Xtories

Regreso a nuestro lugar secreto en el pueblo

El lugar secreto de la montaña guardaba más que recuerdos de infancia; guardaba el secreto de un deseo que nunca se apagó. Años después, ella regresa no para recordar, sino para proponer.

Matthew8.3K vistas8.9· 11 votos

Los veranos en el pueblo eran la típica escapada de mi juventud, cuando la familia no tenía dinero para ir de vacaciones a un sitio más lejano y aprovechaba que podía quedarse en la vivienda de algún familiar. A los más jóvenes, además, nos hacía ilusión reencontrarnos con otros niños y niñas con los que siempre jugábamos hasta tarde en la calle, mientras los mayores “tomaban el fresco”. Año tras año nos volvíamos a ver, y todos habíamos crecido un poco más. Podíamos tener nuevos intereses y hacíamos cosas nuevas, como apuntarnos a las fiestas o salir por ahí a beber y creernos más adultos de lo que éramos. Y fue en medio de esta etapa de mi vida, que conocí, fui haciendo amistad y vi crecer a Silvia, la típica hermana pequeña de la pandilla que siempre acababa acoplándose con nosotros a pesar de que tenía 6 años menos.

En el último verano que recuerdo, la pequeña Silvia acababa de cumplir dieciocho. Su cuerpo había cambiado drásticamente y, aunque seguía teniendo la mirada tímida y curiosa de siempre, parecía incluso mayor de lo que era. De ojos marrones y pelo castaño ondulado que le llegaba hasta los hombros, tenía una nariz pequeña y respingona, los labios gruesos y unos mofletes redondos con dos pequeños hoyuelos que se marcaban cuando sonreía; aunque eso era algo que no pasaba mucho, pues era vergonzosa, callada y seria. Por otro lado, podía verse fácilmente que su cuerpo se había desarrollado, ya que gustaba de vestir prendas ajustadas que hacían destacar especialmente una parte de su anatomía había que crecido y atraía miradas disimuladas, discretas e indiscretas de los chicos. Sus pechos llenaban la ropa por completo y la mantenían prieta. Se mostraban voluptuosos, suaves e hipnóticos en su movimiento, pero sobretodo sorprendían por que parecían haber aparecido de repente de un año al siguiente.

Por mi parte nunca sentí interés físico o romántico por Silvia y eso tampoco iba a cambiar ese año. Para mí era como mi hermana, mi compañera de juegos, con la que además tenía una diferencia de edad importante. La protegía, bromeaba, le contaba mis secretos… Sin embargo ella siempre me miraba de una manera especial. Por otra parte, aunque no era con quien mejor me llevaba y a veces los mayores intentábamos evitarla y quitárnosla de encima, Silvia solía encontrarme siempre que quería estar solo y acababa contándole mis confidencias. Y es que conocía mis escondites secretos: Por ejemplo, solo ella tenía el valor para escalar a un pequeño monte donde solía escaparme a echar una siesta, sabiendo que nadie se atrevía a subir allí. Es por eso que ese lugar especial “solo para mí”, terminó por convertirse en “solo para nosotros” debido a su insistencia.

Y allí fui donde me escapé ese verano en el que tenía veinticuatro años. Subí a la montaña y me tumbé en la hierba fresca, a la sombra y a la vez oculto para no ser encontrado, entre varios árboles muy ancianos. Me relajé escuchando mi reproductor de mp3, dejando que el viento me refrescara la cara durante no recuerdo cuanto tiempo. De repente alguien me quito el auricular de la oreja izquierda, se lo colocó en la suya y se tumbo a mi lado.

–¿Esto es lo que escuchas ahora? –dijo Silvia que había aparecido de la nada como si fuera una Ninja.

–¿Qué haces tú aquí? –respondí medio adormilado.

– Me aburría y me imaginé que vendrías al sitio de siempre.

– Solo quería echarme una siesta. Y si, me gusta esta música.

– Eres un soso y un dormilón.

Durante unos segundos se hizo el silencio y ambos nos quedamos mirando a las nubes mientras el cantante de Limp Bizkit rapeaba sobre un ritmo de hip hop, acompañado de poderosas guitarras eléctricas, directo hacia nuestros oídos.

– ¿Estás saliendo con alguien? – interrumpió mi amiga.

– No, ahora mismo no. ¿Y tú?

– Bueno, se podría decir que sí. Tengo novio.

