Xtories

La cena del idiota. Penitencias

La ruleta gira y la noche se vuelve insoportable. No es solo sexo, es humillación, celos y secretos que saltan por los aires. ¿Hasta dónde llegarán tus amigos para ganar el juego? Y tú, ¿llegarás a perder el control?

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Penitencias

El juego se llamaba PENITENCIAS y básicamente se trataba de representar las acciones o posturas que aparecían dibujadas en unas fichas. Era otro de los juegos para adultos que Gonzalo y Gloria guardaban en su cuarto de juegos. La elección de los jugadores se hacía mediante una ruleta que venía incorporada en la caja. Cada jugador había escogido un color y si la flecha apuntaba en su dirección, sería el elegido. Pero primero se establecieron las reglas.

—Si toca chica, chica, y si toca chico, chico —decía Gloria al resto—. No vale echarse atrás ni pagar prenda. Las pruebas se hacen como toquen y en cada tirada, ¿estamos?

Dani no estaba seguro del todo. La posibilidad de realizar algún tipo de juego sexual con otro tío no le gustaba demasiado. Pero lo que menos le gustaba era que lo realizara Alba.

—¿Qué posturas hay? Quiero decir, ¿Se pueden ver las fichas antes de jugar? Solo para saber a qué nos atenemos —preguntó él.

—De eso nada, monada —respondía Gonzalo con una sonrisa de oreja a oreja—. Así la intriga será mayor.

—No estoy seguro, Alba —susurró Dani a su novia aprovechando que Martina había ido donde estaba Marcos.

—Gonzalo me ha dicho que no son muy subidos de tono —le tranquilizó—. Solo son posturas y acciones ridículas para reírnos un rato.

—¿Seguro? No habrá que desnudarse ni nada de eso, ¿no?

Alba levantó una ceja y sonrió con malicia. Se acercó a su oído. —¿Te vas a poner pudoroso ahora? —Sus ojos vidriosos y su voz engolada delataban que estaba bastante tocada de tanto beber.

—No te pases, Alba.

—Estás tan mono cuando te pones tan vulnerable. —Lo besó en la oreja.

—No me pongo vulnerable, solo pregunto. No soy de los que va por ahí… mostrándolo todo

—Pues esta tarde te has exhibido a base de bien. —Lo besó en la mejilla y chupó su lóbulo.

—Yo no me he exhibido. Ha sido por culpa del puto niño ese. Si no llega a ser porque estamos en casa de tu prima le había partido la cara.

El tono sonó tan áspero y fuerte como pretendía. Alba se dio cuenta y serenó el rostro. —Ya, se ha pasado tres pueblos. No te mosquees mucho, ¿vale?

—Me ha dejado desnudo delante de todo el mundo.

Ella ocultaba su cara por detrás de la de su novio, continuando su besuqueo por oreja y cuello. —Mmmm, igual por eso estoy un poco cachonda. —Lo besó otra vez—. Y no creas que me he olvidado de que tengo una deuda pendiente.

Puso una mano en su pierna que él tuvo que frenar para que no subiera demasiado arriba. Alba estaba extrañamente cachonda y no era plan de magrearse delante de todos. Aníbal los miraba desde su sofá y a Dani le costó no poner los ojos en blanco cuando Alba le chupó el lóbulo.

—¿Me hacéis sitio, chicooos?

Martina prácticamente se lanzaba sobre ellos obligándolos a separarse para recuperar su sitio. Después, cuando quedó encajada entre los dos, los abrazó uno a cada lado y besó sus mejillas. Primero a Dani y después a su prima.

Alba había dejado el hueco más cercano a Aníbal, con la intención de permanecer junto a su novio. A éste también le hubiera gustado estar junto a ella. Ambos se miraron en silencio, pero permitieron quedarse a Martina entre ambos para no hacerle un feo.

—Qué guapos sois, oiiiiii. Hacéis una pareja ideal —balbuceaba la prima—. Me dais una envidia…

Casi se le cae una lágrima. Se notaba que ella también estaba bastante borrachuza. Todos estaban en un estado parecido. Celia y Lidia, sentadas la una junto a la otra, se abrazaban riéndose de algo. A León ni se le entendía lo que fuera que estuviera contando a Gonzalo y Marcos.

Gloria dio unas palmadas para hacer silencio.

—¿Empezamos, chicos?

Todos se sentaron en sus respectivos sitios y atendieron. Gloria y su marido cuchicheaban delante del juego que acababan de desplegar. Él señalaba algo y ella negaba con la cabeza.

—Cambio de última hora —anunció Gloria golpeando su copa con una cucharilla—. Faltan mogollón de tarjetas. Las penitencias las vamos a escribir nosotros. Así que coged una papeleta y escribid lo que queráis. Cada uno, una —recordó.

—¿Qué? ¿Cómo va esto? —susurró a Martina.

—Coges una papeleta y escribes algo humillante. Al que le toque, lo tendrá que hacer. —Sonrió pícaramente—. Puede ser cualquier cosa mientras no implique hacerse daño o haya que tragar cosas infectas. El juego será todo lo interesante que cada uno quiera.

—¿Tú qué vas a poner?

—Sí, hombre. A ti te lo voy a decir. Para que luego sepas que he sido yo si te toca mi penitencia. —Se lo quedó mirando con los ojos vidriosos unos segundos—. No te pases poniendo algo muy chungo, ¿vale?

Alba volvía a cuchichear con Aníbal. Ambos se reían y se preguntó si estarían acordando una penitencia conjuntamente. Empezaba a cansarse de tanto cuchicheo con aquel robabragas. Si pudiera elegir la penitencia de Aníbal…

Todo el mundo escondía su papeleta mientras la escribía, para que no la vieran los demás, y sonreían con malicia. Martina le ofreció un bolígrafo y él lo tomó dubitativo. Empezaban a recoger las papeletas de todos y solo faltaba la suya. Volvió a mirar a Aníbal por última vez y escribió con rapidez. Cuando la tuvo lista, la leyó por encima y dobló el papel. Se puso de pie y avanzó hasta Gloria con la mano en alto. Ella se lo quedó mirando.

—No has escrito tu nombre.

—¿Cómo, pero no son anónimas?

—No, mi amor. Ahí está la gracia. Así vemos la mente calenturienta de cada uno.

Se giró hacia Martina que le guiñó un ojo antes de dejar la suya junto a las demás.

—Pues yo también creía que lo eran —dijo Eva igual de cortada que se acercaba por detrás.

— · —

Todas las papeletas estaban dobladas en un montoncito frente a Gloria que no dejaba de cuchichear con su marido.

—Nuevo cambio de reglas —dijo Gloria con una sonrisa extraña—. Cada uno va a hacer su propia penitencia.

Dani puso los ojos como platos. «No me jodas», pensó. No fue el único en quejarse. Por lo visto ninguno quería hacer la suya, lo que le llevó a pensar que las de las demás debían ser peor que la que había escrito él, aunque lo dudaba. Ahora se daba cuenta de que se había pasado tres pueblos con su humillación. Cerró los ojos y se masajeó las sienes. «Menuda putada». Por una vez se arrepintió de haber sido un poco cabrón.

—Lo llamaremos… AUTOPENITENCIAS. Y a partir de ahora será un juego nuevo. ¿Empezamos?

—Sí, claro, qué lista —protestó Celia—. Seguro que se te ha ocurrido antes de escribir la tuya.

—Pues no, después, y ha sido para hacerlo más interesante, pero tienes razón. Para evitar suspicacias te cambio la mía por la tuya.

Buscó la papeleta de entre las del montón y la enseñó al grupo para que vieran el nombre de Celia.

—La tuya la hago yo, y además empiezo la primera. —Desplegó el papel, lo leyó en silencio y sonrió. Después se dirigió al grupo—. “Contestar con sinceridad a una pregunta de cada uno de los que estamos”. Pues qué fácil. Era peor la mía. ¿Quién empieza?

Aníbal no se lo pensó.

—¿Has sido tú la que ha escrito que le gustaría hacer un trío?

La sonrisa se le borró de golpe. Su mirada congelada cambió de él hacia su marido y de nuevo a él.

—Las confesiones eran anónimas —contestó al fin.

—Y lo han sido, pero este juego es nuevo. Es tu penitencia, ¿recuerdas?

Se la veía realmente incómoda. Se echó hacia atrás en su sofá, pensativa. Volvió a mirar a Gonzalo y tamborileó los dedos sobre el apoyabrazos. Él permaneció expectante.

—Sí, he sido yo.

Murmullo general por la confesión. Todo el mundo había pensado que lo del trío había sido cosa de Aníbal o Celia. Resulta que Gloria mostraba una faceta nueva que sorprendió hasta a su propio marido que la miraba extrañado.

