Vivan los novios
Raquel tiene marido e hijo, pero esa noche su único compromiso es con el deseo. Entre los brindis de la boda y las miradas furtivas, Sergio descubre que la mejor amiga de la novia no es quien parece. Cuando ella le susurra que depende de él decidir a dónde va, la línea entre la etiqueta social y el placer prohibido se desdibuja para siempre.
- ¡Dios, me vas a ahogar! –dijo la mujer en el escaso segundo durante el cual, la verga que presionaba su garganta, salió de su boca antes de introducirse de nuevo en ella.
- ¿No era esto lo que querías, golfa? –respondió el hombre, a la vez que volvía a clavarle su erecta y dura polla a través cavidad bucal.
El chapoteo incesante de la verga en la boca de la mujer era la música de fondo que podía oírse en aquella funcional habitación de hotel.
La mujer, a pesar de las aparentes quejas, recibía con sumo gusto las constantes embestidas de su amante efímero. Lo hacía sentada en el suelo, con la espalda aplastada contra la pared por los empujones del hombre, mientras con los dedos de una de sus manos hurgaba cuanto podía en su propio coño y clítoris, aumentando así su propio placer.
UNAS HORAS ANTES…
La boda había consistido en una ceremonia sencilla en el despacho de una notaría del centro de la ciudad. Selenia y Lucas habían decidido formalizar su situación, y lo habían hecho por la vía más rápida que encontraron: una boda civil en una notaría.
A la ceremonia asistieron muy pocas personas, parte de la familia más allegada de ambos novios, y los amigos más íntimos de la pareja. En total 16 personas, aunque a la ceremonia sólo habían asistido 15 personas, una amiga de la novia le había escrito un mensaje: Se encontraba en un atasco, en uno de los habituales atascos de Madrid en cualquier viernes del año.
Tras las fotos de rigor, todos los invitados, así como los contrayentes, se dirigieron en sus vehículos hasta el restaurant en el que todos estaban invitados a comer y beber en honor a los recién casados. El restaurante era un lugar modesto, pero que tenía muy buena fama en el lugar. El famoso boca a boca, funcionaba a las mil maravillas con aquel negocio.
Los dueños del establecimiento, también viejos conocidos del novio, les reservaron un pequeño salón, en el que los 16 comensales estarían solos y alejados de las miradas del resto de comensales.
Tras algunos aperitivos previos, regados con vino, cerveza y vermut, la comida como tal comenzó a ser servida, momento en el que la última de las invitadas llegó. Raquel, que ese era su nombre, era una mujer de mediana edad, de mediana estatura, de mediana belleza y de… gran melena de pelazo negro y sedoso que era, sin duda, algo en lo que cualquiera reparaba nada más verla.
Tras las apresuradas presentaciones de rigor, Raquel se sentó en un lugar libre que la novia le había reservado muy cerca de los novios y, más concretamente, al lado de uno de los mejores amigos del novio: Sergio, que además había ejercido como uno de los testigos del enlace.
Una vez servidos los primeros platos del banquete, también comenzaron las conversaciones, animadas y llenas de risas y, cómo no, de comentarios picantes y cargados de doble significado.
Durante la conversación, y en más de una ocasión, Raquel plantó su mano, de forma aparentemente descuidada, sobre el muslo de Sergio, el cual no le dio, en principio, mayor importancia.
La comida fue avanzando, las conversaciones también y la ingesta de alcohol comenzó a dejarse notar, tanto en las conversaciones, como en sus efectos físicos. Sergio, como era habitual en él, bebió de forma muy moderada, no le gustaba repetir la sensación de mareo y pérdida de control que, años atrás, sentía casi siempre que salía de fiesta. El resto de comensales no se privaron de beber tanto como quisieron, así algunos de ellos aflojaron pronto los nudos de sus corbatas, y algunas de las mujeres no tuvieron pudor en admitir que se sentían como el calor, provocado por el alcohol, las invadía. Entre ellas, Raquel fue la que de modo más claro, e insistente, lo dijo:
- Ufff, qué caliente estoy –le dijo a Sergio al oído, acercando de manera exagerada su boca a la oreja de su compañero de mesa.
