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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 12)

El motor del coche está apagado, pero el ruido de sus cuerpos lo es más. Contra la chapa fría del vehículo, la esposa de Sergio se deja dominar por una lujuria que no reconoce, mientras él, ciego de celos, busca castigarla con su propio deseo. No hay tiempo para el tacto suave; solo queda el riesgo de ser vistos y la certeza de que nada volverá a ser igual.

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CAPÍTULO 12

No sé quién de los dos puso más fogosidad, más humedad y más agresividad en el beso que se produjo después. Pero no fue normal. No así. No con ella. Mi mujer casi gemía y me agarraba la polla con ansia. Y yo apretaba aquella teta con una mezcla de lujuria y rabia, difícil de justificar.

Y la giré.

Corté el beso, y la hice voltear. Y ella apoyó sus manos contra el coche. Y hacía ondear su melena. Y miraba nerviosa, a un lado y a otro, mientras los coches pasaban a lo lejos y a toda velocidad.

Me bajé el bañador. Mi polla no apuntaba hacia el frente, sino hacia arriba. El glande estaba no solo descubierto completamente, sino empapado de un líquido brillante, viscoso y que recubría todo.

—Nos van a ver… Sergio… —protestó entonces ella, pero no había riesgo real, y ella lo sabía, y yo, con el bañador bajado casi hasta las rodillas, llevé mis manos hacia ella, y la rodeé, buscando el botón y la cremallera de su pantalón de traje.

—Sergio… Estamos locos… —susurraba, pero no movía sus manos, que seguían apoyadas contra el coche, y no ponía impedimento alguno en que yo abriese sus pantalones, y los bajase, junto con sus bragas, hasta la mitad de sus muslos.

—Separa las piernas… —jadeé, tras ella, en su oído, con una mano en mi polla y usando la otra para apartar su melena de la cara.

—Sergio, no… —protestaba ella, en una queja que no era real, pues mientras desaprobaba llevaba una de sus manos atrás, llegando a alcanzarme, con puntería y astucia, agarrando de nuevo mi miembro.

Yo le levantaba un poco la parte baja de su camisa y acariciaba sus nalgas, disfrutando de la extensión y de su tacto, tan suave que me hizo hasta resoplar del deseo. Y casi me pegaba por completo a ella, que no soltaba mi polla y la sujetaba con fuerza. Y yo quería saber más:

—¿Cómo era? ¿Cómo era él? —preguntaba, en su nuca, y apretaba sus nalgas desnudas, cada mano en una nalga.

Y ella hizo porque me apartase un poco, y giró su rostro, pero sin soltarme. Y me miraba, de una manera nunca antes vista, desconocida.

—Descríbemelo… —insistí, mientras ella, ofreciéndome su culo, pero con su cara girada hacia mí, comenzaba a masturbarme, con pericia, y me seguía mirando.

—Era… alto. Grande, con algo de barba… ojos azules… rubio…

—Y te follaba… y te gustaba…

—Sí… —decía ella, y tragaba saliva, y entrecerraba los ojos, y me la apretaba hasta casi hacerme daño.

—Te ponía a cuatro patas en su casa…

—Sí…

Y tras escuchar aquello me zafé de ella, e hice porque volviera a ponerse contra el coche. Y, una vez la giré, le bajé más los pantalones y las bragas, hasta que acabaron casi en sus tobillos, y yo mismo le separé las piernas, y sus tacones rasgaban la gravilla, en un sonido sórdido, agresivo, como me sentía yo, como nos sentía a los dos; y volví a levantar la parte baja de su camisa, volví a contemplar sus preciosas nalgas desnudas, que caían sugerentes, impactantes, duras… y me agarré la polla, y me pegué más a ella, casi aplastándola contra el coche.

—Ana… —jadeé en su oído, mientras apuntaba para penetrarla.

—Qué… Dios… Estamos locos…

—Ana… Volviste… Volviste para que te follara…

—No… —resoplaba ella y bajaba la cabeza, y yo apartaba de nuevo su melena, apartaba un poco su cuello de la camisa, babeaba en su nuca recién descubierta, casi bufando allí, y movía mi pelvis, con las rodillas flexionadas… buscando penetrarla.

—Sí… Volviste para que te follara…

—No… Vamos, métemela… —me imploraba ella, que movía ligeramente la cintura, buscando ella misma ser invadida, allí, contra el coche, con una de sus tetas desbordando el sujetador y la otra casi en idéntica situación, pero más cubierta, con su camisa abierta, con sus pantalones y bragas en sus tobillos… y con su coño ansiando, ansiándome… en lo que era un deseo tórrido, furtivo y desconocido entre nosotros.

—Vamos, Sergio… —me insistía, en un ronroneo; y yo, tenso, incluso más por la excitación desaforada que por el contexto, no era capaz de acertar.

Bajé entonces una de mis manos, para palpar su coño y conseguir atinar mejor, y ella susurró:

—Tranquilo…

—Estoy tranquilo —me rebelé.