—¿Cuándo ha sido la última vez que te has masturbado? —Martina, borrachuza, repetía la pregunta que se había visto obligada a responder en la primera ronda, la de las preguntas. Todos aplaudieron.

Gloria movió la cabeza hacia los lados apesadumbrada. Al parecer no iba a ser tan fácil como pensaba. Miró a Gonzalo y levantó las cejas pidiendo perdón por lo que iba a decir.

—Ayer a la noche, cuando nos fuimos a la cama. —Giró la cara.

Todos hicieron la lectura enseguida. Si se había complacido ella sola era porque Gonzalo no había podido hacerlo. Hubo carraspeos incómodos y miradas reveladoras. A Gonzalo le cambió la cara.

—¿Alguna vez tu marido te ha dejado insatisfecha? —Celia quiso hacer sangre y sonreía esperando la respuesta que ya imaginaba. Gloria echaba chispas por los ojos.

—Sí, bueno, a ver, puede. —Dudó un momento—. Quizá alguna vez.

—¿Y ayer? —Quico sonreía tras su vaso.

Gonzalo suplicó con la mirada a su mujer, pero Gloria no tuvo más remedio que contestar.

—Bueno, ayer habíamos bebido un montón. Además se nos hizo muy tarde cuando nos fuimos a la cama y… bueno…

Estallido general de carcajadas que no dejaron terminar la frase.

—Pero generalmente te deja satisfecha —Marcos utilizó su pregunta para salir al rescate de su amigo—. Quiero decir, que por norma cuando lo hacéis… que la cosa va bien, ¿no?

—Sí, sí, nosotros en ese aspecto… muy bien, pero mucho.

—¿Cuántas veces lo hacéis a la semana? —preguntó León.

—Mínimo una o dos —contestó orgullosa. Pero la respuesta no fue lo que León esperaba oír. Gonzalo fardaba de follar “a saco”, alardeando incluso de que no pasaba un día sin que ambos se pusieran al lío. León sonrió de oreja a oreja y miró a Marcos que también se había dado cuenta. Intercambió una mirada con Gonzalo y éste la apartó enseguida. Eva también se arrancó a preguntar.

—¿Cómo lo tienes?

Gloria la miró extrañada, sin comprender. Eva se explicó.

—Me refiero… ¿en triángulo, rectangular, frenazo de bici… totalmente depilada?

Viniendo de Eva, la pregunta resultó hartamente extraña y fuera de lugar para lo tímida que era, pero no por ello menos interesante. El alcohol desinhibía y soltaba la lengua. Eva no era una excepción. Algunos como León o el propio Enrico se incorporaron para oír mejor. Gloria se pasó la mano por el pelo nerviosa echándoselo hacia atrás.

—Cortito y arreglado por los bordes. Rectangular, pero no muy ancho. Y me llega hasta atrás, hasta… bueno.

Siendo una pregunta comprometida había sido la más fácil de responder. Miró a Alba para que hiciera la suya y terminara aquella tortura cuanto antes. Alba se lo estaba pensando. Pasaron unos segundos hasta que alguien la apremió para que la hiciera de una vez.

—¿Qué opinas de Dani? —dijo al fin— ¿Qué te parece mi novio?

Gloria levantó las cejas un tanto sorprendida por el tipo de pregunta. Sonrió y meditó la respuesta. Los demás esperaron interesados, sobre todo el propio Dani.

—Es majo. —Después se quedó muda.

—¿Y ya? —preguntó Alba.

Gloria levantó los hombros y mantuvo la sonrisa. No iba a contestar más que a una pregunta así que se mantuvo en silencio. A Dani le hubiera gustado que dijera algo más de él, agradable, a ser posible. En cualquier caso, tampoco lo había dejado en mal lugar.

Mostró una sonrisa de medio lado mientras la observaba con detenimiento. Algo le decía que no era tan inocente como parecía. El silencio perduró hasta que Lidia lo rompió para hacer su pregunta.

—¿Fuiste tú la que hizo una mamada anoche?

Un “UFFF” general circundó al grupo de parte a parte. La pregunta traía dinamita y todos rehuyeron la mirada nerviosos antes de terminar posándola sobre Dani de manera furtiva. Él las sintió como dagas incluida la de Eva que negaba con la cabeza como diciendo «Yo no sé nada». Dani, con los ojos todavía como platos, miró a Alba. Estaba tiesa como un palo y no apartaba los ojos de Gloria con un rictus serio y contraído.

—Yo no.

La respuesta de Gloria fue escueta y concisa. Sonreía, y Dani no supo si era por haber respondido a otra pregunta más o porque sabía la respuesta completa y se regodeaba de ello. Cuando Gloria miró de manera fugaz a Alba, él creyó ver satisfecha su duda. Bebió de su copa manteniendo la compostura lo mejor que pudo.

Fue el momento más incómodo de toda la noche hasta ese momento. No sería el último.

—Dani, solo quedas tú. Tu pregunta.

Había sido Eva. Pretendía romper su incomodidad intentando meterlo en la conversación, pero Dani no estaba para muchas preguntas y se le olvidó la que tenía preparada. Cogió aire intentando volver a acordarse.

—Eeeh, bueno, no sé, a ver… —Pensó en algo. Todos lo miraban esperando. Alba volvía a cuchichear con Aníbal y parecía que discutían. Al final dijo lo primero que se le ocurrió—. ¿Qué hay detrás de la puerta de antes, la del sótano?

Gonzalo y Marcos se miraron. Gloria, que se había recostado en su sillón, se reincorporó como una suricata y miró a su marido.

—Pero… preguntamos cosas de aquí, de nosotros —respondió ella nerviosa—. ¿No quieres preguntar otra cosa?

Los demás también se habían puesto algo nerviosos. Enrico, que siempre se mostraba ausente y como un témpano, había dejado su bebida y miraba a uno y a otra, expectante.

—Bueno, eso es de aquí, ¿no? La puerta de abajo, la del cuarto de juegos —insistió Dani.

Alba y Eva estaban igual de desconcertadas que él. Dani estaba a punto de cambiar la pregunta cuando Gonzalo carraspeó y tomó la palabra.

—Si quiere saberlo, que lo sepa. Además, tiene derecho a una pregunta. La que sea. Así funciona la autopenitencia.

Gloria lo miró turbada pero al final se dispuso a responder tal y como su marido decía. Si a él le parecía bien…

—De acuerdo. Detrás de la puerta…

—No hay nada —interrumpió el propio Gonzalo.

Dani arrugó la frente. La verdad era que le daba igual lo que hubiera allí, pero tanto misterio lo hacía sentirse engañado. Si no querían decírselo que no lo hicieran. Se encogió de hombros y dio la respuesta por buena. Después de lo que acababa de oír de la mamada, ya todo le daba igual.

—¿Por qué no queréis decirlo? —A Alba no le había dado igual. Su novio había hecho una pregunta y se habían ido por peteneras sin contestarle.

—Lo hemos hecho —se excusó Gonzalo—. No hay nada. Es cierto.

—Ya, vale, como queráis —contestó indignada—. Y luego queréis que los demás respetemos las reglas.

—¿Algo que reprochar por lo de anoche, quizás? —la retó Gonzalo clavando su mirada. Después, tras unos segundos de silencio, se mostró más conciliador—. Está bien, lo mejor será que lo veáis con vuestros propios ojos.

Se levantó y se dirigió hacia las escaleras que bajaban hacia el semisótano. Se paró al llegar a ellas. Alba se levantó y Dani fue tras ella. Los demás los siguieron.

Cuando entraron al cuarto de juegos, Gonzalo lo atravesó hasta el lateral donde estaba la puerta y puso la mano en el pomo. Dani y Alba estaban junto a él. Los miró unos segundos para hacerse el interesante antes de girar el pomo. La puerta dio acceso a un lugar oscuro. Gonzalo metió medio cuerpo y pulsó el interruptor que estaba dentro. Se hizo la luz y los demás pasaron con él. Dentro había… nada.

Era tal y como había dicho, un espacio vacío entre cuatro paredes lisas y sin adornos. Solo había dos sofás, uno a cada lado, y una triste estantería, empotrada donde acababa la pared de la puerta.

—¿Lo veis? nada —dijo Gonzalo risueño.

—Era una sala de reuniones cuando Gonzalo tenía el despacho aquí —dijo Gloria abriendo los brazos—. Después, al cambiar de sitio, se quedó vacía.

—¿Y por esto tanto misterio? —preguntó Alba decepcionada.

—Ese es el misterio del misterio, que no hay misterio. —contestó Gloria extrañamente alegre.

Dani se inclinó hacía Alba y susurró en su oído.

—Es muy raro todo esto. ¿No crees?

Alba asintió con la cabeza. Tampoco ella había quedado muy convencida.

