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Las clases de crossfit (2 de 2)

Marta siempre quiso sentirse viva, pero nunca imaginó que lo lograría a espaldas de su marido. La discoteca, el alcohol y la mirada ardiente de su entrenador encienden una chispa que pronto se convertirá en una hogara de placer prohibido. ¿Qué pasa cuando el deseo supera la lealtad y el peligro acecha en cada rincón de su propia casa?

XimIkrad18K vistas9.0· 20 votos

Esa noche, en casa, comentaron la propuesta mientras cenaban.

– Lucas nos ha invitado a salir a cenar y luego a una discoteca para celebrar todo lo que hemos progresado. El verano ya está aquí y apetece más salir. Me gustaría que vinieras, hace mucho que no entrenas con nosotros y creo que sería bueno para ti –dijo Marta, tratando de sonar casual.

Jaime frunció el ceño, pensativo. La idea de ir a cenar le parecía bien, pero la parte de la discoteca le generaba ciertas reservas. Estaba seguro de que un montón de mirones se comerían a su mujer con los ojos y temía que alguno se atreviera a tocarla. Sin embargo, la idea de pasar tiempo juntos y tratar de mejorar su relación lo convenció.

– Está bien, iré –respondió finalmente–. Aunque no me emociona mucho la idea de la discoteca, estaré atento para asegurarme de que todo vaya bien.

Ella sonrió, a pesar de que odiaba que fuera tan receloso, estaba contenta de que hubiera aceptado.

– Estoy segura de que nos lo pasaremos bien. Lucas es un tío muy divertido. No sé por qué te cae mal, si apenas has ido a las clases –expuso ella, sin poder evitar mostrar una pequeña sonrisa al pensar en él.

A él no le gustó nada la afirmación de su esposa. Su intuición le decía que ese tipo no era trigo limpio; no le hizo falta más que unas pocas clases para darse cuenta. Después en los vestuarios, confirmó sus sospechas. Lo tenía calado desde la primera vez que lo vio.

– Sabes que es porque acabo muy cansado del trabajo. Además, Lucas es un gilipollas. –se quejó, volviendo a excusar sus acciones.

Ella miró al techo, suspiró y puso los ojos en blanco. Estaba cansada de escuchar siempre las mismas excusas.

– Lo sé, Jaime. Pero el día de la cena, pórtate bien y no te pases, ¿quieres? –susurró Marta, al mismo tiempo que acariciaba su mano con dulzura.

Su marido inclinó la cabeza, relajando el rostro. No podía negarle nada.

La noche de la cena llegó. Se arreglaron de manera informal antes de salir a esperar al taxi que los llevaría al restaurante.

Marta se sintió radiante, luciendo un vestido blanco que destacaba su nueva figura. El vestido era corto, llegando justo por encima de las rodillas, luciendo su figura atlética de la que tan orgullosa estaba.

El escote pronunciado en V destacaba su cuello y clavículas, mientras que los tirantes finos dejaban sus hombros al descubierto, dándole un aire veraniego. La parte de arriba al ser ajustada al cuerpo, hacía el soporte suficiente como para no llevar sujetador.

Jaime, por otro lado, iba con un polo y unos jeans holgados, dejando relucir unas cartucheras que se supone que no debían de estar a esas alturas del año.

– Es aquí –informó ella al taxista, extendiendo la mano para pagar—. Quédate con el cambio.

La tela ligera y fluida de su vestido se movía con cada paso que daba, acentuando sus caderas y piernas tonificadas mientras se dirigían hacia la entrada del local.

Una vez en la entrada, esperaron unos minutos a que todo el mundo llegara y luego entraron.El restaurante era amplio y animado, con una buena iluminación que destacaba los vibrantes colores de la decoración. Les condujeron a unas mesas reservadas, estaban dispuestas para acomodar a grupos grandes.

Había una mezcla de emoción y camaradería en el aire mientras todos se sentaban. Aunque el marido no pudo evitar sentirse incómodo, conocía poco a la gente y no lograba encajar en ninguna conversación, sintiéndose un poco fuera de lugar. Se notaba que tenía menos conexión con el grupo debido a lo poco que había asistido a las clases.

Una vez terminada la cena, Lucas se levantó y alzó su copa, llamando la atención de todos los presentes.

– Quiero proponer un brindis –dijo, visiblemente contento–. Esta noche estamos aquí para celebrar el progreso y el esfuerzo de todos, pero en especial, quiero reconocer a una persona. Ha sido quien más ha mejorado, consiguiendo un físico increíble en apenas un año. Marta, por favor, levántate.

La mujer, colorada por el alcohol y los cumplidos, se levantó y todos aplaudieron. El entrenador continuó:

– Marta, tu dedicación y esfuerzo han sido inspiradores para todos nosotros. Te has transformado completamente y no solo físicamente, sino que también has ganado una confianza y una fuerza admirables. ¡Por Marta! –bajó la copa, miró a la morena y le guiñó un ojo antes de beber.

Todos brindaron, pero el abogado no se mordió la lengua. Miró a Lucas con desdén y soltó un comentario mezquino.

– Claro, es fácil mejorar cuando tienes tanto tiempo libre y un entrenador personal siempre pendiente de ti –exclamó, de manera sarcástica.

El ambiente se tensó por un momento. La mujer, tratando de calmar la situación, puso una mano sobre su brazo.

– Jaime, no es justo. Lucas ha sido un gran apoyo, pero tú sabes lo duro que he trabajado para conseguir esto –dijo suavemente, intentando tranquilizarlo.

El hombre resopló, apartó la vista y, visiblemente molesto, comenzó a beber más de la cuenta. Pero solo conseguía aumentar su frustración y su sensación de estar fuera de lugar. Después de la cena, decidieron continuar la noche en una discoteca cercana.

De camino, Jaime estaba sumergido en sus pensamientos, recordando todo lo que había escuchado durante el año en el gimnasio. Gracias a eso, sabía que Lucas era un peligro. Pero fue interrumpido; era el mismo hombre quien lo sacó de sus pensamientos.

– No tienes de qué preocuparte, Jaime. Tu mujer está en buenas manos –dijo, con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

– Sé lo que intentas, y no te saldrás con la tuya –replicó, con el ceño fruncido y agarrándole de la camiseta.

