Cinco mil euros por una noche loca
Cinco mil euros por una noche. Esa es la cifra que pone a prueba la fidelidad de una recepcionista de 67 años. Cuando el millonario que la desea cruza el umbral de su oficina, la barrera profesional se derrumba y el deseo, por fin, se cobra su precio.
En mi lugar de trabajo somos dos mujeres, Paula de 55 años y yo de 67. Lo demás son hombres con edades comprendidas entre los 21 y los 60. Somos un despacho de abogados bastante grande y con buenos clientes. Mi puesto de trabajo es la recepción. Ahí llevo más de 30 años trabajando y me gusta mucho. Recibo a todos los clientes, les doy hora, les entrego documentos... Me gusta mucho ir arreglada a trabajar y eso se convierte en un plus a la hora de recibir a las personas. Confieso que me gusta mucho que me miren, sobre todo cuando los llevo a la sala de espera y salgo de ella con mi movimiento sexy de caderas.
Mis últimos 5 años de vida los he aprovechado para vivir nuevas experiencias sexuales fuera del régimen matrimonial. Mi marido es mayor que yo y ya solo piensa en jugar a las cartas con sus amigos y sexualmente solo quiere la mamada de los sábados y poco más. Hay muchos clientes que me dan morbo, otros que me gustan y otros a los que me encantaría follarme.
Llevaba dos semanas recibiendo y comunicándome con un señor de unos 65 años, muy varonil, caballeroso, educado y, sobre todo, acaudalado. Era el presidente de una empresa grande, que venía al despacho con un joven chofer y era recibido por nuestro CEO. Es decir, era muy importante. Nuestro jefe estuvo esas dos semanas advirtiéndonos de que le tratáramos bien y fuéramos muy simpáticos para que pudiera cerrar un buen contrato.
Una tarde, don Francisco, que es el CEO de mi empresa, me llamó al despacho por primera vez en 30 años. Mis piernas temblaron. No podía imaginar para qué me quería. Llamé a la puerta y abrí despacio.
"Pasa, Juana", me dijo con voz muy amable. "Siéntate". Me senté en un sillón que tenía frente a su mesa sin saber qué decir. "No, ahí no. Vamos mejor al sofá", rectificó. "Estaremos más cómodos". Accedí y me senté en el sofá como él había dicho. Don Francisco se sentó en un sillón de ese tresillo de piel tan caro y me preguntó si quería tomar algo. No podía imaginar de lo que iba a tratar la conversación, aunque me estaba dando ya un poco de morbo. ¿Me estaba tirando los tejos? Nunca lo había hecho y ahora no lo iba a hacer.
"Voy a ser directo y sincero porque no quiero marearte, Juana. ¿Sabes quién es don Alberto, no?", me preguntó.
"Si, don Francisco. Es este cliente con el que estamos en tratos en estos momentos", contesté.
"Exacto. Es un cliente que si firmamos nos va a generar muy buenos ingresos y sobre todo que vamos a tenerle durante un mínimo de cinco años. Juana, te seré directo. Alberto me ha comentado que le gustas mucho y que le despiertas mucho deseo. Siempre que viene, lo primero que dice es lo guapa y buena que estas". Me quedé boquiabierta, aunque confieso que me bajó un escalofrío por el cuerpo como nunca me había pasado.
"¿Quieres ganarte cinco mil euros?", dijo sin titubear.
"Sí", contesté muy directa.
"Bien. Solo tienes que salir con él una noche y agradarle. Supongo que te llevará a cenar y, conociéndole, seguro que quiere algo más, pero si no quieres, le dices que no. No quiero que hagas nada que no quieras", fue su proposición.
"Si, don Francisco, saldré con él porque a mí esta empresa me ha dado todo lo que soy y si puedo sacar un beneficio para ella, pues lo hago", contesté.
Salimos del despacho, me dio las gracias y fui al cuarto de baño a acicalarme un poco. Estaba claro que don Alberto quería pasar una noche follando conmigo y ese deseo me gustaba. Mi morbo era cómo iba a ser una noche con un millonario. Eso me excitaba y humedecía, por lo que me metí en el servicio, cerré la puerta y comencé a masturbarme. Mis tetas estaban duras y los pezones muy duros. Mi chocho ya había mojado las bragas. Mis dedos acariciaban mi vulva y penetraban mi vagina. Chupé uno de mis pezones mientras mis dedos daban placer a mi abultado clítoris. Fue maravilloso, como siempre que lo hago en ese váter.