—Bueno, pues misterio resuelto —interrumpió Aníbal—. ¿Volvemos al juego?

Todos volvieron arriba y ocuparon sus sitios. A Dani se le escapaba algo. Todos se habían puesto muy nerviosos por tan poca cosa. Aun así, por más que lo pensaba no llegaba a ninguna conclusión. Despejó la cabeza y no le quiso dar mayor importancia. Sobre todo por lo que le tocaría hacer cuando leyeran su penitencia. Tragó saliva.

Gloria se había vuelto a hacer con el taco de papeletas y los apretaba en su mano. De nuevo retomaba su papel de directora de ceremonias y se veía en su cara que ese puesto le gustaba.

—Marcos, ésta es la tuya. —Mostró la papeleta con su nombre y la abrió para leerla. Levantó una ceja y sonrió—. “Intercambio de ropa con tu pareja. Prueba del armario”.

—¿¡¡Quéééé!!? —Martina casi se mea del susto—. Pero Marcos, tío.

—Yo qué sabía que nos iba a tocar a nosotros. La prueba era para los demás. No la tomes conmigo.

Dani se quedó tan perplejo como Eva, que parecían ser los únicos que no sabían de qué iba esa prueba. Alba tampoco parecía estar muy convencida de saber de qué hablaban. Celia los sacó de su ignorancia.

—¿Veis ese armario de allá? —Señaló un armario de dos puertas al fondo del salón—. Gonzalo y Gloria lo suelen vaciar para hacer un juego supergracioso.

Los demás asintieron sonriendo mientras continuaba con la explicación.

—Una pareja se mete dentro, cada uno en un compartimento, y… se desnudan.

Dani parpadeó. No había debido oír bien. Miró hacia los lados esperando que alguien explicara lo que acababa de decir. Gonzalo ya vaciaba el armario de abrigos y perchas.

—No, a ver —continuó ella—. Entre ambos compartimentos hay un hueco en la parte de arriba. Ahora lo veréis. —Señaló al armario que ahora se veía vacío. Efectivamente quedaba un hueco considerable en la pared de separación—. El caso es que, una vez desnudos, cada uno le pasa su ropa al otro a través del hueco y el otro tiene que ponérsela. Tienen sesenta segundos.

Martina hacía pucheros con los brazos cruzados. Entre su enfado y una borrachera incipiente era incapaz de mantenerse derecha. Alba la abrazó aunque eso no la consoló.

—Es que, de verdad, ¿eh?, vaya palo. Y me va a ceder el vestido. ¡Me lo va a romper!

Marcos la miraba con ojos de gatito. —No lo voy a ceder, cari. Ya tendré cuidado.

—Sí, ya, con tu cuerpo rechoncho.

—Tranquila Marti —dijo Gloria que acababa de llegar con una bolsa de la planta de arriba—, ya verás que no es nada. —Le guiño un ojo.

— · —

Todos se habían reunido frente al armario. Sus dos grandes puertas abiertas invitaban a meterse dentro. Marcos lo hizo. Entró descalzo para que le resultara más fácil desnudarse. El calzado no contaba en el intercambio de ropa. Miró a su novia por última vez y cerró su puerta desde dentro. Martina entró en su hueco. Fue a cerrar su puerta pero Gloria se lo impidió. Puso un dedo en los labios para que no dijera nada y tiró con suavidad de su brazo para sacarla del armario.

—¡TIEMPO! —dijo Celia en alto.

Enseguida la ropa de Marcos empezó a caer por el hueco hacia el lado de Martina, que miraba sin comprender. Camiseta, pantalones y, por último, sus calzoncillos. Gloria abrió la bolsa que había traído y sacó unas bragas enormes de embarazada.

—Eran de mi hermana —susurró para que Marcos no la oyera—. De cuando tuvo al primero.

Las coló por el hueco y cayeron sobre Marcos que empezó a manipularlas para saber qué eran y colocárselas. Dentro solo entraba un atisbo de luz, por lo que no era fácil saber qué tipo de ropa tenía uno entre manos.

—¿Qué… qué es esto?

Las carcajadas de todos explotaron tan fuerte que hasta el propio Marcos, dentro del armario, comprendió que estaba siendo víctima de una broma.

—¿Esto es una toalla? Es una toalla. Una toalla de manos. En serio, ¿qué es esto? ¿Me lo tengo que poner de verdad? Como me tenga que poner esto el juego se anula.

—Tú verás —gritó Celia desde fuera—, pero no te vamos a devolver la ropa. A ver cómo sales. Y el tiempo corre. En cuanto pasen los sesenta segundos, abrimos la puerta, estés como estés.

Gloria coló una falda de tubo por el hueco.

—Jooooe, ¿Quién es el gracioso? Tíos, ya os vale, ¿eh? ¿Martina está fuera con vosotros? ¿Martina, estás ahí?

—No, cari. —Aunque se tapaba la boca conteniendo la risa, sus carcajadas eran perfectamente audibles.

Por último coló una camiseta femenina, muy estrecha para alguien de la talla de Marcos. Esta vez ni protestó. Las risas fluyeron igualmente.

Gloria mantenía un reloj de arena de juguete en alto. En cuanto el último grano cayó, lanzó un gritó y Aníbal abrió la puerta de golpe. Marcos terminaba de meterse por la cabeza la camisetita que se quedó atorada en su cuello. Las bragas de embarazada sobresalían por encima de la falda de tubo torpemente colocada.

No quedó ni uno solo en pie. Martina y Alba se ahogaban de la risa abrazadas la una a la otra. Tampoco Dani podía contenerse aunque, al recordar cómo sería su propia penitencia, se le hizo un nudo en el estómago.

—Tienes que llevarlo durante toda una ronda —dijo Celia—. Así que ponte cómodo.

Volvieron a sus sitios y Marcos se sentó en su sofá con toda la dignidad que podía mantener, pero sin perder su sonrisa. Lo estaba llevando bastante bien.

—Te lo mereces —susurró Martina sonriente y aliviada porque al final, se había librado de la humillación.

—Bueno, siguiente —anunció Gloria—. Celia, ésta es la mía, la que he escrito yo, o sea que te toca a ti.

Celia y los otros aplacaron sus risas y se callaron.

—Consta de dos partes —continuó Gloria—. La primera: debes grabar un audio con un orgasmo que dure dos minutos como mínimo.

Celia levantó los ojos complacida por tener que pasar una prueba tan sencilla. Sacó su móvil y lo colocó sobre la mesa. Toqueteó la pantalla y esperó a que Gloria colocara el reloj de arena. La prueba empezó inmediatamente.

—Mmmm, sí, oh, sí, sigue, sigue, sigueeee. Diosss, me voy a correeeer.

Se veía que disfrutaba con el teatro. Estaba en su salsa, gimiendo como una loca y diciendo obscenidades. El resto reía sin parar. Se vino tan arriba que comenzó a adornarlo con más detalles.

—Vamos nene, vamos, fóllate a tu nena, fóllatela. Fóllame el coño, jodeer.

Y seguía y seguía.

—Oh, Diosss. ¿Qué haces? ¿Me estás metiendo un dedo por el culo? Eres un cerdo. No, no lo saques, sigue, más adentro, más. Ufff, oh,oh, méteme otro, méteme dos dedos, vamos, méteme dos dedos ¡JODEEER!

A los dos minutos hubo que pararla porque si no hubiera conseguido el orgasmo más largo de la historia. La propia Gloria se encargó de finalizar la grabación. Celia se levantó y bailó contenta por pasar la prueba.

—Segunda parte —dijo Gloria—: debes enviar el audio a la última persona con la que hayas hablado en tu wasap.

El baile de Celia se congeló en el acto y puso unos ojos como platos.

—¿Qué? O sea, ¿qué?

Los aplausos de todos ensordecieron la sala. Gloria, que se había hecho con el móvil de su amiga abrió la aplicación y leyó el primer contacto. Celia miraba por encima de su hombro.

—No me jodas. ¿¡Mi padre!? —dijo apesadumbrada.

Ojos como platos y manos en la boca tapando caras de risa y sorpresa. Celia quiso negociar, pero no hubo opción. Al final, después de un rato de tira y afloja pulsó la tecla enviar sobre el contacto de su padre.

—Va a flipar —dijo cabizbaja—. Siempre ha tenido una imagen de mí de niña buena.

Los demás levantaron una ceja. Celia estaba a años luz de serlo. Estuvieron un rato comentando las repercusiones con sus padres y de cómo podría arreglarlas… a partir del día siguiente. Cuando el tumulto disminuyó su volumen, Gloria levantó otro de los papeles.