– Nunca haría nada que molestase a Marta, te lo aseguro –respondió Lucas, con tono seguro y mostrando su mejor sonrisa–. Ahora suéltame –continuó, con un semblante más serio.

El marido detectó la mentira en sus ojos; se estaba riendo de él, pero aún así, lo soltó. Le había prometido a su mujer que se portaría bien, o al menos eso intentaba.

– Eres un engreído por hablarme así, pero solo eres un entrenador de pacotilla –contestó Jaime, con creciente irritación.

En ese momento, Marta se acercó a ellos.

– ¿De qué habláis? ¿Estáis haciendo las paces después del numerito? –preguntó ella, mirando a ambos con curiosidad.

Lucas dejó escapar una risotada.

– Nos estamos poniendo al día. Le decía que aún no es tarde para cumplir la promesa y convertirlo en un toro –exclamó entre risas, parecía estar disfrutando de la situación.

– No seas así, Lucas. –Le respondió la mujer, dándole un pequeño golpe en el brazo, mostrando una complicidad evidente entre ambos–. Jaime hace lo que puede.

El abogado no quiso arruinar más la noche de su mujer, así que esta vez se aguantó las ganas de responder.

En la discoteca, la atmósfera vibrante y la música ensordecedora crearon el escenario perfecto para que todos se soltaran y disfrutaran de la noche, olvidando el desgraciado comentario del restaurante. Ella se convirtió rápidamente en el centro de atención, para desgracia de su marido. Estaba espectacular; los hombres no podían evitar mirarla, algunos con admiración y otros con evidente deseo.

Jaime se sentía cada vez más irritado por todo lo que estaba viviendo esa noche. Además, no podía soportar las constantes miradas que dedicaban a su mujer. Tenía que estar alerta por lo que pudiera intentar cualquiera.

Por el contrario, su mujer se dejó llevar por la música, moviéndose de una forma junto a sus compañeras de clase que atraía aún más miradas. Bailaban muy pegadas entre ellas, de una manera muy sensual y erótica. El vestido se levantó más de la cuenta en varias ocasiones y el pecho danzaba al unísono de la música, avisando con escapar; el alcohol la había desinhibido a pesar de estar su marido presente.

Al verlo, el marido continuó bebiendo. Ella lo veía cada vez peor, con la expresión más sombría con cada copa que se tomaba. Sabía que su comportamiento era una mezcla de celos e inseguridad, y deseaba encontrar una manera de tranquilizarlo y hacer que se sintiera incluido.

Se acercó, esperando poder aliviar algo de su tensión.

– Vamos, Jaime, bailemos un poco. Quizás eso te ayude a relajarte –le dijo, tomando su mano.

Pero le apartó la mano con un gesto brusco.

– Prefiero quedarme aquí. No te preocupes. Sigue bailando con tus amigas –contestó de manera burlona.

– ¿De verdad? –preguntó sorprendida, después de unos segundos de silencio, continuó–. Como quieras, siempre estás igual –exclamó ella, bufando y apartando la mirada, visiblemente cansada de su actitud.

La diseñadora, enfadada, volvió a la pista a bailar y dar rienda suelta a todo lo que se había guardado ese año.

Se unió al grupo de amigos que ya estaban bailando en el centro de la pista. La música llenaba el espacio, y se dejó llevar por el ritmo, moviéndose con energía y gracia. Lucas, habiendo contemplado desde lejos la discusión, estaba seguro que estaría sensible, así que se acercó más para poder hablar sin que les molestase el pesado del marido. Colocándose en una posición donde Jaime, a lo lejos y entre la multitud, no podía ver del todo bien lo que ocurría.

– Diviértete. Si tu marido quiere montar un espectáculo, que lo haga –le dijo, su voz era apenas audible entre el ruido de la discoteca.

– ¡¿Qué dices?! –preguntó ella, apenas escuchaba nada en ese ambiente.

El hombre se acercó todavía más, apenas les separaban centímetros.

– Tú y yo vamos a disfrutar –pronunció en voz baja al oído mientras la devoraba con la mirada. Ella se le quedó mirando boquiabierta, sin saber a qué se refería–. La noche es muy larga, y aún quiero enseñarte algunos movimientos –le aseguró, pasándose la lengua por el labio inferior.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar esas palabras y gestos. No pensaba que un hombre así se pudiera fijar en ella. Su actitud desinhibida la hacía sentirse viva, aunque también la llenaba de conflicto. A medida que la pista se llenaba de más gente, el espacio se hacía más reducido y se encontraban cada vez más apretados.

Los cuerpos se movían en sintonía, sintiendo el calor y la presión del hombre a su lado. La química que había entre ellos era difícil de ignorar, así que intentó centrarse en la música y en el baile, pero su mente seguía volviendo a las palabras de antes y a la manera en que la hacía sentir.

“Ya sé qué es lo que pretendes. Pero no puedo”, el pensamiento voló a través de su mente.

A medida que seguía bailando, se encontraba atrapada entre el deseo y la lealtad. Él se movía con confianza a su alrededor, cada vez más cerca y dándole igual quien estuviera viendo. Ella intentaba mantener una distancia prudente, pero era difícil por el número de personas en la pista, haciendo que se sintiera cada vez más apretada contra él.

Lucas la miró directamente a los ojos, con una intensidad que la hizo temblar. Podía sentir su respiración en su cuello, el calor de su cuerpo tan cercano al suyo y una presión cada vez más grande en su bajo vientre.”No puedo”, se repetía una y otra vez, luchando contra la atracción que sentía.

Se le erizó el vello de golpe, quedándose pálida sin saber cómo reaccionar. Le había agarrado de una nalga, la fuerza que hacía era sutil, la suficiente para que Marta supiera que no era sin querer.

– Sé lo que estás pensando, no lo puedes esconder. –La voz del instructor era un susurro ahogado.

A la mujer se le enrojecieron las mejillas intensamente y bajó la mirada por la vergüenza de la situación, viendo que el bulto que tenía Lucas entre las piernas estaba enorme. Avisando con romper la bragueta.

Levantó la cabeza para mirarle a los ojos de nuevo. El pecho le subía y bajaba cada vez más rápido; estaba sumergida en un mar de dudas. Dio un largo suspiro, y la mirada se convirtió en puro fuego mientras se mordía al mismo tiempo el labio inferior. El deseo contenido se volvía cada vez más difícil de reprimir.

