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Las siete 8

Hugo no solo busca placer, busca posesión. Cuando María cruza la puerta de su casa, descubre que la realidad supera cualquier fantasía prohibida. ¿Está ella lista para dejar de ser una mujer normal y convertirse en su gatita?

Mariscal5.3K vistas9.3· 14 votos
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Capítulo 8.

Después de una intensa semana en la que María se enfadó mucho conmigo por insinuar que fuera una mascota/esclava, al final se relajó y aceptó una comida en mi casa.

Irene llevaba toda la semana preguntándome si podía ir el fin de semana ya que no habíamos quedado en nada. Yo leía sus mensajes pero no le contestaba. Esa especie de juegos me gustan, ponerlas nerviosas sin saber que va a pasar. El viernes por la noche le dije que estuviera a las doce de la mañana en mi casa y que trajera bragas. Me puso ok y el emoticono del corazón.

La mañana del sábado le dije a Isabel, después de su mamada de despertar, los planes por encima sobre la comida con María. Le pregunté si tenía bragas, no las usaba desde que era mi esclava, usaba tangas.

Cristina llegó al poco rato y le dejamos libre la cocina. Entre Isabel y yo preparamos la mesa del salón. No tengo ni cubertería ni cristalería elegante, creo que los hombres no caemos en esos detalles pero de todas formas la que tengo tampoco está muy estropeada. Pusimos la mesa como si viniese a comer el rey.

A las doce llegó Irene, la puse a ella y a Isabel de rodillas en el salón. Llamé a Cristina y le indiqué como debía ponerse, a ella no la había enseñado las posturas.

-Nunca habéis estado juntas y algunas no os conocéis. Esta esclava es Primera o Isabel, y suele venir los fines de semana. Ella es la de más jerarquía salvo en las cuestiones de orden y limpieza que corresponden a Segunda o Cristina,- mientras hablaba las iba señalando con la fusta dando suaves golpes en sus culos, -ella viene durante la semana por las mañanas y se encarga de la limpieza de la casa y de organizarla. En esos puntos es la que manda y cualquier duda se la consultáis.- Levantó un poco la cabeza orgullosa.

-Ella es Irene o Tercera. Es la última en jerarquía y en principio vendrá los sábados, los domingos no todos según lo que hagamos el sábado.- Pensaba en sesiones de disciplina que podrían dejarla agotada.

-Las tres sois mis esclavas y os llamaré por vuestro nombre o por vuestra posición según me apetezca. Quiero deciros que mi intención es llegar a tener siete esclavas, los motivos no os lo diré por ahora, pero pensar que tendréis que compartirme con más esclavas y que el orden de jerarquía entre vosotras podrá cambiar según quiera yo. La chica que viene hoy a comer está algo asustada por la situación pero espero convencerla para que pase a ser la esclava número cuatro. Así que no quiero fallos entre vosotras ni en el servicio. Cristina estará en la cocina, se encargará de la comida y de la limpieza, las otras dos seréis las que sirváis y recogáis. Procurar comer antes de que ella llegue, después no tendréis tiempo. Cristina tiene su ropa, pero vosotras en principio llevaréis bragas o tanga. Además os pondréis en cada pezón unas pinzas con cascabeles para que se os oiga venir. ¿Alguna pregunta por ahora?.-

-No Amo.- dijeron Isabel y Cristina.

-Perdón Amo,- dijo Irene, -¿Que significa jerarquía?.- Estaba realmente avergonzada.

-Eso es el orden de importancia, quien manda más y quien menos. Ya te lo expliqué, procura recordar las cosas.-

-Lo siento Amo.- Me dijo y preveyendo el futuro le dije.

-Aunque tu seas Tercera, no significa que mandes más que cuarta o quinta, esos son sólo vuestros nombres. ¿Entiendes?.-

-Sí Amo.-

-Esta nueva chica me gustaría que fuese una esclava diferente. Quiero que sea algo parecido a una mascota. Posiblemente esté fuera de la jerarquía, es decir, que nadie podrá mandar sobre ella ni ella mandar sobre nadie. Aún no se como lo haré pero ya os informaré. Por cierto, voy a crear un grupo de wasap exclusivo para mis esclavas. Todo lo que me tengáis que decir se pone ahí, no hay privados, no tengo secretos con mis esclavas ni ellas conmigo ni entre ellas. Si no hay nada más cada a una a lo suyo.-

-¿Amo que hago yo?.- me preguntó Irene.

-Lo que te mande Primera.-

-Ponte unas bragas y ven a la cocina para coordinarnos con Cristina.- Le dijo resuelta Isabel.

A las dos y cuarto llegó María. No me gusta la impuntualidad nada, ni siquiera paso cinco minutos. Prefiero llegar antes y tener que esperar a llegar tarde. Esos quince minutos de más me molestaron pero lo dejé de lado, no era ahora la cuestión de protestar.

Le abrió la puerta Cristina dejando impactada a María por el vestido tan sexy de la “criada”.

