Cuando me tiré al profesor de la uni
Con solo veinte años y una ambición desmedida, Selene decide que el profesor Roger es su próximo objetivo. Sin importar las reglas ni la ética, ella llega a su puerta con un plan claro: desnudarse, seducir y someterlo. ¿Podrá él resistirse a la alumna que no solo quiere sus notas, sino su cuerpo entero?
Hay veces que una se pasa de lista, lo reconozco.
Sales al mundo llena de ambición y de ideas, sabiendo que el mundo te va a devolver mucha de esa ambición en forma de una ráfaga de hostias y luego se meará y se cagará en tus ideas para intentar, mediante ese infecto recurso llamado “sociedad”, encajarte en uno de esos cubículos apestosos que tiene guardados para ti donde el resto de tus sueños se pudrirán como una planta demasiado regada y sin apenas luz solar: tarde o temprano sus raíces se apulgararán entre ese fango que has creado sobrealimentado de esperanzas.
Pero, y dejo de ponerme depresiva, que ese primer párrafo ha quedado emo total, hay veces que también te sorprende, y esas sorpresas vienen de la mano de quien menos te lo esperas.
Tenía veinte años, veinte lozanos y salidísimos años, pero lejos de ir picando de flor en flor, y mis ambiciones me llevaron a una pequeña universidad en los valles suizos, cuyo nombre no viene a cuento ahora. Me matriculé en varias asignaturas de la carrera que quería cursar, que tampoco os voy a decir porque todo tiene que ver.
Me mudé al pequeño y recoleto pueblo a los pies de la universidad, un complejo de edificios suspendido en el tiempo, a medias catedral, a medias fortaleza, con varias facultades y programas de alto rendimiento para gente ambiciosa. Si consigues graduarte allí tienes trabajo seguro, sobre todo con los contactos de las esferas públicas más importantes con ese centro del saber. Y por qué no, convertir el piso en un antro de fornicio a mi gusto.
Podéis imaginarme con la luz de la mañana tocándome como una cerda, tirándome de los pezones, metiéndome los dedos. ¿Eso del cuello? A veces me pongo un cinturón para autoasfixiarme mientras me masturbo. Qué de sábanas tuve que cambiar.
Por entonces era más ambiciosa, casi desmedida y tras una serie lecturas poco recomendables, intenté por todos los medios favorecer mi carrera saltando cursos y haciendo lo que fuera para conseguir mis objetivos. Y claro, estaba cantado. Cuando vi que el profesor de una de las asignaturas respondía a algunas sonrisas y miradas brillantes, bueno, lo convertí en un objetivo.
El profesor se llamaba… bueno, le cambio el nombre, por si acaso, vamos a llamarle Roger. Me gusta el nombre de Roger. Siempre se la quise chupar a un Roger, no me preguntéis por qué. Aunque una vez, en una discoteca, le comí el coño a una Regina, una americana de intercambio. Me relamo de pensarlo…
En cuanto a chupársela a un Roger, una simplemente, a veces, siente esa pulsión, sentir ese miembro entre los labios, entrando en tu boca, tocando tu garganta y abrir más la lengua para meterla entera hasta donde se pueda. Preguntarte cómo sabrá, si estará depilado, cuánto pesarán sus cojones en tus manos mientras se la comes y haces que se estremezca…
La cuestión es que, dentro de mis furibundos deseos de alcanzar mis objetivos a toda velocidad, la extorsión, el chantaje sexual y maniobras así, estaban a la orden del día si me facilitaban las cosas. Sí, ya lo sé, una zorra de cuidado y peligrosa, pero no menos que otras en esta facultad y en este mundo. Al final resulta que ladraba más que mordía, ya os daréis cuenta.
Averigüé dónde vivía el profesor, Roger, y aunque tienen prohibidísimo relacionarse con estudiantes según el código deontológico de la Universidad, allí fui yo, con mis calcetines altos azules, unos mocasines y nada más, todo ello resguardado bajo un caro y cálido abrigo gris, obsequio de mi madre. Sería difícil que se resistiera. No me tiro flores pero una chica de veintipocos, rubia, ojos azules, cara de muñeca, labios glosseados pon-tu-polla-aquí, arrebol en las mejillas ante el frío nocturno de las diez de la noche alpina, y un cuerpo trabajado, rosado, de pechos firmes y pezón rosado con la areola no muy grande que pedían guerra constante, y que si me distraía, podía hacer que eme corriera solo con retorcerlos. Tenía vientre plano, cintura marcada y pubis rasurado con los labios entreabiertos que pedían contenido en el continente, que iba a estar prieto y a tu gusto, y hasta un culo la mar de colaborador en el que había encajado un plug metálico con cola de conejo morada, pues como que hasta yo me follaba, nenes y nenas que estáis leyendo esto. Suena muy egotista pero más de una vez me masturbaba delante del espejo porque aparte de ser muy sexual, me pongo a mí misma y me encanta.
