Un chulo me destroza la vida (2 de 4)
La confianza se rompe cuando escucha las confesiones arrogantes de un desconocido sobre su propia esposa. Mientras él asiste a un concierto, ella está en una casa vacía con el hombre que la humilla. La pregunta no es si lo hará, sino si él podrá soportar ver lo que Rubén le ha hecho.
Pasaron varios meses desde aquella vez en el gimnasio, y la semana del concierto ya estaba aquí. A decir verdad, el tiempo voló, quizá porque mi mujer había mantenido el buen humor durante todo este tiempo. Incluso una noche, sin planearlo, terminamos follando. Nada del otro mundo, fue algo rápido, intentando no hacer ruido para no despertar a Izan, que dormía en la habitación de al lado. Pero el caso es que sucedió.
Esa noche, casualmente, fue después de que volviera de quedar con sus antiguas amigas de la universidad. Desde entonces, he notado que se escriben mucho más por el móvil y la verdad es que parece alegrarla. La Laura de antes, la juguetona, la que me hacía sentir que todavía había algo entre nosotros. No fue nada espectacular, pero algo en su actitud era diferente. No me malinterpretéis, no es que estemos mejorando al 100%, pero… al menos parecía que las cosas iban por buen camino.
Por mi parte, volví a mi rutina en el gimnasio, pero con una ligera diferencia. Ya no escuchaba música con los cascos puestos, solo los llevaba para dar la impresión de que no estaba pendiente de nada. Lo cierto es que me había vuelto un espía más que un deportista, pendiente de cada palabra que saliera de la boca de Rubén, el macarra del gimnasio. Pero no volvió a mencionar a ninguna misteriosa pelirroja casada, lo cual me hizo pensar que, tal vez, todo había sido una coincidencia, un malentendido.
En casa, mi mujer seguía actuando con total normalidad. Si algo había cambiado, era que se la veía más tranquila, más relajada. Quizá un poco más pendiente del móvil de lo habitual, pero ya me había comentado que estaba organizando otra salida con sus amigas. Este sábado sería perfecto para ella, porque ni Izan ni yo estaríamos en casa. Nuestro hijo se iba de fin de semana al pueblo con mis padres, y yo, por fin, me iría a ver a mi grupo favorito a la capital. El plan perfecto, o eso quería pensar.
Es miércoles por la noche y estoy en el gimnasio. El lugar está prácticamente vacío, como esperaba. Me he acostumbrado a venir a esta hora para coincidir con Rubén y su séquito, aunque una parte de mí lo quiere evitar. Es absurdo, lo sé, pero es como si necesitara esa confirmación. O tal vez, solo quería oírlo hablar de cualquier otra cosa, algo que me diera paz.
Allí está él, Rubén, con dos de sus amigos, pavoneándose como siempre. La escena roza lo cómico: uno de ellos es un tanque de grasa y el otro apenas tiene músculos para sostenerse. Se coloca frente al espejo, flexionando los brazos mientras suelta la misma risita engreída de siempre. Parece estar en su propio mundo, hablando lo suficientemente alto para que todos le escuchen.
— Este sábado he quedado, así que no contéis conmigo —alardea confiado, haciendo que el bíceps sobresalga tanto que hasta la vena de la frente se le hincha.
— ¿Nos vas a dejar tirados de nuevo? —le suelta uno de sus amigos, la bola de sebo, con un tono entre bromista y molesto—. Igual que la otra vez, ¿no?
— Sí, bro, ¿recuerdas? —añade el palillo, soltando una risita estridente, de esas que hacen daño al escucharlas—. Nos dijeron que te vieron en un garito con una tía, y que hasta se escuchaban los gritos de ella saliendo del baño. Menudo show montaste, cabrón. Seguro que te la tiraste.
— ¿Sabéis qué es lo mejor? —. El macarra se detiene un segundo para mirarlos, su sonrisa arrogante es más amplia que nunca—. Que no lo hice.
Me mantengo en silencio, escuchando desde mi rincón. "Qué imbécil," pienso, "tan predecible como siempre, creyéndose el puto rey del mundo."
— Solo estuve jugando un poco, no era plan de tirarmela allí. Me conocen los dueños, no quería líos —responde Rubén, inflando el pecho con esa arrogancia que lo caracteriza.
El gordo y el flaco se miran aguantandose la risa, claramente disfrutando del cuento. El flaco le da un codazo al gordo, y este, en un movimiento exagerado, simula taparse los ojos.
