Júlia VII
La entrevista de trabajo era solo una excusa. Él ya sabía que ella aceptaría. Y ella, aunque intentaba negarlo, sabía que no podría resistirse a volver a caer en sus brazos.
CAPÍTULO 7: Una entrevista de trabajo
“Un amigo en la vida es mucho. Dos son demasiado. Tres son imposibles.”
Henry Adams
Junio, 2019, Sara
Me presenté a las nueve como pedía el mail que me remitieron en respuesta a mi demanda de trabajo para aquella agencia, donde solicitaban personal cualificado para manejar bases de datos y con conocimientos de informática.
Llevaba unos meses asistiendo a entrevistas de ese tipo, donde te solían ofrecer en el mejor de los casos un trabajo de mierda, pagado con un sueldo miserable que apenas te daría para mantener tu vivienda y poder comer los quince primeros días con un poco de suerte; pero mi situación con mis ahorros tocando el rojo, no me permitían ser muy selectiva. De hecho, ya llevaba un par de semanas barajando la posibilidad de volver a vivir con mis padres con todo lo que eso conllevaba.
Me hicieron pasar hasta una sala de reuniones donde nos informaron que habíamos sido preseleccionados para una entrevista de trabajo entre más de 200 solicitudes y que tres de nosotros conseguiríamos pasar a formar parte de aquella pequeña empresa.
Éramos 8 personas, cinco chicas y tres chicos todos con edades comprendidas entre los veinte y algo y los treinta años. La verdad es que fueron muy amables con nosotros. Nos ofrecieron desayunar y cualquier bebida que quisiéramos, pero la tensión se palpaba, estaba claro que todos nos jugábamos mucho allí.
Diez minutos más tarde, la secretaría que nos había recibido llamó al primer candidato y se llevó al matadero a uno de los chicos, mientras los demás observábamos a la competencia disimulando tras la pantalla del móvil. Había que valorar mis posibilidades y analicé a mis contrincantes.
Todos daban la sensación de ser universitarios. A mi izquierda una mujer algo más mayor que los demás no parecía encajar en el patrón de selección. Delante de mí, un chico que denotaba un mas que aparente nerviosismo golpeaba con las yemas de sus dedos la mesa de nogal. A su lado, una joven muy guapa y vestida con una minifalda que enseñaba más que ocultaba parecía muy segura de si misma, como si supiera que uno de aquellos puestos le estaba reservado. Desde luego si el entrevistador era un viejo verde, tenía la mitad del camino asegurado, solo tenía que descruzar las piernas y enseñar su tanga rojo que se intuía entre esas piernas kilométricas.
Apenas tardaron veinte minutos en llamar a la siguiente. Ya tenía un tiempo estándar para comparar. Si tardaban menos en concluir la entrevista quería decir que no interesaba, mientras que si se alargaba podría ser síntoma de que estaban interesados en contratarte.
El segundo candidato en abandonar la sala fue el chico que estaba justamente delante de mí. Tardó cerca de cuarenta minutos en acabar la entrevista por lo que deduje que posiblemente una de las plazas se había esfumado.
Fueron entrando los seis primeros, oscilando el tiempo de sus entrevistas entre esos veinte y cuarenta minutos. Solo quedábamos un chico pelirrojo con acné y yo, cuando entró de nuevo la secretaría a eso de la una de la mañana para anunciarnos que se había acabado la selección de personal.
― Mi jefe me informa que no haremos más entrevistas, en breve recibirán por mail la contestación a su solicitud. Les agradecemos el tiempo que nos han dedicado.
No me lo podía creer, después de tenerme toda la mañana esperando, me despedían sin tener apenas el detalle de hacerme una pequeña entrevista par cubrir expediente. Me callé lo que pensaba de ellos, mientras sentía como me inundaba mi rabia camino a la puerta de salida y justo cuando la iba a abandonar sentí como alguien a mis espaldas pronunciaba mi nombre. Esa voz la conocía, no me era extraña; aunque no la reconocí hasta que al girarme quedé otra vez, después de tanto tiempo enfrentada a él.
― Me preguntaba si aceptarías comer conmigo….
No respondí, no sabía que decir. Simplemente me quede paralizada como una tonta, mientras observaba a aquel fantasma de mi pasado que volvía a mi vida.
― A un par de calles hay un restaurante donde voy cada día a comer. Es un sitio tranquilo, pero muy acogedor y la comida es casera de platos sencillos y de temporada.