—Marti-naaaa, el tu-yoooo —dijo cantando. Leyó la nota y sonrió. Tras una pausa la leyó en voz alta—. “Cambia tu ropa interior con la persona que apunte la ruleta”.

Martina agachaba la cabeza avergonzada. Marcos se removió en su sofá nervioso. Dani imaginó que no le gustaría que otro manipulara las bragas de su novia.

—Igual te toca ponerte las bragas de Marcos —rio León.

Eso recordó a Marcos que ya podía recuperar su ropa y salió hacia el baño que había en el pasillo a cambiarse.

—Eso es —dijo Celia triunfal—, cambiarán de bragas entre los dos. Y si le toca a otro chico tendrá que quitarse los calzoncillos delante de todos.

Marcos se paró en seco. A lo mejor no era tan mala idea aguantar con aquella ropa un turno más. Dani protestó. Aceptaba cambiar su ropa interior si le tocaba a él, pero no delante del grupo. Alba intercambió una mirada con él. Sabía por qué lo decía. Quizás Martina también, a tenor de la miradita que recibió de ella. A los demás en cambio les pareció una niñería. A estas alturas un desnudo no era algo de lo que avergonzarse. Gloria encontró una solución alternativa e igual de interesante.

—Cada uno de los dos que vayan a cambiar su ropa tirará un dado. Si la suma sale impar, lo harán dentro del armario, cada uno en un compartimento, como ha hecho antes Marcos. Si sale par —hizo una pausa dramática—, los dos se meterán en el mismo compartimento.

Todos miraron al armario que seguía abierto. El hueco era muy pequeño para meter ahí a dos personas. A Marcos le cambió la cara al pensar que su novia tuviera que apretujarse dentro con otro mientras ambos se desnudaban e intercambiaban bragas y/o calzoncillos.

—Pero si los dos dados sacan el mismo número, lo tendrán que hacer delante de todos —apostilló Aníbal que no daba su brazo a torcer con que se hiciera el cambio en vivo y en directo.

Se aceptó la propuesta y por fin Martina, colorada como un tomate, hizo girar la ruleta. Todos contuvieron el aliento.

—Si me señala a mí no hay cambio, ¿eh? —avisó Martina esperanzada de no pasar el mal trago.

No tuvo suerte.

La ruleta se había ralentizado al pasar por la casilla de Dani, casi se para cuando señaló la de Enrico y se quedó quieta al señalar la de Eva. La pobre encogió dos palmos. Martina y ella se miraron y se sonrojaron aún más. Los chicos en cambio se excitaron solo de pensar en las dos cambiándose sus bragas y llevando las de la otra al menos durante una ronda.

—Nos metemos cada una en un armario, ¿no? —dijo Martina. Pero no coló.

—No, no, guapita. Tiráis los dados y a ver qué os toca.

Celia no pasaba ni una. Las dos, obedientes, tomaron cada una un dado y lo echaron sobre el tablero.

Dos cincos.

Eso significaba un cambio delante de todos. Dos chicas buenorras mostrando e intercambiando su ropa interior. Ya no era solo ver qué tipo de prendas íntimas escogía cada una para sí misma, sino saber que estaban cubriendo las partes íntimas de otra mujer justo donde antes cubrían las suyas propias. A Dani le resultaba tremendamente morboso.

Ambas llevaban vestido en lugar de pantalón lo que facilitaba que se pudieran quitar las prendas sin que nadie pudiera ver nada más de lo necesario. Marcos también se dio cuenta y eso lo tranquilizó. Eva fue la primera en soltarse el cierre del sujetador y sacar los tirantes por cada brazo. Cuando extendió la mano con la prenda Martina ya le ofrecía la suya. Se las colocaron con el mayor pudor posible y se ajustaron las tetas dentro de las copas. Un gesto siempre la mar de lascivo.

Lo malo vino cuando tocó bajarse las bragas. Martina, se había girado ligeramente a su izquierda para no quedar de frente al grupo. Eso hizo que Dani disfrutara de una perspectiva frontal. Vio meter sus manos bajo el vestido, por los laterales, y tirar del elástico hacia abajo. Cuando levantó la rodilla para sacar las bragas de uno de los pies, pudo ver durante apenas un instante el hueco de luz que deja la entrepierna, justo el que forman las ingles con el coño.

Martina debió darse cuenta de su descubrimiento. Tal vez por la cara de salido que había puesto, por lo que se giró nuevamente. La siguiente rodilla subió menos que la anterior. Con este gesto las bragas quedaron en su mano.

Solo hubo silencio cuando ambas chicas cambiaron de manos sus respectivas bragas. Las de Eva eran blancas. Las de Martina, azules. En la mente de todos los chicos estaba la imagen de sus coños desnudos bajo el vestido.

Vuelta a levantar sus piernas y a tirar de las bragas hacia arriba para ajustarlas a sus cinturas. Los escáneres mentales de todos imaginaban la escena bajo la ropa, regodeándose (Marcos incluido) de que las bragas que ahora tapaban el coño de cada una estaban tapando segundos antes el de la otra.

—Creo que habría que obligar a todos los chicos a levantarse y caminar delante de todas —dijo Celia con una sonrisa a la vez que daba un codazo a Lidia, a su lado.

Las chicas rieron con ganas, algunos chicos apartaron la mirada abochornados. Celia tenía razón, debían estar todos con una empalmada del quince. Aníbal cuchicheó de nuevo en el oído de Alba, ella se rio tímidamente.

—Bueno, vamos a otra.

Dani no supo si Gloria lo había dicho para salir en su auxilio porque no le gustaba ver a su novio fantaseando con aquellas dos chicas. En cualquier caso, había cogido otro de los papeles y lo enseñó al público.

—Eva, la tuya. A ver. —Leyó por encima y después mostró una sonrisa maléfica mientras la miraba por encima del papel.

—Es que no sé ni por qué lo he puesto. No se me ocurría nada —se justificaba ella.

—”Haz como si follaras a alguien del grupo en el momento de correrte”. —Lo había dicho con un tono lascivo para hacerlo más gracioso.

Dani pensó que no parecía una prueba tan complicada. Lástima que no se le hubiera ocurrido a él algo parecido. Eva se adelantó hacia el centro donde se encontraba la ruleta y la hizo girar. Era el momento más tenso de cada prueba. Marcos había recuperado su ropa y volvía a vestir sus pantalones y su camiseta. Dani contuvo el aliento mientras la ruleta daba vueltas y vueltas sin cesar antes de empezar a pararse y que la flecha cayera en una de las casillas asignadas a cada uno. Enrico, Eva, Celia, Lidia, León, Gonzalo, Marcos, Gloria, Aníbal, Alba, Martina… Dani.

Le tocó a él, mala suerte. De todas formas, tal y como pensaba, no le pareció una prueba difícil. Tan solo tendría que dejarse hacer mientras Eva gemía a horcajadas sobre él. Solo ella pasaría vergüenza. Sencillo, ¿no?

Cuando empezó la prueba todo eran risitas y comentarios inocentes. Eva había estirado su vestido al colocarse sobre su regazo con las piernas abiertas ocultando todo lo que quedaba bajo la cintura. Lo malo vino después.

Tener a su amiga sobre él dando botes y gimiendo era lo más parecido a follarse a una hermana. Eva y él habían sido como uña y carne desde los ocho años, lo que inhibía cualquier instinto sexual entre ambos. Sin embargo, hubo un dato que hizo que todo saltara por los aires. Al estar sentada sobre él, sus tetas quedaban a la altura de su cara. Además, en su simulacro de polvo, notaba deslizar su pubis adelante y atrás sobre su polla. Fue entonces cuando recordó que llevaba el sujetador de Martina… y sus bragas.

Las tetas se bamboleaban como dos melones y su coño se frotaba contra su polla solo separado por la tela del pantalón y las bragas de Martina. Fue pensar en ella y su polla reaccionó en el acto. Eva casi se divertía sobre él simulando el orgasmo como había hecho antes Celia. Era una interpretación, un juego.

—Sí, cariño, sí, fóllame así, como tú sabes, mmm, Diosss.

Intentó rápidamente abstraerse de aquellas tetazas y de las bragas que se frotaban sobre él, pero el mal ya estaba hecho. Había sido un pensamiento fugaz, pero suficiente para que su polla empezara a crecer más y más.

Para mayor desgracia, Eva se percató, mutando su cara a una mueca de asombro y vergüenza. Tras un momento de duda, bajó el ritmo mientras lo miraba horrorizada.

—¿Pero qué…?

Dani boqueó avergonzado y rogó con la mirada para que no dijera nada. Eva había puesto los ojos como platos y había dejado de gemir y moverse. Miró de reojo hacia los lados al resto de amigos que empezaban a darse cuenta de algo raro pasaba bajo el vestido. Aníbal fue el primero en empezar a reír.

