Xtories

La escala (Capítulo 2)

Lleva el vestido sin nada debajo y sabe que todos la miran. Pero lo que realmente la quema no es la mirada de los desconocidos, sino la de él: el joven jefe de su marido, quien ya ha visto sus secretos y ahora tiene la llave de su deseo prohibido.

Sylke6.9K vistas9.3· 17 votos

La escala

Capítulo 2

Llegamos por fin a la famosa discoteca, ubicada en un lujoso hotel de París en el que afuera hay varios coches oficiales aparcados a la puerta y los jóvenes soldados que hacen de chóferes, se quedan mirando mis piernas y siguiendo el sonido que hacen mis tacones en esa noche parisina. Me siento pletórica y sé que Óscar también.

Entramos en la discoteca de ese hotel, que parece realmente lujosa en un viejo edificio, pero muy redecorado, con grandes columnas, techos muy altos y una planta superior llena de espejos desde donde se ve reflejada la pista de baile varias veces. Nos dirigimos a la barra y mientras mi marido saluda a otros militares de distintas nacionalidades que hay allí congregados, me presenta a alguno de ellos, que hacen casi el mismo ritual, me miran a los ojos, luego a mis tetas y a mis piernas, para volver a subir su mirada por la figura que muestra mi vestido morado ajustado. Reconozco que me pone cachonda que me desnuden con la mirada y en el fondo ellos no saben que lo estoy bajo ese fino vestido.

- ¿Te diste cuenta de cómo te miran todos? - me pregunta.

- Sí, me he dado cuenta... y es que me siento desnuda bajo este vestido.

- Literalmente lo estás y no veas como me pone. - me susurra – mira el camarero como te mira...

- Sí, me come el escote con los ojos, ya me he dado cuenta.

- Si supiera que no llevas nada debajo salvo tus medias...

- Eres un cabrón. Me noto desnuda ante todos esos ojos hambrientos y me tienes cachonda perdida.

Sentados en dos taburetes en la barra, mi esposo y yo charlamos en cuanto nos sirven dos copas de champagne. Me acaricia la cintura y dibuja la forma de mi cadera para luego seguir con su dedo hasta mi rodilla en mis piernas cruzadas.

- ¡Qué bonita eres Carla!

- Uf, Óscar, no me digas esas cosas, que bastante caliente me tienes. Me dijiste que diez minutos como mucho...

- Tranquila mujer, disfruta de este momento en una de las discotecas más exclusivas de París, solo para gente VIP, como tú y me encanta cómo te miran todos.

- Cómo te gusta saber que otros se excitan conmigo.

- No lo sabes bien. Hoy mi chofer se va a hacer una buena paja a tu salud. Me puse a tope cuando te miró por el espejo, se le salían los ojos y no me extraña.

- ¡Óscar, qué malo eres!

- Anda que no te gustó ni nada... - me dice sabiendo que es una locura que ambos disfrutamos.

- La verdad es que sí, pero estás loco... Muy loco.

- Loco por tí... - me besa con dulzura.

- ¿Y si nos damos la vuelta y vamos al hotel de una vez? - me aferro de nuevo a su brazo. - Estoy muy cachonda.

- Yo también lo estoy, mi amor, pero así llegaremos más excitados y el polvo será antológico. Además, me encanta verte así, preciosa, cachonda y sin nada más bajo ese fino vestido. Sólo yo sé que estás desnuda ahí debajo. - añade pasando su mano con disimulo por mi culo.

Es obsesivo lo de mi esposo, pero la verdad es que miro a mi alrededor y no niego que tiene razón en eso de que resulta morboso ser observada, sabiendo que solo él y yo sabemos que no llevo nada debajo.

Tras otro tierno beso de enamorados, hacemos chocar en un brindis mirándonos a los ojos.

- ¡Pero bueno... capitán! - se oye una voz a nuestras espaldas.

- Buenas noches, mi comandante. - saluda Óscar poniéndose de pie.