-El Señor le espera en el salón, si quiere seguirme por favor.- Escuché desde el salón.

Al entrar si estaba alucinada viendo como se asomaban las nalgas de Cristina por debajo de la corta falda, se quedó de piedra al verme de pie en el centro con las otras dos esclavas a mi lado arrodilladas en posición de espera desnudas salvo por las bragas y el collar.

-Hola María, me alegra que vengas, siéntate un momento en el sofá, tomaremos un aperitivo antes de almorzar.- Mientras Cristina ya había desaparecido en la cocina.

-Joder. No me esperaba esto.- Dijo sin moverse de la puerta.

-Pasa mujer. Te dije que mis esclavas estarían. ¿Algún problema? Si quieres las mando a otra habitación.-

-No se, creo que esto me supera. Estoy muy incómoda.-

-No te preocupes. Primera y Tercera iros a la cocina con Segunda.- Se levantaron y se marcharon.

Me acerqué a María, la cogí de la mano y la llevé al sofá. Estaba nerviosa y lo notaba en sus manos que agitaba levemente.

-Relajate mujer. Aquí no va a pasar nada que te disguste. Normalmente mis esclavas van desnudas pero hoy les ha dado permiso para ponerse braga y que no te incomode.-

-Vaya, que considerado. No sé Hugo. Tengo mucha vergüenza de ver a esas personas así, no creo que pueda estar tranquila viéndolas a mi alrededor.-

-Pues no te mentí en nada. Es lo que deberías haber esperado, ¿no viste los vídeos?.-

-Sí, pero en el fondo creía que era una broma. No sé, ¿es real verdad? ¿son esclavas?.-

-Sí, son esclavas, son mis esclavas. Pero estoy seguro que habrás buscado información después de decírtelo yo, sabrás que es consensuado, ellas lo desean tanto como yo. ¿Te apetece un vino?.-

-Sí por favor, un poco de alcohol me vendrá bien. No te mentiré pero mi impulso ahora es salir corriendo.-

-Puedes hacerlo cuando quieras, pero no necesitas correr, yo no te lo impediré. ¡Primera sirve dos copas de vino!.- Grité para que me oyeran desde la cocina, gesto que no me gustó nada, eso de gritar en mi propia casa.

Isabel entró con una bandeja y dos copas de vino haciendo sonar sus cascabeles. Los dejó sobre la mesita y se puso a mi lado en espera.

-Gracias Primera, mejor vuelve a la cocina, te avisaré si necesito algo.-

-Es como en las películas, lleva cascabeles en los pechos y un collar de perro.- Decía mientras veía retirarse a Isabel.

-Pensé que con los cascabeles las oirías y no te sobresaltarías mientras nos sirven la comida. Pero a quien me gustaría ponérselos es a mi mascota, es algo muy típico de las gatitas ¿no?.-

Me miró suspicaz y le dio un sorbo grande al vino.

-Relájate y hablemos de otra cosa si te parece para que estés más cómoda.-

-¿Les pones de nombre números?.- Parecía que quería seguir con el tema y eso me convenía, cuanto más supiera más lo asimilaría.

-Sí, al principio pensé que me sería más cómodo pero creo que será un lio. Aún no sé que hacer con eso. ¿Quieres que te hable de ellas?.- Pensé que sería buena idea que las conociera, quizás así se relajaría.

-Bueno.- Fue lo único que dijo hasta beberse de un trago lo que quedaba de la copa.

-¡Primera sirve otra copa!, -yo apenas había mojado un par de veces los labios en el vino, -verás, esta es Primera, su nombre es Isabel,- dije mientras ella entraba en el salón con la botella y le servía más vino a María.

-Hola Isabel.- Dijo María mientras le servía.

-Hola Señora.- Dijo Isabel sin mirarla y volviendo a la cocina de forma discreta.

-Ella fue la primera y de ahí su nombre. Estudia en la universidad, periodismo. Según me confesó siempre había soñado con una relación como esta. La conocí en un pub y no me extrañaría que supiese sobre sumisión más que yo. La otra que nos va a servir es Tercera o Irene. Dejó los estudios muy pronto y ahora trabaja de kelly en un hotel, ya sabes las encargadas de dejar limpias y preparadas las habitaciones. Además es repartidora en mi empresa pero este trabajo lo ha empezado esta semana. Antes se dedicaba a repartir pizzas los fines de semana y así es como la conocí. Es un poco peculiar porque es muy masoquista, de hecho aún no se donde tiene el límite.-

-¿Le pegas?.- No supe reconocer si lo dijo intrigada o indignada.