Al día siguiente, me volvió a llamar don Francisco al despacho. "Entra y cierra la puerta. He hablado con Alberto de nuestra conversación de ayer por la tarde y le ha agradado tu respuesta. Me ha dicho si podéis quedar el sábado y que le llames a su teléfono personal". En seguida comencé a pensar qué le iba a decir a mi marido para salir el sábado y se me ocurrió que iban a llegar unos clientes muy importantes de México y don Francisco me había pedido que acompañara a las mujeres por Madrid y al teatro por la noche. Era una muy buena excusa.
Era jueves y faltaban dos días. Entré en el despacho de don Francisco, no sin antes llamar a la puerta.
"Pasa, Juana", me dijo. "Don Francisco venía a pedirle el teléfono de don Alberto para llamarle porque ya es jueves y querrá saber mi disponibilidad para salir el sábado". Me apuntó el móvil personal de don Alberto en un papel y me dijo: "Gracias, Juana. Esto no lo olvidaré". Salí despacio recreando mi culo en los ojos de mi jefe, que no sé si lo miró, la verdad, pero a mi me dio morbo en esos momentos.
Por la tarde, después de comer decidí llamar a don Alberto para darle respuesta a su proposición.
Yo: Buenas tardes, don Alberto, soy Juana del despacho de abogados.
Don Alberto: Hola Juana. ¿Qué tal estás? Me alegro que me llames.
Yo: Le llamo para decirle que estoy dispuesta a salir con usted en sábado. Encantada.
Don Alberto: Juana, no me llames de usted, por favor.
Yo: Es la costumbre. Intentaré tutearte. Para mí es un honor que quieras salir conmigo.
Don Alberto: Te propongo ir a cenar y luego al teatro
Yo: Me gusta la propuesta.
Don Alberto: Bien, pues ponte guapa, como todos los días que voy al despacho y sobre las 7 de la tarde te mando a mi chofer a buscarte a casa.
Yo: Allí estaré esperando. Gracias, Alberto
Don Alberto: Me gusta que digas mi nombre. Hasta el sábado.
Cuando llegué a casa le dije a mi marido que el sábado iba a salir a comprar, cenar y al teatro con las mujeres de unos clientes mexicanos. A lo que él contestó que tenía partida de cartas en casa de un amigo y que saliera libremente.
Llegó el sábado. Por la mañana salí a comprarme algo de lencería para que Alberto la estrenara si es que íbamos a follar. Compré un sujetador rosa que realzaba mis tetas, unas bragas altas rosas, que dejaban mis cachetes al aire y unas medias de encaje negras muy sexys. Quería agradarle la cita. Para vestirme elegí una falda de vuelo negra por encima de la rodilla y una blusa blanca muy escotada. Como era invierno me iba a poner un abrigo de visón que compre hace años.
Me duché y me di un baño relajante. Me pinté muy discreta, pero a la vez muy sexy. Me eché Chanel 5 y me vestí. Eran las 7 menos cuarto y tenía que bajar ya al portal. Me despedí de mi marido, que ni se dio cuenta de lo arreglada que iba. Bajé las escaleras y al salir al portal, allí estaba del coche de Alberto, un Rolls Royce gris con los cristales tintados. Damián, el chofer, me abrió la puerta y entré. Era un coche amplio y confortable. Damián me dijo: "Acomódese que vamos a buscar a don Alberto". "¿Dónde vamos, Damián?", pregunté. "Al club de don Alberto. Allí cenarán antes de ir al teatro", contestó Damián. Confieso que iba nerviosa, pero pensaba que ese morbo no iba a vivirlo más y me animaba a mi misma para parecer lo más natural a los ojos de Alberto. Además, don Francisco me iba a dar 5.000 euros.
Llegamos al club. Se abrió la puerta de coche y la mano de Alberto me ayudó a salir. Me encantó el detalle de caballero. Un millonario esperando a Juana en la puerta de un club para abrirle la puerta del coche. Alberto me dio dos besos, agarró mi mano y subimos las escaleras del restaurante. Una mujer me quitó el abrigo y nos dirigimos a la parte de arriba flanqueados por dos camareros, que nos abrieron la puerta de un reservado. El camarero descorchó una botella de Moet y nos sirvió dos copas. Brindamos de pie y las bebimos de un trago.
Alberto retiró una silla y me ayudó a sentarme muy gentilmente. Mis piernas comenzaron a temblar a la vez que mi excitación y el morbo crecían. "Estás muy guapa, Juana", dijo Alberto. "Gracias, Alberto", contesté. Alberto se había sentado en frente mía. Algo lejos, la verdad, por lo que le pedí si nos podíamos sentar más juntos. "Claro que sí". Se levantó y se sentó a mi lado. "Así estamos mejor", le dije.