Para mí, hay veces que mis fantasías son casi físicas.
Así que Roger abre la puerta, volvamos a la acción. Está aún peinado, con un flequillo divertido y un par de hebras cayendo sobre su frente. Lleva unas gafas para pocas dioptrías, tiene unos labios carnosos sobre los que ya me sentaré, enmarcados en una cuidada barba castaña con solo una o dos hebras de plata. Físicamente, ahora que lo veía solo con una camisa, sin su habitual americana parda y jersey conservador, estaba macizo el cabrón. Era conocido que cuando hacía bueno iba a remar. Está remangado y entre el vello de los brazos adivino un tatuaje al que no presto mucha atención. Lleva unos pantalones vaqueros y va solo en calcetines.
Me dice que no puedo entrar, Selene, que eso es inapropiado, no está bien visto, las reglas de la universidad, no puede ser, pero que por ser yo no informará por esta vez...
Las palabras mueren cuando dejo caer el abrigo. El frío me azota, pero vale la pena por verle los ojos desencajados. Si esto fuera un manga o un anime habría salido disparado por la presión de los chorros de sangre de su nariz.
Me hace pasar raudo, antes de que me vean. Es entonces, cuando he entrado cuando ve la colita de conejo. Solo ponerme ese accesorio me ha puesto bastante cachonda. Vuelve a abrir la puerta y recoge el abrigo para colgarlo en la percha. Yo aprovecho y en la mano llevo dos cámaras IP ultracompactas y pequeñas, del tamaño de un jodido botón que pongo en dos ángulos estratégicos sin que se dé cuenta. Cuando se gira me ve en medio de su salón, de pie y descalza, los mocasines tirados por ahí, solo con los altos calcetines y moviendo el culito.
—Mira, ¿te gusta, profe? —y me giro para enseñarle la colita de conejo.
Se le vuelven vidriosos los ojos y percibo una más que evidente erección. Joder, estoy buena, y parece que le gusta mucho lo que ve. Mi excitación debe poder olerse.
—Profe, no dejo de soñar contigo… y son sueños que… ufff…
Va a replicar, pero no le dejo. Me abro bien de piernas. He venido pensando guarradas todo el camino y yo lubrico como un grifo roto. Me retuerzo un pezón y ahí está el primer chorro, un hilo transparente y viscoso que cae de mi entrepierna como una gota transparente y prometedora.
Se relame. Siento que sus principios morales van a quedar hechos añicos con un poco más de presión, así que doy un par de pasos titubeantes, aun abriéndome el coño con una mano, tocándome un pecho con la otra que apenas puede contener. Son bonitos, con forma de lágrima y los pezones miran impertinentemente al cielo, algo picudos.
Me pego a él, que parece haber quedado congelado en el espacio y el tiempo.
—Profe, no me haga volver… sería un desperdicio. Además, va a estallar una tormenta y pasaría frío. Y mi pequeño apartamento está lejos y tiene la calefacción estropeada —le digo, mintiendo como una bellaca, zorra perdida, salida, porque me he puesto cachonda por dos—. Por favor —le susurro, pegada a su pecho acercándome a su boca entreabierta.
—Yo… Selene no… deberías
Se quita las gafas y se pinza la nariz, intenta recomponerse. Mi mano se estrella contra su paquete y acaricia el bulto —y qué pedazo de bulto— de su entrepierna.
—Aaaaah…
Premio.
Baja la cabeza y mis manos se lanzan a su cuello para atraparlo y besarlo. Su boca responde rápida y cálidamente. Me besa en profundidad y su lengua se vuelve exigente, masculina y recia, posesiva. Sus manos agarran mi buen culo del que tan orgullosa estoy, y me levanta sin esfuerzo. Me lleva hasta el sofá. Se detiene ante él por un momento con la cordura asomando en sus ojos que veo de cerca que son verdes.
—¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estoy haciendo…?
