De adolescencia, amor y sexo
Entre las paredes frías del internado y el ruido del autobús, una mirada negra cambió su mundo. Ahora, bajo la sombra de los pinos, la vergüenza se desvanece frente a la urgencia de sentirse viva por primera vez.
Se me hizo tan extraña aquella primera vez. Nada sabia yo de aquello que después sería casi una constante en mi vida, el sexo. Mi infancia y adolescencia transcurrierón entre juegos y estudios, en un pueblito perdido en una sierra inmensa. Un pueblo donde apenas unos cien habitantes pululaban por sus calles, de sus quehaceres en el campo al bar del pueblo, donde apurar el vino que el mesonero elaboraba en su pequeña bodega. Una docena de chiquillos que crecimos juntos correteando aquellas calles viejas sin más preocupación que la de jugar.
Ni móviles, ni ordenadores, ni nada de esto. Una infancia libre de redes sociales ni nada parecido. Nuestra red social era la plazuela del pueblo donde, cada tarde, nos juntábamos para inventar juegos y, con el tiempo, donde quedar para salir a pasear, cuando ya los juegos comenzaron a quedar atrás.
Ni una triste discoteca, ni nada parecido. Lo más parecido a esto eran las fiestas del pueblo, una vez al año, con un grupito musical malo pero que nos hacía bailar hasta las tantas de la madrugada.
Si, claro que teníamos nuestras relaciones con chicos, pero eran tan, ¿Cómo diría? ¿Leves?, que apenas si pasaban de algún beso robado y algún apretón mientras bailabas pegado. Poco más. Lo poco que sabia del sexo era lo que comentábamos entre chicas, no mucho porque ninguna sabíamos lo que era realmente eso. Nos guiábamos más por instinto y comentarios de alguna mayor que por experiencia propia. Es decir, nada. Creo que, esto de masturbarse, llegó mucho más tarde. Alguien nos había metido en la cabeza que eso de tocarse era pecaminoso y sucio. No importaba que alguna noche te despertases con las bragas totalmente húmedas, te las cambiabas y listo.
Los dias eran largos y aburridos en aquellas soledades. La televisión como ventana al mundo y poco más.
Pasaron los años y mis padres tuvieron que mandarme a un internado donde continuar mis estudios. En una ciudad, que se me antojaba gigante, desde la ventana de aquel colegio de monjas. Algo claustrofóbico ya que no podíamos pisar la calle durante toda la semana. Solo el viernes nos era permitido salir para ir a tomar el autobús que nos llevaría de vuelta al pueblo hasta el lunes.
Este autobús fue el primer lugar donde tuve contacto con chicos que no conocía. Aquellas miradas insistentes me ruborizaban. Mis pechos se notaban mucho bajo el uniforme y eran el constante objetivo de las miradas, discretas e indiscretas, cosa que yo no entendía del todo pero que, como mujer, tuve que aceptar. Asi de inocente era….
Alberto era de un pueblo que estaba antes de llegar al mío, bastante kilómetros antes. Me atrajo desde el primer momento. Se veía divertido, siempre tenía a su alrededor un grupito de chicos que lo trataban como a un líder. De cara picara, ojos oscuros, el pelo bien peinadito a raya, como era la época. Su presencia se notaba en cuanto subía al autobús, creo que todo el mundo lo conocía alli. Procuraba irse al final del autobús, con los malotes. Donde poder armar bulla y fumar, por entonces estaba permitido en los autobuses.
Pero no era solo a mí a quien el chico le hacía tilín. La mayoría de chicas babeaban por él. Era común escucharlas decir, en baja voz, cuanto les gustaba. Yo permanecía callada, aunque me atraía igual que a las demás.
Aquel viernes, no sé por qué, él llegó tarde al autobús, casi lo pierde. Después de pagar su billete miró hacia atrás, todo estaba completo. Desde mi asiento, en el interior del pasillo, lo pude ver venir buscando con la mirada un asiento libre. El único era junto a mí.
Con una sonrisa me pidió pasar. Hice mis rodillas hacia afuera para dejarle paso y, apretado, se sentó junto a mí. Me puse muy nerviosa, no me atrevía ni a hablar. Podía sentir en mi nuca las miradas envidiosas de mis compañeras. Las quejas de sus amigos al fondo se dejaron oír en el largo vehículo.
