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Transponer o sólo transponer

Belén sabe que su marido la desea, pero esta noche ella quiere más que solo sexo conyugal. Con la imagen de un extraño ardiente en su mente, decide convertir a su esposo en un simple instrumento para su placer prohibido. ¿Podrá mantener la ilusión hasta el final?

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César, mi marido, siempre le da vueltas a todo y llevaba varias semanas hablándome de esa reunión de antiguos alumnos de la facultad, que se celebraba esa noche, mientras yo le ayudaba a elegir el traje, mientras él no dejaba de repetirme que no le llamaba en absoluto la atención esa fiesta. La verdad que en un principio no era algo que a mí me apeteciera mucho, pues conocía a algunos de ellos y me daba bastante pereza. Casi todos ellos eran bastante aburridos y redichos, sobre todo ellas, las típicas pijas que eran de mucho golf y padel, pero aun así, no dejaba de animarle, pues al fin y al cabo se celebraban los 25 años de la licenciatura y se habia organizado una fiesta especial.

Tengo que decir que después de más de 20 años de matrimonio y tres hijos en común, nuestra vida se encontraba un poco encallada y con cierta monotonía, no era un drama, pero sí le faltaba algo de sal y frescura. La idea de pasar un sábado noche en compañía de sus amigos sosos no ayudaba a salir de ese círculo.

- Bueno, con la excusa de quedarme en casa, te vuelves pronto, cariño. - le dije.

- ¿Te vas a quedar sola en casa?

- Bueno, mientras tú vas con tus “ex-compis”, yo aprovecho para una noche de chicas. - le dije decidida

- No, de eso nada, Belén, si no vienes tú conmigo, yo paso de ir.

- Cesar, son amigos tuyos, yo no pinto nada, además creo que no les caigo bien, sobre todo a ellas.

- Pues ni te imaginas dónde va a ser la reunión. En el nuevo “Club Financiero”. - me dijo César sabiendo que a algo novedoso como eso no me podría resistir.

Sus antiguos compañeros eran bastante sosos, pero ese lugar estaba muy de moda y algunas de mis amigas ya me habían hablado del sitio, totalmente reformado. Lo acaban de reabrir y se había convertido en el lugar muy “cool” y claro eso lo cambiaba del todo. Mi absoluto “no” se convirtió en un indiscutible “si”.

Aunque solo fuera por matar de envidia a alguna, valía la pena; eso sí el lugar se merecía un vestido matador.

Bueno, lo que en principio parecía un plan nefasto se convirtió en un reto, ni César era consciente del diablillo que había despertado.

Ajeno a todos mis preparativos, sobre todo porque no compartí ninguno con él, quería pillarlo con la guardia baja, y así fue.

Su carita cuando después de llamarme un par de veces a la puerta, por fin salí de la habitación.

Pude notar como sus ojos se recreaban en cada curva de mi vestido sexy y con el descaro que hace años no tenía, me miró lascivamente. Aquel vestido negro con brillos, muy escotado y bastante corto llamaba la atención como los tacones altos que hacían subir mi trasero más de lo normal. Mi melena morena, esta vez estaba recogida en un moño alto y mi pintura de guerra, con un rimmel marcado y labios rojos, completaban el uniforme de guerra.

- ¡Joder Belén! - dijo César admirándome

Se quedó embobado disfrutando de lo que pensaba que sería su postre, al menos eso pensaba yo, aunque acabaría bebiendo más de la cuenta y riéndose de los chistes malos de alguno, pero yo estaba en que esa noche íbamos a tener por lo menos un sexo menos convencional, lo intuía.

Llegamos al lugar y como esperaba fui la comidilla de alguna de sus chismosas compañeras de facultad, pero eso me gustaba, como el hecho de que más de uno se quedara pasmado admirando mi culo.

Qué sitio, qué fiesta y qué ambiente, todos esos sosos de fiestas anteriores habían roto la veda. Música, baile, risas a diestro y siniestro. Los conocidos estaban irreconocibles, los desconocidos se daban a conocer, y había más de uno que lo hubiera inspeccionado con detenimiento y alevosía. Al fin y al cabo, hacía mucho que no me divertía y me alegraba de haber acompañado a mi marido.