— ¡Vaya tío responsable! —se burla el obeso, agitando los brazos en el aire, como si su líder hubiera hecho una gran hazaña.
— ¡Héroe del año! —le sigue el espagueti, poniendo voz dramática y llevándose la mano al corazón.
Los tres se parten de risa, molestando a todo el gimnasio.
Fantoches de mierda, eso es lo que son. Se creen importantes, riéndole las gracias. Y ahí están, babeando por cada tontería que suelta, como si decir esas gilipolleces les hiciera más hombres.
— ¿Qué querías que hiciera? Esa milf gritaba que te cagas. Le comí el coñito pelirrojo con tanta intensidad que luego tuve que quitarme pelos de entre los dientes —les contesta mientras se hurga con el dedo las encías, sin la menor vergüenza—. Es con ella con quien he quedado el sábado.
Estoy a punto de conectar la música y dejar de pensar en tonterías, pero justo cuando mi dedo va a tocar la pantalla, caigo en lo que acabo de escuchar. Me cago en todo y maldigo mi puta curiosidad, la ansiedad me va a matar. Todos mis músculos se tensan a medida que continúa y la sangre me late con fuerza en las sienes.
— Se ve que su marido tiene un concierto o no sé qué mierdas, y el crío se va con los abuelos. Además, iremos a una casa que tienen vacía, supuestamente para “tomar algo” —sigue el cabrón, haciendo el gesto de comillas con los dedos—. La casa vacía, sin nadie que moleste, ¿sabes lo que te digo? Me voy a hinchar.
Sus amigos lo miran fascinados, deben de pensar que es un dios o algo. Pero no, es solo un gilipollas que se cree invencible porque tiene un par de músculos y una sonrisa de chulo. Qué asco me da. Es una mala persona, y la vida lo va a poner en su sitio tarde o temprano. Y si no lo hace la vida, lo haré yo.
— Te lo tenías calladito, bro —le suelta el de huesos anchos, dándole un empujón en el hombro a carcajada limpia.
Rubén solo se encoge de hombros, con esa aura de superioridad que me revuelve el estómago. Deja las mancuernas tiradas en el suelo y se mueve con toda la tranquilidad del mundo a otra máquina. Y sigue, el cabrón, metiendo el dedo en la llaga.
Mi visión se vuelve negra por unos segundos al intentar levantarme del banco, como si una espesa neblina empezara a cubrirlo todo. El aire parece volverse pesado, y los oídos se me taponan.
— Bro, con lo buena que está... me lo voy a pasar de lujo, ¿sabes? —dice mientras ajusta los pesos, con una naturalidad que me revuelve las tripas—. Está todo listo. Llevamos meses escribiéndonos y, tío, me ha mandado unas fotos que... ¡buah! Mirad esto —se regodea sacando el móvil, y sus amigos lo rodean, muertos de curiosidad por ver las conversaciones o las fotos, aunque yo no tengo ni idea de cuál de las dos será.
Joder, joder, joder. Ya no me queda duda: está hablando de Laura. El corazón me late desbocado, tan fuerte que parece que va a reventar. Cada latido es un golpe seco que retumba en mi pecho, al ritmo de las risas del rapado.
Uno de los compinches se echa hacia atrás y le dice, casi admirando:
— Tío, si te manda esas cosas, está loca por ti.
El macarra, sin perder la sonrisa de satisfacción, le responde:
— Espera a que veas la última conversación.
El otro amigo se acerca más, y cuando la ve en la pantalla, abre los ojos como platos.
— ¡Broooo! No me lo puedo creer... ¿Cómo has conseguido eso? ¡Estás loco! Pero mírale el ojete, y te dice de hacer eso… JO-DER —menciona el delgado, llevándose ambas manos a la cabeza.
Rubén saca pecho, henchido de orgullo ante la adoración de los pringados de los que se rodea. Su rostro en ese momento es el de alguien que cree tener el mundo a sus pies, y la manera en que se mueve lo confirma.
— Solo hay que saber qué teclas tocar, amigo —responde con una seguridad insultante—. Una tía de treinta y largos, insatisfecha porque su marido pasa de ella… pss, es un objetivo fácil.
Ya no puedo más. Apreto tanto los puños que los nudillos se me vuelven blancos, el sudor me corre por la frente. Me acerco hasta quedarme a menos de un metro de Rubén, con la mirada digna de un loco fija en él. Él me observa sin pestañear, sin siquiera molestarse en guardar el teléfono. Desde mi posición puedo ver la pantalla: la foto de perfil de una mujer con un niño, parte de la conversación y una imagen de alguien semidesnudo. Empiezo a temblar. No hacía falta más confirmación, pero lo sé, estoy seguro: es Laura.
