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Historia de una mujer fácil - Completa (07)

La cena prometía ser el preludio de una vida de lujo, pero el espejo del baño reveló una traición doble. Mientras su prometido la humillaba con otra, ella se encontró cara a cara con el hombre que tenía el poder de destruirlo todo. ¿Venganza o liberación? La línea entre el asco y el placer se desdibujó entre las paredes de un cubículo de lujo.

Abel Santos5.3K vistas9.1· 9 votos
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CENA DE DIRECTIVOS

Carlos y Clara tenían previsto tomarse el mes de agosto de vacaciones. Los primeros diez días viajarían a algún destino que Carlos estaba planificando por su cuenta —aunque aún no lo tenía decidido— y el resto del mes lo pasarían en la ciudad, con esporádicas visitas a la casona de tío Ramón, cerca del mar.

Pero antes había algo que celebrar. La última semana de julio se cerraba el año fiscal de la empresa. Un año más, el ejercicio había sido exitoso y Andrés, como director general, invitaría a los componentes del comité de dirección a una cena para proclamar el final del ciclo.

Era la primera cena de directivos para Clara, que estaba invitada como pareja de Carlos. La joven se mostró nerviosa durante la semana anterior. Por más vueltas que le daba, no encontraba en su armario nada que ponerse y que fuera adecuado para tan magna celebración.

Después de pensarlo hasta el agobio, incluidas peticiones de opinión a sus inseparables Paula y Lines, decidió que debía comprarse un vestido ad hoc. Con todos sus complementos, por supuesto: zapatos, bolso, joyas, etcétera. Y ni que decir que tenía que estrenar ropa interior. A solas en casa tras la cena, Carlos la reclamaría sin duda alguna, y no quería vestir en la cama ningún conjunto que su novio ya tuviera visto.

Rebuscó en su cuenta corriente y se la encontró repleta de telarañas. Le quedaban un puñado de euros suficiente como para coger un par de taxis y comer un menú diario durante la semana anterior a que le ingresaran la nómina. Y nada más. Se tiró de los pelos desesperada, le daba muchísimo corte tener que pedirle dinero a Carlos. De todas formas, no faltaba mucho para la boda y debía irse acostumbrando a hacerlo. Quizá le pidiera disponer de una tarjeta de crédito propia con cargo a las cuentas de él. Tras la unión no quería volver a sentirse como una pobretona nunca más.

Reunió la fortaleza que necesitaba y al final le solicitó el dinero, encontrándose con una sorprendente evasiva por su parte.

—¿Te importa esperar a mañana o pasado? —le respondió esquivo—. Ando flojo de efectivo. Pero este mes cobraremos antes y ya te lo podré prestar.

«¿Flojo de efectivo?». Clara se quedó muda al oír tal expresión por boca de su futuro esposo. ¿No pertenecía a una familia de alcurnia e iba a heredar una fortuna?

—Pero, cielito, si la celebración es este mismo sábado, necesito comprar la ropa cuanto antes —le hizo unos pucheros—. ¿No querrás que te acompañe con cuatro trapos viejos a una cena donde todas irán vestidas como marquesas?

—Espera, ya sé… —replicó Carlos—. Pídele a mi hermana que te dé el nombre de la boutique donde ella se viste. Allí tenemos crédito. Así podrás comprar lo que quieras y luego me enviarán la factura a casa.

Clara sintió que se le helaba la sangre en las venas. ¿Su hermana? ¿Hablaba en serio?

—Esto… —murmuró haciéndose la remilgada—. ¿Te importaría pedirle tú a Sofía el nombre de la boutique? Ya sabes que ella y yo… no congeniamos del todo…

—Vaya, mis dos chicas preferidas no se llevan bien, qué fastidio. Vale, no te preocupes, ya le pregunto yo lo antes posible y te lo comento.

El plan de Carlos funcionó y Clara se compró un bonito vestido de noche con falda ajustada por encima de las rodillas y un escote en V más que sugerente y perfecto para lucir sin sostén. El resto de complementos los eligió acorde al vestido. Sus amigas la aplaudieron cuando les enseñó las fotos que se había tomado en el espejo de su cuarto. Carlos no la vería con él puesto hasta diez minutos antes de salir hacia el restaurante.

*

La primera impresión al llegar al lugar del evento fue la de lujo a raudales. El restaurante era de una exclusividad increíble, y Clara se sintió maravillosamente bien al saberse ciudadana de un nuevo mundo de riqueza y despilfarro.