Cuando nos giramos veo que ese jefe de mi marido, pero es completamente diferente a cómo me lo había imaginado, pues se trata de un chico muy joven, demasiado joven para ser su jefe. Sus ojos se quedan clavados en los míos y noto una sonrisa traviesa. Luego esos mismos ojos van bajando por el canalillo de mi escote para quedarse fijamente mirando los pezones marcados en la fina tela del vestido y acabar fijándose en mis muslos que se ven más de la cuenta en esa postura sentada sobre el taburete. Su mirada me derrite... y... ¡Qué bueno está!

Es un chico alto, muy joven y guapo. Parece que llena el uniforme con un cuerpo robusto y muy trabajado. Siempre me han puesto mucho los hombres de uniforme, creo que por eso me casé con un militar, pero ese chico, tan joven, tan bien proporcionado, desde sus ojos, su boca, hasta el último rincón de su cuerpo. Si bien Óscar me dice siempre que su jefe sale a correr cada mañana y se tira una hora de gimnasio mientras él se queda en la cama hasta la hora del trabajo, aunque nunca lo imaginé así. Veo en el pecho de ese chico alguna medalla más que mi marido y me extraña siendo tan joven, pues a Oscar le ha costado veinte años conseguirlas. Sus ojos de color verde intenso destacan en ese rostro varonil, con una boca de labios gruesos. El chico está realmente bueno, la verdad, de esos en los que te fijas irremediablemente. Nuestras miradas se cruzan durante unos segundos y después el tío me hace un escaneo completo de arriba a abajo. Esa forma de mirarme es alucinante, pero cuando un tío bueno te mira así...

- Carla, el comandante Solana. Ella es mi esposa – me presenta mi marido a ese hombre que toma mi mano caballerosamente y apoya sus labios en el dorso más tiempo de lo normal. El calor que desprende me hace sentir un cosquilleo extraño por todo el cuerpo.

- Por favor, llámame David... tú ya sé que eres Carla. - añade sin soltar mi mano y con sus ojos clavados en los míos, aunque se van también al escote.

Por un momento me quedo mirándole y luego giro la vista a Óscar, pues parece que ya le ha hablado de mí, algo lógico por otro lado, pues llevan meses juntos en ese proyecto internacional. Parpadeo con nervios y no sé si sonrío, para que no se me note lo acalorada que me pone su forma de mirarme.

- Carla...Carla... - me dice mirándome con cierto descaro, pero por el rabillo del ojo veo que a Óscar no le molesta, más bien al contrario, parece orgulloso. Este marido mío no tiene remedio.

- David, Óscar me había hablado de usted, pero no sabía...

- Carla, por Dios, tutéame. - me interrumpe

- Es cierto, eres muy joven. - respondo.

- Carla, ¿no me imaginabas tan joven?

Mi marido interviene para decir:

- Sí, cariño, el comandante es uno de los más jóvenes de su promoción. Es un crack. Ha estado en varias misiones por todo el mundo.

- Bueno, bueno, capitán... sin exagerar. - dice el chico quitándose méritos.

Está claro que yo esperaba a un hombre incluso mayor que Óscar como su jefe inmediato y resulta no sólo que es más joven que él, sino, muchísimo más que yo. Lo cierto es que no puedo adivinar su edad exacta, pero al menos la mitad que la de mi marido.

- Bueno, todo el mundo dice que este cargo requiere de experiencia, pero bueno, para eso me rodeo de mis mejores hombres. - añade ese chico mirando a Óscar y guiñándole el ojo.

- ¿Qué tal los yankis, mi comandante? - pregunta de pronto mi esposo.

- Pues vengo a por algo de beber para ellos. Creo que lo del proyecto en España, está hecho. Solo nos falta rematar en el congreso de Turquía.

- ¿Seguis viajando? - pregunto, pues me apetece que mi marido se pase unos días en casa después de tanto tiempo fuera.

- Sí, tenemos dos o tres escalas más y luego te lo cedo un mes completo. -añade el chico que dibuja sus labios con la lengua en un signo que no sé cómo tomarme.

Le sonrío y me alegra saber que en un par de semanas podré tener a Óscar por entero para mí.

