Xtories

Un chulo me destroza la vida (4 de 4)

Javi creía haber cerrado el capítulo de su matrimonio, pero al ver a Rubén en el gimnasio, el pasado regresa con toda su crudeza. Ahora debe decidir si arranca la cara del hombre que se llevó a su esposa o si acepta el papel de espectador de su propia humillación.

XimIkrad18K vistas8.5· 38 votos

Los rayos del sol que entran por las rendijas de la verja me despiertan. Parpadeo, desorientado, y me doy cuenta de que sigo en el coche. Había aparcado dentro del parking, pensando que allí estaría más seguro. No se puede dormir en cualquier lado de la calle. Me eché hacia atrás como pude, con el asiento reclinado, pero ni siquiera eso evitó que mi cuerpo se quedara entumecido.

Todo mi cuerpo me duele como si hubiera recibido una paliza, y no es solo por la mala postura en la que dormí. Me estiro lo mejor que puedo, tratando de liberar la rigidez en los músculos, pero el malestar sigue ahí, incrustado, sin intención de irse.

Las imágenes de anoche vuelven a mi mente, y una oleada de náuseas me sube al estómago. Miro el reloj en el salpicadero. Es tarde, mucho más de lo que debería. Pero no tengo fuerzas ni siquiera para preocuparme. Respiro hondo y salgo del auto.

Regreso, destrozado, con ojeras que delatan la falta de sueño y la tensión de lo que vi ayer. No soy el mismo que salió de esa casa la última vez.

Al entrar, Laura me recibe con un saludo tímido, apenas un roce de sus labios en mi mejilla.

— Estoy agotado —murmuro, pasando una mano por la frente—. No pensé que la noche fuese a ser tan dura.

Ella aparta la mirada durante unos segundos, lo suficiente para que el silencio se vuelva incómodo.

— Me lo pasé genial con las chicas —dice, sin demasiada emoción—. Cuando volví, estaba muy cansada. Por eso te dije de hablar hoy. Me extrañó que no me llamaras esta mañana.

— Se me pasó, perdona —me excuso.

Después de colgar la chaqueta, me siento a desayunar, con la cabeza echando humo. Intento trazar un plan mental, una forma de abordar el tema, de hablar con ella sin que se dé cuenta de lo que sé.

Pero en el fondo, siento un asco profundo por lo que hice. ¿Qué clase de marido se esconde para espiar a su propia mujer, en lugar de enfrentar la situación? O peor aún, masturbarse como un puerco viendo eso… No puedo ni mirarla a la cara.

Cuando termino el desayuno, me levanto con una sensación pesada en el estómago, más por lo que sé que va a pasar que por la comida. La busco en el salón, la encuentro sentada en el sofá, mirando el móvil, y durante un segundo me imagino que al otro lado está el cabrón de Rubén. Me siento a su lado, tan cerca que puedo oler su perfume, ese que siempre me había gustado, pero que ahora me resulta agrio.

— Tenemos que hablar —le digo, con la voz más firme de lo que me esperaba.

Ella levanta la vista del móvil, sus ojos tristes se clavan en los míos y asiente lentamente.

— Yo también tengo algo que decirte —responde, con un tono que hacía tiempo no escuchaba. Hace una pausa que se me hace eterna, inhalando profundamente antes de continuar—: Hay algo dentro de mí que... me duele demasiado, y tengo que sacarlo.

Mi plan se desmorona por completo. Las palabras que tenía preparadas en mi cabeza se esfuman, y todo lo que puedo hacer es asentir, sorprendido.

— Empieza tú —le digo, tragando saliva.

Laura deja el móvil a un lado y se remueve en el sofá, cruzando los brazos como si intentara protegerse de lo que está a punto de confesar. Baja la cabeza, evitando mis ojos. El silencio que se forma entre nosotros es denso, incómodo. Le debería reprochar todo, pero decido esperar.

— Perdón, Javi —dice, finalmente, con una voz tan suave que casi no la escucho—. No estamos bien… —respira hondo, como si le costara sacar las palabras—. Yo... he estado muy distante estos últimos meses, y lo sé. Me he comportado de una manera horrible. No podía mirarte a los ojos, y… ayer apenas pude dormir cuando regresé.

La escucho, sintiendo un nudo en el estómago. Cada palabra suya es una puñalada en el estómago. Está a punto de confesarme su infidelidad.

— ¿Por qué? —le pregunto, seco, casi sin pensarlo, como si la respuesta ya no fuera a cambiar nada.