-Yo no pego a nadie. A mis esclavas puedo disciplinarlas o castigarlas si cometen una falta, aunque también puedo hacerlo si me apetece. Pero todo dentro del consenso entre ambos y sabiendo que para ellas el dolor lo transforman en placer.-

-Pues eso que me lo expliquen, no veo como el dolor pasa a ser placer.-

-Bueno, yo no lo soy. Te puedo dar la explicación científica, el dolor te hace segregar endorfinas para anularlo y eso produce euforia. Hay personas que eso les da mucho más placer que a otras. Si le preguntaras a Tercera te diría que le gusta sin más. Te puedo asegurar que sin tocarla, sólo azotándola ha tenido más de un orgasmo. Pero no todas mis esclavas son igual, Segunda no soporta los azotes y Primera los aguanta muy bien pero sin llegar al placer que alcanza Tercera. Depende de la persona.-

-Me parece un poco una locura. Reconozco que unos azotes en el culo con la mano pueden ser placenteros pero no me imagino que cause placer algo más fuerte.- La veía ya más relajada.

-Es lo mismo María, sólo que en distintos niveles. Hay quien se conforma con salir a correr media hora y otros quieren hacer maratones. Hay quien disfruta con una tapa y otros quieren una ración.-

-¿Y la criada es también esclava? Por que el vestidito que lleva le falta tela.-

-Sí, es la encargada de la casa. Y créeme que lo disfruta mucho. Estudiaba en la universidad, Químicas, pero su pasión es la limpieza y el orden y lo dejó para hacer lo que le gustaba. Ninguna está aquí por coacción o por necesidad económica ni nada por el estilo. Disfrutan de ser esclavas y han dejado atrás los convencionalismos para hacer aquello que les es placentero.-

-¿Es en esto en lo que me quieres convertir?.- Lo dijo ya calmada, me miraba a la cara y su pregunta me sonaba más a intriga que a indignación.

-En absoluto. Lo que yo quiero es que seas tú quien te conviertas en aquello que deseas. ¿Quieres ser una mascota? Pues hazlo, ponte a cuatro patas, te compro un cuenco de comida y un arenero. Disfruta jugando a lo que te apetezca, ¿por qué no? ¿quien te lo impide?. Te advierto que como la mayoría de la sociedad no entiende estas situaciones, somos muy discretos y nunca interfiero en la vida familiar o laboral de ellas.-

-Joder, es que es muy duro.-

-¿Nos sentamos a comer? ¿Podrás soportar que mis esclavas nos sirvan?.-

-Creo que sí.- O ya estaba aceptando la situación o el alcohol le hacía efecto, o ambas.

Avisé a Isabel y salieron las dos a servirnos la comida. María las miraba disimulando, intentando parecer que no apreciaba su desnudez. Durante la comida ya no bebió tanto y poco a poco se relajó. Justo antes de los postres le dije a Isabel en voz baja que se desnudaran. María no llegó a notarlo, procuraba no mirar en esas partes.

Como ya imaginé mis dos esclavas estuvieron estupendas, y la comida que cocinó Cristina fue exquisita. María y yo charlamos de todo y de nada aunque su conversación no era muy de mi gusto, algo aburrida, esperaba retomar el tema en el café.

Al terminar, mientras Irene retiraba la mesa e Isabel nos preparaba y servía los cafés nos sentamos de nuevo en el sofá.

-Me da la impresión,- dijo María nada más sentarse, -que lo que buscas de una esclava es que sea tu criada.-

-Nada más lejos de la realidad. Además ya tengo a una, Segunda. Esto es sólo hoy para que las conocieras. Pero los fines de semana que Segunda no está, suelo ser yo quien cocina o sirve el café, alguna vez se lo pido a ellas pero no es una costumbre.-

-¿Entonces yo no tendría que limpiar ni cocinar?.- Buena frase, indica que ya está pensando en lo que me interesa.

-Serías una mascota, y ellas no limpian. Te limitarías a actuar como una gata o una perra lo que más te guste.- Le agarré la mano. -María, te trataría igual que a una gatita, te daría mimos, te rascaría la barriguita, jugaría contigo, te pondría la comida, en fin, igual que una bella mascota.-

-¿No tendrías sexo? Con las mascotas no se tiene sexo.- Me dijo sonriendo.

-Dentro de lo que es una mascota humana eres también una esclava y con ellas si se tiene sexo.- Lo dejé ahí esperando que lo asimilara, no lo de tener sexo, sino lo de ser mascota.

-No se si es por el vino, pero ¿te digo la verdad?.- Dijo con una sonrisa.

-Por supuesto, suéltalo.-

-Aunque ya no me incomodan tanto tener a tus esclavas aquí de pie a nuestro lado, supongo que esperando alguna orden, aún no me acostumbro. Y si no estuviesen, quizás hubiéramos acabado en la cama. Pero la situación me acobarda un poco.-

-Una pregunta directa,- dije sonriendo, -¿estás cachonda pensando que puedes ser una gatita?.-

Me miró seria y sonrió. Miró disimuladamente a mis esclavas.

-Algo si estoy, por eso prefiero marcharme. No quiero liar las cosas.- Se levantó y se dirigió a la puerta sin terminar el café.