Intentó enfriar la cabeza. Sabía que estaba así por una mezcla del enfado con su marido, el alcohol que llevaba encima y la atracción con el maldito monitor. La situación se le estaba escapando de las manos.

Entonces, la canción cambió a una más lenta, y él aprovechó para que bailaran pegados. No se negó. Sus cuerpos se tocaban, saltando chispas a cada roce, marcándose los pezones sobre la fina tela, y aunque parte de ella quería apartarse, otra parte le gritaba que disfrutara del momento. La tensión sexual era casi tangible.

– Vamos, déjate llevar y disfruta –susurró Lucas al mismo tiempo que le cogió con delicadeza de la mano.

Las feromonas estaban en el aire, totalmente embriagada de ellas. Sentía su aliento cálido en el cuello y una fragancia masculina inconfundible; un penetrante olor a macho que le dejó con la boca seca.

Le acompañó la mano hasta el pecho, y ella aprovechó para palparlo. Era increíble lo duro y firme que estaba. Cerró los ojos por un momento, respirando profundamente. Intentaba encontrar la fuerza necesaria para alejarse. No la encontró.

El instructor siguió guiando la mano, recorriendo todo el abdomen con parsimonia, hasta dejarla un poco por debajo de la cadera. Entonces, la soltó.

Marta se quedó sorprendida cuando le liberó su mano para continuar bailando como si nada hubiera pasado.

”Solo un poco más”, maldijo para sus adentros. El deseo era irrefrenable; no podía resistir la tentación de bajar unos centímetros más.

La curiosidad y excitación pudieron con ella. Al estar entre tanta gente y a oscuras, tenía la seguridad de que Jaime no la vería y su cuerpo actuó solo. Descendió la mano hasta palpar la entrepierna, era cálido y a la vez duro. Parecía que tenía vida propia por cómo palpitaba cuando recorría el bulto con el dedo índice, recreándose un tiempo en el que mantuvieron una mirada ardiente.

Primero lo hizo con delicadeza y discreción, por temor a las consecuencias de lo que estaba haciendo. Giró la cabeza a ambos lados para cerciorarse de que nadie les estaba mirando; nadie lo hacía.

Dejó la delicadeza a un lado e intentó abarcar todo su miembro con la mano, no era tan largo como el de su marido pero al agarrarlo se cercioró de lo grueso que era, llevándose una mano a la boca inconscientemente.

– Estás jugando con fuego… –masculló entre dientes Lucas, sin apartar la vista de ella.

– No sé de qué me hablas –contestó, girando la cabeza para mirar a su marido seguir bebiendo, ajeno a lo que estaba haciendo.

Comenzó a masturbarlo por encima del pantalón. Notando la respiración cada vez más acelerada en ambos. No se podía creer lo que estaba haciendo; la humedad crecía entre sus piernas y descendía por sus muslos.

Acabó la canción, y con ello el juego. Asustada por su comportamiento, volvió a respirar hondo y se apartó ligeramente.

– Será mejor que paremos –lamentó Marta, totalmente colorada.

– Sabes que esto no quedará aquí, ¿verdad? –afirmó Lucas con soberbia, mostrando una sonrisa maliciosa.

Forzó una sonrisa, tratando de mantener la compostura. A su alrededor, las luces de la discoteca parpadeaban, creando un ambiente casi surrealista. Intentó centrarse en la música, en el ritmo, en cualquier cosa que no fuera su compañero en ese momento.

Su marido la observaba desde lo lejos con una copa en la mano, sin poder evitar sentir una oleada de celos y frustración. Ver cómo su esposa bailaba con el imbécil de Lucas, capturando la atención de tantos hombres, lo ponía de mal humor. Para lidiar con sus emociones, comenzó a beber con aún más intensidad. Cada trago parecía calmar momentáneamente sus inseguridades, pero también lo empujaba hacia un estado cada vez más irritable y descontrolado.

La mujer, ajena al estado de su esposo, seguía disfrutando de la noche. Bailaba y reía con sus compañeros del gimnasio, sintiéndose libre y viva por primera vez en mucho tiempo. Intentaba mantener la distancia con el profesor de crossfit, pero cada vez que cruzaban miradas, sonreía y sus ojos centelleaban.

Desde la barra, a Jaime cada vez le costaba más ver. Le pareció ver cómo alguien tomaba de la cintura a su esposa y ella intentaba soltarse con educación, pero el hombre insistía. La rabia comenzó a burbujear en su interior, su visión se estrechó y todo a su alrededor se volvió borroso. Dejó caer el vaso, ignorando el sonido del vidrio rompiéndose, y se dirigió con paso firme hacia la pista de baile.

– ¡Suéltala! –gritó, su voz resonó por encima de la música haciendo que todos se girasen.

El hombre desconocido se dio vuelta, sorprendido por la interrupción, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sobre él, empujándolo con fuerza. Era solo otro borracho. La tensión creció rápidamente, y parecía que la situación se saldría de control.

En ese momento, Lucas, al ver el altercado, corrió a interponerse entre los hombres. Sujetó a Jaime por los hombros y trató de calmarlo.

–Tranquilo, Jaime, no vale la pena –dijo Lucas con voz firme pero serena–. Vamos a resolver esto con calma.

El marido, aún furioso y con el rostro enrojecido, respiraba con dificultad. Miró a su mujer, que tenía el rostro pálido. Las palabras del instructor de crossfit lograron calar poco a poco en él, aunque seguía temblando de rabia y le daba vueltas la cabeza.

El zumbido en los oídos comenzó a ser cada vez más intenso. Todas las voces se distorsionaron y amplificaron al mismo tiempo. Se tambaleó, apoyando la mano sobre el hombro del instructor para no caer al suelo.

– ¡¿Jaime, qué haces?! –le increpó alguien. Era la voz de su esposa, que lo sacó de su ensimismamiento.

Se concentró con dificultad en el rostro de ella. Lo veía todo en blanco y negro.

– Marta, vámonos a casa –dijo masticando cada palabra, como si tuviera que sacárselas a la fuerza de la garganta. A duras penas se sostenía de pie.

Ella asintió, comprendiendo que quedarse sólo empeoraría la situación. Tomó la mano de su marido y se dirigieron hacia la salida. Lucas entrecerró los ojos y un brillo malicioso se instaló en su mirada. Viendo lo mal que estaba él y la preocupación en los ojos de ella, era la oportunidad perfecta y decidió aprovecharla; les ofreció su ayuda.

