Xtories

Los pecados de mi esposa (extracto)

Las bragas de su esposa no deberían estar en el escritorio de su mejor amigo. Menos aún rotas, sucias y acompañadas de una nota que invita a pensar lo peor. Raúl tiene dos opciones: aceptar la mentira más obvia o descubrir la verdad que Bruno se niega a decir.

Abel Santos21K vistas7.9· 19 votos

El lunes por la mañana me encontré con una sorpresa sobre mi mesa de trabajo. Llegaba medio dormido —como cada inicio de semana— y al principio no fui consciente de que en mi escritorio había un objeto fuera de lugar. Y no lo descubrí hasta que saqué el ordenador del maletín y fui a conectarlo al monitor.

El extraño invitado sobre mi mesa era de tela y tenía forma de…

—¿¡Joder, qué hace esto aquí!? —exclamé al verlo.

Se trataba de unas bragas azules de encaje. Se las veía un tanto deterioradas, sucias, viejas, o ambas cosas. Las tomé entre las manos y comprobé que, además, se hallaban rotas por la cinturilla.

Iba a lanzar una voz a Laura para que entrara en el despacho, quizá ella hubiera visto a la intrusa que las había dejado allí. No supe por qué, pero la imagen de Adela me vino a la cabeza sin poder remediarlo. Antes de comenzar a hablar, sin embargo, observé un post-it justo debajo de la prenda íntima. Mientras la leía, un estremecimiento me puso la piel de gallina.

Estas bragas deben de ser de tu mujer, aquí te las dejo

por si acaso las ha perdido sin darse cuenta.

Bruno.

Juré en arameo y pensé que tendría que cambiar mi estrategia de no cerrar con llave la puerta del despacho. Después salí a la búsqueda de mi amigo. No se hallaba en la oficina y no vendría hasta más tarde, según su secretaria, por lo que tuve que volverme con las manos vacías.

—¿Algún problema, jefe? —me dijo Laura al verme soliviantado. Mi secretaria era más que perspicaz, así que preferí disimular, no me apetecía que supiera nada de las cosas entre Bruno y yo.

—No, ninguno —contuve la mala leche—. Si ves a Bruno aparecer, ¿le puedes decir que se pase por mi despacho, por favor?

—Por supuesto, jefe, cuente con ello.

Serían sobre las once cuando el «oso» cruzó el umbral de mi puerta.

—Tu secretaria me ha dicho que me buscabas —dijo a modo de saludo—. Supongo que será por lo de las bragas.

Le miré de malos modos, pero me mordí la lengua.

—Sí, por eso es… —repliqué—. Me gustaría saber por qué tenías unas bragas de mi esposa… Si es que lo son…

—Oh, vaya, ¿no estarás pensando nada raro? —su sonrisa invitaba a pensarlo, y estaba seguro de que no era casual: se lo estaba pasando en grande.

—No pienso nada, pero espero que tú me aclares el asunto.

El gordo se sentó en una de mis sillas y se cruzó de piernas, dando esa imagen suya de orangután con muslos demasiado gruesos para semejante alarde.

—Pues resulta que la realidad es bastante más aburrida de lo que tú estás pensando… —su mueca de burla no se le borraba de la cara.

—Me arriesgaré.

Se metió en la boca uno de sus chicles de nicotina. Lo hizo con lentitud, a sabiendas de que me estaba consumiendo por dentro. Al cabo se decidió a explicarse.

—Pues mira, lo que pasó es que cuando saliste disparado de la plaza de parking el día de la fiesta, noté que algo caía de tu coche —expuso con parsimonia—. Me agaché a mirar qué era y vi que se trataba de estas bragas. Como unos minutos antes había estado allí con Cris por lo de la nota, imaginé que se las habría dejado ella.

No me gustó que mencionara el nombre de mi esposa con tanta «naturalidad», como si entre ellos hubiera una excesiva confianza. No sé si el malestar se transparentó en mi rostro, es posible, pero Bruno lo pasó por alto y prosiguió con su explicación.

—Están rotas, como habrás visto, así que supuse que por alguna razón se le habrían fastidiado y que las llevaría en el bolso. Y, también supongo, que al buscar en el bolso el papel y bolígrafo para dejarte la nota, se le debieron de caer sobre el capó del coche. Como bragas y vehículo son azules, pues quizá por eso no las vimos ninguno de los tres.

Sopesé un segundo el relato de Bruno. Tenía sentido, excepto por un pequeño detalle: la imagen de Bruno de pie y con las manos en los bolsillos que se me había grabado en la memoria tras mirar por el retrovisor. En ningún momento le había visto agacharse sorprendido por ningún objeto que cayera del coche.

A pesar de ello, intenté mantener la compostura. Y busqué una excusa para eximir a Cris.

—No creo que esas bragas sean de «mi» esposa —recalqué el posesivo—. De todas formas, me las llevaré para preguntarle.

—Me parece bien… —replicó levantándose—. Diría que son de las caras. Aunque estén rotas, es mejor que les eche un vistazo por si tienen arreglo. Y dile a tu chica que vaya con cuidado y sin perder las bragas por ahí…

Seguía vacilándome, genio y figura el puñetero gordo. Le hubiera dado una contestación severa si la hubiera encontrado. Pero me había dejado cortado y no supe qué decir.

—Y ahora —concluyó—, si no tienes nada más, me largo a mi despacho. Hoy tengo una mañana jodida. De todas formas, podemos tomarnos una copa a la tarde, si te apetece.

No le dije ni que sí ni que no y le observé marchar con sus andares de gorila en celo. En cualquier caso, aquella tarde no era un buen momento para alargar la jornada. Tenía que hablar con Cris muy seriamente y lo antes posible.

