El provocador sueño del fauno
Mario siempre fue celoso, pero esta noche la curiosidad lo devora. Elena sabe que tiene el poder de encenderlo con una mentira, o quizás con una verdad que nadie creerá. La arena, el mar y dos extraños desnudos son el escenario de un relato que promete cruzar la línea entre la fantasía y la realidad.
Giramos en la rotonda de acceso al pueblo y, al final, entre las casas, se veía el acceso a la playa. En ese momento le vi, era Mario, mi novio, que hablaba con tono preocupado y alterado con dos socorristas de costa de la Cruz Roja. El Seat Panda descapotable en el que iba frenó torpemente, con un chillido agudo de sus frenos, a escasos metros del grupo y yo me puse de pie sacando medio cuerpo y apoyándome en el parabrisas:
¡Mario, estoy aquí!. - grité agitando la mano.
Mi novio dio un respingo de sorpresa y se volvió hacia mi al instante, primero con cara de alivio y después de franca sorpresa al comprobar que estaba en un coche extraño, acompañado de dos chicos, uno al volante y el otro en la parte trasera del coche.
Por dios Elena, ¿donde estabas?. Estaba muy preocupado y a punto de acudir a la guardia civil.
Lo se amor… - dije bajando del coche y abrazándole - Lo siento.
¿Pero que ha ocurrido?. - Volvió a preguntar perplejo.
Te quedaste dormido en la arena y aproveché para bañarme con la colchoneta de aire; pues me despisté y, cuando quise darme cuenta, la corriente me había alejado de la playa y era incapaz de volver a la orilla. La marea ha acabado sacándome de la bahía y he podido alcanzar una pequeña cala al otro lado del cabo.
¿Te has lastimado?. - preguntó de nuevo apurado, al ver mi pie torpemente vendado.
No…. No es nada, no te agobies. - le tranquilicé - Mira, déjame que te presente a mis nuevos amigos. - dije señalando a lo chicos del coche que se apearon y bajaron a nuestro lado - Son Luca y Matteo, dos chicos italianos que estaban en la cala; gracias a ellos he podido salir del agua y me han curado el pie.
Muchas gracias chicos, de verdad. - dijo mi novio sinceramente, mientras estrechaba la mano de uno y otro, efusivamente.
Ha sido un verdadero placer - dijo Luca, con una sonrisa perfecta y brillante que destacaba como un faro sobre su tez morena, mientras le guiñaba el ojo, cómplice, a Matteo.
Nos despedimos de ellos después de agradecerles mil veces el haberme ayudado y acercado a mi playa en coche y nunca los volvimos a ver. Aquel era el sofocante verano del 92, el año en el que España bullía con las celebraciones de la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona.
Era agosto, me encontraba en un pueblecito del Baix Emporda, disfrutando de unas vacaciones con mi novio, al sol estival. Estábamos en un hotel pequeño y discreto, cuya puerta daba directamente a una playa preciosa, en una especie de bahía natural estrecha. La verdad es que no teníamos planes especiales: nos pasábamos los días en la arena, ocupados en descansar y las noches no nos cansábamos de hacer el amor.
No obstante, la misma tarde del incidente de la colchoneta, al llegar después de cenar a la noche al hotel, mi novio no pudo contener la curiosidad:
Oye Elena, no he podido evitar fijarme… estos italianos que te han ayudado, Matteo y Luca… lo cierto es que eran dos tíos muy guapos.
Pues si, la verdad. - respondí de forma natural, riéndome de la ocurrencia, mientras me desnudaba para ponerme el camisón.
Osea que no lo niegas.
¿Porque iba a hacerlo?, es demasiado evidente para negarlo. - dije mientras me tumbaba en la cama de un salto, quedando sentada apoyada sobre el cabecero.
¿No habrá pasado algo entre vosotros?. - preguntó Mario con la voz atragantada.
¿Pero que dices?. - conteste medio airada - No empieces con tus paranoias. - A mi novio siempre le rondaba la idea de que todos los tíos me echaban la caña.
Anda ven aquí… acuéstate a mi lado. - Le dije de forma tajante.
Se tumbó a mi lado, boca arriba, solo vestido con un boxer negro que permitía advertir de forma obvia lo evidente: tenía una erección de caballo.
¿Pero oye?, ¿no te estarás poniendo bruto con la idea loca de que voy por ahí tirándome parejas de italianos buenorros?. - Le dije medio riendo.
Puede ser.
