Verónica, la novata
Verónica siempre tuvo el control, pero esta vez el juego es diferente. Diego no solo quiere dominarla, quiere borrarla. Y cuando la vergüenza pública se mezcla con el placer prohibido, ella descubre que no quiere ser libre, quiere ser suya.
Este relato es fruto de mi imaginación y, aunque los personajes están basados en hechos reales, los acontecimientos no son reales, comienzo.
Verónica es una mujer de armas tomar, tiene 47 años y, desde hace unos años a esta parte ha fantaseado con ser sumisa o, mejor dicho, le da curiosidad cómo sería tener a alguien que le manda lo que tiene que hacer, porque con su anterior pareja ha jugado un poco pero ella se siente con la necesidad de ir un poco más allá.
Nos conocimos a través de una red social, fue una conversación un poco cohibida para mí, dado que, por el carácter de Vero, fue directamente al grano, y eso me bloqueó un poco, pero salí bien al paso y le gustó. Me preguntó, después de decirle yo hola, ella me contestó, sin mediar palabra, ¿qué quieres exactamente? Respondí, intentando que no se ofendiera, que quisiera conocer gente que le guste el mundo BDSM. Por un momento pensé que me mandaría a freír espárragos, pensando que sería un pajillero, como la mayor parte de la gente que hay por internet, pero cuál fue mi sorpresa, me dijo su nombre y, me confesó que le gustaría probar más cosas de las que había hecho ya, que simplemente fueron juegos con sus anteriores parejas pero nada más. Entonces fuimos hablando, cambiando impresiones, cambiando algunos datos personales hasta que, pasados unos días, quedamos a tomar un café.
Cuando llega ese día, fue un día muy lluvioso en nuestra ciudad y, como todo el mundo salió con el coche y me fue imposible aparcar, la recogí en la puerta de un supermercado, no sin muchos nervios por parte de ambos. Verónica me pareció más impactante en persona que en las fotos que nos habíamos enviado. Hablamos de todo un poco, de nuestra vida personal, intercambiando pareceres de BDSM y, quedamos en que Verónica tenía que asimilar toda la información recibida.
Después de quince días, que no me contestó a mis mensajes ni me escribió, pensé que ya no quería saber nada más de mí y, de repente, un día me llega un mensaje de ella.
- “Hola Diego, perdona mi ausencia de estos últimos quince días, es que he estado liada con mi familia, pero me gustaría retomar el contacto contigo y, si es posible, volver a tomar algo.”
Tardé dos días en responderla, ya que soy un poco rencoroso en ese aspecto. Me di cuenta de que se impacientó bastante, porque me escribió cuatro o cinco mensajes más durante los dos días y, cuando por fin la respondí le puse:
- “Para que veas cómo me has tenido estos quince días. Ahora las condiciones las voy a poner yo, y si te parece bien, bien, y si no, aquí lo dejamos.”
Y parece que surtió efecto, porque me contestó:
- “Por favor, no me dejes así, haré lo que me pidas, quiero probar a ser sumisa y me gustaría que fuese contigo, me pareciste muy buen chico.”
Le dije que me parecía bien, pero que si quería volver a quedar, debería venir con su ropa
interior en la mano, sin esconderá y, si se encontraba con alguien que le preguntase debía
contestar que tenía un Amo y que tiene que entregarle su ropa interior. Justo apareció su
prima minutos antes de llegar al encuentro con su Amo, y, Verónica, muerta de vergüenza le
explicó que tenía Amo y que debía llevarle la ropa interior así, su prima se quedó estupefacta y
le Verónica acabó la frase, así es prima, no llevo nada debajo, y se fue, sin saber qué pensaría
su prima de todo esto.
Cuando llegó a mi encuentro y me contó el suceso, le dije:
- “Así que, por lo menos tu prima ya sabe lo zorra que eres, ¿no?”
- “Si Señor, pero por favor, no me vuelva a pedir algo así, tengo miedo de que se sepa.”
Me entregó la ropa y, sin contestarla, la tiré en la primera papelera por la que pasamos, fuimos
a tomar algo y, acto seguido, la llevé a mi casa. Le dije que tenía que estar completamente
desnuda dentro de la casa y, que tendría que llevar un collar como marca de sumisión, a lo que
accedió sin rechistar.
Se le ocurrió preguntar que cuando íbamos a hacer algo, porque vio que estaba en el
ordenador contestando emails. Se llevó tal bofetón que se le quitaron las ganas de decir nada.
Le dije que, a partir de ahora, para abrir esa bocaza que tiene, deberá pedirme permiso, que
no dirá nada sin mi permiso.
Acto seguido le puse cara a la pared, con las manos y los pies en cruz y, de castigo, le di diez
azotes en cada nalga. Seguidamente empecé a jugar con su clítoris y su coño, que estaba
realmente húmedo.
Me pedía que siguiese, que no la dejase así, pero paré, le pellizqué los pezones en señal de que
no me ha gustado que pida más y le mandé a por una cerveza, que era la hora de tomarla, y
que se limitase a esperar lo que le mandase con paciencia.
No dijo nada, porque sabía que si decía algo más sería castigada, así que cumplió y vino con la
cerveza y unos frutos secos, que no se los pedí, pero ella quería enmendar sus errores. Le
expliqué que para enmendar los errores están los castigos, pero que bueno, que ya que había
traído los frutos secos los tomaría también.
La mandé ponerse de rodillas en un cojín que le puse al lado de la mesa donde yo estaba
sentado y, con los brazos a la altura que me venía bien a mí que los tuviera, me tenía que
sujetar la cerveza y los frutos secos, como si fuese un mueble, hasta que acabase con el
aperitivo.
Sabiendo que no le gustaba la cerveza, la cogí del pelo y la eché la cabeza hacia atrás para que,
con la boca abierta, recibiese la cerveza mezclada con algún Kiko. Daba algunas arcadas, pero
se la veía bastante excitada.
Después de tomarme el aperitivo, con calma eso sí, la cogí de la correa y la llevé al baño
conmigo, la metí en la bañera y empecé a mearla, primero el pelo, lacara y el cuerpo. Tuvo la
boca cerrada, con lo cual no probó la orina.
La saqué de la bañera y le di 25 correazos de cinturón en cada teta y, le expliqué que cuando la
vaya a mear tiene que dejar todas las posibilidades abiertas donde pueda echar la orina,
incluida la boca. Verónica me rogó piedad, que no se había dado cuenta y que no volvería a
ocurrir. Le metí la polla en la boca y se la estuve follando hasta que le dieron arcadas. Seguido
le mandé a por el cuenco con las pinzas de la ropa, y la puse pinzas por todo el cuerpo, para
ver hasta donde aguantaba realmente y, creo que por su orgullo de sumisa, no mandó parar ni
dijo la palabra de seguridad en ningún momento, cosa que me agradó bastante y, por lo cual le
premié.
A la zorra le gustaba satisfacerme.
Después le folle el culo, que, aunque me había dicho que ni le agradaba ni le dolía ni le
disgustaba, me apetecía hacerlo. Seguido se la saqué del culo y se la metí por el coño, mientras
le azotaba el culo con la mano y, por los gritos que pegaba, sabía que estaba disfrutando y le
dije que ese era su premio, llegar al orgasmo y, que aunque había tenido que castigarla, había
sido una buena puta.
Le di las instrucciones pertinentes para el día siguiente, porque Verónica lo disfrutó tanto que,
antes de marcharse, dijo que quería repetir, pero esto ya es otra historia.
Si os ha gustado, podeis manderme vuestros comentarios y sugerecias a [email protected], intentaré responderos a todos.
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