— Porque... —hace una pausa, mordiéndose el labio—. Porque me arrepiento. Mucho. De cosas que he hecho... cosas que pensé que nunca haría. —Sus palabras salen como un susurro, casi inaudibles. No necesito que lo diga, ya sé a qué se refiere

Mis manos tiemblan ligeramente, pero las cierro con fuerza, apretando los puños.

— Javi… —Levanta la cabeza, sus ojos húmedos por las lágrimas contenidas—. He estado perdida. Muy perdida. Sentía que te estaba perdiendo a ti, que ya no importaba, y me dejé llevar... Me dejé llevar por todo ese malestar.

Me quedo en silencio. Las palabras que había ensayado, todas esas acusaciones y preguntas que quería soltarle, se desvanecen antes de salir de mi boca. En su lugar, solo queda esa duda persistente, esa que me martillea la cabeza: ¿y si realmente está arrepentida? ¿Y si lo que me dice es verdad? ¿Y si aún puedo salvar lo que queda de nosotros? No dejo de pensar en Izan, en cómo le afectaría, en cómo aún, tal vez, todo pueda cambiar y recuperar lo que perdimos.

— ¿Qué has hecho? —vuelvo a preguntar. La miro, esperando que niegue, que me diga cualquier cosa aunque yo ya sé la verdad.

Aprieta los labios, sus ojos brillando con algo que me aterra ver.

— Perdón, Javi —susurra, con voz suave, casi frágil—. Ayer estuve muy distante, lo sé, y no debería haberte tratado así. Estaba molesta, enfadada contigo... —hace una pausa y sube la mirada—. Las chicas me comieron la cabeza, ya sabes cómo son, y me dejé llevar. Pero tú no te merecías que pasara de ti de esa forma.

Las lágrimas recorren sus mejillas, y siento cómo empiezo a dudar.

— He sido infiel, Javi —confiesa, su voz quebrándose por completo—. Anoche lo vi por última vez, pero ya está, lo he cortado todo. Te lo juro. No volverá a pasar.

La miro sin saber qué decir, intentando procesar lo que acaba de confesarme. Siento un vacío en el pecho que me deja paralizado. Desvío la mirada, incapaz de sostener la suya, mientras el dolor sordo en mi corazón reemplaza la rabia que me consumía hace solo unos segundos.

— No quiero saber nada más —le interrumpo, sacudiendo la cabeza—. Ni quién es, ni cuándo empezó. No puedo.

El silencio que sigue es insoportable. Mis pensamientos se desmoronan, intentando decidir si esto es el final. Podría acabarlo todo ahora mismo, mandarlo todo al carajo y empezar de cero. Pero cuando la miro, cuando veo su expresión de arrepentimiento, algo en mí se rompe de nuevo. La amo. La amo con una intensidad que me ha consumido estos últimos meses. Todo lo que hemos vivido, lo que hemos recuperado… me lo ha confirmado.

Aún la amo con locura, pero no sé si será suficiente para salvarnos.

Laura solloza más fuerte, inclinándose hacia mí, sus manos temblorosas buscan las mías. Se aferra a ellas como si de eso dependiera su vida.

— Por favor, Javi... Perdóname —dice con la voz rota y el rostro lleno de lágrimas—. Yo sé que lo he arruinado todo, que no tengo derecho a pedirte esto, pero... por favor, dame una oportunidad. Te juro que ya no volverá a pasar. Quiero que volvamos a estar bien, como antes. Lo que pasó fue... —toma aire— un error. Un error horrible que no sé cómo arreglar, pero no quiero perderte. No quiero que Izan crezca sin nosotros juntos.

Siento cómo sus lágrimas empapan mi mano, y, aunque me duele todo lo que está diciendo, algo dentro de mí se ablanda. Es cierto que me falló, pero también sé que yo no estuve cuando ella más me necesitaba. Hemos estado desconectados durante tanto tiempo que, aunque me cueste admitirlo, parte de esta culpa también es mía. Podría haberlo evitado, haberle cerrado la boca a ese niñato. Pero no hice nada, soy casi tan culpable como ella.

— No sé si puedo olvidarlo... —digo, con la voz entrecortada, sintiendo el nudo en el pecho apretarse—. Pero también sé que yo no estuve ahí cuando me necesitabas. Quizá si hubiera estado más presente... si no me hubiera escondido en el gimnasio cada vez que algo iba mal... —Dejo que las palabras se pierdan en el aire mientras ella asiente y sus lágrimas corren sin parar—. Pero, joder, no podemos tirar todo a la mierda así como así. No quiero que Izan pase por esto. No quiero perder lo que hemos construido. Si de verdad quieres que esto funcione... podemos intentarlo.

Ella me mira, sorprendida, pero esperanzada. El dolor en sus ojos sigue ahí, pero ahora parece haber una chispa de alivio, como si mi perdón le diera una razón para luchar por nosotros.