La segunda fue de malestar. La posición de cada comensal en la mesa había sido identificadas con cartelitos de letras doradas. Y ella había sido situada —por casualidad del destino— justo al lado de Ramiro. Blasfemó en todos los idiomas que conocía, aunque no dejó de sonreír ni un solo instante. ¿Quién coños habría elegido las ubicaciones de los comensales? Porque o era un bromista malévolo o un hijo de la gran…

Por su parte, Carlos quedó sentado a su izquierda, mientras una silla más allá se sentó la mujer de Ramiro —Alejandra, según comentó el subdirector general al hacer las presentaciones de rigor—. Era ésta una mujer bella, a pesar de que rondaría la cincuentena, pero algo rellenita y con un aspecto dejado que no consiguió entrarle a Clara por el ojo bueno por más que lo intentara.

La cena se desarrolló sin grandes contratiempos. Ramiro se portó como todo un caballero y en ningún momento intentó violentarla. Clara se fue relajando poco a poco, en parte ayudada por el vermut del aperitivo, el vino de la comida —blanco para el pescado y tinto para la carne— y el champán para el brindis final.

Lo que sacó de quicio a la joven durante la velada fue la excesiva atención que su prometido le estaba dedicando a Alejandra. O tal vez fuera al revés. El caso es que Carlos se había vuelto hacia ella al inicio de la cena y, sin hacer mucho caso a su novia, ambos bromeaban todo el tiempo y se contaban secretitos al oído como dos viejos amigos.

«En fin —se dijo Clara—. Si han coincidido de forma habitual en las anteriores celebraciones de la empresa, es normal que tengan cierta confianza». Aunque eso no terminaba de apaciguar su ánimo.

Se hallaba Clara más pendiente de su novio que de vigilar las manos de Ramiro, cuando a lo lejos descubrió a Paula. Su amiga le hizo una seña y ella se levantó con urgencia para ir a saludarla. Un traspiés por al alcohol ingerido amenazó con hacerla caer. Había bebido más de lo que creía, se dijo, así que debía tener más cuidado.

Charló con su amiga unos diez minutos. Paula había acudido al restaurante con su novio y otros amigos para la despedida de solteros de una de las parejas. Menuda casualidad. Ambas conocían los planes de la otra, pero no tenían ni idea de que iban a cenar en el mismo lugar.

Por fin se separaron con sendos besos en las mejillas y Clara se volvió al rincón donde se ubicaba su mesa. Según se acercaba a ella, observó un hecho que la extrañó sobremanera: Carlos y Alejandra se habían esfumado.

Un gusanillo le recorrió el estómago. ¿Dónde estaban aquellos dos? No pudo evitar que la imagen de su novio culeando entre las piernas de su prima Laura volviera a su mente. Y un furor interno creció dentro de ella, al tiempo que un mareo la obligaba a agarrarse a una silla de nuevo para no caer.

*

Respiró profundo y decidió ir al baño para darse un respiro y agua en la cara. Además, llevaba varias horas sin orinar y los nervios la estaban pasando factura.

Se aproximaba a los lavabos de señoras cuando a lo lejos creyó ver una imagen conocida. Joder, se dijo, aquel tío se parecía a Rafa, el becario. ¿Sería posible o quizá su imaginación la estaba gastando una broma? Volvió a fijar la vista con la mente obnubilada por el alcohol, pero el imaginado becario había desaparecido. Se convenció de que había sido una alucinación y empujó la puerta de los lavabos.

Quedó impresionada. Allí dentro todo era lujo, el mismo que se prodigaba en el exterior. Las paredes estaban cubiertas de espejos con marcos dorados, incluso las puertas de los cubículos. Eran éstos, además, espacios completamente cerrados y no abiertos por arriba y por abajo como en los bares cutres. Junto a cada uno de los lavabos se ofrecían toallitas húmedas y secas, jabones de distintos aromas y colores, y frasquitos con fragancias diversas. «¡Guau, viva el lujo!», se dijo con euforia.

Por otro lado, el baño se hallaba vacío y en silencio a excepción de los ruidos quedos que se oían en uno de los cubículos. La soledad del lugar también la sorprendió. «¿Es que las ricas no mean?», se preguntó. En un bar normal, a aquellas horas habría cola en la entrada. Quizá era que las ricas llevaban vestidos tan exclusivos que temían mancharlos en el retrete,y se aguantaban las ganas hasta volver a casa.