—No pares Eva, que le vas a cortar en lo mejor. —Todos se carcajearon—. Habías dicho que erais como hermanos, ¿no?

Martina, a su lado y sin dejar de mirar divertida, se pasó el pelo por detrás de la oreja y se recolocó las tiras del vestido. Bebió de su copa y se aclaró la garganta.

—Más despacio —susurró a su amiga.

Ella obedeció y lo siguió “follando” con menor cadencia y casi sin emitir un solo gemido o frase obscena. Celia mantenía el reloj de arena en su mano controlando que completaran todo el tiempo establecido. Sonreía de oreja a oreja. También ella se había dado cuenta del problemilla de Dani.

Pero la cosa fue a peor varios segundos más tarde. Mucho peor. Dos semanas de abstinencia y el masaje penil al que le estaba sometiendo Eva y sus bragas azules prestadas le había llevado a un estado límite.

—Para… por favor. —Tenía los ojos fuertemente cerrados y se mordía los labios.

Esta vez la súplica la oyeron los demás, incluida Alba. Estallaron en carcajadas (excepto ella). Eva no sabía dónde meterse e incluso llegó a quedarse quieta sobre él para que no terminara corriéndose ahí mismo. Celia no se lo permitió.

—Te falta medio minuto, Eva. Tienes que seguir corriéndote mientras lo follas.

Estaba tan avergonzada que obedeció sumisa.

—Mmmsííí, nene, sí, córrete, córrete, vamos. Venga, fóllame como tú sabes —lo decía de forma mecánica, sin ganas, pasando casi tanta vergüenza como él.

—Eso, eso, córrete, hermanito —rio León.

Dani lo hubiera matado por cabrón. Ya le ajustaría cuentas cuando tuviera ocasión. Eva, continuaba con su teatro sin mucho convencimiento y sus mejillas podían verse sonrosadas por el bochorno. Al menos había tenido el buen juicio de levantar la cadera y no frotarse sobre él, dejando un espacio entre los dos. Seguía contoneándose como si lo follara, pero sus cuerpos no se tocaban.

Dani seguía con los ojos cerrados intentando evadirse mentalmente de aquel calentón. Cuando Celia marcó el final de la prueba, Eva se paró pero quedó sobre él, intentando consolarlo de algún modo sabedora de que ahí debajo había una empalmada de campeonato. De nuevo León estuvo atento para que no todo fuera tan sencillo.

Ya puedes volver a tu sitio y devolveros las bragas —Hizo una pausa para captar la atención de todos—. Aunque… igual ahora Martina no quiere las suyas.

Las carcajadas de todos imaginándoselas llenas de lefa se hicieron eternas. Las chicas, se tapaban la cara por la vergüenza ajena. Alba era la única que no se reía. Su mirada estaba puesta al frente. León, mientras tanto, continuaba con las bromas a su costa que eran secundadas por los demás.

—Joe, Eva, viéndote la cara, se nota que también te has puesto a cien con tu hermano. Cuéntanos qué has notado por ahí bajo

Eva se retiró y volvió a sentarse junto a Enrico, en silencio. Dani cruzó las piernas en cuanto se quitó de encima.

—¿Podemos pasar a la siguiente penitencia, por favor? —rogó él.

—De eso nada —dijo Celia—. Que lo estamos pasando muy bien. Deberías levantarte y pasearte delante de todas.

—Eso, eso. A ver qué talla calzas —dijo Gloria, maliciosa.

Al decirlo, Martina levantó la vista y la cruzó con él. Solo fue una fracción de segundo y lo hizo por acto reflejo, pero Dani supo que le había venido a la mente la imagen de la piscina con su polla en estado micro. La vio ponerse colorada y eso lo mató todavía más. Alba seguía escuchando a Aníbal que parecía tener un mar de cosas que comentar con ella. Pero esta vez, no se reía ni susurraba con él, simplemente mantenía la vista al frente con las mandíbulas apretadas, hacia Eva.

Tuvo que pasar un buen rato de risas y humillación hasta que decidieron seguir con las pruebas, y solo porque Alba cortó tanta guasa.

—Vale ya, ¿no? Que tampoco es para tanto —bufó.

—Bueno, venga, va —dijo por fin Gloria tras un incómodo carraspeo—. Siguiente autopenitencia. Ésta es de Lidia. —La leyó por encima—. Bua, qué caca. —Se la enseñó a Aníbal que estaba a su lado.

Éste la leyó y empezó a reír. —Caca para ella, pero al que le toque la flecha en su color…

Gloria acompañó su risa y leyó en voz alta.

—”Desnudar a otra persona”. —Señaló a lidia con dedo acusador fingiendo estar enfadada—. Qué perra eres, tía. ¿Pero cómo se te ocurre eso? Habrá que poner unas normas o algo porque esto ya es pasarse un poco.

—Lo hacemos con los dados otra vez —dijo Celia—. Si la suma de los dos dados sale impar, al que le toque se queda con una prenda; si suman un número par, se queda con dos.

—Y si salen dobles se queda sin ninguna —añadió Aníbal siempre en su línea. Parecía no darse cuenta de que él también podía ser el elegido o quizás es que no le importaba. Y puede que incluso lo deseara.

Contra todo pronóstico la proposición de Aníbal salió adelante. Alba y las demás se rebullían en sus asientos. Solo pensar que podrían quedar completamente desnudas les hacía sudar, pero les había parecido una buena idea a los chicos y a alguna de las chicas entre las que se incluían Celia y la propia Lidia que no tenía nada que perder.

Fue ella quien se adelantó para hacer girar la ruleta. Dani se pasó la mano por la frente. No podía aguantar la tensión de otro ridículo delante de aquella gente. La polla ya casi había vuelto a su estado natural pero si al final se quedaba con ella al aire iba a escuchar no pocos comentarios y bromas. Miró a Eva de reojo a la que deseaba pedir perdón por lo de antes. Ella tenía la vista fija en la flecha.

La ruleta giró y giró hasta detenerse en… Enrico.

«Gracias a Dios», pensó Dani. Por una vez respiró tranquilo. Tampoco pareció que a Enrico le importara demasiado quedarse desnudo delante de todos. Terminó de beber su vaso con tranquilidad antes de decir nada.

—Entonces qué, ¿Me despeloto o tengo que esperar que lo haga Lidia?

—Primero tira los dados a ver con cuánta ropa te quedas —dijo Celia.

Enrico obedeció. Un cuatro y un seis, par. Lo que significaba que conservaba dos prendas. Se levantó y separó levemente los brazos preparándose para que le quitaran la ropa.

—Si puedo elegir qué prendas quedarme, prefiero el calzoncillo y la camiseta.

Lidia lo descalzó y le quitó los calcetines. Después soltó el botón de su pantalón que cayó al suelo. Él mismo se deshizo de él de una patada. Pasada la prueba, volvió a recuperar su vaso y a tomar asiento donde estaba.

No hubo muchas risas. Quizás porque Enrico era el menos expresivo. Gloria levantó otro papel.

—Alba, éste es tuyo. A ver… hmmm. “Dar un beso en la boca a alguien del grupo durante dos minutos”. Bueno, no está mal.

—Y si toca chica, chica. —León se frotó las manos—. Y esta vez no vale pagar prenda —Se giró hacía Gonzalo y Marcos y susurró—. Lo que daría por verla así con cualquier otra. —Risas exageradas de los tres. El alcohol hacía de las suyas también con ellos.

—No me voy morrear con otra tía. —Empezaban los problemas.

Alba, siempre altiva y retadora, se negaba a aceptar las reglas. No estaba dispuesta a acatarlas por mucho que los demás hubieran tragado con las suyas.

—Que me da igual. Que no soy una bollera, y no me voy a comer la boca con otra. Si toca uno de vosotros pase, pero con una tía ni hablar.

—Tampoco yo soy una bollera y me he cambiado las bragas con tu prima —saltó Eva. Quizás ofendida por su actitud de ayer con ella—. Aquí todos hemos cumplido con el juego. Ahora que te toca a ti, cumple también.

Alba la fulminó con la mirada. Para una vez que hablaba, lo hacía atacándola. La misma chica que casi había hecho correrse a su novio en sus narices. Sin embargo, al final, después de mucho rato y muchas discusiones, no solo aceptó besar a quién le tocara sino que establecieron unas reglas sobre el tipo de beso. De nuevo se usarían los dados. Si de la suma de ambos se obtenía un número impar, sería un beso seco; si salía par, uno húmedo; y si salían números dobles, el beso sería mojado. Un morreo en toda regla, vamos.

Alba hizo girar la ruleta y contuvo el aliento. Dani cruzó los dedos y rogó porque por una vez la suerte le sonriera y le tocara a él. No soportaría verla dándose el lote con otro. Y mucho menos con Aníbal.