— Javi... gracias —musita, con la voz completamente rota—. No sé qué me pasó, de verdad, me volví loca... Pero haré todo lo que esté en mis manos, por ti, por nosotros. No quiero perderte, no quiero perder lo que tenemos. Por favor, dame una oportunidad más, yo... yo te amo, Javi. No puedo imaginar mi vida sin ti.

Me acerco y, sin pensarlo demasiado, la beso. Un beso suave, casi desesperado. Necesito que todo esto acabe, que el dolor se disuelva, aunque sea por un momento.

Ella parece sorprendida al principio, pero no se aparta.

— No traerán a Izan hasta la tarde —murmuro, apenas separándome de sus labios—. Tenemos tiempo para poner fin a esto.

Parpadea, todavía sorprendida por el beso, pero noto que sus hombros se relajan un poco.

Nos comenzamos a besar de manera desesperada, con ansia pura, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo perdido. Nos desvestimos rápidamente, y la ropa acaba desperdigada por todo el comedor.

Intento apartar los recuerdos del chulo de Rubén sodomizándola, pero la tengo tan dura que siento que me va a estallar en cualquier momento.

La empujo contra el sofá, sin decir nada más. Ella se abre de piernas y me mira con esos ojos llenos de deseo, los mismos que tenía la noche anterior en casa de sus abuelos.

Me tumbo sobre ella, introduciendo sin esfuerzo mi hinchado rabo dentro de ella. Nos echamos el aliento en la cara, sin desviar la mirada ni por un segundo. Rodea mis caderas con sus piernas, moviéndose al mismo ritmo que yo.

— Te he echado tanto de menos —le digo, sin poder contenerme mientras la miro a los ojos—. Esta es la mujer de la que me enamoré.

Se aprieta más contra mí, agarrándome el culo con las manos. Aumento la velocidad de las embestidas en respuesta.

— Yo también quería ver al Javi de antes —responde entre gemidos—. El de siempre.

Después de unas pocas embestidas más, siento que no puedo aguantar. Toda la excitación acumulada en mi cuerpo está a punto de desbordarse. Y lo hago.

Me corro entre bufidos y jadeos, soltando casi lo mismo que la noche anterior, llenándola hasta rebosar. En el mismo lugar donde estuvo ese hijo de puta, pero ahora me da igual. Solo quiero recuperar mi vida. Mi mujer. Mi vida de siempre.

Me inclino hacia ella, sintiendo su respiración contra la mía. La beso en los labios, suave, despacio, como si quisiera detener el tiempo en ese instante. El cariño que siento al hacerlo es abrumador, más allá de cualquier cosa que haya sentido antes.

— Te quiero —le susurro, apenas rozando sus labios de nuevo.

Me mira a los ojos, y en su expresión veo algo más. Algo más profundo.

— Yo también te quiero —me responde, con una sonrisa tranquila, sincera, que me desarma por completo.

Cuando Izan vuelve esa tarde, la casa se llena de alegría. Corre hacia nosotros con energía, abrazándonos con esa inocencia que lo hace todo más fácil. Mi mujer sonríe, más radiante de lo que la he visto en semanas, y durante esos minutos, todo parece perfecto. Siento un alivio abrumador al tenerlo de nuevo con nosotros, como si su regreso sellara algo roto entre Laura y yo.

Con el pasar de los meses, nuestra relación mejoró. Las discusiones se hicieron menos frecuentes, y comenzamos a encontrar tiempo para nosotros de nuevo. Incluso nuestras relaciones íntimas volvieron a florecer, con más frecuencia y una conexión que parecía perdida. Estábamos reconstruyendo lo que habíamos descuidado por tanto tiempo. Laura volvió a apuntarse a yoga, aprovechando los días en que Izan tenía extraescolares. Yo aprovechaba esas horas para ir al gimnasio, sin la sensación de estar huyendo de algo, sino por puro disfrute. Ya no iba tanto, pero cuando lo hacía, me sentía en paz.

Después de un año, me convencí de que lo de Rubén fue un desliz, un error impulsado por mi propia falta de atención. La culpa en parte era mía, por haber dejado de valorar a Laura como se merecía. Ahora, con esfuerzo y dedicación, estábamos dando un nuevo sentido a nuestra vida juntos.

Nuestro hijo está de colonias este fin de semana, y tras pasar la tarde juntos tomando algo y dando un paseo, volvemos a casa. Mientras cenamos, Laura me mira, me coge cariñosamente del brazo y me dice:

— Si quieres, puedes ir un rato al gimnasio. Seguro que te hace falta liberar tensión.