- ¿Me puedes pedir tres chupitos de algo fuerte? - le dice el comandante a mi marido.

- Claro. - responde Óscar que se gira al camarero para pedir unos tequilas.

No sé cuál es el proyecto, ni tampoco Óscar ha querido decirme, pues en temas militares son todos bastante recelosos de contar nada, pero entiendo por lo que hablan de que es algo que pueden aportar los americanos a una de las bases en España. Su trabajo es tecnológico de radares y defensas antiaéreas o algo así y es muy importante para la defensa de nuestro país, aunque como dice Óscar, el mérito se lo acabará llevando el general al mando y el ministro de turno.

- Carla, si todo va bien, en este viaje a Turquía, será el más importante y creo que el éxito es gran en gran parte de tu esposo.

- Es eficiente... - digo.

- El mejor. Tranquila que te prometo que le tendrás pronto en casa. - me comenta ese chico mientras Óscar sigue pidiendo en la barra.

- Sí, la verdad es que llevamos mucho tiempo separados. - le comento.

- Ya, me imagino que se hace duro... - añade esta vez con su vista fija en el bulto que forma mis pezones.

Cruzo las piernas con cuidado sobre el taburete recordando que no llevo nada debajo y que se me pueda ver algo inapropiado.

- Tu marido no deja de hablar de ti - añade el chico sin quitarme ojo

Siento que me escanea detenidamente, repasando toda mi anatomía, desde mi cara, mi escote, mis piernas… todas mis curvas sin cortarse un pelo. Es demasiado descarado.

- ¿Ah sí? Óscar te habló de mí... Espero que bien. - respondo sonriente, aunque me resulta cortante que me mire de esa manera estando presente mi esposo.

- Mucho. No deja de hacerlo y no te quita de su cabeza y fíjate que creí que exageraba cuando decía que eras un bombón… pero ahora que te veo, no me extraña que esté tan enamorado y además veo que se quedó corto… muy corto. ¡Eres alucinante!

- Gracias - es mi respuesta más cortada mirando hacia Óscar, que sigue pidiendo las bebidas y no sé si no nos oye, o simplemente se hace el sordo.

El camarero le pone tres chupitos y David se gira antes de cogerlos, para despedirse de nosotros.

- Bueno parejita, no os molesto más. Carla, encantado de conocerte por fin, voy a pegarme con esos, que se hacen los duros. - añade refiriéndose a los militares estadounidenses con su mano apoyada en mi cintura.

Le sonrío y noto en su mirada los ojos de deseo y no sé si es por el vino de la cena, pero, me encanta cómo me mira y ¡Dios!, ¡qué bueno está!

- Capitán, les tengo medio borrachos, yo creo que firman hoy mismo el contrato. - dice dando unas palmadas a Óscar en la espalda.

- Genial. Están en buenas manos - responde este halagando a su jefe.

David con cuatro chupitos entre sus dedos me guiña un ojo con descaro, cuando desaparece entre la gente, viene a mi cabeza la idea de si Óscar me trajo aquí realmente por casualidad o era forma de su plan de mostrarme ante su superior.

- ¿Qué te parece? - me pregunta.

- ¿No es muy joven? ¿Qué edad tiene?

- Este año cumple los 30.

- Ya veo. Pero ¿no es muy joven para ser tu jefe?

- Sí, la verdad es que ha llegado a eso en gran parte porque ha intervenido en varias misiones.

- Entiendo...

- Es brillante. Ha conseguido él solo llevar este proyecto y los americanos están encantados. Gracias a él conseguiremos cosas importantes.

- Qué bien - respondo sin quitarme esos ojazos que me deslumbraron.

- Es un triunfador. Lo que se propone lo consigue. - me apunta Óscar hablando con admiración de su jefe.

No lo pongo en duda, pero también la forma desvergonzada en la que me ha mirado.

- Pero es… algo descarado, ¿No?

- ¿Por?

- Por su forma de comerme con la mirada.

