Las siete 1
Ana creía que su vida era predecible: marido, oposiciones y silencio. Pero el ruido de la silla del vecino de arriba no era el único sonido que alteraba sus noches. Cuando la curiosidad se cruza con el deseo reprimido, la línea entre la buena vecina y la esclava se desdibuja.
El libro que empieza constará de 21 capítulos. Son capítulos un poco largos pero me es imposible cortarlos sin que se resienta el ritmo o la fluidez de lo narrado.
No me gusta poner el resumen del capítulo, prefiero que el lector se encuentre lo escrito sin saber que acontecerá. Así que pondré unos resúmenes muy escuetos.
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Capítulo 1.
Nueva ciudad, apartamento nuevo y me encuentro solo de nuevo.
Trabajo para una multinacional que se dedica a la importación de electrónica, desde bombillas leds hasta móviles de última generación. Lo especial de mi empresa es que no vende al público en general, solo para otros comercios, ya sean pequeñas tiendas o grandes almacenes.
Era jefe de un departamento en mi antigua ciudad y me ascendieron a Gerente de una sucursal. La sucursal donde nos suele llegar la mercancía en barco para su distribución. Es la más importante y el cargo va en consonancia, mucho, muchísimo más sueldo y otras mejoras laborales. Desde la pandemia, mi trabajo era casi la mitad desde casa, pero este nuevo puesto me posibilitaría que casi todo lo pudiera gestionar desde casa. A lo mejor una vez en semana tendría que aparecer para firmar papeles y alguna reunión, pero el resto desde un potente ordenador que me pone la empresa en casa.
Me fue imposible rechazarlo pese a que dejé atrás algo muy importante para mi.
En mi anterior ciudad dejé mi vida sexual. Colmada de satisfacciones que me las brindaban siete hermosas mujeres que no pude traerme conmigo. Mis siete esclavas.
La primera que cayó en mis redes mi propia novia, que llevábamos dos años de relaciones cuando entre los dos empezamos a iniciarnos en el mundo de la sumisión. En realidad fue ella más que yo, en aquella época reconozco que dedicaba mucho tiempo al trabajo, ahora recojo el premio de esa dedicación. Ella se consideraba algo abandonada así que se dedicó a buscar información y juegos para que la fuese sometiendo hasta que casi sin darnos cuenta dejó de ser mi novia. Pasó a ser mi primera sumisa, la más dócil y de todas la más masoquista.
Como ella me dijo un día, soy un imán para las chicas. No soy especialmente guapo, ni atlético, aunque me conservo muy bien a mis treinta y siete años. Mis ojos son azules que es lo primero en lo que se fijan las chicas y ya no pueden despegarse, eso según mi exnovia Sara. Tengo una altura normal y aunque me gusta vestir bien no suelo destacar por eso. Ni tampoco por mi pene, es normal aunque algo más grueso, pero parece ser que lo uso con mucho tino y siempre he tenido fama de buen amante.
La segunda de mis sumisas fue una compañera de trabajo, muy joven que entró como becaria y me llegó de la mano de la que aún era mi novia tras una fiesta de empresa. No se que le diría pero esa noche acabó con nosotros en la cama y tras varias citas más acabó como mi novia, de esclava a mi servicio.
Tener una esclava le da a uno confianza en sí mismo, que no es que me faltará antes sino que en ese momento afloró más, y sí te ves con dos esclavas y además en poco tiempo, más seguridad te da.
Mi tercera esclava vino del típico escarceo con la camarera donde solía tomar café. No tuve que esforzarme mucho, ella deseaba explorar cosas nuevas y cuando le mostré la sumisión se quedó ahí, a servirme.
La cuarta fue un reto personal, era la esposa de un compañero de trabajo, algo madura para mi edad de entonces, yo tenía treinta y tres y ella cuarenta y cinco. Pero era una mujer espectacular y en las fiestas de la empresa se llevaba todas las miradas a pesar de vestir recatada. Como el lobo que va rodeando a su presa con paciencia estuve yo. Más de dos años me costó llegar a ella y mucho más que aceptara el dejar de ser amantes para pasar a ser esclava. Pero lo conseguí y pasó a ser una de las mejores esclavas comiendo coños según me dijeron las afortunadas que le mandé ser comidas.
La quinta y la sexta me vinieron juntas. Sobrina y tía, Paula y Raquel. La sobrina vivía en casa de su tía por los estudios que realizaba en la ciudad y la conocí tras dar una charla en su universidad, nos atrajimos mutuamente, a mi me sorprendió su cara de ojos verdes y su figura de grandes pechos y cintura delgada con un culo muy respingón. A ella creo que al salir y preguntarme algo se enganchó en mis ojos como ya decía Sara que entonces ya era esclava. No le suavicé nada la relación que pretendía con ella, la llevé a casa donde delante suya jugué con mi esclava-novia, y al poco se unió. En unos días intensos con ella, apareció su tía que se había enterado por su propia sobrina de la escabrosa relación. Llegó muy enfadada y aireada hablando de denuncias y degeneración. La calmé y después de arduas negociaciones le ofrecí la posibilidad de intercambiarse. Ella no debió darse cuenta de la palabra que usé, posibilidad. Finalmente accedió y Raquel pasó a ser mi sexta sumisa.