El macarra, al notar mi mirada clavada en su móvil, levanta la vista y su expresión cambia a puro desprecio.
— ¡Tú, cuerpo escombro! ¿Qué coño miras? —me chilla Rubén, buscando intimidarme—. Todo el rato cotilleando, ¿crees que no te vemos? —Da un paso hacia adelante, acercando su barbilla a escasos centímetros de mi cara, haciéndome sentir aún más pequeño.
Desde esa posición podría romperle la nariz de un cabezazo, tan solo tendría que echar la cabeza hacia atrás y lanzarla con todas mis fuerzas. Ya me imagino el crujido, la sangre brotando y su cara de sorpresa. Pero, por algún maldito motivo, soy incapaz. Me quedo ahí, quieto, paralizado y acobardado, preguntándome qué coño estoy haciendo y por qué no me muevo.
— Na-nada, perdona. Solo quería pasar, vo-voy a las duchas —balbuceo, tragándome las palabras que me abrasan la garganta, incapaz de decirle lo que realmente pienso a la cara.
Se descojona en mi cara, una risa seca y despectiva que me quema más que cualquier insulto. Sin mirarme, deja que el resto de su séquito suelte carcajadas a mis espaldas mientras me escabullo hacia los vestuarios, con el orgullo hecho pedazos.
Dejo mi ropa colgada en la taquilla, con movimientos torpes, automáticos. Me arrastro hacia las duchas, intentando borrar de mi cabeza todo lo que acabo de escuchar.
El área está extrañamente vacía, y por un momento me pregunto por qué demonios me esperaba otra cosa. ¿Quién estaría casi a las once de la noche de un miércoles?
Me encuentro rodeado de cubículos de cristal translúcido, demasiado modernos para la tormenta de mierda que llevo dentro. El agua cae sobre mí, pero no me calma. El lugar tiene esa luz blanca y fría que te hace sentir expuesto, como si estuvieras en una sala de interrogatorios. Me meto en una de las cabinas, cierro la puerta de cristal con un clic que suena demasiado fuerte en la quietud del lugar.
Pero es inútil, los pensamientos no desaparecen. Laura. La madre de mi hijo. MI Laura.
— ¡Me la ha jugado! —grito rabioso, soltando un manotazo a la pared de la ducha. Lo único que consigo es que me palpite la palma y morderme el labio para no aullar de dolor.
Después de tanto amenazar, va y lo cumple. Y no con cualquiera, sino con el mayor gilipollas que he visto en mi vida. ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?
El agua cae, pero ni siquiera me siento mojado. Todo esto... todo esto no tiene sentido. O sí, repito todas las conversaciones que he escuchado una y otra vez, encajando las palabras como piezas de un rompecabezas infernal.
Una casa vacía. La casa vacía. Tiene que referirse a la casa de los abuelos de mi mujer. Desde que murieron, no la hemos usado para nada más que limpiar de vez en cuando. La imagen cada vez es más clara.
Pero mientras la claridad me golpea, algo más aparece, una sensación que no quiero admitir. Una pequeña parte de mí... lo está disfrutando. Me aterra solo pensarlo, pero... ¿acaso no hay algo casi adictivo en esto? En el dolor, en la traición. Es como si, de alguna manera retorcida, hubiera despertado algo en mí que llevaba años dormido.
No me sentía así desde antes de que naciera Izan. Como si una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo, algo que no había sentido en años, pero no es solo por la rabia o la frustración. Es algo más. Y eso es lo que me asusta.
El agua sigue cayendo, el tiempo pasa, pero no tengo ni idea de cuánto llevo aquí. Mi cabeza da vueltas, y la línea entre el horror y la excitación es cada vez más delgada. No quiero sentir esto, no quiero. Pero ahí está, esa extraña chispa que arde en mi pecho y que no había sentido desde que... desde que todo cambió.
Desde que me convertí en padre.
Cierro el grifo de golpe, el eco del agua cesa de repente, dejando un silencio incómodo. Me paso una mano por la cara, tratando de aclararme las ideas, ¿estoy fatal de la cabeza o qué coño me pasa? Salgo de la ducha con el cerebro en otro lado, y cojo la toalla que había dejado colgada. Me seco la cabeza con torpeza, dejando que la tela absorba las gotas que resbalan por mi piel.