– Os acerco a casa. Es mejor que no esperéis un taxi ni cojáis vosotros el coche –propuso, tocando la espalda de ambos y señalando que su coche estaba aparcado cerca, en un punto intermedio entre la discoteca y el restaurante.

El abogado, demasiado cansado y afectado para discutir, aceptó la oferta con un gruñido.

Lucas los guió hasta el coche, colocándose la mujer en el asiento de copiloto y el marido, despatarrado, en el asiento trasero para que ambos fueran más cómodos.

Puso la dirección en el GPS y se dirigieron hacia su casa.

El silencio reinaba en el automóvil, solo roto por las respiraciones entrecortadas de Jaime y los suspiros de Marta. El conductor habló para romper la tensión del momento.

– Has hecho un trabajo increíble este año. Lo digo en serio, estoy muy orgulloso de ti –dijo, con una sonrisa cálida al mismo tiempo que posaba su mano sobre la rodilla de ella.

– Gracias. No habría sido posible sin tu ayuda –respondió Marta, devolviéndole la sonrisa y acariciandole la mano que tenía sobre su pierna.

El conductor siguió dando pequeñas caricias, aprovechándose para subir cada vez más, para incredulidad de ella. Finalmente alcanzó la cara interna de sus muslos. Ella le facilitó el acceso, incapaz de controlar el morbo que le producía hacer algo así. No podía creer que Lucas fuera tan descarado, con su marido enfermo en la parte de atrás.

– No sigas, por favor –suplicó ella, haciendo pucheros.

El hombre retiró la mano, no quería seguir tensando la situación y arruinar el plan que tenía en mente.

De repente, Jaime bajó la ventanilla y vomitó, interrumpiendo la conversación. Marta se giró rápidamente, con el rostro lleno de preocupación. Arrugó la nariz ante el hedor que desprendía su marido y lo asqueroso que había dejado parte de la puerta.

– Lo siento tanto. Esto es un desastre. –Se disculpó, el timbre de voz le temblaba de preocupación.

– Tranquila, no te preocupes. No es la primera vez que algo se derrama en mi coche. Cuando lleguemos a vuestra casa, lo limpiaré. Siempre llevo unas toallitas en la guantera, por si acaso. –respondió, tranquilizándola.

Cuando llegaron a casa del matrimonio, entraron en el parking y aparcaron en unas plazas reservadas para invitados, Lucas sacó las toallitas y comenzó a limpiar el coche mientras Marta intentaba mantener a Jaime de pie. Al ver lo difícil que le resultaba, el monitor le ofreció su ayuda.

– Si me invitas a tomar algo en tu casa, te perdono por esto –dijo, ensombreciendo el rostro.

La esposa aceptó a regañadientes, consciente de que necesitaba ayuda para subir a su marido al cuarto de la segunda planta. Era demasiado grande y no podía con él por las escaleras.

– Está bien. Gracias por ayudarme. Pero prométeme que te tomas una y te vas. No es buena idea que subas a casa con Jaime en este estado —contestó ella, resignada.

Entre los dos lograron llevarlo hasta su habitación. Ella se sintió aliviada de tener ayuda, aunque sabía que la situación era complicada. El entrenador les dejó un momento a solas, momento en que ella aprovechó para limpiarle la cara y quitarle la ropa, para que pudiese dormir sin problemas.

Después de dejar a su marido en la cama, se dirigieron a la cocina para tomar algo de beber. Todavía se escuchaban los ronquidos desde la planta baja de la vivienda. El monitor no pudo evitar sorprenderse por lo grande que era el piso.

– Tienes un apartamento impresionante, Marta. Nunca me lo habría imaginado tan espacioso –comentó, admirando el lugar.

– Gracias. Mi marido trabaja en un importante bufete de abogados, esa es una de las razones por las que tiene menos tiempo que yo –respondió, con una sonrisa.

– ¿Por qué no nos tomamos algo en la terraza? Es el edificio más alto de la zona y me gustaría ver las vistas –sugirió él, con una mirada cómplice.

Marta asintió, pensando que un poco de aire fresco podría ayudar a aliviar la tensión de la noche.

La terraza era amplia con una mesa, cómodos sillones y un amplio sofá, con una vista panorámica impresionante de la ciudad. Tenían un brezo que proporcionaba la privacidad necesaria para que se sintieran cómodos. Trajo dos copas de vino y se sentaron en los sillones.

– La vista desde aquí es increíble, por eso elegimos este sitio –comentó la mujer, mirando hacia las luces centelleantes de la ciudad.

– Sí, lo es. Aunque no tanto como tú… –respondió Lucas, mirándola con intensidad mientras tomaba un sorbo de su bebida.

– Seguro que le dices eso a todas –bromeó la propietaria con las mejillas coloradas, siguiéndole el juego. Dio un largo trago a su copa antes de continuar, disfrutando del sabor afrutado del vino–. Ha sido un día largo y necesitaba desconectar un poco. No sé qué me pasó antes. Estoy agotada de todo esto –confesó, sintiendo la tensión en su cuerpo y cómo su corazón latía con fuerza

– Es normal que estés cansada y no sepas lo que haces, las clases son cada vez más intensas –dijo, con una sonrisa sugerente mientras la observaba detenidamente–. Se nota que te esfuerzas mucho... y no solo en las clases.

–Sí, pero estoy muy cargada por tanto ejercicio. Me duele todo el cuerpo –admitió, ignorando la última parte del comentario y masajeándose el cuello.

Lucas ensanchó la sonrisa, inclinándose un poco más hacia ella.

– Puedo darte un masaje que te dejará como nueva. Te prometo que nunca has probado nada igual –sugirió, con un tono seductor en su voz.

Marta dudó por un momento. Levantó la copa y volvió a beber. La idea era demasiado tentadora.

Pasaron unos segundos que se hicieron eternos. Notaba un sudor frío recorrerle la espalda, sabía que estaba entrando en un terreno muy peligroso.

– Está bien, aceptaré tu oferta –declaró finalmente, relajándose en el sillón.

El hombre se levantó y se colocó detrás de ella.