— ¿No te importa? —le pregunto, sorprendido, buscando alguna señal en su cara.

Ella simplemente niega con la cabeza y sonríe, como si realmente no le diera importancia.

Cojo la bolsa y me voy. Al fin y al cabo, hace mucho tiempo que no entreno por la noche, y un rato solo en el gimnasio no me vendrá mal. Cuando llego, apenas hay gente, justo como esperaba. Me pongo los cascos e intento concentrarme en mi rutina, pero la tranquilidad no dura mucho. Ya no me acordaba de la clase de gente que hay a esta hora…

Cuando ya estoy cerca de acabar, lo veo rondando por ahí. Es él. Rubén. La sangre me hierve al instante.

Aquí es donde tienes la oportunidad de decidir cómo reaccionará Javier al ver a Rubén. ¿Se enfrentará a él de manera directa, o preferirá adoptar un enfoque más cauteloso y tímido?

Elige tu camino: Opción Alfa u Opción Beta.

OPCIÓN ALFA

Pero no dejo que se me note. Mantengo la mirada fija en los discos que estoy cargando, los cascos amortiguando parte del ruido. Sin embargo, la presencia de ese asqueroso tipo es demasiado grande como para ignorarla. Pavoneándose de un lado a otro, haciendo alarde de sus músculos hinchados. Nada ha cambiado.

Al cabo de unos minutos, me lo esperaba, se gira hacia mí y me suelta a gritos:

— ¡Eh, cuerpo escombro, échame una mano con el press de banca!

Me quito los cascos lentamente, sintiendo el peso de su mirada y la de los pocos que quedan en el gimnasio. No es como antes, ya no me afecta de la misma manera. Miro hacia el banco, donde ha cargado una cantidad absurda de discos a cada lado de la barra, como si estuviera buscando impresionar a alguien. Pero esta vez no hay nadie más que él y yo.

Me acerco, manteniendo el rostro impasible, y le digo, de manera fría, seca:

— Claro, “bro”.

Me coloco detrás de la barra, preparándome para asistirlo, mientras él se recuesta en el banco con una sonrisa de suficiencia en la cara, como si estuviéramos en el mismo punto de siempre, como si nada hubiera cambiado.

Comienza a levantar la barra, su pecho subiendo y bajando con cada repetición, pero no tarda en llegar al límite. A medida que el peso empieza a vencerlo, su rostro se tensa y el sudor resbala por su frente.

— No puedo más, bro —jadea, esforzándose en mantener la barra estable—. ¡Ayúdame!

— Una más —le digo, con un tono firme, pero sin moverme.

— Por favor, tío, no puedo más —me suplica de manera lastimera, con la voz quebrada por el agotamiento.

Esto es música para mis oídos, joder.

En lugar de ayudarlo, empujo la barra hacia abajo, presionando su pecho con el peso. Los músculos de Rubén tiemblan bajo la carga mientras lucha por sostenerla.

— ¿Ya no eres tan gallito, eh? —susurro, mi voz baja pero cargada de desprecio.

Jadea, sus brazos temblando bajo la presión. Finalmente, lo libero, levantando la barra y colocándola en el soporte. El chulo se deja caer a un lado del banco, respirando con dificultad, el aire entrando y saliendo de sus pulmones de manera irregular, como si fuera a reventar.

— Eres un fracasado —le espeto, mirándolo desde arriba—. Lo único que tienes son músculos, y ni siquiera sabes usarlos.

Sin esperar respuesta, me doy la vuelta, sintiendo una oleada de euforia recorrerme. Me dirijo hacia los vestuarios, con el sonido de los jadeos del payaso ese cada vez más distante.

La ducha me sabe a gloria, el agua cayendo sobre mi cuerpo como si estuviera lavando más que solo sudor. Me siento limpio, casi nuevo. Cierro la taquilla, pasándome la mano por el pelo húmedo, y ahí está. Rubén de nuevo. Está solo y se le nota cabreado, mucho.

— ¿De qué coño vas, tío? —me suelta de golpe, caminando hacia mí con los ojos inyectados en furia. Se pega tanto que puedo sentir su aliento caliente en mi cara—. ¡Podría haber muerto ahí, maldito gilipollas!

Su rostro está a milímetros del mío, la rabia desbordándose por cada poro. No retrocedo. Esta vez no.

Sin pensármelo dos veces, le propino un cabezazo seco. Un satisfactorio crack resuena en el vestuario, y Rubén se lleva las manos a la cara, gritando de dolor.

— ¡¿Qué coño haces, cabrón?! —grita, mientras la sangre le chorrea por la nariz.

