La cena del idiota. El plan
Alba sabe que Dani está furioso, pero también sabe que su cuerpo responde al peligro. Con la piel aún sensible del barro y la mirada de otros hombres en su mente, decide usar su desnudez como arma definitiva. Esta noche, la venganza no es un grito, es un gemido.
El plan
Llevaba el último cuarto de hora parado en el arcén con los cuatro intermitentes puestos. Metió la marcha y giró 180 grados, hacia Alba. Quizá porque era masoquista o tonto del culo o porque necesitaba saber si, en el fondo, importaba algo para ella. Porque ella sí importaba para él.
Había llegado a una conclusión: Si su relación acababa. Si, por fin, todo estallaba por los aires, sería por sí mismos, por su incompatibilidad, o por su incapacidad de soportarse, o porque el amor, si lo hubo, se había ido a tomar por el culo. Pero no por ellos, no por aquellos pijos malcriados hijos de mil padres. Apretaba las mandíbulas tanto que se le marcaban los músculos del cuello.
Volvía, no porque tratara de no perderla, sino porque no iba a permitir que se la quitaran. Su prima se casaba en menos de dos semanas. Eso era lo que tenía que aguantar. Después, se llevaría a Alba de vuelta, lejos de aquel sitio y de aquella gente.
El plan estaba claro: Aguantar hasta la boda. Once días, según sus cuentas.
Condujo despacio. No tenía ganas de llegar demasiado pronto, y necesitaba pensar. El camino de vuelta fue más fácil de realizar, tal vez porque esta vez, el GPS le guiaba correctamente.
Cuando llevaba medio camino recorrido, el teléfono comenzó a sonar. Era Alba. Sintió alivio al ver que por fin daba alguna señal de vida, pero ahora era él quien no quería hablar. Que probara de su propia medicina. Ella volvió a insistir. Y luego otra vez. Después comenzaron a entrar WhatsApps sin cesar, todos seguidos. Tuvo la seguridad de que eran suyos sin necesidad de examinar la pantalla.
Cuando aparcó, frente a la entrada de la casa, Alba lo estaba esperando sentada en el bordillo de la acera. Vestía unos pantaloncitos cortos y la parte superior del bikini que mostraba gran parte de su canalillo y remarcaban sus tetas. «Seguro que esos cabrones se han puesto las botas», pensó. Sostenía entre las manos el móvil conectado a una batería suplementaria. Se levantó en cuanto lo vio aparecer y se frotó una mano con la otra, nerviosa.
Cuando paró el motor ella se subió al asiento del copiloto.
—Hasta que no he llegado a casa no he podido leer tus wasaps y ver tus llamadas perdidas. Te juro que no tenía ni idea de lo que estabas pasando.
Dani no dijo nada. Lo malo de las excusas es que rara vez sirven de algo, ni siquiera de consuelo.
—Me quedé sin batería. Lo siento —dijo ella—. No sabía que estabas intentando venir.
—¿No te lo había dicho Marcos?
—No.
—¿No te había contado que estaba a medio camino?
—Dijo algo de que igual me dabas una sorpresa, pero no lo entendí. Creía que hablaba de broma. Como llevaban toda la mañana de coña.
Se preguntó sobre qué irían aquellas coñas y se los imaginó partiéndose de risa a su costa por lo de anoche. «En el fondo me lo merezco por gilipollas», pensó.
Alba puso una mano sobre las suyas.
—Intenté llamarte varias veces pero no había cobertura. Estuve dando vueltas intentando que el teléfono encontrara señal pero lo único que conseguí fue que se agotara la batería.
Dani permaneció en silencio. Alba seguía intentando conectar con él.
—Siento lo del coche. Lo habrás pasado fatal. ¿Quieres contarme cómo pasó?
A esas alturas ya no le quedaban muchas ganas de contar nada de su porquería de día por lo que su charla no se alargó demasiado. Su periplo entre caminos de mierda y precipicios resultó muy escueto. Una vez dentro de casa, ella no consiguió que hablaran mucho más y él pasó el resto de la tarde a solas consigo mismo. Ella se mantuvo alejada, dándole espacio. Entrada la noche, Dani se fue a la cama dejando a su novia en compañía de su prima.