—No lo estás…

—Bueno… perdona si no hago esto muy a menudo… —le decía mientras seguía intentando abrirme camino, pero no acababa de encontrar el punto exacto.

—¿Me estás echando la culpa? —protestó, me apartó un poco, y se giró.

La camisa abierta, las tetas casi por fuera de su sujetador, los pantalones y las bragas bajadas… Mi polla apuntándola, de frente, durísima. No me podía contener. Me acerqué, me encorvé, la ataqué. No era yo. Besé su cuello. Besé su escote. Di otro tirón hacia abajo, en aquel sujetador. Sus pechos se liberaron por fin, del todo y por completo, exponiendo unas areolas rosadas, extensísimas, expuestas de manera inclemente. Ella protestó, en un quejido que no me detuvo, y me encorvé más, y agarré una teta con una mano, y mi boca fue a por la otra con un ansia extravagante. Y sentí su pezón en mi lengua, y el delicado y terso tacto de su teta que yo humedecía desvergonzado… y apretaba la otra teta, y sentía ansia por morder allí… imaginando su deseo hacia otro hombre, hacia aquel hombre… como si por sentirla más sucia, por sentirla infiel de pensamiento, concluyera que merecía un vilipendio y una vejación en aquellos pechos.

—Ahh… —jadeaba Ana, y llevaba sus manos a mi pelo, y enredaba allí sus dedos… mientras le comía las tetas…

—Ahhh… ¡Sergio…! —se quejaba cuando apretaba más fuerte y cuando mordía, y entonces yo soltaba un poco, y en vez de morder, lamía, con toda la lengua, en lengüetazos que nunca había dado.

—¿Y te comía las tetas, eh…? —susurraba yo, mientras las denigraba y las enrojecía.

—No… No sé…

—¿Y cómo tenía la polla? ¿Como la mía? —jadeaba, en sus pechos, e iba a morder a la otra teta, que sentí igual de dura, y que agradecí seca.

—Sí… como la tuya… o más —susurraba, agarrando mi cabeza, juntando sus pechos con sus codos, dejándose comer.

—¿Más? ¿Más grande? —pregunté, al tiempo que bajaba una de mis manos, en busca de su coño.

—Sí… Más gorda. Me la imaginaba muy gorda… —me provocaba y entonces mis dedos alcanzaron la entrada de su coño, y sentí unos labios gruesos, exaltados, exagerados, y ya apartados. Y ella flexionó un poco las piernas; se deshacía, y apenas la había tocado.

E introduje un dedo. Y entró sin dificultad alguna. Hasta el fondo. Y ella ni jadeó, ni suspiró, de lo insultantemente abierta que estaba. Y yo resoplé un “joder…” impactado por su excitación, sin saber cuánto había de mí y cuánto de aquel hombre.

—Ana…

—Qué… —jadeó, mientras yo le clavaba aquel dedo y usaba mi otra mano para acariciar su cara.

—Le comías la polla… ¿Te imaginabas que le comías la polla?

Y mi mujer, frente a mí, ensartada por aquel dedo, pero sin apenas sentirlo, giró un poco su cara, y buscó mi dedo pulgar… y me miraba, encendida, y me mordió lascivamente aquel dedo, y yo miraba sus tetas enrojecidas, hinchadas, brillantes por mi saliva, y después la miré a los ojos, y ella susurró:

—Sí… imaginaba que se la chupaba…

—¿Sí…?

—Sí… y…

—¿Qué?

—Que… Me corrí imaginando que se corría en mi boca…

—Joder, Ana…

—Se corría en mi boca y me insultaba… Me decía que era una puta… casada…

—Joder, Ana… —suspiré—. Date la vuelta, joder, ¡date la vuelta! —resoplé; no podía más, y la hice girar, la iba a follar, la tenía que follar; y ella se dejó hacer, y de nuevo me ofrecía sus nalgas, su coño, y se colocaba contra el coche, y bajaba la cabeza, ofuscada bajo su melena.

Y me agarré la polla y recogí un poco su camisa para poder posar mi miembro sobre sus nalgas desnudas, para restregar mi miembro allí, antes de follarla.

Y entonces escuché el sonido de un coche, pero esta vez era diferente, era un sonido más sutil, pero más cercano. Y miré a mi izquierda, y un coche tomaba el desvío, hacia nosotros.

Y sentí pavor por ser descubiertos, pero aquello no hacía decrecer un deseo incontrolable; y me agarré la polla, y me la sacudí: una vez, dos veces, tres veces… Y el coche se acercaba más.

—Oh… —jadeé.

—Sergio, ¡no! ¡Qué haces!