Intenta lanzarme un golpe, pero está tan cansado que sus movimientos son lentos, torpes. Aprovecho la oportunidad y le doy un fuerte puñetazo en el hígado. El niñato se desploma al suelo, jadeando, incapaz de levantarse.

— ¡Hijo de puta! ¡Eres un maldito...! —me suelta entre dientes, llamándome de todo, mientras se retuerce en el suelo.

Me agacho, acercando mi cara a la suya mientras sigue retorciéndose en el suelo, con el rostro lleno de sangre. La rabia me hierve por dentro, pero esta vez tengo el control.

— Eres un puto crío, Rubén. —Le escupo las palabras, viendo cómo le duele más que los golpes—. Todo lo que tienes son músculos, pero ni con eso eres capaz de levantar una puta barra. No vales para nada. No eres más que un niñato que juega a ser hombre, y encima te crees importante. Eres patético.

Lo veo intentar incorporarse, pero está jodido.

— Te crees el rey del gimnasio, pero fuera de aquí no eres nadie. Un fracasado con los días contados. Ni siquiera las mujeres te soportan, solo te usan para un polvo rápido. Eres como un puto kleenex: te utilizan y te tiran. No sirves para nada más.

Levanto el puño rápidamente, y él, hecho polvo en el suelo, se cubre la cara instintivamente, temblando. Su cobardía me arranca una risa que resuena por el vestuario vacío.

— Patético —murmuro, dándole la espalda. Salgo del vestuario, sintiéndome más ligero que nunca.

Cuando llego a casa, mi mujer ya está dormida en el sofá, con la luz tenue de la televisión iluminando suavemente su rostro. Esa cara tan delicada y angelical... Me detengo un segundo a mirarla. La amo con locura. Por primera vez en mucho tiempo, me siento realmente enamorado.

Me acerco despacio, agachándome a su lado. Le acaricio suavemente sus mechones pelirrojos hasta que sus ojos se abren, algo adormilados.

— Laura… —susurro, inclinándome hacia ella—. Te quiero.

Ella parpadea un par de veces, sonriendo débilmente, y en su mirada veo el mismo amor de siempre.

— Yo también te quiero, Javi —me responde, su voz suave y cálida.

Me siento como si todo estuviera en su sitio otra vez.

Nos miramos por un instante, y el mundo se detiene. Entonces, sin decir nada más, me inclino y la beso. No es un beso cualquiera; es profundo, lleno de pasión, de esos que solo se dan cuando el amor aún arde con fuerza. Sus manos suben a mi cuello, y las mías se pierden en su cabello. Es como si, en ese momento, todo lo malo hubiera desaparecido, y solo existiera este instante, ella y yo, juntos, como cuando nos enamoramos.

La acompaño a la cama, aún con la cabeza llena de un millón de cosas, pero no digo nada. Nos tumbamos juntos, su mano busca la mía y sus ojos se cierran, agotada. La observo en silencio, mientras noto su respiración volverse más tranquila. Todo esto... todo lo que hemos pasado, y aquí estamos, juntos de nuevo. No sé si por costumbre, por amor, o por pura terquedad.

Me quedo mirando el techo, la mente dándole vueltas a todo. Pienso en lo fácil que hubiera sido tirar la toalla, pero también en lo jodido que es construir algo que valga la pena. Al final, los errores son como esos golpes que te hacen despertar de golpe. Te sacuden, te hacen darte cuenta de lo que estabas perdiendo.

Quizás, solo quizás, este error nos sirva para volver a encontrarnos.

OPCIÓN BETA

Pero esta vez no pienso dejarlo pasar. Ya no puedo tolerar más ese tipo de actitud.

Lo veo dejar las mancuernas tiradas por el suelo, perfecto, es la excusa que necesito para confrontarlo y partirle la cara. No lo soporto más. Me acerco, con el corazón acelerado, y le acuso:

— Oye, eso no se hace. Estás molestando a los demás dejando las pesas tiradas por ahí —le suelto, firme, sin alzar la voz demasiado. Aunque por dentro… por dentro estoy cagado de miedo.

El rapado me mira, como si estuviera pensando en soltarme alguna de sus respuestas arrogantes.Me tenso, esperando que suelte algún comentario de mierda, listo para responderle. Pero, de repente, su expresión cambia.

— Perdona, bro, no era mi intención molestar —dice, su tono forzadamente tranquilo.

Algo en mí se envalentona, algo que no había sentido antes. Quizá sea la falta de su arrogancia, o tal vez que me siento más seguro de lo que esperaba. Aprovecho el momento.

— Más te vale que no vuelva a verte haciendo esto, ¿entendido? Recoge las pesas ahora —le digo, firme, clavándole los ojos.