El autobús arrancó entre tirones y estertores de un motor viejo y cansado. Los edificios comenzaron a pasar frente a la ventanilla. El día amenazaba lluvia y se veía a la gente apurar el paso por las aceras. La tarde comenzaba a caer.
De reojo lo miraba mientras simulaba mirar el exterior. Su rodilla rozaba lamia en cada curva, estaba muy nerviosa. Me hubiera gustado hablarle, pero no me atrevía.
Al poco rato la ciudad quedó atrás, solo alguna casita aislada pasaba rauda tras el cristal. A lo lejos el paisaje comenzaba a ponerse rojo y, poco después, la oscuridad impidió ver más. Quedaban casi dos horas de viaje por delante.
Cuando ya no se podía ver nada y parecía comenzar un aburrido viaje, Alberto, se giró hacia mí, quedando sus ojos clavados a los míos que no sabían si mirarlo directamente o esquivar aquella mirada negra.
Se me presentó y preguntó mi nombre. Respondí nerviosa con un hilo de voz. ¿De dónde era? ¿Dónde estudiaba? cosas asi, cuestiones que yo intenté responder tratando de sacar fuerzas para que mi voz sonara tranquila. Él me contó de su pueblo, de su colegio, de sus estudios. Cosas que, al fin y al cabo, compartíamos. Poco a poco la conversación se relajó y se hizo divertida con pequeñas anécdotas suyas que me hacían reír. Su rodilla seguía rozando mi pierna a cada curva. Se veía tan tranquilo. No como yo, hecha un flan cada vez que se cruzaba nuestra mirada.
No, no era un “malote” como parecía ser, era solo apariencia, un don, o algo asi, que lo hacía pasar por lo que estaba lejos de ser. La verdad es que tenía frente a mí a un chico dulce y amable, risueño, divertido y…tremendamente atractivo.
Las dos horas se me hicieron unos minutos. Cuando quise acordar se estaba levantando porque llegaba su parada. Lo lamenté, hubiese seguido alli hasta el fin del mundo.
Se despidió y salió por la puerta que se quejaba al abrirse. Allí me quedé yo, sola, con los ojos perdidos en la oscuridad de fuera. Feliz de haberle tenido a mi lado un buen rato. Sabiéndome envidiada por las chicas.
Supliqué porque el fin de semana pasara rápido y la semana siguiente más aún. Como todo, se hizo de esperar. Los dias se hicieron largos y pesados. Impasibles. Pero, llegó por fin el ansiado viernes, la vieja parada, el viejo autobús. Mis ojos lo buscaron en cuanto llegue allí.
Y alli estaba ya. Sentado en unas escalerillas, rodeado de su grupo de amigos. Siendo el centro de atención. No me atreví a acercarme, disimule haberlo visto. Permanecí de pie pegada al letrero que anunciaba la paraba. Mirando los coches pasar. Nerviosa, muy nerviosa. Rezando porque me viese y se acercase a saludarme al menos. No pasó esto.
El autobús paró justo delante de mí. La vieja puerta hizo un ruido de aire saliendo cuando se abrió. Era la primera en entrar. Caminé por el pasillo y volví a sentarme en el asiento que daba al pasillo. En tropel, detrás de mí, un murmullo de gente, grandes y chicos acomodándose como podían en los maltratados asientos.
De reojo lo vi subir. Sus amigos con él. Pagó su billete y caminó por el pasillo. Yo rezaba porque me dijera algo, pero sin mirarlo. Temblaba mi estómago.
Casi salté de mi asiento cuando su “hola” me saludó. Respondí con mi mejor sonrisa. Olvidando a sus amigos, me pidió si se podía sentar conmigo. Ahora sí, mis nervios me hicieron temblar cuando quitaba la mochila del asiento para que él se sentara. Que subidón de adrenalina, por dios. Solo era un chico, no más, pero era aquel chico.
De nuevo su pierna rozando la mía. Una conversación divertida. Mis ojos saltaban de su cara a la nada del exterior. Sus ojos oscuros clavados en los míos al hablarme, los míos corriendo de ellos al respaldo del asiento anterior a cualquier sitio. Mis manos apretadas en mi regazo.
