Xtories

El Profe - completo (cap. 5)

Eva no lo deja en paz: sabe que tiene el poder sobre él y no duda en usarlo. Mientras el profesor intenta sobrevivir al chantaje de su alumna, su esposa le lanza una confesión que lo deja helado. ¿Quién es el verdadero depredador en esta red de mentiras?

Abel Santos11K vistas8.9· 25 votos

A última hora de la mañana me tocaba clase en el aula de Eva y Ari. Estuve acojonado hasta que el timbre señaló el final. Tuve suerte, sin embargo, ninguna de las dos tuvo una salida de tono, ni de palabra ni de obra, y el tiempo transcurrió sin percances.

No obstante, cuando dejaba el colegio para ir a comer, Eva me tomó el paso en la explanada del parking y me sorprendió una vez más.

—Oiga, profe, ¿qué tal el viernes por la tarde?

—¿Qué…? —no tenía ni idea de a qué se refería. O, mejor dicho, prefería no tenerla.

—Pues ya sabe… —replicó chistosa—. Para terminar la faena con Ari. La chica tiene aún mucho amor que darle y con la interrupción de la bruja se quedó a medias la pobre.

Tosí atragantado. No sabía qué responder. Había supuesto que la broma se habría evaporado como una tormenta de verano, pero al parecer no era así.

—Mira, Eva —conseguí decir—. Esto se ha terminado. Ni tiene ningún sentido, ni me apetece seguir con el juego. Así que olvídalo y dejadme en paz.

Eva, mirando sin pudor a mi entrepierna, decidió burlarse una vez más de mi erección incipiente.

—Vaya, pues parece que su soldadito dice lo contrario.

Me ruboricé sin poder evitarlo. La jovencita siempre iba por delante, por lo visto. ¡Una puñetera cría de veintidós años!

—Te voy a decir algo —tomé aire—. El padre de Ari es mi jefe. Si se entera de lo que ha pasado, no solo me despedirá, sino que me matará. Sin contar con lo que me hará mi mujer… y con razón.

Hablaba totalmente en serio. Estaba acojonado. Pero Eva no se rendía fácilmente.

—¿Y quién se lo va a decir? —me retó con la mirada—. ¿Usted?

—Eva…

—Espere… —me cortó—. Antes de tomar una decisión, piense en las tetitas de Ari. Tan pequeñas, tan suaves, tan blancas… con esos pezoncitos sonrosados. Y la nena loca por que usted se las sobe y se las muerda…

Hizo un gesto de león mostrándome los dientes y mi entrepierna dio un salto bajo los pantalones.

Soltó una carcajada al ver que me estremecía y luego prosiguió.

—Y esos muslos… —dijo insunuante y mi erección ya era indisimulable, hasta el punto de que tuve que taparla con la cartera para evitar que la notara todo el que pasaba—. ¿No me diga que no ha soñado con los muslos de Ari y con ese chochito tan cerradito al final de ellos después de lo de la otra tarde? Venga, profesor, déjese de monsergas y láncese a la piscina. Carpe diem, profe, que una oportunidad como esta no la va a tener a menudo. Usted la disfruta, Ari se libera de su capricho, y después como si no hubiera pasado nada.

Me mordí la lengua. No podía aceptar, pero la golfilla me había puesto tan cachondo que apenas podía respirar. Así que solo solté un gruñido y, aunque no dije que sí, tampoco que no, al menos con palabras.

Y Eva lo tomó como una afirmación.

—Pues nada, el viernes nos vemos a la salida de las clases de la tarde —soltó alegre—. Iremos a casa de mis abuelos, que están de viaje por Australia. En su barrio pasaremos desapercibidos. Es una zona de chalets muy discreta y tranquila. Ya verá que bien lo pasamos, profe, no se arrepentirá.

*

Cuando llegué a casa por la tarde, Paula me esperaba con un picardías nuevo que acababa de estrenar. Sin embargo, con todo el lío que me traía a cuenta de la golfilla de Eva, tuve que rechazar su ofrecimiento.

Mi mujer, que se había acostumbrado a mis sesiones de sexo de media tarde, notó que algo ocurría. Y, por supuesto, preguntó.

—¿Qué te pasa? —preguntó tras abrirme una cerveza sobre la mesita del salón—. No me dirás que tienes problemas en el colegio. Si te despiden de nuevo vamos a seguir tirando de los ahorros, y ya no nos queda tanto. No me gustaría volver a lo que nos pasó hace años.

No podía decirle que tenía problemas de acoso sexual por parte de una alumna perversa, por lo que tuve que mentir.

—Oh, no, todo va bien… —me disculpé y le di un trago a la botella—. Lo que pasa es que estoy cansado. Verás como se me pasa y otro día te hago un estreno de ese picardías por todo lo alto.

Paula siempre se mostraba comprensiva conmigo, y esta vez no lo fue menos.

—Bueno, tampoco pasa nada, lo podemos estrenar cuando quieras. Total, se trata solo de quitármelo…

Reímos la broma y, tras un trago de la botella, comencé a relajarme.