¿Pero, de qué estaba hablando? ¿Qué me estaba contando? Se había creído este gilipollas que me había olvidado de todo lo que había pasado.
― Mira, es mejor que me vaya. De hecho, yo aquí había venido por otra cosa.
― Sí ya, por el trabajo. Pero tranquila, ya te había elegido, simplemente te he hecho asistir para que los demás no piensen en ningún tipo de favoritismo. Puedes venir mañana a firmar el contrato y te incorporas el lunes si te parece bien.
― Estas de broma. Las cosas no se hacen así. ¿Quieres que acepte un trabajo sin saber qué he de hacer, sin saber qué sueldo tendré, cuáles son las condiciones o qué tipo de contrato pensáis hacerme? Me parece que me habéis tomado el pelo ― dije antes de volverme para salir de una vez de aquella oficina.
― Por favor, dame una oportunidad. Escúchame unos minutos y si después no quieres saber nada más de mí, lo aceptaré y no volveré a molestarte.
Esas palabras dichas con aquel tono de perrito apaleado me hicieron dudar, llegaron a recuerdos muy dentro de mí que ya creía olvidados.
― Llevo 15 días, desde que recibí tu currículum, dándole vueltas a todo lo que quería decirte, escogiendo una por una las palabras que necesito que escuches; pero necesito que me ayudes. Tú sabes lo difícil que es esto para mí, sólo tú puedes entender lo que me cuesta dar este paso.
― Esta bien, una comida; pero no te prometo nada más.
Allí estábamos, sentados en una pequeña mesa, frente a frente en un sencillo restaurante que sólo servía 4 primeros platos de primero y cuatro de segundo. Sin darnos cuenta habíamos elegido lo mismo: una escalivada con anchoas de La Escala y un magret de pato con salsa de grosellas y verduritas de mercado. Él seguía mirándome con esa mirada de perrito apaleado, posiblemente sin saber por dónde empezar, sin atreverse a romper el silencio y provocar la apertura de las compuertas de mis reproches y yo obstinada en no ponérselo fácil, todavía herida en mi orgullo y predispuesta a no concederle la más mínima oportunidad que le permitiera justificarse.
En ese momento, sacó su Iphone del bolsillo de la chaqueta y empezó a buscar, hasta que localizó la foto que me quería enseñar, en ella se veía a una niña de poco más de un año, calculé, que se mantenía de pie a duras penas con una sonrisa. La niña era preciosa, con unos bucles dorados que rodeaban una cara angelical donde destacaban dos inmensos ojos azules. Parecía una modelo de esas que utilizan en publicidad para vendernos todo tipo de productos para bebés.
― Es María, mi hija. Lo único bueno que me ha pasado en esta vida, la razón de mi existencia.
― Si había oído que te habías casado. Las malas lenguas decían que habías dejado embarazada a la madre y te habías casado con ella.
― No eran malas lenguas, eso fue exactamente lo que pasó. ¿Te acuerdas de la noche aquella que nos vimos en el lavabo de la fiesta universitaria y que saliste corriendo sin dejar explicarme?
Y entonces la vi, entonces comprendí. Aquella chica de pelo rubio que había visto salir antes de que Marc lo hiciera. Claro, tenía sus mismos ojos.
― ¿Era su madre, verdad? ― pregunté más por confirmar, pues no tenía la menor duda.
― Sí, aquella noche, comenzó mi infierno; pero a cambió recibí un regalo celestial, mi ángel.
No me gustó su respuesta, no quería inmiscuirme en su vida familiar, no quería saber nada de él. Todavía recordaba el daño que me había hecho, como en un instante derribó el castillo con las ilusiones que había ido construyendo durante meses.
― Pues nada, ya lo sabes para la próxima. Antes de irte de juerga, te pasas por una farmacia y te compras un paquete de preservativos.
Lo dije para hacerle daño, para que se sintiera estúpido y para cortar cualquier intento de confesión. No había querido en su momento explicaciones y ahora cuando ya lo tenía olvidado, lo que menos me apetecía era volver a recordarlo.
― Fue mi primera vez― dijo bajando la mirada, avergonzado tal vez de confesármelo y sentí su tristeza, su dolor y algo en mí que creía profundamente enterrado en lo más hondo de mi ser, se removió y sentí un ligero temblor que estremeció mi cuerpo.