Me levanté a acompañarla, pero satisfecho de como había ido todo. Necesitaba reposar sus ideas pero yo estaba confiado en que volvería.

-Perdona Hugo, no pretendo ser brusca pero no creo que esté preparada para esto.-

-No te preocupes María, no te voy a presionar ni a perseguir. Pero te pido que hagas una prueba. Juega en tu casa a solas a ser una gata, estoy seguro que te sorprenderás de lo que sentirás.-

-No te lo aseguro. ¿Podemos quedar otro día en un restaurante o para unas copas? El que no me vea como gata no quiere decir que no me apetezca tener una relación contigo, aunque reconozco que aún no se que tipo de relación.- Lo dijo casi riendo.

-Por supuesto, dime cuando y donde quieres quedar y allí me tendrás.-

Me dio un beso fugaz en los labios y se despidió.

Como sobró mucha comida y teníamos preparada cena por si acaso, le dije a Cristina que se quedara a cenar y a dormir si le apetecía. Lo hizo muy complacida.

Durante la cena no hubo tratamiento, los cuatro cenamos en la mesa de la cocina. Después de la cena nos fuimos al dormitorio y me encontré un problema. Muchos para mi cama, que es de matrimonio pero para cuatro es muy justa. No lo pensé mucho, ya nos arreglaríamos. Me apetecía mucho ver como se relacionaban entre ellas y sus reacciones al estar con otra mujer.

Puse a cuatro patas sobre la cama a Isabel y Cristina y mientras me follaba a Isabel mandé a Irene que le comiera el coño y el culo a Cristina, que lo hizo con esmero y eficacia según la cara de Cristina. Al rato cambié, me follaba a Cristina mientras Irene le comía el coño a Isabel. Me corrí en el culo de Cristina y me eché en la cama atraiéndola para besarla en la boca y amasarle sus pechos blandos. Isabel con unos espasmos cayó sobre la cama mientras Irene se quedó sin saber que hacer detrás de ella.

-Chúpale el culo,- le dije, -y saca toda mi leche que no se desperdicie guarra.- Y teniendo a Cristina encima de mí besándonos, Irene le abrió sus amplios cachetes y se puso a chupar y sorber.

Isabel se recuperó de su orgasmo y me acariciaba el pecho y besaba el cuello mientras Cristina me besaba la boca algo erguida para que yo le tocara sus pechos y tirara de sus pezones, con las piernas abiertas para que Irene le chupara el culo. Al rato, notando que me volvía a activar, puse boca abajo a Cristina y encima en un 69 a Irene. A ninguna tuve que decirles nada, se pusieron a lamer y chupar los coños que tenían frente a su boca. A Isabel le dije que me lubricara el culo de Irene, aún no quería usarla por el coño. Tras unos lengüetazos de la experta Isabel dirigí mi polla dura al culo de Irene que no aguantó apenas unas pocas de embestidas y se corrió. La saqué y dejé que Isabel terminara el trabajo con una mamada que nos llevó a los dos al orgasmo en poco tiempo.

Cuando nuestra respiración se normalizó, les dije a Cristina e Irene que se fueran a dormir al otro dormitorio y les daba permiso para hacer los que les apeteciera. Yo me quedé con Isabel que se abrazó agradecida a mi hasta que nos dormimos.

Desperté con la mamada de Isabel, nos duchamos juntos y aparecimos por la cocina.

Cristina, vestida como siempre estaba preparando el desayuno de todos. Irene desnuda con su collar, igual que Isabel, estaba arrodillada en la posición de espera en mitad de la cocina.

-¿Como habéis pasado la noche esclavas? ¿Demasiado apretadas en la cama?.- Les pregunté ya que la cama del dormitorio donde está la cinta y la bicicleta es pequeña.

Empezaron a hablar las dos al mismo tiempo y las paré.

-Irene, Cristina está por encima de ti en jerarquía, manda más que tú vamos. Así que cuando tengáis que hablar espera a que lo haga ella y después si tienes algo más que decir lo haces tú, ¿de acuerdo?.-

-Sí Amo.-

-Hemos dormido bien,- me decía Cristina, -como la cama es chica casi siempre hemos estado una encima de la otra y como usted nos dio permiso, hemos follado hasta no poder más.- Dijo sonriendo.

-Me alegro. Después de desayunar, Cristi, puedes marcharte a tu casa. Irene y yo haremos ejercicio y mientras Isabel nos prepara algo de comida.-

-Imposible Señor,- dijo Cristina, -los dormitorios hay que limpiarlos y cambiar sábanas. Además si van a hacer ejercicio tendré que limpiar cuando terminen todo lo que usen que siempre se queda con manchas de sudor y de a saber que.-

-Tampoco sudo tanto,- dijo inocente Irene, -como para ensuciar la cinta, la bicicleta a lo mejor si, pero la cinta no.-

Nos reímos los tres ante una cara extrañada de Irene que no sabía el por qué de la risa.