Todo se siente confuso, irreal.
Y entonces, justo cuando voy a envolver la toalla alrededor de mi cintura, lo veo.
Rubén.
Está ahí, justo frente a mí al otro extremo del pasillo, con la toalla en la mano, desnudo y cubierto de sudor por las pesas. Su piel brilla bajo las luces frías y estériles del vestuario, resaltando cada músculo esculpido. Intento no mirarlo, pero es inevitable. Mis ojos se desvían hacia abajo por un instante, casi de forma automática.
Y lo que veo me deja helado.
Su miembro es exageradamente grande, incluso flácido parece desproporcionado. No puedo evitar comparar y sentirme... diminuto. ¿Cómo es posible que sea tan...? No me cabe en la cabeza. Me quedo paralizado por un segundo, incapaz de apartar la vista. Debía de ser más grande que el mío y ni siquiera estaba empalmado. Eso no podía crecer mucho más, ¿o sí?
Se da cuenta de mi mirada, claro que se da cuenta, con la cara de palurdo que se me ha quedado. Sonríe con esa altanería que me revuelve el estómago, la misma que tenía cuando hablaba de mi mujer antes.
— Parece que eres cuerpo escombro en todos los sentidos —me suelta, con un tono que destila burla y desprecio al mismo tiempo que avanza.
Por pura vergüenza, me anudo la toalla a la cintura, tratando de mantener la dignidad que ya he perdido.
Y para rematar, se rasca las colosales pelotas que le cuelgan entre las piernas. Tiene la zona completamente depilada, lo que hace que todo se vea aún más grande, más intimidante. Es como si estuviera marcando su territorio, sabiendo perfectamente el efecto que tiene en mí.
— Lo que importa es cómo se utilice, pero qué va a saber un crío como tú. De toda la vida han existido pollas de carne y pollas de sangre —le espeto, intentando que su arrogancia se tambalee, buscando herirle en su ego inflado.
Suelta una carcajada que retumba en las paredes del vestuario, completamente despreocupado por mis palabras.
— ¿De verdad te vas a consolar con esa mierda? —me dice mientras se acerca más, invadiendo mi espacio, con el cuerpo aún húmedo y brillante por el sudor—. Ahora mismo la tengo encogida, pero no quieras verme empalmado, que te asustas de verdad.
Sin decir más, se da la vuelta con una mueca de asco y entra en la ducha, dándome la espalda, dejando claro que la conversación había terminado para él. Yo, por otro lado, me quedo ahí, sintiendo una mezcla de rabia y humillación ardiendo en mi pecho.
Me visto con prisa, deseando salir de allí cuanto antes. De reojo, veo al gordo y al flaco, cuchicheando como siempre, riéndose por lo bajo. Parecen dos carroñeros alimentándose de las sobras que les deja su líder.
En cuanto llego a casa, todo está en silencio. Laura e Izan duermen profundamente, y la casa se siente casi tranquila. Pero mi mente sigue en ese vestuario, en todo lo que he escuchado y visto. No puedo dejarlo pasar.
Voy directo al mueble donde guardamos las llaves y rebusco entre ellas hasta dar con la del piso de los abuelos de Laura. La sostengo en mi mano por un momento, sintiendo cómo mi corazón (o lo que sea que late dentro de mí ahora) golpea con fuerza. Necesito saber, necesito una respuesta.
Con cuidado, me la guardo en el bolsillo. Mañana haré una copia y devolveré las originales a su sitio antes de que se den cuenta.
Al día siguiente, salgo del trabajo con una sola idea en mente: hacer una copia de esa llave.
No voy a la ferretería de siempre. Ni loco. Escojo una más alejada, en una calle que apenas reconozco. Aquí nadie me va a identificar, ni me van a hacer preguntas. Solo soy otro cliente cualquiera que necesita una llave más.
El dependiente, un tipo con cara de pocos amigos, la coge sin levantar la vista del mostrador. Mientras la copia, intento disimular lo jodidamente nervioso que estoy. Me froto las palmas contra los muslos, intentando calmar la adrenalina que me recorre como un veneno lento. Todo esto es una locura. Pero no puedo detenerme. Estoy zumbado, no hace falta que nadie me lo diga.
El sonido metálico de la máquina me hace temblar. Cada chispa que salta parece que me golpea directamente en los nervios. Pienso en lo que puedo encontrar, en lo que probablemente ya sea obvio pero que me niego a aceptar.