Apartó su cabello, no pudo evitar estremecerse al sentir las cálidas manos recorriendo la parte alta de su espalda. Masajeaba su cuello con movimientos delicados pero efectivos. Dejó escapar un suspiro largo y vacilante, cerrando los ojos.

– Esto se siente increíble –murmuró, disfrutando de cada movimiento.

– Esto es solo el comienzo… –respondió, bajándole un poco los tirantes del vestido para masajear mejor sus hombros. Sus manos se movían con habilidad, deshaciendo los nudos de tensión en su cuello y hombros.

Todo lo que había vivido esa noche con él, las copas de vino, el enfado con Jaime y la sensación de sus manos hacían que Marta se sintiera extrañamente vulnerable y excitada. El morbo no dejaba de crecer entre ellos, intensificándose con cada movimiento, creando una atmósfera pesada y cargada de deseo a punto de estallar. Sabía que ya no había vuelta atrás.

– Tienes manos mágicas –dijo en voz baja, sin abrir los ojos–. ¿Qué es lo que quieres en realidad? –preguntó la mujer, aunque sospechaba la respuesta.

El hombre se inclinó un poco, sus labios casi rozando su oído.

– Volverte loca de placer –susurró Lucas a bocajarro. Volvió a repetirlo y, esta vez, Marta se quedó en silencio.

Cada vez bajaba más las manos y extendía el área de masaje. Ante los suspiros de ella, continuó.

– Solo quiero que te sientas bien –dijo, Marta sintió un escalofrío recorrer su espalda. El masaje continuó, y con cada minuto que pasaba, la línea entre la relajación y el deseo se volvía más difusa.

– Solo tienes que dejarte llevar –le susurró de nuevo al oído, comenzó a besar su cuello y sus manos acabaron de bajar la parte de arriba del vestido, liberando sus hinchados pechos.

– Pero Jaime está arriba… No podemos… –intentó detenerlo, pero ambos sabían que daba igual, era inevitable.

Apretaba con maestría sus pechos, rozando con la yema de los dedos sus pezones. Le comía el cuello desde atrás.

– Sabía que deseabas esto –soltó, antes de morderle el lóbulo y pellizcarle los pezones.

– Uff… No pares…–gimió, extendiendo su brazo hacia atrás para apretar con fuerza la cabeza de Lucas.

Las babas le corrían por el cuello y jadeaba ante esa liberación, estaba a punto de estallar. Sin poder aguantarse más, se levantó y comenzaron a besarse con desesperación. Las lenguas chocaban entre ellas como si fuera una batalla. Las lenguas chocaban y volvían a fundirse.

Las manos recorrían cada centímetro de su cuerpo, apretando sus pechos y apretando sus glúteos. Ella respondía con gemidos, cada vez más altos. Finalmente, coló la mano entre sus piernas y comenzó a frotar el clítoris por encima del tanga. Con movimientos lentos y disfrutando cada segundo. Volvieron a besarse mientras seguía gimoteando.

Incapaz de controlarse, Marta le bajó los pantalones, donde pudo ver, por fin, ese bulto tan grande y que la había vuelto loca en la discoteca. Confirmó lo que había palpado, era más corta que la de Jaime, pero mucho más gorda. Con gruesas venas recorriendo toda la extensión, el vello recortado y una cabeza del mismo color de su piel.

– ¿Era esto lo que me querías enseñar? –preguntó, muerta de placer por las caricias.

La intentó rodear con sus delicados dedos, sintiendo como ardía al tacto. Lo subía y bajaba, dejándolo completamente descapullado. Al ver el rígido rabo solo le vino un pensamiento; quería sentirlo dentro.

Lucas estaba demasiado ocupado en saborear sus pechos para responder. Los ruidos que salían de su boca eran obscenos, succionando los pezones y dando pequeñas cachetadas a sus pechos. Retiró el tanga hacia un lado e introdujo un dedo, notando lo mojada que estaba. Poco después le siguió otro dedo más, aumentó la velocidad y comenzó a escucharse un ligero chapoteo; se había reprimido demasiado y su cuerpo amenazaba con estallar en cualquier momento.

– Mmm… Me vas a matar… –dijo ella, abriendo la boca y llevándose una mano a la misma, ahogando un grito de placer.

La colocó en el sofá y le subió el vestido, dejándolo remangado en la cintura. Recorrió sus piernas con la boca, dándole besos por toda su extensión hasta llegar al encharcado tanga. Se lo quitó sin problemas.

– Para, está sucio después de toda la noche. –Lo avisó ella. Al hombre pareció no importarle mientras volvía a introducir dos dedos.

– No te preocupes, que te lo voy a dejar bien limpio –soltó, manteniendo la mirada antes de devorar su entrepierna.

Un sabor salado inundó las papilas gustativas del monitor, regodeándose en el evocador aroma que salía del sucio coño. Sorbía de los labios como si fuera un manjar. Ver cómo la mujer de Jaime se retorcía de placer en el sofá, presionando su cabeza con los muslos, lo excitaba aún más.

Su lengua entraba y salía sin parar, mientras que con una mano frotaba el clítoris y con la otra le recorría y apretaba firmemente los muslos, sintiendo la firmeza en sus dedos que habían trabajado todo el año. La morena gemía y susurraba, pidiendo que no se detuviese, cada palabra más alta que la anterior. Intentaba reprimir las ganas de chillar, pero la situación no dejaba de intensificarse.

Lucas intercambió los dedos por la lengua, centrando su atención en chupar y succionar el clítoris a la par que dos dedos entraban y salían completamente a mucha velocidad.

– Me corro… Ahh… Ahh… Sigue… –sollozó, volviendo a agarrar la cabeza del instructor para que aumentase la velocidad.

Se reclinó aún más sobre el sofá, dejando la cabeza apoyada sobre unos cojines. Abrió la boca y sus párpados cayeron, muerta de placer; intentó amortiguar el sonido con la mano e hizo un ruido ininteligible. Fue en vano, pues entre el crujir de la estructura y sus gemidos contenidos, estaba montando un espectáculo.

De pronto, todo se detuvo. Ella se incorporó, sorprendida.

– ¿Por qué te detienes? –le recriminó, con el pecho a punto de estallar por la velocidad de sus latidos.

Y él se levantó, con el duro miembro apuntando hacia ella. Tenía el glande goteando, a punto de estallar. La sonrisa que tenía era indescriptible, ahora estaba seguro: iba a follarse a Marta.