Rubén me mantiene la mirada, achinando un poco los ojos. Asiente con un gruñido, apenas un sonido gutural, pero se agacha a recoger las mancuernas sin decir una palabra más.

Sigo con los ejercicios, empapado en sudor, dándolo todo. Me esfuerzo al máximo, sin ninguna preocupación en la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, me siento libre.

Termino mi rutina, satisfecho con lo que acaba de pasar. Me dirijo al vestuario, deseando darme una ducha rápida y largarme de allí. Pero justo cuando estoy a punto de abrir la puerta del casillero, noto una mano en el hombro. Es él otra vez.

— Oye, deberíamos hablar —me suelta el chulo, con tono serio.

Lo miro, entrecerrando los ojos. No quiero hacer esto. No ahora. Y para colmo, estamos solos, ni un alma cerca por si a este imbécil se le ocurre hacer alguna tontería.

— Hablar de qué, tío. Contigo no tengo nada que hablar —le respondo, más serio de lo que me esperaba.

Se ríe, pero no con esa risa burlona de siempre, sino una más oscura, más baja. Ya no hay ni rastro del chico que me había encontrado en la sala de pesas.

— Bro, ya sabes de qué hablo. Sé la verdad.

Me detengo un segundo. Un sudor frío recorre mi espina dorsal.

— ¿A qué verdad te refieres? —le contesto, con la garganta seca, tratando de mantener la compostura.

Me mira de reojo, y vuelve a poner esa estúpida sonrisa de suficiencia, parece que no tenga otra. Se cruza de brazos, tomándose su tiempo antes de soltar la bomba.

— Venga ya, no te hagas el loco. Sabes perfectamente de qué hablo. —Se inclina hacia mí, su rostro a apenas unos centímetros, y pronuncia cada palabra con una satisfacción venenosa—. Me he follado a tu mujer tantas veces que he perdido la cuenta.

Intento que mi rostro no traicione la rabia que me consume por dentro, pero siento el fuego abrasar cada fibra de mi ser. Aprieto los puños, mis respiraciones se vuelven más rápidas y profundas mientras lucho por no perder el control, por no arrancarle la cabeza a este imbécil. Mantengo los ojos fijos en él, aferrándome a la poca calma que me queda.

— Estás diciendo gilipolleces —le suelto, dándole un empujón en el pecho y logrando que retroceda medio metro, en un intento desesperado por desviar el tema—. Eso es mentira.

El chulo suelta una carcajada corta, sin un ápice de humor.

— Te me bajas dos tonos, crack —empieza Rubén, acercándose de nuevo, lo justo para susurrarme al oído—. Lo sé por dos cosas. Primero, esas fotos que nos intercambiamos. En una de ellas se veía el marco de una foto donde estabas tú. —Se incorpora de nuevo, y su sonrisa se ensancha al ver mi rostro endurecerse—. ¿Me vas a decir que no lo sabías?

Me quedo callado, apretando la mandíbula. El aire parece volverse más denso, y noto mis manos temblar de rabia. Quiero golpearlo, destrozarle esa sonrisa arrogante, pero las palabras no me salen.

— Y segundo —prosigue, disfrutando de mi humillación—, te vi cómo me mirabas el año pasado, aún recuerdo como dabas vueltas constantemente por el gimnasio, justo cuando contaba cómo iba a quedar con ella. Tu cara me lo dijo todo. Soy joven, no gilipollas. Sabías lo que iba a pasar, y no dijiste nada.

Siento que la sangre me hierve cuando añade, con un tono burlón:

— ¿Qué te pasa, bro? ¿Te gusta escuchar cómo otro se va a tirar a tu mujer o qué?

Sin poder aguantarme más, contesto:

— Eres un hijo de puta, ¿sabes? —le suelto con rabia—. No te metas en la vida de mi familia, ¿me oyes? O te...

Pero me interrumpe antes de que termine la frase, pasándose la lengua por los labios de una manera que me dan ganas de partirle la cara en dos.

— ¿O qué, eh? —dice, alzando una ceja, disfrutando cada segundo de mi frustración—. Eres un depravado de esos a los que les gusta mirar cómo su mujer lo hace con otros, ¿no? Te tengo calado, hermano. Escucha, vamos a hacer un trato.

Lo miro en silencio, sin saber qué esperar.

— Harás lo que te diga —continúa, con una seguridad que me asquea—. Cosas simples, como no acostarte con ella en ciertos momentos, decir que no puedes ir a algún sitio, mentir si hace falta. Y yo te daré detalles de lo que hagamos. Te mandaré fotos, vídeos, lo que quieras. Y si te portas bien, incluso te avisaré de a dónde me la llevo para que lo veas en persona.