Al volver más temprano que de costumbre, me recibe el habitual silencio. Izan debe estar saliendo de la academia de inglés y Laura, seguramente, estará esperándolo para recogerlo.
Por si acaso, entro sin hacer ruido, aunque no haya nadie, y me dirijo directo al cajón donde están las llaves. Las originales, claro. Saco el manojo con cuidado, haciendo un esfuerzo absurdo por no hacer ni el más mínimo ruido, como si alguien pudiera pillarme en cualquier momento. Devuelvo la original y me quedo con la copia.
Cierro el cajón despacio y me doy la vuelta, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Lo he hecho. Ninguna señal de lo que estoy planeando.
La tarde pasa en un suspiro. Cenamos como de costumbre, mi hijo contando algo sobre la academia y su madre asintiendo con una sonrisa mientras lo escucha. Todo parece normal. Yo asiento, lanzo alguna que otra palabra, pero mi mente está en otro lado.
No puedo evitar pensar en lo que escuché en el gimnasio. Mientras miro a mi mujer sonreír y hacerle preguntas a Izan, me resulta imposible imaginarla haciendo todo lo que ese macarra contó con tanto orgullo. Con esa cara angelical, su melena roja cayendo sobre los hombros y ese aire de no haber roto un plato en su vida, ¿cómo podría ser la misma persona de la que ese imbécil presumía?
Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que ya no la conozco. O, mejor dicho, ya no sé qué pensar de ella.
Y antes de darme cuenta, el viernes llega.
Por la tarde, mis padres vienen a buscar a su nieto para llevárselo al pueblo. Nos despedimos de él con abrazos y sonrisas, pero mi cabeza es un caos. En lugar de aprovechar este fin de semana junto a Laura, como habría sido normal, mañana por la mañana me voy al concierto. Ese es el plan, volver el domingo, como si nada. Pero sé que ya no hay nada normal en todo esto.
Intento mantener la calma, pero es difícil. Nos despedimos de mis padres y más tarde cenamos juntos, aunque apenas intercambiamos palabras. Yo, haciendo el papel de idiota, trato de acercarme a ella, tocarle la mano por debajo de la mesa, buscando algún tipo de señal que me diga que todo está bien. Que no es ella. Que todo esto es producto de mi mente retorcida. Pero Laura, con esa calma que ahora me irrita más que nunca, solo me dice que le duele la cabeza.
— Lo siento, cariño, creo que lo mejor es que te acuestes temprano. Mañana querrás estar a tope, ¿no? —me dice con esa maldita sonrisa tranquila. Tan tranquila que me ha roto por dentro y siento arder el pecho.
La imagen de tomarla de manera salvaje invade mi mente, fantaseo con hacerlo, con que todo podría ser distinto si no hubiera decidido ir al concierto. Pero no. Acabamos viendo la tele como dos extraños que comparten sofá, mientras la apatía devora lo poco que queda de nuestra relación. Al final, nos metemos en la cama. Me da la espalda y se queda dormida casi al instante. Me quedo solo, con el silencio como único testigo de lo que de verdad está pasando entre nosotros.
El sábado por la mañana, me despierto temprano. Me visto para ir a ver a los Maiden, intentando concentrarme en lo que debería ser un fin de semana perfecto, pero soy incapaz. Cuando estoy a punto de salir, Laura aparece en la puerta, radiante, más de lo que la he visto en mucho tiempo.
— Que lo pases bien en el concierto —dice alegre, casi despreocupada, pasándose un mechón por detrás de la oreja y con los ojos brillando.
La miro, buscando algún indicio, por pequeño que sea, algo que me diga que todo lo que he estado pensando es una locura. Casi me siento mal por dudar de ella. Casi.
— Tú también… pásalo bien con tus amigas —respondo, tratando de que mi voz suene natural, aunque por dentro estoy hecho un lío.
Ella me muestra su perfecta dentadura, una sonrisa que no sé si interpretar como inocente o calculada.
— Claro, lo haré. Nos vemos mañana —dice, dándome un último vistazo antes de cerrar la puerta con suavidad.
Mientras camino hacia el coche, esa sonrisa se me queda grabada. El peso de la llave copiada en mi bolsillo parece más intenso con cada paso, como si todo dependiera de esa pequeña pieza de metal.