No penséis que todas vivían conmigo, eso sería una locura. La única en casa era Sara, que según yo ascendía en mi empresa y tener más sueldo, ella misma se ofreció en dejar el trabajo para asistirme como criada, que es la fantasía que más le ponía. El resto venían cuando me apetecía llamarlas.
A la becaria la solía usar en el trabajo por la comodidad. La camarera que tenía pareja desde hacía años la llamaba entre semana. La tía y la sobrina que siempre venían juntas solía ser los fines de semana, la tía era separada y eso me daba tranquilidad en sus horarios pero prefería llamarla junto con su sobrina que me daba más morbo.
La más complicada era la esposa de mi compañero, a ella la veía menos veces, pero para no enfriarla le enviaba a su casa a alguna de mis sumisas, sobre todo a mi exnovia.
La séptima de mis esclavas era casada y con dos hijos. Coincidía todos los días con ella en el metro cuando iba al trabajo. De las sonrisas pasamos a charlas y al poco confidencias. Trabajo de media jornada y marido inapetente de una madura morena con culo grande pero apetitoso. No pasó mucho en caer sin conocer al resto de mis esclavas. Le fascinaba que le orinara después de hacerlo, incluso me pedía que lo hiciera dentro de ella, ya fuera por el culo o por el coño, ambas cosas os aseguro que tienen su dificultad. Cuando le presenté la realidad, es decir a mis esclavas, huyó despavorida. Pero seguíamos viéndonos todos los días en el metro al ir al trabajo y poco a poco fue ella misma la que pidió ser sometida.
A esas siete me dejé con mi antiguo puesto en la empresa. Sara no pudo acompañarme por sus padres, muy ancianos y mal de salud. La becaria entró fija en la empresa y aún no podía pedir traslados. La tía y la sobrina por los estudios de esta. Las otras dos por estar casadas o tener pareja. Fue una despedida emotiva con cada una de ellas y les intenté prometer que de vez en cuando pasaría a verlas. Aunque ese de vez en cuando sabía que no se produciría, la nueva ciudad estaba demasiado lejos para ir en fin de semana.
Así comencé mi vida en la nueva ciudad, con treinta y siete años acostumbrado a tener sexo cuando me apeteciera y sin tener con quien desahogarme. En la fiesta de fin de año de la empresa y sin llevarme a nadie a casa fue esa mi propuesta, siete, quería volver a tener mis siete esclavas.
Después de un par de semanas encontré mi primera víctima. No busqué lejos, no lo encontraría ya que trabajo en casa. La vecina de abajo. De unos diez años menos que yo, con pelo rubio creo que natural y ojos entre celestes y verdes en una cara de mala leche continua y unos labios muy sonrosaditos. De poco pero apetecible pecho y cuerpo muy atractivo aunque con las piernas algo cortas que le rompían la armonía. El marido trabajaba en un banco y ella preparaba oposiciones para juez, así que se pasaba el día en casa.
En los primeros días de llegar no le hice caso, era la vecina que subía a protestar cada dos por tres que el ruido de mi silla del ordenador al moverse por la habitación cuando trabajo, le molestaba. Lo curioso es que cuando supongo hacía las tareas del hogar, ella ponía la música a todo volumen sin importar a quien molestara. A pesar de todo, siempre le ponía buena cara cuando subía y la invitaba a un café que siempre declinó.
Compré una alfombra para mi despacho y que así no le sonara mi silla. Con mi mejor sonrisa bajé a invitarla a un café y que viera mi nueva alfombra. Probablemente por la curiosidad aceptó a ese café. Estuvimos un rato charlando y logré que se relajara. Entonces como ella estudiaba en casa y yo trabajaba en casa también le propuse un descanso todos los días a las once para un café, unos días en mi casa otros en la suya. Aunque pareció gustarle la idea no aceptó.
Pasados unos días, a las once en punto llamó a mi puerta. Lo del café ya le resultó agradable para relajarse del estudio.
-¿Y como que con tu edad no tienes aún pareja?.- Preguntó un día con el café. Típica pregunta de alguien muy tradicional. Si la hubiera tenido me hubiera preguntado porqué no estábamos casados.
-Las tuve, pero quedaron atrás con el cambio de destino.- Respondí muy tranquilo.
-¿Es que no quiso venir contigo?.- Preguntó sin hacer caso a mi plural.
-Ninguna pudo, por distintos problemas o por familia o por trabajo, el caso es que me encuentro ahora muy solo.- Le dije guiñando un ojo que no quiso entender.