- Sí, hace un poco de calor –respondió Sergio.
- No me refiero a eso: he dicho que estoy caliente, supongo que sabes lo que quiero decir –reiteró Raquel.
Claro, Sergio sabía perfectamente lo que aquella mujer, casi desconocida, quería decir. Desde ese momento la miró con otros ojos, la observó de otra manera, captando cada una de las señales y matices en su voz, en sus gestos y en sus poses: llevaba un vestido rojo, con un escote que, sin llegar a mostrar más de lo adecuado, sí dejaba traslucir unas hermosas y bien formadas tetas. La longitud del vestido era tal que, sentada a la mesa, gran parte de los muslos de la mujer quedaban a la vista, tan sólo tapados por unas finas medias, de color negro. Como calzado llevaba unas botas altas, que alcanzaban casi hasta las rodillas. Ambas prendas: las medias y las botas altas, formaban parte del elenco de fetiches de Sergio. Él mismo no se explicaba cómo ambas cosas se le habían pasado por alto.
- ¿Qué has hecho con Marcos? –preguntó a Raquel de pronto Selenia.
- Hoy me he tomado el día libre de familia. Él y su padre van a ir al cine y después cenarán en algún burguer –respondió Raquel, mirando de reojo a Sergio.
- Haces bien, Raquel: aunque estés casada, también tienes derecho a salir alguna vez y divertirte, aunque ya sabes, tienes un marido y un hijo que te esperan en casa –añadió de nuevo Selenia.
- Sí, es lo que tiene estar felizmente casada: hay un marido en casa que me espera. Tengo que ser buena –respondió Raquel entre risas.
Así que Raquel está casada y tiene un hijo, pensó Sergio, de lo que no parecía acordarse hasta que la novia se lo ha recordado –continuó Sergio pensando.
Terminada la comida como tal, sólo faltaban los postres: tratándose de una boda, no podía faltar la tarta. Tras la ceremonia del corte de la tarta por los novios, y las fotos y discursos de rigor, repartieron las porciones a cada comensal.
- Mucha nata tiene la tarta, no puedo con ella –le dijo Raquel a Sergio.
- Seguro que si se lo dices, te traerán otra cosa, no está bien que la mejor amiga de la novia se quede sin postre –le dijo Sergio.
- No pienso quedarme sin postre, aunque suelo acabar pasando de este tipo de postre. Soy alérgica a la leche –respondió ella con una sonrisa.
Aquello estaba haciendo estremecer el deseo de Sergio. Aquella mujer no dejaba de lanzarle indirectas, cada vez más directas, y le importaba bien poco que todos la estuvieran viendo, y que todos supieran que estaba casada.
Una vez terminados los postres, los camareros retiraron a un lado las mesas, que previamente habían sido colocadas en forma de T, formando ahora una especie de U, dentro de la cual quedó espacio suficiente para que, quienes quisieran, pudieran bailar durante un rato.
Sergio no es una persona a la que le guste y disfrute con el baile, pero su mejor amigo se había casado, y no le iba a hacer el feo de disfrutar de cada instante de aquel día. Animado además por el alcohol que ya hacía varias horas que estaba ingiriendo, se unió a la mayor parte del grupo, y comenzó a bailar.
Pasados unos minutos, y tras varias canciones distintas, llegó el turno de una bachata. Sergio se iba a sentar, pero una mano le sujetó por la cintura y le obligó a volverse.
- ¿No me vas a hacer el honor de bailar conmigo? –le preguntó Raquel.
- No soy el más aconsejable bailarín, y ya he visto que tú sí sabes moverte –respondió él.
- Sé adaptarme al ritmo y gustos de mi pareja sin ningún problema. Además, he visto cómo te mueves, y creo que lo haces mejor de lo que crees –respondió ella, encendiendo su mirada a la vez.
