4 hombres para Blanca - completo (cap. 13)
La puerta se cierra y el silencio del pasillo es más aterrador que cualquier grito. Alex sabe que algo va mal, pero cuando asoma la cabeza, la realidad lo golpea con una violencia que no esperaba: su novia no está sola, y la humillación que recibe es solo el comienzo.
A las diez y media en punto, Blanca salía por la puerta de nuestro cuarto. Se había arreglado para la ocasión. De hecho, hacía tiempo que no la veía tan guapa. Me lamentaba por el aspecto que traería una hora después cuando volviera vejada por uno, dos o los tres tipos. Como le había dicho, de Hugo no me fiaba ni un pelo.
Después de los primeros sesenta minutos, comencé a impacientarme. Contra mi voluntad, volvía a imaginarme a Blanca en las más terribles posturas pornográficas, con varios hombres asediándola, y mi corazón se encontraba al galope.
A la hora y media no lo pude resistir y salí a buscarla. Hasta entonces, me había sujetado asomándome al pasillo a observar el panorama, y poniendo la oreja para escuchar los mínimos sonidos. Pero no había detectado nada. Solo silencio y penumbra.
Mientras recorría la distancia hacia las habitaciones del fondo, comprobé que salía luz por los tres ojos de buey. Faltaban pocos minutos para la media noche y se veía que los tipos no eran de acostarse temprano, a pesar de la borrachera que se hubieran pillado en la improvisada sala de fiestas de la primera planta. O quizá justamente por ella.
Mi destino inicial era la habitación de Rubén. Supuestamente mi novia estaría con él, teniendo sexo para enseñarle a meterla. Lo que no entendía era por qué le estaba llevando tanto tiempo aleccionarle sobre algo que en la mayoría de las parejas no dura más de cinco minutos.
Asomé la cabeza por el ojo de buey del musculitos y las sorpresas comenzaron. El chaval se hallaba en la cama, pero a solas. Una de sus manos sujetaba una revista de las «interesantes». La otra, metida dentro de la sábana, se movía con un movimiento rítmico que no dejaba lugar a la duda.
¿Dónde coños estaba Blanca?, me pregunté. No creí que hubiera tenido un encuentro con Rubén, porque era bastante improbable que el chico tuviese ganas de meneársela después de conocer el buen sexo con ella.
Seguí pasillo adelante y al llegar al cuarto de Hugo, me asomé por su ojo de buey. Pero por más que atisbé el interior, del medicucho no había ni rastro. Una nueva sorpresa que aumentó mi angustia. Y los escalofríos habituales comenzaron a recorrerme.
Pensé si valdría la pena seguir el pasillo o si no sería mejor buscar a Blanca por otra parte, con Juan no me la imaginaba después de las palabras de odio que había dicho antes de salir de la habitación.
Aunque solo fuera por descartar, decidí seguir adelante. Mientras me acercaba a la habitación de Juan, observé el quinto dormitorio, el que se hallaba deshabitado. Seguía sin entender para qué habrían habilitado un cuarto más. Alguna razón habría, me dije, los de EXTA-SIS no parecían dar puntada sin hilo.
Al llegar a la puerta de Juan, estiré el cuello y miré el interior por el ojo de buey. La escena que descubrí a punto estuvo de matarme de la risa. El muy imbécil se estaba follando de nuevo a la almohada. Culeaba enloquecido y ponía caras de estarla gozando. ¡Pedazo de mamón salido!, me dije.
Y a punto estaba de retirarme, cuando vi aparecer una pierna femenina por debajo de su cuerpo y enrollarse a su gordo muslo. «Joder, ¿quién es esa tía?», me dije, sin aceptar todavía que la mujer que estaba debajo del puñetero Juan pudiera ser mi novia.
Agobiado como me hallaba, me costaba respirar. A pesar de todo, me extrañó el terrible silencio que seguía habiendo en el pasillo. Aquellos dos debían de estar haciendo bastante ruido, por el trajín que se traían. Sin embargo, a este lado de la puerta, atrancada y más estanca de lo que había supuesto, no se oía ni un suspiro.
Asfixiado por la angustia, moví la manilla y abrí cinco centímetros la puerta para escuchar los sonidos que imaginaba se estaban produciendo entre los dos. Y tan pronto como los escuché, el alma se me vino al suelo.
—Toma, zorra, toma… —decía el gordo Juan—. ¿Te gusta, eh, pedazo de puta?
—Joder, sí, sí… —respondía Blanca—. Dame… dame… no pares… joder… no pares…
—Jajaja… —reía triunfal el exbombero—. ¿No decías que te daba asco y que me iba a follar a mi puta madre? Pues toma, guarra… trágate mi polla… Joder, que chochazo tienes, hija de puta… Te voy a follar toda la noche… Y luego te vas con tu novio a darle besitos…
—Joder… Juan… que me voy a correr… no pares… por tu padre… no pares…
—¿Parar? Ni en sueños…. Toma, puta, toma polla de Juanito el gordo… la mejor de todas…
—Aaaahhhh… Aaaahhhh… me voy… me voy… dame… cabrón… dame…
—Jajaja… —continuaba el muy cerdo—. ¿Quién es el que te folla mejor? Reconócelo, hija de puta… toma polla dura… toma… ¿La sientes? ¿Te llega al útero, guarra?
