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La zorra de mi jefa (una reunión muy tensa 2)

Victoria Balmaseda es seria, escrupulosa y intocable. Pero cuando la oficina se vacía, ella decide llevarlo a un lugar donde nadie pueda escuchar sus gemidos. Esta vez, no hay reglas, solo el deseo crudo de una mujer que ha heredado la pasión prohibida de su padre.

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Este relato es continuación de "Una reunión muy tensa". Se entenderá mejor si lee el otro antes. Gracias por anticipado.

La reunión, como se preveía, fue larga y tensa. Por nuestra parte, fue Victoria quien llevó las riendas, y a mí me llevó a su lado. No me hubiera gustado estar en la piel de la parte contraria: defendía su postura, es decir, la nuestra, con tal vehemencia y convencimiento que era capaz de dejar sin argumentos al más avezado jurista.

Por mi parte, no esperaba que me ordenara sentarme a su lado, pero así lo hizo, dejando el control del ordenador, para ir mostrando el powerpoint, a mi compañero Lucio.

No voy a decir que me sintiera incómodo por estar junto a la jefa mientras duró la reunión, pero tenerla tan cerca, rozando su brazo e, incluso su pierna, constantemente, oliendo su perfume mezclado con el aroma de sus feromonas, unido al recuerdo de la mamada que me había hecho, hacía breves minutos, no contribuyeron mucho a que mi polla se relajara del todo, más bien ocurrió lo contrario: mi verga se mantuvo, durante toda la reunión, con un vigor más cercano a la erección que a la relajación.

Una vez terminada la reunión, y tras despedirnos de los abogados del banco, Victoria me ordenó que, en unos minutos, me acercara hasta su despacho. No había olvidado sus últimas palabras después de dejarme la polla seca: “No te laves la polla. Me gusta el sabor a macho”. ¿Era posible que Victoria Balmaseda, la seria y escrupulosa Balmaseda, quisiera seguir probando las mieles de mi cuerpo?

No quise hacerme demasiadas ilusiones y, pasados unos 10 minutos, me presenté en el enorme despacho de la gran jefa:

- Victoria, estoy aquí como me has pedido –le dije tras llamar a la puerta de su despacho.

- Pasa Alex. Cierra la puerta y siéntate, por favor –me dijo, con aquella cara de póker que lo mismo servía para cagarse en los muertos de alguien que para felicitar la Navidad.

Me senté y esperé, mientras mi jefa continuó tecleando en el ordenador. Por fin levantó la mirada de la pantalla, exhibió su más desconocida sonrisa, y me habló:

- Quiero hablarte de lo que ha ocurrido antes –comenzó diciendo. Ya estamos, va a decirme que no se puede repetir, que ha sido un error y que, como intuya que me voy a ir de la lengua, me pondrá de patitas en la calle y lo negará todo, pensé.

- No tiene ninguna importancia, no te preocupes –traté de disculparme, sin saber muy bien qué iba a decirme.

- No tienes que pedirme disculpas. Quiero decirte que, lo que ha ocurrido antes, quiero que vuelva a ocurrir. No aquí, obviamente este no es el lugar más adecuado para… conocernos íntimamente. Pero, como te digo, quiero que siga sucediendo –me explicó, dejándome perplejo.

- Oh, gracias. Es para mí un honor y un privilegio que me diga eso –respondí, con evidente cara de tonto.

- No lo agradezcas. Igual otro día me harto de ti y te despido, para evitar tonterías –me dijo, ahora tan seria que llegó a acojonarme-. Hoy te tomarás el día libre. Vas a salir de mi despacho y te vas a marchar. No le dirás a nadie a dónde vas, la dirección está en esta tarjeta –me entregó una pequeña tarjeta de visita con el nombre de una empresa y una dirección-. Me esperarás en tu coche, en la puerta de esta dirección. Yo llegaré un poco después que tú. ¿Lo has entendido todo, verdad? –me preguntó.

- Sí, claro: me marcho, a esta dirección, y te espero dentro del coche, sin explicarle nada a nadie, pero… ¿si me preguntan a dónde voy? –añadí.