Ambos volvieron a bailar, esta vez juntos, adaptándose mucho mejor de lo esperado a aquella bachata que sonaba de fondo. Raquel no tenía ningún inconveniente en rozar insistentemente su cuerpo con el cuerpo de él. Y Sergio no tuvo ningún reparo en aprovechar la situación, y dejar que su cuerpo tropezara, una y otra vez, con el contacto que la mujer le ofrecía. Además, el liviano vestido de ella, parecía la vela de un barco a cada movimiento, dejando ver ampliamente sus preciosos muslos, incluido el liguero con el que sujetaba las medias. Todo aquello no hizo sino aumentar su deseo por aquella mujer.
Una vez terminada la bachata, y tras las risas y comentarios de los demás, Sergio se sentó para tomar aire y beber un largo trago a su gintonic. Raquel hizo lo mismo. Se sentó de nuevo junto a él:
- Me voy a marchar ya, Sergio –le dijo ella muy seria.
- Ah, pensé que te quedarías más tiempo –respondió él, realmente decepcionado porque Raquel se marchara ya de la fiesta.
- No te lo he dicho todo. Me marcho, pero no me gustaría irme a mi casa. De ti depende a dónde vaya –le dijo ella, clavando sus ojos en los de él, a la vez que deslizó suavemente una de sus manos por el muslo del hombre más cercano a ella, hasta casi llegar a tocar en sus genitales.
- ¿Depende de mí? –respondió él.
- Sí, depende de ti. Puedo salir por esa puerta, llamar a mi marido, y decirle que la fiesta se alarga, si tú me llevas a algún sitio –respondió Raquel muy segura.
- Hazlo. Llámale. Y espérame junto a la parada de metro. Dame 10 minutos, para que nadie sospeche, y pasaré a recogerte –le dijo Sergio.
Apenas 5 minutos después, y con la excusa de que su marido la esperaba, Raquel abandonó la fiesta. El resto de los invitados continuaron bebiendo y bailando, pero unos 5 minutos después, Sergio también comenzó a despedirse.
- ¿Ya te marchas? ¿Me vas a dejar sólo con toda esta gente? –le dijo Lucas muy serio.
- Lo siento, amigo, pero tengo que irme. Tengo pendiente un asunto muy complejo del trabajo, y mañana tengo que estar fresco si quiero sacarlo adelante –le respondió Sergio.
Tras varios abrazos, y palmadas en la espalda del novio, y las despedidas del resto de invitados, Sergio salió del restaurante. Se encaminó hasta su coche, comprobó que el alcohol aún le permitía conducir sin ningún problema ya que, aunque había tomado algo de vino y un gintonic, no había abusado en exceso y había espaciado bastante en el tiempo lo que había ingerido. Puso el vehículo en marcha y se dirigió hacia la estación de metro en la que se suponía que Raquel le esperaría.
No tenía muy claro que ella fuera a estar. Al fin y al cabo, eran dos desconocidos, los acababan de presentar, y no sabían apenas nada el uno del otro. Pero, del mismo modo, esa podía ser una ventaja: no se conocían, no tenían por qué volver a verse y el hecho de que ella fuera una mujer casada, le aportaba a la situación el morbo de lo prohibido.
Unos 100 metros antes de llegar al lugar convenido, Sergio pudo ver como Raquel le estaba esperando. Vista así, en la distancia, se la veía como una mujer atractiva y muy deseable. Su cuerpo, sin ser espectacular, no dejaba de ser bonito, su pelo era precioso, el color de su piel tenía el tono perfecto y el atuendo era, sencillamente, tentador.
Recogió a la mujer y se dirigieron por el tráfico denso de la ciudad. Mientras conducía, Sergio pudo ver como ahora Raquel, sin ningún pudor, dejó que su vestido se subiera por sus muslos todo cuánto quiso, mostrando unas piernas preciosas, unos muslos torneados y, lo que acabó por encender las ganas y el deseo de Sergio: el precioso liguero negro de encaje que antes había podido entrever mientras bailaban.
En unos minutos llegaron hasta un hotel en las afueras de la ciudad. Un hotel funcional y sin pretensiones, que cumplía a la perfección su función: servir de lugar de encuentros a parejas furtivas.