-¿Cómo que ninguna?¿Tenías más de una novia?.- Lo dijo sorprendida pero más intrigada.
-La verdad es que éramos un pequeño grupo muy bien avenido, muy liberales que llaman ahora.-
-Yo eso no lo entiendo, si estás con alguien es que lo quieres y no tienes que buscar nada fuera de esa relación.- Lo dijo serena.
-Todo es como te lo plantees, el amor tiene su camino, el sexo tiene el suyo, muchas veces se unen pero otras no tiene por qué, pueden cruzarse o ir paralelos. Diferencio mucho el amor de la diversión, y el sexo es diversión.- Le expliqué sin saber muy bien como mi amor por mi exnovia había pasado de eso a diversión bajo mi sometimiento y espoleado por ella misma.
-Bueno, es que el sexo con tu pareja es diversión.- Dijo no muy convencida.
-Eso no tiene nada que ver, si tu pareja te da el sexo divertido que te gusta, no implica que no haya más diversión en el mundo. Si todos los días comes fresas porque son lo que te gusta, no significa que un día no quieras comer un plátano.- Le dije sonriendo y guiñando un ojo.
Con esa broma se envaró un poco y volvió a salir su cara de mala leche.
-Bueno, dejemos el tema. Me vuelvo que tengo mucho que estudiar.-
Al día siguiente de nuevo como un reloj estaba a las once en mi casa a por el café. La charla fue insustancial como siempre pero a la media hora que es lo que nos dábamos de descanso y cuando creí que se iría, me pregunta sin venir a cuento:
- Si no te importa que te lo pregunte, ese pequeño grupo ¿qué eráis varias parejas?-
-No, ahí no había parejas. Éramos ocho que cuando podíamos nos divertíamos.-
-Eso más que liberales parece libertinaje.- Mientras me dijo eso muy despacio yo le puse la mano en el muslo que no retiró pero miró disimuladamente.
-Puedes ponerle la etiqueta que más te guste, pero el caso es que nos divertíamos y mucho. ¿Tu marido te divierte?.- Es muy arriesgado nombrar en esos momentos al marido pero no quería perder el tiempo intentando follar con la vecinita si no veía las cosas claras.
-Mucho, con mi marido el sexo es muy divertido.- Me agarró la mano y con suavidad la apartó, se levantó y se despidió con tranquilidad.
A las once de nuevo vino a tomarse el café. De ese día no dejaría pasar un acercamiento más íntimo. Nos sentamos como siempre en la cocina en unas sillas aunque normalmente lo hago cerca de ella, ese día era muy cerca, pero no dijo nada al respecto.
-Me estás mintiendo Ana,- le dije mientras servía el café y me sentaba a su lado, -me pides que te hable de asuntos personales míos y no lo haces de los tuyos.-
-¿Y eso es mentir?.- Preguntó dando un sorbo a la taza.
-Lo que es mentir es decir que tu marido te divierte, y creo que no es así.- Me lancé especulando su relación pero en otras charlas ya me contaba que el marido solía llegar cansado, o a veces muy tarde por hacer horas extras. Y al igual que el día anterior, despacio le volví a poner la mano sobre el muslo pero esta vez en vez de dejarla quieta la movía lentamente arriba y abajo pero poco recorrido. Ella miró disimuladamente y no reaccionó a mis caricias.
-No es que no me divierta, en realidad es que somos más tradicionales que tú.- Dijo notando que la voz ya le temblaba un poco.
Aprovechando que no me retiró la mano, después de unas caricias, la subí poco a poco por su pantalón hasta la entrepierna y rozarla con el meñique. Suspiró y sin decir nada se acabó el café de un sorbo.
-No se trata de ser tradicionales o no, se trata de exaltarse, de sentir la vida, de cumplir fantasías y disfrutar.- Abiertamente le estaba ya frotando la mano por su entrepierna que aunque no movió al principio, a la tercera pasada ya abrió las piernas para un mejor acceso. Me fijé en su camiseta y se notaban claramente los pezones duros.
-Todo eso se puede tener dentro del matrimonio.- Dijo ya azorada y con colores en sus mejillas. Sus manos seguían agarrando la taza del café vacía y mirando al frente.
-Es posible, pero está claro que en el tuyo no, o no estarías mendigando ahora un poco de placer.-
Volvió su mirada hacia mi, su cara de mala leche que es su rictus normal me miraba directa a mis ojos sin decir nada pero sin impedir los frotamientos que mi mano le hacían por encima del pantalón. Y sin desviar mi mirada y con una leve sonrisa, alcé la otra mano a un pecho. Ni se inmutó, entonces lo agarré con fuerza y soltó un suspiro. Lo acaricié y no se que sujetador llevaba pero notaba lo duro del pezón con el que jugué. Con la respiración algo agitada volvió su cara al frente, mirando a la nada mientras sus manos seguían agarrando con fuerza la taza.