No fastidies… - Le dije mientras le daba un juguetón mordisco en el cuello.
¿Lo has hecho?. - Dijo con la voz temblorosa, mientras me sostenía la mirada.
¡Pero que dices Mario!. - Le susurré mientras le seguía besando el cuello, notando como se le erizaba el pelo de todo el cuerpo.
Digo que me gustaría que me contaras lo que ha pasado….
Y si no ha pasado nada… que quieres que te cuente, ¿pretendes que me lo invente?.
Prueba a ver cómo sale.
Me dejó perpleja su actitud, llevábamos poco tiempo juntos y estas historias me sorprendían entonces mucho. No obstante, le notaba tan excitado que yo tampoco podía evitar empezar a estarlo, de manera que comencé el relato, prácticamente susurrado a su oido, nuestros cuerpos candentes en contacto.
Esa misma mediodía, en la playa, habíamos decidido comer ligero, simplemente un bocadillo en el chiringuito del extremo oriental del arenal. El calor era sofocante, pero debajo de la sombrilla de estera y acompañado de una cerveza helada, se soportaba de manera decente. Después de comer regresamos a la toalla, protegidos levemente por la sombra de una roca y Mario se quedó dormido prácticamente al instante. Yo decidí darme un baño para combatir el sopor y el calor y me lleve la colchoneta de aire que solía colocar en la arena, para estar más cómoda. El agua estaba solamente fresca y me tumbé boca abajo en la colchoneta. Navegué un poco hacía fuera de la playa, sobre todo para evitar miradas indiscretas, porque mi biquini blanco, aunque precioso, dejaba poco a la imaginación cuando se mojaba.
A unos 30 metros de la orilla me coloqué boca arriba y cerré los ojos. Fueron unos escasos minutos de paz, sintiendo sobre mi cuerpo el dulce vaivén de las tímidas olas, el calor del sol en mi torso y el fresco del agua en mi espalda. Entonces abrí los ojos y me percaté de mi error… la corriente me había desplazado hacía fuera otros 30 metros y pegado a las rocas del costado occidental de la playa. Me di la vuelta en la colchoneta e intenté navegar impulsándome con las manos, como si estuviera en una tabla de surf, pero era en vano, sin avance y con mucho desgaste físico. Empecé a asustarme, pero sabía que era mejor mantenerme a flote, abandonarme a la deriva y ver donde me llevaba, ahorrando las fuerzas y aprovechando la oportunidad de pedir ayuda a alguna embarcación o gente de la costa. En pocos minutos, la corriente me había desplazado hasta el extremo de la bahía y a babor se presentaba un cabo de tierra romo, escarpado, de unos 15 metros de altura. Empecé a remar en esa dirección, hacia fuera y doblando el cabo, saliendo de la corriente.
Ahora me mantenía estática, pero ya no veía la playa desde la que venía y no me quedaba otra que seguir navegando siguiendo la linea de costa y salir en otra playa más al norte. En apenas 5 minutos, de nuevo un cabo a babor, esta vez afilado y estrecho, pero bastante mas alto, que al doblarlo daba paso a una cala de apenas 10 metros, en la que entraban olas de medio metro, con empuje suficiente para llevarme a tierra.
Aproveché su inercia y avancé directa a tierra, esta vez empujada por la marea y posiblemente con demasiada inercia, de manera que la ola me empujó a estribor, hacía unas rocas afiladas y amenazadoras. Salté justo en el último segundo, antes de impactar con las rocas, la colchoneta pinchada y destrozada y me sumergí profundo para salir de la inercia de la ola. Cuando emergí unos 6 metros avante, estaba apenas a 15 metros de la orilla de la cala… nadé con impulso y en los últimos 4 metros una ola rompió sobre mi, dándome dos vueltas e impactando mi pie contra una roca.
Al instante noté unas manos y brazos fuertes que tiraban de mi y me sacaban a la orilla, colocándome de espaldas sobre la arena. Yo tosía y mantenía los ojos cerrados y el cuerpo exhausto por el esfuerzo; pasaron unos minutos hasta que los abrí y entonces los vi: eran dos hombres, algo mayores que yo, morenos de piel, como de otro planeta, con dos cuerpos esculpidos con cincel sobre mármol, prácticamente fabricados mediante un molde apolíneo. Y, sobre todo, imposible de obviarlo… totalmente desnudos, agachados preocupados sobre mi, sus penes colgando a la altura de mi cara, como la fruta prohibida del paraíso.