– No vamos a acabar aún –informó Lucas. Se sentó en un extremo del sofá, agarró con su mano el grueso falo y comenzó a masturbarse lentamente mientras contemplaba el lascivo cuerpo de ella y se mordía el labio, con la otra le hizo un gesto con un dedo–. Ven aquí.

Era una orden.

Marta obedeció, era su cuerpo quien tomaba las decisiones ahora. Se sentó a su lado y volvieron a enrollarse, con besos largos y húmedos mientras ella lo masturbaba. El tronco se hinchaba por momentos, palpitando y rodeándolo a duras penas.

– Pienso follarte toda la noche –musitó Lucas, e hizo que se sentara sobre él.

Estaba en un estado de éxtasis tan grande, que ni se le pasó por la cabeza decirle de usar preservativo, acostumbrada a hacerlo siempre sin protección al tomar pastillas anticonceptivas.

Tan solo dudó de que le fuese a hacer daño, nunca había tenido dentro algo tan basto.

– Ten cuidado, es demasiado gorda… –dijo ella, mostrando sus dudas al mismo tiempo que se apoyaba en los fuertes hombros del instructor.

– Iremos despacio. Después me pedirás que no pare –exclamó él, con fanfarronería.

Se puso a horcajadas sobre Lucas. Escupió sobre su mano y la restregó contra el pene, para acabar de lubricar y que entrase sin problemas. Lentamente descendió, notando como la gorda cabeza se abría paso por sus entrañas. Se estremecía a medida que bajaba, en poco tiempo el dolor fue dando paso al placer, estaba tan mojada que su coño apenas puso resistencia.

Comenzó a subir y bajar, confiando en que su cuerpo se siguiera adaptando a ese grosor.

Lo hizo.

En menos de un minuto, estaba cabalgando como si fuese lo único importante en ese momento. Salpicando el sofá y las piernas de él por culpa de sus fluidos cada vez que bajaba.

– Ya te dije que no te podrías separar –gruñó el monitor, soltando azotes sobre el trabajado culo de la morena. Ella aumentó la cadencia, notando como los huevos le golpeaban en el ano al descender.

– Joder, qué bueno. –Y besó a Lucas, bajando el ritmo para deleitarse con el sabor de ese hombre, no tardó en convertirse en un morreo. Él le movió las piernas, para colocarle los pies sobre sus cuádriceps, logrando que la penetración fuera más placentera–. Más fuerte. Más… –suplicó Marta, completamente extasiada y sudorosa.

Respondió succionando sus pezones de nuevo y dando azotes todavía más fuertes. Era demasiado duro; estaba segura que le dejarían marca.

Perdió la cuenta del tiempo que había pasado, la cabalgada se había vuelto lenta y poderosa. Cualquiera que les hubiese visto habría pensado que era una pareja de enamorados; nada más lejos de la realidad. Su marido estaba durmiendo arriba y en cualquier momento podría bajar. Sabía que los mataría si les encontrase así; ese riesgo la excitó todavía más.

– Disfruta, tenemos toda la noche –exclamó el hombre, moviendo las caderas sobre el sofá para conseguir una penetración más profunda.

Pero ella llevaba demasiado tiempo reprimida e insatisfecha; ya no podía más.

Un grito atronador salió de Marta, mordiendo a Lucas en el cuello para ahogar el grito al correrse. La tenía cogida de ambas nalgas con las manos y no la soltaba, siguió durante un rato más y la avisó de que estaba a punto de terminar.

– Agáchate, quiero correrme sobre tus tetas –le informó. El hombre se levantó y comenzó a masturbarse muy rápido. Ella no puso ninguna objeción, se agachó y levantó los pechos pasando un brazo por debajo de ellos, viéndose aún más gordos y grandes–. Oh… Sí… Levántalas más, quiero vaciar los huevos en ellas –indicó.

Instantes después, ella sintió varios impactos. Incluso sacó la lengua al ver cómo no se detenía y apuntaba más arriba, llegando uno a impactarle en el labio. Se relamió sin importarle lo más mínimo, sintiendo el agrio sabor de su esperma.

Lucas, al ver tal escena, acercó su todavía hinchado miembro al rostro de ella, y al verlo, abrió lo más que pudo la mandíbula y engulló el glande. Lo rodeó varias veces con la lengua. Cuando notó que se desinflaba del todo, lo sacó de su boca, reluciente.

Le había soltado una cantidad considerable de semen. Resbalaba por sus tetas, habiendo alcanzado el cuello e incluso un poco sus labios.

Ambos desfallecieron sobre el sofá, sintiendo una suave brisa de verano en sus calientes cuerpos. Después de un rato, ambos aún estaban recuperaron el aliento.

– Será mejor que te vayas –indicó Marta, toda pringosa y aún jadeante–. Voy a darme una ducha, y el baño está en la habitación donde está durmiendo Jaime. No le cuentes esto a nadie, e Intenta no hacer ruido al salir, por favor –le suplicó, poniendo las palmas de las manos juntas y haciendo pucheros–. Esto no se va a repetir.

El atractivo hombre asintió pero no se movió del sitio, tan solo se la quedó mirando. La mujer no esperó más y subió a la segunda planta, con el corazón acelerado por lo que había pasado. Cada paso era lento, siendo muy cuidadosa de que la presión de sus pies no hiciera crujir la escalera de madera.

Una vez llegó arriba, inspiró y exhaló profundamente, buscando calmarse antes de entrar en la habitación donde estaba su marido. Tenía que entrar en la ducha para limpiar el desastre y quitarse la sensación pegajosa que la cubría en esos momentos. Las rodillas le temblaban, sabía que sería el fin de su relación si su marido la veía así.

Respiró profundamente. Entró y vio como Jaime dormía, con la boca abierta y roncando sin ninguna preocupación aparente. Eso le dió una tranquilidad indescriptible; no se despertaría. Entró al baño y preparó varias toallas para limpiarse bien. Todavía no se creía lo que había pasado, y lo peor de todo es que se sentía viva y radiante.

Cuando el agua cayó sobre su piel, se sintió liberada. Cada gota que caía parecía lavar no solo su piel, sino también las emociones contradictorias que la abrumaban. El gozo que había sentido hacía años que no lo experimentaba. Era extraño para ella sentirse mal, pero no arrepentirse en absoluto, una especie de placer culpable.

