Buenos vecinos
Se quedó solo en casa y buscó distracción en un sex-shop, pero no esperaba encontrar a su vecina tras la cortina del probador. Ella sabía exactamente qué efecto le causaba su vestido, y él, incapaz de resistirse, aceptó el juego. Ahora, con el esposo mirando y el coche esperando, la tensión sexual ha cruzado el umbral de lo permitido.
Hace unos meses abrieron un mega sex-shop cerca de donde vivo, pero por diferentes motivos no había tenido la oportunidad de ir a visitarlo, hasta hace unas semanas.
Mi mujer y los niños iban a pasar una semana a casa de unos tíos de mi mujer que viven en Francia. Por suerte, por motivos laborales no podía acompañarlos, quizás exageré los problemas que teníamos en la empresa, y la comprensión de mi esposa, que sabe que al no hablar nada de francés, los días con sus parientes se me hacen eternos y me he quedado solo en casa 10 días, ¡10 gloriosos días!
El sábado, a media tarde, después de haber despedido a la familia, me acordé que tenía la visita pendiente al sex-shop y decidí que me acercaría a investigar antes de ir a cenar con los amigos, y si veía algo que me gustara quizás haría un regalo a mi mujer para la vuelta.
Sobre las 17:00 entraba en ese santuario del placer. No había mucha clientela y esto me gustó, podría pasear tranquilo. Iba pasando por la cantidad de pasillos y alucinando con todos los juguetes expuestos, hasta que llego a la zona de ropa, voy viendo los diferentes modelos e imaginando como le quedarían a mi mujer, sumergido en mis calientes pensamientos, cuando levanto la mirada y fuera de los probadores veo a un vecino que parece esperar a alguien que está en el probador, sostiene una chaqueta y un bolso. Mi yo voyeur aparece y busco un escondite donde pueda ver con quien ha ido de compras mi vecino, será su mujer, será una amiguita… No tardo mucho en averiguarlo, del probador sale su mujer con un minivestido negro, arrapado como una segunda piel, lleno de agujeros a excepción de los puntos claves, pechos, entrepierna y culo. Da un par de vueltas sobre si misma lentamente, para que su marido pueda dar su opinión, ¡y creo que por la cara que pone le gusta y le calienta tanto como a mi!
Son una pareja algo mayor que yo, normales, nada de gimnasio ni excesivas grasas, del montón. Ella morena, con el pelo ondulado, de complexión grandota, pero hasta ahora no podría definir su cuerpo, ya que nunca la había visto con una ropa tan ceñida! Tiene unos pechos generosos, sin ser escandalosos, una barriguita fruto de la edad y de los dos críos que tienen y un culo algo caído pero que me está enloqueciendo… El marido más delgado que ella, la típica pareja que se ve claramente que manda ella.
Se ponen a hablar del vestido, el marido resigue la piel que queda expuesta en los agujeros mientras le dice cosas que no llego a escuchar, y ella sonríe y viendo como reaccionan sus pezones, le gusta como suena.
No se que me pasa por la cabeza, que sin pensarlo o fruto de la calentura, me hago el distraído y avanzo hacía ellos, hasta que oigo un “¡Ei! ¿Que haces por aquí?” Me hago el sorprendido y me giro hacía ellos, “¡Hola! Que casualidad… pues me he quedado solo en casa y he aprovechado para venir a chafardear, que no había venido aún. ¿Y vosotros, veo que de compras?”
Estuvimos un rato hablando y me maravillaba su tranquilidad al hablar conmigo, teniendo a su mujer vestida tan sexy, y ella parecía disfrutar de ser el centro de atención de dos hombres. Con los pantalones cortos que llevaba yo, cada vez se me hacía más difícil disimular la erección creciente que me provocaban sus gestos, su sonrisa, sus caricias, cuando sin aparente importancia tocaba mi brazo… y creo que no lo pasó por alto, cuando descaradamente miró mi entrepierna, se mordió el labio y dijo: “Bueno, creo que me lo quedo, ya que os gusta tanto a los dos!” Y mientras iba hacia el probador, añade “Pero tendrás que ayudarme a sacármelo que me va muy pegado”. Su marido empieza a ir hacía ella, y de repente se gira y le dice, “Tu no, él”, señalándome a mi!!
Me quedo de piedra, y más cuando el marido me mira con una sonrisa cómplice y me hace un gesto de torero para darme paso hacía el probador donde ya está entrando su mujer. Como un autómata voy hacía ella y al ir a cerrar la cortina ella me para el brazo y sonriendo, hace que no con la cabeza, se da la vuelta y levanta los brazos. Mis manos se posan sobre sus muslos desnudos, donde termina el vestido y empiezan a subir lentamente, subiendo el vestido con ellas, sintiendo su suave piel. Su culo empieza a asomar y parece desnudo, hasta que veo que lleva un tanga de hilo color negro. Su respiración profunda, ahoga algún gemido al notar que mis manos dejan el lateral de se cuerpo, para dirigirse por su barriga hacia el bajo de sus pechos, para liberarlos del vestido… alucino al pensar lo que estoy haciendo, pero no puedo parar, noto sus pezones duros en mis palmas, pero tengo que seguir hasta quitárselo del todo. Ella echa su culo hacia atrás y se roza en mi entrepierna dura como una piedra. ¡Momento que recuerdo que la cortina no está echada y su marido ¡está fuera! Lo miro, y está sonriendo con cara de placer y con la mano dentro de las bermudas, le devuelvo la sonrisa, y veo que mi querida vecina está apunto de ponerse el sujetador, la paro y le pregunto si es necesario. Ríe, se los tira a su marido y se pone el vestido floreado con el que había venido.
Pagan el vestido y salimos los tres, me dicen que han venido en coche, lo tienen aparcado en un parking cercano, si quiero me acercan a casa que ellos también van para allá. Acepto y no dirigimos los tres, hablando de banalidades, aunque las frases con doble sentido van ganando protagonismo.
Supongo que al ser verano no hay muchos coches y al llegar al suyo, suelta un “Yo ya no aguanto más, vigila”, le dice a su marido, y sin darme cuenta se pone de cuclillas frente a mi, me baja los pantalones y empieza una mamada espectacular, sus labios carnosos, su lengua, me hacen tocar el cielo. Con la calentura de toda la tarde no aguantaré mucho, y cuando se lo digo, aumenta el ritmo y no para hasta que me corro en su boca y limpia hasta la última gota. Se levanta relamiéndose y nos fundimos en un beso lascivo, donde nuestras lenguas entran en batalla y mis manos estrujan sus nalgas con pasión.
Nos despegamos acalorados, es mi turno de darle placer, la subo sobre el capó del coche, le levanto la falda, aparto el tanga y descubro su conejito completamente depilado, húmedo y brillante que no puedo esperar ni un segundo en saborearlo. Mi lengua lo resigue lentamente deleitándome como un manjar, no puedo parar y sus gemidos me indican la velocidad de mi lengua. No paro, cuando me dice que se corre, quiero llevarla hasta donde ella me ha hecho llegar y por los tacos y palabrotas que suelta y lo que le dice a su marido, creo que lo he logrado!
Nos adecentamos la ropa y nos montanos en el coche.
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