¡En serio!. - Interrumpió exclamando Mario.
Claro amor; es que era una cala solitaria, de muy difícil acceso y estaban ellos dos solos y aprovechaban para hacer nudismo.
Joder….. ¿y como tenían la polla?.
Que morboso eres cielo. - Dije dándole un beso fugaz en la boca mientras mi mano se posaba en la suya, triunfante como un obelisco. - ¿De verdad lo quieres saber?
Siiii.
¿Pero qué más te da, que vas a ganar con saberlo?. - Pregunté airada sin entender nada.
Pues si quiero saberlo. - Dijo medio enfurruñado como un crio.
Luca, el más alto, la tenía parecida a la tuya… pero la de Matteo, el más bajo, como un bate de béisbol. - Le solté a bocajarro pendiente de su reacción.
¿En serio? - Preguntó excitado, mientras continuaba acariciándole el pene por encima del boxer, notando como palpitaba rítmicamente bajo el contacto de mi mano.
Totalmente amor…… pero déjame que te siga contando. - Le dije juguetona, decidida a elevar la apuesta.
Yo me mantenía tumbada recuperando el aliento y después de presentarnos los tres y explicarles con detalle lo que me había pasado, Luca se preocupó de mi herida cortante del dedo gordo del pie. Sangraba un poco, pero no gran cosa. Se acercó a la orilla y tomando agua de mar entre sus palmas regresó donde estaba. Se arrodillo ante mi, sus atributos colgando libre como el péndulo de un reloj y yo luchando por evitar fijar la mirada. Entonces, me pidió que apoyara el talón en su muslo, a mi me pareció que peligrosamente cerca de lo suyo y con el agua limpió delicadamente la herida, de la arena que la manchaba. Después con sus dedos, durante unos minutos, presionó firmemente la herida para que coagulara. Entonces, fue cuando señalándome el torso me dijo que me cubriera, puesto que tenia un pecho fuera del sujetador del bikini; yo no me había percatado, seguramente se había descolocado en la lucha con la ola y me lo recoloqué rápidamente con mucho pudor, más del obvio si se tenía en cuenta que seguía vistiendo el bikini blanco, totalmente mojado, que dejaba transparentar los pezones e incluso los labios vaginales; y, entonces, sin mediar provocación, Luca soltó la presión sobre mi dedo, colocó mi talón en la palma de su mano mientras con la otra me asía el empeine y elevó mi pie, acercando mi dedo herido a su boca, hasta llegar a chuparlo, como si pretendiera extraer un imaginario veneno, mientras me miraba intensamente a los ojos, desde el azul intenso del mar de los suyos.
¡No me jodas!. - Interrumpió de nuevo Mario.
Si amor… y tu sabes lo que me pone que me anden en los pies.- Ahora ya tenia la polla de Mario en mi mano, notando su calor y aplomo, pero expectante.
¿Y qué paso? - Preguntó temblando.
¿Tu que crees?.- Le susurré mientras empecé a masturbarle muy lentamente.
Dímelo tu…
Seguro que quieres que siga.
Siiiii.- Casi suplicó.
¿Estás seguro de que quieres cruzar esta línea, amor?. - Le dije sensualmente al oido, mientras mi mano seguía trabajando abajo.
Seguro.
En un minuto, seguía tumbada sobre la cálida arena, pero casi como por arte de magia, totalmente desnuda y con la cara de Luca entre mis piernas, mis dedos enredados en sus rizos azabache y mis pies apoyadas sobre su espalda, mientras su lengua se afanaba en besar mi sexo, descubrirlo, delicadamente, por momentos fieramente, su nariz apoyada en mis labios, afanándose en sorber todo lo que salía de mi; puntualmente deslizaba mi mano a mi clitoris y ayudaba a estimularlo, como pidiendo auxilio, pero cayendo en la trampa de un mayor placer, mi cabeza dando vueltas en un sentido y mi cerebro anestesiado de placer en otro, totalmente desorganizados. Entonces giré la cabeza y vi a Matteo, como través de una cámara velada y en cámara lenta. Sin embargo, estaba apenas a 3 metros de donde yacíamos Luca y yo, sentado sobre una roca, aparentemente atento pero indiferente, si no fuera por su polla, totalmente erecta, hermosa, amenazante y grande y cruzamos nuestras miradas, sosteniéndolas levemente. Al instante noté que Luca se había detenido abajo y giré la cabeza hacia él con media súplica para que continuara. Sin embargo, estaba de rodillas, entre mis piernas, mientras sostenía su polla con la mano derecha, apuntando directamente a mi sexo, como montando guardia y pidiendo patente de corso.