Bajo las sábanas, vestido con su Pijama de Verano, es decir, en calzoncillos, se hizo una bola lamentando la mierda de vacaciones que estaba pasando. Alba llegó algo después y se metió con él abrazándolo por detrás. Notó su calor en la espalda. No la apartó, pero tampoco hizo amago de corresponder. Estuvieron así un rato largo. Sabiendo que ninguno de los dos dormía.
—¿Podemos hablar? —Ella intentaba un nuevo acercamiento. Dani no contestó ni se movió—. Hay algo que tengo que contarte.
Descarga de ácido en el estómago. Se confirmaba que por muy mal que estuviera la situación, siempre podía ir a peor. Que tuviera que contarle algo no indicaba nada bueno. No se inmutó, pero permaneció atento. Cruzó los dedos y rogó por que no dijera las palabras “Aníbal” y “playa nudista”.
—Ya te digo desde ahora que es una tontería, pero no quiero que pase como la primera noche y pienses que te oculto algo, ¿vale?
«Que no sea la playa nudista». Apretaba los ojos con fuerza.
—Las chicas han decidido darse unos baños de barro en una zona que hay allí. Está muy bien. Va mogollón de gente.
Su corazón se mantenía estable. De momento la cosa iba con las chicas.
—Así que dejamos a los chicos y nos fuimos para allá. Al final terminamos embadurnándonos todas. —Se mantuvo a la espera, para ver si su novio tenía alguna reacción—. El chico que se encargaba del tema nos dijo que era mejor si nos quitábamos la parte de arriba del bikini. Así no se nos ensuciaría y, total, no se nos iba a ver nada con tanto barro.
Nueva descarga estomacal. «Menudo listo El Chico», pensó. Las pulsaciones comenzaban a acelerar. Alba volvía a guardar silencio a la espera de una respuesta o una reacción de su novio que tampoco llegó.
—Y era verdad, no se nos veía nada. El barro es como una pintura corporal supergruesa. Es como estar vestida con lodo —hizo una pequeña pausa—. Estuvimos con ello… no sé, mucho rato. Como una media hora o así. Creo que era eso lo que duraba el circuito —cogió aire y lo expulsó con fuerza—. El caso es que al acabar… al terminar el circuito, había que quitarse el barro. Tienen una zona de chorros de agua relajantes… o antiestresantes, no sé, algo así. Es como una ducha de hidromasaje. Son un montón de chorros que te dan por todo el cuerpo.
Dani no sabía por dónde iban a ir los tiros pero su respiración ya empezaba a desbocar.
—Después de la ducha el chico usaba una manguera con la que nos terminaba de quitar el barro sobrante. Con eso ya quedábamos completamente limpias.
Y la imagen de “El Chico” mangueando su cuerpo le vino a la mente. Seguro que les había dejado el coño y las tetas bien limpias, sobre todo a ella que era la que calzaba los mejores melones.
—Total, que nos quedamos todas en bolas, y como habíamos dejado las prendas en la caseta donde se cogen los tiques…
Aquí llegaba la bomba. Y no hizo falta que acabara la frase. Ya se encargó de hacerlo él.
—Fuisteis a donde estaban los chicos con las tetas al aire.
—No te enfades, ¿vale? Se empeñaron todas en quedarnos así por no volver hasta las cabinas. —Se pegó a él, abrazándolo con más fuerza—. Y al final… bueno, tampoco era para tanto. Solo es piel.
—Pensaba que te daba vergüenza hacerlo delante de conocidos —reprochó. No se lo podía creer. Había hecho toples en público, delante de sus amigos.
—Ya, menudo palo. Si lo llego a saber… —chasqueó la lengua—. Pero al fin y al cabo estábamos todas igual y, bueno, cuando llevas un rato te terminas acostumbrando.