- ¿Tú crees? - pregunta sonriente, pero sé que él también se ha dado cuenta.

- No me digas que no, Óscar. Se le iban los ojos.

- Es normal, cariño. Estás buenísima.

- Además de ser tu esposa, soy una mujer mucho mayor que él a la que debería respetar un poco.

- No tan mayor, cielo, ¿qué voy a decir yo? eso no quita para que le hayas atraído y mucho.

- Mira que eres...

- Además, está muy bueno, ¿o no? ¿No te recuerda al chico de la última serie que vimos...? ¿Ese que siempre poníamos por las nubes en nuestros juegos?

- Joder, cariño, eres incorregible. - le digo.

- No lo puedes negar, es un tío apuesto, fuerte...

Niego con la cabeza como si no fuera conmigo, pero ahora que Óscar lo dice, es cierto, tiene un parecido similar a ese chico que tanto me ponía en una serie de universitarios que veíamos juntos y que luego rememorábamos en la cama, follando y haciéndome cerrar los ojos para pensar que era el protagonista el que me la metía. Y sí, su jefe tiene un parecido a ese chico, pero creo que es incluso más guapo y es real, demasiado real.

Mi esposo pide dos copas y saluda a algún oficial que se presenta ante él y que se deben conocer de ese congreso.

- ¿Te le imaginas desnudo? - me dice de pronto, sirviéndome esa segunda copa de champagne.

- ¡Óscar! - le regaño.

- Vamos, cielo, sólo jugamos a imaginar... ¿recuerdas?

- Esto ya no es fantasía, ¡es tu jefe!

- Por eso, luego en la cama nos divertimos con eso, como siempre.

- Ya, no sé... - digo con cierta angustia pues ese chico me ha impactado de veras.

- Pues yo sí le he visto desnudo y sé que te encantaría. Tiene un cuerpo fibroso, muy bien repartido, la verdad, no como yo...

- ¿Le has visto desnudo?

- Bueno, no pienses nada raro, en las duchas y tal... y la verdad en cuanto le vi no pude evitar pensar en ti... este hombre tiene que poner mucho a mi Carla, me dije.

- ¡Oscar! - le regaño.

- Es verdad, cielo, es nuestro prototipo de hombre perfecto. Desnudo gana más.

Me quedo impactada con esas palabras y noto un cosquilleo por mi entrepierna y es que las palabras de mi esposo me llevan a imaginar a su jefe desnudo y yo junto a él.

- Te noto nerviosa. - me dice de pronto después de saludar a otro militar.

- ¿Yo?... bueno estoy algo incómoda. Deberíamos estar en el hotel

- Bueno, me encanta cómo te miran todos, cielo, especialmente como te ha mirado David.

- No empieces. Sólo quiero que me mires tú.

- Sí, luego lo haré y seré el único que te vea desnuda de verdad, pero eso no quita para que mi comandante se haya quedado flipado contigo. Seguro que se ha empalmado.

- ¡Cómo eres...! - le digo, pero también imagino como le haya podido crecer eso bajo sus pantalones.

- Le has impactado, cielo, lo sé.

- Qué mente más rebuscada tienes.

- Y ¿a qué te encanta...? - añade, arrancándome una sonrisa.

- Sí, pero es muy fuerte. ¿No crees?

- Yo estoy cardiaco. Me ha dejado muerto la forma en que te miraba...

Yo lo he notado, pero Óscar parece eufórico con eso. Noto que mi sexo se humedece con sus palabras y me aferro a su mano que acaricio para que no siga, porque es mi señal de que estoy a tope. Pero él sigue:

- ¿Sabes una cosa? Estoy seguro de que tiene una polla gigante.

- ¿Qué? - pregunto atónita.

- Sí, en las duchas, en reposo, me ha impresionado el tamaño.

- No será para tanto...

- Nena, es más grande que la mía en erección.

- ¡Venga, cariño, no empieces! - le digo pues estoy demasiado encendida y con tantos días sin sexo que ya no necesito más estímulos para correrme sin tocarme.

