El Profe - completo (cap. 2)
Eva sabía exactamente qué botón presionar. Mientras el profesor fingía rechazo, su cuerpo delataba una excitación que él no podía controlar. Lo que comenzó como una amenaza velada terminó encerrado en un cubículo de baño, donde la línea entre la autoridad y el deseo se desdibuja.
Me equivoqué de plano.
Eva siguió hablando, pero en ningún momento insinuó que le subiera la nota a su amiga a cambio de algún «favor». Y yo me mosqueaba más a cada segundo que pasaba. «Carlitos —me decía—, tienes que dejar de ver porno».
Tras un tenso nuevo minuto, Eva volvió a hablar.
—Ya, ya sé… —aflautaba la voz para parecer más joven, pero yo sabía que los veintidós no los cumplía, mientras que Ari ya contaba con veinte—. Sé que usted está casado y que, además, si se pasa con alguna alumna le pueden echar del colegio…
Tosí y no dije nada. Tenía la boca tan seca que no era capaz de hablar.
—…Pero si al menos le diera unos achuchones, pues a lo mejor a mi amiga se le pasaba… —continuó Eva—. Ya sabe, alguna caricia, algún besito… Estas cosas nos han sucedido a todas, y al final se nos pasa en cuanto afrontamos la realidad. Justo cuando comprendemos que no es amor lo que sentimos, sino calentura. Así que he pensado que si usted la hiciera caso durante unos minutos, seguro que se le pasaría la tontería. Y el próximo examen lo haría mejor sin la presión del amor. Seguro que usted lo entiende, ¿a que sí?
Hice un esfuerzo supremo y conseguí decir mis primeras palabras en varios minutos.
—Mira, Eva, coge a Ari y salid las dos de clase. Te prometo que me olvidaré del tema y nadie sabrá lo que ha ocurrido hoy aquí.
—¿Está seguro, prof… digo, Carlos? —la sonrisa lobuna de Eva expresaba que había visto mi paquete y que el mensaje de mi entrepierna se contradecía con mis palabras—. Mire que se trata de solo unos besitos… Nada especial…
—Ni hablar… Venga, llama a Ari y marchaos las dos.
Eva hizo una señal a su amiga, que se levantó, colocó los libros contra su pecho, y se acercó hacia la mesa con la mirada baja.
Enseguida las dos jovencitas enfilaban el camino hacia la puerta. No habían llegado a ella, cuando Eva se volvió y susurró una frase que se me clavó en el cerebro.
—Por si cambia de opinión, estaremos un rato en el baño de las chicas… A estas horas ya no queda nadie y la señora de la limpieza no llega hasta las ocho.
Instintivamente miré el reloj. Eran las seis y media. Parecía que los tiempos habían sido estudiados por Eva y su amiga. Aunque Ari no había soltado ni media palabra en todo el tiempo, por lo que no podía estar seguro de si estaba en el ajo, o si se trataba de una broma inventada en exclusiva por Eva.
El comienzo del lío
En cuanto me quedé a solas, comencé a pensar en las dos chicas. Ambas eran guapas, cada una a su manera. Eva era morena y alta, de pechos generosos y piernas trigueñas y musculadas, como de gimnasio. Era guapa y sus ojos oscuros eran una tentación, pero no llegaba a la belleza serena de Ari.
Esta, rubita y de larga melena, era algo más baja que su amiga y tenía un aire infantil. Sus ojos azul oscuro, casi añil, la piel clara y su expresión tímida la hacían deseable a rabiar por la inocencia que desprendía. Sin contar con que sus muslos, más tiernos y blandos que los de Eva, llamaban a ser el primero en acariciarlos, en besarlos, incluso en morderlos, tal era la inexperiencia que emanaba de ellos. Aunque dudaba mucho de que fuera virgen, ni mucho menos. Apostaba a que la más inocente de las chicas a las que daba clase se habría acostado con tres o cuatro chicos, de ahí para arriba. Y no solo una vez con cada uno. Era lo normal en los tiempos modernos y no tenía nada que objetar.