Me incorporé sorprendido y me quedé sentado contemplando a Silvia desde un punto de vista que deformaba ligeramente sus senos y los hacía parecer aun más grandes, así que traté de no mirarlos mucho.

– ¿En serio?, ¡Qué calladito te lo tenias!, ¿Y qué tal? – me interesé con ganas de enterarme hasta del último detalle.

– Psee.

– ¿Cómo que psee?

– Es que los tíos sois un poquito básicos y me tiene un poco cansada.

– ¿Por qué?

– Está obsesionado.

– Como no me des más detalles…

– Pues… con mis tetas. –Dirigió sus pupilas hacia mi desde su posición –No para de pedirme que le haga una paja con las tetas. –añadió poniéndose un poco colorada y volviendo a orientar su vista hacia el cielo.

–No sabía que ya pensabas en estas cosas.

– Tengo dieciocho años, soy una mujer adulta. Claro que pienso en esas cosas, aunque muchas no las entienda.

– Bueno… entiendo que no te guste que se fijen en exceso o te reduzcan a eso, pero te han crecido mucho y destacan, así que muchos fantasearán con esas cosas.

– Pues no pienso hacerlo, por lo menos a él.

–Me parece bien, tú eliges con quien te apetece compartir esas cosas. –acerté a decir pretendiendo parecer un tipo sabio, comprensivo e instructivo sobre las cosas de la vida

–¿A ti también te gustan las tetas grandes?

–No lo sé. Al final da igual grandes, pequeñas o como sea, mientras formen parte de la persona que me atraiga…

–Jajaja. –se rió a carcajadas Silvia.

–¿Qué pasa?

–Que sabía que dirías alguna cursilería de las tuyas.

–¿Qué quieres que haga? Es lo que pienso.

–¿Qué te apuestas a que te las enseño y te vuelves loco por tocarlas?

– Jaja. No creo que te atrevieras a enseñarme nada.

–¿Ah no?

Silvia se incorporó y comenzó a levantarse la camiseta blanca que llevaba, pero al final se detuvo cuando empezaba a verse su ombligo y dejó claro que se trataba solo de un amago que pretendía ponerme nervioso.

–¿Lo ves? –me reafirmé en mi apuesta.

–Bah, ya quisieras. –dijo la joven antes de volver a tumbarse y girarse para darme la espalda.

Volvimos a quedar en silencio durante un instante y luego, la chica giró la cabeza para hablarme de nuevo.

–Pero sigo sin entender por qué os gustan tanto unas tetas, si solo son… eso, tetas. –se quejó finalmente. –Todos tenemos unas.

–Jajaja. A decir verdad ni yo mismo entiendo porque siento atracción o placer por ciertas cosas. Tendríamos que hacer algún estudio científico. –dije sin poder aguantarme la risa. Pero supongo que tú también te fijaras en aspectos de la anatomía masculina. –añadí.

–Supongo. –se volvió a tumbar boca arriba. –¿Qué cosas?

–¿Cómo?

–Has dicho que no entiendes por qué sientes atracción o placer por ciertas cosas. ¿Qué cosas?

–Pues… no lo sé, cosas que ya te contaré cuando seas mayor.

Silvia soltó un resoplido.

–Te repito que tengo dieciocho, y probablemente soy más madura que tu. –se indignó.

–Pues probablemente…

–Va, cuéntame.

– Me refería por ejemplo a lo de que nos fijemos en un escote, o por ejemplo siempre he querido comprender que pasa en mi cerebro como para que me ponga lo de… ya sabes, “terminar” encima. –literalmente hice el gesto de las comillas con los dedos índice y corazón de ambas manos.

–Eso también me lo dijo mi novio, que le encantaría correrse en mis tetas.

–¿Y?

–Paso.

–Igual aún es pronto para ti, pero me da la sensación de que no te despierta mucho deseo tu novio para ser tu novio.

–No me apetece hacer esas cosas con él.

–Ya… No sé, puede que sea un poco egoísta y necesitas que te haga mejores propuestas… O igual es simplemente que no sientes suficiente atracción física por ese chico.

–No lo sé.

–¿No habéis hecho nada hasta ahora?, ¿Cogeros de la mano o algo así?

–Solo nos besamos a veces e intenta meterme la mano por debajo de la ropa.

–Va muy rápido para ti, ¿no?