-Creo que el Amo se refiere a que vais a hacer ejercicio en la sala de castigos.- Le aclaró Isabel.

La cara de Irene cambió de extrañada a contenta y de ahí a lasciva, deseando ya acabar el desayuno.

-Vale Cristina, ponte a limpiar lo que debas pero no te quiero para comer. Te marchas hasta mañana que te recuerdo que me debes un castigo.-

-Sí Señor, me pongo ya.- Dijo Cristina algo decepcionada por no quedarse.

Al terminar el desayuno me llevé a Irene a la sala. Allí la pasé por el potro, la mesa y finalmente la colgué. Parecía que ya me había construido una rutina, siempre pasando en el mismo orden por cada sitio y usando lo mismo, látigo corto, pala y finalizando con el látigo largo y la fusta. Estuve con ella en la sala unas dos horas aunque no muy intensas, sin embargo ella salió de allí con tres orgasmos y muy agotada.

Nada más salir entró Cristina, creo que estaba esperando en la puerta. Se puso a limpiar todo, desde el potro hasta cada una de las cintas de los látigos. Ya siendo la hora de comer terminó y se despidió hasta el día siguiente.

Los tres comimos tranquilos, esta vez les puse su plato en el suelo pero les permití usar cubiertos.

Mientras tomaba café en el salón, Isabel estaba arrodillada muy recta en espera, sin embargo Irene no podía casi sostenerse del sueño. Entre la juerga de la noche y los azotes de la mañana no había descansado mucho y en su postura se venía hacia delante o los lados. Isabel se reía disimuladamente y yo le regañé un par de veces sin poder ocultar la risa que no captó y muy apurada se ponía recta otra vez hasta que pasados unos minutos volvía a oscilar por el cansancio.

-Irene, márchate a casa y descansa que mañana te levantas muy temprano.- Le dije.

-No Amo, puedo quedarme. Si me deja me echo agua en la cara y se me pasa.- Dijo con los ojos entrecerrados.

-No me discutas esclava y márchate antes de que me enfade. Te diré cuando vuelves otra vez.-

Se levantó y se marchó. Pero eso es lo que más le dolía. Cristina venía regularmente todos los días de la semana. Isabel venía los viernes y se quedaba hasta el domingo o el lunes. Pero ella no tenía un horario fijo. En principio sería los fines de semana pero aún no le había dicho nada concreto y eso le aterraba.

El lunes cuando tomaba café con Ana le dije como quien comenta que tiene que ir al mercado.

-Hoy el café más corto, tengo que castigar a Cristina y no quiero que me quite tiempo del trabajo.-

La miraba disimuladamente para ver su reacción.

-Eres un… no se lo que eres. ¿Vas a azotar a la pobre mujer? ¿Que ha hecho para merecerlo?.- Su cara tenía una expresión de falsa indignación.

-No es nada grave, pero me interrumpió mientras yo hablaba y eso se castiga. Además por lo que recuerdo, la vez que te di unos azotes no sufriste mucho. Aunque claro a ella por esa falta pienso darle con la fusta. ¿Quieres quedarte a verlo?.- Le dije socarrón.

-Ni loca. A mi no me metas en tus depravaciones.- Lo dijo mientras se levantaba para marcharse con la cara colorada, supongo que al recordar como tuvo un orgasmo después de unos azotes.

La acompañé a la puerta y después me llevé a Cristina a la sala. Estaba muy nerviosa.

-Señor, yo quiero seguir con usted, pero por favor no me pegue. No me gusta. Siento mucho haber cometido esa falta de verdad.-

-Lo siento Cristina. Los castigos no se perdonan. Te daré a elegir, si quieres que te ate te daré diez en cada nalga. Si piensas que no te moverás y no te ato serán cinco, pero cada vez que te muevas la cuenta volverá a empezar. Tu decides.-

Pensó unos segundos sin apartar la mirada de la fusta que colgaba de la pared. Le corrían lágrimas por la cara pero no lloraba.

-Prefiero que me ate Señor.-

La tumbé boca abajo sobre el potro y la até. Para hacérselo más llevadero le di los diez azotes en cada nalga lo más rápido que pude para terminar cuanto antes. Ella no era como Irene que hubiera preferido estar toda la mañana recibiendo. Pero me equivoqué, al hacerlo más rápido no tuve la misma puntería y muchos de ellos cayeron en el mismo sitio. Dejé su culo blanco con unas inmensas marcas azuladas. En un par de días no podría sentarse.

No estaba acostumbrada ni le gustaba esta faceta de la sumisión y con cada azote gritaba como si la fuera a degollar. Al terminar le puse pomada y le dije que antes de irse de casa me avisara que le pondría de nuevo. Me respondió con un “gracias Señor”.

Al sentarme de nuevo en el ordenador se me ocurrió una idea e hice un pedido por internet para enviárselo a María.

Al día siguiente, tomando café de nuevo con Ana, me sacó el tema.