La queja de sus amigos al fondo porque no se había sentado con ellos. La envidia de las chicas rozando mi piel.
Parecía no importarle todo aquello. Conversaba conmigo, que apenas podía contestar casi nada más que con monosílabos y poco más. Él me veía nerviosa. Me fue tranquilizando con su divertida charla. Relajándome, haciéndome sentir bien. Sentí su pierna apretarse contra la mía. El corazón me dio un vuelco, no, esta vez no había sido la inercia de una curva. Baje la mirada avergonzada.
La oscuridad de nuevo envolvió al autobús cuando el sol se metió en el horizonte. De nuevo dos largas horas por delante. Poco a poco me fui abriendo a aquel chico, me sentí confiada. Quizás era el comienzo de una amistad o algo más. Me sentía bien estando con él. Aguanté su pierna apretando la mía contra ella.
La conversación fluyó por caminos de intimidades a medias, con pequeños secretos, con pequeñas confesiones. A mis diecisiete poco podía contar y mis experiencias no iban más allá de aquel pueblito perdido o las paredes frías de un colegio de monjas. Aun asi tenía cosas de qué hablar con él.
Poco a poco llegó el momento de su parada. Apenas faltaban unos minutos para que se levantándose, dejándome alli sentada, sola de nuevo. Sin esperarlo, tomó mi mano y me dijo “hasta el viernes” dándome un beso robado en los labios que no esperaba, del que nadie se dio cuenta. No supe reaccionar, solo besé, besé sin saber cómo besar, pero sintiendo esas mariposas en el estómago. Se puso en pie, paso junto a mí y se dirigió hacia aquella maldita puerta. Yo hubiese seguido besándolo hasta el infinito.
Aquella noche, cuando me metí en la cama, no podía borrar la sensación de aquellos labios en los míos. Mi primer beso, un beso robado, sí, pero que sentí como solo una chica de mi edad podía sentir. No voy a negarlo, me humedecí un tanto pensando en él, pero no hice nada al respecto.
Eran sobre las cinco de la tarde del domingo cuando sonó el timbre de la puerta de casa. Abrí con desgana y mis ojos se abrieron igual que aquella pesada puerta de la casa de mis padres. Desde la acera la sonrisa de Alberto me esperaba. Estaba alli, no salía de mi asombro. ¿Cómo había sabido? ¿cómo había venido? ¿Qué hacía aquí?...
Sali con mirada interrogante, cuidando de cerrar la puerta tras de mí, mi madre estaba en casa. Con un “es para mí, mama” siguió en sus cosas. Y alli estaba, guapo, bien arregladito, con sus ojos oscuros y su sonrisa. Un “hola” y no muchas explicaciones de cómo me había encontrado, quien le dijo donde vivía. Una moto, desconocida para mí, aparcada tras de él.
Me tendió un casco al tiempo que se subía en ella y la arrancaba de una fuerte patada al arranque. La calle tembló con su sonido estrepitoso. Alguna vecina curiosa salió a su ventana. Sin palabras me coloqué aquel casco, me agarré a su hombro para poder subir a aquel aparato tremendamente alto y me senté detrás. Tuve que abrazarme a su cintura para evitar caer cuando arrancó. Aun no salía de mi asombro. No sabía cómo, pero alli estaba, conmigo, podía abrazarlo y sentir su cuerpo pegado al mío. No me importaba nada más. Me sentía feliz.
Los pinos desfilaron rápido al filo de la carretera. No sabía dónde me llevaba, pero confiaba en él. Todo pasaba raudo a mi alrededor, y el sonido de la moto era infernal, pero me gustaba sentir aquella vibración entre mis piernas, en mi cuerpo entero.
No tardó en aminorar la marcha. Un pequeño camino se abría a la derecha de la carretera, se podía adivinar al fondo una pradera rodeada de un alto pinar. Yo conocía el sitio, alguna vez llegué hasta alli paseando con mis amigas. No sé cómo él podía conocerlo.
Paró la moto y me dio tiempo para poder bajar, sentía mis piernas dormidas. Le puso el caballete y se quitó el casco para colgarlo del retrovisor. Tomó el mío y lo colocó en el asiento. Del portabultos trasero saco una manta pequeña que extendió sobre la verde hierva.