Cenamos con champán una cena ligera y hablamos de todo un poco. Alberto es un hombre muy culto y educado y eso me gustó mucho. Estaba disfrutando de una velada maravillosa con un hombre inusual para mí. El champán me había animado y me inhibía lo justo para coger confianza en mí misma.
Alberto: ¿Quieres una copa?
Yo: Sí, me tomaría un whisky solo.
Alberto: Bien, yo tomaré un brandy.
Entró el camarero con las copas y dejó las botellas en la mesa auxiliar. Alberto le dijo, "cierra la puerta y que no nos moleste nadie, por favor". Cuando se marchó el camarero Alberto tomó la iniciativa.
Alberto: Juana, te voy a ser sincero y no voy a darle vueltas a lo que quiero transmitirte. Me gustas mucho y llevo unos meses estudiando cómo iba a pedirte que salieras conmigo una noche. Cuando me decidí se lo consulté a Francisco y me dijo que él te lo diría. Para mí estar hoy aquí contigo es un sueño.
Yo: Tu también me gustas, Alberto. Eres un caballero y me tratas muy bien. Cuando don Francisco me pidió que saliera contigo no lo dudé ni un momento. Espero estar a la altura de tus expectativas.
Alberto: Mentiría si negara que me mueve el deseo que tengo hacia ti. Me das mucho morbo y no me quito de la cabeza poder acostarme contigo.
Le cogí la mano y se la besé sin decir nada. Alberto se levantó, agarró mi cara y me besó lentamente. Su lengua entraba y salía de mi boca mientras mis manos acariciaban sus costados. Me puse muy cachonda, pero no sabía si allí mismo podríamos tener el primer contacto sexual. Alberto me sacó de dudas cuando se puso detrás mía y agarrando mis duras tetas me besaba el cuello. Sus manos se adentraban por mi escote y mis pezones se erectaban. Todo era muy suave, cosa a la que no estaba acostumbrada. Me levanté, me giré y desabroché mi blusa. Alberto comenzó a besarme las tetas, las sacó del sujetador y mordió mis pezones mientras masajeaba mi culo.
Alberto: Cómo me gustas, Juana. Te follaría aquí mismo.
Yo: Y yo también follaría aquí contigo, pero ¿y si entra alguien?
Alberto: No entrará nadie hasta que yo llame al timbre.
Le bajé la cremallera del pantalón, metí la mano y saqué su polla erecta. La besé, la lamí y me la metí en la boca. Comencé a chupar y a masturbarle. Alberto gemía. Se retiró, me levantó y me recostó sobre la mesa. Levantó mi falda y comenzó a chuparme el coño por encima de las bragas hasta que con los dedos retiró la braga y alcanzó mi clítoris, que masajeó con su lengua con mucha maestría. Me puso muy cachonda. "Fóllame, amor, fóllame", le dije. Alberto bajó sus pantalones para acomodar su polla a mi chocho. Levantó mis piernas, las puso por encima de sus hombros e introdujo su polla muy despacio hasta el fondo. Era una polla gorda, de unos 18 cm y con un glande muy grande. Me daba mucho placer. "Te deseo, Juana". "Y yo a ti, Alberto. Fóllame duro". Alberto aceleró sus movimientos. Me estaba dando mucho placer. "Fóllame el culo, amor", le dije. Alberto sacó la polla de mi chocho, me dio la vuelta, levantó mi falda, bajó mis bragas y comenzó a chuparme el culo. Me gustaba mucho. Quería su polla en mi culo. Alberto comenzó a meter su dura polla en mi culo. Entraba bien y noté como sus huevos chocaban con mi coño. Me corrí como una loba, pero quería más.
"Me encanta follarte, Juana. Follas muy bien y me pones muy cachondo". "Ya me he corrido dos veces, amor. Me das mucho placer cada vez que me penetras". Alberto seguía follándome culo y de vez en cuando lo alternaba con el coño. Era un placer diferente al que otros hombres me habían dado. "Ufff, quiero correrme, Juana". Alberto aceleró sus embistes y comenzó a llenarme la vagina de leche caliente. "Qué placer, eres todo lujuria, Juana". Mi mano acariciaba mi clítoris mientras Alberto dejaba su polla dentro descargando hasta la última gota. Me corrí como una loba. Sacó su polla, me di la vuelta, me agaché y comencé a chupársela. Aun pude disfrutar de las últimas gotas de semen. Alberto agarró mi cabeza y comenzó a follarme la boca. Poco a poco notaba como crecía en mi boca y eso me ponía muy excitada.
