Locura en la noche II
Lucía sabía que él no podía resistirse. Y esta noche, mientras su esposa duerme, la empleada no solo espera ser deseada, sino que decide tomar el control.
Los días pasaron y siendo sinceros evité cualquier roce con Lucía. A pesar de que mi esposa se empeñaba en hacer planes juntos, yo evitaba todo contacto, pero cada noche me acostaba esperando que se repitiera aquella experiencia y recordando el dulce olor y sabor de los dedos de Lucía en mi boca, cuando acallaba mis jadeos.
Luego busqué cualquier excusa para hablar con Lucía. El morbo no me dejaba pensar bien y no podía olvidar ni un segundo aquello.
Un viernes que mi esposa salía de noche, sobre las 21.30 horas vi la ocasión de quedarme a solas con Lucía. Llamé a mi esposa y le dije que al salir de trabajar fuera por el restaurante de comida rápida que tanto gustaba a mis hijos. Yo quedé con Lucía en ir antes para que los niños jugaran en el parque que se encuentra en el interior mientras esperábamos por mi mujer.
Ya en el restaurante, los niños jugando vi la oportunidad de hablar con ella a solas. Le pregunté si no le había gustado lo vivido aquella noche. Con cara de asombro, me miró y me dijo que le había quedado bien claro que al que no le había gustado era a mí, por como la evité los siguientes días y que estando quedándose en casa no quería molestar.
Mi cara fue de incredulidad y sin dejarla continuar le comenté que todo lo contrario, que cada noche la pasaba esperando su visita y que no podía quitarme de la cabeza el sabor y el olor de su mano cuando me acallaba mis jadeos al descubrir que no era mi esposa la que me hacía aquella maravillosa mamada.
Su cara cambió por completo dejando escapar una sonrisa pícara y perversa.
Me explicó que en realidad la culpa era mía, ya que sabía que le encantaba chuparla y que si dejaba la puerta de mi dormitorio abierta y dormía desnudo, tenía que entender que no se podía resistir.
Me contó que la curiosidad le pudo y que sabía que mi esposa se había tomado las pastillas para dormir que ella le dio. Al verme durmiendo no pudo evitar tocarse. Luego al ver que mi polla tomaba vida al acariciarla se quitó la tanga negra y se masturbo un instante hasta que no pudo más y se metió la polla en su boca. Luego aprovechando la postura de cuclillas y estando su coño abierto, humedeció e introdujo dos de sus dedos mientras disfrutaba de mi polla. Al ver que me había percatado de que era ella y que jadeaba me tapó la boca.
En ese momento me empalmé como un caballo. Pero mis hijos salieron de la zona de juego, gritando que su madre ya había llegado y salieron corriendo a abrazarla.
El resto de la noche no podía quitarme de la cabeza aquellas palabras pero intente disfrutar de la cena y la compañía.
Al llegar a casa, los niños fueron a la cama. Lucía derecha a la ducha y yo al balcón a coger aire. El corazón me latía a mil. Al regresar del balcón escuché a mi esposa decirle a Lucía que como ya había terminado ella se daría un baño también.
Aprovechando que mi esposa se encontraba en la ducha, me apresuré a ir al dormitorio de Lucía. Al entrar, se encontraba aún con la toalla puesta y sentada en los pies de la cama. Se asombró que hubiera entrado sin avisar, pero sin dejarle reaccionar me acerqué y me arrodillé ante ella. La recliné hacia detrás y abriendo sus piernas me quedé un segundo admirando aquel coñito rasurado que en cuanto sus piernas se abrieron se abrió despegándose sus labios aún húmedos. Sus labios además eran pequeños, parecían de una chica de 20 años y sin esperar más acerqué mi cara y tras inhalar una gran cantidad de aire para recoger aquel dulce aroma, comencé a degustar tremendo manjar.
Estaba caliente, sabroso y aunque al principio ella hizo por negarse, pronto empezó a moverse al compás de mi lengua y mis labios.
Mis manos sujetaban sus piernas abiertas, apretando sus muslos. Sin perder tino de que el agua de la ducha aún corría (gracias a que el baño estaba junto a su habitación), continuaba comiendo aquel maravilloso coño.
Subí una de mis manos hacia sus pechos, notando que tenía los pezones duros como piedras. Ella no dejaba de morder la almohada para no hacer ruido y perdí la noción del tiempo. Cuando quise darme cuenta ya no se escuchaba el agua de la ducha. No quería parar, pero temía ser descubierto y ella aún no se había corrido.
Levantando la cabeza le dije que mi esposa había terminado de ducharse. Ella me dijo que ni se me ocurriera dejarla así. Baje la cabeza y volví a comer con algo más de apuro. Solté mi mano de su pecho y tras humedecer dos dedos los introduje en su coño. Ella se arqueó al no esperarlo y en cuestión de unos minutos comenzó a tener espasmos y gemidos apagados bajo la almohada.
Según note que había terminado, le di un beso en su coño, y me apresuré a salir de la habitación. Para mi suerte, mi esposa se entretuvo haciendo algo, ya que al pasar por la puerta del baño seguía cerrada.
Cuando llegué a mi cama me percaté que estaba empalmado. Llevé mis dedos a la nariz y tenían ese dulce aroma impregnado. Pensé que si mi esposa se acercaba así notaría que mi boca y manos desprendía el olor que me delataría. Según la oí salir y viendo que iba hacia la cocina, entre en el baño y me metí en la ducha. No había forma de bajar mi erección así que me toqué pensando en la vivencia que minutos antes había pasado.
Al salir del baño, no me atreví a ir a la cocina. Estaban las dos preparando la cena y temía volverme a empalmar. Me fui a la televisión la encendí y la verdad ni recuerdo que canal o programa ponían. No podía dejar de pensar en aquello y mi corazón latía descontroladamente.
Cuando la cena estaba me senté en la mesa. Mi esposa a mi lado y Lucía enfrente a nosotros. No había pasado al segundo plato cuando note que la punta de su pie se deslizó en mi entrepierna. Todo ello al tiempo que hablaba con mi esposa ella. La miré y aprovechando mi esposa buscaba el mando de la tele para cambiar el canal de la tele, Lucia me guiñó un ojo y retiró su pie de mi entrepierna.
Chicos no puedo más estoy agotada, dijo. Les dejo un ratito solos que ya por hoy han tenido ración de Luci, añadió recogiendo sus platos y dejándolos en el fregadero. Sin más salió de la cocina, mientras nos quedamos mi esposa y yo cenando.
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