Se dio unos toques de agua fría sobre la cara con cuidado de no afectar al maquillaje y luego eligió un cubículo al azar. Abrió la puerta y se coló dentro. El lugar era espacioso y cómodo, con un perchero en la pared para dejar bolso y prendas de ropa. Se dio cuenta demasiado tarde de que había elegido el cubículo contiguo a aquel del que salían los ruiditos que había oído al entrar en los lavabos. Y no pudo evitar un escalofrío al comprender que en ese cubículo se estaba manteniendo una sesión de sexo.

A punto estaba de cerrar el pestillo interior de la puerta, cuando una fuerza la empujó haciéndola retroceder. Con un movimiento felino, el dueño de la fuerza se coló tras ella en el espacio privado y le sonrió lobuno. Y el felino no era otro que el cerdo de Ramiro.

—¿Qué… qué haces aquí…? —preguntó Clara más alucinada que asustada.

*

Clara

—¿Qué coños haces aquí…? —repetí al no tener respuesta.

—Verás… —replicó Ramiro con chulería, pero en susurros—. Quería comentarte algo que quizá te interese. Tiene que ver con tu querido prometido. Pero antes, ¿un cigarro?

Lo rechacé con un gesto y me apoyé en la pared. El mareo me seguía rondando. De buena gana me hubiera sentado en el inodoro, pero el asqueroso subdirector se interponía en mi camino. Busqué con la mirada una vía de escape. El cubículo era espacioso, mucho más que los de los restaurantes «normales», así que el camino hacia la puerta se encontraba despejado. De todas formas, la frase que había soltado Ramiro acerca de mi «querido prometido» había despertado mi curiosidad. No creí que pudiera irme de allí sin saber a qué se refería el tipejo. Justo lo que él había pretendido al decirla.

Ramiro extrajo un camel de su cajetilla y lo encendió con parsimonia y en silencio. Yo miraba alucinada a aquel hijo de su madre, deseando al mismo tiempo que continuara hablando.

—¿De qué vas? —le espeté con malas pulgas—. ¿Qué pasa con Carlos?

Unos grititos de hembra en celo nos llegaron desde el cubículo adyacente y Ramiro señaló hacia el lugar del que provenían.

—¿Oyes esos gemidos?

—Sí —confirmé—. ¿Y qué…?

—Pues que proceden de las cochinadas que están haciendo la zorra de mi mujer y el cabrón de tu novio.

—¿Qué… coños… dices? —no quería creerle, pero la idea cuajó en mi cerebro entre los vapores del alcohol.

—Pues eso… —ironizó—. Que esos dos se han estado calentando el uno al otro durante la cena y ahora están echando un polvo al otro lado de la pared. ¿A ti no te molesta?

No supe qué responder, pero él lo hizo por mí.

—Porque a mí me toca los cojones que me pongan los cuernos a la vista de todos… Así que he pensado que tú y yo deberíamos vengarnos…

—Eso es una puta mentira… —repliqué con malas pulgas—. Te lo has inventado… Y yo me largo ahora mismo…

Eché a andar hacia la puerta y Ramiro me tomó de un brazo. Antes de que pudiera darme cuenta me tenía sujeta contra la pared y una de sus rodillas me separaba los muslos. Cerré los ojos un segundo para evitar que el techo me diera vueltas y, al segundo siguiente, la boca de Ramiro se hallaba en mi cuello, una de sus manos me pellizcaba un pezón y la otra me apretaba una nalga por debajo de la falda.

«Hay que ver cómo toca ese tío…». Las palabras de Paula volvieron a mi cabeza. El escalofrío que me recorría todo el cuerpo, desde la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza, era tan placentero que mi mente me pedía claudicar. Las imágenes de Carlos follando con su prima Laura se dibujaron ante mis ojos. Esto, unido a los ruiditos cada vez más explícitos del cubículo adyacente, estaban poniendo en riesgo mi resistencia.

¿Por qué no dejarme llevar como había hecho Paula?, me preguntaba. Ella, según sus propias palabras, se lo había pasado en grande. Y no estaría traicionando a mi novio. Bueno, miento, sí le estaría traicionando. Pero él había empezado, ¿no? Así que quizá no contara como cuernos.