Marc empezó a contarme lo que sucedió aquella noche, una situación disparatada que se acentuó cuando entraron en escena los padres de ella. Si no hubiera sido él, quien me lo contaba, no lo hubiese creído. Seguramente hubiese pensado que me estaba contando una mentira estratosférica con vete tú a saber qué fin oculto. Pero era Marc y yo sabía que todo lo que me estaba contando, aunque me pareciese ridículo en pleno siglo XXI, era la más absoluta verdad.
Cuando acabó su relató, permaneció en silencio; esperando seguramente que le diera mi opinión, que le explicara que me había parecido todo aquello; pero no podía, me había quedado sin palabras, realmente no sabía que decirle y tampoco sabía porqué me había contado todo aquello después de tanto tiempo y cuando ya no tenía importancia.
Afortunadamente nos trajeron el segundo plato, la campana que salvaba al boxeador noqueado y que me permitió cambiar radicalmente de tema.
― Uf, ¡Qué buena cara tiene este plato! Al final no habrá sido tan mala idea aceptar tu invitación.
― ¿Trabajarás para mí? ― preguntó ansioso
La verdad es que mi cuerpo me pedía darle una respuesta negativa y volver a desaparecer de su vida; pero mi actual condición económica no me permitía ser demasiado remilgada.
― Bueno, ya sabes, depende de las condiciones laborales. Precisamente esta semana tengo un par de entrevistas más― mentí descaradamente― y luego ya decidiré la que mejor se adapte a mis pretensiones.
En aquel momento decidí que seguiría buscando trabajo y que solo lo pensaría si me tenía que ver obligada a abandonar mi apartamento y volver con la cabeza gacha a casa de mis padres.
― ¿A qué condiciones te refieres?
― Pues lo típico el horario, la clase de trabajo que tendría que hacer y por supuesto el sueldo, como comprenderás no soy una de aquellas chicas que trabajan por amor al arte.
― ¿Cuánto habías pensado cobrar?
― Pues mira a una oferta de unos 3000 euros netos, en quince pagas probablemente no le diría que no.
Evidentemente había hecho una oferta muy superior a las condiciones de mercado para intentar desanimarlo y que comprendiese que no me apetecía demasiado trabajar para él, pero esta vez la sorprendida fui yo.
― Muy bien, acepto. Puedes pasarte el lunes y tendrás tu contrato fijo con esas cantidades.
― Estás loco, no piensas hacerme una oferta a la baja. No te das cuenta que he exagerado lo que pretendía obtener. Las cosas no funcionan así Marc.
― No pienso discutir por el dinero, solo quiero que trabajes en mi agencia, quiero que trabajes conmigo.
La situación se había salido de madre. No había sido capaz de intuir por donde se desarrollaban los acontecimientos, pero tenía la casi certeza que no iba a ser fácil alejarme esta vez de él.
― Por pura curiosidad, Marc, si te hubiera pedido el doble también hubieras aceptado.
― Por supuesto, ya te he dicho que no es una cuestión de dinero.
Supongo que en esa situación todos pensaríamos lo mismo, pero en realidad esa cantidad era mucho más de lo que había pensado conseguir antes de ir a la entrevista.
― Todavía me tienes que explicar en que consistiría mi trabajo.
― Es mejor que te lo enseñe. Acompáñame a la oficina cuando acabemos y lo verás tu misma.
Así lo hicimos. Tras degustar una cuajada con miel y piñones, nos dispusimos a volver al lugar de trabajo. Mi primer pensamiento fue que si me decidía a trabajar allí, debería tener cuidado con el restaurante donde me había llevado Marc, o mis dos tardes de gimnasio para mantener la línea no servirían absolutamente de nada.
― ¿ A quién has contratado? – pregunté curiosa
― A Guillermo, el chico que se sentó delante de ti nada más llegar.
― ¿Y cómo sabes donde estaba sentado?
― Hay cámaras por toda la oficina. No he dejado de verte mientras hacía las entrevistas.
― ¿Y a él también le has ofrecido un sueldo como el mío?
― No sé, de eso se ocupa Elisa. Todo el tema de contratos, personal y laboral lo lleva ella; pero si estás interesada puedo preguntárselo.
― Casi preferiría saber porqué lo has contratado.
― Guillermo ha salido de la cárcel hace unos días. Se metió en unos ordenadores que no debía y le pillaron. Le voy a confiar la seguridad informática de la agencia. Antes lo hacía yo mismo, pero quiero dedicarme a otras tareas y necesito liberar mi tiempo.
― Pues no sé yo si le confiaría la seguridad de mi red a un hacker confeso.
