En un bar con una madura
Lleva años sirviendo bebidas, pero nunca nadie la ha mirado con esa hambre voraz. Cuando él no aparta la vista, ella decide que la espera ha sido suficiente. Esta noche, el almacén del bar será su escenario y la discreción, su única regla rota.
Saqué mi móvil del bolsillo. Ninguna novedad y el reloj me indicaba que la espera ya alcanzaba los 17 minutos. ¿Por qué no me habían dicho nada? Odiaba con el fondo de mi corazón no saber cuánto más tendría que esperar.
Suspiré de nuevo. Siempre me pasaba lo mismo con él pero, ¿con ella también? Puse los ojos en blanco e intenté despejar mi mente de preocupaciones. Di un vistazo alrededor, con la leve esperanza de encontrar el rostro de alguno de mis 2 amigos entre todos los desconocidos del local. No hubo suerte.
Mientras seguía buscando con mi mirada mis ojos se encontraron con los de la camarera, en el otro lado de la barra de madera de ébano. Fue inconsciente pero me detuve para mirarla y echarle un vistazo rápido.
Era mayor, puede que rondase los 50, pero me había gustado mucho. A pesar de estar en la otra esquina mi rápido repaso visual me dejó claro que sus atributos me calentaban mucho.e
Me di cuenta de que la seguía mirando y avergonzado bajé mi mirada volviendo a sacar el móvil. De nuevo nada y la esperar casi llegaba a los 20 minutos. Abrí el WhatsApp y empecé a pensar qué amenazas no eran los suficientemente duras pero tampoco demasiado blandas.
-Disculpa, ¿te pongo algo?
Escuché una voz femenina tan cerca de mi espalda que me sobresalté. Al darme la vuelta vi a la camarera mirándome sonriente.
¿Algo? Me pones un montón. Madre mía desde esta distancia se podía apreciar mejor si enorme busto. Y esos labios rojos y carnosos, ufff vaya labios. Mmm, ¿y que le pido ahora?
-Se te ha comido la lengua el gato?
Ugh, estaba a punto de hablar. Y además, ¿qué frase tan antigua no? Bueno es una broma y sigue sonriendo, parece que no le molestó mi vistazo de antes. Y ya que ella empezó con la broma...
-Ah es que estaba indeciso, tenéis tantas cosas buenas en este bar que es difícil escoger -le contesté recalcando la palabras buenas al tiempo que intencionalmente la miraba de arriba a abajo.
-Ah - se mostró sorprendida y tardó un poco en responder -Mmm, en ese caso veremos qué se puede hacer.
Guau, pensé que me sonreiría y haría como que no había escuchado o le quitaría importancia. Pero tras un breve instante se recompuso y me respondió con mucha confianza. No me dió tiempo a réplica tampoco, nada más soltar aquellas palabras se giró para atender a otros clientes.
Joder, como justo ahora aparezcan mis amigos sí que cumpliré con las amenazas. Sonreí, la angustia de la espera se había ido para dar paso a una situación muy interesante. No sabía que pretendía ella o hasta donde querría llegar, pero a partir de aquí no le quitaba la vista de encima.
Llevaba unos leggins negros que hacían demasiado visibles sus piernas. Que difícil se me hacia quitar la vista de las curvasque salían de sus caderas y conectaban sus muslos. Tuve que tragar saliva cuando la vi agacharse para coger algo de la nevera. Al incorporarse, juraría haberla visto sonreír con malicia. ¿Me estaba provocando a propósito? Mis ojos recorrieron furtivamente su espalda, casi desnuda, con una cinta como único seguro para mantener el corpiño ceñido a su pecho. Era tremendamente atractiva.
Yo estaba sentado en uno de los extremos de la barra, justo en el lado por donde las camareras tenían que salir. Y la puerta del almacén donde guardaban las botellas estaba justo a mi derecha. Pero no me percaté de todo esto hasta que vi que se dirigía de nuevo hacia mí. Al llegar, apoyó los antebrazos en el borde de la madera, inclinando su cuerpo peligrosamente hacia el mío.
- ¿Has pensado ya lo que quieres?
- Estoy en pleno debate.
- Mmm… Qué podrá ser- Sonrió entonces, saliendo de la barra.
Claramente había sitio de sobra para que pudiera pasar sin apenas tocarme. Pero todo eso perdió su importancia cuando noté la dureza de sus nalgas contra mi vientre, rozándome premeditadamente la entrepierna al pasar, ya la tenía medio dura pero con ese moviento se me paró del todo. Para ella, darse cuenta de ese detalle no sirvió más que para hacerla aumentar disimuladamente la presión del roce. Y todo en apenas unos segundos.
- Cuando te decidas, házmelo saber. – me susurró justo antes de separarse de mi para entrar en el almacén.