Estos pensamientos eran peligrosos y no me estaba dando cuenta. Porque me llevaban a dejarme arrastrar por el torbellino de emociones iniciado por Eva. Lo que vulgarmente se llama pillarse un calentón. Poco a poco yo solito me iba hundiendo en el fango, con mis testículos hinchándose sin prisa, pero sin pausa.
Y, como era de esperar, tras darle más de mil vueltas a la propuesta de Eva —en el tiempo record de cinco minutos—, sucumbí a la tentación. Al menos podía echar un vistazo a lo que me habían preparado, eso no atentaba contra ninguna norma, ¿no?
Me puse en pie decidido a darme una vuelta por los lavabos. En principio no sería raro ir por allí. Todo el mundo tiene necesidad de pasarse por los baños de vez en cuando. Bastaría con entrar en los de los chicos y echar una relajante meada, cosa normal tras más de una hora sin moverme de la clase. Después, si las cosas no estaban claras, saldría por la puerta y me iría a casa para descargar la próstata entre las piernas de mi querida Paula.
Ella lo agradecería, como siempre, y hasta era posible que abriéramos una botella de vino para celebrar el polvazo que pensaba echarle por culpa de aquellas dos chicas de la FP.
*
Llegué a los baños a paso lento y tratando de no hacer ruido. El lugar me era familiar, habida cuenta de que siempre he sido de muelle flojo. La puerta de entrada daba paso a un pequeño hall donde, a la izquierda, se encontraba el aseo de los chicos y, a la derecha, el de las chicas. La puerta de los baños masculinos se hallaba abierta completamente, cosa habitual, mientras que la del femenino se hallaba entornada.
Asomé la cabeza en el baño de los chicos y agucé el oído. Como esperaba, la soledad y el silencio era la tónica reinante en el lugar. La luz diurna de la calle entraba por los ventanales del fondo.
En el baño de las chicas, al menos desde el exterior, tampoco se intuía presencia alguna. Comencé a sospechar que había sido engañado por Eva y que allí no encontraría a la parejita. Aunque, mientras no entrara al interior, no podría estar seguro.
Abrí la puerta y asomé la cabeza, como había hecho unos segundos antes en el baño de los chicos. Soledad y silencio, igualmente. Estaba claro, me habían dado gato por liebre. Era hora de irse a casa.
Me giraba para abandonar el lugar cuando oí los susurros.
—Chhhsss… profesor… —Adiviné que era Eva la que hablaba en susurros—. Estamos aquí…
Me di la vuelta y observé la puerta del cubículo de discapacitados que se hallaba entornada, a falta de una raya de dos centímetros por la que asomaba un ojo y una nariz. También adiviné, más que vi, el cabello oscuro de Eva.
Salí un segundo al pasillo exterior para detectar cualquier presencia. Al ver que no había moros en la costa, entré como una flecha y me colé en el cubículo.
*
De repente me encontré en medio de una escena que había visto en vídeos para adultos. Yo en mitad del reservado; Eva a mi espalda, afanada en atrancar la puerta con el seguro interior que parecía resistirse; y Ari en un lateral mirándome pudorosa.
La rubita se apoyaba en el lavabo y mantenía los brazos cruzados. Se había anudado la chaqueta de punto en la cadera y parecía una quinceañera con su aspecto juvenil. La mirada ya no era tan baja como antes, pero la timidez de sus ojos seguía siendo notable.
Por fin, Eva terminó de cerrar la puerta y se dirigió hacia Ari, tomándola de los dos brazos desde su espalda.
—Bueno, pues vosotras diréis… —hablé más por no estar callado que por otra cosa.
Por supuesto, fue Eva la que respondió.
—Pues eso, profesor, como le he dicho antes Ari está deseando que usted le preste atención y que le dé mimos, ¿verdad Ari?
La rubita hizo un ligero gesto afirmativo y volvió la cabeza para evitar mis ojos.