No solo sintió celos porque se hubiera mostrado semidesnuda, además lo había hecho sin él. Y eso después de negarse insistentemente a hacerlo cada vez que se lo insinuaba. Enseguida le vino a la mente la imagen de los tíos repasándola de arriba a abajo. Seguro que Javier y Cristian se iban a hacer unas buenas pajas a su costa. Por no hablar de Aníbal.
—Joder, Alba —se lamentaba incrédulo levantando ligeramente la cabeza de la almohada.
—Sí, vale. Ya sé lo que estás pensando. Pero es que… tampoco tenía opción, y como todas se pusieron tan pesadas… —Se notaba arrepentida—. Después de todo, es lo que decían ellas, es algo natural.
Dani intentaba procesarlo como podía.
—Total, que al final, como estuvimos todos tomando el sol, me pasé el resto del día desnuda, como las demás.
Volvió a pegar la cabeza a la almohada y apretó la mandíbula. Le parecía todo tan injusto. Ella en bolas con sus amigos mientras él casi se despeñaba por un camino mierdoso. Alba pegó su frente a la nuca de él.
—Te lo cuento porque no quiero que estés celoso.
Traicionado, más bien, era precisamente cómo se sentía. Le costaba mentalizarse para no estallar y tuvo que hacer varias respiraciones antes de responder. «Calma, Dani. Vas a volver de aquí con ella —se dijo—, después, todo se verá».
—Vale. Gracias por contármelo.
—¿Estás enfadado?
—No.
—¿De verdad? —besó su hombro desnudo.
—Sí, de verdad. —Tomó la mano que ella tenía sobre su pecho y la apretó. Lo hizo para tranquilizarla, aunque ese simple gesto también le hizo sentir mejor a él.
—Me alegro de habértelo contado. Sé que no te iba a hacer gracia pero prefiero que no haya secretos para que no pase como la otra vez.
Volvieron a quedarse en silencio otro minuto. Dani sin dejar de dar vueltas al asunto.
—Y tus amigos… ¿No decían nada? —preguntó al cabo de un rato.
—¿Y qué van a decir? Sus novias estaban igual que yo.
—¿Estabais todos?
—Sí, los de siempre. Bueno y Cristian, que se apuntó a última hora.
Le pareció curioso que omitiera la presencia de Javier, el gasolinero.
—Y… ¿después qué hicisteis, el resto del día?
—Lo típico; tomar el sol, charlar, jugar en el agua…
—Seguro que más de uno se ha puesto las botas contigo —preguntó esperando oír el nombre de Aníbal.
—Qué bobo eres. —Lo besó de nuevo en el hombro desnudo—. Qué se van a poner. Además, cuando llevas un rato lo ves supernatural, como si estuvieras vestida. Al principio hay miraditas, claro. Ya sabes, por las comparaciones y eso, pero luego no llama nada la atención y estábamos en grupo hablando en plan normal.
En grupo. Esa era la clave. Al menos así se reducía el peligro de flirteo al estar todos juntos. Volvieron a quedarse en silencio. Dani absorbiendo y disipando poco a poco su enfado y Alba abrazándolo.
—¿Sabes una cosa? —susurró al oído, melosa—. El barro te deja la piel supersuave. Toda. —Otro beso en el hombro, más cerca del cuello—. Sobre todo por aquí.
Se deshizo de la parte de arriba quedando desnuda desde la cintura y pegó las tetas a su espalda frotándolas suavemente. Jugaba sucio, pero en esta ocasión no iba a plegarse tan fácil. Que no se enfadara tampoco quería decir que le hiciera gracia. Alba deslizó una mano hasta colarla entre las piernas mientras movía las tetas a un lado y a otro por la espalda. La polla de Dani dio un respingo.
—¿Ves, qué sedosas están?
—Alba… —Quería parecer inflexible.
—Lo he hecho por ti, para poder darte por fin eso que te debo con mayor placer.
La cubana.