Siento una mezcla de furia y repulsión en mi estómago, pero él sigue, imperturbable.

— No voy a meterme en tu familia, eso me da igual. Solo me interesa meterme en cualquier agujero de tu mujer. Puedes negarte, claro, pero eso no va a cambiar nada. Voy a seguir follándomela, lo sepas o no. Pero esto lo hace todo más sencillo.

Esto es una humillación absoluta. Y lo peor de todo es que no puedo hacer nada para detener lo que está pasando.

— Pensaba que ya no os seguías viendo —le digo, tratando de mantener la calma mientras mi voz tiembla ligeramente—. No he notado nada raro, hemos pasado mucho tiempo juntos este último año. Incluso cuando te he visto por aquí, no has dicho nada, no has alardeado…

— Al principio, sí —admite, encogiéndose de hombros—. Se mostró muy reacia, ni siquiera me respondía a los mensajes. Pero ya sabes cómo son estas cosas, si no me bloqueó es porque le molaba que le fuera detrás. Le insistí en que lo habláramos en persona, y poco a poco fue cediendo. Me costó más de medio año, pero al final, accedió a contármelo en persona.

— Me estás mintiendo —le suelto, intentando sonar firme aunque noto cómo me tiemblan las manos—. Déjate ya de juegos.

Rubén se ríe, deformando sus facciones en algo grotesco durante unos instantes, mientras saca el móvil de su bolsillo.

— Esto es de la última vez, ¿qué te parece? —me pregunta, con un tono que me hiela la sangre.

Miro la pantalla, y un vídeo comienza a reproducirse.

Comienza borroso, pero pronto veo una figura. Una mujer. El pelo rojo brillante, inconfundible, la piel clara, tapándose la cara con una mano.

— ¿Qué... qué es esto? —susurro, mi garganta seca, incapaz de apartar la vista.

La imagen se aclara, y de repente, escucho una voz masculina:

— Venga va, esto solo lo uso para cuando pienso en ti —dice una voz grave, divertida, pero con un matiz oscuro. No necesito verlo para saber quién es.

Y entonces, en el vídeo, una mano aparta suavemente la de la mujer. Mi estómago se revuelve, siento como si un cubo de agua helada me hubiera caído encima. Ahí está. Laura. Mirándome desde la pantalla del móvil de ese niñato.

Aparece con una sonrisa pícara, su voz suave pero con una amenaza velada:

— ¿De verdad es solo para ti? Si compartes esto, te mato —dice, medio en broma, aunque la seriedad en su tono no deja lugar a dudas.

Rubén se ríe, pero como está grabando con el móvil, solo se la ve a ella.

— Claro, nena, solo lo quiero para cascármela en casa —responde, con tono seguro, casi arrogante.

Me llevo las manos a la cabeza y abro los ojos de par en par. ¿Qué coño estoy viendo?

Mi mujer se arrodilla frente a él, cogiéndosela con delicadeza. Intenta rodear el basto tronco con una mano y echa toda la carne hacia atrás, descubriendo el glande, húmedo y rosado.

— Eso espero —dice ella, con una voz que no reconozco, mientras su mano le hace una paja—. Ya sé que te vuelvo loco.

— No lo sabes tú bien —confiesa, dejando una de sus manos sobre sus cabellos rojos.

Ella sonríe, relamiéndose por lo que está a punto de hacer. Besa la punta, haciendo que el rabo palpite mientras mira a cámara. A los pocos segundos, abre la boca y se la llena de carne, practicándole una monumental mamada.

Los sonidos que salen de su boca me impactan en el pecho, lascivos y guarros. Se la chupa con una maestría que no había visto hasta ahora.

¿Otra vez?, me pregunto, incapaz de dejar de mirar la pantalla.

El macarra me mira con una sonrisa torcida.

— Estate atento a cómo acaba, que es lo mejor —me dice, mientras desliza el dedo por la pantalla y avanza el vídeo hasta casi el final.

La grabación muestra ahora a Laura con los ojos cerrados, la boca entreabierta, sacando la lengua de una forma que jamás había visto en ella. Tampoco lleva parte de arriba, levantándose los pechos con ambas manos.

La imagen me toma por sorpresa, trago saliva, ansioso por ver qué sucede a continuación.

Ahora se escucha a él decir con voz burlona:

— Aquí tienes, tu premio por ser una chica tan buena —dice entre gruñidos.

Bufa como un jabalí, y luego varias ráfagas de espeso líquido impactan contra la madre de mi hijo: la cara, la lengua, incluso las tetas Todo acaba cubierto por su esperma.

Cuando deja de disparar, le acerca el rabo a su boca y ella se lo mete en la boca de nuevo.

