otros días éramos fuego, nos lamíamos, follábamos y nos amábamos a la vieja usanza.
Y así seguimos durante casi un mes, hasta que un día que habíamos salido de fiesta, Margo tropezó y, en la caída, se rompió una muñeca.
Comenzó así un periodo de baja laboral cuya primera consecuencia fue que se acabaron las pajas mañaneras de mi abuelo.
Ahora pasábamos casi todo el día juntos en casa. Yo teletrabajando, unas veces en el comedor, donde estábamos todos, y otras me quedaba en el cuarto de invitados, distinto al de mi abuelo y al nuestro, que estaba también acondicionando como estudio. De esta forma, no me molestaban si ponían abajo la tele, música o se ponían a enredar con la cocina.
Margo trató de adaptarse a su baja atareándose como pudiera. Por las mañanas salía a correr, acompañaba a mi abuelo a recados, estaba en el estudio conmigo, leyendo… por las tardes, después de comer, yo subía todavía unas horas a trabajar al estudio, mientras ellos se quedaban en el salón viendo la tele y durmiendo la siesta tranquilamente. Después, yo dejaba de trabajar y tratábamos de salir al centro, ir al cine… esta fue nuestra rutina durante casi dos semanas.
Por las noches, por cierto, siguieron los masajes y las pajas con los pies. Pero no pasaban de ahí.
Una tarde, sin embargo, Margo subió cuando yo todavía estaba trabajando, giró mi silla, me bajó el pantalón y me hizo una mamada de campeonato hasta que acabé en su boca.
- El médico me ha dicho que el calcio es bueno para los huesos. Voy a ver si encuentro un poco más de leche abajo. Te dejo trabajar cariño -y me besó los labios.
Joder. Enseguida me descubrí bajando silenciosamente las escaleras hasta el salón. Pude ver la cabeza de mi abuelo, sentado en el sofá, lamiendo los pies de mi mujer con deleite. Después de un rato, los pies bajaron. Vi a Margo levantándose del sofá y poniéndose enfrente de Rafael. Miró hacia las escaleras y me vio. Me sostuvo la mirada un segundo y la vi desaparecer. Mi abuelo no tardó en echar la cabeza hacia atrás con placer. Finalmente, escuché a mi abuelo bufar. Después silencio, hasta que mi mujer volvió a aparecer, vi que agarraba la nuca de mi abuelo y le pegaba un morreo.
Tras eso, mi mujer vino hacia las escaleras y empezamos a subir a la planta de arriba en silencio, pero a mitad de camino me agarró, me empujó contra la pared y me empezó a comer los morros.
- Tócame el coño y hazme correr ya o no me vuelves a tocar en tu vida.
Estaba ida. Empecé a masturbarla hasta que no pude más y, notándome la polla apunto de estallar, la puse a ella contra la pared y empecé a follarla de espaldas. Ella, con la cabeza girada, seguía morreandome. Tras los primeros morreos, ya no notaba restos aceitosos en su boca, pero a ella seguía dándole morbo la guarrada que se le había ocurrido. Se corrió con mi mano tapándole la boca, en la mitad de las escaleras, y yo me corrí dentro de ella.
Esa noche, el masaje de pies fue solo masaje.
Antes de irnos a dormir le pregunté por su calentura. Me respondió que últimamente dormían la siesta en el mismo sofá, en cucharita, y que empezaba a calentarle el roce, que mi abuelo no disimulaba, de su pene duro contra su culo.
El día no siguiente no pasó nada de nada. Ni siquiera de noche en el sofá.
Al otro, tampoco.
Al tercero, Margo subió al principio de la tarde a verme al estudio. Me dijo debía tratar de observarles dormir la siesta, que podría bajar en un rato a verles.
- No me dejes así, cielo. ¿Ha pasado algo más?
- Tú hazme caso. Bajo, cariño.
Hice como me dijo. Esperé media hora y bajé. Lo hice descalzo, para no hacer ruido. Me tuve que acercar mucho al sofá para ver más allá del respaldo, que tapaba sus siluetas. Y los vi. Yo quedaba cerca de sus cabezas. Estaban abrazados, acurrucados. Era una escena amorosa. Pero no estaban quietos ni en silencio. Tapados por las mantas, veía a mi abuelo mover la pelvis. Ella gemía suavemente. Y mi abuelo también gemía, bien agarrado a ella. Enterrado en ella, la mujer de su nieto. En su coño caliente y húmedo.
- Me corro, abuelito, dame que me corro.
Y mi abuelo comenzó a acelerar. Ella contuvo todo lo que pudo su orgasmo y a continuación se corrió él con un bufido. Se quedaron quietos. Él sin salirse de ella. Y me quedé observándolos hasta que les escuché respirar profundamente. Dormidos tras la follada. Me masturbé mirando sus cabezas juntas, recordando los gemidos de ambos, y me corrí en mi mano.
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