Xtories

El parking del McDonalds 1

La noche era gris y el local estaba lleno, pero la mirada entre ellos decía todo lo que las palabras callaban. Cuando el helado llegó, la distancia se cerró de golpe. Ahora, en la oscuridad del parking, el hielo se ha roto y solo queda el fuego.

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El parking del McDonald's

Una noche gris y fría, y ya se sabe que la noche es oscura y alberga horrores, pero en este caso no fue así. Volvimos a tomar algo en el mismo lugar, un local tranquilo, aunque rodeado de gente. Charlamos amistosamente, nos pusimos al día hablando de los kilómetros que se había hecho corriendo, de cuántos pelos dejaban sus perros por casa y de lo mucho que tenía que madrugar para ir a trabajar normalmente. Bromas, sonrisas y cierta complicidad, aunque nada del otro mundo. Éramos dos muros de hielo frente a frente, y ahí no había emoticono que nos salvara.

—Quiero un helado —dijo.

—En octubre —contesté. No era una pregunta, era un levantamiento de ceja izquierda en toda regla.

—Es que están buenos. Venga, va, que estamos aquí al lado.

Era la hamburguesería que tenía todo el año los dichosos helados. La verdad es que no estaban mal, pero prefería un granizado de limón. Llamadme antiguo.

Fuimos en mi coche, estaba casi desierto, cosa difícil, pero era tarde y la noche no se prestaba a quedarse por esa zona un jueves por la noche en la que, además, comenzaba a llover. Y nosotros ahí metidos, pidiendo nuestros helados mientras la que nos atendía nos miraba con cara de morsa.

—¿Serán para llevar? —preguntó amablemente, o todo lo amablemente que se puede ser a esas horas.

—¿Qué pasa, que cerráis ya? —soltó María mientras echaba mano del monedero.

Sonó cortante, para qué negarlo, incluso borde. A la empleada se le escapó una carcajada y yo tuve que contener la mía.

—No, no —rectificó la empleada—. Quería decir si vais a tomarlo aquí o es para llevar.

—Ah, vale —contestó María—. Aquí, aquí.

Fue gracioso porque María no había percibido su propio tono y se lo tomó de forma tan natural como la vida misma. A mí, sin embargo, se me había dibujado una sonrisa que duró hasta que nos sentamos.

Eran asientos dobles, típicos americanos en los que caben cuatro pero al final se sientan dos. Se puso en frente mío y pensé que eso habría que verlo.

—Estás muy lejos —solté.

—¿Qué?

—Que te vengas aquí —dije haciéndole un hueco a mi lado mientras daba palmadas en el asiento de una manera un tanto cómica.

—Vale, no me pegues —soltó. Quizás lo había dicho en tono imperativo, pero supuse que no se lo tomó a mal, sobre todo porque dos segundos después ya estaba a mi lado.

Era la primera vez que estábamos tan cerca. No sé qué me dio fuerzas, pero mientras hablábamos de tonterías, porque en realidad ni siquiera estoy seguro de que nos estuviéramos escuchando el uno al otro, la rodeé sibilinamente con mi brazo derecho y nos quedamos unos segundos mirándonos a los ojos. Ya no había helado ni nada a lo que prestar atención, de manera que… ¿qué nos quedaba?

Nos besamos por primera vez. Y el beso fue frío, pero no de esos sin alma, no, fue un beso que sabía a helado, tan dulce y fresco que no pudimos detenernos. Probé un nuevo sabor, el intenso frío de su aliento que me envolvió y no congeló mi lengua, sino que avivó el fuego ardiendo a los pies de un muro de hielo que se derretía y caía con todo el estrépito del mundo.

La lengua de María estaba viva, y sus manos también. Era una chica que tenía guardadas muchas cosas que externamente no podían adivinarse. Sus manos acariciaban mi cara mientras nos besábamos; sentía la necesidad de tocarme, de saber que estaba ahí al cien por cien, solo para ella.

No supe cuánto rato nos llevó aquella sesión de besos apasionados, pero el ritmo continuaba tan ágil como desde el primer segundo en el que nuestras lenguas se encontraron. Sin embargo, María comenzó a gemir cuando mis dedos rozaban su espalda, pasaban por su vientre y esquivaban a propósito unas zonas que pedían a gritos una prospección más acusada.