Mi mano derecha no paraba de frotar su coño y la izquierda le acariciaba el pecho y el pezón. Todo por encima de la ropa y sin un gesto de rechazo por su parte. Estuvimos en silencio unos cinco minutos mientras notaba como cada vez se excitaba más y más. Entonces retire mis manos y me miró sorprendida.
-Mañana si te apetece otro café te vienes pero con falda, los pantalones no son buenos para según que desees.- Me levanté y me puse a recoger. Ella lo hizo como despechada, no se esperaba mi reacción, sin embargo en la puerta se despidió con un “hasta mañana”.
La verdad es que no esperaba que viniese, quizás a los dos o tres días después de pensarlo pero no al día siguiente que se presentó a la hora en punto.
Después del saludo de rigor me fijé que traía falda, justo por las rodillas y que no pegaban nada con la camiseta que llevaba siempre. Imaginé que se la habría puesto justo antes de subir, seguro que para estudiar se ponía chándal con camiseta pero antes de venir a mi casa se cambió el pantalón por la falda pero sin cambiarse la camiseta. Cuando entramos en la cocina, yo detrás de ella, la agarré por los hombros y sin ningún tipo de fuerza, despacio, la llevé contra la pared. Ella se dejó hacer y puso sus manos contra los azulejos. Me pegué a ella y con una mano le acariciaba el cuello y con la otra le iba subiendo la falda poco a poco.
-Me parece que se me ha acabado el café, pero podemos tomar té.- Le dije casi al oído. Metí en ese momento la mano entre las piernas y sentí sus bragas y como ella las abría un poco para facilitarme la tarea.
-Vale, el té me viene bien.- Me dijo sin moverse pegada a la pared y con la respiración alterada.
-El mío es peculiar, te toco, te acaricio, te muerdo, tengo muchos tés. El que ahora más me gusta es te estimulo, ¿te parece bien?.- Notaba ya cierta humedad en sus bragas y la mano que estaba por su cuello bajó a tocar sus pechos. Ella se separó un poco de la pared para permitirlo.
-Me parece bien,- me respondió, -creo que me gustará.- Apoyó la frente en la pared y se dejaba hacer.
-Es un té que hay que tomarlo caliente, ¿lo estás?.-
-Sí, mucho.-
-Bájate las bragas, lo calentaremos así mejor.-
Despacio bajó sus manos, agarró las bragas y las bajó hasta el muslo sin separarse de la pared y de espaldas a mi.
Toqué entonces su coño húmedo y lleno de pelos. Ella se arqueó para dejar espacio a mi mano y veía como las suyas apoyadas en los azulejos pretendían arañarlos. Le localicé el clítoris y ahí ataqué, haciendo caricias y pequeños pellizcos la hice respirar fuerte y en pocos minutos en silencio le llegó un fuerte orgasmo. Tuve que sujetarla para que no se cayera, las piernas le fallaron. Casi en brazos la lleve a una silla y la senté mientras se reponía.
Cuando se recuperó a los pocos minutos me miró avergonzada.
-Lo siento, esto no ha debido pasar,- dijo mientras se levantaba y se arreglaba la ropa, -mejor que me vaya.- Se levantó camino a la puerta.
-Esto que no ha debido pasar es sólo el principio de un placentero camino.- Le dije acompañándola a la puerta. -Pero si te sientes que has cometido un error, quizás deba castigarte por ello con unos azotes.- La miré travieso. Ella me devolvió la mirada muy seria con el pomo de la puerta en sus manos pero sin abrir.
-¿A que te refieres?.- Preguntó con su cara de mala leche.
-Que si te sientes mal por lo que hemos hecho, a lo mejor una penitencia de azotes te redime.- Ahora se lo dije con cara seria.
-Me tengo que ir.- Abrió y se marchó sin más.
Al día siguiente no vino a tomar café, ni en los siguientes. Ya pensé que se me había escapado la vecinita.
El sábado por la noche, regresaba de tomar una copa y sin encontrar quien traerme a casa para desfogarme y me encontré con el matrimonio que también regresaban.
-Buenas noches vecinos, que, ¿venimos de... divertirnos?.- La palabra divertirnos la dije con otro tono.
-Pues ya ve,- dijo el marido, -de cenar con unos amigos y ahora a descansar que para eso está el fin de semana.-
-Claro, el fin de semana se descansa que durante la semana no hay hueco para la diversión. Bueno Ana, ¿te espero como siempre a por el café de las mañanas no?.-
-No se si podré ir, tengo mucho que estudiar.- Me dijo nerviosa.
-Anda mujer,- dijo el marido, -te vienen bien esos descansos que te pasas todo el día con los libros.-
-Bueno, ya veré.- Dijo ella.
-Como tú veas, sí ya tienes diversión de sobra el fin de semana igual no necesitas relajarte de los estudios, pero siempre es bueno.- Dije cuando ya la puerta del ascensor se cerraba.