Tras el pago de la habitación, la pareja se dirigió a la misma. Sergio le cedió el paso a Raquel, la cual le dijo que se pasaría un momento al baño. Mientras ella lo hizo, él se quitó la corbata y la chaqueta y puso música de fondo.
Al momento Raquel volvió. Se colgó del cuello de Sergio y comenzaron a besarse. Ambas lenguas se unieron en una danza sensual y provocadora, mientras las manos de cada uno recorría el cuerpo del otro: sin prejuicios, sin miedos, sin tabúes. Ella se aferró rápidamente a la importante erección de él. Mientras que él desplazó sus manos desde el culo de la mujer, hasta su entrepierna, dónde pudo deleitarse con la humedad y el calor que la ropa interior de ella albergaban.
Un momento después, Sergio hizo girar a Raquel sobre sí misma, colocando el culo de la mujer contra su sexo endurecido, besando y lamiendo el cuello y la nuca de la mujer, a la vez que con sus manos recorría el cuerpo de ella: desde las tetas hasta el coño, acariciando, presionando y masajeándola sin pudor, a lo que ella respondió con leves gemidos y con el contoneo, cada vez menos suave y sutil, de su culo contra la verga de él.
Por su parte, Raquel buscaba con ansia la polla del hombre, pasando una de sus manos sobre el abultamiento que ésta marcaba bajo el pantalón de Sergio, presionándola y haciéndose una idea de su tamaño y dureza.
- Tú también estás muy caliente –dijo ella, una vez que pudo comprobar el tamaño de la verga del hombre.
- Tú me has puesto así. Yo quería una boda tranquila, acompañar a los novios y volver a casa, sin más. Pero tú, no has hecho más que calentarme y provocarme durante toda la comida –respondió él.
- Y, ¿acaso no te gusta? –preguntó ella, mientras él clavaba dos de sus dedos en la hendidura de su vagina, aún por encima de la ropa.
- Claro que me gusta: siempre me han gustado las putas y golfas como tú –respondió Sergio, llevando a su amante hasta la pared.
El hombre a Selenia contra la pared del fondo de la habitación, dónde sobó y masajeó su cuerpo a placer, sometiendo a la mujer a los deseos de sus poderosas manos, que tan pronto acariciaban suavemente su nuca o su espalda, como propinaban un sonoro palmetazo en el culo de la mujer, para volver a estimularle y acariciarle el sexo por encima de la ropa interior.
- Aún estás a tiempo de disfrutar del postre de hoy –dijo Sergio de pronto.
- Mmmm, me muero de ganas de hacerlo –respondió Selenia a la vez que alargó una de sus manos detrás de su espalda, buscando el pene del hombre.
Sergio dio un paso atrás a la vez que hizo girar a Raquel para quedarse ambos cara a cara. Raquel se lanzó a desabrochar el pantalón de su amante, dejándolo caer suavemente hasta el suelo. A continuación de llegó el turno a la ropa interior: el bóxer negro de lycra, bajo el que una potente erección se dibujaba, siguió el mismo camino que había recorrido el pantalón un instante antes.
Ante Raquel saltó como un resorte la polla empalmada y dura de Sergio. Ella la contempló con emoción, la sostuvo en sus manos, acariciándola con suavidad, desde los testículos hasta la punta, sintiendo cada centímetro de su piel estirada y suave, las rugosidades de las gruesas venas y el palpitar que la excitación y el deseo provocaban en el hombre.
- Este es tu postre: comételo –ordenó Sergio.
Raquel, sin decir una sola palabra, volvió a apoyar su espalda en la pared, dejándose deslizar sobre ella, hasta acabar sentada en el suelo, con sus piernas dobladas por las rodillas y abiertas para permitir que Sergio se acomodara entre ellas, de pie.
En esa posición, la mujer abrió la boca y se introdujo la polla del hombre. La engulló poco a poco, haciendo que Sergio viera como su boca atrapaba su tranca hasta el fondo, suavemente, despacio, hasta llegar a hacerla desaparecer en el interior de su boca.
Repitió ese movimiento varias veces más, dejándose llenar la boca por esa verga, desconocida para ella hasta hacía unos minutos, y que tan gruesa y dura había logrado poner aquella maravillosa tarde. Con sus manos agarradas al culo prieto del hombre, Selenia empujaba suavemente su boca sobre el cuerpo de él, a la vez que con las manos lo atraía hacia ella misma.