Él sigue con su juego, sus susurros, me besa, me toca y sabe que no lo puedo negar. Ese juego de estar con otro nos enciende a ambos y no deja de hablar de su comandante, ensalzando su mente, su cuerpo y también su polla. Creo que se lo está inventando sólo para ponerme a cien. Me conoce demasiado y esas palabras y tanto tiempo sin sexo, van a acabar conmigo.

Lo que me quiero decir a mí misma es que ya no estoy jugando a seducir, que me siento demasiado atraída por ese joven y me lo quiero quitar de la cabeza, no es un hombre al que pueda gustar, es un chico al que saco diez años. Lo que me parece increíble es hasta dónde llega esa obsesión de Óscar. Lejos de mosquearse como haría un marido normal, le parece divertido que su jefe se ponga cachondo conmigo. Ya sé que son sólo miradas, atracción física y nada más, pero Óscar disfruta viendo a otros hombres devorándome con la mirada.

- ¿No sientes celos de que me mire así? - le pregunto.

- Sabes que no. No tengo motivos para estar celoso, porque sé que solo me deseas a mí. - responde muy seguro, dando un trago a su copa.

Le sonrío y aunque eso es verdad, no puedo negar que ese chavalito resulta atractivo y solo el hecho de pensar cómo será desnudo me parece un acto de infidelidad, más aún sabiendo que abuso de la confianza de Óscar al no ser celoso. Lo cierto es que nunca lo ha sido y creo que no le he dado motivos, al menos fuera del pensamiento.

- No tienes por qué sentirte incómoda, ya que David es de confianza. - dice de pronto Óscar

- Bueno, lo será para ti, ya que para mí es un extraño.

- No tanto, mujer, ya te hablé de él.

- Ya, me dijiste que era majo, disciplinado y todo eso, pero nunca nos habíamos visto. Y pensé que era diferente.

Recuerdo las conversaciones de Óscar hablando de su comandante, pero bueno, yo le tenía dibujado en mi mente de otra forma tan distinta, que no veía en su efusividad que se trataba de alguien muchísimo más joven que él y por supuesto mucho menos, con esa cara y ese cuerpazo.

- Te le imaginabas así, como yo, hecho un carcamal. - afirma sonriente.

- Oye, cielo, que no eres ningún carcamal.

- Ya, pero bueno, uno mayor como yo, supongo... es lo que tiene imaginar, ahora te has quedado sorprendida ¿no?

- Pues sí, ahora que lo conozco, tengo que reconocer que ha sido una sorpresa.

Óscar sonríe y disfruta de verme nerviosa, es nuestro juego, pero me sorprende cuando me confiesa.

- Bueno pues él sí te conoce porque te ha visto a ti.

- ¿A mí? ¿De qué? - pregunto confundida.

- Bueno, en fotos.

- ¿Cómo en fotos? - exclamo intrigada.

- Sí mujer, las que me vas mandando al teléfono.

- ¿No será verdad? – digo enrojeciendo.

Alguna foto que le he enviado a mi esposo es algo comprometida, en bikini, en ropa interior, en poses sugerentes… espero que no sea una de esas y le haya enseñado en alguna que estuviera vestida.

Me quedo con los ojos como platos. No puedo creer lo que oigo de la boca de mi esposo.

- A ver mujer, este chico siempre me enseña las fotos de sus ligues, sus novias y eso, entonces yo hago lo mismo. Recuerda que pasamos muchas horas juntos.

- ¡Demasiadas por lo que veo! - respondo y doy otro trago a mi copa.

- Sabes que estoy orgulloso de ti, que me encanta que seduzcas a todos, con ese cuerpo y ese arte que tienes. ¿Qué tiene de malo enseñarle eso a un colega?

- ¡Vamos, cariño, no es tu colega, es tu superior y para colmo es un crío…!

Ahora es mi esposo el que da un trago y continúa.