Tengo que confesar que no las tenía todas conmigo. Nunca antes había estado sola con un chico y me pareció extraño que conociera aquella pradera.
Me senté sobre la manta al tiempo que le preguntaba sobre esto. No, no era la primera vez que venía a mi pueblo. Con sus amigos habían recorrido muchas veces esta sierra haciendo cros con las motos. La respuesta aclaró mis dudas.
Se tumbó a mi lado, los brazos tras la cabeza, su mirada en el cielo. Sus ojos oscuros parecían tener brillo propio con el sol dándoles. Yo seguí sentada, mis piernas recogidas contra el pecho, cuidando de que mi falda no mostrara más de lo debido.
Me moría por besarlo, debo de confesar, pero me reprimía. Comenzamos una charla intrascendente, como dándonos tiempo para llegar a más profundidad. El sol calentaba lo justo, sin quemar, y una brisa suave hacia moverse los pinos a nuestro alrededor. De vez en cuando el sonido de algún pájaro nos llegaba del pinar. La tarde invitaba a estar alli.
Después de un rato hablando se incorporó junto a mí. Se quedó mirándome directamente a los ojos. Yo me noté nerviosa, presentía que me besaría en cualquier momento. Y el momento llegó. Se aproximo a mí, cerré los ojos y sentí su boca estrellarse contra la mía. Su boca se entreabrió un poco y su lengua jugo con mis labios. Yo no sabía bien qué hacer. Supuse que tenía que imitarlo, abrí mi boca y saqué la lengua lo justo como para rozar la suya. Sus manos en mi cintura me apretaron contra él. Ahora su lengua entró en tromba en mi boca, nuestras salivas se juntaron alli y sentí que mis piernas temblaban. Menos mal que estaba sentada, si hubiese estado de pie creo que no me hubiesen aguantado.
Me besó, nos besamos, largamente. El mundo se había detenido a mi alrededor, solo existía aquella boca y aquellas manos en mi cintura. Las mias sobre sus hombros.
Me empujó delicadamente hasta dejarme tumbada sobre la manta, su cuerpo se pegó al mío. Mi mente daba vueltas, mi estomago también. Me sentía extraña, muy extraña. Su boca seguía besándome como con ansias, ansias que yo devolvía en cada nuevo encuentro. Note mis pechos contra el suyo, me sentía flotar. Su mano en mi vientre, las mias en su espalda.
Noté algo duro contra mi muslo, supe al instante que él estaba muy excitado, quizás tanto como yo, pero no sabía más. Solo dejaba de besarlo para separarlo un poco y hundirme en aquellos ojos. De nuevo su lengua en mi boca y la mía en la suya. Nuestras salivas resbalaban por las comisuras de los labios.
Noté como mis braguitas se humedecían, constataba que me estaba excitando sexualmente, aquello que mis amigas tantas veces me habían comentado y nunca experimenté, pese a ya si saber lo que era la masturbación, pero nunca al sentir un chico contra ti. Nunca antes me había sentido asi. Mi respiración agitada, mis manos temblando, mis pechos tremendamente duros, casi dolorosamente duros. Y aquella cosa dura contra mi muslo me excitaba aún más.
Sentí su mano resbalar hasta casi alcanzar mi pecho, se quedó alli, a unos centímetros de ellos, rozando mi sujetador, demasiado cerca según mi educación y demasiado lejos según mis instintos. Mi mano resbaló por su espalda e instintivamente me pegue más a él cuando su mano tomo mi pecho y lo apretó suavemente. Un gemido escapo de mi garganta. No lo rechace, me dejé acariciar, era muy agradable sentirlo asi.
Sentí como lo apretaba hasta alcanzar mi pezón, hundí mi cara en su cuello, una mezcla de vergüenza y placer se hacía torbellino en mi mente. Estuvo alli un buen rato, pasando de uno a otro mientras me besaba el cuello o mordía mis labios. Yo gemía en silencio, como para no delatar mi excitación. Pero eran imposible ocultar los temblores de mi cuerpo.
