Xtories

La casa del acantilado3

Las cámaras no mienten, pero la verdad que capturan es más peligrosa que cualquier secreto. Cuando el ama de llaves decide jugar con los hilos del poder, cada mirada y cada susurro se convierten en armas.

bajolassabanas7K vistas9.4· 13 votos

La casa del acantilado capítulo 3

En el piso superior de la casa señorial, Leonor observaba furtivamente la vivienda de los criados desde la ventana. En su mente, se gestaba un misterioso plan, pero para ejecutarlo, necesitaba urgentemente cierta información. ¿Qué habría llevado a Isabel a adoptar el papel de criada? La pregunta resonaba en su mente, avivando su curiosidad.

Decidió que ese mismo día llamaría al abogado, quien le debía varios favores. Con Toni aún dormido placenteramente en la cama, Leonor se dirigió hacia la pequeña cocina, reservada principalmente para sus desayunos o refrigerios nocturnos, ya que solía compartir las comidas con Olena en la cocina principal. Mientras soplaba la taza de café, Repasó meticulosamente las grabaciones de las cámaras de seguridad, retrocediendo en el tiempo hasta el momento en que se retiró a descansar la noche anterior. Cada imagen, cada movimiento capturado por las cámaras, ofrecía una pequeña pieza del rompecabezas.

Los señores se retiraron alrededor de la medianoche. Hacía años que dormían en habitaciones separadas. Leonor sospechaba que su matrimonio era una farsa y que solo permanecían juntos por cuestiones de apariencia. El título de marqueses lo ostentaba él, por lo que ella toleraba las extravagancias de su esposo. Sin embargo, era un secreto a voces que ella no se quedaba atrás en sus propias celebraciones privadas.

Una vez que revisó las cámaras de la casa señorial, pasó a las de los criados. Sara, Francisco e Isabel, tras cenar, se retiraron a descansar. Seguramente estarían exhaustos después del largo viaje. Le llamó la atención que apenas intercambiaron palabras; cada uno parecía absorto en sus propios pensamientos. Percibió una tensión palpable en el ambiente.

David fue el único que se quedó. De una mochila sacó un portátil y unos libros, detuvo la imagen de la cámara. Hizo zoom sobre uno de los libros: 'Métodos numéricos para ingeniería' rezaba el título del libro. Aquello no encajaba con sus planes. '¿Qué estás haciendo, David?' se cuestionó, con preocupación evidente. Se anotó mentalmente averiguarlo; odiaba tener cabos sueltos, y ese era uno que no podía dejar pasar.

Repasando las habitaciones, Sara y Francisco parecían estar dormidos plácidamente. Sin embargo, Isabel se revolvía en la cama tratando de encontrar una posición cómoda, mientras que David, después de dos horas, finalmente se había ido a dormir. Entró en la habitación tratando de ser lo más silencioso posible, aunque la visión era borrosa debido a los infrarrojos de la cámara, Leonor aún así pudo distinguir el cuerpo desnudo de David. "Desde luego, no has heredado eso de tu padre", pensó al observar su figura. Estaba a punto de avanzar las imágenes, no tenía interés en presenciar como follaban, cuando se percató de que Isabel había cerrado los ojos, aparentando estar dormida. ¿Qué estaba pasando entre ellos? ¿Acaso Isabel estaba pasando por un mal momento o tenían problemas en su relación?

Pasaban las imágenes rápidamente, sin nada fuera de lo común. Isabel se levantaba inquieta, se acercaba a la cuna y luego volvía a la cama, todo parecía normal hasta las cuatro de la madrugada. "¡Sorpresa!", murmuró Leonor al ver a Francisco dirigirse hacia la puerta del dormitorio de su hijo y nuera. Leonor notó que Isabel estaba despierta, con la sábana hasta la cintura y el torso descubierto. La manija de la puerta giró lentamente, pero hizo suficiente ruido como para que Isabel se diera cuenta de que alguien entraba en la habitación. Leonor observó el rostro de Isabel, que no parecía sorprendida, cerró los ojos y se cubrió completamente con la sábana.