¡No me puedes estar contando que te lo has acabado follando!. - comentó Mario, aunque su voz denotaba una excitación muy por encima de cualquier ira.
Pues no te lo cuento. - Se dio la vuelta mirándome a los ojos por un instante y de un tirón me arrancó el camisón y un leve grito y soltó los ligeros botones que lo mantenían atado, liberando mi cuerpo desnudo; sin embargo se dispuso como un niño, tumbándose de espalda sobre mis pechos, como si le estuviera leyendo un cuento y mi mano volvió a su pene, caliente como el acero laminado, acariciándolo suavemente. Arriba, abajo y arriba de nuevo y abajo otra vez…
¿Te ha follado ese tío?
Igual me lo he follado yo a él - Respondí dulcemente mientras seguía pajeándolo - ¿Sigo o no sigo?.
Por supuesto.
¿Pero sabes donde va a acabar esto?. - Le pregunté seria, para que fuera consciente.
Me lo imagino… pero necesito que sigas.
Cuando vi a Luca parado entre mis piernas no pude soportarlo, al fin y al cabo una no es de piedra. El no se animaba a dar el paso, simplemente me miraba a la cara y su mirada felina recorría mi cuerpo desnudo, recreándose en los detalles, como quien anticipa el sabor de un postre que está a punto de comerse; así que, flexionado las piernas e incorporándome un poco retiré su mano, que seguía sosteniendo su pene y agarrándolo con la mía lo guié hacía mi sexo. Estaba tan lubricada del trabajo con su boca, que en apenas un segundo lo tenia totalmente dentro de mi, mientras con mis manos apretaba sobre sus glúteos marmóreos, como si quisiera atravesar un límite físico que no es posible cruzar…. Y, a la vez, con mis mismas manos sobre sus glúteos, muslos y espalda, como si fueran unas riendas imaginarias, marcaba el ritmo de su empuje… lo quería despacio, intenso y profundo, porque tenia miedo de correrme demasiado pronto y sentía que lo que allí ocurría, el tacto de la arena en mi espalda y como me hundía en ella en cada embestida, la calidez del sol en mi cara y en mis pechos, el sabor del salitre en mi boca y sobre todo el peso de su cuerpo en mi cuerpo, era un momento único e irrepetible… y lo sentía todo, conectado con aquel hombre a través de nuestros sexos palpitantes y chocantes, pero húmedos y cálidos, justo como lo son las noches de verano. Y de nuevo, al girar la cabeza, lo vi a él… Matteo… seguía sentado en su roca, como un perro fiel, pero su mano delataba su impulso, masturbándose de forma rítmica, varonil y salvaje, con un pene que desafiaba las leyes de la física, mientras su mirada estaba absorta y centrada absolutamente sobre el lugar donde Luca y yo nos fundíamos en uno. Y su mano seguía exactamente la cadencia de las penetraciones de Luca, como si los tres estuviéramos conectados de forma sincopada…. Y entonces, jugando con el ritmo, el espacio y el tiempo, animé a Luca que fuera más rápido y más fuerte y comprobaba que Matteo seguía el ritmo y aquella conexión me mataba y supe que me iba a correr, disolviéndome sobre esa arena hacía el mar, para reespeciarme en sirena y como las olas del océano, a golpes, impulsos y rompientes, desde mis pies hasta el cabello, a lo largo de todo mi cuerpo, convulsionando, el placer se cebó en mi… dejándome exhausta y laxa.
¡Hostia Elena!.
¿Qué?.
¿Cómo te lo has pasado?.
También estás tu disfrutando… o ¿no?. - Seguía masturbándole y por su jadeo rítmico sabía que estaba a punto de caramelo.
¿Y me quieres convencer de que tu te has corrido y ellos se han quedado a dos velas?.
No.
Y, ¿entonces?
No estoy segura de que quieras que siga. - Le dije incrementando el movimiento y la firmeza de mi mano sobre su pene.
Sigue.
Seguro…..
Sigue.