Era el momento de comentarle lo de la invitación de Nacho para comer en su casa. Sabía que la idea no iba a hacerle gracia. Por alguna razón que desconocía, Eva y Nacho no se llevaban excesivamente bien. Pero Nacho, además de mi amigo, ahora era mi jefe y había que corresponder a su invitación. La vieja historia de quedar bien con tus superiores y esas cosas.

—Tengo algo que decirte, es una noticia excelente.

Paula me miró con aire de mosqueo. Me conocía demasiado bien como para venderle una moto. No debía haber empezado con una frase tan entusiasta, se me había notado demasiado que intentaba colarle una trola.

—¿Te han subido el sueldo? —bromeó ella sin muchas ganas.

—Uy, ya quisiera… —reí para hacer tiempo—. Pero como profesor no creo que me vayan a subir el sueldo muy a menudo.

—¿Entonces?

—Pues, verás… —tomé aire y solté la «buena nueva»—. ¡Nacho nos ha preparado una comida en su casa para celebrar nuestro reencuentro!

—¿¡Qué!? —sus ojos se agrandaron como espantados.

—Pues eso, que quiere que nos juntemos de nuevo las dos parejas. Dice que no entiende cómo pudimos separarnos con lo unidos que estábamos en otro tiempo.

—No me jodas… —dijo Paula con expresión de desagrado.

—Tiene razón, yo tampoco lo entiendo —repliqué—. Y mira si el tío es majo, que está preparando la piscina del chalet para que pasemos el día todos juntos. Y así aprovechamos el veranillo adelantado que estamos teniendo. Primero nos bañamos, luego comemos y, tras la sobremesa, nos tomamos unas copas.

Paula se puso de pie. Se cruzó de brazos y comenzó a dar paseos alrededor del salón. Se la veía mosqueada.

La miraba ir y venir con el picardías transparente que apenas le cubría la mitad del cuerpo y mi instinto depredador comenzaba a resucitar. Aquellos muslos y aquellas tetas no parecían los de una mujer de cuarenta años. Ninguna de sus nuevas amigas la echaban más de treinta y cinco y ella no las contradecía, a sabiendas de que estaba todavía más que aprovechable, muy lejos del estándar de las mujeres de su edad.

—No quiero ir… —fueron sus palabras tras varios minutos de silencio—. Búscate una excusa creíble y líbrate del compromiso, te lo ruego.

—Pero, por dios, Paula… —me quejé—. Puedo buscar una excusa para un día, quizá para dos… pero no puedo buscar excusas para todos los días del año…

Paula dio una patadita al suelo, enfadada.

—Ya sabía yo que no debías aceptar la oferta de trabajo de ese tío… Me imaginaba que acabaría así.

—¿Pero por qué dices «ese tío»? ¿Qué bicho te ha picado? —Ahora era yo el que empezaba a mosquearse—. ¿Pero qué te ha hecho? Además, ahora que lo pienso, si nos distanciamos de él y de Laura fue por ti. Hasta hoy no me había dado cuenta, pero ahora lo veo claro.

Me miró fijamente. Luego saltó como una gata enjaulada.

—Sí, fui yo la que te fue alejando de Nacho. Primero animándote a que aceptaras el trabajo en el sur. Y luego cambiando nuestros números de teléfono para que no nos encontraran.

—¿Qué…?

—Lo que oyes… —confirmó ante mi estupor—. ¿Y sabes por qué?

—Joder, ni idea…

—Tu amigo Nacho es un putero asqueroso, eso lo sabes, ¿no?

—Pues claro, ¿y…?

—A ver, hijo, que parece que estás ciego… —suspiró antes de soltar la bomba—. Pues que sepas que el muy cabrón siempre me ha mirado con mirada sucia.

—¿Mi… mirada… sucia? —No podía creer lo que oía—. ¿Qué quieres decir con mirada sucia?

—Joder, está claro, ¿no…? —se impacientaba—. El muy cerdo se pasaba todo el tiempo tirándome indirectas, que si yo era demasiado guapa para ti, que si él me podría hacer su reina. Vamos… que no te enteras… que se moría por follarme, so bobo…

La boca se me había resecado.

—No me lo puedo creer…

—Pues créetelo… —respiró agitada—. Y tú no te dabas ni cuenta cuando me tocaba el culo cada vez que pasaba a mi lado.

Le eché un trago a la botella de cerveza para deshacer la bola que se me había formado en la garganta.

—¿No… serían imaginaciones tuyas…? —le dije en cuanto pude hablar—. No sé… a lo mejor lo malinterpretaste.

Me echó una mirada furibunda.

—Ah, ¿sí? ¿Eso es lo que crees? —dijo con el tono subido—. ¿Quieres que te cuente lo que pasó la última noche que nos vimos? Estuvimos en aquella disco de moda del centro, ¿recuerdas?

—Sí, claro que recuerdo… —repuse pensativo—. Ahora que lo dices, fue días después de esa noche cuando empezaste a insistir que aceptara el trabajo en Málaga.

—Eso es… ¿Y sabes por qué fue? ¿Quieres que te lo cuente?

Me estaba empezando a acojonar, incluso más que con Eva y Ari.

Y solo pude confirmar con un movimiento de cabeza.

Continuará...

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