«Sí, seguro que lo has hecho por eso —pensó—. Y yo me lo creo». El ofrecimiento no podía llegar en peor momento. Lo deseaba más que nada en el mundo, pero la situación no era como para olvidarse de todo como si tal cosa. Alba apretó la mano y comenzó una suave paja.
—Dime, ¿lo notas? Están tersas, ¿no?
La cabrona sabía cómo jugar con él. Se frotaba y le pajeaba con maestría. Se le escapó el aire de sus pulmones lentamente.
—El chico de los barros tenía razón en que nos lo quitáramos —En referencia a la parte superior de los bikinis—. Así el tratamiento funciona mejor.
—Sobre todo para él. Menudo espabilado —soltó por fin—. Anda que no habrá flipado contigo cuando te lo has quitado.
—No solo conmigo. —Lo besó en el cuello, cerca de la oreja—. Las demás también tienen lo suyo. Sobre todo tu amiga, que menudo cuerpazo. El chico no le perdía ojo.
Se puso tenso. Intentaba desviar la atención del cabreo tentándolo con Eva. Queriendo meterla en el juego para llevarlo a su terreno.
—¿A Eva? No creo.
—Menudas tetas tiene. —Se metió el lóbulo en la boca y lo succionó con lascivia. Su polla, que Alba no había dejado de masajear, había adquirido toda la dimensión posible—. Me parece que más de uno se va a menear su colita con tu amiga.
Alba no se daba cuenta, pero eso era como reconocer que también se la menearían con ella. Se imaginó a un corro de chicos con sus pollas en la mano y ella en el centro desnuda. De nuevo le inquietó la sensación de morbo que estaba sintiendo al pensar en su novia deseada por terceros.
—Para mí, Eva es como una hermana. No la veo de la manera que tú crees. —Puso los ojos en blanco. Le estaba dando mucho placer.
—¿Ah, no? ¿Y a quién ves de la manera que yo creo?
Sopesó la idea de nombrar a su prima. Sería un morbazo que Alba la metiera en el juego, tal y como él hizo con Aníbal ayer. Pero en el último instante dudó, tenía toda la pinta de ser una pregunta trampa.
—Sabes de sobra quién es la única a la que veo así.
Sonrió satisfecha y aceleró la mano. Dani se anotó un punto, sin ser consciente de que se estaba dejando hacer una paja en toda regla. Ella puso medio cuerpo encima de él, ganando más terreno.
—Alba…
—¿Te gusta? ¿O quieres más despacio?
Apretó la mano y alargó el recorrido ralentizando cada pase. Dani quería pararla y ser él quien marcara las pautas, pero estaba recibiendo tanto placer que le costaba dar el paso. En su lugar se giró un poco y abrió ligeramente las piernas para facilitar la maniobra. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ya había picado en su anzuelo y que no iba a soltarlo.
Había pasado de estar enfadado a gemir de placer fantaseando con la carnaza que ella le ponía en el morro, completamente en sus manos. Por fin lo había llevado a su terreno.
—Tengo toda la piel del cuerpo superfina. —Se apretó contra él.
No debió permitir que llegara tan lejos. Ni tan siquiera que empezara a desplegar su juego. Por otra parte, si se hubiera encarado con ella; si le hubiera dicho todo lo que había estado rumiando, discutirían, se enfadarían y terminarían cada uno en un lado de la cama. Dejando claro que a él no le tomaba el pelo, pero acabando más lejos aún de ella.
Y no era eso lo que tenía pensado que sucediera.
—¿Quieres meter tu polla entre mis tetas para que veas lo sedosas que están?
Bocarriba, con las piernas abiertas como una rana; Alba pajeándolo lentamente; la polla a punto de reventar y la proposición de la cubana que llevaba días esperando, la situación se hizo más espinosa. Con remordimientos por dejarse hacer y, a su vez, satisfecho por mantenerla cerca.
Se movió colocándose sobre él, plantándole un pezón en la boca. Sabía de mil amores. Hierba, tierra o Dios sabe qué, pero la sensación de aquel pezón duro le transportó a aquella playa llena de barro con el que ella se embadurnaba. Se la imaginó frotándose en las duchas delante de El Chico, junto a las demás. Media docena de tetonas en bolas sobándose lascivamente en público. Y el muy cabrón, manguera en mano, encargándose de volver a dejarlas completamente limpias.