Cuando Luca me vio rendida por el esfuerzo de la aventura y la aventura del placer, tuvo la delicadeza de frenar; aunque seguía dentro de mi y notaba como su pene palpitaba contra las paredes de mi vagina. Después de unos instantes, supe que se merecía su premio y le hice salir tristemente de mi y ponerse en pie. Le tomé de la mano y recorrimos ambos los escasos metros que nos separaban de Matteo, que seguía sin perder detalle, semirecostado sobre su trono de piedra, como la deliciosa estatua del provocador sueño del fauno. Me acerque a él, Luca un poco atrás, de mi mano y le di un tierno beso en los labios y al instante, sin dejar de mirarle, me puse a sus pies, ofreciéndole mi grupa, a cuatro patas, implorando su lanza… y cuando descendió de su púlpito, de forma experta, me la metió de un golpe, y por poco exploto, apenas pudiendo seguir el ritmo y era como si su pene me tocara y me llenara toda, como si esa polla estuviera hecha solo para mi, como si el encaje fuera pluscuamperfecto. Entonces, con la mirada invité a Lucas a participar y lo comprendió exactamente y con su mano derecha guió su pene pegajoso y caliente introduciendo su glande en mi boca; comencé a presionar su base con mis labios y a atraparlo entre el dorso de mi lengua y el paladar. Poco a poco más porción de su tallo avanzaba en mi boca, mientras sus manos se posaban en mi cabeza y guiaban la mamada, como si se estuviera follando mi boca, acompasado con los empujes de Matteo, que detrás tomaba posesión de mi sexo, bramando como un búfalo. Y era imposible que en esta situación tan morbosa, con la polla de mi vida bombeando sin perdón y el pene de un chulazo en mi boca, pudiera aguantar mucho y de nuevo exploté como una primeriza, con un orgasmo como un trallazo y justo en el segundo antes de explotar meándome de placer encima y Matteo, al comprobar que me estaba matando de gusto, no se pudo contener y se corrió dentro de mí sin sentido, como quien abre una fuente de leche condensada o como quien rellena un bollo de nata con una manga pastelera. A la vez Luca, en primera fila de ese espectáculo lascivo, tomando mi boca, se quedó de repente como paralizado por el rayo de una tormenta en la mar y saliendo de mi boca agarró con su mano izquierda mi melena, empujando mi cabeza hacia atrás y con la mano libre sostuvo el mismo su pene henchido, empezando a frotárselo firmemente, a escasos centímetros de mi cara, apuntándome como una francotirador; yo por experiencias anteriores e instintivamente cerré los ojos, justo en el momento en que Luca profirió un gemido como un gruñido y comenzó a correrse… el primer chorro de semen fue directo a mis labios y el segundo a mi cuello, ahí abrí los ojos, contemplando otro envite y otro y otro menor hacia mi clavícula y pechos…. Y entonces, mi lengua relamió golosamente mis labios recogiendo su semen, su sabor salado y ligeramente amargo y el volvió a colocar su glande delicadamente en mi boca, como empujando para ayudar a que tragara su simiente.
No recuerdo el tiempo que estuve manteniendo la postura cuadrúpeda, temblando y jadeando, como poseída por fausto, mientras los dos hombres descansaban apartados satisfechos y resoplaban recuperándose y notaba como me vaciaba de Matteo entre mis muslos, regando aquella playa y como el semen de Luca, por efecto de la gravedad, se deslizaba por mi cara, cuello y entre mis senos turgentes.
Ahhhjhhhh! - En ese mismo momento Mario sé corrió, mientras mi mano continuaba sacudiendo su pene que escupía semen como lava un volcán, directo hacia su abdomen, tras un vuelo parabólico, como en cámara lenta.
Silencio y paz.
- Te ha gustado mi historia mi amor - le susurré al oído mientras acababa de temblar de placer.
- SiIIi… mucho.
- Ves, todo el mundo contento. - Sentencié.
- No te puedo creer - me escupió Mario, al cabo de un minuto. - ¿En serio ha pasado tal y como me lo has contado?. O simplemente tienes una imaginación increíblemente morbosa.
- Bueno…. De eso se trata amor, de que puedes elegir creerlo o no; igual simplemente me han ayudado a salir del agua y curado el pie y traído en coche… ¿quien sabe? - y Mario me miraba intensamente a los ojos como si al hacerlo pudiera escudriñar la verdad.
Al cabo de unos minutos descansaba dormido boca arriba, mientras le acariciaba su suave pelo.
Y mi sexo añoraba dulcemente el pene perfecto del fauno…y esa noche en un provocador y húmero sueño volví a sentirlo muy dentro... y la verdad solo nos pertenecía a mí y a dos bellos italianos.
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