—Uff… Vámonos —dijo mirándome a los ojos. No había rastro de frío en ella. Era un volcán que ansiaba despertar.

—¿Adónde quieres ir? —pregunté. No sabía si se refería a si nos íbamos a casa o acaso quería que la fiesta siguiera en otro lugar más íntimo.

Sí, los tíos, aunque las cosas se vean más o menos claras, necesitamos precisión para este tipo de situaciones.

Me echó una mirada indescriptible. Algo así como “o nos vamos o lo hacemos aquí mismo”.

Salimos y llovía, el parking del restaurante estaba vacío y apenas había luz.

—¿Conoces algún sitio tranqui…?

—Aquí detrás —dijo María metiéndose en los asientos traseros del coche sin dejarme acabar la frase.

Tardé cero coma en meterme ahí atrás, empotrar los asientos delanteros hacia el volante y echar un vistazo para comprobar que con la que estaba cayendo a ningún imbécil le iba a dar por asomarse al coche a ver qué sucedía, por muchos botes que este diera. Allí no había nada más que un montón de leña esperando a que el fuego calara.

No me dio tiempo ni a acomodarme. María se sentó a horcajadas y comenzó a besarme con furia mientras mis manos recorrían su espalda, comenzando a trazar el mapa de un cuerpo que pensaba disfrutar como si fuera la última vez que lo acariciaba.

Admití en ese mismo instante que esa María tan distante y puesta en su sitio de cara a la sociedad se transformaba en una furia sexual en la intimidad. El saber estar de cualquier persona no debe estar reñido con los ruidos de la alcoba, y María en privado apartaba cualquier tipo de vergüenza y se dedicaba por completo a todo lo que sus labios besaban, que en aquel momento eran nada más y nada menos que los míos.

Metió la mano en mis pantalones sin apenas darme cuenta. Sentada encima de mí, buscaba con ahínco un miembro constreñido que pedía a gritos su libertad. Más rápido se deshizo de la camiseta y del sujetador, mostrando unos senos puntiagudos de tamaño mediano que no dudé en llevarme a la boca ante una retahíla de gemidos que no hacían más que enloquecerme. No importa cómo sean los pechos de una mujer, pequeños, grandes, mirando a Cuenca o a Granada, esa sensación de tocar algo tan blando y jugoso es impagable, y todavía lo es más sentir cómo la chica se deshace en gemidos de placer mientras tu boca mordisquea con suavidad sus pezones y pasa la lengua por sus areolas.

Con mi miembro ya fuera, y los pantalones y braguitas de María tirados en el suelo del coche, no íbamos a hacer preliminares; no había tiempo para nada que no fuera la penetración. Era lo que los ojos de María me pedían que hiciera, así que me lo puse y la embestí sin esfuerzo de tan húmeda que estaba. El recital de gemidos no solo no se detuvo, sino que aumentó en constancia y, sobre todo, en volumen. De hecho, alcanzaba cotas tan estridentes que comenzaba a tener serias dudas sobre si alrededor del coche ya se habrían acumulado una docena de curiosos para ver si veían algo.

—Joder, ¡qué escandalosa soy! —soltó a medias.

Sonreímos los dos, pero me importaba bien poco lo mucho que se estuviera escuchando afuera, más que nada porque el fuerte repiquetear de la lluvia constante lo silenciaba todo. Estaba disfrutando, era obvio, así que yo no tenía ningún problema con que gritara. Como si salía todo el mundo a escucharnos.

Fue una sesión que dejó mis piernas doloridas de levantarla al peso. María era alta y con ciertas curvas, y colocó su cabeza casi tocando el freno de mano, lo que me permitía embestirla sin parar. No sé de dónde saqué fuerzas para hacerlo, pero el desenfreno y la motivación de escuchar los gemidos de una amante rebosante de placer derivó en una postura tan físicamente dura como efectiva.

A pesar de que llovía y hacía cierta sensación de frío allí afuera, dentro estábamos sudando. No despegué mis labios de su cuello y de sus pechos hasta mucho después de haber llegado al orgasmo. María todavía gemía, cada vez más suavemente, como los de un perrito indefenso. Ese tipo de sonidos eran los que encendían a un hombre al instante.

—¡Madre mía! —dijo soltando un gran suspiro—. ¿Qué me has hecho?

—Eso digo yo —contesté bajando las ventanillas—. Menos mal, no tenemos voyeurs.

—Grito mucho, ¿no?