–No es eso, es solo que no es con él con quien me apetece hacer ninguna de las cosas que me pide.

–¿Ah no?, ¿y entonces con quien?, si puede saberse.

–¿Y a ti que te importa?

Silvia me sacó la lengua de forma que me resulto bastante tierna y volvió a girarse para tumbarse de nuevo dándome la espalda y quedarse callada. Yo solo acerté a Sonreír y luego me tumbé a su lado contemplando su nuca, pero pronto no pude dejar de fijarme en la bonita silueta que hacía su cuerpo, con cintura estrecha, un trasero que se mostraba suave y bien formado. Además, como en ese momento mi amiga solo llevaba la camiseta blanca y unos shorts vaqueros pude observar también que sus muslos lucían un poco gruesos y blanditos, y debía ser un verdadero placer tener el honor de posar la mano sobre ellos.

Decidí recordarme a mí mismo que se trataba de mi amiga de la infancia, alejarme de aquel pensamiento y cerrar los ojos, hasta que me quedé dormido por completo.

La música estruendosa de un concierto de rock lleno de gente salió del altavoz derecho de una sala de conciertos completamente llena de gente. El altavoz del otro lado parecía estar estropeado y no se escuchaba, pero aun así era imposible hablar y que nadie pudiera entenderse en medio de aquel barullo. Algunas personas saltaban y se empujaban unas a otras y, por momentos, daba la sensación de que, a pesar de que el cupo debía estar casi al cien por cien, al recinto no paraban de acceder más y más individuos.

De pronto me fijé en el cogote una chica que tenía delante bailando como loca y hacia la que la masa de gente me iba acercando poco a poco. Ella meneaba el culo, bonito, firme y un poco respingón, arriba y abajo al ritmo de la batería que marcaba el tempo de la canción mientras la contemplaba cada vez menos distante hasta que acabamos haciendo contacto de forma inevitable. En aquel momento todo empezó a moverse a cámara lenta, la mujer frotaba ahora de forma suave, continua y directa su trasero contra un bulto en mis pantalones que crecía y se iba haciendo más evidente por momentos. Yo intentaba disimular, apartarme, pensar en algo que me evitara tener que dar explicaciones, pero la masa del público hacia de muro bloqueándome cualquier posibilidad de escapada y todavía me empujaban más hacia aquel roce. Pronto empecé a sentir un cosquilleo, que se fue convirtiendo en excitación, calor, dureza, placer… Luego tragué saliva y fui consciente de que en mis oídos ya se escuchaba más el sonido de aquella erótica y lenta fricción que el de la música.

Entonces abrí los ojos saliendo de aquel sueño tan extraño, pero sin dejar de sentir aquella deliciosa sensación en mi entrepierna. Silvia, haciéndose la dormida, se había acercado con disimulo y se dedicó a acariciarme usando sus esponjosas nalgas, recurriendo a toda la sensualidad que fue capaz de imprimir a sus movimientos.

Instintivamente me aparte de ella, aunque en el fondo no era mi deseo.

–¿Silvia? –pregunté sonrojado.

Se dio la vuelta para ponerse cara a cara conmigo y se frotó los ojos fingiendo haberse desvelado.

–¿Qué quieres?

–¿Estabas durmiendo?

Miró hacia la zona central de mi anatomía y sonrió.

–La verdad es que no… Estaba intentando despertarte de la forma más agradable que se me ocurrió. –susurró en un tono que me pareció que dejaba entrever cierto flirteo.

–No seas mala…

–¿No te estaba gustando?

–Si, claro que sí. Me estaba encantando, pero no sé…

–¿Y si me quito el pantalón para que el roce sea un poquito más suave?

La chica se desabrochó el pantaloncito vaquero que llevaba y bajó la cremallera, dejando a la vista una pequeña pero sugerente parte de su ropa interior de encaje negro.

–Espera, vamos a hablar de esto.

–¿Te acuerdas que me has dicho que no me iba a atrever?

–¿A qué?

–A esto.

Silvia se incorporó y se quitó rápidamente la camiseta. Llevaba un provocativo sujetador oscuro, con los tirantes gruesos y que se notaba que estaba dando lo mejor de sí para sostener aquella increíble delantera. Sin embargo, tardo poco en desabrocharlo y deshacerse de él. Sus pechos se mostraron generosos, amplios, con una hipnótica caída natural y forma casi perfecta, adornados por unos bonitos pezones pequeños y duros. Así, mi amiga, tras dejarme sin capacidad de respuesta, se inclino hacia mí y dejó que uno de sus senos se balanceara cerca de mis labios mientras deslizaba la palma abierta de su mano sobre mi miembro, el cual ya empezaba a doler después de crecer lo suficiente para sentirse aprisionado bajo mi ropa.