- Todo empezó como una broma. Siempre le estoy hablando de ti, ya sabes que me gusta presumir de mujer y te pongo por las nubes, que es donde siempre estás. Que nos sacamos veinte años, que tienes un cuerpazo, que eres la mejor bailando, en cambio el chico nunca me creía cuando definía tus ojos, tu boca, tu cara, tus curvas... Nunca llegaba a creerse mis palabras y que yo tenía una mujer tan despampanante como tú. Siempre me retaba a que era un exagerado y al final le tuve que mostrar las fotos.

Me quedo pensativa y añado:

- Pero son nuestras fotos, cariño.

- Bueno, no le he enseñado todas. En tantas horas muertas, fuera de casa, nos contamos cosas - responde apurando su copa y eso no me gusta demasiado...

- Además de las fotos ¿qué más le has contado de mí?

- Pues nada, lo normal.

- Vamos Óscar, por su comentario parece que sabe muchas cosas de mí y yo no tantas de él. Dime, ¿Qué le has contado? - le insisto algo mosqueada.

- No, nada, simplemente eso. Que eres la mejor. Y que me siento orgulloso. - añade sonriéndome.

Su respuesta no me resulta convincente del todo, ya que sé cuándo se pone nervioso y sin duda, está engañándome. Seguramente ese chico sabe y ha visto algo muy comprometido. Estoy realmente asustada con la idea de que haya podido ver fotos mías con un tanga o en ropa interior… Miro fijamente a Óscar de esa forma que sabe que no puede engañarme.

- Bueno, te puedo decir que el chico no se creía ni que fueras tú la de las fotos, o que yo las hubiera trucado. Ahora ha podido comprobar de primera mano que no le mentía. De lo que no hay duda es que le has impactado de lleno, cariño. - añade como si tal cosa.

- No sé… Óscar, lo tuyo…

- De verdad, viendo su cara, sé que le has puesto a tope. - me corta - Ese chico ha recibido en sus morros toda esa fanfarronería. Ahora ha visto la mujer que tengo y que es inalcanzable para él. Seguro que ahora la sigue teniendo dura recordándote. Eres un pibón, nena. Eso es evidente y me encanta que le hayas puesto así. Se me pone dura a mí pensando en ello.

- Cariño, esto es muy fuerte. No tienes remedio... se te va la cabeza.

- Ya sé que mi pollita no será tan dura como la de él, que seguro que ese pollón va a reventar su bragueta.

- ¡Óscar! - le vuelvo a recriminar.

Pensando de nuevo en todo y conociendo a mi marido, lo de haber aterrizado en este sitio, es evidente que era algo pensado y no ha sido por casualidad o para saludar, como yo había pensado en principio. Es posible que su juego aumente nuestra libido hasta límites insospechados, pero me resulta algo incómoda la situación, aunque eso sí, muy excitante.

- Óscar, ¿No me habrás traído aquí para…? - le pregunto sin necesidad de terminar la frase.

Le miro a los ojos y veo una chispa de malicia en su mirada, esa que no puede ocultar y que tantas veces usa en sus juegos. A veces, más que sorprenderme, me asusta. Me mira sonriente para exponerme:

- Es que en el fondo me apetecía pasar por sus narices que tengo a la mejor de todas: Una mujer guapa, sexy y elegante, no como esas putillas inexpertas con las que él siempre anda hablando. No sé si me entiendes.

- ¿Quieres decir que has entrado en una competición a ver cuál tiene mejor yegua como si las mujeres fuéramos ganado? - añado separando mi cara de la suya bastante molesta.

- No, mujer, no te enfades. Solo quería mostrarle que no solo él se lleva chicas guapas al catre. Si no que yo tengo a la número uno.

- Óscar, eres idiota y te pasas un montón. - le digo y vuelvo a dar un trago a mi copa, esta vez mucho más seria.

- Cariño, no te mosquees, por favor, no pensé que te iba a molestar, solo quería que disfrutara de las vistas, pero se quedara con las ganas por una vez en su vida. Es nuestro juego, ¿recuerdas?

- Sí, pero hasta ahora era con personas más o menos anónimas y me siento muy incómoda, la verdad, ese chico me ha desnudado con la mirada.

- Mmmm... si supiera que no llevas nada debajo.