Unos dedos desabrocharon mi blusa y se introdujeron bajo la tela. No quería que fuese más allá pero no podía pararlo, al contrario, mi cuerpo me pedía más. Apartaron el sujetador y el calor de su mano se apodero de mi pecho. Yo solo gemía y me dejaba hacer.
Para entonces sus muslos apretaron los míos, dejándome constancia de su dureza, de aquel calor que emanaba de su entrepierna. Se tumbó sobre mi después de abrir mi camisa de par en par, mis pechos estaban expuestos, el sujetador arrollado sobre ellos, su boca se acercó a uno y lo tomó delicadamente entre sus labios. Me sentía morir. Lo hundió en su boca y su saliva recorrió mi piel animada por su lengua. Mis manos en sus hombros casi lo animaban a seguir. Mi mente decía “no”, mi cuerpo gritaba “si”.
Volvió a mi boca, a mi cuello. Yo me resistía sin mucha convicción en mis gestos. Traté de pararlo cuando sentí su mano ir camino de mi vientre y más abajo. No, aun no estaba preparada para aquello. Abandonó su intento de asaltar mi intimidad. No podía ser más mojigata. El cuerpo me pedía a gritos que lo dejase hacer, pero mi educación lo impedía.
No insistió, solamente me miró a los ojos con una sonrisa comprensiva y volvió a besarme. Me sentí frustrada, debo de admitirlo, por mí me hubiese arrancado la ropa para que me poseyera entera. Me enoje conmigo misma, pero, de alguna manera, pensaba que hacia lo correcto.
Con un último beso se separó de mí. No mucho, solo lo justo para poder hablarme mirando de cerca mis ojos. Me confeso que estaba enamorado, que no podía quitarme de su mente. Que rezaba cada día porque llegase el viernes para poder verme. Que si se había atrevido a venir hasta aquí solo fue por su necesidad de besarme.
Yo no sabía que decir. Sentía igual que él, me apetecía besarlo tanto como él a mí, que tampoco se iba de mis pensamientos. Todo era muy romántico, me sentí abrumada. ¿Por qué yo entre tantas que se morían por él? ¿porque precisamente yo? Ni siquiera me di cuenta de que mi blusa seguía abierta dejando mis pechos al alcance de sus miradas.
Bajó sus manos y tiro de mi sujetador hacia abajo, hasta dejarlo en su sitio. Dulcemente abotonó uno a uno los botones antes abiertos. Me pidió disculpas por su premura mientras hacía esto. Se había dejado llevar por sus instintos, por sus deseos. ¿Cómo confesarle que yo sentía igual? La vergüenza me consumía por dentro, el rojo en mis mejillas lo manifestaban.
Se quito de encima mía y se sentó a mi lado de nuevo. Creo que en ese momento decidí comportarme como una mujer y no como una niña mojigata. Me incorporé hasta sentarme frente a él. Lo miré a los ojos mientras mis manos nerviosas deshacían su trabajo con mi camisa. De abajo arriba, fui abriendo de nuevo la prenda, la dejé caer de mis hombros. Desabroché mi sujetador hasta quedar totalmente expuesta a su mirada. Creo que él se asustó un poco porque trató de impedírmelo diciendo que no era necesario. Si, lo era, para mí lo era.
Tomé su cabeza con mis manos y lo aproximé hasta sentir su respiración en mi piel, hasta sentirlo entre mis pechos. Mi cabeza dio vueltas cuando comenzó a besarlos, cuando se aproximó a mis pezones, duros como piedras. Yo jadeaba y no quitaba las manos de su cabeza para que no cesara.
Estaba muy nerviosa, tanto como él, pero necesitaba dar rienda suelta a la sexualidad, tanto tiempo reprimida. Me sabia mujer, era una mujer, mi sexo lo reclamaba. Necesitaba saber qué era el sexo y quería que fuese con él.
Sabía que por alli no habría nadie, estábamos demasiado lejos. Que la tarde que comenzaba a declinar nos ocultaría. La oscuridad seria nuestra cómplice de secretos.
Me deje caer de espaldas mientras él seguía navegando de un pecho a otro, acelerando mis latidos y humedeciendo mis braguitas. Su paquete pujaba contra mi muslo. Se sentía duro.