Selenia mamaba con suavidad, con dulzura, casi con mimo, aunque con cada nuevo movimiento, lograba introducirse la polla tan dentro de la boca que la punta del capullo rozaba su garganta, llegándole a provocar algunas arcadas y dificultades para respirar, aunque era más fuerte el morbo, el deseo y las ganas de sentir aquel poderoso miembro golpeando en su garganta, que la necesidad de respirar con libertad. Cuando sacaba el pene del hombre para volver a ensartarlo en su garganta, aprovechaba para jugar con su lengua en la punta, y para succionarle ésta, cada vez con más intensidad.
Para Sergio, sentir como su verga era engullida una y otra vez por la boca de Selenia, era tanto como cumplir un sueño. Hacía demasiado tiempo que sus relaciones sexuales, por una u otra razón, no le satisfacían como antaño, por lo que decidió que no iba a dejar escapar la oportunidad que aquella golfa le ofrecía: comenzó a empujar con su cuerpo en la boca de la mujer, introduciendo aún más su dura polla en aquella cavidad húmeda y suave, provocando nuevas arcadas y mayores dificultades para respirar.
- ¡Dios, me vas a ahogar! –dijo la mujer en el escaso segundo durante el cual, la verga que presionaba su garganta, salió de su boca antes de introducirse de nuevo en ella.
- ¿No era esto lo que querías, golfa? –respondió el hombre, a la vez que volvía a clavarle su erecta y dura polla a través cavidad bucal.
Durante unos segundos más, Sergio continuó bombeando la boca de la mujer. Pasado ese tiempo, extrajo su polla de la boca de ella, haciendo que ahora se sentara en el borde de la cama, desde dónde Selenia continuó mamando, chupando y succionando la polla, los huevos y el capullo de Sergio, sintiendo éste un placer tan ansiado como intenso.
Los huevos pronto se llenaron con la viscosa leche que el placer y la estimulación estaban provocando. Ahora Sergio se aferró a la cabeza de ella, presionándola con fuerza contra su propio vientre, a la vez que una oleada de placer recorrió todo su cuerpo, que terminó por hacerle estallar en la boca de Selenia, dónde depósito una generosa cantidad de semen, caliente y espeso, que la mujer se apresuró a saborear y que, tras mostrárselo al hombre, con la boca abierta, tragó como si del más delicado manjar se tratase.
- ¿Te ha gustado el postre? –preguntó Sergio a la vez que con la yema de sus dedos acercaba a la boca de la mujer algunos restos de semen que habían resbalado por la comisura de sus labios.
- Nada me podría haber sabido mejor –respondió ella al instante.
Tras despojarse de la camisa, Sergio se echó en la cama, ya sí completamente desnudo. Durante unos minutos, ambos permanecieron en la cama, el uno junto al otro, sin decir palabra. Sergio acariciaba con suavidad las piernas y los muslos de la mujer, subía y bajaba por ellas, sintiendo la suavidad de sus medias y acariciando también las bonitas botas de la mujer,. Pocas cosas en la vida le ponían tanto como una mujer con unas buenas botas. Poco a poco su mano fue ascendiendo, hasta alcanzar el sexo de la mujer. La ropa interior de ella estaba completamente empapada y caliente. Apenas comenzó a rozar los labios de su coño, Selenia experimentó una punzada de placer que recorrió todo su cuerpo, y que la hizo gemir de placer.
Tras varias pasadas con los dedos sobre el coño de la mujer, con los que la emisión de fluidos no hizo sino incrementarse, así como la intensidad y cantidad de los gemidos de ella, Sergio se llevó aquellos dedos hasta sus labios, para saborearlos y aspirar el aroma inconfundible de hembra mojada y caliente.
- Quítate el vestido –le ordenó él de pronto.