Ramiro ya alcanzaba mi vulva por debajo de la falda, que me había levantado por encima de las caderas, y yo a punto estaba de rendirme al notar que me abría la boca con su lengua y me la relamía por entero, antes de introducírmela hasta la campanilla.

Pero entonces otra voz resonó en mi cerebro. En esta ocasión la voz provenía de mí misma cuando le decía a mi amiga: «Joder, Paula, que se trata del cabrón de Ramiro, ese hijo de la gran puta». Y de un empujón con manos y rodillas lo desplacé hacia atrás y lo alejé de mí.

—Aparta, asqueroso… —le dije—. Y no se te ocurra volver a tocarme, cerdo…

Sin más dilación, me ajusté las bragas, que a esas alturas ya estaban a medio muslo, y me estiré la falda. Tomé el bolso de la percha con toda la dignidad que me fue posible y abrí la puerta del cubículo, saliendo al exterior. Ramiro me miraba burlón.

—Aaaaahhhhhh… joder… sí… así… —resonó la voz femenina en un quejido brutal, prueba de que en el cubículo adyacente se hallaban al borde del abismo.

A ese gemido le siguieron unos gruñidos masculinos ahogados. Me detuve en seco, presté atención y, aunque no podía asegurarlo con certeza, aquella voz gutural me pareció la de Carlos.

Volví la cabeza. Observé la mirada lasciva de Ramiro y su gesto con la mano como diciendo: «¿lo ves?». Y el olor dulzón del hombre me confirmó que las chicas que se lo habían montado con él decían la verdad: «Ramiro olía a gloria».

Un clic resonó en mi cerebro. Me giré en redondo, me volví al cubículo y, empujando al cerdo asqueroso hacia atrás, volví a cerrar la puerta tras de mí.

*

Clara

Sin saber cómo había ocurrido, Ramiro me tenía aprisionada de cara a la pared y resegaba su fuerte erección contra mi culo. Sus manos recorrían mi cuerpo como había ocurrido segundos antes y tal cual me había comentado Paula. En efecto, era un hijo de su madre, pero sabía cómo calentar a una mujer.

La caída de mis bragas a los tobillos y la entrada de sus dedos en mi coño fueron hechos que debieron de ocurrir en algún momento, aunque no fui consciente de cómo sucedieron. El cerdo de Ramiro estaba super caliente y la velocidad con la que me manejaba no me daba tiempo a reaccionar ante cada uno de sus asaltos.

Mi calentura, por otro lado, había subido de grados hasta alcanzar el fuego de un volcán, y deseaba que llegara el desenlace para poner a prueba la frase final de la historia contada por Paula: «nos corrimos a la vez y fue la hostia, te lo juro». Me mordía la lengua, sin embargo. De ninguna de las maneras quería armar el escándalo que estaba montando la mujer de Ramiro en el cubículo de al lado.

—¿Te vas a correr, cielito? —me preguntó el tipejo mientras movía sus dedos en mi vagina como un ventilador. Debía de haber notado el temblor de mis piernas.

—Joder… sí… —gemí—. Creo que… sí…

Entonces el canalla se detuvo. Coincidí en las ganas de estrangularle que me había comentado Paula. Parecía que el muy cerdo esperaba a que estuvieras a punto para dejarte con la miel en los labios.

Tiró de mí y me sentó en el inodoro.

—¿Qué vas a hacer…? —le espeté alucinada—. ¿Vas a follarme?

—No, todavía no, querida… —replicó—. Primero voy a subirte al paraíso.

Me abrió las piernas y sujetándome los muslos en el aire, su boca se apropió de mis labios inferiores y su lengua se introdujo por el orificio vaginal.

Mientras, con un dedo me masajeaba el clítoris, trazando círculos y propinando golpecitos que me hacían tocar las puertas del cielo. Yo daba botes sobre la tabla del inodoro y arqueaba la espalda y el cuello, las manos sobre la boca para ahogar mis jadeos.

Tras un par de minutos de rechupetearme el coño, volvió a la estúpida pregunta de antes.

—¿Te corres ya, putita?

Me molestó el insulto, pero mis fuerzas para responderle habían desaparecido hacía rato y solo pensaba en estallar, fuera como fuera. «Joder, deja de hablar y sigue lamiendo, cabrón», recuerdo que pensé entre estertores.