― Precisamente por eso, es la mejor persona para prever posibles ataques y revelar nuestras debilidades de seguridad. A fin de cuentas, es lo que ha estado haciendo durante toda su vida, pero ahora desde el otro lado.
Tenía su lógica y tampoco era yo nadie para discutírselo; así que le pregunté por la segunda opción que había elegido.
― Alexandra, la chica jovencita que estaba sentada junto a Guillermo. Ha acabado la carrera hace poco y éste será su primer trabajo. Todavía no tiene ni las notas finales.
― ¿No la habrás contratado por la faldita? ― pregunté picante aún a sabiendas que Marc posiblemente no entendería la ironía.
― No que va; pero le he sugerido que venga con otro tipo de ropa a trabajar con la que esté más cómoda. Ha estado toda la entrevista estirando los bordes de su falda y cambiando de posición para no enseñarme sus braguitas.
O precisamente era eso lo que pretendía con tanto movimiento: dirigir su mirada hacia sus partes íntimas; pensé; aunque me abstuve de hacer cualquier comentario al respecto.
Llegamos a la oficina y Marc la abrió con una tarjeta que contenía un chip. Al entrar las luces se encendieron automáticamente y un bip empezó a sonar al lado de la puerta. Marc se dirigió hacia allí e introdujo un código en un pequeño teclado numérico situado junto a la puerta de lo que deduje era una alarma de movimiento. Al instante el silenció invadió las estancias vacías.
― Por favor, acompáñame hasta mi despacho.
Una vez dentro, Marc sacó un portátil de una caja fuerte y lo conectó a la red. Se iluminaron los monitores que tenía sobre una de las paredes y empezaron a reflejar datos. Por lo que pude entrever eran datos de bolsas de distintos países: pude reconocer la de Frankfurt, la de Londres y datos de Wall Street en tiempo real.
En la pared opuesta un póster de más de dos metros mostraba un atardecer en una playa de aguas cristalinas en algún país tropical, Una especie de cabañas construidas con cañas daban pasó a un embarcadero que parecía fundirse con el mar. No me resultaba extraño, ya lo había visto la única vez que había estado en su apartamento para hacer un trabajo en grupo. Era el mismo póster, que tenía en su habitación.
Marc, encendió el portátil y mientras lo hacía, colocó una silla a su lado y me invitó a tomar asiento. El portátil tardó un tiempo en estar preparado, sin duda se había conectado a Internet y había realizado algunas rutinas antes de devolver la operatividad a su dueño.
Lo primero en aparecer fue una burda presentación de un par de alas con el nombre del programa principal: Icarus y después apareció un prompt intermitente, esperando órdenes.
― Dime un valor del Ibex 35, el que tú quieras.
― Ibería ― contesté pues fue el primero que se me ocurrió.
Marc introdujo el nombre junto a la expresión perspectivas de futuro y pulsó enter. El ordenador estuvo unos segundos sin responder hasta que pareció volverse loco y empezó a volcar datos en la pantalla. Marc envió aquellos resultados a la impresora láser y me pasó las más de veinte páginas que había impreso a ambas caras.
Al leer las primeras páginas, pude observar como se acumulaban todos los datos de la compañía en los últimos años, Era impresionante comprobar el nivel de detalle que manejaba el programa.
― ¿Es una base de datos económica?
― Ve a las últimas páginas.
Y al hacerlo un escalofrío recorrió mi espalda. Las tres últimas paginas no eran datos, eran valoraciones, predicciones y sugerencias de inversión, clasificadas por la probabilidad y el posible beneficio. La primera sugería que Ibería iba a absorber a Air Europa y que las acciones de esta última compañía se iban a revalorizar entre un 15 y un 17 por ciento, lo cual tuve oportunidad de comprobar semanas más tarde.
― Es imposible, nadie ha llegado todavía aquí. ¿Has creado una IA?
― Sí. es mi proyecto de los últimos cinco años. Una inteligencia artificial que opera en el mundo de las finanzas, que es capaz de predecir los movimientos que se producirán en los mercados. En si, el proceso no es muy complicado: se alimenta de datos que le suministramos diariamente y busca patrones con un algoritmo de mi invención. El programa es capaz de autoevaluarse, dicho de otra manera, está aprendiendo continuamente.
― ¿Qué fiabilidad tiene?