No le dejo pensar. Me retrepo más, casi apoyada en su pecho y tomo su cara entre mis manos para meter toda mi lengua en su boca haciendo que la chupe. Él la acoge y la succiona creando una intensidad maravillosa. Mis pezones están cerca y sin apenas molestia me alza más y se los pone al alcance de la cara mientras yo aplasto su cabeza contra mí. Sus labios atrapan mis pezones y los chupan, los mordisquean y tiran de ellos haciéndome suspirar. Pasa al otro, lamiendo el pecho, el seno, el otro pecho y luego atrapando la erección en sus labios para volver a succionar y morder suavemente.
Despacio, me suelta, nos volvemos a besar, y me dejo caer de rodillas. Voy a atraparlo, a hacerlo totalmente mío. Ya en el suelo le desabrocho con hambre el cinturón y le bajo los pantalones. Se los saca en un momento y entonces, despacio, tiro de la cinturilla de los bóxers. La erección es brutal y veo el reborde del glande marcadísimo como una seta. Tiene los huevos pesados. Sus piernas son fuertes, musculosas y con un poco de vello. Bajo la cinturilla y poco a poco emerge un pollón de tremendo tamaño. Tendrá unos dieciocho o diecinueve centímetros pero es el ancho lo que me llama la atención. Es enorme. Y aún no la tiene dura del todo, aunque está surcada de gruesas venas. Este tío me va a partir en dos si no voy con cuidado…
Bajo los calzoncillos hasta el suelo y subo por sus piernas mis manos hasta alcanzar su pubis. Mi mano izquierda toma su polla, gruesa, venosa, que acaba de hincharse y de subir, triunfante. La acaricio una, dos, tres veces, despacio, en todo el recorrido que la tensa piel me deja. El capullo es enorme y ya tiene líquido transparente y denso, como el de mi coño, en la punta. La mano derecha sube algo más y aunque no tiene abdominales marcados, sí disfruto de un cuerpo trabajado que ha desnudado tirando la camisa al suelo. Lo miro una vez a los ojos, me relamo dejándole ver todo lo que me brillan los labios.
—Es muy grande profesor… ¿puedo… puedo metérmela en la boca? ¿Te la puedo chupar? —le pregunto en un calculado y sumiso hilo de voz.
—Sí…
—¿Sí? —me vuelvo a relamer, mi mando aferrando con más fuerza la polla, el capullo pegado a mis labios. Respiro profundamente y exhalo.
—Ufff… sí, puedes… puedes chupármela…
«Eres mío» pienso.
Abro la boca y saco la lengua para lamer despacio desde la base de la polla, ampliando la lengua todo lo que puedo, bien ensalivada, hasta llegar al frenillo y presionarlo con la punta de la lengua. Respira trabajosamente. Lo desea. Pero le voy a hacer esperar.
—No podía resistirme, profe… necesitaba… necesito esto —le digo suavemente. Tengo los labios hinchados y ensalivados y digo cada palabra con su glande jugoso sobre ellos, como un micrófono.
Y vuelvo a recorrer el tronco de su polla con la lengua. Las venas trazan unos relieves increíbles y eróticos solo de pensar que todo eso va a estar dentro de mí. Mi mano derecha sopesa sus testículos, pesados, cargados como los siento. Está depilado, detalle que agradezco. Así que lo hago, me lanzo. Masturbo su polla más y bajo un poco la cabeza para que me vea meterme uno de sus huevazos en la boca. Cuando lo tengo atrapado entre los labios, gimo, y él vibra entero, como si le hubiera transmitido la onda. Lo suelto, dejándolo caer y paso al otro. Lo lamo, sopeso y me lo meto en la boca, todo eso sin dejar de masturbarle. Su polla da uno o dos respingos de emoción. Escucho la humedad de su punta… más húmeda se te va a quedar ahora, majo.
Tras chuparle el otro testículo, me aparto.
—Siéntate en el sofá… ponte cómodo. Deja que tu alumna te atienda, profe…
—No… no digas eso… yo no…
—Pero es lo que es, profe. Soy tu alumna aplicada. Soy tu alumna chupapollas. Soy la que se toca bajo el pupitre cuando te das la vuelta. ¿Quieres saber cuántos orgasmos he tenido en tus clases…?