Me sentí totalmente incapaz de poner ningún impedimento a que lo que estaba pasando siguiera adelante.

Pronto noté como me desabrochaba el cinturón que me sujetaba mis vaqueros anchos y me desabotonaba hasta poder luego colar su mano y sostener mi sexo firme entre sus dedos. Estoy seguro de que en aquel momento pudo sentirlo palpitando, aumentando un poco más su tamaño, desprendiendo calor…. Después, recuerdo que lo liberó, descendió rozando mi cuerpo hasta colocarse entre mis piernas, e hizo desaparecer toda mi erección entre la suavidad de su escote.

Sé que en algún momento tenía que decirle que a lo mejor aquello no estaba siendo buena idea. Pero cuando intenté mirarla a la cara, tenía la boca entre abierta y jadeaba esforzándose por hacer el mejor trabajo posible para que pudiera disfrutarlo. Y me tan sentí agradecido…, sin fuerzas, sin poder apartar mis ojos de la escena, mientras ella subía y bajaba su cuerpo y se las juntaba abrazándolas y apretándolas con su brazo izquierdo.

–¿Te gusta, así? –preguntó sin parar sus movimientos.

– Uff, mucho…

Ya lo creo que me gustaba… Hasta la fecha no había sentido un deseo de verme gozar tan sincero como aquel. Silvia miraba su escote y se aseguraba de que mi sexo siempre estaba lo suficientemente preso entre la esponjosa suavidad de su busto, y poco a poco iba aumentando el ritmo de aquella fricción de contraste entre su blandura y mi dureza.

–¿Voy bien?, ¿Te hago daño? –siguió preocupándose.

–Vas muy bien, pero quizás con un poco de saliva podemos lubricar para que deslice un poco mejor…

Silvia me liberó entonces y acercó su boca a mi glande con decisión mientras se humedecía los labios. Su aliento en esa parte de mi, hizo que sintiera un escalofrío por todo el cuerpo. Sin embargo, aunque extendió su lengua y separó los labios dispuesta a todo, finalmente se detuvo.

– No sé si puedo metérmela en la boca, me da un poco de respeto todavía. –dijo ligeramente avergonzada.

Y si, en ese momento sentí ganas de presionarla, de convencerla como fuera para que se atreviera a hacerlo, necesitaba sentirla de esa forma ahora que me había tentado, pero por suerte salió mi yo interior que siempre había cuidado de ella y quería verla tranquila y puso freno a ese sentimiento.

–No pasa nada, no hagas lo que no quieras. Quizás más adelante.

–¿Sin saliva no te haré daño?

–Si quieres deja caer un poco y extiéndela con la mano. –susurré.

Aquella idea pareció resultarle menos complicada, así que decidió escupirse un poco en la palma y aplicarla sobre mi sexo con un suave masaje desde la cabeza hasta la base. Después se acomodó de nuevo lo mejor que pudo y comprobó inmediatamente en mi gesto, que la fricción lubricada producía un poco mas de placer y permitía acelerar sus movimientos mejor.

–¿Así? –se preocupó de nuevo.

–Uff, si, así, muy bien.

Silvia apretaba cada vez un poco más sus pechos juntándolos con sus manos a la vez que yo ponía las mías sobre las suyas o a veces le acariciaba las mejillas. Me retorcía y sentía espasmos al notar su sedosa piel recorriendo cada centímetro de mi erección. Arriba y abajo, subiendo y bajando, de forma repetitiva pero con matices juguetones, y totalmente envuelto por el ambiente de su sonrisa pícara al verme sometido a su erótico masaje y los sonidos de la cada vez más acelerada masturbación.

Empecé entonces a notar la llamada del orgasmo que avisaba con llegar llenando mi mente del deseo de vaciarme sobre aquel escote que me estimulaba cada vez de forma más prieta y apresurada, y quise pensar en cualquier cosa que me distrajera para alargar el momento un poco más. Y es que no quería terminar muy rápido, aunque tampoco hacerlo tan largo como para que Silvia acabara agotada de aquel generoso y complaciente esfuerzo.