Pero la suerte, además de esquiva, es muy caprichosa. La madre de todas las desgracias se cernió para ella. La persona a la que apuntó la flecha fue seguramente la que menos deseaba.

Eva.

La propia Eva parpadeó varias veces sin poder creérselo. Quizás el destino se la había jugado por haber abierto la boca. Ahora se lamentaba. Alba insistía en hacer girar la ruleta de nuevo, que no lo había hecho correctamente, que se le había resbalado en el último momento. No hubo suerte, nadie la apoyó, tampoco Dani que la dejó sola con sus protestas. Alba lo miró enfadada.

Pero todavía no habían acabado las malas noticias.

—Y ahora, Albita, a ver qué tipo de besito os dais —dijo Celia insidiosa.

Hubo que tirar los dados y por segunda vez en toda la noche los números que salieron en los dados fueron iguales.

—Dobles —dijo Celia—. Beso mojado. Un muerdo de dos minutos con lenguas desbocadas, chicas.

Ninguna de las dos hizo un solo movimiento. Mantuvieron una actitud estoica. Ambas sin dejar de mirar los dados. Dani supo que Alba ardía por dentro. Eva, en cambio, estaría aterrada. Dani se dio cuenta de que todavía conservaba el sujetador y las bragas de Martina. No supo por qué pensó en ello en ese preciso instante.

—Esto es una mierda. Tiro de nuevo.

Bronca general y nueva discusión. Alba era la única que defendía una nueva tirada. Dani estuvo callado todo el tiempo. Por dentro estaba aliviado por que fuera Eva o cualquier otra en lugar de uno de ellos.

—No le voy a comer la boca a otra tía —seguía insistiendo.

—Las reglas son las reglas y todas las hemos cumplido cuando nos ha tocado. A ninguno nos ha hecho gracia. Venga tía, cumple.

Alba miró a Dani buscando un aliado, pero de nuevo apartó la vista abandonándola a la jauría de amigos. Lo sentía por ella, pero no quería hacer nada que planteara volver a hacer girar la ruleta. Alba lo odió en silencio y dejó caer los hombros derrotada. Lentamente fue asintiendo con la cabeza.

Lo iba a hacer.

Sin embargo ninguna de las dos se movió. Eva no tenía intención de ser esta vez la que se acercase, así que esperó impertérrita en su sofá. Si tenían que darse un beso, tendría que ser Alba la que se moviera hasta allí. Pasó mucho rato, pero al final Alba no tuvo más remedio que acudir. Otra pequeña derrota más. Al fin y al cabo era su prueba.

Se colocó frente a Eva, con la punta de su nariz a menos de un centímetro de la de ella, que se había puesto de pie al verla llegar. Alba era algo más alta por lo que Eva debía levantar ligeramente el mentón para encararse. Alba tomó aire, cerró los ojos un segundo para mentalizarse y acercó sus labios.

—En fin —se dijo a sí misma.

Comenzó a girar su cara para amoldar su boca a la de Eva. Lo hizo a cámara lenta, tanto que el resto de amigos giraron sus cabezas a la vez y a la misma velocidad. Algunos abrían la boca ligeramente como si fueran ellos los que se fueran a besar.

Eva cerró los ojos y dejó la boca ligeramente abierta para facilitar que la besara, pero sin participar activamente. En cuanto sus labios se tocaron Alba frenó en seco. El grupo contuvo el aliento. Prácticamente todos querían ver ese beso mojado, sobre todo los chicos. En el fondo, Dani también lo deseaba. De hecho ya notaba su polla empujando bajo su pantalón.

Eva mantuvo el tipo y no se movió, con su boca abierta a dos milímetros de la de Alba. Podía sentir su respiración. Su aliento penetraba en sus pulmones. El olor de su piel se mezclaba con el de su perfume.

Por fin Alba decidió continuar su avance y pegar sus labios por completo. Segundos después lo hicieron sus lenguas. Celia dio la vuelta al reloj de arena de juguete comenzando la cuenta atrás.

Al contrario de lo que cabría pensar, Alba comenzó a dar a Eva un morreo en toda regla tal y como habían acordado en las normas previas. Sus lenguas se chocaban y jugaban entre sí. Al cabo de un rato sus cabezas giraron y amoldaron sus bocas a la nueva posición.

Alba estaba tan metida en el beso que se encontró echándose sobre Eva. Ésta, que se estaba viendo avasallada, había ido encorvando su espalda hacia atrás. Alba rodeó su cintura con un brazo para atraerla hacia sí. Después pasó la otra mano por detrás de su nuca para poder apretarse contra sus labios. Sus lenguas empezaron a aparecer por fuera de sus bocas, lamiéndose, comiéndose.

La mano de Alba fue deslizándose por su hombro hasta posarse en la teta de Eva. Todos lo vieron y contuvieron el aliento. A estas alturas nadie quería que aquello acabara y miraban expectantes hasta dónde podría llegar. El tiempo acabó pero Celia no dijo nada y ninguno avisó de que ya no hacía falta seguir.

Por fin Alba se separó quedando las dos cara a cara. Su mirada seguía siendo gélida, pero seguía con la mano en la teta de Eva. Pasó el pulgar sobre el pezón por encima del vestido. Lo miró unos instantes y se separó dejando de rodear su cintura.

—Pues al final parece que un poco lesbiana sí que eres. Se te han puesto los pezones como piedras. Espero que además no hayas mojado las bragas de mi prima.

Tal y como decía, se le marcaban los pezones como los pitones de un toro. El asombro fue general y la propia Eva se encorvó y puso las manos para taparse, completamente avergonzada. Se sentó junto a Quico que la miró con una ceja levantada y media sonrisa. Bebió de su vaso y paladeó con calma sin dejar de mirarla.

—Pues vaya, qué cosas —dijo su novio.

Alba ocupó su sitio altiva y cruzó las piernas. Así era ella, no dejando títere con cabeza y matando si tenía que morir. No miró a Dani en ningún momento y éste se preguntó durante cuánto tiempo se la tendría jurada por no apoyarla.

Nadie quiso hacer ningún comentario excepto Aníbal que, de nuevo, volvía a cuchichear en su oído. Ella negó con la cabeza, seria, rígida. Gloria carraspeó y tomó el siguiente papel.

—Bueno, el siguiente es… Gonzalín. Hmmm, a ver qué has puesto tú. —Leyó la penitencia de su marido en voz alta—. “Usar tu wasap para declararte sexualmente a la madre de tu pareja”.

A algunos les costó entender la autopenitencia. Gloria releía la nota para sí misma con una ceja levantada.

—Según esto… ¿tienes que intentar ligar con mi madre? No sé yo si vas a poder volver a entrar en casa como le digas que quieres algo con ella.

Gonzalo no decía nada e intentaba mostrar un semblante de tranquilidad. Marcos le dio una palmada en la espalda.

—Suerte, macho. Si tu suegro quiere matarte, que sepas que en mi casa podemos tirar un colchón en el suelo para ti.

Guiñó un ojo a Martina que movía la cabeza imaginando las consecuencias. Dani pensó si la prueba acabaría con el mismo resultado si fuera una de las chicas la que intentara ligar con el padre de su pareja. Tenía un concepto muy bajo del género masculino y algo le decía que más de un suegro se dejaría conquistar por la pareja de su hijo. ¿Cómo reaccionaría el padre de Gonzalo si Gloria intentara un acercamiento sexual con él?

Pero siendo al revés la cosa cambiaba. No envidiaba a Gonzalo que ya sacaba su móvil e iniciaba la aplicación de Whatsapp. Puso el aparato sobre la mesa y Gloria se colocó tras él para ver en primera línea lo qué hablaba con su madre.

Acordaron que la prueba terminaría cuando la madre de Gloria tardara en contestar más de dos minutos al último mensaje de Gonzalo… o bien, que su proposición sexual fuera correspondida de manera nítida e inequívoca.

GONZALO_23:13

Hola Gema guapa. Ha llegado ya Glori a tu casa? Creo que lleva el móvil apagado. Le dices que me llame?

Todos esperaron con una sonrisa lobuna a que llegara la contestación. Se habían colocado alrededor de la mesa ojeando la pantalla desde arriba. Si tardaba más de dos minutos en hacerlo, la prueba quedaría superada. Gonzalo se frotaba el mentón y movía el talón con rapidez mecánica. Los demás rezaban porque Gema hubiera oído el mensaje y así poder ver sus dotes de conquistador.

GEMA_23:15

Hola, cariño. No, Glori no esta aquí. Iba a venir? De momento estoy sola.

Todos sonrieron (o casi todos). Empezaba el juego.

GONZALO_23:15

Estás solita??? Una chica tan guapa como tú?? Y Gerar lo permite??