Selenia se incorporó y se quitó el vestido, tal y como Sergio la había ordenado, mientras él la observaba, impactado por el deslumbrante cuerpo de la mujer, aún mucho más bonito y atractivo de lo que parecía cubierto por la ropa. Bajo el vestido llevaba un sujetador y unas braguitas a juego, de color negro, además de ello, un liguero, también de color negro, mantenía las medias en su sitio, desde la cintura de la mujer.
Sergio, al ver aquello, no pudo contener un arrebato de deseo irrefrenable e incontenible. Se lanzó sobre la mujer, obligándola a retroceder sobre la cama, en la que cayó de espaldas, aguantando el envite del hombre. Éste arrancó con rabia y fuerza las braguitas de la mujer, rompiéndolas con varios desgarros que las dejaron hecha trozos, y llevándoselas a la boca para aspirar el aroma con el que, los constantes fluidos, las habían impregnado.
A continuación fue la boca del hombre la que se apoderó del sexo, húmedo y caliente, de Selenia. La lengua recorrió los escasos centímetros que separaban la parte baja de su coño de su clítoris, lamiéndolo con fruición, introduciéndose en su interior y presionando aquél, con fuerza y con rabia, como si el control perdido por parte de Sergio, no fuera a volver.
Tras un par de minutos en los que los labios y la lengua de Sergio se hicieron los dueños del coño de Selenia, fueron un par de dedos de aquél los que se introdujeron con facilidad en el coño de la mujer. Lo hicieron hasta el fondo, moviéndose dentro de su cuerpo describiendo círculos cada vez más amplios, a la vez que los labios del hombre mordieron y tiraron con fuerza e intensidad del clítoris, cada vez más duro e hinchado, de Selenia. Ésta no pudo reprimir una sucesión cada vez más intensa de gemidos, a la vez que sentía temblar todo su cuerpo, mientras de los labios de su coño no dejaban de manar sus fluidos, calientes, ácidos y viscosos.
En un momento dado, Sergio incremento el ritmo con el que estaba masturbando el coño de la mujer, convirtiendo a sus dos dedos en una verdadera polla, que entraba y salía con velocidad creciente y cada vez más presión, dentro del rosado y caliente coño, mientras que con su lengua y sus labios no dejó, ni un solo instante, de lamer, acariciar, succionar y morder el hinchadísimo clítoris.
Pasados algunos minutos más, un enorme latigazo de placer, una especie de descarga eléctrica, recorrió todo el cuerpo de Selenia que, tras tensarse de manera ostensible, gritó de placer como no había hecho aún, presionando con su pelvis hacia la boca del hombre al que, además, sujetó con sus propias manos, para sentir con más intensidad el tremendo orgasmo que estaba teniendo, y que provocó que un verdadero reguero de fluidos abandonara su cuerpo para terminar en los labios de su amante y sobre la propia cama.
Tras un largo minuto, en el que el cuerpo de la mujer no dejó de convulsionar, y en el que la lengua de Sergio no dejó de acariciar y lamer los labios vaginales y el clítoris de Selenia, esta fue relajándose, para quedar completamente inerte y sumida en el más placentero éxtasis.
- No me equivoqué contigo. Eres un amante formidable: fogoso, impetuoso y entregado al placer –le dijo Selenia pasados unos minutos, mientras acariciaba el pecho y la polla del hombre, suave y delicadamente.
- Yo tampoco me equivoqué contigo: eres tan puta y golfa como había imaginado. Sabes cómo excitar y provocar a un hombre.
- Me gusta excitar al hombre que a mí me excita –respondió ella -. Pero todavía no hemos terminado –añadió
Selenia se incorporó para salir de la cama. Aún llevaba las medias, el liguero y las botas. Se colocó de forma que Sergio pudiera ver todo su cuerpo.
- ¿Te gusta lo que ves? –preguntó ella.
- Me enloquece –respondió él.
- Puedes usar la parte de mi cuerpo que más te guste, del modo en que desees –añadió Selenia.
- Gira, muy despacio, quiero elegir bien –dijo él.