—No, no… —mentí como una bellaca—. Aún me falta un poco… no pares…

—Vale… pues concéntrate que luego viene lo mejor.

Y siguió chupando.

Mi mentira dio resultado y, con su chupeteo experto, el punto de placer que había aparecido en el interior de mi vagina empezó a crecer y a crecer… Y la explosión fue brutal. Mis piernas se descontrolaron. Mi cuerpo botaba frente a su cara, empujando mi entrepierna contra su boca para que no dejara de lamer. Mi espalda pareció quebrarse y mi cabeza rebotó de forma consecutiva contra la pared.

Y el grito que escapó de mi garganta fue incontrolable.

—¡Joderrr…. Ahhhhhmmmm…. Hostia puta… me corro…!

Cuando mi orgasmo terminó, Ramiro tenía expresión de enojo.

«Jódete, cerdo —me dije—. Te he engañado como sueles hacer tú con nosotras.»

Se incorporó sobre sus rodillas, se bajó el pantalón y los bóxer, y empezó a pajearse mientras esperaba a que me repusiera del letargo post orgasmo. Una de sus manos, la que no agarraba su pene, amasaba mis tetas por turnos.

Aún no me había recuperado totalmente, cuando el muy cerdo empezó a resegar su glande contra mis labios inferiores, enrojecidos e hinchados. La punta de su verga se cubría del flujo que manaba de mi vagina, pintándola de blanco como si la hubiera metido en un bote de leche.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté alarmada.

—¿Tú qué crees? —dijo con soberbia—. Tú ya te lo has pasado bien, ahora me toca a mí. Y no me gusta que me engañen, que lo sepas.

Sus palabras chulescas de macho alfa comenzaban a hartarme. Una vez corrida hasta la médula, me sentía con fuerzas de darle un empujón y dejarle allí a medias. Que le dieran por saco al hijo de su madre.

De todas formas, pensé que sería mejor que le dejase expulsar la mierda que se le debía de haber acumulado en las pelotas, si no quería provocarle demasiado. Un hombre es mucho menos peligroso una vez que sus testículos se vacían. Así que me resigné, aunque sin renunciar a poner las reglas.

—Vale… si quieres follarme, fóllame… —le concedí—. Pero sin condón ni de coña…

—¿Cómo? —puso cara de sorpresa.

—¿Es que estás sordo? —le espeté—. Te he dicho que sin condón te vas a follar a tu puta madre…

Alcé la pierna y le apoyé el tacón de un zapato en el pecho, empujándole hacia atrás. Ramiro apartó mi pie de un manotazo y me miró con odio. La chulería ya no le valía conmigo, y se había dado cuenta. Aun así, siguió en sus trece.

—Tú eres una vulgar zorra… —me apuntó con un dedo—. Y yo a las zorras me las follo como me sale de los cojones.

Sonreí tranquila. Sabía que tenía las de ganar, así que preferí mostrarme en calma y confiada, no fuera a llevarme una hostia si me mostraba histérica.

—Ah, genial… —dije echándome hacia atrás en el inodoro, las manos en la entrepierna para evitar sorpresas—. Pues ahora voy a ponerme a chillar como una loca y cuando te apliquen la lay del «sí es sí» te vas a acordar de esta zorra y de todas las que te has follado antes que a mí. Los próximos diez años vas a tener tiempo de recordarlas y de pajearte hasta que se te caiga la polla a trozos, subnormal…

Le vi tragar saliva y supe que mi mensaje le había calado. Estaba mintiendo, por supuesto, pero él no lo sabía. No iba a gritar ni aunque se cayera el cielo. No podía significarme. ¿Cómo explicaría que había entrado en el cubículo con aquel tipejo? Ufff, demasiado arriesgado. Aunque a él lo enchironaran por violación, yo iba a quedar en evidencia y mi vida de lujo podía ponerse en peligro.

—Joder, Clara… —se quejó lastimero—. No tengo condones a mano… No me puedes hacer esto… Mira cómo me la has puesto… Me van a reventar los huevos.

Tenía que acabar con la escenita. La venganza contra mi prometido ya estaba más que cumplida, así que cuanto antes le permitiera terminar a aquel canalla, mejor para mí. Y para él.

—Si quieres te la puedo chupar —le dije tras un paréntesis—. Es lo único que puedo hacer por ti.

Su cara de cabreo no se redujo, pero al final claudicó.