GEMA_23:15

Pero qué tonto eres. Anda calla, bobo. Es que no paras, eh?

Gloria levantó una ceja suspicaz.

GONZALO_23:16

Perdona, es que a veces no sé si estoy hablando con Glori o contigo. Como sois iguales…

GEMA_23:18

Anda ya, adulador

GONZALO_23:18

Que sí, que es verdad. Más de una vez, después de hablar contigo, luego me tiro un rato pensando en ti.

GEMA_23:18

Qué, qué, qué??? Oye, para, para, que te veo muy lanzado

Sonrisas generales acompañadas por una colleja suave de Gloria por la pasada de frenada. «Te lo mereces», quiso decir.

GONZALO_23:19

Ya me has entendido. No te hagas la ofendida. Me gusta hablar contigo. Tus charlas me encantan. Luego me paso un rato dándole vueltas a las cosas que me cuentas.

GEMA_23:20

Ya lo sé, jajaja, pero me encanta el papel de dama dolida. Me apasiona el drama. jijijiji

GONZALO_23:20

Mmm, qué mala eres. Pero, a ver, tampoco te voy a engañar. Me gusta hablar contigo… y me gusta verte. Se nota de dónde vienen los genes buenos de Glori.

GEMA_23:20

Pero qué dices??, calla la boca, anda.

GONZALO_23:21

Pero si hasta Gerar te lo dice. Que a su edad eras igual que Glori.

GEMA_23:23

Oy, no me hables de él. Que me tiene frita con el tema de los palos nuevos que se quiere comprar. No para de buscar en internet y de mirar tiendas.

GONZALO_23:23

En cambio yo, no dejaría de mirarte a ti.

GEMA_23:23

Lo dices para quedar bien. Qué majo. Pero una ya no es el bomboncito que fue de joven. Que estoy ya muy mayor.

Gloria se puso tiesa como un palo. El resto de amigos se separaron algo de ella un tanto incómodos. Lidia y Martina se sentaron desentendiéndose de la conversación que de repente se acababa de volver extremadamente embarazosa. Su madre estaba en pleno cortejo adolescente. Gloria se cogió los codos y apretó el mentón. Gonzalo fue a escribir, pero en la pantalla, Gema aparecía escribiendo de nuevo.

GEMA

Escribiendo…

Escribiendo…

Escribiendo…

Hasta que por fin apareció su mensaje

GEMA_23:25

…para chicos tan guapos como tú.

Gloria abrió la boca atónita.

GONZALO_23:25

Para chicos tan guapos como yo no estás muy mayor. Lo que estás es muy buena, Gema.

GEMA_23:25

En serio lo crees?? Cómo de buena??

Gloria cogió el móvil de un zarpazo y salió con él hacia la entrada, donde habían dejado los bolsos, chaquetas y resto de móviles. Lo apagó y lo colocó de un manotazo con los otros. Los demás volvieron a sus sitios sin decir nada. Los carraspeos fueron los únicos sonidos a parte de algún que otro tosido simulado. Las miradas huidizas marinaron el humor de perros de Gloria que se sentó enfurruñada. Cruzó sus brazos y después puso una pierna sobre la otra. Gonzalo la miraba con ojos de perro abandonado.

—Solo pasaba la prueba, Glori.

—Ya lo hemos visto. Enhorabuena. Siguiente.

Celia se levantó como un rayo y cogió las papeletas de la mesa. Quería correr un tupido velo cuanto antes. Teniendo en cuenta que se había destapado un interés sexual de su madre por su marido, a nadie le interesaba seguir forzando una situación tan bochornosa. Nadie protestó cuando empezó a leer el primer papel de la pila.

—Eeeem, a ver… ¿quién va ahora…? Quico, la tuya. —Leyó en voz alta—. “Que le soben la polla o el coño hasta ponerse cachondo”.

Enrico terminó de beber y se rio orgulloso de su penitencia.

—¿Es la mía? Pues sí, eso es. A la que le toque, que me la sobe hasta que se me ponga dura.

Dani sintió un regusto amargo en la boca del estómago. Alba y las otras tenían rictus parecidos. Sin embargo, Aníbal y los otros miraban a Enrico con ojos diferentes. Él, en concreto, parecía divertido por la osadía. Por indicaciones de Celia, Enrico se levantó para hacer girar la ruleta.

Para desgracia de Dani se paró apuntándolo a él. Al principio nadie se movió, pero enseguida los demás empezaron a sonreír. En un primer momento no pareció entender por qué lo miraban. Le estaba costando hacerse a la idea de que aquella acusadora flecha había quedado en su casilla.

—Espera, espera, yo… yo no puedo. —Levantó las palmas de las manos y se echó hacia atrás en su asiento—. ¿Cómo voy a hacer eso?

—Te ha tocado, bonito —se regodeó Celia.

—Que no, que no. Que yo paso —dijo serio—. Lo siento, pero no.

Las protestas de todos llegaron en cascada. El más beligerante era León que no paraba de recordarle que todos habían cumplido su parte y quería escaquearse. Dani lo miraba con cuchillos en sus ojos. Cada vez odiaba más a ese estúpido con morros de cerdo. Enrico continuaba de pie, todavía permanecía en calzoncillos desde la prueba. Tenía una sonrisa maliciosa que solo ocultó cuando bebió de su vaso. Metió una mano por dentro del elástico de su gayumbo dejando fuera el pulgar en ademán chulesco.

Dani se obstinaba en su negación y buscaba apoyo en aliados cercanos. Marcos no resultaba de mucha ayuda. Casi no había vuelto a mirarlo desde la confesión de follar con la prima de su novia. Apenas unas palabras de apoyo y de intentar calmarlo para hacerle entender que no era para tanto y que realizara la prueba.

Martina era igual de poco útil.

—Mira lo que he hecho yo con Eva. O Alba, lo de ella ha sido peor que lo tuyo.

—¿Peor?, venga ya, Martina. Sobarle la polla a un tío hasta que se empalme. ¡A UN TÍO! No me fastidies.

—Y si te hubiera tocado a una tía, ¿te parecería bien? —La voz de Alba había sonado como un témpano. Tenía los brazos cruzados—. ¿Y a quién en concreto?

Dani boqueó buscando una respuesta honrosa. Cometió el error de mirar a Eva reclamando una efímera ayuda. Por suerte para él, no llegó. Hubiera sido del todo contraproducente.

—Vale ya, Dani, hazlo. Total, solo van a ser… ¿Cuánto, cinco minutos? No es para tanto —insistía Alba—. Que te sobes con otro tío no te va a convertir en gay.

—Joder que no. En supergay, vamos.

—¿Entonces yo soy una lesbiana por lamerle la boca a tu amiga?

Touché.

—No. A ver. No es lo mismo.

La discusión de todos contra Dani se estaba convirtiendo en una pelea de pareja. Y si no había sido agradable ser testigo del mal rato entre Gloria y su marido, menos lo estaba siendo verlos a ellos dos con las caras tan largas.

Él estaba completamente cerrado en banda. Ni de coña le iba a pajear a Enrico y de nada sirvió que el grupo al completo intentara razonar con él.

Alba terminó por cambiar de táctica. Se puso de pie y caminó hasta colocarse detrás de Enrico. Después llamó a Dani para que se acercara. Estaba claro que si ella se había comido la boca con Eva, él iba a pasar por lo mismo. Así era Alba en estado puro. Recordando hasta la muerte cualquier agravio sufrido.

—No insistas, Alba. Que no. Que esto se os ha ido de madre. Ya no son pruebas ridículas para reírnos. Esto es… otra cosa.

—Solo te estoy pidiendo que te acerques.

Sabía lo que trataba de hacer. Iba lista si pensaba que le iba a funcionar.

—Por favor, Dani —insistió en un tono amable.

Se lo estuvo pensando y al final decidió que, por levantarse, no iba a pasar nada. Se puso en pie y se colocó frente a Enrico, cara a cara. Alba seguía tras él. Al verlo llegar se arrodilló, quedando tras sus piernas y le instó a que hiciera lo mismo.

Dani bufó, pero obedeció. Se arrodilló y se sentó sobre sus talones frente a ella; frente a Enrico, que permanecía de pie entre los dos. Sonrió al grupo con gesto triunfal. Lo tenía frente a él con la cara a la altura de su polla. Alba había dulcificado su rictus y ahora mostraba un gesto benévolo.

—Dame la mano.

—No voy a hacerlo.

—Tú solo dame la mano… por favor.

Levantó el brazo y ella cogió su muñeca con dulzura. La mantuvo en el aire delante del paquete de Enrico. Estuvo en esa posición hasta que notó que Dani dejó de hacer fuerza por retirarla.