― Hasta ahora un 95 por ciento, pero cuando demos un paso más, espero subirlo hasta el 99%. Necesito los datos de las bolsas asiáticas en tiempo real: Por eso cada uno de vosotros tendrá una guardia de día a la semana e introducirá por la madrugada los datos del Nikkei, japonés, el FTSE chino y la SEHK de Hong Kong. Estos datos nos harán subir la fiabilidad de las predicciones y convertirán a Icarus en la gallina de los huevos de oro.
― ¿Quiénes son los inversores?
― No tienes que preocuparte por esto, simplemente saber que son cuentas establecidas en paraísos fiscales que se van moviendo según las sugerencias de Icarus. La gente utiliza estos paraísos para ocultar el dinero, pero nuestra idea es totalmente opuesta, ese dinero está vivo, se mueve y se multiplica siguiendo sus indicaciones.
― ¿Por qué Icarus?
― Supongo que conoces la leyenda griega. Icaro era hijo de Dédalo y para escapar de la tiranía de Minos, rey de Creta, habían fabricado en secreto unas alas de cera para poder volar lejos de su dominio. Sin embargo, Icaro debía recordar no volar demasiado bajo, pues las olas podñian arrastrarlo al mar. Ni demasiado alto, evitando acercarse al sol porque ello provocaría que el calor derritiese sus alas y caería al Mediterráneo donde moriría.
― ¿ Y eso es lo que pasó al final, no?
― Sí y la función del nombre es recordarme que yo no debo seguir sus pasos, que no me debo dejar deslumbrar por el sol y que no debo volar tan cerca del sol.
― No sé qué quieres de mí, no sé que pinto yo aquí.
― Te necesito, tú me conoces. Sé que puedo confiar en ti y que tú conoces mis limitaciones, que me puedes cubrir si fuera necesario, Nadie de los que trabajan aquí, saben exactamente lo que están haciendo y por supuesto no tienen ni idea de la potencialidad de Icarus, Manejan unas piezas del puzzle que no les permite ver la imagen original.
― Tengo que pedirte una condición indispensable para aceptar tu proposición.
En ese mismo momento sonó una alarma en su reloj. Marc miró su reloj antes de explicarse.
― Tengo que ir a buscar a mi hija al parvulario. Hoy me he saltado mi gimnasio para explicarte todo esto. Cada día acudo allí un par de horas antes de recoger a mi hija.
― Necesito tiempo para pensarlo.
― Por supuesto, no quiero presionarte., pero dime, cuál era tu condición
― Veras, Marc quiero que tengamos una relación puramente laboral, que no influya en nuestra vida personal. Si no somos capaces de separar estos mundos, prefiero no empezar a trabajar para ti.
― Descuida, será como tu digas
Y no pude dejar de observar cierta tristeza en sus ojos, como si me estuviera pidiendo algo más y no se atreviera a manifestarlo. Por otro lado, en aquel momento, no me encontraba en disposición de ofrecerle nada más. Las heridas estaban todavía demasiado recientes y apenas habían empezado a cicatrizar.
Nos levantamos e invertimos el proceso que habíamos realizado a la entrada. Bajamos en silencio, sin saber qué mas decirnos y nos despedimos en la puerta como esos dos viejos amigos que no se habían visto en años y que ahora no acababan de reconocerse.
―¿¡Te unes a nuestro equipo?
― No sé, Marc, tengo que pensarlo este fin de semana. No es una decisión fácil, han pasado demasiadas cosas.
Bajamos en silencio, recogidos cada uno en su mundo, presos de nuestros silencios. Ambos cogimos caminos opuestos. Marc se alejó, mientras yo permanecía por unos momentos inmóvil junto a aquella puerta de hierro forjado, sin saber realmente qué hacer. Y entonces le vi darse la vuelta, buscarme con su mirada y en ese mismo momento supe a ciencia cierta que nuestros destinos estaban indisolublemente unidos y que por mucho que lo pretendiésemos, por mucho que los acontecimientos se hubieran empeñado en separarnos, había una fuerza que provocaba nuestra atracción fatal, un nexo que nos ligaba sin razón y ahí supe que la próxima semana volvería y firmaría el contrato, no por las magníficas condiciones que me ofrecía, sino porque aquel enlace me permitía seguir junto a Marc y no abandonar su vida, mientras otra parte de mí, alojada en mi cerebro, me gritaba que me fuera, que desapareciese, porque aquella decisión podría hacerme mucho daño y hacia ya tiempo que había decidido que no vale la pena sufrir en esta vida, es demasiado corta para estar siempre arripintiéndonos.
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