El lunes ya estaba llamando a mi puerta a las once en punto. Nada más abrirle, entró con una mano por delante que puso en mi pecho separándome.
-Esto está mal, no me siento bien engañando a mi marido.- Dijo parada en el vestíbulo pero con mirada ansiosa.
-¿Piensas que estás siendo mala?.- Dije travieso.
-Sí, esta no soy yo. Quiero a mi marido y lo de los cafés tiene que terminar.-
-Mujer sólo te he dado placer un día. Pero si crees que estás siendo mala, ya te lo dije, lo suyo es unos azotes.-
Me miró directamente a los ojos con la respiración agitada, bajó la mano que tenía en mi pecho para que no me acercara.
-¿Qué quieres decir con unos azotes?.-
-Como a las niñas malas, te pongo sobre mis piernas y te doy unos azotes como castigo por lo mala que eres. Así tus faltas se borran y quedas limpia de... “pecado”.- La última palabra casi la susurré.
Bajó la mirada al suelo sin decir nada pero seguía con la respiración fuerte. Sin violencia la agarré del brazo y tiré de ella hasta el salón. Me senté en una silla y la hice poner sobre mis rodillas. Ella se dejó hacer sin mirarme. Levanté su falda y acaricié levemente su precioso culo.
Sin decir más le dí un palmada, no muy fuerte para ir tanteando. El haber sido amo de tantas esclavas antes me da una experiencia en estos casos. No deben ser los azotes flojos que parezcan caricias de enamorados, ni fuertes que produzcan mucho dolor, deben ser de la intensidad justa que el dolor se convierta en placer. Esa intensidad varia de una esclava a otra según lo masoquista que sea.
Con Ana aún no tenía claro si era o no masoquista pero dejarse azotar así por las buenas ya me daba pistas que algo debía serlo.
No dijo nada, ni gimió ni se quejó. Empecé a darle azotes con una intensidad mayor poco a poco en cada cachete, parando cada pocos para tocar el rojo culo que iba apareciendo. Con la otra mano, agarré sus bragas y se las remetí entre los cachetes haciendo como si fuera un tanga y tiré de ellas hasta tener la tela bien estirada, y mientras la azotaba, la masturbaba con sus bragas.
Entonces sí aparecieron los gemidos, y algún ay cada vez que mis manos azotaban su culo. Cuando ya lo vi lo suficientemente rojo, paré. Ella seguía sin decir nada y sin moverse. Aparté las bragas y aventuré mi mano entre los pelos del coño que estaban ya muy húmedos. Primero con la mano abierta se lo froté un par de veces, después al notar su excitación metí dos dedos que entraron sin dificultad y comencé a pajearla, despacio y aumentando la velocidad según salían sus gemidos. Entre ellos se escuchaba el chapoteo de mis dedos entrando y saliendo cada vez más rápidos hasta que con un fuerte jadeo y un ligero temblor de sus piernas le llegó el orgasmo. Paré, me limpie mi mano en sus bragas tirando de ellas y esperé a que se relajara acariciando su rojo trasero.
-¿Me puedo levantar ya?.- Dijo Ana casi en susurro mientras hacía el intento. Yo la sujeté bien para que no cambiara la postura.
-No, aún no. Tenemos que aclarar algunas cosas. La primera es que prefiero que vengas con tanga y sin sujetador. La segunda es que el café lo sustituiremos por los azotes para calmar tu desliz. ¿Te parece?.- Se lo decía acariciando sus cachetes y con una calentura bestial pero controlándome.
-No estoy muy segura de volver a subir. Quiero mucho a mi marido.- Dijo sin moverse de mis rodillas.
-Eso ya lo hablamos, esto es diversión, ¿o me vas a decir que no estás satisfecha ahora?. Seguro que el resto del día estudias con más tranquilidad y relajada. Por supuesto que no te obligo a nada, es más si te fijas yo no he tenido satisfacción, me he dedicado a enseñarte lo que puede pasar si decides seguir.-
La levanté y se arregló la ropa mientras se dirigía a la puerta.
-Si regresas mañana hablaremos de algunas normas que tendrás que cumplir. Pero si no lo haces, no volveré a abrirte la puerta, me da igual que sea dentro de dos días o de una semana porque necesitas pensarlo. Tienes un día para saber si deseas pasarlo bien o quedarte con las diversiones de tu marido de los fines de semana. Las bragas que llevas puestas no te las quites hasta mañana, quiero que sientas lo que has disfrutado hoy. Tu decides.- Me despedí y se marchó.
Eran las once y media cuando llamó a la puerta. Al abrir me puse delante no dejándola entrar. Se extrañó y me miró avergonzada.