Todos miraban en silencio a un Dani que mantenía la mano en alto apuntando a la entrepierna de su amigo.

—Se la va a tocar —susurró alguien.

—Calla.

Alba posó las manos en las caderas de Enrico y todos vieron cómo su boxer comenzaba a descender de manera casi imperceptible. Alba estaba tirando de ellos hacia abajo desde la parte inferior de cada pernera. Dani comenzó a respirar con fuerza. Cada vez más rápido a medida que la separación entre el elástico del calzoncillo y la parte inferior de su camiseta se hacía más grande.

—Joder, que se la va a sacar. Y sigue con la mano levantada. Ua, tío, éste al final se la casca. Qué flipe —Los susurros seguían circulando alrededor.

Enrico disfrutaba con todo aquello. Su sonrisa se ensanchaba a la misma velocidad que la respiración de Dani que no podía dejar de mirar cómo descendía la prenda. Cada vez más porción de piel asomaba sobre la goma del elástico oscureciéndose por la pelusa de su vientre que se hacía cada vez más densa. Todo se precipitó cuando aquella pelusa se convirtió en vello púbico negro y espeso.

Dani bajó la mano como un muelle.

—¡No!

Despegó el culo de los talones y Alba tuvo que retenerlo para que no se levantara y saliera corriendo de allí. Lo tomó de la muñeca con firmeza pero con ternura, intentando tranquilizarlo. Él movía la cabeza negando.

—No pasa nada, Dani, de verdad. Solo es una bobada de prueba. Hazlo. Dos minutos y se acabó. Venga, dos minutos y lo dejas. Esté como esté.

Eso no era lo pactado, pero nadie protestó. Todos dieron por bueno el tiempo si con ello cedía a pajearlo.

—Que no, a ver, que no.

—Dos minutos, Dani, escúchame. Dos minutos lo puedes hacer.

—Que no insistas, Alba. Y menos así a pelo. Por encima de la tela todavía, pero así… que no, vamos, que no.

Se veían algunos codazos por lo bajo. Estaba cediendo y Alba seguía convenciéndolo. Estaba seguro de que lo hacía por lo de antes con Eva, por no apoyarla, por dejarla sola, y por casi correrse en sus narices cuando simuló follárselo. Ella volvió a tirar de su mano hacia adelante con suavidad. Centímetro a centímetro. Con cuidado, como si caminara por delante de un gatito al que no se quiere asustar. Cuando quedaban unos pocos centímetros, Dani volvió a detenerla. Cerró los ojos y negó con la cabeza. Lo que más le dolía era la risita del puñetero Quico. Alba acarició su mano con un dedo.

—Solo dos minutos y ya. —Le hablaba con dulzura—. O hasta que se le ponga dura. Lo que ocurra primero.

Los demás asintieron. Sería todo un triunfo si al final Dani le tocaba la polla a Enrico. Alba se mordía el labio inferior y en sus ojos asomaba un brillo extraño. Volvió a tirar de la mano hasta que sus dedos tocaron la tela del calzoncillo. Celia dio vuelta al relojito de arena.

—Qué bueno —saltó Enrico tan faltón como siempre—, me la va a sobar un tío. ¡JA!

El grupo al completo contuvo el aliento esperando la reacción de Dani. Su mano seguía rozando la tela, pero le había cambiado la cara por completo. Alba seguía sujetándolo.

—Dos minutos, Dani, mírame. Dos minutos y se acabó.

Presionó ligeramente hasta que la mano se posó por completo sobre la entrepierna. La palma quedaba sobre el tronco de su pene. Sin necesidad de palparlo, Dani comprobó que Enrico calzaba una buena herramienta. Y eso que no estaba dura. Nadie se percató del puñal que acababa de clavarse en su bajo vientre.

Alba movió su muñeca arriba y abajo haciendo que la palma y los dedos de Dani sobaran la polla de Enrico una y otra vez. Después lo soltó esperando que rozara él solo la tela. No hubo suerte. Tan solo se mantuvo ahí con la mano sobre la polla de Enrico que seguía sonriendo feliz por tener a Dani de rodillas tocándole la minga. Había cruzado los brazos en modo “Superman”. Alba posó su mano en la pantorrilla de Enrico, por la parte interior.

—Se la está cogiendo. Le está cogiendo la polla a otro tío. Qué fuerrrrrte —murmuró alguien.

Él lo oía aunque no pudiera separar sus cinco sentidos del paquete de Enrico.

—Muévela, Dani —alentaba su novia.

Lo máximo que pudo hacer fue apretar ligeramente los dedos alrededor de aquel pollón que le hizo sentir muy pequeño en comparación. El brillo de los ojos de Alba refulgía con más fuerza.

—Sigue —instó ella. Deslizó hacia arriba la mano que tenía apoyada en la parte interior del muslo, acompañando el ínfimo gesto que había tenido él. Apenas rozándolo con las yemas. Enrico levantó las cejas y miró hacia abajo.

—Sigue, Dani —apremió ella. Él no se movió, pero apretó aún más la mano alrededor de su polla, circundándola por completo y sufriendo su diámetro. La que sí se movió fue la mano de ella que subió un poco más por dentro del boxer. Sus dedos desaparecieron dentro de la pernera del calzoncillo. Enrico dejó de sonreír y llenó sus pulmones de aire.

Dani observó la mano de su novia. Por la posición que ocupaba el calzoncillo, calculó que sus dedos debían estar muy cerca de donde las ingles perdían su nombre o peor. Enrico soltó el aire de golpe.

—Hos - tias —gimió.

Ahí fue cuando Dani puso los ojos como platos, sorprendido. La polla que semiagarraba sobre la tela comenzó a dilatarse. Y si ya era grande en estado laxo, en erección empezaba a tomar dimensiones vergonzantes. Retiró la mano y se la limpió sobre su pecho por acto reflejo, dejando una tienda de campaña delante de su cara. Alba retiró la suya volviendo a apoyarla sobre su propia cadera.

Fue entonces cuando sintió las miradas de todos clavadas en él. Y sonreían. A su costa. León lo señalaba con el pulgar y comentaba algo con alguien que reía por lo bajo.

Martina, tras él, lo miraba extrañada con una ceja levantada, como si no terminara de creerse que Dani hubiera llegado tan lejos. Como si no lo creyera ninguno de los que estaba ahí. Dani se levantó y volvió a su sitio intentando que no se notara su bochorno. —Solo es un juego —susurró ésta al colocarse a su lado—. Todos han pasado por situaciones similares.

Enrico exhibía orgulloso su tienda de campaña. Posaba como un torero con las manos en las lumbares y la cadera hacia adelante.

Gloria cuchicheaba con Celia y se partía de risa. Dani ya no sintió tanta lástima por lo de su madre con su marido. Alba, que se había vuelto a juntar con Aníbal, no sonreía. En su lugar mantenía la mirada baja, aunque serena. Los demás no paraban de contar chistes. León era el más incisivo.

—Igual un día escribes un libro contándonos esta experiencia tan varonil que habéis compartido —dijo señalando su paquete erecto.

—No me digas que también sabes leer —contestó Dani con desgana—, «so paleto».

—Sobarle la polla a otro tío es de bujarras —comentaba Enrico.

—Es a ti al que se le ha puesto dura cuando te la ha tocado otro tío — le soltó Alba—. Lo suyo ha sido por obligación.

Touché.

Enrico borró su sonrisa justo cuando Dani mostraba la suya. El resto carraspearon incómodos.

—Bueno, no han sido precisamente suyas las manitas que han levantado esto —bufó mientras volvía a su asiento.

Efectivamente, y Dani se preguntó hasta dónde habrían avanzado las yemas de sus dedos. Mucho se temía que ella ya sabía qué tamaño tenían sus pelotas. En cualquier caso, los murmullos habían cesado. Al final, más por insistencia de Alba o quizás de Marcos, Celia decidió leer la siguiente penitencia.

—Bien, ya casi estamos acabando con todas. A ver ahora cuál toca… la tuya, Aníbal. Veamos… —leyó en voz alta—: “Intercambiar la prenda que cada uno decida, dentro de uno de los huecos del armario del salón de Gonzalo y Gloria”.

—Esa prueba es como la de Marcos, ¿no? —preguntó Eva.

—Más o menos —contestó él—. La gracia está en que aquí los dos se meten en el mismo hueco… y casi no hay espacio. —Abrió los brazos complacido por su sobrenatural ingenio— ¿Giro ya la ruleta para ver con quién me toca?

Aníbal se iba a encerrar con alguien en un armario para intercambiarse ropa con él… o con ella. Algo le decía que esta prueba no le iba a gustar demasiado.

Fin capítulo XV

Como siempre, agradezco vuestro tiempo por leerme y vuestros comentarios.