*

Llegué a casa sobre las ocho y la encontré vacía. Cris solía estar esperándome la mayor parte de los días, por lo que un malestar me sobrecogió. Sabía que era una estupidez, que el hecho de que mi esposa no estuviera en casa no significaba nada. Podría estar haciendo cualquier recado.

Pero el hecho de llevar unas bragas rotas en el bolsillo hacían de aquella tarde una tarde especial. Y la mancha dorada que adornaba aquella prenda, visible solo si la examinabas a fondo, no ayudaba a proporcionarme calma precisamente.

Cris llegó sobre las nueve. Venía del supermercado cargada con tres bolsas. Un suspiro de alivio se escapó entre mis labios, aunque conseguí disimularlo. Tras un ligero beso, me pidió que la ayudara a colocar los alimentos que traía.

Tomé dos de las bolsas y dejé que colocara la tercera sobre la mesa de la cocina, donde le esperaba la sorpresa del día.

—Vaya, por fin aparecen... —dijo sin inmutarse y tomando las bragas con una mano, pero sin mirarme—. ¿Dónde estaban?

Intenté mirarla de frente para notar un posible rubor en sus mejillas, o tal vez una expresión de vergüenza en los ojos. Pero ella se las apañó para evitarlo tomando varios paquetes y yendo a la nevera a colocarlos dentro.

—O sea, que reconoces que son tuyas… ¿De verdad no sabías dónde estaban? —le pregunté con más dureza de la que me hubiera gustado. Aunque el mal estaba hecho.

—Oye, ¿pero qué te pasa…? —exclamó con los brazos puestos en jarra.

Ahora si se atrevió a mirarme de frente.

—Me pasa que las bragas me las ha dado Bruno. Que las guardó el viernes y que me las ha dejado sobre la mesa del despacho a primera hora de la mañana.

—Ah… —dijo, como si en ese momento las piezas le encajaran.

Pero yo no pensaba aflojar la presa.

—¿Se puede saber por qué tenía Bruno tus bragas?

—Eh, eh… espera… —sonrió y me agarró por los hombros—. ¿Qué estás pensando, Raulito…?

Me molestaba el tipo de actitud que adoptaba cuando veía que estaba enfadado. Me trataba como si fuera un niño con una rabieta. No dije nada y ella prosiguió.

—Vaya, tú lo que estás es celoso… —me tomó la cara con las manos y me dio un pico sin soltar las bragas de una de ellas. Confieso que sentí asco al tener la sucia prenda tan cercana—. Pero, chico, ¿Qué te pasa? Tú nunca has sido celoso… Al menos no tanto…

Lo habíamos hablado algunas veces. No es que antes no fuera celoso, pero desde que había ocurrido la aventura con los puteros en el parking de Mercadona, mi sentido de la suspicacia en todo lo relativo a Cris había crecido exponencialmente.

Para rebajar la tensión, preferí quitarle hierro al asunto, y solté una disculpa. Ponerme borde solo conseguiría que se cerrase en banda.

—No es que esté celoso, cariño, es que ese jodido Bruno me ha vacilado y no le he dado una bofetada porque soy un tío civilizado, tú sabes que lo soy…

—Pues claro que eres civilizado, mi amor —me dio un abrazo y permaneció mejilla con mejilla—. Pero, ¿cómo ha sido? ¿Qué te ha contado?

Hubiera preferido que me mirara de frente, verle los ojos. Pero estaba claro que me los rehuía a propósito.

—El puñetero gordo dice que las bragas estaban sobre el coche y que, cuando abandoné el parking de la discoteca, cayeron al suelo y que él las recogió.

—¿Estaba Bruno contigo cuando dejabas el parking?

—Sí, estuvimos charlando sobre cosas de trabajo —mentí para no entrar en detalles escabrosos y luego me mordí la lengua enfadado.

Había cometido un error, y solo me di cuenta al terminar la frase. Tendría que haberle pedido primero su versión. Acababa de hacerle un favor, y ella no lo desaprovechó.

—Ah, entonces ya lo entiendo… —replicó, y no estuve seguro de si improvisaba sobre la marcha—. Debieron de caérseme mientras buscaba el papel para dejarte la nota. Por eso no las encontraba en el bolso. Ufff, menos mal… Son unas bragas bastante caras…

De nuevo salía el tema del precio de la prenda. ¿Habría hablado de ello con Bruno y por eso ambos lo mencionaban como si fuera el detalle más importante?

—… Y me apetecía mucho que tú me las quitaras… —concluyó.

Cris Deshizo el abrazo y me guiñó un ojo, provocadora. Mi entrepierna dio un salto bajo el pantalón. Qué le iba a hacer, mi esposa seguía poniéndome muy caliente a pesar de los años que llevábamos juntos. Y mucho más en aquellos tiempos en que me daba tan poco.

Pero aún faltaba una aclaración.

—Pues si quieres que te las quite vas a tener que arreglarlas… —le escruté los ojos mientras le daba la noticia—, porque están rotas.

Las miró un instante y no vi sorpresa en su mirada.

—Ah, sí… ahora lo recuerdo, cuando me las iba a quitar por habérmelas mojado en el baño, se me rompieron… No te imaginas lo sucio que estaba aquel baño y las cabriolas que tuve que hacer para poder mear sin caer al suelo. Mira, aquí se ve la marca del pis que te comenté… ¿la ves?

No quise desconfiar de su versión de los hechos. Además, con ella quedaba claro el origen de la mancha dorada. Tenía que reconocer que era una explicación convincente y decidí creerla, ¿qué otra cosa podía hacer?

Antes de ponernos a preparar la cena, solo añadimos un par de obviedades sobre la suciedad de los baños de los bares de copas y después nos dedicamos a cocinar.

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