-Llegas tarde y eso no me gusta nada. Pero como ayer no te dije nada de la puntualidad te lo voy a pasar, pero antes quiero que me des el tanga que llevas puesto.-
Notaba que sujetador no llevaba, los pezones intentaban romper por todos los medios la tela de su camiseta. Ella sin pensar mucho, miró al rellano esperando que ningún vecino pasase por ahí. Se metió la mano bajo su falda y sacó el tanga que me lo tendió. Entonces la deje pasar y cerré la puerta. Le hice un gesto para pasar al salón y me llevé su tanga a la nariz, noté nada más tocarlo su humedad.
-Puede que tu cabeza aún te de vueltas, pero tu cuerpo lo tiene muy claro.- Dije mientras ella colorada me veía oler su tanga.
Me senté en una silla y di palmadas en mis rodillas para que se tumbara sobre ellas. Lo hizo sin pensar pero buscando una postura más cómoda. Una vez puesta, le levanté la falda y le acaricié las nalgas.
-No creas que todos los días serán azotes, algunos te los perdonaré.- Empecé a darle cachetes subiendo la intensidad, y ella los acompasaba con gemidos o pequeños grititos. Cambié la mano, y mientras azotaba con la izquierda en la parte alta de sus nalgas lo cual me costaba mucho trabajo ya que no soy zurdo, con la derecha ahondaba en su mojado coño. Me impregne de sus fluidos y cuando lo consideré y sin dejar de azotar, le metí el dedo en el culo. Dio un respingo y quiso deshacerse del intruso, pero la agarré fuerte y ahondé con el dedo. De los grititos pasó a gemidos cada vez más fuertes según mi dedo la follaba por el culo. Cada vez aumentaba la velocidad del dedo y bajaba la cadencia de los azotes hasta dejar de dárselos. El orgasmo le llegó al poco temblando sobre mis rodillas y agarrando con una mano mi pierna. Saqué el dedo y lo limpie con una toallita que ya tenía preparada. Ella seguía recuperándose del orgasmo sobre mis piernas.
-Como ves, el placer puede llegar por distintos sitios. Por esa razón antes de subir a mi casa deberás tener todos esos sitios bien limpios.- Le dije acariciando su pecho a través de su camiseta que al no llevar sujetador colgaba al lado de mi pierna, con suavidad, sin pretender excitarla de nuevo.
-Sí.- Casi sin aire me respondió, aún se restablecía del orgasmo.
-No pretendo ser tu amante, ni tu querido, ni una aventura. Tampoco quiero romper tu matrimonio, así que los dos debemos ser cautos y no hablar de esto con nadie. Eres tú la que más pierde si se sabe.-
-¿Que relación es entonces?.- Ya respiraba con más tranquilidad.
-Ya veremos a donde nos lleva, pero debes tener claro que yo también quiero el placer que te doy. No todo serán dedos o azotes para ti, a mi me toca también disfrutar.-
-Pues sólo con los dedos he tenido más orgasmos que en los últimos meses, y más intensos.-
-Pues imagina lo que queda por llegar.-
-Por un lado lo deseo, pero por otro está mi marido que no quiero dejarlo. Te parecerá una locura pero lo amo, y también quiero lo que me ofreces.- Intentó de nuevo levantarse y la hice seguir tumbada con mis manos en su culo con caricias leves sin apretar.
-No es una locura, algún día te contaré lo de nuestro pequeño grupo. Alguna de las chicas están felizmente casadas. Esto es como una válvula de escape, relaja tensiones y te hace seguir el día a día con más felicidad de la que el matrimonio te da sin dejar el amor a tu marido de lado.-
La levanté y la besé en la mejilla. Mis manos se fueron a sus pechos y los amasaron pero sin lascivia. Ella se quedó un momento sin saber que hacer pero dejándose.
-A partir de mañana, nada más entrar en mi casa te haré un inspección antes de ponernos con el “café”. Y es posible que algún día tardemos más de la escasa media hora que tenemos, pero seguro que recuperas el tiempo durante el fin de semana.- Le dije sonriendo mientras la despedía en la puerta.
Estaba seguro de que era una sumisa en potencia pero necesitaba ir apartando capa tras capa de su mente. Tras terminar derecho había trabajado varios años en un bufete antes de decidirse a preparar las oposiciones. Se consideraba a sí misma una persona independiente y autoritaria, pero yo estaba convencido de que no era así. Bajo todas esas capas de moral se escondía una sumisa que tendría que encontrar para hacerla mi esclava. Eso no sería de la noche a la mañana, me llevaría tiempo pero estaba dispuesto a perderlo si al final conseguía ese bocadito de mujer.
-Cuando te diga que tomes la postura de inspección,- la dije a la mañana siguiente nada más entrar, -es con las piernas abiertas y las manos en la nuca.-
-¿Esto va a ser siempre dándonos órdenes?- Me preguntó sin moverse.
-No, claro que no. Tú no das las órdenes, las doy yo. Si alguna no te gusta te vas y tan buenos vecinos. Pero como ya te dije, si te vas no vuelvas.- Lo dije muy serio mirando directamente a sus ojos.