—Vale, está bien… Pero chúpamela como dios manda, pedazo de puta.

La hostia que le propiné debió de hacer eco por todo el restaurante. Aun así, mientras Ramiro se acariciaba la mejilla, le agarré la polla con las dos manos y me la metí en la boca.

—Hostia… —suspiró el cabronazo.

Retiré la piel que cubría el glande y lo relamí con la lengua, dibujando rizos sobre él. No pude evitar comparar el tamaño, el color, y sobre todo la textura con los de la verga de Ramón. En proporciones ganaba la del tío de mi novio, pero en color y suavidad la de Ramiro era bastante más agradable. Por otro lado, la entrepierna del tipejo al que estaba mamando olía maravillosamente. Resultaba evidente que el muy cerdo había previsto que acabaría la noche de una manera parecida y que se había perfumado a conciencia para quedar como un señor durante la faena.

Por otro lado, se me hacía curioso el cambio que se estaba produciendo en mí. Yo, una remilgada que jamás se la había chupado a un hombre, ni siquiera a Carlos, le estaba lamiendo la verga y las pelotas a un tipo al que odiaba. Y era el segundo tipo al que se la mamaba en poco tiempo, si contaba la rápida lamida al tío Ramón. Otro tipo al que odiaba sobremanera, por cierto.

Aquello era asqueroso y humillante, tenía que reconocerlo. No obstante, mover la cabeza adelante y atrás, salivando aquel pedazo de carne dura como una piedra y tocando mis cuerdas vocales con su punta, me estaba volviendo loca. Vale, nunca lo hubiera dicho, mamar en aquella postura degradante me mataba de gusto. Lo disfrutaba hasta el punto de ponerme de nuevo a más de cien y provocar que los goterones de flujo volvieran a resbalar por mi coño, poniendo perdida la tapa del inodoro así como mi flamante vestido.

Dicho esto, hubo algo que no supe prever debido a mi ignorancia en cuanto al sexo «duro» se refería. Y es que existe un verbo al que entonces no estaba habituada: «follarse una boca».

Hasta ese momento la mamada la había manejado yo. Era yo misma la que marcaba el ritmo, la profundidad, la saliva, el movimiento de la lengua. Yo era la puta ama. Pero, a partir de cierto instante, Ramiro tomó el mando y me cogió por sorpresa.

El canalla me sujetó por el pelo y comenzó a meter y sacar la polla de mi boca a una velocidad inusitada.

—Mhhhe haggces daññhhoo —me quejé, pero al tipejo se la trajo al pairo—. Pagggraaa… pagggraaa…

Introducía su falo hasta mi garganta, lo apretaba hasta notar que me asfixiaba y luego lo sacaba unos instantes para dejarme tomar aire. Las babas que fluían de mi boca, mezcladas con su líquido preseminal, resbalaban de mi barbilla y formaban charcos en el suelo.

Cuando le comenzaron a temblar las rodillas, me asusté. Estaba a punto de correrse y, con la boca llena, no creía poder pedirle que no me pringara por entero. Aún quedaba tiempo de velada y no podía andar por ahí oliendo a lefa como una vulgar prostituta.

—Me voy a correr, so puta, prepárate para tragarte mi leche… ufff… ya va… ya va… —anunció el tipejo.

—No… espera…

—Espera mis cojones… —se burló—. Toma aire, zorra, porque te la vas a comer entera. Joder… su puta madre… me voy… me voy…

Y con un gemido ahogado empezó a disparar un líquido espeso e hirviente dentro de mi garganta. Su esperma sabía a castañas rancias y tenía un toque salado. Yo tragaba a la mayor rapidez que podía entre arcadas, con la seguridad de que si no lo hacía a tiempo, el siguiente chorro terminaría por ahogarme.

Perdí la cuenta de los disparos y, por supuesto, no pude tragármelos todos. Gran parte del semen se quedó en mi boca y lo escupí hacia afuera casi vomitando en cuanto Ramiro se echó un paso atrás y me soltó la melena.

—Jajaja… —reía con voz contenida para no ser oído por las chicas que se escuchaban trastear en el lavabo—. Menuda puta de mierda estás hecha. Ni siquiera te gusta la leche.

Podía haberle soltado un montón de improperios, pero callé para no retarle. No quería acabar en una fuerte discusión que nos delatara.