- Te duele la cabeza: tienes migraña y necesitas aislarte para calmar el dolor –me recomendó.

- Está bien. ¿Me marcho ya, verdad? –pregunté para no meter la pata con nada.

- Sí, ve marchándote ya, y no olvides algo: no te laves la polla –esto último lo dijo guiñándome un ojo, en un gesto entre pícaro y provocador, absolutamente inhabitual en ella.

Volví a mi lugar de trabajo, apagué el ordenador y tiré un par de papeles a la papelera. Antes de que nadie me preguntara nada, le dije a Lucio que no me encontraba bien, que una fuerte migraña empezaba a hacerme polvo, por lo que había hablado con la jefa para marcharme a casa y poder descansar. Me deseo que el dolor no fuera a más, y me marché.

El trayecto hasta la dirección que me había dado la jefa fue relativamente corto. Era un barrio acomodado a las afueras de la ciudad. En la dirección indicada había una vivienda, con un alto muro bordeando un jardín que, a todas luces, debía de ser tan bien bastante grande. Aparqué junto a la acera, en espera de que Victoria Balmaseda llegara. En los pocos minutos de espera me dio tiempo a pensar en todo aquello, en ese sueño que podía convertirse en pesadilla si, la caprichosa de mi jefa, se hartaba de mí, o si yo no era capaz de colmar sus expectativas. Ahora comprendía cual pudo ser la causa por la que Samuel, un tipo más o menos de mi edad, que comenzó a trabajar en el bufete a la vez que yo, se despidió de pronto, y no volvimos a saber de él.

Casi diez minutos después, el mercedes gris plateado de la jefa apareció por un extremo de la calle. Victoria debió de accionar el mando a distancia de la puerta de acceso a la casa, pues aquélla se abrió un poco antes de que ella llegara a mi altura. Paró a mi lado y bajó la ventanilla, yo hice lo mismo para poder oírla.

- Mete el coche detrás del mío –me dijo, a lo que yo asentí con la cabeza.

Victoria cruzó la puerta con su coche y, tras ella, lo hice yo. Ella lo metió en un garaje anexo a la vivienda, yo lo dejé en la zona de acceso, dónde había sitio de sobra para otros dos coches más.

Salí del coche y cerré la puerta, a la vez que ella hizo lo mismo con el suyo. Desde el garaje me llamó, y pasando los dos juntos a la casa.

- Esta casa es el nido que utilizaba mi padre para follarse a las putas que se le antojaba –me dijo de pronto Victoria, sin que yo hubiera preguntado nada.

- No sabía que tu padre… -comencé a decir.

- ¿Qué mi padre era un salido que se follaba a todas las tías que se le ponían a tiro? –preguntó Victoria.

- Sí, bueno. Yo no he dicho eso, pero sí, es más o menos eso –titubeé

- Pues sí: el Sr. Balmaseda necesitaba follar. Para él, aumentar el número de coños en los que enterraba su verga, era una forma de reforzar su innato gran ego –explicó Victoria-. Y yo he heredado sus genes –remató.

Me hizo acompañarla hasta una gran dormitorio, el cual contaba con una enorme cama, dos grandes sillones, una chimenea al fondo y acceso directo al jardín trasero, dónde había una piscina. También contaba con acceso a un baño y algo así como un enorme vestidor.

- ¿Estás cachondo? –me preguntó.

- Un poco –le dije con sinceridad.

- Seguro que puedo arreglarlo, y hacer que estés tan cachondo como lo estoy yo –me dijo.

Tiró su bolso, así como una fina chaqueta, sobre uno de los sillones, y se abalanzó sobre mí. Comenzó besándome con suavidad, con mimo. Sus labios se unieron a los míos, haciéndome sentir el calor y la humedad de su aliento en mi boca, a la vez que con sus manos comenzó a recorrer y acariciar mi cuerpo. En cuanto mis manos imitaron a las suyas, y las deslicé desde su nuca y espalda, hasta su culo, Victoria se transformó en una verdadera devoradora. Su lengua penetró en mi boca con decisión y fuerza. Sus labios ya no eran tiernos y mimosos, si no que buscaban mordisquear y tirar de los míos. Sus manos ya no acariciaban, si no que amasaban, apretaban y sobaban mi cuerpo, tirando de mi hasta hacerme sentir sus pechos en mi pecho, y mi polla en su vientre.