Despacio abrió sus piernas y puso las manos en la nuca. Le levanté la falda y admiré su tanga apreciando como salían pelos alrededor. Me volví por detrás y admiré su hermoso culo. Y desde atrás le pasé la mano desde el coño hasta el agujerito de su culo que presioné ligeramente.
-Es una postura de inspección para ver que vienes como te digo. Y para empezar no quiero mañana ver ni un pelo ahí abajo.-
-¿Y que le digo a mi marido?.-
-Ese es problema tuyo. Dile que es más higiénico. Pero por mi parte lo quiero depilado para apreciar mejor lo que tienes y darte más placer.- Tengo que someterla despacio, no asustarla.
Estando a su espalda le agarré las tetas y las amasé hasta notar el duro pezón.
-Vamos a la cocina.- Dije soltando esos suculentos pechos y dirigiéndome hacía allí.
-¿Ya estás contento? Me has sobado a gusto.- Lo dijo como enfadada pero la excitación se le notaba en las mejillas sonrojadas.
-De eso se trata Ana, de ver como vienes y de esa manera saber que hacer para darte el placer que ansías.- Le dije sin mirarla yendo a la cocina delante de ella.
-¿Es que acaso no lo ansías también tú?.- Dijo desafiante.
-Claro que lo ansío, pero todo en un orden, y lo primero es inspeccionarte. Ahora échate sobre la mesa, que tus tetas se apoyen sobre ella y abre un poco las piernas.-
-De nuevo ordenas y se supone que yo tengo que obedecer ¿no?.- Lo decía provocando.
Me volví y le agarré algo brusco la barbilla mirándola a los ojos.
-Este es el juego, si no te gusta te marchas, pero deja de ser impertinente. Relájate y abandónate al placer que por como he notado el tanga lo deseas.- Acabé la frase sonriendo y dándole un fugaz beso que no tuvo tiempo de responder.
Se quedó quieta dos segundos, se acercó a la mesa y se puso en la postura que le había indicado.
-Ahora unos azotitos para calmar el ambiente, ¿no te parece?.- Use una voz suave y noté como sus manos se agarraban a los bordes de la mesa preveyendo lo que venía.
Levanté su falda hasta dejarla en la cintura enrollada y sin esperas comencé a azotarla como ya sabía que le gustaba y en la intensidad que en anteriores días la note más receptiva. Cada poco le pasaba las manos por el culo admirando su color y con un viaje furtivo a su entrepierna que cada vez se mojaba más. Cuando la vi excitada, me eché sobre ella, metiendo una mano por la entrepierna y masturbándola, otra se metió por debajo de la camiseta y tiraba de sus pezones hasta notar la fuerza idónea que la excitaba. Estuve un rato mientras ella gemía sin parar y cuando pareció que le venía el orgasmo la solté y lleve mis manos a acariciar su espalda.
-¡No!, por qué paras, sigue por favor. Estaba a punto, por favor sigue.-
-No puedo, ahora la tengo muy dura, necesito que se relaje para seguir.- Le dije sonriendo para mi.
-¿Que tiene eso que ver? Yo estaba a punto.- Giraba su cabeza para mirarme pero no se movía de su posición.
-Tiene que ver mucho, no creo que estés preparada aún para que te folle, tu moralidad no te dejará. Un pequeño relax y seguimos.- Llevé mis manos a sus hombros y la alcé un poco para llegar a sus tetas mejor. Le remangué la camiseta hasta dejarla en el cuello. Me quedé extasiado unos segundos admirando sus pechos colgando que aún no había tenido oportunidad de ver. Maravillosos coronados por una areola pequeña y unos pezones rojos y grandes.
-Por favor sigue.- Continuaba implorando ella.
De nuevo me puse a su espalda y una mano en sus tetas y la otra buscando su clítoris. Y la jugada me salió como esperaba. Al notar otra vez su inminente llegada del orgasmo, volví a retirar mis manos.
-¡Joder no!, sigue un poco más, por favor Hugo sigue.-
-Esto me excita más a mi que a ti y la tengo que va a reventar, deja que se relaje de nuevo.-
-¡Pues métela pero sigue!, no pares ahora.-
No esperé a que lo pensara y me saqué la polla, apunte y directa al coño que fue. Sin miramiento pero sin brusquedad se la metí hasta el fondo. Soltó un aullido y se acompasó a mis movimientos echando la cadera hacia atrás y delante. Mis manos se dirigieron a sus tetas amasándolas.
No duró mucho y se corrió, pero yo aunque saboreaba el tacto que notaba de su coño suave y muy caliente preferí sacarla sin correrme. Ella se quedó como desmayada sobre la mesa, con jadeos muy fuertes y los ojos cerrados. Me senté frente a ella mirando su cara.