Y exploté. No pude más. No entendía porque lo había hecho. Pero no me había podido controlar. Apenas cuatro sacudidas y un clímax inabarcable me envolvió. Y temblé. Convulsioné. Allí. Detrás de mi mujer. Y sentí un placer inmenso antes incluso de que nada brotara de mí. Y otro “¡Ohhh-hh!”, y entonces sí, la desgracia, lo inevitable, un latigazo largo y espeso aterrizó en su espalda, sobre su camisa, en un trazo vertical, espeso y blancuzco. Y un “¡Sergio, no!”, fue protestado tan pronto sintió ella la humedad y el calor traspasando su camisa… Al tiempo que otro chorro, casi idéntico, caía pesado y paralelo, en otra ristra blanca que la empapaba. Y el coche se acercaba, despacio; podía escucharlo. Y el tercer chorro brotó con menos fuerza, resbalando de mi miembro y regando sus nalgas. Y ella ya no protestaba, solo se dejaba empapar, su piel y su ropa, y yo… culpable y asustado por ser descubierto… comencé a subirme el bañador, aún envuelto en los últimos chispazos de mi orgasmo.

Miré entonces a mi izquierda y vi cómo el coche se detenía, a unos veinte metros. Y si su conductor o quién estuviera dentro mirase, no vería ya nada relevante de mí, pero si las piernas expuestas de una mujer, y a un hombre, pegado a ella, aplastándola contra un coche.

—Joder, Sergio, apártate…

—Si me aparto nos ven…

—¿Quién? ¿Qué dices?

—Unos que están ahí —dije, y miraba hacia allí, pero nadie salía del coche.

—Joder, Sergio. No sé… ¿En serio? Pero límpiame —se atoraba ella.

—No tengo nada. ¿Tienes papel? ¿Pañuelos? ¿En el coche? —pregunté.

—No, Dios… Sergio… No tengo… Estoy empapada… —susurraba ella, desesperada, con la cabeza agachada y manteniendo sus manos contra el coche.

Y yo entonces, en un arrebato de desvergüenza, si bien sentía que no tenía otra opción, me quité la camiseta, me aparté un poco… y comencé a limpiar, con ella, aquellas nalgas… y aquella espalda… aquella camisa… y se creaba una masa viscosa, sobre la tela azul, que casi parecía más flagrante… y después miré hacia abajo, y vi gotas blancas, dispersas, que habían salpicado sus bragas y sus pantalones. Pero no dije nada, ni miré hacia aquel coche, simplemente me agaché y la ayudé a cubrirse. Subí sus pantalones, y ella tuvo que sentirlo, cuando la seda de sus bragas volvió a entrar en contacto con su piel, y con su sexo, tuvo que sentir que en aquellas bragas había algo húmedo, y ajeno, pero no protestó. Y se apartó un poco del coche, y de mí, y, dándome siempre la espalda, sin voltearse, se ajustó el sujetador, cubriendo sus pechos, y se abotonaba la camisa, al tiempo que yo miraba de nuevo a aquel coche, del que salía un hombre, hablando por teléfono, sin aparente sospecha ni interés en nosotros.

—Joder… Sergio… Que voy así a la oficina —resopló, y los lamparones en la parte baja de su camisa eran ciertamente escandalosos; pues había varias manchas donde la camisa era de un azul mucho más oscuro que lo debido.

—Y yo qué… —dije, viéndome con el torso desnudo, allí, a las ocho de la mañana, en medio de la nada.

—Tú… Te jodes… —dijo entonces, pero sin demasiada hostilidad, y es que yo veía que ella sentía que había algo de delirio, de trastada común, que le impedía enfadarse del todo.

Subimos al coche. Y pronto yo conducía, sin camiseta. Y Ana estaba incómoda, sintiendo la humedad en la parte baja de su espalda, y quién sabe si en algún sitio más.

—Te voy a matar… —resopló.

—Pasamos por casa. Y nos cambiamos.

—No, Sergio. Ya voy como media hora tarde. Si vamos a cambiarnos ya la lío. Supongo que esto secará.

—¿Y yo?

—¿Y tú qué? ¿Pero tendrás cara? —sonrió—. Tú búscate la vida… y aprende a controlarte.

—Pues yo me la pondré igual. No creo que nadie en el bus vaya a sospechar.

Se hizo un silencio entonces. Yo conducía. Miraba el reloj. Era cierto que íbamos realmente tarde.

—Vienes mañana, supongo —le dije, sabiendo que aquello de que pudiera escaparse aquel mismo jueves, después de no haber trabajado el miércoles por la tarde, pintaba imposible.

—Sí, joder, Sergio, en serio, te mato —volvía a protestar, y se inclinaba hacia adelante, intentando evitar que su zona lumbar contactara con el asiento.

—Eché mucho o qué.

—¿Mucho? Tienes… una… fuente ahí… Sergio…

—Te está bien… Por contarme esas cosas… —dije, y la miré.

Y ella negó con la cabeza. Y sonrió. Y se soltaba un poco la camisa del pantalón, queriendo de nuevo evitar el contacto de su piel con aquella pasta espesa que la incomodaba.

Y después, con otra sonrisa, que fue casi risa, y que me hizo hinchar el pecho, volvió a susurrar:

—En serio… Mira que eres melón… Es para matarte.

Continúa en