Fue en ese instante cuando ella bloqueo cualquier intento de estratégica distracción.

–¿Te vas a querer correr en mis tetas? –dijo en un tono juguetón que puso a mil.

–Umm. Si, por favor, no pares.

Automáticamente levanté las caderas y ella pudo moverse más rápido y ofrecerme un mejor ángulo. La penetración entre sus blanditos, grandiosos y bien aplastados senos los hacía vibrar de forma gelatinosa y sugerente, mientras al mismo tiempo, en la mirada de la chica se percibía la curiosidad de sentir algo nuevo y morboso.

–Tengo mucha curiosidad por sentir como me llenas las tetas de leche...

Y apenas hubo terminado la frase exploté en una larga y descontrolada eyaculación, retorciéndome de placer y gimiendo, mientras un chorro tras otro salpicaba, más sobre mi cuerpo que el suyo, pero goteaba luego de forma lujuriosa por su canalillo. Después, tras unos momentos, desbocado, por fin me calmé y solo disfruté de la visión de aquella escena mientras recuperaba poco a poco el ritmo normal de la respiración.

–Umm. Te has corrido bastante… y esta súper calentito. ¿Te ha gustado?

–Uff, mucho.

Hay momentos íntimos de mi vida que siempre recordare, y aquel debe estar en mi top 10 como poco.

Silvia sacó unos pañuelos de papel del bolsillo trasero de su pantalón y juntos limpiamos el desastre. En ese instante pensé que aunque un momento como aquel no es tan bonito en el sexo perfecto e inmaculado de las películas, aun me estaba gustando ver como entre los dos dejábamos sus pechos libres de todo residuo, y estos respondían con un movimiento elástico y una preciosa caída natural. Luego, una vez terminamos, mi amiga se tumbó sobre mi pecho y la rodee con el brazo, hasta que se dio cuenta de que la rígida erección que tenía gracias a sus provocaciones se mantenía intacta, se quedó en silencio unos segundos y finalmente dijo en voz alta, sin vergüenza, como en otros comentarios anteriores:

–Oye… ¿Tienes un condón?

–No… La verdad. Vine a echarme una siesta y no esperaba que me pasara algo así en este lugar… –contesté sin poder ocultar mi sorpresa –¿Querías…? –quise preguntar después.

–No lo sé, hacer esto me ha puesto muy… tontorrona.

Bajé la mirada hacia su pubis. Sus pantalones seguían desabrochados y abiertos, y la goma de la ropa interior dejaba ver un pequeño hueco entre la misma y su piel, que incitaba a deslizar mis dedos hacia allí para poder palpar a ciegas que cantidad de humedad me esperaba al final de aquella cueva tan sensual. Así que lo hice, me deje llevar por ese instinto, y noté como el elástico me cedía el paso para que mi mano llegara hasta el fondo, pudiendo después usar las yemas para separar sus labios un poco, y resbalando de nuevo hacia arriba encontrarme con su clítoris hinchado.

Silvia soltó un gemido contenido y se encogió un poco.

Estaba muy mojada y era increíblemente fácil aplicar fricción en forma de círculos, a un ritmo lento que solo pretendía acelerar si su respiración me lo suplicaba. Movía mis dedos de forma tan hábil como era capaz, en contacto directo con su fuente de placer, con distinta presión, ángulo, ritmo… Acudiendo a la entrada de su sexo para recoger un poco de lubricación cuando veía que no había suficiente.

Sus jadeos eran demasiado sensuales…

Sentí en algún momento el deseo de introducir una o dos falanges dentro de ella, pero puesto que me había insinuado que aun no tenía experiencia, al final decidí centrarme solo en su clítoris. Mientras ella se revolvía entre mi brazo izquierdo que la rodeaba, y que luego decidí soltar para poder sujetarla agarrándome a uno de sus pechos.

–Ahhh, sí, tócame las tetas… agárralas… –exigió entre jadeos y gemidos.