Me limpié la boca y la cara con papel higiénico y toallitas húmedas que solía llevar en el bolso, mientras él ya se había colocado el pantalón y esperaba una ocasión propicia para largarse del cubículo. Cuando al fin me dejó a solas, me sentí libre. Me recompuse la ropa, a excepción de las bragas, que se habían pringado de todo tipo de esencias al andar rodando por el suelo durante todo el encuentro. Imposible de ser recuperadas, las envolví en papel higiénico y las guardé en el bolso.

Me entretuve orinando hasta que se produjo un nuevo vacío en el exterior y me lavé la cara y retoqué el maquillaje frente a los lujosos espejos. Luego salí de los lavabos, simulando la mayor naturalidad que pude.

Los gritos de los amantes del cubículo adyacente al nuestro aún resonaban a mi espalda cuando cerré la puerta al salir.

*

Clara salió del lavabo y miró a la sala. Se sintió a salvo en aquel espacio lleno de gente que reía o brindaba sentados a sus mesas. La borrachera se le había disipado de golpe durante la escena en el cubículo. Suspiró y echó a andar con paso seguro, disimulando el sentimiento de culpa que la embargaba por lo que acababa de hacer.

«¿Por qué tengo que sentirme culpable? —se decía—. El asqueroso de Carlos aún sigue tirándose a esa zorra de Alej…». Y entonces lo vio. Su prometido se encontraba sentado en el lugar que le habían asignado para la cena. Y a Alejandra no se la veía por ninguna parte.

Se llevó una mano a la boca justo en el momento en que su mirada se cruzaba con la del cerdo de Ramiro, que le daba unos cachetes en la espalda a Carlos como si le gastara una broma. El muy perro le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa con expresión divertida. «Te la jugué, querida», parecía decir su expresión socarrona.

Clara bufó para sí y tuvo que hacer un brutal esfuerzo para no correr hacia el canalla y sacarle los ojos delante de todos. Y sus nervios terminaron de estallar cuando en otro rincón de la sala identificó a Rafa, ahora con total nitidez. ¿Qué coño quieres tú, gilipollas?, le dijo con una mirada acusadora. El chico bajó los ojos y se esfumó en dirección a la puerta de salida del restaurante.

—Pero, cariño, ¿dónde te habías metido? —le dijo Carlos cuando ella se sentó a su lado—. Te he buscado durante un buen rato y no te encontraba. Ni siquiera me respondías a los mensajes y a las llamadas. Creí que te habías marchado a casa enfadada. ¿He hecho algo que no te ha gustado?

Clara notaba la mirada de Ramiro en su cogote y adivinaba sin ver su sonrisa de triunfo. Las ganas de matarlo no hacían más que crecer.

—Lo siento, cielo… —respondió—. No has hecho nada malo. He estado en el lavabo todo el tiempo. Me parece que he bebido demasiado. He vomitado y luego me he quedado dormida sobre el inodoro. El móvil me lo he dejado en casa, ¿recuerdas que te lo dije?

—Es cierto, ahora lo recuerdo —replicó Carlos—. Pero, por favor, si te pasa algo así dímelo y no me dejes en ascuas. Lo he pasado fatal.

«Sí, claro —rumiaba Clara sin hablar, volcando sobre su novio la rabia que sentía hacia Ramiro—. Y también voy a avisarte cuando te pille follándote a tu prima Laura, no te jode». Aunque sabía que esa rabia no era más que una excusa para mitigar su remordimiento.

Un par de horas más tarde, Carlos y Clara llegaban a casa. La joven iba asustada pensando que su prometido la pediría sexo y no sabría cómo decirle que no. El estómago se le revolvió al recordar el resultado de la velada. Sus bragas iban en el bolso manchadas con la lefa reseca de Ramiro y sus propias babas. Su cara y el cuello también iban sucias de semen, aunque se había limpiado lo mejor que pudo.

Necesitaba una ducha con urgencia para quitarse aquel olor apestoso, que hasta ahora había disimulado con litros de perfume y manteniendo cierta distancia con su novio y el resto de compañeros de cena. Pero si Carlos sentía una urgencia y se lanzaba hacia ella sin poder esperar a que se duchara, o su novio era un completo gilipollas o se iba a oler la tostada y se iba a montar un lío de tres pares de narices.

Afortunadamente, Carlos había bebido tanto o más que ella y se quedó dormido antes de que la joven entrara en el lavabo.

Continuará...

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