Joder, en un momento me había puesto tan caliente que casi pierdo el control. Sentía como si mi sangre hirviese y tuve que resistirme para no seguir a la camarera al momento. Piensa un poco. Intente calmar al menos mi cabeza, mi erección no bajaba, tenía que esperar un poco y no entrar atropelladamente al almacén sin disimular.e
Además, no podía cagarla. Intenté pensar en todas las probabilidades de hacer algo que pudiera cambiar su opinión y estropear el polvazo que le iba a echar. Tenía que repasar lo poco que sabía de ella.
Mierda, mis amigos. Asustado, miré rápidamente alrededor mío. Me tranquilicé al ver que no estaban. Joder, podrían llegar en cualquier momento, no tenía tiempo. Tardé dos segundos en meditar si valía la pena correr el riesgo de entrar sin disimular o esperar y que me pillaran mis amigos. Entré de aquella manera al almacén.
La noté sobresaltada, supongo que no esperaba que entrase así. Ella me contempló durante un instante, evaluando mi respiración, descontrolada por completo, y aprovechando para ver mi aspecto a la luz. Por su sonrisa pude interpretar que algo le gustó.
No pude esperar más y crucé en dos zancadas los escasos tres metros que nos separaban. Ella me acogió entre sus brazos con los labios semiabiertos, esperando impaciente el calor de mi boca húmeda por el deseo.
Y no alargué la espera, la cubrí con mis labios, buscando casi inmediatamente el roce de su lengua mientras sentía el retumbar de los latidos de su corazón acelerado contra mi pecho. Mis brazos rodearon su cintura hasta que uno de ellos, casi actuando con voluntad propia, descendió por la piel de su espalda hasta el límite de sus nalgas, buscando la suavidad y la firmeza que habían conseguido eliminar mi sensatez de la ecuación, hacía tan solo treinta segundos.
Abarqué con mi mano todo lo que fui capaz, y lo apreté con fuerza, pegando su cuerpo al mío casi con furia. Su gemido no me ayudó. Bajé mi boca hasta su cuello, aspirando todo su perfume; saboreándolo por fin. Sentí sus dedos hundidos en mi pelo, luchando por contener su cuerpo. Coloqué la mano libre en su otra nalga y la levanté en vilo, casi aplastándola contra la pared, aunque sin quejido alguno por su parte.
La noté ardiendo sobre mi erección, rozándose casi desesperadamente contra ella mientras yo la mordía con violencia, apenas consciente en mi febrilidad.
-¿La sientes?
-¡Sí joder! Quiero que me des duro.
-Te voy a reventar puta -le susurré al oído.
Sentí de pronto su tensión aumentar, parece que le había gustado. Busqué su mirada mientras la dejaba resbalar entre mis manos hasta tocar el suelo de nuevo, y descubrí sus mejillas coloradas; sus pupilas dilatadas por la pasión del momento. Nos quedamos inmóviles un instante, y entonces ella volvió a besarme, pero esta vez sus manos volaron bajo mi camiseta, recorriendo mi pecho. Ardía al contacto con mi piel. Prácticamente me arrancó lo que le estorbaba para besar mi torso al tiempo que una de sus manos deslizaba la cremallera de mis vaqueros para liberar mi ahora totalmente desbordada erección. La sentí gemir en mis oídos y quise empujarla sobre la mesa del escritorio de la esquina, pero no me lo permitió.
En vez de eso, se arrodilló ante mí y se metió mi polla casi por completo dentro de su boca. Enseguida escuché los carraspeos de su garganta. También escuché el cristal de la botella que acababa de romper por querer agarrarme a la estantería con demasiada brusquedad. No me importó como a ella no le importaban las arcadas que sentía al tratar de engullir por completo mi polla. Estaba poniendo todo su empeño, yo no paraba de gemir del gusto.
Todas mis fuerzas se concentraban ahora en mantenerme de pie y no gritar. Sentí su lengua, jugueteando sobre mi glande entre un vaivén de succiones dignas de enloquecer al mejor amante del mundo. Me pegué contra la pared, casi con deseos de atravesarla, pues no me sentía con fuerzas suficientes para soportar una boca así, teniendo tal excitación. Ella ignoró mis gemidos de súplica. Siguió disfrutando de mi miembro, totalmente concentrada en el, como si yo no existiera. Eso hizo que mi libido subiera demasiado rápidamente hasta niveles críticos.
No quería terminar así. La quería ya.
Me separé casi de golpe y la levanté de nuevo, empujándola sin posibilidad de discusión hacia la mesa sobre la que tanto deseaba tenerla. La senté sobre el borde y la tumbé de espaldas, arrancándole los leggins, dejando al descubierto un hermoso tanga color cereza, con diminutas cadenas sujetando ambas partes… Soberanamente fáciles de romper. Ella supo qué me proponía cuando ya era demasiado tarde, y de un tirón seco arranqué aquella prenda tan fina que me separaba de lo que yo realmente deseaba disfrutar; abierto para mi; húmedo; totalmente depilado, a excepción de un suave pompón en lo alto de su monte de Venus. Delicioso. Y su sabor era acentuadamente salado. Sabroso… Muy agradable.