-Creo que te pasate mucho al castigar a la pobre mujer.- Dijo con su cara de mala leche. Y no es que estuviera enfadada, es que su rictus normal es ese. No sé, quizás los ojos algo hundidos y los labios rectos.

-¿Es que acaso se escuchó algo?- La sala está insonorizada pero con esos paneles adhesivos que no son de mucha calidad me preocupa que los vecinos puedan escuchar algo de lo que allí se hace.

-No, no oí nada. Pero tras azotar a tus esclavas, debes dejar que lleven una ropa algo más larga. A la pobre se le ve el culo morado. No creo que se pueda sentar tal como está.- Dijo serena.

-Ese es el propósito, que no se le olvide la razón del castigo. ¿Pero tanto se ve? No me he fijado. ¡Cristina!.-

-¡No!, no la llames. ¿Que haces? Deja a la pobre en paz.- Me dijo Ana azorada.

Cristina entró en la cocina y casi me pongo a reír. Con su uniforme tan corto y de casualidad llevaba el plumero del polvo era la imagen perfecta de un catálogo de disfraces.

-¿El Señor necesita algo?.- Me dijo.

-Sí, date la vuelta.-

Sin decir nada se giró y se inclinó un poco enseñando su culo que la falda era incapaz de tapar.

-No te inclines guarrona, quédate derecha.- Ese insulto la hizo ponerse colorada a ella y a Ana.

Se puso derecha y efectivamente, como la falda le llegaba a mitad de los cachetes se podía ver claramente los verdugones del castigo.

-¿Te has puesto pomada hoy en el culo?.-

-Sí Señor, me la pongo tantas veces como indica el prospecto.-

-Vale, sigue con lo tuyo.- Se marchó de la cocina y miré a Ana.

-Llevas razón. Tendré que pensar en algo para que no se vea, quizás un delantal a la espalda.-

-Joder como eres.- Fue lo único que dijo.

-Aunque toda su ropa ya indica lo que es, tampoco tengo por que ocultarlo y a casa no viene nadie que no lo sepa. A los repartidores los recibe de frente. Mejor la dejo como está.-

-¿A los repartidores los recibe ella así vestida?.-

-Claro, prefiero que sea así y no desnuda ¿no te parece?.- Le dije guasón.

El jueves me llamó María que ya lo esperaba. Y no era para quedar como yo sabía.

-¿Hugo, me has enviado tú una caja con cosas raras al trabajo?.-

-Es que no se donde vives y no son raras. Va un collar de cuero negro que se cierra delante con un broche en forma de corazón. Me parece muy elegante.-

-Ya, y con una chapa que cuelga con mi nombre. Pero eso no es lo raro.-

-¿Te refieres a los tres plugs?. Es para que te pongas el pequeño en el culete unos días, después el siguiente y a las dos semanas el tercero. Así tu esfínter se acostumbra y podrás ponerte una colita. Pero cuando eso pase la elegimos entre los dos y te la regalo. A mi me gustan con muchos pelos, como las de zorro y angora. Pero como la llevarás tú tendrás la última palabra.-

-Oye Hugo, yo no… no hemos quedado en nada tú y yo. Me apetece mucho volver a vernos y quedar pero eso de mascota ya te dije que no.-

-Cariño, no es para mi. Es para que juegues en tu casa a solas. Verás como te diviertes. Además debe ir algo más ¿no?.-

-Sí, vienen unas rodilleras y unos guantes haciendo juego, imagino que para ir a cuatro patas ¿No degenerado?.-

-Imaginas bien. Ya los tienes, si quieres usarlos o no es cosa tuya. Puedes sin problemas guardarlos en el fondo del armario, es un regalo porque se que te gustará por mucho que lo quieras negar.-

-Bueno, por ahora lo guardaré y no te lo tendré en cuenta a pesar de que dijiste que no presionarías.-

-Y no lo hago, es sólo un empujoncito.-

-Ya. Bueno, ¿quedamos este fin de semana?.- Me preguntó.

-Estupendo, mañana o el sábado, o los dos días.- Le dije y soltó una carcajada.

-¿Que tal si quedamos mañana para cenar? Pero en la calle, nada de esclavas de por medio.-

-De acuerdo, te envío el sitio y hora.- Y colgamos. Me gustaba que aceptase mi relación con mis esclavas, cualquier otra chica hubiera salido espantada. Estaba tan seguro que más tarde o más temprano sería mía que ya pensé en comprar un cuenco, un arenero y una cama de perro.

El viernes llamé a Isabel y le dije que viniera el sábado por la tarde, que quedase con Irene y viniesen juntas.

Llegué al restaurante donde había quedado con María y de nuevo se presentó unos quince minutos tarde. En el fondo me reí, las gatas hacen lo que les da la gana pensé.

Pasamos una cena tranquila y sin tocar el tema de las esclavas. La invité después a una copa y sin que me diera cuenta ya estábamos besándonos. Aún no me creía que una chica tan guapa estuviera dispuesta a tener una relación conmigo, como ella dijo, sabiendo lo que tengo en casa.

