Mi abuelo adora a mi mujer
Toni siempre supo que a su esposa le gustaban los pies, pero nunca imaginó que el verdadero placer estaba en las manos de su abuelo. Ahora, el secreto compartido entre los dos hombres ha roto las barreras de la decencia, y Margo está a punto de descubrir que la adoración de su suegro va mucho más allá del cariño familiar.
Me llamo Toni y vivo con mi esposa, Margo. Tenemos 34 y 31 años. Ella es una mujer delgada, esbelta, ligeramente más alta que yo. Siempre me transmitió una sensualidad particular, diferente a la de las mujeres voluptuosas. Es una sensualidad delicada, lánguida, que transmite cada parte de su cuerpo: su cuello blanco, sus hombros, su pecho pequeño, sus manos de dedos alargados, sus piernas infinitas y sus finos y delicados pies.
En esta historia hay un tercero, mi abuelo Rafael. Un hombre de 73 años con el que recientemente nos acabamos de mudar. Trabajamos en Madrid y se nos iba medio sueldo en el alquiler. Cuando mi abuelo enviudó, surgió la idea de irnos a vivir con él, cuidarle un poco y a cambio no gastar en el pago de la renta. Tiene una casa sencilla de dos pisos en una ciudad residencial cerca de la capital.
El abuelo Rafael tiene una complexión parecida a la mía, pero entrado en años y sin haberse cuidado demasiado: no es alto, es de complexión ancha y de joven fue fuerte, ahora sus brazos y piernas han ido adelgazando a la vez que crecía su barriga. Está prácticamente calvo y lleva un bigotazo poco cuidado.
La convivencia con él es agradable, cocina muchas veces, nos ayuda con todo lo de la casa, es bromista con los dos y a Margo la trata como a una princesa. La adora.
Margo, por su parte, ha ido adaptándose a él y cogiéndole cariño. Y no es para menos. No hay día que mi abuelo no le diga lo guapa que es, lo inteligente que es, que no trate de consentirla de alguna manera. Y nunca poniéndose viejo verde, sino casi como si fuera su nieta más querida. Aunque yo siempre he sospechado que había algo de galantería en esas atenciones.
Hechas las presentaciones, comienzo a contar lo verdaderamente importante.
Mi abuelo es un tipo estupendo, educado, gracioso y discreto. Aun así, con el tiempo fui fijándome en miradas que echaba a Margo que iban más allá de las atenciones amorosas con las que la mimaba verbalmente. Margo es una mujer preciosa y yo entiendo a mi abuelo, además de confiar en él. En parte me hace gracia y me halaga que tenga hasta cierto enamoramiento con mi esposa.
Y, como digo, muy discretamente la cosa fue yendo una dirección que nunca sospeché al principio.
Las atenciones de mi abuelo a Margo nunca habían ido más allá de ir por la calle en algún momento cómplice cogidos del brazo, abrazos y besos en la mejilla. Pero un día Margo llegó de estar todo el día fuera de casa. Y llegó reventada. Ella utiliza mucho calzado plano para disimular su altura. Se tiró en el sofá, se descalzó y nos dijo lo mucho que le dolían los pies. Yo estaba haciendo unas gestiones del trabajo (teletrabajo varios días a la semana) en la mesa del comedor, algo lejos del sofá pero a la vista. Mi abuelo estaba viendo la tele en el mismo sofá en el que se tiró Margo. Y mi abuelo, siempre cariñoso con ella, se ofreció a masajearle los pies. Ella aceptó.
Entre nosotros, sabe que sus pies son una de las partes de su cuerpo que más me gustan. Con la elegancia de su cuerpo, su delicadeza, sus pies son la máxima expresión de su belleza. Finos, alargados, suaves... Pero no para todo el mundo son una parte relacionada con la sexualidad.
Mi abuelo le dio un masaje fabuloso, no sé cuánto duraría. La masajeaba mientras miraban la tele. Margo relajadísima después de un día duro, disfrutando del masaje de mi abuelo y mirando cualquier tontería en la tele. Fue Margo quien interrumpió el masaje para decirnos que se iba a duchar. Le dio Las gracias a mi abuelo, le dijo que era el mejor y que había tratado genial a sus pies, que se lo pediría más veces, le dio un beso en la mejilla y se levantó. Pasó un momento por la mesa en la que yo estaba, me abrazó y nos pusimos brevemente al día, nos besamos y se fue a duchar.
