Xtories

Amor se llama el juego...7

Luis está listo para explorar el deseo de su esposa, pero el verdadero peligro no llega a la cama, sino a su despacho. Mientras él abraza la intimidad, Antonio cierra la trampa de la corrupción. La noche promete revelaciones, pero también una amenaza que no se puede ignorar.

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Amor se llama el juego

Capitulo 7

Presiones y Principios

Lola desechó cualquier idea de volver a caer. La promesa que le había hecho a Luis pesaba más que cualquier deseo. No podía olvidar aquella noche, la sensación de ser vista y comprendida de una manera tan profunda, pero se reprimía, consciente del compromiso que había asumido. La culpa y el arrepentimiento seguían siendo compañeros constantes, pero la determinación de mantener su palabra a Luis era más fuerte.

Aquella semana pasó entre dos almas dormidas. Luis y Lola se sumergieron en sus rutinas diarias, pero sus mentes estaban constantemente ocupadas, sopesando lo que iban a decir y cómo abordar el abismo que se había abierto entre ellos. Lola intentaba volver a su rutina, buscando desesperadamente un sentido de normalidad. Había borrado todos los libros de su iPad y el historial de su ordenador, decidida a dejar todo atrás. Volvería a ser la mujer perfecta que Luis merecía.

Luis, por su parte, estaba en un constante estado de reflexión. La conversación con Isabel le había dado mucho en qué pensar, y cada día se encontraba más decidido a entender y aceptar las necesidades de Lola, aunque todavía no sabía cómo.

Una noche, mientras cenaban en silencio, Luis dejó los cubiertos a un lado y tomó aire.

—Lola, sé que hemos estado evitándolo, pero creo que es hora de que hablemos —dijo con firmeza, rompiendo el silencio incómodo.

Lola levantó la vista, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y esperanza.

—Tienes razón —respondió suavemente—. No podemos seguir así.

Luis asintió, tomando un sorbo de agua antes de continuar.

—He estado pensando mucho en lo que dijiste, y he estado investigando un poco por mi cuenta. Sé que prometiste no volver a caer en eso, y aprecio tu determinación. Pero no quiero que simplemente suprimas una parte de ti misma por mí. Quiero entender qué es lo que necesitas y ver si podemos encontrar una forma de integrar eso en nuestra vida juntos.

Lola sintió que un peso se levantaba de su pecho. No había esperado que Luis estuviera tan dispuesto a entenderla, a pesar de todo el dolor que habían atravesado.

—Luis, he borrado todo. Los libros, el historial, todo. Quiero dejarlo atrás —dijo, su voz quebrándose un poco.

Luis negó con la cabeza, tomando su mano.

—No, Si una parte de ti necesita explorar ese mundo, entonces quiero ser parte de ello, quiero que lo hagamos juntos, de una manera que funcione para ambos. Y para que esto funcione, tienes que explicarme lo que te atrae de ese mundo, porque cariño, no tengo la menor idea— Luis apretaba las manos de Lola a la vez que miraba sus negros ojos, atisbando felicidad en ellos.

Aquella mañana, Isabel entregó a Luis el encargo que él le había solicitado. Luis, que había pasado la noche leyendo sobre el tema, estaba entusiasmado por comenzar. Al abrir la caja, sintió una mezcla de emoción y nerviosismo: estaba ansioso por empezar el proceso, pero también temía que el intento pudiera resultar en fracaso. Isabel observaba, compartiendo su emoción y su inquietud.

—Esta noche, dos personas van a disfrutar mucho —dijo Isabel con una sonrisa traviesa.

—Eso espero —respondió Luis, devolviéndole la sonrisa. Estaba deseando que llegara la noche, aunque no podía evitar preocuparse. Se preguntaba si sabría cómo empezar, si sería lo suficientemente bueno o si, en el peor de los casos, acabaría haciendo el ridículo.

—Tienes cita con Antonio, y por el tono de voz que tenía cuando llamó, parece estar bastante nervioso.

— ¿No hay manera de anular la cita? Me está empezando a agotar.

—Es la quinta vez que llama en tres días. Ya no sé qué excusa inventar para esquivarlo.

—Te aconsejo que te andes con cuidado, se lo que hizo por ti, pero no es trigo limpio.

