Los pecados de mi esposa (extracto 6)
La llamada llegó justo cuando el timbre sonaba. Ahora Félix está dentro de su casa, y el silencio que sigue es más aterrador que cualquier grito. ¿Qué hicieron en la cocina mientras él esperaba en el pasillo?
Los días posteriores la vida proseguía y nada nuevo parecía ocurrir. La convivencia en casa seguía enfriándose, a pesar de que notaba a Cris dispuesta a agradarme. Era yo el que no podía verla como la esposa a la que amaba, como era natural, y nuestro matrimonio hacía aguas sin remedio.
En la oficina el trabajo era tan rutinario como siempre. Tan solo los chismes de Laura ponían la guinda a un pastel que, o bien estaba soso, o bien demasiado azucarado.
El miércoles por la mañana una llamada de mi esposa turbó mi día, que hasta ese momento había sido plácido hasta el aburrimiento. Esta placidez estaba a punto de explotarme en la cara.
—Oye, cari, ¿puedes hacerme un favor?
Aquella mañana, Cris me había comunicado que se quedaría en casa a trabajar de forma remota. Teletrabajo, me había comentado, una novedosa forma de trabajar a distancia que querían experimentar en el despacho de abogados. La muy zorra no sabía que yo ya había averiguado que no trabajaba para ningún despacho, así que no hice demasiado caso a sus explicaciones.
—Dime —le respondí a la espera de alguna de sus extravagancias.
—¿Puedes buscar a Félix y darle un recado de mi parte?
¿¡Qué!? Tragué la saliva acumulada en mi garganta en un instante para evitar que se solidificara y llegara a asfixiarme. Y a punto estuve de caerme de la silla. ¿De verdad me estaba pidiendo que hablara con «el vampiro», el hijo de su madre que había intentado violarla por recomendación del «oso», y que se había follado a María delante de mis narices? Joder, no me lo podía creer.
—¿A Félix? —dije sin poder evitar que su nombre me amargara la boca—. ¿Qué coños tienes que hacer con Félix?
—A ver, cari… —puso una voz dulce de víbora—. Ya sé que estamos enfadados con Bruno. Pero Félix no tiene nada que ver con el asunto, ¿no…?
Estaba claro que Cris no sabía todo lo que yo sabía.
—… Y yo tengo un problema que solo puede arreglarme él… —prosiguió. Traté de elucubrar sobre la marcha qué clase de problema podría arreglarle el «vampiro», pero esperé a que ella lo soltara—. Es por el iPhone. Resulta que me está fallando y no consigo hacer carrera de él. Necesito que se pase por casa…
Ahora lo entendía, el muy puerco había conseguido un vínculo de gratitud con Cris a través de su móvil, quien ahora dependía de él en cuanto presentaba el mínimo problema. Estuve seguro de que el muy gañán había preparado el truco para tenerla atada a él. No había conseguido follarse a Cris en la piscina, pero no iba a parar de acosarla hasta llenarla el coño de leche. ¡El hijo de mil p…!
—Déjate de Félix, no lo necesitamos… —traté de disuadirla—. Yo consulto en Youtube y te arreglo el problema esta tarde. No hace falta que le diga nada...
Me temblaban las piernas con solo imaginar que Félix y ella se encerraban bajo nuestro techo. Ya era demasiado saber que la acosaba por los jardines, pero que se la follara en nuestra casa —y tal vez en nuestra propia cama— era, además de despreciable, humillante hasta decir basta. Ya me lo imaginaba cruzándose conmigo por los pasillos de la empresa con su sonrisa de buitre y restregándome por la cara como le había roto el coño a mi esposa mientras yo la creía segura en nuestro hogar.
¡Ni de coña iba a darle un recado al puñetero «vampiro»!
No estaba yo muy encaminado, sin embargo, Cris siempre tenía una sorpresa guardada y no iba a ser menos en esa ocasión.
—No, cari, si no es para que le digas que venga a casa… Es para que le digas que venga más tarde… —El corazón se me saltó no menos de tres latidos al escuchar esto—. Es que, verás… Había quedado con él en que se pasaría sobre las doce. Y resulta que había olvidado que tengo peluquería a esa hora. Estoy tratando de localizarlo pero no lo consigo. Y lo que quiero es que veas si lo encuentras para decirle que mejor venga sobre las dos.