Selenia comenzó a girar sobre sí misma, muy despacio, contoneando su cuerpo, deslizándose sobre el suelo de forma sensual. Sergio no quitaba ojo del cuerpo de la mujer. Sus pechos, sin ser grandes, tenían la forma perfecta, permaneciendo bastante erguidos a pesar de no ser una jovencita. Sus caderas, poderosas y firmes, marcaban unas curvas de las que cualquier hombre que se precie querría quedar colgado. Sus piernas, sin ser largas, sí estaban estilizadas, a lo que además ayudaban las botas que se adaptaban perfectamente a ellas. Sus muslos estaban perfectamente formados, convergiendo por delante en un suave y delicado monte de Venus, perfectamente rasurado, en el que destacaba la perfecta hendidura de su coño adornado por el brillo que le otorgaban los fluidos, fruto de su placer, y que terminaban por detrás en un culo redondo y ligeramente respingón, capaz de hacer las delicias de cualquier hombre amante de las artes griegas.
Sin haberse dado cuenta, mientras Sergio se deleitaba contemplando a aquella mujer, a la que él calificaba como golfa, su mano derecha acariciaba y masturbaba con suavidad su polla, que volvía a estar de nuevo dura y lista para otra batalla.
Tras dejar que Selenia diera un par de lentas vueltas alrededor de sí misma, Sergio salió de la cama y llegó hasta la mujer.
- Ya he elegido –dijo él.
- Espero que hayas elegido lo que de verdad deseas, pues tras hacerlo deberé marcharme. Ya sabes: mi hijo y mi marido me esperan en casa, no puedo preocuparles –explicó Selenia.
- ¿Ahora te acuerdas de tu marido, zorra? –dijo Sergio.
- Nunca dejo de pensar en él, ni siquiera cuando es tu verga la que se derrama dentro de mí –respondió ella.
Sergio no necesitó más. Las explicaciones de Selenia volvieron a causar en él ese efecto de descontrol, de pérdida de la serenidad y de absoluta provocación. Tras besar con rabia la boca de la mujer, la lanzó de nuevo contra la misma pared del comienzo, haciéndola apoyar la frente y las palmas de sus manos, por encima de la cabeza, en ella. A la vez, Sergio colocó la punta de su polla en la estrecha abertura del ano de la mujer.
- Por favor, hazlo con cuidado, no vayas a hacerme daño –le pidió al hombre.
- Has dicho que podía usar lo que quisiera de tu cuerpo, del modo que quisiera –fue toda la respuesta de él.
Sergio alargó su mano derecha hasta acariciar el aún mojado coño de Selenia, dónde impregnó sus dedos, metiendo de nuevo dos de ellos en la excitada cavidad de la mujer. Cuando los hubo mojado a conciencia, los sacó, para llevarlos hasta el ano de la mujer, el cual, utilizando tanto los fluidos de la mujer, como algo de su propia saliva que dejó caer sobre sus dedos, lo lubricó cuánto pudo.
A continuación volvió a colocar su polla en la entrada del estrecho y cálido agujero de Selenia, y comenzó a empujar con firmeza. En un principio, apenas logró introducir mínimamente su verga dentro, mientras que Selenia no podía reprimir algunos pequeños gemidos de queja, a la vez que movía su culo a un lado y otro.
- Venga, zorra. Tan golfa que parecías… no es más que otra polla que va a entrar en tu culo. Aguanta y no te muevas –le ordenó Sergio.
Selenia dejó de moverse, todo lo contrario que Sergio, que empujó con un poco más de intensidad y, ahora sí, logró introducir el capullo dentro del culo de la mujer. Permaneció así, con la punta de su polla dentro, durante medio minuto, haciendo que el ano de Selenia se acostumbrara a la presencia de su falo duro y poderoso.
En seguida Sergio volvió a empujar, con suavidad, pero con firmeza, haciendo que su polla se fuera enterrando en el culo de la mujer, hasta llegar a hundirla por completo, momento en el que ella volvió a gemir.
De nuevo Sergio dejó de moverse, pero esta vez estimuló con caricias el coño y el clítoris de Selenia, a lo que ella respondió con gemidos de placer, sin que pudiera separar su cara de la pared, y sin poder hacer nada más que esperar las siguientes embestidas del amante que ella misma había elegido.