Cuando nos quedamos solos Rafael y yo, no pude evitar fijarme en que se estaba acariciando el bigote, y en que, a veces, cerraba los ojos con los dedos a la altura de la nariz. Sospecho que compartimos fetiche. Me hizo gracia y no le di más importancia.
Al día siguiente, cuando Margo llegó de trabajar, no se paró en el sofá, sino que fue directa a la ducha tras saludarnos. Eso sí, de la que se estaba yendo, mi abuelo se la lanzo: "Y si necesitas otro masaje, no dudes en pedírmelo, mi niña."
A Margo le hizo gracia y le dijo que la iba a malacostumbrar, que recogería su oferta y que luego no valía quejarse cuando le pidiese un masaje. Mi abuelo le preguntó si no venía que era la reina de la casa y que disfrutábamos consintiéndola. Ella se rió, le dijo que ya lo sabía y me vino a dar un piquito y a repetirme amorosamente, en intimidad, "ya lo sé".
Más tarde, después de cenar, nos fuimos al sofá los tres a ver una serie antes de dormir. Mi novia nos dijo que, si no nos importaba, se iba a estirar. Apoyó la cabeza en mi regazo y puso los pies en el regazo de mi abuelo, al que le dijo "ahora sí, te voy a pedir el masaje que me debes". "Claro, mi niña" le dijo mi abuelo. Y así estuvo hasta que nos fuimos a la cama, masajeando sus pies con cara de absoluta felicidad, equivalente a la cara de paz de disfrute que tenía mi Margo, casi al borde del sueño, mientras Rafael masajeaba sus pies y yo su cuero cabelludo.
Un par de semanas más tarde, en las que siguieron varios masajes nocturnos la mayoría de los días de trabajo. Margo estaba trabajando y estábamos en casa yo, teletrabajando absorto en lo mío, y mi abuelo. En un momento dado, yo me levanté a mear, pasé casi al lado de nuestra habitación y vi dentro a mi abuelo. Lo observé de lejos, a una distancia prudente desde la que pudiera esconderme si se giraba.
Estaba al lado del armario, y tenía algo en la mano, a la altura de su cara. Me fijé mejor y vi que era una de las bailarinas de Margo. De las que había usado el día anterior. Las estaba oliendo, el fetichista de mi abuelo. Fue un impacto pero creo que en parte lo normalicé por coincidir con un fetiche mío del que a menudo me había avergonzado.
Olía los pies de mi Margo en sus bailarinas del día anterior y a la vez vi que se acariciaba. Estuvo así un rato hasta que, con movimientos nerviosos, bajó la bailarina, se desabrochó la bragueta y empezó a masturbarse hasta eyacular, rapidamente, dentro de la bailarina. Volví sigiloso a la habitación que hacía de estudio y enseguida le escuché bajando las escaleras a la planta baja.
Sin hacer ruido, fui hasta la habitación, abrí el armario y busqué la bailarina. Ahi estaba, una bailarina delgada de talla 40 con la planta llena de semen viscoso de mi abuelo.
En ese momento se me cruzaron varias cosas. Un poco de decepción por comprobar lo humano que era mi querido abuelo, sí, pero también cierta empatía al compartir ese fetiche, celos, porque había estado masajeando los pies de mi esposa como algo inocente que para él no lo era para nada, y una extraña excitación por lo prohibido y secreto del fetiche. No sé qué me dio, pero cogí la otra bailarina de Margo y la olí. Quería comprobar cuán disfrutable había sido la experiencia de mi abuelo. Se mezclaban el olor de sus pies con el del material de la bailarina, pero el olor de Margo era suficiente para que un fetichista como yo se excitara. Me empecé a masturbar y acabé emulando a mi abuelo con la otra bailarina. Mi corrida era más blanca y espesa que la de Rafael. Confié en que ambas se secarían y Margo no se daría cuenta de esta extraña experiencia en la que había sido, involuntariamente, parte.