—Joder… sí… sí… me corroo... me corroo…
La sangre no me llegaba a las venas. Ver y oír a Blanca en aquella situación era lo último que me esperaba. Y, aunque intentaba hacerme a la idea de que no debía importarme ya, el dolor y la rabia estaban a punto de matarme.
Cuando los gritos de Blanca indicaban que estaba experimentando el mayor orgasmo de su vida, decidí seguir su consejo y me di media vuelta para huir de allí.
Y al hacerlo me di de bruces con Hugo.
—Vaya, Alex, ¿qué haces? ¿espiar a los amantes?
Hubiera podido acuchillar a aquel cabrón en ese mismo instante. Pero me contuve con la promesa de que algún día el tipejo me las iba a pagar todas juntas.
—Eres un monstruo… —le espeté de mala leche—. Le dijiste a Blanca que iba a hacerlo con Rubén.
—Pues ya ves, querido —repuso chulesco, y me juré que definitivamente lo mataría, ya estaba decidido—. Cambio de planes. Aunque, bien mirado, ¿quién te dice que no se la han follado los dos? Quién sabe, a lo mejor soy el siguiente… Esa mujer tiene fuego por dentro, y seguro que no se conforma con el bombero… No hay más que verla…
No quise darle la satisfacción de recordarle que aquella mujer era la mía. Que no le permitía hablar de ella en aquellos términos. Eso le hubiera reportado mayor morbo. Me sujeté de nuevo para no machacarle la cabeza, y le hice un quiebro para huir de su lado. Pero escuché una frase de Juan que me detuvo.
—¿Dónde coños vas, pedazo de puta? —decía el exbombero—. Ven para acá que todavía no he acabado contigo. ¡Mira mi polla, el condón está todavía vacío!
—Espera, Juan —se quejaba Blanca—. Que Alex debe de estar muy mosqueado por mi tardanza. Seguimos otro día, te lo prometo.
—Y una mierda… —protestó—. Otro día follamos más. Pero esta noche no te me escapas. Déjame que me cambie esta goma que se ha roto y prepárate porque aún me queda cuerda.
Se oyó un forcejeo y salí de estampida para ver lo que ocurría en la habitación. Si estaba haciéndole daño a Blanca, me daba igual que pesara el doble que yo, me iba a lanzar a partirle el cráneo.
La escena de nuevo me dejó helado. El exbombero había puesto a Blanca en cuatro, la cabeza contra el cabecero de la cama— y ya se la estaba metiendo desde atrás, haciéndola jadear como a una cerda.
—Aaahhh… aaaahhhh… —se quejaba Blanca—. Despacio, cabrón, que duele…
—Jajaja… —volvía a reír el muy cerdo—. Pero si no puede doler, si tienes el coño como la boca del metro, so puta…
Me imaginaba mi figura desde fuera y la divisaba como una estatua de sal. Inmóvil por el estupor y por la angustia. Solo el aliento asqueroso de Hugo que me llegaba junto al oído, me despertó del pasmo.
—¿Por qué no pasas?
—¿Qué… qué dices? —repliqué con la boca como la lija.
—Pues eso, que entres… —susurraba para que los amantes no le escucharan—. Al fin y al cabo tu eres parte de esto. Y el gordo ya te ha calentado a tu chica. Seguro que si se la metes ahora, el orgasmo está garantizado. Y luego que ya se la siga follando él si quiere, que tiempo tiene…
—¡Eres el mayor hijo de puta que conozco, puto cerdo!
Mi insulto no había sido susurrado, precisamente. Y por ello, Blanca se dio cuenta de nuestra presencia. Giró la cabeza y nos descubrió. E, inmediatamente, comenzó a gritar.
—¡Por dios, Alex… vete de aquí!
Se la notaba alucinada. Aunque apenas podía moverse por la presa a que la sometía el exbombero, y por el placer que sentía ante sus bestiales embestidas. Su expresión de lujuria se le había mezclado con la sorpresa de verme. Lujuria que no podía disimular en su rostro contraído y con los ojos semicerrados.
—¡Por favor… cariño! —consiguió decir entre jadeos—. ¡Te quiero, te quiero… mi amor! ¡Pero vete, por dios, vete!
Conseguí vencer la parálisis y, dando un empujón al médico, escapé de allí a la carrera.
—Olvida a ese pringado —fueron las últimas palabras que oí decir a Juan—. Y estate a lo nuestro. Toma rabo, zorra… y disfruta por una vez en tu vida de un buen polvo…
—Aaahhh… aaahhh… —jadeaba ella.