Me quedo mirando a Óscar con cara seria, para que no siga calentándome así.

Permanecemos callados en nuestros pensamientos. Los suyos supongo que buscando la manera de convencerme y los míos intentando averiguar hasta donde puede saber ese chico de mí y qué fotos ha podido ver. No puedo remediar que sólo con pensar en eso, noto un calor por todo mi cuerpo.

- Entonces ¿Se liga a todas las chicas que quiere? - le pregunto a Óscar de repente.

Veo la sonrisa de mi marido, pues sabe que estoy intrigada y me explica:

- Eso dice él. Y la verdad es que hay que reconocer que todas las suboficiales están loquitas con él. Ahora no me vengas que a ti te parece normalito.

- Bueno, a ver, no está mal - disimulo, porque en el fondo lo que pienso es que me imagino dándome un buen revolcón con ese chavalote.

- Pues tú a él, le has dejado alucinado y me encanta. Pero esta vez se queda con el calentón - añade Óscar victorioso en esa batalla personal.

- Vaya, así que es el ligón fanfarrón y tú le entras al juego. Desde luego me dejas sin palabras. Él es un criajo y lo entiendo, ¿pero tú?

Mi marido nota en mis palabras ese resquemor por sentirme utilizada como un mero objeto en su juego.

- Cariño, no te enfades, por favor. Simplemente tiene galones y se cree el dueño del mundo.

- Alucino. Ahora los galones…

- Cielo, no lo entiendes.

- Entiendo que deberías ser más sensato. Sólo lo haces por competir y yo parezco una muñeca de trapo. ¿No te das cuenta de cómo me siento?

- Carla, yo no quería...

Estoy furiosa, pero hoy no puedo enfadarme con él, además en el fondo, el juego de mi esposo, siempre me ha parecido divertido y hoy con ese incentivo de promover mis dotes como competición hacia su joven superior, provoca también en mí cierto gusto extraño que no puedo evitar. Eso de ser la mujer prohibida y deseable, sentirme atraída por ese chico tan guapo, más aún sabiendo que tiene a las chicas que quiere, que yo le pueda causar esa impresión… en fin tengo un cúmulo de sensaciones encontradas, halagada y deseada por un lado y utilizada como mera mercancía por otro. ¿Soy un poco putilla en el fondo?

En ese momento aparece David de nuevo delante de nosotros y no puedo evitar volver a sentir un chispazo al ver su mirada clavada en mis ojos y lo que no son mis ojos.

- Perdona Carla, ¿Puedo robarte a tu marido unos segundos? - me dice con su bonita sonrisa.

- ¿Cómo? - pregunto confundida.

- Sí, es que me hablan de temas demasiado técnicos para firmar el acuerdo y yo no domino ese tema ¿Me echas un cable, capitán? - pregunta esta vez a Óscar prácticamente tirando de su brazo.

- Entonces, ¿van a firmar hoy mismo? – pregunta mi esposo

- Han bebido bastante y creo que los tengo en el bote. - añade David, después de guiñarme un ojo con total descaro.

- ¿Te importa, cariño? - me pregunta mi esposo.

- El país nos necesita. Te le devuelvo en nada. Están a punto de caramelo - apunta David, dándome una suave caricia en mi hombro.

No me da tiempo a rebatir, pues cuando quiero darme cuenta, me quedo sola en la barra, mientras los dos acuden a atender a esos americanos que puedan firmar el acuerdo tan especial estando medio borrachos. Me quedo ahí, sentada en el taburete y me dispongo a disfrutar de mi copa, mientras observo a la gente bailando, alguna pareja hablando, otras besándose...

Aunque sigo mosqueada, no puedo evitar fijarme en ese joven vestido de uniforme que acompaña a mi esposo y que me dijo que desnudo tiene un cuerpo tan increíble, además de estar tan bien dotado.

- ¡Uf, eres idiota, Carla! - me digo a mí misma apurando la copa y el camarero con una gran sonrisa fijo en mi escote me la rellena.

Continuará...

Sylke