Enganchados así por aquel beso, me condujo hasta el otro sillón del dormitorio. Ella se sentó o, mejor dicho, se dejó caer en él, indicándome con su mirada y sus gestos, lo que esperaba de mí. No lo dudé, y comencé a darle lo que ella estaba buscando.

La acabé por empujar con fuerza contra el sillón, haciendo que se recostara en él por completo. Besé su boca, su cuello y el comienzo de su pecho, a la vez que le desabroché la blusa, antes de que ella se la quitara y la dejara caer al suelo. Sus tetas, sin la intermediación del tejido de la blusa, se mostraron más esbeltas aún de lo que me parecían. Sus pezones rosados y duros eran la culminación a dos preciosas peras que estaban pidiendo a gritos que me las comiera.

Lancé mi boca contra aquellas preciosas tetas. Las besé, las acaricié y las lamí. Bordeé cada uno de sus pezones con mi lengua, sin llegar a tocarlos, haciendo que el deseo y la ansiedad por mi boca crecieran en Victoria. Después, por fin hice que mis labios mordieran cada uno de sus pezones, arrancando profundos gemidos de mi jefa cada vez que los mordí y tiré de ellos, aumentando su intensidad cada vez que lo hice.

Ahora sí, mi polla volvía a estar tan dura como antes. Ahora sí, estaba cachondo de verdad.

- Ahora sí, Victoria. Ahora sí estoy caliente –le confesé.

- Pues vamos: quémame –me dijo, apretándome la verga con una de sus manos, a la vez que hizo lo mismo con su coño, a través de la falda.

Continué lamiendo sus pechos, mordiendo sus pezones, tirando de ellos con los labios y con los dedos, sobando sus tetas y apretándolas con fuerza, haciendo que sus gemidos fueran cada vez más intensos y profundos. Si mi jefa quería follar, yo la follaría.

Después de un buen rato me di cuenta de que una de sus manos se había metido bajo su falda, para jugar ella misma con su coño. Había llegado el momento de pasar a la segunda fase.

Deslicé mi boca por su vientre, suave y cálido, como el resto de su cuerpo. Besé su ombligo, lamiéndolo y acariciándolo con la punta de mi lengua, algo que pude notar que la gustó lo suficiente como para retorcerse de placer.

A continuación, me arrodillé entre sus piernas, subiendo su falda poco a poco, a la vez que con mis manos y con mi boca acaricié la piel de sus piernas, ascendiendo con decisión, pero sin prisa, hasta acercarme al templo húmedo y cálido que guardaba para mí entre sus piernas.

Me recreé mucho más de lo necesario, avanzando tan despacio, que Victoria se desesperaba, anhelando mis besos y caricias en lo más caliente de su cuerpo, contoneándose y ronroneando como una gata en celo. Sus manos intentaron obligar a mi cabeza a dirigirse con más velocidad hasta su triángulo del placer pero, en ese momento, no iba a aceptar sus órdenes.

- Ahora te toca a ti ser buena y obedecer –le dije para intentar aplacar su ansiedad aunque, más que aplacarla, creo que aquellas palabras la excitaron aún más.

Yo seguí a lo mío: avanzando despacio, escalando por sus piernas y sus muslos, subiendo la falda para desnudar su cuerpo ante mis ojos y bajo mi boca. Su piel era de una suavidad similar a la de la seda y, a medida que ascendía por sus piernas, se hacía más nítido el embriagador aroma de su coño mojado y excitado.

Por fin le subí la falda lo suficiente como para poder contemplar su ropa interior. Se trataba de unas braguitas muy sexys, de color beige, a juego con la falda, rematadas con un lazo de color rosa en la parte superior central, y cuajadas de bordados y transparencias. Otro detalle en el que no pude evitar fijarme fue la evidente mancha de humedad que lucía justo sobre los labios de su coño.