Descendió hasta encajarse su polla entre sus tetas e iniciando una cubana. Cuando comenzó el sube y baja ya no hubo más remordimientos.
Con cada pase, la lengua tocaba la punta de su polla proporcionando oleadas de placer y morbo. Dani estaba en la gloria. Se consoló pensando que, al menos, el día tan desastrosamente malo había proporcionado algo bueno. De no estar ella tan arrepentida cabía la posibilidad de que la noche no estuviera siendo tan placentera.
—¿Te gusta? ¿Te gusta así?
El calor de sus tetas y su tersura, añadido a los masajes que recibía en los huevos que ella atrapaba entre sus manos, lo estaba llevando al cielo.
—Mmmssí, jod-der.
Estuvo un buen rato frotando su polla entre las tetas lamiendo su glande o, mejor dicho, lo poco que se veía de él dentro de aquellas tetas tamaño XXL.
—¿Quieres que siga?
—No pares.
—No prefieres meterla en otro sitio.
—Otro día. Ahora así. Hasta acabar —resoplaba.
—¿Seguro?
—Sí, mucho, ufff, jod-der.
—Mmm, qué pena porque me apetecía tenerte dentro de mí.
Iba lista si pensaba que iba a renunciar a su cubana con corrida facial después de lo que le había costado conseguirla. Alba tenía una mirada extraña. Cierto brillo en sus ojos que pocas veces había visto.
—Tienes los huevos muy hinchados. ¿Por qué será?
—Ya sabes por qué, cabrona. —Llevaba días con ellos llenos por su culpa. La sangre apenas le llegaba al cerebro.
—Humm, pobrecito. Habría que hacer algo.
—Ya lo estás haciendo. Sigue así, que vas bien.
—No sé, llevamos mucho así y parece que va para largo.
Tampoco tenía prisa por correrse. Estaba muy a gustito con la polla allí, frente a su cara a la que iba a mancillar. No se perdería el espectáculo por nada del mundo.
Sin previo aviso, Alba se incorporó y se sentó sobre su polla, clavándosela hasta el fondo. Entró como un cuchillo caliente en mantequilla. Dani se quedó tan sorprendido como decepcionado, pero antes de que pudiera decir nada, Alba comenzó a galoparlo como una amazona acallando sus protestas.
Puede que él estuviera cachondo perdido, pero ella no estaba menos caliente. El coño le ardía y sus pezones estaban tan duros que cuando los recorría con la lengua notaba toda su rigidez. Al menos le quedó la tranquilidad de que no había hecho nada. De otra forma no hubiera llegado tan excitada.
—¿Los tenías así cuando estabais todos juntos? —dijo atrapando uno de ellos con la boca.
—Mmmm —gimió por el contacto—. No.
—Seguro que no te han quitado el ojo de encima cuando les has enseñado las tetas.
—Qué va… —se mordía los labios—. Bueno… igual un poco.
—Un mucho. Me apuesto a que te las han mirado sin parar —La tomó de las caderas—. Y a ti seguro que te gustaba.
Alba abrió los ojos como si hubiera despertado y frunció el ceño. Hubo unos segundos de desconcierto en los que no supo si iba a montar en cólera o a gemir de placer. Tenía la boca abierta debido a su respiración a bocanadas.
—Bueno… a todos nos gusta gustar, y que nos miren con deseo, ¿no?
Le acababa de devolver el revés limpiamente. Le inundó un pequeño acceso de celos al imaginarla agradecida por las atenciones de Aníbal o de los babosos de Javier y Cristian.
—¿Y quién de todos ellos te gustaba más que te mirase?
—Qué tonto eres —Sonrió y cogió su cara entre las manos sin dejar de mover las caderas—. Eso no se cuenta.
«Aníbal, Javier, ¿quién?».