Sergio comenzó a moverse dentro del cuerpo de Selenia. Comenzó a sacer y meter la polla, primero con suavidad, tratando de acostumbrar a esa estrecha y cálida cavidad a la presencia de su polla endurecida y gruesa. Poco a poco el ritmo se fue incrementando, haciendo las embestidas más constantes, más profundas y más intensas, a la vez que con su mano derecha acariciaba y estimulaba el clítoris y el coño de Selenia, y a la vez que, con su mano izquierda, se anudo la larga melena de la mujer, para tirar de su cabeza hacia atrás, cada vez que él empujaba con su cuerpo contra el cuerpo de ella.
Selenia sentía como un calor abrasador invadía todo su cuerpo desde su ano. Como la polla de Sergio, tan dura y poderosa como al comienzo de su encuentro, perforaba su culo llenando de nuevo todo su cuerpo, transformado poco a poco el dolor inicial, en placer y deseo. Además, los dedos del hombre eran verdaderos expertos estimulando y acariciándole el sexo. Su coño volvía a chorrear, sentía como los fluidos se deslizaban por sus muslos, provocando su deseo.
La volvía loca sentirse así. Sentirse poseída y utilizada por un desconocido. Por un hombre al que acababa de ser presentada, como era el caso de Sergio, o con un perfecto desconocido, al que ella misma elegía haciendo fila en cualquier lugar, o en el transporte público, con los que, a veces, ni siquiera llegaba a saber su nombre. Y es que, desde que su marido tuvo un accidente de tráfico, cuando volvía de tener un encuentro con una amante, del que le quedó como secuela la imposibilidad de mantener sexo, esta era la mejor forma que había encontrado de vengarse de él y de sentir placer con la máxima intensidad.
Sergio la estaba follando como un loco. La follaba el culo de modo descontrolado, saliendo y entrando cada vez de su ano casi por completo, atravesando con su dura y caliente verga su dolorido culo, sintiendo a la vez el placer que los dedos del hombre le procuraban en el coño y en el clítoris, gimiendo cada vez con más intensidad, mientras el aliento caliente y húmedo del hombre calentaban su nuca y la piel de la parte superior de su espalda, sintiéndose obligada a hacer algo que, realmente, ella había elegido.
Toda la situación, tanto la física como la sugestión mental, hicieron que Selenia se corriera de nuevo, que lo hiciera entre auténticos temblores de todo su cuerpo, gritando de placer, bramando de gusto, volviendo a sentir todo su cuerpo invadido por una oleada de varios latigazos de placer que, de no haber estado empotrada contra la pared, la habrían hecho caer al suelo.
Sergio sintió como sus dedos se llenaban con el fruto del orgasmo de Selenia, envueltos en sus jugos y percibiendo el incontrolable temblor de la mujer, en todo su cuerpo.
Eso le provocó aún más, haciendo que sus embestidas se hicieran aún más intensas, más poderosas y profundas. En apenas dos minutos más, fue Sergio quién se corrió, quién se vació de nuevo, esta vez dentro del deseado y maltratado culo de Selenia. Una sucesión de descargas de leche le hicieron gritar de placer, tirando con fuerza del pelo de la mujer, para acercar su oído a su propia boca:
- Eres la más maravillosa zorra que he conocido nunca –le dijo al oído, mientras seguía moviendo la polla dentro del culo de Selenia, para apurar hasta la última gota de su leche.
- Soy quién quiero ser, con quién quiero serlo –respondió ella, aún con la respiración entrecortada.
Poco después los amantes efímeros separaron sus cuerpos. Algunas gotas de semen cayeron al suelo, haciendo en él un pequeño charco. Tras una rápida ducha, los dos se vistieron de nuevo.
- Las bragas te las puedes llevar de recuerdo –le dijo Selenia a Sergio.
- Espero que tu marido las eche de menos –respondió él mientras se las guardaba en un bolsillo de la chaqueta.
- El conjunto es un regalo de mi marido –dijo ella, sin más.
Vivan los novios, pensó Sergio cuando abandonó el hotel, tras ver cómo un taxi recogió a Selenia.
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