Con aquel último descubrimiento, quién se encendió fui yo. Me lancé a devorar su coño, a lamerlo y a meter sus labios entre los míos, para morderlos y succionarlos, aún todavía con las braguitas de por medio. La reacción de Victoria fue inmediata, una sucesión de gemidos, acompasados al ritmo que mi boca imprimía sobre su chocho, comenzaron a sonar, como música celestial, en aquella enorme estancia.

Me cansé de estar arrodillado entre sus piernas, teniendo aquella enorme cama para nosotros solos. Aprovechando el poco peso de Victoria, y la fuerza y energía que producen la excitación y el deseo, me puse de pie, sin soltar a Victoria, llevándola conmigo, con mi boca amarrada a su coño. Gritó y gimió a la vez, en parte por el susto, en parte por el placer, hasta que la dejé caer sobre la cama, yendo yo tras ella.

Aproveché los escasos segundos que tardó en colocarse para quitarle por fin la falda y tirar con rabia de sus braguitas. Ahora sí que estaban empapadas, con una mezcla formada por las babas de su coño y las babas de mi boca. Tenía el coño depilado, no de forma integral, si no que mostraba una fina línea de vello que le daba un aire interesante y elegante.

Me apetecía hacer algo con ella y que mi mujer, rara vez, había hecho. Me eché sobre la cama, boca arriba, y le pedí o, más bien, le ordené, que me follara la boca. Victoria no se lo pensó dos veces y, colocando cada una de sus piernas por un lado de mi cabeza, apoyó su coño empapado en mi boca y, de inmediato, comenzó a arrastrarse, adelante y atrás, restregándose su dulce y mojado coño por la boca.

Una y otra vez mis labios y mi lengua se empapaban con los fluidos que salían entre los labios de su coño. Una y otra vez, mis manos, agarradas con fuerzas a su culo, tiraron de ella para obligarla a presionarme más y más con su cálido y mojado coño.

Los gemidos de la zorra de mi jefa no dejaron de salir de su garganta, a la vez que de su coño no dejaban de brotar más y más fluidos, que llenaron el ambiente con el aroma a su calentura.

Cuando mi lengua fue capaz de abrir lo suficiente los labios de su vagina, por fin mis labios pudieron entrar en contacto con el botón redondo y duro de su placer. Devoré su clítoris con más ganas aún, succionándolo y mordiéndolo, provocando que sus gemidos fueran aún más intensos y escandalosos, y que su cuerpo se arrastrara presionándome aún más con él en la boca.

Acabé de volverla loca cuando con uno de mis dedos, comencé a jugar en su ano, restregándolo y acariciándolo primero por fuera, suavemente, pero con firmeza, para poco a poco, y sin previo aviso, insertarlo en su culito, sintiendo como aquel suave y oscuro agujerito era capaz de succionar mi dedo hasta tenerlo completamente dentro.

Así es como, durante un par de minutos, mi dedo folló su culo, moviéndose adentro y afuera, hurgando una y otra vez en él, moviéndose en círculos cada vez más amplios, mientras que mi boca devoraba su coño y su clítoris, lamiéndolos, succionándolos y mordisqueándolos, hasta que, por fin, Victoria estalló de placer, gritando, saltando sobre mi boca completamente loca, moviendo su cabeza a un lado y otro y regando mi cara con una oleada de fluidos, más cálidos y olorosos que los anteriores.

Cuando su cuerpo recuperó en parte su situación inicial, destensando sus músculos poco a poco, se acostó a mi lado, sin decir una sola palabra, aunque su boca tenía dibujada una sonrisa y sus ojos chispeaban de vida.

Antes de que me echara de allí, pues mi jefa era siempre imprevisible en sus reacciones, tomé una de sus manos y la llevé con delicadeza hasta mi verga, la cual, aunque no estaba completamente flácida, sí que había perdido gran parte de su erección. Victoria entendió de inmediato el mensaje, y comenzó a masajearme, haciendo que poco a poco recuperara la dureza y excitación de antes. En cuanto logró cambiar el estado de mi polla, se inclinó sobre ella y comenzó mamarla.