-¿Nos vamos a mi casa?.- Pregunté esperanzado.

-Prefiero a la mía, no hay tanta gente como en la tuya.- Dijo con sonrisa pícara. Y madre mía como es esa sonrisa, con la cabeza ligeramente agachada y mirando de lado con unos hoyuelos a los lados de una débil sonrisa. Me derretía nada más verla.

-En mi casa hoy no hay nadie. Les he dado el día libre a las esclavas.- Le dije intentando imitarla en su expresión.

-Pues entonces a la tuya. ¿Tienes condones?.- Me sorprendió la pregunta.

-Pues no, pensaba que tomabas la píldora o algo así. Yo no uso nunca condones, pero a las malas puedes tomar la del día después.-

-Tomo la píldora por problemas médicos, pero no me refería a quedarme embarazada. Con tantas esclavas no se si fiarme.- Lo decía sin dejar de sonreír. Es más la decisión estaba tomada, era más por picotearme.

-Mis esclavas no son promiscuas, tienen prohibido el sexo salvo con mi autorización. Así que estamos sanos. ¿Que me dices de ti?.- Le dije devolviéndosela y poniendo ella cara de enfado.

-Pues llamándome María como no sea del espíritu santo, que ya va más de medio año sin catar varón.- Nos reímos los dos y nos besamos camino de mi casa.

Cuando entramos ni siquiera se nos ocurrió poner una copa, fuimos derechos al dormitorio. La desnudé con ansia y apareció ante mi un cuerpo escultural. Su cara que ya describí con una expresión de lujuria que la hacía aún más bella si cabe. Un cuerpo donde no le sobra un gramo ni le falta. Pechos medianos amplios de la base con areolas pequeñas y marones rematadas por un poderoso garbanzo. Cintura proporcionada, y las piernas y muslos rematando en un culo perfecto. Hasta entonces no me fijé que era algo bajita para lo normal. Lo noté ya en el pub al besarla pero tenía la cabeza en otras cosas. Aunque en el fondo, al ser más bajita, toda proporcionada, sería una mascota estupenda. Pero algo no era perfecto en esa belleza de mujer. Su coño. Los labios menores sobresalían de los mayores que estaban ligeramente abiertos, y por supuesto una pelambrera que le sobresalía de forma asombrosa. No creo que se recortase nunca.

La tumbé en la cama y apartando los pelos me puse a comerla hasta que en pocos, muy pocos minutos convulsionó y se quedó lacia.

Yo me quedé muy excitado pero no me apeteció seguir con una chica que estaba casi desmayada disfrutando de su orgasmo. Me puse a su lado y le acariciaba las tetas mientras admiraba su bonita cara. Poco a poco fue volviendo a la vida con una sonrisa en la cara.

-Ha sido estupendo. Hacía años que no tenía un orgasmo así, gracias Hugo.-

Me hinché como cualquier macho que le dicen eso y pensé que ahora era mi turno. Bajé una mano a su clítoris para martirizarlo un poco y con la otra mano tiraba de sus pezones. La besaba por todos lados mientras ella volvía a encenderse y me abrazaba.

-Por favor, métemela ya.- Me dijo mordiendo mi oreja y buscando la postura para ponerse ella arriba. La agarré fuerte y la volteé para ponerla boca abajo en la cama, la agarré por la cintura y tiré de ella poniéndola a cuatro patas.

Me puse sobre su espalda y metí mi polla entre sus piernas.

-Ahí la tienes, úsala como creas conveniente.- Alargué mis brazos y agarré sus tetas que caían hermosas con los pezones apuntando al colchón.

Ella llevó su brazo atrás y con suavidad cogió mi polla dirigiéndola a su mojado coño. Al notarlo empujé y de una sola embestida la metí dentro entera. María se arqueó y soltó un gemido que debió escucharse en todo el bloque de pisos. Una vez dentro empezó a moverse adelante y atrás follándose ella misma. Aparté mis manos de sus pechos y le empecé a palmear el culo, ella seguía sus movimientos cuando yo lo que quería con esos azotes era que parara. La agarré por la cintura y la paré. Se volvió anhelante. Entonces fui yo quien empezó esos movimientos. Cada vez más rápidos y frenéticos. El ruido de mi pelvis contra su culo era atronador y unidos a sus gemidos no dejaban lugar a dudas para los vecinos de lo que pasaba en mi piso. Por suerte la cama aguantó el frenesí en el que estábamos los dos.

Noté que empezaba a temblar y le tiré de los pezones lo más fuerte que pude.

-Aún no gatita, espera a sentir mi lechecita que está a punto.-

Inmersos en ese ardor no se como pudo aguantar pero lo hizo y cuando me sintió correrme dio un solo alarido y se dejó caer con las piernas temblando sin control.