Llego al concierto, pero en lugar de emoción, lo único que siento es una creciente sensación de incomodidad. Solo puedo pensar en qué estará haciendo Laura. Me repito que solo es mi cabeza, pero esa imagen de su sonrisa tranquila al despedirme me atormenta. Incapaz de disfrutar por la ansiedad, saco el móvil y la llamo antes de que empiece el espectáculo.
El tono de llamada suena varias veces hasta que, finalmente, responde.
— ¿Qué pasa? —responde ella, entre sonoros jadeos.
De inmediato, todas las alarmas saltan en mi cabeza. Mi corazón empieza a latir al ritmo de los vítores del público cuando se va el pipa del escenario.
— ¿Qué estás haciendo? —pregunto, sintiendo que el pecho se me encoge.
— Yoga —responde, entrecortada—. Hacía tiempo que no practicaba y... aaah... ya me tocaba.
No ha terminado de decir la frase cuando suelta un pequeño gemido. Mis ojos se abren de par en par, y un calor me sube hasta la cabeza.
— ¡LAURA, QUÉ PASA! —le grito desde el alma.
El silencio que sigue se me hace eterno. Estoy rodeado de gente, pero de repente todo parece ajeno, distante. Un sudor frío me recorre la espalda, paralizándome, mientras espero su respuesta.
— No es nada —me contesta—, es que me ha dado gusto porque hacía mucho que no estiraba de esta forma. Uff… —resopla de nuevo.
Estoy a punto de replicar, cuando añade:
— Te cuelgo, ¿vale? Tengo que practicar más, ¡disfruta del concierto! —dice con alegría— Yo también me lo estoy pasando muy bien.
Antes de que pueda decir una sola palabra más, el grupo sale al escenario y todo el público ruge. Miro la pantalla del móvil, y la llamada ha terminado.
Las guitarras eléctricas rugen, las luces parpadean, pero mi mente está en la conversación que acabamos de tener.
No puedo más. Antes de que el concierto termine, me deslizo entre la multitud y me dirijo al coche. No tiene sentido seguir aquí. Mi cabeza está en otro lugar, y necesito saber la verdad.
Me tomó varias horas regresar, empujando el coche al límite, tan rápido como pude. Cuando por fin llego, ya es de noche, rozando la madrugada. El cansancio me pesa en los hombros, pero la adrenalina me mantiene en pie, más despierto de lo que querría
Aparco cerca de casa, saco el móvil con manos temblorosas. Mi cerebro está frito, pero intento mantener la calma. Le escribo un mensaje rápido, tengo que saber si está ahí o no.
— ¿Qué tal? ¿Ya estás con las amigas?
Tamborileo los dedos contra el volante mientras espero en el coche. Cada segundo se alarga como si fuera una hora, hasta que, por fin, el teléfono vibra.
— ¡Muy bien! Estamos en un garito tomando algo, está siendo una noche genial. Me hacía falta un día así, ya te contaré. Espero que tú también lo estés disfrutando.
Me quedo mirando su mensaje, tratando de encontrar algún doble sentido, algo que me confirme lo que ya temo. Pero es tan ambiguo... Me carcome la duda.
— Sí, ha estado de puta madre. Cuando llegue al motel, te llamo —le escribo.
Tan solo recibo un emoji de pulgar arriba como respuesta, y yo lo interpreto como vía libre para subir a casa.
Subo las escaleras de dos en dos con el pulso acelerado, mi mente trabajando a mil por hora. Necesito comprobarlo. Ya es pura obsesión, se ha convertido en algo insano y tengo que saber si estoy en lo cierto.
Cuando entro en casa, todo parece normal; reviso en busca de algo inusual, pero no encuentro nada fuera de lugar. Me acerco al armario donde guardamos las llaves, mi corazón retumbando en los oídos.
Abro el cajón, dejando caer una por una en mi mano, hasta que me doy cuenta.
Las que busco no están.
Me quedo unos segundos en blanco, mirando el manojo de llaves, incrédulo. Vuelvo a comprobarlo, pero el resultado es el mismo.
Detesto tener razón, pero todas las pistas encajan a la perfección. Mi estómago se revuelve y la boca se me queda como si hubiera chupado papel. Apenas me doy cuenta de que no he bebido nada desde que salí del concierto. Abro la nevera, agarro un botellín de cerveza y lo vacío casi de un trago. Sin pensarlo, cojo otro para llevar. Solo son veinte minutos en coche, pero necesito algo que me dé fuerzas antes de enfrentar lo que sea que me espere.
Respiro profundamente antes de cruzar la puerta. Sea como sea, voy a descubrir la verdad.
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