Sabía que tendría que enfrentar las consecuencias de sus acciones, pero en ese instante, en el refugio de la ducha, se permitió simplemente ser, sin arrepentimientos ni juicios. Había sido increíble; dudaba de que volviese a vivir algo así en su vida otra vez. Cerró los ojos y se permitió disfrutar del momento de paz y claridad.

No duró mucho.

Escuchó un ruido detrás de ella, notando un cambio de temperatura que avisaba que alguien había entrado en la estancia. El sonido de la puerta cerrarse, lo confirmó. Supuso que su marido se había levantado.

– Amor, ¿te has despertado? –preguntó de espaldas, completamente empapada y frotándose el cuerpo antes de enjabonarse.

Unos brazos la rodearon firmemente por detrás.

– Dije que pensaba follarte toda la noche –contestó una voz conocida, sintiendo un cálido aliento en el oído.

Era Lucas, quien todavía no se había vestido y estaba desnudo detrás de ella. Le recorría el cuello con la lengua y mordisqueaba su oreja, sin importarle mojarse también.

–¡¿Qué haces aquí?! –inquirió Marta intentando darse la vuelta, con los ojos amenazando con salirse de las cuencas–. Quieres que nos maten o qué te pasa.

El hombre no dijo nada más; simplemente la giró, quedando frente a frente durante unos segundos. El fuego en sus ojos todavía ardía.

Volvieron a besarse, primero con besos cortos, como si ella todavía tuviese dudas. Después la pasión y lujuria hicieron el resto, el agua golpeaba sus cuerpos con la misma intensidad con la que sus lenguas colisionaban. Entrelazaron las manos y chocaron contra la pared del baño, cogiéndola de la nuca con una mano y del culo con la otra.

– Te voy a hacer mía –pronunció en voz baja–. Mira como me tienes otra vez –continuó, señalando el pene erecto de nuevo.

Parecía irreal lo rápido que se había recuperado. Y como si no hubiese ocurrido lo de la terraza, la lujuria estalló de nuevo entre ambos.

Perdiendo la elegancia que lo había caracterizado toda la noche, bajó la mano hasta su entrepierna, comprobando lo húmeda que estaba de nuevo. No necesitó comprobar más; le metió dos dedos. Comenzó a moverlos rápidamente al no notar signos de dolor por parte de ella.

– Uff… Te he dicho que esto no se iba a repetir nunca más –recriminó la infiel, abriendo la boca ante el placer que volvía a sentir de nuevo.

– Tu cuerpo no dice lo mismo –replicó el maldito entrenador–. ¿O quieres que me detenga? Ya lo has hecho una vez, da igual si lo haces de nuevo.

Marta lo sopesó durante unos segundos. El daño que había causado a su relación ya estaba hecho; era irreparable. Todavía podía conservar el decoro hacia su esposo y echar a Lucas.

Respondió rodeándole el cuello con los brazos.

La sonrisa del entrenador se ensanchó. La levantó a pulso, apoyándola contra la pared e incrustó el pene sin contemplaciones, con un golpe seco y duro. La tenía agarrada con firmeza, temblando cada vez que llegaba hasta el final.

Ella le arañaba la espalda de la pasión del momento. Rodeó la cintura del monitor con las piernas y se besaron con locura.

Comenzó una serie de acometidas, cada una más fuerte que la anterior. La mujer no solo no opuso resistencia, sinó que le apremiaba para que fuera cada vez más fuerte. Ardía por dentro y necesitaba saciarse.

Después de varios minutos, el hombre no mostraba signos de cansancio de tenerla cogida en brazos.

– Estás loco –suspiró ella, antes de continuar besándolo–. Aaaah… Aaaah… Como pares te mato –amenazó, al borde del orgasmo de nuevo.

Una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de Lucas

– Vamos a hacerlo las veces que quiera.

La bajó y la puso contra la pared, pegando sus palmas contra la pared y elevando un poco sus caderas.

– Cuando quiera.

Agarró el pene y restregó el glande por toda la extensión del coño. Dejándolo completamente reluciente por los flujos de la mujer.

– Y como quiera.

Introdujo el basto manubrio de un solo movimiento. Comenzó a follarle el coño de manera salvaje, haciendo rebotar las nalgas de la morena contra su pubis.

Al ruido del agua se le unió el sonido de ambos cuerpos chocar rítmicamente. Era algo primitivo. Estaban idos ambos. Embriagados de placer y sexo, por el pecado que estaban cometiendo. Los azotes en el culo eran cada vez más contundentes

– Aaahhh… Aaahhh… –gimió en voz alta.

El placer era demasiado superior a todo lo que había probado hasta ese momento.

Lucas se apartó, cogió unas toallas que estaban colgadas y las tiró al suelo.

– ¿Qué haces, por qué paras? –Se quejó Marta, apremiándole a que volviera a follársela.

– Ponte a cuatro patas –ordenó, señalando la toalla–. Quiero seguir trabajándote el culo.

Obedeció, se puso como un animal sobre la toalla, él se colocó rápidamente detrás.

Lucas vio cómo le había ensanchado el coño debido al grosor. Acercó la cabeza y le dió unos lametones para lubricar el coño y no hacerle daño al hacerlo en esa posición; estaba tan cachonda que no hizo falta. Así que se incorporó, colocó el oscuro glande entre los labios e introdujo el grueso pene de nuevo. al mismo tiempo que los azotes regresaban..

Marta se retorcía de placer, tanto que apoyó los antebrazos en la toalla y arqueó la espalda para recibir aún más profundamente las embestidas. Sentía que la diferencia entre el pene de Jaime y el de Lucas era como comparar unos palillos chinos con un rodillo de amasar.

No era consciente de cómo había terminado de esta manera, solo sabía que necesitaba más.

De golpe, el hombre le separó los glúteos, hizo un ruido asqueroso con la boca y esputó sobre su ano. Comenzó a perforarlo lentamente con un dedo. Pero no tardó mucho: entraba y salía con la misma cadencia que el pene. Volviendo loca a la mujer.

– Házme tuya –exclamó Marta, llevándose la mano al clítoris para masturbarse al mismo tiempo que era empalada con violencia por Lucas por ambos orificios.

Había perdido la cuenta de las veces que se había corrido esa noche.