Y lo hice. Hasta donde me alcanzaba la mano, la manoseaba y estimulaba uno de sus pezones mientras seguía masturbándola en busca de su profundo disfrute. Sin embargo no lo hice durante mucho tiempo y pronto echó su cabeza hacia atrás, arqueó su espalda, y con la boca abierta y los ojos cerrados, gimió unos instantes hasta convertir sus pasionales sonidos en algunos gritos ahogados que vinieron a la vez que las oleadas de placer que hicieron temblar su cuerpo. Me miró después desde mi pecho, con los ojos vidriosos, las mejillas sonrojadas y una preciosa sonrisa, la besé en la frente, y decidí continuar acariciándola de forma íntima, convencido de que iba a ser capaz de encadenar y disfrutar varios orgasmos seguidos.

Y no me equivocaba.

Serían cortos, y de poca duración, pero en cuanto empecé a besarla, a enredar mi lengua con la suya y mi índice y corazón trabajaron unidos para hacer vibrar, mover, estirar y mimar su hinchado órgano de placer, Silvia no necesitaba descansos y parecía estar en una montaña rusa de éxtasis que subía y bajaba su intensidad a la voluntad de mis caricias.

Nunca avisaba, pero su cuerpo era fácil de leer, y después de hacerla correrse en tres ocasiones, a la cuarta, cansado de tener mi mano oculta, bajé su pantalón un poco como pude y, recibiendo también su ayuda, aparté su ropa interior, luego levante la cabeza, y finalmente me relamí al ver lo que fui capaz de su sexo en contacto con mis dedos, desde aquella perspectiva alejada pero privilegiada.

Una sensación desenfrenada me vino a la cabeza y sentí profundamente no haber tenido protección para poder penetrarla. Deseaba con todas mis fuerzas echarme sobre ella y llegar tan dentro en su interior como me fuera posible, sujetarla, de forma cariñosa pero firme, y embestirla cada vez más rápida e intensamente, viendo su cuerpo agitarse al recibirme en cada acometida hasta gozar juntos y perfectamente sincronizados. Pensé entonces que la posibilidad de que ella también deseara aquello y haber dejado pasar la oportunidad me iba a torturar por lo menos unos días, pero abandoné pronto esa idea y acabe centrándome en continuar deleitándola digitalmente.

Ella coló sus manos bajo mi camiseta y me acarició el pecho. Yo me llevé los dedos a la boca para saborearla y luego seguí besándola y abrazándola. Luego volví a la acción de estimular su clítoris al ritmo de sus jadeos, cada vez de forma más acelerada e intensa, más firme, más fuerte…, hasta que pronto empezó a correrse una última vez. Una última vez distinta, con un orgasmo más largo, más húmedo, mas liberador y que le hizo temblar más, incluso en los instantes de después, cuando pareció costarle un poco más tiempo volver a la realidad de la calma y la respiración normal, y se abandonó dejando caer todo el peso de su, por otro lado, liviano cuerpo sobre mí.

–Ojala no se acabe nunca este verano y podamos hacer esto todos los días… –deseó en voz alta.

De la nada me dibujó una sonrisa y le acaricié el pelo para apartarlo de la carita de relax que se le había quedado en ese momento, para después darle un beso corto, mimoso y sincero.

Y tras compartir un rato más de charla, nos vestimos y nos despedimos hasta el día siguiente, si podía ser…

Pero la verdad es que a la vida le encanta ponerme obstáculos, y al día siguiente no habría más ocasiones de encontrarme con Silvia, ni tampoco los otros días del verano. Al parecer, ocurrió algún tipo de problema en su vivienda habitual y mi joven amiga y sus padres se marcharon hacia allí por la mañana para solucionarlo. La gente comentó que no era grave, así que me imaginé algún pequeño incendio sin muchos daños, que se les había inundado el baño o algo por el estilo. Pero la verdad es que nunca lo supe. Y además, la mala suerte no acabó allí.

Unos meses después, en Octubre, supe que había muerto su abuela, y al mes siguiente, decían que de pena, por perder a su pareja, también murió su abuelo. Así que la joven y su familia dejaron de tener un motivo para veranear en el pueblo y no volvieron a ir por allí.

Y pasaron los años.

Cuando se recordaba a Silvia en el grupo de amigos, quienes mantenían contacto aun con ella comentaban lo que iban sabiendo de ella, y acabó llegando a mis sorprendidos oídos que, no solo no había dejado al chico con el que inició un noviazgo a sus tiernos dieciocho, si no que terminaron casándose y teniendo un par de hijos.

