Xtories

El Profe - completo (cap. 1)

Eva no vino a pedirle que repitiera la fórmula, vino a pedirle que la olvidara. O mejor dicho, a pedirle que la usara. Con la mirada fija y una sonrisa que prometía desastres, la joven dejó claro que el aprobado no se compra con estudio, sino con otra cosa.

Abel Santos19K vistas9.0· 29 votos

Prólogo

La historia que voy a contaros tuvo lugar mientras trabajaba en un centro privado de Formación Profesional. Fueron solo unos meses, pero la experiencia no podré olvidarla mientras viva. Imposible es olvidar unos acontecimientos que hicieron tambalearse mi matrimonio, mi vida y mi reputación.

Para quien le resulte desconocido el escenario, le diré que lo bueno de trabajar en un centro de estudios de FP de grado superior es que las jovencitas ya tienen más de dieciocho años. De hecho, bastantes de ellas cuentan los veinte o los sobrepasan.

Lo malo es que, si das clases como yo hacía en un centro privado dirigido por monjas, las chicas aún visten uniforme colegial como si siguieran en la edad del pavo. Y, claro, trabajando entre feromonas femeninas enfundadas en faldas tableadas —que enseñan más muslos de los que tapan— y camisas blancas con corbata —a juego con las medias hasta la rodilla—, no podía evitar mantenerme empalmado casi toda la jornada laboral.

Esto me hacía llegar a casa como un toro bravo. Paula, mi mujer, llevaba una temporada que no se creía que saliéramos a polvo diario —por lo menos— y que a veces la empotrara en el mismo recibidor de la casa, sin dejarla llegar al dormitorio.

*

Aunque un poco tarde, dejadme que me presente. Me llamo Carlos A., y no soy profesor, maestro, ni nada que se le parezca. En realidad soy Ingeniero Industrial. Lo que pasa es que en aquella época una fusión de empresas me había pillado descolocado y acabé en la calle con un talón que, no por ser jugoso, era menos humillante. Después de dedicarle diez años a una multinacional de campanillas, me encontraba en la cola del paro, como tantos otros de mis compañeros.

Por cosas del Karma o por puro azar, resultó que poco después de mi despido me reencontré con Nacho, uno de mis mejores amigos desde la tierna infancia y uno de los mayores puteros que he conocido jamás.

Nacho trabajaba en un centro de estudios religioso como subdirector. De director, en realidad, porque la monjita que presidía el consejo del colegio era un carcamal que solo ejercía de figurante, mientras mi amigo soportaba el peso del día a día del centro. Esto le permitía a Nacho llevar un tren de vida que era de envidiar.

Al conocer mis problemas laborales, Nacho me ofreció un puesto como profesor sustituto. En esas circunstancias, y aunque al principio me resistí, no pude por menos que aceptar la propuesta de mi amigo.

La asignatura que me adjudicó Nacho fue la de matemáticas, y algunas horas sueltas en las de física y dibujo. De esta manera, le ayudaba a ponerle un parche al agujero que le había producido la jubilación anticipada del anterior profesor hasta que encontrara un recambio definitivo.

—Será solo por seis meses, hasta que acabe el curso escolar, te lo prometo —me había asegurado mi amigo—. Para esa fecha ya habré conseguido un nuevo profesor con mayor vocación que la tuya.

—Seis meses y ni un día más —le había advertido yo con una sonrisa.

—Por supuesto, Carlitos, no te preocupes. Tú de momento ponte a la faena y prepara a mis chicas para que al menos aprueben, aunque sean con un cinco pelón, que las muy bobas solo piensan en follar y el que paga el pato ante el ministerio por el bajo rendimiento somos el colegio y yo mismo.

Cuando hablaba de «yo mismo», se refería al bonus que llevaba asociado el éxito o fracaso escolar de sus alumnas —que doblaban en número a los alumnos masculinos—. Y cuando decía que las muy bobas «solo pensaban en follar», me daba por preguntarme cómo sabría él en lo que pensaban las chicas. Y prefería no ahondar en el tema, mejor no estar al tanto de a qué se dedicaba el gran playboy en su tiempo libre, encontrándose entre tanta jovencita.

Total, que allí me hallaba yo aquella mañana de mayo, mientras las chicas —la gran mayoría— y los chicos —apenas media docena— reflexionaban sesudamente sobre las preguntas que les había puesto para el examen mensual.

Miraba a los examinados, sobre todo a las alumnas, desde mi mesa frente a la clase y de vez en cuando me veía obligado a cambiar de postura para evitar que mi paquete se pasara de llamativo. Pocas semanas atrás, mientras el frío apretaba, al menos los leotardos tapaban aquellos muslos imberbes. Ahora que el calor comenzaba a aparecer, los leotardos se habían esfumado, las faldas se habían ido acortando, y era imposible mirar hacia otro lado que no fuera la parte inferior de las mesas donde los muslos asomaban en todas las posiciones imaginables, mostrando bajo las faldas más braguitas de las que hubiera deseado.

Cuando ya pensé que me iba a ser imposible mantener la entereza, el timbre de fin de la clase resonó martilleante, liberándome de la esclavitud de las visiones pecadoras. Un segundo antes me había casi rendido y estaba dispuesto a correr hacia el baño a meneármela desesperado.

Por fortuna el timbre llegó antes.

La mayor culpable de mi desesperación había sido Sonia, una empollona delgaducha que solía sentarse en la primera fila. La chica llevaba todo el examen cruzando y descruzando las piernas y enseñándome lo que había al final de sus finos muslos: un tanga que no llegaba a cubrir la piel y los rizos que se suponía que debería de tapar. Estaba seguro de que la chica había sido puesta allí por sus compañeros para mantener mis ojos ocupados durante el examen y poder copiar a sus anchas.