– Estoy cerca –anunció el monitor, aumentando la velocidad de las embestidas y retirando el dedo para agarrarla con fuerza de sus caderas.

– Mmmmm… –sollozó de nuevo la mujer de Jaime, tapándose la boca con la mano para no hacer más ruido.

Primero acabó Marta, jadeando y sin poder recuperarse tan rápido como antes.

– Me voy a correr dentro –soltó él, bufando y con la respiración muy acelerada.

Estaba loco. A Lucas no le importaba que lo escuchara el marido ni las consecuencias, estaba poniendo en riesgo su trabajo e integridad física si era descubierto.

– Házlo, tomo pastillas. Lléname de tu leche –comunicó Marta, completamente loca, quería recibir la corrida de otro hombre con su marido durmiendo en la habitación de al lado. No había sentido una excitación igual en la vida.

Los ojos del monitor amenazaron con salirse de las órbitas al escuchar esas palabras. Aceleró más sus movimientos, si es que era posible. Acabó dentro con todo lo que tenía en sus testículos.Se dobló sobre sí mismo y besó la espalda de Marta. Ya solo se escuchaba el ruido del agua caer; el grifo seguía abierto.

Al retirarse, contempló el boquete que había dejado entre las piernas de Marta, y como caía todo el líquido blanquecino de su coño. La mujer jadeaba, notando como el caliente esperma corría por sus muslos.

La estampa era demoledora: la mujer de Jaime extasiada y agotada, abierta de piernas a cuatro patas y chorreando semen.

– Tenemos que repetir esto más veces –sugirió el monitor.

– No habrá una próxima vez, y aún menos en mi casa –dijo de nuevo la infiel, pero su palabra ya no valía nada.

Antes de responder, un ruido seco inundó el baño. Tardaron unos segundos en darse cuenta: era Jaime, quien estaba golpeando violentamente la pared.

Ambos palidecieron, conscientes de que no había escapatoria ni lugar donde esconderse; la situación pintaba muy mal.

– Marta, ya basta con la ducha joder. Quiero dormir, la cabeza me va a estallar –gritó Jaime, furioso al otro lado de la pared. Marta apagó el grifo y reinó el silencio.

Esperaron más de media hora en el baño, sin atreverse a salir. Finalmente, limpiaron el estropicio sobre sus cuerpos como pudieron y, salieron. La mujer encontró a su marido roncando de nuevo, se giró e hizo señas para que Lucas saliera del baño.

Caminó en silencio absoluto, bajó las escaleras con mucho cuidado y empezó a vestirse de nuevo.

– Esto ha sido una locura; no podemos volver a vernos –comunicó ella, temblando al ser consciente de todo lo que había hecho.

– Eso dices ahora. Cuando me necesites, ya sabes dónde estoy –dijo él, dedicándole una sonrisa pícara antes de ponerse las zapatillas.

Miró al suelo, resignada y dolida. En su interior sabía que resistir la tentación era muy difícil.

– Vete, no quiero hablar más contigo –dijo, señalando la puerta del recibidor.

Y se marchó de la casa, cerrando la puerta con cuidado, dando gracias a la suerte que tuvo en que no le pillara el marido.

Sentó su dolorido trasero en el sofá del comedor, pensando en todo lo que había sucedido, incluso le había permitido que se corriese dentro de ella; no sabía ni cómo describirse. Pero no lloró, solo se sintió sucia y sin saber qué decir a su marido a la mañana siguiente. De momento lo único que podía hacer era limpiar todas las marcas de sus crímenes. Y eso hizo.

No durmió esa noche, pensando en cómo lo abordaría y arreglando la casa. Al menos, sabía que no se podía quedar embarazada gracias a los medicamentos que tomaba. Ese fue el único consuelo que encontró.

Por la mañana del día siguiente, su marido vino a hablar con ella. Tenía una terrible resaca.

– Perdona por la escena de ayer, cariño –se disculpó Jaime, mirando al suelo avergonzado.

No se creía lo que estaba pasando.

– No pasa nada, Jaime, sé que tienes problemas de celos pero no puedes pagarlo con la bebida –expuso Marta, bajando la voz hasta un timbre calmado y gélido como el hielo. Tenía que aprovechar la oportunidad–. Pero eres una persona maravillosa y no te merecías lo que ocurrió ayer.

– Mi actitud fue inexcusable –volvió a excusarse.

– Pero ayer…

– No pasó nada. Solo mis paranoias infundadas –interrumpió la frase–. Dormir me ha venido bien, aunque solo recuerdo hasta que empujé a un tipo en la discoteca y después me desperté por culpa de la ducha. No sé para qué insonoricé el baño si sigue haciendo ruido.

– Cuando volvimos, te subí hasta la cama y después me di una ducha por todo lo que había sudado –soltó, con una sonrisa mientras le temblaba el párpado izquierdo.

– Se nota que estás mucho más fuerte. De algo tenían que servir las clases con el gilipollas ese. En el gimnasio corrían rumores de que tenía una lista de chicas de sus clases a las que se había tirado, menudo cerdo.

Ella palideció al escuchar eso. La iba a pillar, pero todavía podía hacer algo para evitarlo.

– Qué cerdo. Entre esto y cómo te respondió, lo mejor será que deje el gimnasio. Me apuntaré a otro que esté más cerca. Odio esa clase de tipos que ven a las mujeres como objetos con los que pueden hacer lo que quieran.

– Me alegro mucho, cariño –dijo Jaime, entornando la vista al no entender el cambio tan repentino de su mujer. Respiró hondo y no le quiso dar más importancia, ya había sufrido las consecuencias de sus imaginaciones el día anterior y estaba cansado–. Me parece una idea genial. De todos modos, tengo que poner remedio a esto –continuó, tocándose la barriga–. Aunque no sé si estaré a tiempo de convertirme en un toro como dijo el imbécil. Se cree que me chupo el dedo. Ese te quería llevar a la cama –finalizó, apretando el puño y mordiéndose el labio inferior con rabia.

– Seguro que lo consigues, amor –tragó saliva con amargura antes de continuar–. Es solo cuestión de entrenar. A mí me ha ido muy bien, ya lo sabes. Buscaremos otro sitio juntos.

El matrimonio se dio un abrazo y un tórrido beso, actuando con normalidad.

Marta estaba segura de que por una mentira no pasaría nada; si no lo sabía, no le podría hacer daño.