—¿No me lo vas a decir? —gimió al borde del orgasmo.
—Bueno… es… no sé… me da palo…
—Dime, vamos.
—¿Y no te vas a enfadar?
—Te lo prometo —mintió—. Dime.
—Pues tú, tonto. Quién va a ser.
No supo si le había tomado el pelo o se había rajado en el último momento. Ella comenzó a mover las caderas en sentido circular. Una señal típica suya de que iba a empezar a correrse enseguida. Dani estaba al límite del orgasmo. Rogó al cielo para que le regalara esos segundos que siempre le faltaban. Utilizó el truco de introducirle la punta de su dedo por el culo y jugar con él en el momento preciso para acelerar el orgasmo de ella.
Funcionó.
Alba clavó sus uñas en su pecho y comenzó a gritar como una posesa al son de sus movimientos pélvicos estertóreos. Durante todo el proceso de aquellos eternos dos minutos de orgasmo, él se concentró en lo más difícil: No correrse.
Y lo consiguió.
Su polla estalló en chorros de semen dentro de su coño justo cuando ella empezaba a desfallecer y los gritos ya habían desaparecido. «Gracias a Dios», pensó. Ella cayó sobre su pecho quedando ambos abrazados y con la respiración a tope.
Un poco después se desplazó ligeramente a un costado. Mientras Dani disfrutaba de su momento heroico, ella lo acariciaba con las yemas de los dedos desde el pecho hasta su polla.
—Ha estado bien, ¿eh? —dijo él.
—Sí, no ha estado nada mal. —Alba jugaba con su polla flácida moviéndola con un dedo a un lado y a otro—. Pero tu pollita se ha quedado un poco blandita.
—Sí, la pobre ha tenido que aguantar lo suyo como una heroína —sonrió orgulloso.
—Qué pena que no dure un poco más. Podríamos seguir jugando.
Su autoestima se desparramó por los suelos, justo cuando pensaba que había cumplido como pocas veces. Con los esfuerzos que había hecho para llegar.
—Pero, si te habías corrido.
—Ya, pero un poquito más hubiera estado bien.
Ya había notado que había llegado especialmente cachonda a la cama y no precisamente por él. Algo había pasado en Arenas que la había puesto tan caliente (o alguien). Ese desnudo público no había sido tan inofensivo como ella había hecho creer. Y todo el día de playa habría dado para más de un chapuzón y lo que eso conlleva. Luchas acuáticas con jugadas ocultas bajo el agua, roces no tan inocentes, una mano que se escapa y toca lo que no debe…
Cada vez estaba menos seguro de que ella encontrara en él todo lo que necesitaba y temió que pudiera buscarlo fuera. O más bien temió que otros (como Aníbal o el inoportuno Javier) ya se lo estuvieran ofreciendo.
Alba vio la cara que se le había quedado y sonrió con picardía.
—No pasa nada, tonto. Ha estado bien. —Se giró hacia su lado dispuesta a dormir—. Solo que, bueno, quizás deberíamos ir mirando algo para que dures un poco más.
Le vino a la mente su “incombustible” exnovio Rafa.
—¿Por eso añoras a tu consolador gigante? ¿Para momentos como éste?
—No lo añoro. ¿Qué dices? No seas tonto —dijo en tono apagado. El sueño y el cansancio estaban haciendo efecto.
—Quizá te gustaría tenerlo aquí para que pudiéramos continuar un poco más. ¿No te gustaría haberlo traído?
Alba se giró y se encaró a él. Le mantuvo la mirada unos segundos eternos escrutando detrás de sus ojos, midiéndolo; intentando saber qué había tras aquellas palabras.
—Pues no —contestó al fin. Después se giró y dio por terminada aquella conversación.
Se quedó con el rostro serio y la mirada clavada en ella. Le había mentido y lo había hecho mirándole a los ojos. Cada vez la conocía menos. Había traído ese trasto a sus espaldas. ¿Tan mal estaban que se escondía para satisfacerse a solas?
Fin capítulo XXI
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