—Pero siéntese, profesor —prosiguió la morena obviando mi petición de que me llamara por mi nombre—. Baje la tapa del váter y póngase cómodo sobre ella.
Así lo hice y me senté frente a las chicas. Eva empujó a su amiga hacia mí, quien hizo gesto de leve resistencia, hasta que la situó a la distancia suficiente para que pudiera tocarla si extendía el brazo.
—Como le decía hace un rato… —volvió a hablar la morena—, Ari le ha cogido mucho cariño y necesita saber que usted la aprecia… al menos un poquito. Mire, mire, yo le enseño lo bonita que es mi amiga para que usted se decida.
»Vea este pelo, suave y sedoso —Eva acariciaba la melena de Ari y extendía algún mechón con el supuesto objeto de que yo apreciara su belleza—. Y mire sus ojos… Ufff… y qué labios… ¿Se ha fijado en sus labios, profesor? ¿No se da cuenta cómo le piden a gritos que los bese?
Ari se veía intimidada, pero no osaba interrumpir el discurso de su compañera de clase.
—Mi amiga le desea tanto, que es incapaz de estudiar. Pero si usted la mima un ratito, esté seguro de que en el próximo examen sacará notable. ¿Verdad Ari? Anda, acaricia la cara al profesor, que se dé cuenta de cuanto lo amas.
Notaba cierta guasa, tanto en el rostro como en las palabras de Eva, pero opté por callar.
Con ayuda de la morena, Ari recorrió mi rostro con una de sus manos. Cuando lo hubo hecho, Eva detuvo la palma de la mano de su amiga sobre mis labios para que la besara, cosa que hice levemente mientras observaba el siguiente movimiento de la chica.
Esta, siempre a la espalda de Ari, le desanudó las mangas del jersey y lo dejó sobre el lavabo. Luego le desabrochó los botones de la blusa uno a uno hasta dejarla abierta por completo y tiró de ella para sacarla de debajo de la cinturilla de la falda. El sujetador de la chica cubría unos pechos pequeños, pero firmes, que parecían temblar con cada respiración.
Eva no necesitó quitárselo, bastó un suave tirón para alzarle las copas y los pechos quedaron al aire. Una punzada de deseo me recorrió la espina dorsal. Mi entrepierna palpitaba enloquecida. Las tetas de Ari mostraban unas areolas pequeñas y rosadas, con dos botones centrales hinchados como canicas. Aquello demostraba que Ari, a pesar de su pasividad, se estaba calentando, y este detalle me tranquilizó. Saber que Eva no la estaba forzando a hacer aquello contra su voluntad me reconfortaba.
Tras unos segundos sin que yo hiciera otra cosa que mirar aquellos pequeños pechos, Eva me azuzó.
—Puede tocar si quiere… —me dijo, y luego se dirigió a Ari—. Díselo tú, Arita, que el profesor parece tímido.
La rubia tragó saliva y se atrevió a hablar por primera vez.
—¿No quiere tocarme… profesor?
Eva no desaprovechó la ocasión para quedar por encima.
—No le llames, profesor, llámale Carlos, que si no se enfada… Anda, pídeselo otra vez, a ver si se anima…
Pero Ari no repitió la frase. No hizo falta porque en ese momento desperté de mi letargo. De alguna manera, me decía, al final sí se estaba produciendo la escenita típica de las películas subidas de tono. Y aunque una voz interior me decía que aquello estaba mal, me fue imposible resistirme a actuar como protagonista masculino.
Levanté las dos manos y comencé a sobarle las tetas a la jovencita. Se las amasé unos segundos antes de pellizcarle los pezones.
—Auuuu… —se quejó Ari levemente.
—Uy, perdona, cielo, ha sido sin querer… —me disculpé.
—Venga, Carlos… —respingó Eva—. Déjese de historias… Apriete bien y chupe esos pezones gordezuelos, que lo está deseando. Y Ari se muere por que se los muerda. ¿Verdad, Ari?
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título LAS CHICAS DE LA FP (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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