Lo hacía con verdadera maestría, subiendo y bajando sus labios por ella, ensalivándola y envolviéndola con su lengua, cálida y húmeda, sin dejar de acariciar y masajear mis huevos, que volvieron a reaccionar, como ya lo habían hecho un rato antes en la oficina.

Pero esta vez no quería terminar en su boca, deseaba probar su coño, con el que hacía pocos minutos había regado mi boca. Así que, llegado el momento, interrumpí su genial mamada e hice que se echara de nuevo en la cama, esta vez boca abajo. Me coloqué detrás de ella, dejando que el peso de mi cuerpo ayudara a ejercer presión con mi polla entre sus nalgas. Ahora fui yo quien se arrastró adelante y atrás, restregándole así la polla por el culo y el coño, haciendo que sus fluidos, que volvieron a manar de su cuerpo, fueran mojando mi verga, mezclándose con mi líquido preseminal.

Tras un par de minutos así, en los que Victoria disfrutó como una novicia del contacto con mi polla dura y caliente, llegó el momento de hacerla sentir el poder de mi verga dentro de su coño: la coloqué suavemente en la entrada de su coño y, sin más preámbulos, empujé con fuerza dentro de su cuerpo, logrando que una buena porción de mi polla se abriese paso entre los labios de su coño y ocupase gran parte de su vagina. Sentí como el calor y la humedad de su coño quemaron mi verga, envolviéndola y succionándola, logrando así que con dos o tres embestidas más, toda mi verga se incrustara dentro de su coño.

De nuevo Victoria comenzó a gemir, de un modo distinto a como lo hizo antes. Sin duda, sentir su coño ocupado por mi verga la llevó a otro nivel de placer. Comencé a moverme dentro de su cuerpo, a meter y sacar mi tranca de su coño, de forma metódica, con una cadencia en principio suave, pero constante, presionando cada vez más, hasta lograr que mis huevos chocaran con sus nalgas suaves y blancas.

Con una de mis manos sujetaba su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, hasta hacerla volver la cara y mirarme, mientras mi polla castigaba su coño, llenándolo una y otra vez.

Con la otra mano, bajo su vientre, comencé a estimular y acariciar su clítoris, de nuevo hinchado, duro y caliente. Aquello la hizo estremecer de nuevo, moviéndose debajo de mi como si de una lagartija se tratase, sin poder dejar de gemir y retorcerse.

El ritmo de mi bombeo se incrementó, comencé a follarla con verdadera violencia, sin preocuparme si la podría hacer daño o no. Sus gemidos eran mi gasolina, y los fluidos que emanaban de su coño y mojaban mis dedos y mi polla, eran el lubricante perfecto para no dejar de percutir en su coño.

De pronto, Victoria estalló de nuevo. Fue un orgasmo distinto al anterior, más explosivo. Arqueó su cintura, pegando aún más su cuerpo al mío, provocando que mi verga presionara más dentro de sus entrañas, mientras que sus gruñidos fueron apenas amortiguados por la almohada, en la que apoyó la boca.

Antes de que aquella pequeña zorra pudiera calmarse llegó mi turno: mis huevos, duros como piedras, se contrajeron con fuerza, escupiendo a través de mi polla una buena cantidad de semen que fue a ocupar su lugar dentro del coño de mi jefa. Mi verga aun bombeo dentro de su vagina unas cuantas veces más, exprimiendo así hasta la última gota de mi leche, la cual, al salir, me hizo arder la polla.

Con cada última embestida, un gruñido escapó de mis pulmones, mientras que con los labios y los dientes mordí en cada uno de sus hombros.

Poco a poco mi cuerpo se fue relajando, hasta quedar tranquilo y apaciguado junto al cuerpo de Victoria, fulminados ambos por unos orgasmos que nos habían hecho trasladar a otra dimensión.

Tras un rato de silencio, fue Victoria quien tomó la palabra:

- Debes irte ya, se está haciendo tarde y me espera mi marido en casa para comer.

- Está bien, no quiero ser ningún problema para ti -le contesté mientras me levanté de la cama.

- No vas a ser ningún problema, más bien vas a ser el bálsamo que me calme -me respondió.