Un viejo truco sacado de la película Instinto básico.

Y a fe que lo habían conseguido. No me había movido de mi asiento ni un solo segundo, con tal de no perderme aquel libidinoso paisaje. Ese día Paula, mi mujer, iba a llevarse un polvo de campeonato. Si no lo remediaba nadie, en el recibidor de nuestra casa iba a arder Troya, porque a la habitación no creía que pudiéramos llegar con el ardor que me quemaba entre las piernas.

El resultado del examen

Dos días después, tras entregar las notas del examen, se desencadenó el melodrama que habría de hacerme bajar a los mismísimos infiernos.

La mayoría de la gente encaja bien los resultados. A todos nos ha pasado que nos cateen un examen cuando estudiábamos, y lo hemos llevado como hemos podido. Son las reglas del juego y nos ayudan a madurar. Pero aquella chica, Ari, no había dejado de lloriquear desde el momento en que le había comunicado su nota.

Y, lo peor de todo, una vez se hubo vaciado la clase, última del día, Ari y su amiga Eva seguían en la última fila, murmurando entre ellas y mirándome de reojo de cuando en cuando.

Eva había aprobado por los pelos, así que tampoco tenía mucho de qué presumir. Pero la veía esforzarse en consolar a su amiga, sin por lo visto conseguirlo. Cuando dirigían sus miradas hacia mí, cuchicheando, yo me hacía el despistado y miraba hacia otro lado. Ari movía la cabeza negando lo que fuera que Eva le decía y yo empezaba a impacientarme.

Sin saber cómo acabar con aquello, decidí simular que leía un libro de texto a la espera de que ellas se fueran primero. No quería dejarlas a solas por si el asunto que las mantenía allí fuera algo tan grave que, como su profesor que era, me obligara a entrar en escena.

No parecía, sin embargo, que tuvieran intención de marcharse, se diría que pensaran quedarse a dormir allí mismo.

Quince minutos después de finalizar la clase, observé movimiento entre las chicas. Eva se levantaba de su pupitre y se dirigía sin titubeos hacia mí.

Mi mesa se hallaba sobre una plataforma de unos diez centímetros por encima del resto de la clase. Por ello, al plantarse la joven frente a mí, parecía más baja de lo que en realidad era, alrededor del uno setenta.

Eva se situó en una posición erguida, las manos a la espalda, las piernas unidas y los pies en «V». Una postura que se me antojó infantil. Un ligero y continuo movimiento de cadera hacía volar ligeramente su falda hacia uno y otro lado de forma constante. Sus ojos burlones y su media sonrisa se habían quedado fijos en mí. Y se mantenía callada.

—¿Querías algo, Eva? —le dije tras un angustioso minuto de silencio. Ari nos miraba desde su pupitre con ojos enrojecidos. Se había metido las manos unidas entre los muslos y su imagen se asemejaba a la de un cervatillo asustado.

—Si, profesor…

La voz de Eva sonaba melosa y suave. Estaba claro que iba a pedirme algo.

—Ya os he dicho que podéis llamarme Carlos —repliqué amistoso—. No sois niñas de primaria.

—Pues eso, Carlos —se corrigió—. Quiero hablarte de mi amiga Ari.

Se giró hacia ella y la chica del fondo no movió ni un músculo. Parecía haberse quedado congelada.

—Como le digo es por mi amiga Ari —repitió Eva volviendo a hablarme de usted—. Usted la ha suspendido y se encuentra desolada.

—Vaya, ¿y no puede venir ella a hablar por sí misma? —repliqué, esta vez menos amistoso—. Por cierto, Ari se ha llevado un cuatro y medio, pero tú has aprobado por los pelos. Tu cinco coma uno no es para tirar cohetes.

—Sí, pero bueno, al menos yo he aprobado y mis padres no me castigarán, que no es su caso… —carraspeó—. Pero de lo que quiero hablarle no es de eso.

—Ah, ¿no? —me extrañé. No sabía por dónde iban los tiros, así que esperé a que terminara su diatriba.

—No… —Volvió a girarse hacia su amiga haciendo volar su falda de colegiala. Ari abrió mucho los ojos, adiviné que Eva estaba a punto de soltar una bomba—. Lo que yo quiero es explicarle por qué Ari no ha podido hacer un examen mejor.

Me costaba tragar saliva. Aquella escena la había visto yo en más de un video de Internet. Y el final acababa con menos ropa de la que todos llevábamos en ese momento. Cambié de posición para que mi paquete no se mostrara tan evidentemente crecido, aunque no estuve muy seguro de haberlo conseguido.

—Tu… dirás… —fue lo único que conseguí articular.

La chica tomó aire y soltó el mensaje que llevaba preparado.

—Ari no ha podido estudiar más para el examen porque está enamorada de usted. Tanto le ama que no le resulta posible concentrarse.

Soltó y se quedó mirándome tan sonriente como si no hubiera roto un plato en su vida.

—¿¡Qué!? —El aire se solidificó a mi alrededor y se negó a entrar en mis pulmones por unos segundos. Mi corazón se saltó un latido. Aquella frase sonaba a excusa barata, pero era imposible que no te calara muy adentro. Al menos muy adentro de la entrepierna.

—Pues eso, profe… perdón… Carlos… —insistió Eva—. Que Ari está por usted y no hay manera de que se concentre. Por más que estudie, a la hora del examen no consigue recordar lo que ha estudiado.

Estaba claro. Todas las señales iban dirigidas hacia el mismo punto. En cualquier momento me iba a proponer alguna «cochinada» a cambio de las cinco décimas que le faltaban para el aprobado raspón.

Apostaba lo que fuera sin miedo a perder.

Lo que no tenía muy claro era cual debería ser mi respuesta.

Continuará...

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