En una de las idas y venidas entre grupos de César me quedé bailando sola y fue cuando uno de esos desconocidos, se me acerco. No era el más guapo de la fiesta pero respiraba ese atractivo loco, una sonrisa canalla, un bailoteo muy rítmico y por qué no decirlo... sensual, y manejaba perfectamente las distancias cortas y las miradas traviesas.

A lo tonto llevábamos una copa, unos cuantos bailes, en algunos, por cierto, le había permitido más o menos que sus manos se recrearan, y él sin saberlo le estaba allanando el terreno a mi marido.

- Me llamo Alberto. - me dijo en uno de esos roces, con sus labios pegados a mi oreja y su paquete contra mi cadera.

No me sentó mal, quizá las copas que ambos llevábamos encima o el coqueteo que me resultaba morboso. Le pregunté que cómo no le había visto antes y me confesó que vivía en Londres y que se había acercado prácticamente para la fiesta.

Vestida con sonrisa de oreja a oreja, con mi nuevo mejor amigo colgado de mí y sin perder el ritmo me fui hacia César, le quería decir tantas cosas y preguntarle cómo no me había hablado de él pues no había dejado ni un segundo de hacerme reír. Pero me lo chafó tan solo con su mirada.

- Hola César, dijo Alberto. - bastante serio.

El saludo de mi esposo fue distante, mi subidón duró muy poco, lo que yo pensaba que había sido un descubrimiento parecía ser algo ya con historia.

Yo la verdad no estaba para miserias, por lo que con las mismas que vine, agarrada a mi pareja de baile, me volví de nuevo a seguir disfrutando, Alberto se me unió al poco.

Baile arriba, baile abajo, risas y roces, mientras César en la distancia seguía de morros, pero ya hacía años que eso no me importaba. Una amiga experta en esas lides me explicó que había que “transponer”. La vida es muy corta como para andarse con tonterías, si tú esa noche quieres disfrutar y tu marido está de morros, pues transpones, tú disfrutas, el que mira disfruta y al final tu marido disfruta también, ya que lo bueno de los celos, es que pueden servir para despertar lo que está dormido.

Por eso yo seguí bailando con Alberto, provocando todo lo que podía y más, calentándome todo lo que podía y más, y aunque Alberto no lo supiera y César ni se lo olía, esta noche en mi cama sería él quien me llevaría repitas veces al orgasmo, aunque fuera de forma indirecta. Habiendo bailado todo lo bailable, estando lista para disfrutar de mi premio a manos de mi marido, pero en brazos de mi nuevo semental, que me había cargado las pilas, decidí que la hora de irse había llegado. Alberto era muy apetecible pero no lo necesita realmente, yo con la imagen mental que me había hecho ya tenía más que suficiente, al final César no sé si por celos o por qué, pero convirtió la despedida en conversación a pesar de que yo, bastante cachonda, le apretaba el brazo para animarle a terminar la fiesta en casa.

Alberto resultó ser un psicólogo, especializado en empresas y parejas, la verdad una mezcla un tanto rara pero la realidad siempre supera a la ficción. No sé cómo se lio todo un poco, que al final terminó dándole César su número y mi número y Alberto, al que se le notaban esas copas de más, diciendo que le encantaría hacernos una sesión de pareja y en la despedida, sus labios de forma súbita y sin querer evitarlo, me llevé un medio pico.

Caliente por fuera y por dentro, estaba saboreando como este casi extraño me iba a follar en mi cama conyugal, sin él saberlo y sin que marido se enterase, no era infidelidad si la polla era de mi marido, pero todo el resto era de Alberto, ¿verdad?. La noche apuntaba larga y caliente.