Tal vez solo fueran rumores…

Por mi parte, aun habiendo cumplido ya los treinta y seis, seguí yendo de vez en cuando al pueblo y trepando a mi escondite secreto para echarme alguna que otra siesta sin ser molestado. Hasta que un día…

–Uff, ¿No te va costando subir hasta aquí con la edad?

Como estaba deslumbrado por el sol, la silueta de una treintañera Silvia apareció frente a mis ojos.

–¡Hola!, pero… ¡Cuánto tiempo!, ¿Qué haces tú por aquí? –dije emocionado mientras me levantaba de la hierba y daba un cariñoso abrazo a mi vieja amiga.

–Hemos venido a ver como estaba la casa de mis abuelos porque parece que por fin hay alguien que quiere comprarla y reformarla. Así que ya ves. Pensé en venir a este sitio que tan buenos recuerdos me trae y aquí estabas, como si para ti no pasara el tiempo. –se explicó.

–Bueno, está claro que ha pasado el tiempo. Ya tengo mis achaques y hasta alguna que otra cana. En cambio tu…

–Yo tengo ojeras de madre y la piel mucho menos firme, jajaja.

–Así que es cierto. Te casaste y tienes hijos.

–Sí. Un niño de cuatro años y una niña que acaba de cumplir dos.

–Vaya, no habéis perdido el tiempo…

–Jajaja.

–¿Y es cierto que tu marido es…? –pregunté sin poder evitar parecer un chismoso.

–Sí, el chico del que te hablé el último día que nos vimos aquí.

Silvia miró hacia el horizonte.

–Al final resultó que no era tan egoísta, teníamos mucho en común y es un padre estupendo. –reveló. –Y sobre lo que te conté aquellos días… si, es como todos los hombres, jajaja. –añadió entre risas.

–Bah, como te encantan los tópicos. “Bla, bla, bla. Todos los hombres sois iguales” –me quejé.

–Oh… ¿he tocado tu fibra sensible?, ¿Ya no te sientes especial?, jajajaja. –se burló.

– Jeje.

Nos quedamos callados unos segundos. Ella me miró y yo me acaricie la nuca mientras dirigía la mirada hacia el suelo. Luego quise levantar la cabeza y terminé enfocando su generoso escote durante medio segundo antes de apartar la vista avergonzado.

Pensé que eran más grandes que la última vez.

–Jajaja. –se carcajeó Silvia.

–¿De qué te ríes ahora?

–¿Qué de qué me río?, ¡de que acabas de darme la razón! Jajajaja.

Me eche las manos a la cabeza y me sonroje.

–Me van bien las cosas, ¿sabes? –dijo finalmente mi vieja amiga. –Tengo un buen trabajo, una familia por que quise tenerla, un coche bonito…

–Ya veo que eres una mujer de éxito.

–¿Y qué hay de ti?

–Tengo trabajo y viajo en transporte público. No necesito más.

–¿Y una pareja? –inquirió.

–Me resisto a la pareja y a todo lo que implica.

–No cambiarás nunca…

En ese momento fue ella la que pareció avergonzarse y mirar a la hierba.

–No creas que he dejado de pensar en que tenemos cosas pendientes. –confesó.

–Estoy casada y no tengo ninguna intención de ser infiel, pero me gusta tener la fantasía imposible de… no sé…, una oportunidad de aventura con aquel chico al que siempre idolatraba. –continuó revelando la treintañera.

Tragué saliva. Luego ella sacó un objeto pequeño y cuadrado del bolsillo trasero de su pantalón y lo puso sobre la palma de mi mano.

–¿Un condón? –pregunté sorprendido.

–Sigues viniendo a este sitio sin protección y todavía estas en edad de que te puedas perder alguna buena oportunidad. Jajaja.

–Pero…

–Cuando subas a este lugar procura traer uno que no esté caducado, anda. Así al menos te acordarás de aquella chica inocente que se abalanzó para seducirte.

Sonreí. Luego Silvia se acercó y me dio un beso en la mejilla, poniéndose ligeramente de puntillas para alcanzarme debido a su estatura.

–Tráelo siempre que subas aquí. Solo por si acaso. –me aconsejó finalmente mientras me guiñaba un ojo.

Y luego se marchó de allí con su familia, dejándome solo con mis pensamientos.

–¿Qué demonios me está queriendo decir con esto? –pensé mientras miraba el envoltorio del profiláctico. –En fin, ¿es una gracia simpática?, ¿solo un recuerdo? Es mejor que no me haga ideas equivocadas…