Al llegar a nuestro dormitorio —el de Blanca y mío todavía—, cerré la puerta a cal y canto y situé una silla bajo la manilla para evitar que nadie se colara en el interior. Luego me metí en la cama y me cubrí por entero con la sábana.
DIA 4 (5) - EXPLICACIONES
Pocos minutos después unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Bajé la sábana y asomé la cabeza. La mirada dolida de Blanca me observaba a través del ojo de buey.
Me levanté sin mucho ánimo y retiré la silla. Apenas lo había hecho, se coló en el interior y se abrazó a mí con fuerza. Olía a sexo. Y al sudor osuno del puñetero gordo. Asqueado, la aparté de mí.
Se sentó en el borde de la cama y, tapándose la cara con las manos, comenzó a sollozar. La dejé llorar sin decir nada. Prefería el silencio a cualquier explicación absurda. Pero necesitaba soltar lo que llevaba dentro y comenzó a hablar.
—Yo no quería esto… —suspiró limpiándose las lágrimas de la cara—. Te juro que no lo quería…
—¡Ah!, ¿no? —grité—. Pues hace unos minutos le gritabas a ese puto cerdo que te diera bien, que te estaba matando de gusto…
—Lo… siento… —se excusaba—. La que gritaba no era yo… No sé quién era, te lo juro… Es alguien que llevo dentro, que no soy yo… Pero yo no quería… Tienes que creerme.
—Sí, eso dices ahora… —le respondí de malas pulgas—. También quise creerte antes, cuando dijiste que si el cabrón de Hugo te había tendido una trampa, lo mandarías a la mierda. ¿¡Recuerdas!?
—Es que no ha sido así… en realidad no me ha tendido una trampa… —sus sollozos, suaves ahora, no se detenían.
—¿¡Y cómo ha sido, eh!? ¿Te ha pagado para abrirte de piernas?
Blanca se quedó paralizada.
—No me hables así, por favor, no soy una puta… —dijo secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿De verdad quieres saberlo?
La miré indignado.
—Por supuesto que no quiero. No quiero oír a la zorra de mi novia explicarme como se mete en la cama de cualquiera como una vulgar fulana.
Resoplé un instante antes de proseguir.
—Pero necesito oírlo, mal que me pese… Así que habla antes de que no pueda soportarlo y me vaya de aquí para siempre.
Se lo pensó unos instantes. Después comenzó a hablar.
—Pues… he llegado a la habitación de Rubén y Hugo estaba allí. El médico no me había mentido. Era con Rubén con quien tenía que acostarme.
Se detuvo para sonarse la nariz.
—¿Y…? —la insté a continuar.
—Pues que no… que no se le ha puesto dura…
—Ah, genial… —hablaba yo haciendo aspavientos, demostrando mi monumental enfado. Aunque más bien era decepción—. Y seguro que se la has chupado bien al chico para ver si se le levantaba, ¿no? Pedazo de zorra… Ese cerdo de Juan tiene razón con los apelativos que te suelta mientras te la mete...
Se dejó arrastrar por el borde de la cama y se sentó en el suelo.
—No, no se la he chupado… —susurró, dejando de llorar—. Me he negado a hacerlo… La polla de ese imberbe es la cosa más asquerosa del mundo…
No entendí por qué un sentimiento de alivio me había recorrido el estómago al creer que esta vez decía la verdad.
—Y entonces, ¿qué? —aunque lo quisiera, no podía dejar de atacarla, si bien solo era por descargar con ella mi desesperación—. Como no se puede con éste, pues vamos a follarnos al gordo, que parece que promete… ¿no?
—Por dios, Alex, no me humilles más…
La dejé respirar unos instantes, pero volví al ataque.
—¿Por qué no sigues? —la espeté de repente—. ¿No piensas contarme cómo ocurrió el cambio?
Me miró sin entenderme.
—¿Qué…?
—¡Que me cuentes como decidiste tirarte al puto gordo…! O, mejor dicho, como decidiste abrirte de piernas para que él se te tirara a ti.
—¿Lo dices en serio? —dijo tragando saliva.
—Completamente…
—No, Alex, ni hablar… no te lo voy a contar porque no querrás saberlo… No me lo pidas, por favor. Si lo hago sé que me odiarás… y me moriría sin ti…
Estaba de muy mala leche, y volví a amenazarla.
—O me lo cuentas con pelos y señales o te juro que recojo mis cosas y me voy a la habitación vacía.
Su congoja era mayúscula. Su mirada reflejaba terror.
—No… no serás… capaz…
—Ponme a prueba…
Se puso en pie. Se cruzó de brazos en señal defensiva, auto protectora, parecía estar helada de frío, cuando en aquella habitación habría más de 25 grados. Dio unos pasos erráticos por el cuarto con la mirada baja, avergonzada.
—Vale, pero te lo avisé…
Y comenzó a relatarme la aventura desde el momento en que habían detectado problemas en la erección de Rubén.
Continuará......
Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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