Sus gemidos me indicaron las cosas que mas le gustaban. Lo quería rápido. No, lento. Ahora con suavidad… Ahora más fuerte. Sus muslos tensos en mis mejillas, y sus uñas clavadas sobre la mesa. Y mi lengua, acariciando su centro de placer, alargándolo hasta la locura… Sonriendo ante su desesperación.
-… Por favor… Hazlo ya… ¡Oh, Dios mío! Oh… Hazlo…
Sus jadeos eran una fabulosa música de fondo. Me excitaban y me motivaban al mismo tiempo. Pero mi erección comenzaba a ser dolorosa, de puro deseo. Necesitaba meterme dentro de ella. Lo necesitaba con urgencia.
Aceleré mi ritmo, cambiándolo cada poco tiempo del lento al rápido una y otra vez. No fueron necesarias más que dos rondas, en seguida sentí su orgasmo y pude saborearlo de lleno. Oí su grito, pero estaba demasiado lejos para cubrir su boca con mi mano. El riesgo me excitó aún más.
En un gesto repentino, ella se incorporó atrayéndome hacia a ella con tal fuerza que perdí el equilibrio, y acabé justo donde ella quería: bajo sus piernas. Sentada a horcajadas sobre mí, no necesitó más que un leve movimiento para introducirme en su interior… Ardiente. Ajustado. Y en ese primer embiste tuve que poner toda mi fuerza de voluntad para no liberar mi eyaculación antes de tiempo. Me entretuve sacando sus senos de la protección del corpiño mientras ella, ajena a mis problemas de autocontrol, gozaba cada sacudida, cada movimiento, llegando hasta casi el glande antes de volver a hacerme entrar de nuevo, inundando mi garganta de gritos sordos y jadeos. No podía estar así por mucho más tiempo. Y no llevaba puesto ningún tipo de protección. No importaba cuánto deseara alargar el momento, debía salir ya.
Pero la fuerza de sus caderas me mantuvo dentro, aun cuando intente advertirla del peligro entre jadeos. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y gemía conmigo en cada embiste, lento y enloquecedor, o rápido y violento.
Note el flujo de esperma presionando para eyacular, por más que intentaba evitarlo. Y el movimiento de su cuerpo contra el mío no ayudaba nada. Le grité que se apartara, pero no quiso hacerlo: cubrió mi boca con la suya, y yo me resigné, liberando la presión que había estado ejerciendo todo ese tiempo en forma de un potente y largo orgasmo, al que ella se unió segundos después.
Agotados, sedientos y cubiertos de sudor, yacimos unos minutos inmóviles sobre aquel escritorio tremendamente robusto, intentando ambos controlar que la respiración y el pulso volvieran a sus ritmos normales. En ello estaba yo, cuando se me ocurrió una pregunta ciertamente irónica en un momento como aquel.
- Por cierto… - tome otro poco de aire antes de poder seguir – No te lo he preguntado antes: ¿Cómo te llamas?
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
La caída de Marta
Marta creía conocer los límites de su matrimonio, pero la voz grave de Alex en el gimnasio borró toda línea roja.
Comparte:Dominacion masculinaErotismo romanticoDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
El cumpleaños 38 de Susy
Carlos se ha ido y la casa está en silencio. Susy sabe que no debería abrir la puerta a Toño, pero el calor que le recorre la piel le dice que esta…
Comparte:Dominacion masculinaErotismo romanticoDeseo reprimido
- Hetero: General
Putita en el taxi
Con el alcohol de por medio y el deseo desbordado, la línea entre el pasajero y el conductor se difumina en la oscuridad del taxi.
Comparte:Erotismo romanticoRelacion clandestinaDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Mi confidente sexual me hace fantasear iii
Él sabe que su marido nunca entendería sus fantasías, pero sus mensajes sí. Un regalo inesperado y una cita que promete más que comida: esta vez, el…
Comparte:Dominacion masculinaRelacion clandestinaDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Cambio de mujer decente a una mujer liberada 5
El policía la vio con el consolador clavado y no la regañó: la deseó. Ahora, entre el olor a semen y el riesgo de ser vista, ella descubre que su…
Comparte:Erotismo romanticoDominacion masculinaTransgresion moral
- Hetero: General
Elsa y yo (2)
Elsa no recordaba lo que pasó esa madrugada, pero su cuerpo sí guardaba la memoria. Martín sabía que la curiosidad es un detonante peligroso, y que…
Comparte:Relacion clandestinaErotismo romanticoDeseo reprimido