Margo no se dio cuenta. Unos días más tarde las calzó y no percibió nada. Durante unos días no vi a mi abuelo hacer nada. Tendría su debate interior, imagino. Aunque los masajes nocturnos se repetían cada vez que Margo se los pedía. Una noche de sábado me preguntó si me molestaba o me ponía celoso, porque sabía lo que para mí significaban sus pies. La tranquilicé riéndome y diciéndole que no, pero tuve la malicia de preguntarle si no compartiría mi abuelo fetiche y estaría disfrutando más de lo normal los masajes. Ella, siempre alegre y liberal, reaccionó riéndos. "¿Pero tú eres tonto? Si es así con todo, no hay día que no me consienta con algo, creo que me quiere hasta un poco más que a ti. Pero bueno, si le gustó tanto que disfruta masajeándome los pies, que disfrute, ¿qué quieres que te diga?". Y al rato estábamos follando. Ya había pensado en si nos escucharía follar en otros momentos, pero esta vez fue la primera que lo relacioné con el posible apetito sexual de mi abuelo, si sentiría envidia o si haría por escucharnos activamente. Tampoco me obsesioné con el tema y me dejé llevar con Margo.
Pasó el fin de semana y Margo fue a trabajar. Ese lunes volví a pillar a mi abuelo. Me pareció que estaba más nervioso y vi una novedad que no me esperaba: olía uno de los zapatos que había usado Margo ese fin de semana y alternaba el olor del zapato con el olor de unas bragas sucias que habría cogido del cesto. Con la otra mano, se pajeaba con mucha ansia. En un momento, metió la braga en el zapato, lo apoyo en la cama, alzó el otro zapato a su nariz, y, apuntando con la polla hacia el zapato con la braga metida dentro, se corrió sobre las bragas.
Mi abuelo se estaba volviendo loco por Margo. Dejó cada cosa en su sitio y, en cuanto pude, fui a buscar las bragas. Impregnadas en semen de mi abuelo. Sin que Margo sospechara nada. Y yo otra vez calentándome con la situación. Busqué otras bragas usadas de Margo, las olí, aprecié los olores íntimos que habían excitado a mi abuelo, y finalmente me corrí sobre ellas.
Las cosas se estaban poniendo cada vez más raras. Y, a la vez, excitándome a través de la excitación de mi abuelo, Margo me ponía incluso más que antes.
No era muy frecuente que pasase, pero ocurrió que coincidió un día de libranza de Margo con uno mío de trabajo presencial. Llegué a casa y todo normal con Margo y Rafael. Salimos Margo y yo a dar una vuelta solos por la tarde, y de noche cena, sofá (con masaje) y cama. Y ahí Margo me dejó pálido:
- Te tengo que contar algo muy embarazoso, amor, y espero que no te enfades.
Terror.
- Esta mañana estaba atareada con cosas de casa y subí a cambiarme la camiseta a nuestro cuarto. Y me encuentro al abuelo. Le llamé por su nombre, sobresaltada, se giró muerto de nervios y vi lo que estaba haciendo. Qué vergüenza, Toni. Estaba con mis bailarinas, las estaba oliendo y masturbándose. Me acordé de lo que me dijiste, de los masajes... estaba enfadada y a la vez me daba lástima. Soltó las bailarinas, se guardó el pene y se puso a llorar con la cara entre las manos. Pidiéndome perdón.
Mientras me contaba esto, recordé que esta noche había vuelto a haber masaje de pies, y sin haber Margo salido a trabajar, solo nuestro paseo. Ella siguió contándome:
- No sabía qué hacer. Lo abracé, algo disgustada, pero también sentía la ternura de estos meses hacia él. Le pregunté que por qué.
- No cambia nada del auténtico amor que siento hacia ti como la mujer de mi hijo. Te prometo que todo era real. Pero se me mezcla con lo hermosa que eres. La única mujer con la que tengo contacto. Tan cariñosa y amable, tan guapa. Lo siento mucho, mi niña.
- ¿Lo has hecho más veces?
- Sí. De veras que lo siento. Me avergüenzo tanto...
- "¿Pero... dónde eyaculas?" - Me lo estaba temiendo, Toni. Y me confirmó lo que sospechaba. Se ha corrido varias veces en mis zapatos y yo me los he puesto sin saber nada. Lo confundiría con suciedad, sudor, qué sé yo. ¿Tú cómo lo ves?