"Me excita que seas tan guarra, Juana", me dijo. "Cuando follo me gusta hacerlo como una puta. Sé que os gusta mucho", contesté sacándome la polla de la boca. "Sigue chupando, zorra". Esas palabras me excitaron mucho y continué mamándosela con fuerza. La metí un par de veces hasta la garganta mientras él gemía. Me excitaba el tamaño de su glande y deseaba que se corriera otra vez. Masajeé sus huevos, se los chupé y volví a mamársela. Alberto volvió a correrse, aunque ya echó poca leche, que yo me bebí. Le limpié la polla con mi boca, subí y nos besamos largamente. Sus manos masajeaban mi culo y las mías el suyo.
Tomamos una copa más, sentados tranquilos. Mis tetas seguían fuera por encima del sujetador y mis pezones grandes como garbanzos. Nos mirábamos, pero no decíamos nada. Solo nos deseábamos.
Alberto: ¿Cómo te has sentido?
Yo: ¿La verdad?
Alberto: Sí.
Yo: Como una puta de lujo
Alberto: ¿Te he tratado así?
Yo: No, pero a mi me gusta sentirme así.
Alberto: Nunca he ido de putas.
Yo: Pues yo quiero ser tu puta de lujo y que me folles cuando quieras.
Alberto sacó su billetera y puso sobre la mesa un fajo de billetes. "Ahora sí que te sentirás como una puta". dijo. Eso me excitó mucho. "Cuéntalo". Lo cogí, lo conté y había 6.000 euros.
Alberto: Quiero que seas una puta cara, de mucho lujo y que esté dispuesta siempre para mis deseos sexuales.
Yo: Estaré siempre dispuesta para ti, amor
Alberto: ¿Te pida lo que te pida?
Yo: Sí, me pidas lo que me pidas. Me gusta mucho el sexo y el dinero.
Eran ya las 12 de la noche y no podíamos ir al teatro porque no nos daba tiempo. Alberto propuso otro plan.
Alberto: ¿Hasta qué hora puedes estar conmigo?
Yo: Contigo no tendré nunca hora. Tu pides y yo te complazco.
Alberto: Me gustaría dormir contigo y follarte otra vez.
Yo: Me encantaría. ¿Dónde propones ir?
Alberto: A una suite del Palace.
Yo: Me gusta ese lujo.
Nos vestimos y bajamos las escaleras. Damián estaba esperando en la entrada. Nos abrió la puerta del coche y entramos. "Vamos al Palace, Damián", dijo Alberto. Por el camino nos íbamos besando y Alberto acariciaba mis tetas, cosa que me ponía muy cachonda. Llegamos al Palace y le dijo a Damián que volviera a buscarnos a las 10 de la mañana. Alberto pidió una suite y subimos en el ascensor besándonos. Le metí mano al paquete y tenía dura la polla. Era evidente que yo le gustaba mucho. Entramos en la habitación. Un auténtico lujo, con una cama redonda con espejo en el techo.
Alberto me quitó la blusa mientras me besaba, desabrochó mi falda que cayó al suelo, desabrochó el sujetador y lo dejó caer mientras me chupaba los pezones y se arrodilló para bajarme las bragas. Abrió mis piernas todavía enfundadas en las medias y comenzó a chuparme el coño. Me gustaba y comencé a gemir. Levante una pierna para facilitarle la comida de chocho. No paraba de lamer y chupar. Me corrí como una loba.
Le levanté, quité su chaqueta, la camisa, desabroché su pantalón y bajé sus calzoncillos. Me arrodillé y comencé a mamársela una vez más. Estaba dura como un palo. Me encantaba mamar el glande. Me levantó y se tumbó en la cama boca arriba. "Cabálgame, Juana". Me puse encima, cogí su polla y la introduje en mi coño. Comencé a cabalgar despacio. Mis tetas subían y bajaban mientras Alberto agarraba mi culo y lo cacheteaba. "Fóllame, Alberto, fóllame fuerte. Soy tu puta". Alberto no podía más y yo aceleré mi cabalgada. Llegamos al orgasmo juntos. ¡Qué corrida más rica! La saqué despacio y se la limpié con mi boca. "Me encanta que hagas eso, zorra mía". Me tumbé a su lado, nos agarramos de la mano y nos quedamos dormidos. Fue una noche maravillosa.
CONTINUARÁ
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