—¿Qué…? —Mis tripas comenzaron a removerse, el sudor ya goteaba desde mi frente a los papeles del escritorio—. No, mira, lo que voy a hacer…
De fondo se oyó un timbre y me quedé cortado. Era el timbre de la puerta de casa.
—Un segundo, cielo, han llamado a la puerta, me temo que es él… —dijo Cris y la oí caminar descalza. Luego debió de mirar por la mirilla antes de continuar—. Sí, es él… Bueno, te dejo… Cambiaré el plan, llamaré a la peluquería y que me cojan por la tarde… Hasta luego, cari…
—Espera, no cuelg…
Pero me cortó dejándome con la palabra en la boca.
*
Me quería morir. ¡El cerdo del «vampiro» a solas con mi mujer en mi propia casa! El mundo se me venía encima. Porque estaba seguro de que el muy perro se la iba a intentar follar. De eso estaba seguro. La duda era si lo conseguiría o no. Quizá llevaba una orden por escrito de Bruno y la muy zorra se ponía de rodillas como una perrita obediente para chuparle la polla blanca y miserable, antes de abrirse de piernas.
Tenía que hacer hasta lo imposible por evitarlo.
Sin poder contenerme, salté de la silla y con la chaqueta en la mano salí del despacho a la carrera. Le dije de pasada a Laura que anulara todos mis compromisos de la mañana y en dos minutos me encontraba en la puerta del parking saliendo como una exhalación.
Si todo iba bien estaría en casa en media hora. Sabía que el cerdo de Félix no necesitaba tanto tiempo para follarse a Cris. Lo había visto en el jardín de Bruno. Le habían bastado diez minutos para correrse sobre la cara de María. Era un eyaculador rápido, incapaz de aguantar más que unos minutos el muy cerdo.
Recé para que Cris le entretuviera con su problema del iPhone y que la faena se retrasara media hora. Justo el tiempo que necesitaba para llegar a impedir lo que me temía que ocurriría si yo no aparecía a tiempo.
El Karma no estaba de mi parte, sin embargo. Un accidente había formado un atasco en la vía de circunvalación y tuve que volver a entrar en Valencia para cruzarla por el interior. Conclusión: en vez de media hora, llegar a casa me había llevado más del doble. ¡Joder!, golpeaba el volante a cada semáforo, cada paso de cebra, cada viejecita que cruzaba la calle a paso de tortuga.
En una hora el puñetero «vampiro» podría haberse follado a Cris dos o tres veces, si es que tenía tanta resistencia —viéndolo no lo parecía— para conseguirlo.
Finalmente me encontré ante la puerta del piso y con la llave en la mano. Me pregunté como era la mejor manera de abordar el problema. ¿Sería prudente entrar dando gritos y montar un espectáculo? ¿O sería más aconsejable tomármelo con tranquilidad y darle un par de bofetadas al puñetero Félix con una calma que dejara boquiabiertos a los dos traidores?
Me decidí por una tercera opción: la de entrar a escondidas. De esa manera podría decidir lo que haría sobre la marcha según lo que me encontrara.
Abrí la puerta con la mayor cautela de la que fui capaz. El silencio en la casa era total. Me descalcé en el recibidor y me asomé al salón para ver si estaban por allí. Nada. Ni mi esposa ni el «vampiro» daban muestras de vida, aunque sí de haber estado allí momentos atrás. Las dos cervezas sobre la mesa, unidas al plato de snacks a medio consumir y a las dos sillas descolocadas, lo atestiguaban.
Una punzada de pánico me traspasó. ¿Habrían estado tonteando mientras revisaban el iPhone y habían decidido irse a la cama una vez calientes? ¿Era capaz Cris de llegar a calentarse con semejante miseria de tipo? Me mordí el labio por no gemir y salí de nuevo al recibidor.
Nada más llegar al pasillo, escuché el canturreo en voz baja de Cris. La musiquilla salía de la cocina. Me asomé a ella con sigilo y descubrí que se hallaba sola. Se estaba afanando con una olla y dos sartenes, cocinando sin duda la comida y la cena del día.