Ese gesto del orgasmo me gustó, me acerqué a su oreja y le dije.

-Así es como se folla a una gatita buena y así es como la gatita se corre.-

Nos quedamos tumbados juntos recuperándonos de la sesión de sexo tan desenfrenada. Seguro que despertamos a algún vecino, y quien sabe, igual les sirvió para animarse.

Pasó casi media hora, yo creía que estaba dormida.

-Gracias Hugo. En mi vida he sentido tanto. Nunca, de verdad.- Dijo en voz baja.

Con esa frase ya sabía que era mía. Mi fantasía de tener una mascota la tenía en la palma de la mano. O quizás en la punta de la polla…

La acaricié con dulzura por su barriga y nos quedamos dormidos.

Me desperté con ella mirándome de frente. Tener nada más despertar esa cara frente a mi me llevó al paraíso.

-Buenos días Hugo.- Dijo sin moverse y sonriendo de felicidad.

-Buenos días gatita.- Le dije con igual expresión de felicidad.

-Miauuu.- Dijo flojito mientras me acariciaba la espalda.

La acerqué y la besé. Pensaba en otra sesión de sexo que al ver su cara me lo pedía mi polla, pero si quería hacer las cosas bien para tenerla de mascota tendría que sacrificarme y dejarla calentita. Me senté en la cama para despejarme.

-¿Cuando vienen tus esclavas?.- Me preguntó sin dejar de acariciarme la espalda y todavía ella tumbada.

-A las cinco de la tarde, ¿tanto te incomodan?.- Le pregunté algo ansioso por la respuesta. Que ella las aceptara era primordial. Si la hubiera conocido en otras circunstancias quizás habría intentado una relación de pareja convencional con ella. Pero ahora imposible, tengo esclavas y quiero tener esclavas. Disfruté mucho con el sexo de esa noche pero no me veo aceptando a estas alturas una relación así.

-No me incomodan, o bueno quizás sí.- Me dijo dejando de acariciarme y tumbándose boca arriba. -Es que no estoy acostumbrada a este tipo de relaciones tan extrañas y ver a unas chicas desnudas por la casa sabiendo que follan con mi chico no es lo normal ¿no crees?.-

-Te acepto que no es lo normal pero es que tanto a ellas como a mi es con lo que disfrutamos. Y no quiero fastidiar esta magnífica mañana y el recuerdo tan placentero de anoche pero no creo que sea tu chico, si acaso puedo llegar a ser tu dueño.-

-¿Mi dueño? ¿Después de un polvo ya me quieres esclavizar? ¿Tan necesitada crees que estoy?.- Lo dijo no alarmada sino pensativa, como si esas preguntas se las hiciera a ella misma.

-Jamas se esclaviza a nadie por estar necesitada. Por eso se puede empezar pero si gusta entonces cabe la posibilidad de que se quiera seguir, como con Cristina.-

-¿Cristina quien es de las tres?.-

-La madurita, es la que nos hizo la comida, viene durante la semana a limpiar la casa.-

-La vi poco. ¿Nos da tiempo a otro asalto? Miauuu.- Dijo retorciéndose en la cama boca arriba.

Le rasqué la barriga como se hace con los perros o los gatos.

-Lo siento gatita, tengo que salir a hacer unos recados antes de la comida.- Era falso, tenía que hacer la compra pero eran las diez de la mañana, había tiempo de sexo y compra. -Pero si quieres quédate, y después de comer nos echamos juntos la siesta-. Le dije tirando un poco de su pezón.

-Te veo venir Hugo, quieres que esté aquí junto a tus esclavas.-

-Lo siento pero en eso no aciertas. Siempre puedo llamarlas y decirles que no vengan, pero no quiero hacerlo. Tengo una responsabilidad con ellas.-

-Vale, alto y claro. Si me dejas ducharme en un momento me marcho.- Lo dijo levantándose enfadada.

La agarré por la cintura y me pegué a ella.

-No te enfades. Hay una cosa que no entiendes. Si a ellas les digo que se esperen en el salón de rodillas toda la tarde lo harán encantadas aunque sepan que nosotros estamos en el dormitorio follando. Están con su Amo y en su casa. Pero si les digo que no vengan, ya no son felices. No están con su Amo ni cerca de él. Si te quieres quedar por mi estupendo, pero ellas deben estar también.-

-Pues no, no lo entiendo. Déjame que me duche.- Se soltó de mi abrazo y se metió en el baño.

Salió del baño aún secándose y conciliadora mientras yo ya me había duchado en el otro baño.

-Estoy hecha un lio Hugo. Realmente no se si me molesta que estés con otras aunque sean esclavas o si no quieres estar conmigo.-

-María, no busques una relación de las llamadas normal conmigo que no la encontrarás. Quiero estar contigo pero bajo mis condiciones. Una de ellas es que los celos con mis esclavas no existen.-

-No me voy enfadada pero lo intento.- dijo sonriendo. -Te llamaré esta semana.-

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