—Lo sé, pero tú también sabes que no puedo firmar la venta. Sin embargo, no hay manera de que lo entienda.

Eran las diez de la mañana cuando Luis recibió la visita de Antonio, un concejal del ayuntamiento. Antonio llevaba más de un año intentando convencer a Luis. Habían sido amigos en el pasado, pero su relación se deterioró el día en que Luis se negó a firmar la venta de unos terrenos. Aunque le ofrecieron mucho dinero, Luis rechazó la oferta porque esos terrenos estaban clasificados como tierras de cultivo. La negativa de Luis desató un conflicto que hizo añicos su amistad.

—Buenos días, Luis.— Saludó mirando brevemente a Antonio.—¿Qué te trae por aquí?— dijo señalando una silla frente a su escritorio

— Ya sabes por qué estoy aquí. Necesito que reconsideres tu posición sobre la venta de los terrenos.

— Mi respuesta sigue siendo la misma, Antonio. No puedo firmar esa venta. Esos terrenos son tierras de cultivo.

—Luis, te han ofrecido una cantidad significativa de dinero. Es una oportunidad que no deberías dejar pasar —espetó Antonio—. ¿Qué te importa que sean terrenos de cultivo? Si no lo haces tú, lo hará otro.

—Pues que lo haga otro —contestó Luis cruzando los brazos sobre el escritorio, sin inmutarse.— Si llevas más de un año insistiendo, es porque no tienes otro notario que acepte la venta. Soy tu única opción para vender esos terrenos.

—Cuando montaste esta notaría, fui yo quien te ayudó. Fui yo quien te recomendó y te dio el empujón inicial. Ahora, en el momento en que más te necesito, me niegas tu colaboración.

—Las circunstancias han cambiado, Antonio. Mis principios no están en venta, incluso si eso afecta nuestra relación. — Luis lo miraba directamente, y siendo bien claro, aquello le podía costar su carrera de notario.

—Estoy bajo una enorme presión de personas muy importantes. Les prometí la historia de la urbanización, y la cantidad de dinero que se repartiría era considerable. Pensé que podrías ayudarme a cerrar el trato. O me ayudas a resolver esto, o estoy acabado. ¿Lo entiendes?

—Si necesitas dinero, yo puedo dejarte…

¿Puedes dejarme algo? No me hagas reír. —Respondió Antonio, con una sonrisa irónica que ocultaba su creciente enfado—. ¿En qué mundo vives, Luis?—No lo sé, dímelo tú.

—Esta vez es la última que te lo pido. La próxima vez que nos veamos, serás tú quien ruegue, y espero que sea pronto. —Dijo Antonio, con una mirada dura y desafiante.

— ¿Eso es una amenaza, Antonio? —inquirió Luis, frunciendo el ceño y plantando firme en su silla.

—Solo te estoy diciendo que la vida da muchas vueltas. Puede que cuando te encuentres en una situación desesperada y llames a mi puerta, no esté para ayudarte. —dijo Antonio, con una mirada fría y desafiante, dando un golpe en la mesa antes de girarse para salir.

Nada más salir de la notaría, Antonio se detuvo en la esquina de la calle y sacó su teléfono. Su rostro reflejaba la tensión acumulada durante la conversación. Marcó un número con manos firmes y esperó, la mirada fija al horizonte mientras el mundo continuaba a su alrededor.

La llamada fue breve, pero cada palabra estuvo cargada de un peligro latente.

—Ya sabes lo que hay que hacer —dijo Antonio con voz fría y decidida. Colgó de inmediato, su respiración acelerada mientras observaba el ajetreo de la ciudad.

Con el teléfono guardado en el bolsillo, se alejó a paso rápido, su mente zumbando con la pesadilla que acababa de desatar. No podía permitir que Luis se saliera con la suya. Sabía que esa conversación había sido un punto de no retorno, y ahora, las consecuencias estaban en marcha.

En la notaría, Luis se quedó solo, sumido en sus pensamientos tras la conversación. El ambiente seguía cargado de la tensión que Antonio había dejado tras de sí. Luis miró el reloj, ansioso por el próximo paso que debía tomar, pero sin tener idea de lo que realmente se avecinaba.