Suspiré aliviado. La cara de inocencia de mi esposa me llenó de calma. Iba a entrar a saludarla por sorpresa, cuando se giró hacia el fregadero. «¡Joder! —me lamenté con la respiración cortada por el estupor—. ¿Qué coño hace mi esposa con ese camisón tan corto y vaporoso?». De frente no se lo había visto porque llevaba un delantal, pero por la espalda comprendí que era una vestimenta impropia para estar encerrada con un extraño. ¡Cerdo Félix y puta Cris!
De todas formas, cabía la posibilidad de que hubiera llevado una bata por encima mientras estuviera con él. Aún no podía sacar conclusiones. Además, el puñetero «vampiro» se había largado hacía tiempo —por lo que parecía—, y eso significaba que no les había dado tiempo para marranadas.
Decidí aparecer ante Cris e intentar indagar los detalles. Pensé invitarla a comer y que dejara lo que estuviera haciendo para la cena. Durante la comida la asaetaría a preguntas. Así que me erguí, estiré la chaqueta e hice el gesto de entrar en la cocina.
*
El ruido de una cisterna me cortó en seco. Eché un paso atrás y agucé el oído. El sonido provenía del baño de invitados, al fondo del pasillo. Joder, me dije, ¿qué coño pasa aquí?
Retrocedí a toda prisa y volví al salón. Desde allí asomé la cabeza para ver de quién se trataba. Idiota de mí, como si pudiera tratarse de otra persona. El capullo de Félix, quién si no, abrió la puerta del baño y salió al pasillo. El cerdo se rascaba la entrepierna muy en su estilo.
A pesar de que lo estaba viendo, no me lo podía creer. ¿Sería posible que al final se la hubiera follado? «Por dios, Cris, ¿cómo has podido caer tan bajo?», me lamenté lloroso. Aun recordaba las palabras de mi esposa el día que había conocido al tipejo de piel transparente: «…con un tío así no me quedaría a solas ni por un millón…», había afirmado categóricamente. Incluso en el jardín le había rechazado cuando intentó tirársela bajo la pérgola. Parecía que ahora no le hacía tantos ascos. ¿Qué coños habría cambiado en Cris? ¿Hasta dónde había llegado su degradación?
El «vampiro» entró en la cocina. Una conversación lejana me llegaba desde allí. No obstante, entre la distancia que nos separaba y el ruido de vapor de la olla, solo captaba un murmullo sordo que era incapaz de descifrar.
Los supuestos amantes —¿habrían follado en realidad?— estuvieron hablando unos cinco minutos. A continuación, Félix salió de la cocina y se dirigió a la puerta de la casa. Cris no le acompañaba mientras se iba. Al menos eso me tranquilizó. Verles dándose un beso de despedida ante mis narices me habría destruido por completo.
Una vez el tipejo se hubo marchado, sopesé cómo actuar. ¿Me presentaría ante Cris y le pediría explicaciones? ¿O haría como si nada ocurriera? Ni idea… Además, mi espíritu no estaba para hablar en ese momento con mi esposa. Lo más probable era que la bronca monumental que la iba a montar acabara en violencia.
En esas me encontraba cuando escuché sus pasos acercándose hacia el salón. Corrí hacia el balcón y me escabullí al exterior. Cris portaba una bandeja para retirar los utensilios que habían usado en el escueto aperitivo. Luego limpió la mesa con una bayeta húmeda.
Mientras faenaba, en uno de sus movimientos la falda se le levantó por detrás. Las bragas, de un algodón blanco de lo más pulcro, se hallaban en su sitio. Aunque fuera una estupidez, me congratulé de haberlas visto. Aquel detalle no significaba nada, pero haberle descubierto el culo al aire habría sido la prueba que demostraría su crimen.
Cinco minutos más tarde, como un cobarde rastrero, huía por la puerta en silencio sin ser capaz de enfrentarme a mi esposa. No tenía ni idea de si Cris y el «vampiro» habían follado o no, pero preferí quedarme con la duda a sufrir por algo a lo que no me podía enfrentar.
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Extracto de mi nueva saga "LOS PECADOS DE MI ESPOSA (1 y 2)", publicada en Amazon el 25-jun-24 y 16-jul-24, y GRATIS para los Kindle Unlimited. No te la pierdas!!!
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