Antes de que acabe, Rubén aparta el móvil y deja de reproducir el vídeo. Me quedo en silencio, con la mente hecha un lío. ¿Cómo es posible lo que acabo de ver? Puede que sea de antes... de antes de lo que pasó en el piso. Este tío es un fantasma, tiene que ser una grabación antigua.

— Eso tiene que ser de antes... —le digo, tratando de aferrarme a cualquier excusa que pueda tranquilizarme—. Desde que he estado más pendiente de ella, no ha habido nada raro. No puede ser reciente.

— Quizá Laura se ha saltado alguna clase de Yoga —me contesta, guiñándome el ojo.

Me quedo congelado, procesando lo que acaba de decir. ¿Clase de yoga? Todo empieza a encajar en mi cabeza. Los días que salía más temprano del gimnasio, las veces que me dijo que tenía más clases o que iba a quedar con sus amigas... Todo cuadra.

Sin poder evitarlo, siento cómo la presión en mis pantalones empieza a aumentar, empujando la tela. El simple hecho de pensar que me ha mentido tantas veces sin que yo lo notara... hace que la excitación crezca dentro de mí.

— Por la cara que estás poniendo y el bulto de ahí abajo, seguro que te ha gustado lo que has visto —continúa—. Pero apártate un poco, bro, a mí no me van esas cosas. —Hace un gesto con la mano, como quitándome de en medio—. Solo me interesa la pelirroja.

Con el rostro aún ardiendo de vergüenza, Rubén acerca su teléfono y me lo tiende con un gesto despreocupado.

— Anda, intercambiemos los números. Esta noche me dices. No querrás perderte el siguiente espectáculo, ¿verdad?

Sin saber cómo reaccionar, cojo el móvil y apunto mi número. La incomodidad me atenaza, pero no digo nada. Cuando termino, se lo devuelvo sin mirarle a los ojos.

— Nos vemos, bro. —Se despide con una palmada en la espalda que me deja helado.

Salgo del vestuario sin ni siquiera ducharme. Las piernas me tiemblan y siento que necesito escapar de ahí cuanto antes. No miro atrás.

Cuando llego a casa, mi mujer ya se ha quedado dormida en el sofá, la televisión aún encendida emite una luz tenue sobre su rostro. Esa cara tan delicada y angelical... ¿Cómo es posible que la misma mujer que he visto en ese vídeo esté durmiendo tranquilamente aquí, como si nada? Me acerco despacio y la despierto suavemente, diciéndole que la llevo a la cama. Ella se despereza, con los ojos a medio abrir, y me sigue. Se mete en la cama, y en cuestión de minutos, está completamente dormida otra vez.

La miro un segundo más, antes de dirigirme al lavabo y darme una ducha. El agua caliente cae sobre mí, pero no logra despejar la confusión que tengo en la cabeza. ¿Qué debería hacer?

Este último año ha sido de los mejores en mucho tiempo. Laura ha sido más cariñosa, más atenta... y nuestra relación parecía renacer. No quiero perder eso, no quiero que todo lo que hemos reconstruido se derrumbe por lo que he descubierto. Pero... ¿puedo ignorarlo?

No puedo evitar pensar en ese maldito vídeo. Lo he visto con mis propios ojos... y, por mucho que me cueste admitirlo, me ha gustado. Me ha gustado mucho, demasiado. Solo pensar en ella arrodillada, diciéndole esas cosas a Rubén, mientras yo no tenía ni idea de lo que ocurría... Es aterrador, pero a la vez, me excita de una forma que no comprendo. Ese morbo oscuro me consume, y por más que quiera arrancarlo de mi cabeza, sé que ya está ahí, instalado.

Y eso es lo que me asusta más.

Me seco con la toalla, y mientras lo hago, siento cómo la mezcla de excitación y miedo sigue revoloteando en mi interior. Nunca me había imaginado sintiéndome así, dividido entre el horror de lo que he visto y el placer de haberlo presenciado.

Al salir de la ducha, me siento en la cama a su lado. Ella sigue durmiendo plácidamente. Cojo mi móvil, respiro hondo y, con el corazón acelerado, le escribo.

— Estoy de acuerdo, pero con una condición: Laura no puede saber nada de esto.

No pasan ni dos segundos antes de que el macarra responda.

— Claro, ya sabía que eras un depravado 🤡😈

Guardo el móvil en la mesita de noche y me tumbo, mirando al techo, a la nada. La oscuridad de la habitación es abrumadora, y no sé si lo que acaba de suceder me ha cambiado la vida para mejor o para peor. Eso aún está por verse. Pero una cosa es segura: sea como sea, mi vida ya no es la misma.

Pero eso… eso es otra historia.