La ventaja de transponer es que es como ser infiel, pero sin remordimientos, sin sus problemas y con todas sus ventajas. Según estábamos volviendo a casa ya estaba saboreando todo cuanto ese desconocido vestido con el cuerpo de mi marido me haría y lo que yo le haría. No habíamos llegado al lecho conyugal que todo mi cuerpo estaba disparado, mi cuerpo recordaba el tacto de sus firmes manos, mis labios recordaban ese esquivo piquito, mi sexo se derretía. Antes de que César pudiera ni respirar tome las riendas, me coloque detrás de él para ayudarle a que perdiera su ropa, mis manos recorrían su cuerpo pensando en el de mi extraño, me había vuelto tan buena en transponer que podía notar casi el cuerpo de Alberto entre mis brazos. Mi marido estaba desnudo, confundido, dócil y cachondo, justo como lo quería tener. Cerrando los ojos y dejándome llevar por una música que sonaba en mi cabeza, bailaba y me desnudaba para ese pícaro extraño y cualquiera que hubiera querido disfrutar de mí. Sin perder mis tacones y medio desnuda mi cuerpo seguía exhibiéndose para mi público, dejando que mis pezones se endurecieran bajo mi sujetador y que mi tanga se colara entre mis labios con cada golpe de cadera. Podía notar como los ojos de deseo de ese pícaro se clavaban en cada poro de mi piel, no dejando uno sin penetrar. Como una pantera fui dejando que mi ropa interior fuera cayendo con mis contoneos, y casi reptando llegue hasta la cama. Yo era una amazona, y como tal me senté en mi montura, separando bien mis nalgas para ajustarme en su cara. Mi potrillo noto mi calor en su boca y sin tener que mediar palabra puso en marcha su lengua, sus manos y su lujuria, devorando mi sexo sin perdón. La falta de contacto visual me ayuda a transponer mucho mejor, y podía notar como Alberto era él que devoraba mi cuerpo, separaba mis muslos, mis nalgas, mi sexo, sin ningún pudor. Tan solo buscando como poder satisfacerme más. La inclinación de mi cuerpo le dejo claro que no solo quería placer en mi sexo, y mi pícaro amigo no tardo en entender mis deseos, su lengua se aventuró hasta mi esfínter, dando buena cuenta. Podría haber llegado a casa, y no hacer nada, esperar a que mi marido se durmiera y masturbarme como había hecho tantas noches, pero hoy no. Convertir a mi maridito en mi juguete sexual, transponerlo de esta forma, poder correrme en su cara sin pudor, dejarle pensar y que su ego creciese, era tan reconfortante y placentero. Mi primer orgasmo fue para mí, me lo goce sola subida en potrillo, mientras el ajeno al resultado seguía esforzándose para hacerme llegar, ingenuo. Pero yo quería más, mucho más. Saque mi sexo de su boca y avance hacia su polla, agarrándome a sus pies, no quería contacto visual, él era tan solo un medio para un fin. Sentada dándole la espalda y clavada en su polla seguía al mando de mi potro. Con un brazo mantenía el control y el equilibrio, con la otra mano jugaba con sus huevos. Lo que más me gustaba de transponer, es que yo misma me convertía en otra mujer, llevada por la lujuria era una versión más puta de mí misma.

- No has parado de mirarme el culo en toda la noche, eres un salido. Le dije apretando su miembro con los músculos de mi sexo.

- Eres tú la que no has parado de bailar con uno y con otro, por eso estas tan cachonda.

- Sabes que me encanta bailar y que me toques cuando lo hacemos. Decía mientras seguía utilizando con musculo de mi cuerpo para someterlo aún más.

- Pero si hoy no he bailado contigo.

- Huy pues habrá sido otro, que descuido. Sabía que en el fondo sus falsos celos eran postureo, le encantaba verme tontear y que luego el fuese el beneficiado.

La conversación fue subiendo de tono, yo en realidad hablaba con Alberto y él pensaba que hablaba conmigo. Pollazo a pollazo fue reconociendo que le encantaba que fuese un poco puta y que en el fondo le encantaría verme así con otro. Yo me hacia la puti ingenua, provocando aún más su lado salvaje. Empuje bien mis caderas dejando que mis nalgas se abrieran y sin dejar de contonearme le dije.

- Alberto, tú le meterías un dedo por el culo a una señora como yo.

Ya no era uno cualquiera que el que me estaba follando, le puse nombre, apellido e intención. Note como se le seco la garganta, al concretar mis intenciones,

- Alberto méteme un dedo en el culo. Dije sin pensármelo dos veces.

Y Alberto me lo metió, y dejo de ser César para el resto del polvo.

Yo le llame Alberto, él se llamó Alberto, él fue Alberto.

No aguantamos mucho más, él siendo Alberto que me follaba desbocado, yo siendo follada por Alberto, nuestros cuerpos envueltos en ese complicado juego de rol, excitados, entregados y sudorosos subíamos los últimos peldaños de un brutal orgasmo.

- Alberto no aguanto más, dije mientras me corría irremediablemente.

- Que mujer más puta tiene César, dijo corriéndose.

Transponer o no transponer he ahí el dilema.