Cuando se relajó y abrió los ojos hizo por levantarse pero le indiqué con un gesto que siguiera tumbada.
-Te has corrido poco, apenas si lo he notado.- Me dijo. Me levanté un poco para que viera mi polla aún dura pero que iba camino de bajar.
-No me he llegado a correr. No es justo que me quede así, pero te dejo decidir como lo hago, de nuevo por el coño o prefieres por la boca.- Se lo dije sereno como sin darle importancia.
-No se si podré con más, pero prefiero por el coño.- Dijo apoyando la cabeza en la mesa de nuevo y sin moverse.
Me puse otra vez detrás de ella y mojando mi dedo en su flujo al tiempo que la masturbaba, se lo metí sin avisar por el culo. Gritó por la sorpresa y se arqueó en la mesa. Sus manos que estaban relajadas se agarraron de nuevo a la mesa y aprovechando le metí hasta el fondo la polla. Gritó de nuevo por el placer y según me movía sus gemidos no paraban. Me tentaban sus tetas a veces bailando con el movimiento, a veces apoyadas sobre la mesa pero no quise dar más estímulos.
Noté como su coño se cerraba sobre la polla y eso fue lo que me faltaba para correrme intensamente junto con ella que sacó el aire de sus pulmones para volver a meterlo con un grito gutural extraño.
Salí de su coño, acaricié su culo que ya iba perdiendo el color de los azotes y me senté de nuevo frente a ella que estaba visiblemente agotada, incluso aprecié que le caía un poco de saliva de la boca entreabierta.
Fue a levantarse y le dije que la prefería mejor como estaba. No se movió.
-Me gusta verte así, con las tetas aplastadas en la mesa.-
-Eres un poco rarito.- Me dijo pero quieta.
-En realidad no es este el sitio idóneo.- Me levanté y cogí la silla, la llevé justo detrás de ella y allí me senté. Mirando de frente su coño goteando semen y su culo. -Este es el sitio bueno para admirar y charlar.-
-Lo dicho, eres muy rarito, ¿y no me puedo yo sentar?.- Me preguntó ya recuperada.
-Por ahora no, me gusta la vista aunque esos pelos hay que quitarlos.-
-La verdad es que no se si deberíamos seguir. Suena muy raro después de que me hayas follado pero quiero mucho a mi marido.- Seguía sin moverse.
-Eso no lo veo incompatible. Tú tienes tu vida con él, el amor y todas esas cosas, convives con él y disfrutas de su compañía. Esto es otra cosa, te dije que nada de amantes. Esto es el placer que no encuentras con él, lo que él no es capaz de darte o prefieres que no te de. Aquí se viene para buscar el placer, no la compañía. Aquí encontrarás los orgasmos que él no te da y desahogas tu frustración, permitiendo incluso que tu relación con él sea más fuerte.-
-Eso suena muy cínico. Ahora no me siento así, por un lado la vergüenza de lo que hemos hecho, por otro el dolor de la infidelidad y por último el haber fracasado en mi matrimonio.- Dijo apesadumbrada, pero seguía sin moverse de la mesa exponiendo sus partes a mi mirada.
-Eso es algo que debes superar. Primero que ya somos mayorcitos para avergonzarse por esto, segundo que la infidelidad yo la apunto al amor y no al deseo, tercero que no creo que el matrimonio fracase por la razón de que busques la “diversión” en otro lado, un matrimonio son muchas cosas y no sólo el sexo. Pero lo más importante no lo has nombrado, ¿has sentido placer?.-
-Te reconozco que nunca he tenido orgasmos así de intensos, pero no sé si realmente vale la pena.-
-¿Crees que tu marido es capaz de darte estos orgasmos?.-
Pensó un poco y se medio incorporó en la mesa apoyando sus codos y mirándome.
-No lo sé, es posible aunque nunca han sido así de fuertes. Todo esto tengo que pensarlo.-
-Pues tienes un día para hacerlo, si mañana no vienes no dejaré que regreses. Pero si mañana estás aquí, esto es lo que te espera.-
-¿Lo que me espera son órdenes?¿Pretendes que esté a tu servicio sexual?- No lo dijo escandalizada sino intrigada.
-Algo así, pero ya ves como es estar a mi servicio.- Cogí del suelo el tanga y se lo entregué. Se levantó de la mesa.
-¿Puedo usar el baño para asearme?.-
-No, lo siento. Te pones el tanga y no te lo quitas en todo el día. Quiero que al sentirlo mojado y pringoso recuerdes por qué ha sido.-
-Además de rarito, eres un poco guarro.- Se puso algo enfadada el tanga.
-Hay muchas guarrerías que dan placer aunque de principio las rechaces. Recuerda que mañana vienes depiladita, los sentidos se agudizan sin pelos de por medio.- La acompañé a la puerta, se me quedó mirando un rato y sin decir nada se marchó. Los dos siguientes días no apareció.
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