Sus manos comenzaron a hacerse dueñas de mi piel adolescente mientras su boca volvía a besarme con ansias. Sentí una contracción en mi entrepierna cuando su mano se deslizo despacio hasta mi vientre. Mi respiración de aceleró.
Despacio y con manos temblorosas, abrió el cierre de mi falda, mis muslos aparecieron bajo ella apretados, solo la débil tela de mis braguitas lo separaban de mi intimidad. Sin dejar de hundir su lengua en mi boca, se acercó lentamente hasta el filo de ellas. Unos pelitos rebeldes se escapaban a sus lados. Aquel contacto me hacía vibrar. Quería que siguiese. Mi sexo se impacientaba por recibir la primera caricia de su vida. Yo también.
Sus dedos se posaron sobre mi monte de venus y un quejido escapó de mi boca, era agradable aquel tacto extraño. Tan diferente a cuando lo hacía yo, tan enervante y, sin embargo, me sentía tan nerviosa que apreté mis muslos como para impedirle el paso.
La palma de su mano se posó sobre mi sexo, sé que podía sentir mi humedad en ella. Acarició la piel de mis muslos, se coló entre ellos, que se abrieron a aquel contacto. No mucho, solo lo justo como para que su dedo rozara mi vagina. A esas alturas creo que ya todo me daba igual. Abrí un tanto mis piernas para dejarlo pasar. Lo hizo y un escalofrió aún más intenso me subió por la medula hasta alcanzar la base de mi nuca.
Por primera vez en mi vida sentía realmente el placer de ser acariciada. Por primera vez era otra mano y no la mía la que me hacía fantasear. El roce de su miembro contra mi muslo aceleraba aún más aquella urgencia que nacía en mis entrañas. Creo que me apreté a él para sentirlo mejor.
Para entonces mis braguitas estaban arrolladas a un lado. Mi sexo estaba a su alcance, sus manos temblorosas se paseaban a lo largo de él arrancándome gemidos que no podía reprimir. Llegó hasta mi clítoris y sentí un cierto hormigueo, no, no era un contacto agradable asi en seco. Creo que se dio cuenta, retiró su mano para humedecer sus dedos en su propia saliva y volvió al ataque. Ahora, suavizado por la saliva, el contacto era diferente, pequeñas descargas eléctricas me recorrieron. Me estaba masturbando y yo solo podía gemir y dejarme acariciar. Que distinto a cuando lo hacía yo misma, allá en la cama de mi colegio, escuchando los gemidos de mis compañeras que también lo hacían escondidas por la oscuridad.
Su boca volvió a atacar mis pezones y no tardé en convulsionar al ritmo que me marcaba. Me estaba corriendo como nunca antes había sentido. Su dedo rozaba mi clítoris mientras me encharcaba entera. Un relámpago en mi cerebro, un chispazo de placer, y me corrí entre largos gemidos y temblores. Me sentí abrumada por aquella sensación.
Un beso largo me devolvió a la realidad. Sus ojos se encontraron con los míos cuando conseguí abrirlos. Estaba alli, pegado a mí. Con una maravillosa sonrisa esperándome. Mirándome con ternura. Me sentí enamorada.
Yo no podía hablar apenas, se me amontonaban las sensaciones, los pensamientos, buenos y malos. Esa irrealidad de haber hecho algo prohibido pero deseado. Avergonzada cuando me descubrí a mí misma desnuda frente a un extraño. La vergüenza hizo que comenzara a devolver mi ropa a su sito. Él me ayudo amablemente, casi con ternura.
Cuando todo estaba de nuevo bien colocadito, tomé consciencia de que ya la tarde había caído. El sol se había puesto y la oscuridad nos rodeaba. Apenas si podía ver su cara, pero estaba alli, de vez en cuando sentía sus labios en los míos para confirma que sí, que había ocurrido.
Hablamos de muchas cosas abrazados el uno al otro. De promesas de amor, de sentimientos callados hasta hoy, de futuro. De vez en cuando un beso intercalado en la conversación. Poco me importaba que mi madre me echara una bronca cuando volviese, seguro que las vecinas ya le habrían dicho, a estas alturas, que me habían visto subida a una moto con un forastero. No me importaba en absoluto. Quería apurar aquel momento. Era para mí aquel momento y lo iba a apurar. La luna seguió mirandonos desde alla arriba.
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