Francisco se aproximó lentamente a la cama, los leves ronquidos de su hijo le aseguraban que estaba profundamente dormido. Con cuidado, rodeó la cama hasta llegar a la altura de su nuera. "¿Qué estás haciendo, viejo verde?", se dijo Leonor sorprendida por lo que estaba presenciando. Francisco observaba a su nuera; incluso Leonor notó el intento de este por bajar la sábana, pero supuso que Francisco tuvo miedo de despertarla. Solo durante unos segundos, Francisco metió su mano derecha por dentro de su pantalón de pijama. Leonor enfocó directamente la cámara, observando cómo la mano subía y bajaba por dentro de la tela. Un movimiento de Isabel lo asustó, haciendo que deshiciera el camino y saliera de la habitación. En ese momento, Isabel abrió los ojos, con cara de hastío negó con la cabeza. Leonor lo siguió hasta el lavabo, encendió la luz y se quedó mirando al espejo, a la vez que le negaba a su reflejo, se bajó el pantalón dejando al descubierto su verga en su máximo esplendor, comenzó a masturbarse lentamente, Leonor puso la imagen en alta velocidad riéndose al ver como la mano de Francisco iba a toda velocidad masturbándose hasta que un chorro de semen brotó, incluso alguna gota había llegado hasta manchar el espejo. Francisco limpió con papel y se fue a su habitación donde su mujer dormía placenteramente ajena a la incursión de su marido en la habitación de su hijo.

A las seis de la mañana, Sara se levantó, su mente atormentada por las preocupaciones. Su mayor inquietud residía en su nuera; se cuestionaba si estaría a la altura de ser sirvienta. A pesar de sus intentos por mantener una visión optimista, la crudeza de la realidad se imponía. La incertidumbre sobre la capacidad de su nuera para sobrellevar ese rol la consumía sin cesar.

Ese día marcaba el inicio de una nueva etapa. Después de ducharse, se sentó frente al modesto tocador y se maquilló un poco. Sabía que la primera impresión era crucial; quería empezar con buen pie. Aunque no tenía ni idea de cómo serían sus nuevos señores, esperaba encontrar la típica arrogancia y altivez que solían exhibir las personas de esa clase social.

Al entrar en la cocina, se encontró con Isabel, quien lucía visiblemente agitada.

—Sara, necesito hablar contigo sobre algo que me ha estado preocupando mucho últimamente —dijo Isabel con determinación.

— ¿Qué pasa, Isabel? ¿Por qué pareces tan ansiosa? —inquirió Sara, frunciendo el ceño.

Isabel respiró profundamente antes de continuar.

—Se trata de Francisco...

— ¿De Francisco? ¿Qué ha hecho ahora? —preguntó Sara, con incredulidad.

—He notado cierto comportamiento inapropiado por parte de él hacia mí —confesó Isabel, mirando directamente a su suegra.

— ¿Comportamiento inapropiado? ¿Qué quieres decir con eso?

—Me observa de manera lasciva mientras duermo, por decirlo suavemente —respondió Isabel.

— ¡Eso es absurdo! Francisco nunca haría algo así —replicó Sara, sintiendo cómo la indignación crecía en su interior.

—Quizás deberías prestar más atención a lo que hace tu esposo. Si te ocuparas de él como deberías, quizás no tendría que mirar a otras mujeres —respondió Isabel, con amargura.

— ¡No puedo creer lo que estás insinuando, Isabel! Francisco es un hombre respetable y no merece ser acusado de algo tan bajo —protestó Sara.

—No estoy acusando a nadie. Solo estoy diciendo la verdad. Y si no quieres verla, eso es asunto tuyo.

— ¡No pienso seguir escuchando estas tonterías! Si tienes problemas con tu marido, resuélvelos tú misma en lugar de tratar de arrastrar a los demás a tus problemas —exclamó Sara, con determinación.

—Me parece que estás más preocupada por proteger la reputación de tu esposo que por enfrentar la realidad —replicó Isabel, frustrada.

—Mis prioridades están donde deben estar, Isabel. Y parece que las tuyas no —dijo Sara, con desprecio—. Y no creo que sea el momento de hablar de estos temas.