Le dije que estaba en shock. Por un lado agradecía quitarme el peso de encima de saber solo yo lo que pasaba. Por otro, que se hubiera enterado Margo podía complicar las cosas con mi abuelo. ¿Nos tendríamos que ir? ¿Cómo había acabado la historia? Esta noche le volvió a dar un masaje a pesar de todo... Le dije que a pesar del shock era como que una parte de mí empatizaba. Estaba haciendo las cosas que hace un adolescente salido, a escondidas, supliendo el hambre y curiosidad sexual. Con un fetiche que yo, ella sabía que compartía. Le dije que me decepcionaba por él pero que también me daba pena su situación. Y que entendia que ella estuviera dolida.
- El caso es que yo también lo relacioné con tus cosas, Toni. Y lo que dices, me pareció un chiquillo pillado en su masturbación. Estaba hecha un lío. Le pedí que, por favor, dejara de llorar y que lo hablásemos como adultos. Se serenó y conversamos sobre lo que sentía por mí. En todo momento esa ambivalencia: cariño de abuelo y a la vez deseo hacia la nuera más atractiva que podría soñar tener. "Si al menos hubiera sido honesto y te lo hubiera tratado de decir, como un caballero y no así, pillado con las manos en la masa." Y lo dijo mientras se reía con lástima de sí mismo. Yo le pregunté que cómo creía que podía preguntarme eso. Y él me dijo que tenía razón, que no había forma buena. Se hizo un silencio incómodo y decidí preguntarle algo que me rondaba la mente a mi pesar: "¿De verdad disfrutabas oliendo mi calzado y corriéndote en él? ¿O era por saber que tú semen acabaría tocando mi piel?". Me respondió, rojo como un tomate, que era todo, pero que solo olerme ya le bastaba.
Yo, en realidad, estaba admirando la entereza y apertura de mente de mi chica. En parte, hablar abiertamente de esta situación con ella me estaba empezando a excitar. Y siguió contando.
- Y aquí es donde te pido que no te enfades, si no lo estabas ya. Me dio tanta lástima, y en parte me sentí extrañamente halagada, que le dije que, para zanjar las cosas, le dejaría hacerlo una última vez. Él me dijo que no, que estaba muy avergonzado y no podría. Yo no le creí, le dije que de verdad que estaba bien con ello. Que también le entendía. Que disfrutase de la última. Que yo saldría de la habitación, le dejaría intimidad, y cuando hubiese acabado, él dejaría la bailarina como siempre y no hablarían más del tema, como si no hubiese pasado. Al final, aceptó.
- ¿Y se corrió en tu bailarina?
- Sí...
- Lo has comprobado.
- Sí claro. Ahí está, en el armario. No quería limpiarlo por si no me creías.
Me levante y cogí la bailarina. El semen ya estaba casi reseco. La miré y le pregunté cómo se sentía con todo esto. Y empezamos a sincerarnos. Me reconoció que a una parte de ella la excitaba, ya que ya estaba acostumbrada a que sus pies fueran parte del juego sexual por mi culpa. Pero que en el fondo no sabía cómo seguirían las cosas.
Le pregunté por el masaje después de todo lo ocurrido. Y ella me dijo que quería la normalidad tal y como estaba, y que realmente le gustaban sus masajes. Pero que no pudo evitar pensar en todo lo que sabía. ¿Se masturbaba cada noche después del masaje? Yo le dije que, si te gustan los zapatos, te gustan los pies. Le dije también que no estaba celoso ni enfadado, que Rafael y yo nos parecíamos más de lo que nunca había pensado. Mismo fetiche, misma adoración por la misma mujer. Nos reímos. Después le pregunté si se pondría la bailarina regada.
- Ay Toni. ¿Cómo me preguntas eso? La voy a limpiar. ¿Me lo estás planteando como una opción o qué?
- No sabía hasta dónde llegaba lo de que disfrutase de la última vez. A lo mejor incluia el morbo posterior... Por mí, tú decides. Te prometo que no me enfado. También me da lástima mi yayo.
- No sé... ¿te está poniendo todo esto?
No respondí, pero me sonrojé. Y ella lo vio Y entendió.
- Bueno, pero si lo hago, tendré que decírselo.
Continuará...
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