—Bueno. —Me encogí de hombros, por no decirle que me ponía muy cachondo cuando lo hacía—. ¿Te lo has pasado bien?

—Claro —contestó besándome y mordiéndome el labio con ganas.

Nuestras lenguas se enroscaron durante un buen rato, tanto que cuando nos despegamos miramos la hora y era tan tarde que María se sobresaltó. Tenía que madrugar, así que nos vestimos a toda velocidad, mientras jugábamos un rato y nos besábamos en diferentes partes del cuerpo.

Tras eso nos despedimos.

—Bueno, cuando quieras quedar dime algo —dijo dándome un beso.

Por mí habría quedado al día siguiente, pero tampoco eran plan, pensé. Lo que estaba claro era que quería volver a verla otra vez. Todavía no había probado todo lo que María podía dar de sí. Esa noche había sido brutal, llena de pasión y desenfreno, el golpe de efecto perfecto que necesitábamos María y yo para desinhibirnos y mostrarnos tal cual éramos.

Si el primer día de sexo había sido así, ¿qué esperar de los siguientes?

Pero antes de salir del coche, miró atrás y mordiéndose el labrio me miró con más ganas todavía.

—Estoy cachonda otra vez.

—Entra, joder —dije aferrándola mientras la tiraba sobre los asientos, cerrando la puerta fuera de mí, como si me hubiera poseído una furia sexual incontrolable.

—Dios mío, ¿qué me estás haciendo? —dijo intentando contener los gritos cuando le volví a bajar las bragas y la penetré sin esfuerzo. Estaba más mojada que antes, casi chorreando—. ¿Te has tomado algo, o qué?

En cualquier situación me hubiera partido de risa, pero en su lugar me contuve esbozando una sonrisa y la besé en la boca. La embestí sin parar mientras sus sucesivos gemidos y recurrentes frases me nublaban cualquier capacidad de raciocinio, tanto era así que pensaba en derramarme y quedarme extasiado sobre sus pechos mientras ella peinaba mi pelo con sus finos dedos.

Y así fue.

—Joder… —dijo cuando acabé.

—Me dejas reventada.

—Y tú a mí. No podré verte hasta que se me pasen las agujetas.

—Ay, madre, me tiembla todo.

—Eso dicen que es bueno, ¿no?

Y nos besábamos y nos abrigábamos bajo las mantas que traía, recuperando el aliento, acariciándonos y acurrucándonos como cualquier pareja tras romper la cama. En este caso era un coche, pero era como si estuviéramos en casa ya.

Hice bromas mientras besaba sus hombros, su cuello y su espalda. Ella se arqueaba y suspiraba, me detenía diciendo que tenía que madrugar y que ya era tarde para volver a comenzar. Me gustaba incitarla, hacer que supiera que me encantaba su cuerpo, por si todavía no se había dado cuenta.

—Algún día tenemos que pasar la noche entera juntos —dije cuando puso sus pies sobre mi regazo.

—Qué peligro —contestó sonriendo—. Algo habrá que hacer, sí.

—Tendremos que dejar que cojas ganas.

—Sí, hombre, entonces no me subiré por las paredes, subiré un bloque de pisos entero.

—Pero si no paras de quejarte mientras follamos —sonreí mientras la besaba con ternura—. Que si qué me estás haciendo, que si Dios mío, que si por favor, que si madre mía, que si chillidos a la oreja…

—Soy muy escandalosa, sí, por tu culpa.

—A mí me encanta que lo seas, así si algo no te gusta se nota enseguida.

Hay algo en los gemidos que a los tíos nos pone mucho. Da igual cómo sean, siempre y cuando suenen a profundo placer y no sean forzados, que en eso muchas tenéis un máster y más de una vez lo habréis puesto en práctica. María, y no es por vacilar, era imposible que los forzara; estos habrían sido más contenidos y no tan desatados y lujuriosos como sonaban, y es obvio que le gustaba lo que hacíamos, sobre todo cuando era totalmente libre y podía tener a tantos tíos como quisiera. Porque ya sabéis eso de que en el sexo querer es poder: si la mujer quiere, el hombre puede.

—Pues la próxima vez te vienes a mi casa —dijo con una sonrisa pícara.

—Estoy deseando.

Vaya si lo estaba.

Fin parte 1. La segunda, como imaginaréis, transcurrirá en otro lugar:p