Isabel dejó escapar un suspiro y agregó:

—Lleva mucho tiempo haciéndolo, Sara. O solucionas el asunto con tu marido, o tendré que contárselo a tu hijo. — Isabel dijo con determinación.

—Tú no vas a contar nada, Isabel. ¿O quizás tenga que contarle a tus amistades tu situación? ¿Por qué no saben nada, verdad?— Sara respondió con firmeza.

Sara continuó atacándola, ya habían cruzado líneas rojas.

—Cuando os echaron de vuestra maravillosa casa, y lo perdisteis todo, no fuiste a casa de tus padres, estoy segura que no tienen ni idea que su hijita trabajaba de criada. ¿Quién te acogió, Isabel?

La entrada de David en la cocina interrumpió la discusión, dejando a ambas mujeres sumidas en un incómodo silencio.

A las nueve en punto, Leonor tocó la puerta, llevando los uniformes doblados en su brazo. Para ellas, camisa blanca, falda negra hasta las rodillas, un delantal blanco y cofia blanca. Para él, esmoquin negro de seis botones con doble botonadura, una camisa blanca con escudo, un chaleco gris, pantalones grises, una corbata y guantes blancos. Leonor planeaba otorgarle el rango más alto a Francisco. Sería él quien tendría que mediar entre su mujer y su querida nuera. Este sería el primer movimiento de la partida.

—Buenos días —saludó Leonor, observando atentamente a los cuatro presentes y percibiendo la tensión en el ambiente. Todos respondieron con gesto formal. —Espero que hayan podido descansar —añadió, depositando los uniformes sobre la mesa—. Hoy marca el inicio de su trayecto con nosotros, pero antes de adentrarnos en la jornada, creo que es crucial revisar algunas pautas para evitar malentendidos más adelante, ¿no están de acuerdo?

Tras un breve silencio, Leonor continuó. —Francisco y Sara, ustedes ya tienen experiencia, así que no creo necesario explicarles cómo trabajar. Pero quiero dejar claro que soy bastante exigente con el trabajo. Yo respondo de ustedes ante los señores. Francisco, serás el que rinda cuentas ante mí. A los señores no se les molesta por trivialidades. Cualquier problema que tengan, primero se lo comunicarán a Francisco. —Leonor se detuvo, dirigiendo la mirada hacia Isabel. — ¿todo bien hasta ahora?

—Perfectamente —contestó Francisco. Era su primera vez como mayordomo principal, aunque por otro lado, no estaba seguro de que su mujer estuviera muy contenta.

Isabel, que había estado observando en silencio hasta ese momento, frunció el ceño en desconcierto ante la idea de que Francisco fuera su nuevo jefe.

—David, en un principio te dedicarás a labores de jardinero.

— ¡Jardinero! —Exclamó David—. Creía que sería chofer...

Leonor mantuvo una mirada firme y autoritaria. —En un principio no —respondió con determinación—. Los coches de la familia no son baratos, y hasta que no tenga la confianza en ti, estos solo los tocará Toni el chofer. Piensa que el más sencillo de los coches cuesta doscientos mil. Como comprenderás, necesito estar segura antes, ¿no crees?

—Perdona, Leonor —Isabel tomó la palabra—. Todavía no sé cuál será mi sueldo.

Leonor la miró fijamente, tomándose unos segundos antes de contestar, quería hacer sentir su autoridad en ese momento.

—Eso lo decidirá Francisco. Los señores destinan un dinero al servicio, normalmente, ese dinero se lo entregan al mayordomo principal, o sea, Francisco, y este es el encargado de distribuir la cantidad que él crea conveniente entre el personal. Sara y Francisco saben que esto es lo normal, ¿verdad? —Leonor miró a ambos, sabiendo que estaba creando una división profunda entre Isabel y sus suegros. Estaba segura de que esa parte no se la habían explicado.

Isabel apretó los puños con rabia, sintiéndose engañada por sus suegros y manipulada por la situación. "¿Cómo pueden permitir esto?", pensó con frustración, prometiéndose a sí misma encontrar una manera de hacérselo pagar. No sabía cómo, pero lo pagarían.