»Si eres bueno, luego te lo diré. Y puede que saborees alguno en tu boca…
Él se recuesta en el sillón, la chimenea encendida arroja una vaharada caliente en mi espalda desnuda mientras, arrodillada, cojo su erección triunfante y orgullosa y sin dejar de clavarle los ojos me la meto, por fin —la verdad es que tenía ganas—, en la boca.
Siento que se estremece al sentir lo caliente que tengo la boca, la humedad, mi lengua que se aplasta y acoge esa polla. Poco a poco me la voy introduciendo, en pequeños embates, ganando centímetros. Chupo y succiono todo lo que puedo, la mano haciendo presa en la base de la polla, y subo y bajo. Todo eso me pone cachondísima y no puedo evitar que una de mis manos vaya a mi entrepierna y le de unos tientos a mi clítoris que me palpita furiosamente. Siento que tengo los labios del coño hinchados, el clítoris duro y ligeramente prominente. Es bastante ancho, y lo atrapo entre dos dedos y presiono fuerte en una pinza que voy deslizando hacia fuera. Ese movimiento me vuelve loca. Estoy muy húmeda y un par de hilos de flujo caen al suelo entre mis piernas. Me remojo los dedos y sigo jugando con mi clítoris, notando el calor magmático del interior de mi coño como si fuera un horno. Pero me concentro en lo que estoy haciendo.
Sigo chupando esa polla tremenda y cada vez estoy más cerca de tragármela entera. Con práctica he aprendido a hacerlo, y antes tenía que forzar un poco para que pasara mi garganta. Ahora he aprendido a sacar un poco la lengua, ignorar la arcada, y alojar la polla en mi garganta cuando es bien grande. Casi no puedo hacerlo con la de Roger, porque es muy ancha. Por suerte mi boca se puede abrir más de lo que él seguro que habría calculado cuando le ponía boquita de piñón y me aplastaba los labios con el boli o el lápiz.
Subo, bajo, relamo, dejo que la saliva salga y le chorree. La polla le palpita, él gime y me pone las manos en la cabeza. Le cedo algo de poder, y de pronto está dirigiendo sutilmente la mamada. Me dejo, pongo mis manos en sus caderas, para que lo vea y se excite más, y me empieza a follar la boca. Sabe fuerte, a hombre, pero limpio. Piel y un poquito de acre genital. Me gusta su sabor. Empieza a aumentar la velocidad, y le dejo. Se va a correr, siento cómo se le compactan los huevos y se tensa. Me suelta. Muy considerado, pero no. Mis reglas. Su semen es mío. Quiero que lo sienta. Redoblo la velocidad a la que chupo apretándole las caderas hacia mí, clavándome la polla todo lo que puedo y lo escucho mientras gimo. Dice algo pero se le estrangula la voz cuando siento el primer pálpito de su polla. Me alejo hasta dejar solo su glande dentro de mi boca. Y me inunda. Tres, cuatro, cinco, seis, ¡siete putas veces! Siete chorros fuertes y algunos menores. Tengo la boca llena de semen. Su sabor ácido y dulce me sube por la nariz. Relamo con la lengua la punta de su polla y me la saco muy despacio, provocando algunos espasmos más.
Le hago ver que tengo la boca llena, la abro, le enseño su semen. Subo la cara, le dejo ver mi cuello mientras trago. El sabor es fuerte pero no invasivo. El final es más dulce de lo que esperaba y me agrada.
—Ufff… Profe… te has corrido en mi boca y casi me ahogas —le beso la polla que pierde gallardía por momentos—. La pregunta es: ¿puedes devolverme el favor? ¿Le comerás el coño a tu alumna? Estoy encharcada, mira —le digo, tras llevarme los dedos a mi empapado coño.
Los separo y le dejo ver que entre ellos hay mucho flujo transparente.
Él sonríe, me atrapa la mano y se la lleva a la boca. Su lengua recorre mis dedos probando mi sabor. Después, se incorpora un poco y me besa. Hace un movimiento rápido y de pronto estoy en el sofá. Él está de rodillas delante de mí. Me quita los calcetines, despacio, y me mira los pies. Sonríe, y se los lleva a la boca. Eso es algo que me pone. Tengo unos pies bonitos y rosados, muy cuidados, y me chupa los dedos, la planta y el empeine. Baja, cambia de pie, hace lo mismo con el izquierdo. Me cubre de besos los tobillos. Lo disfruto enormemente y me amaso los pechos picudos con gusto. El profe es hábil… y de pronto su cabeza vuelve a estar sobre mí. Me besa con hambre, baja por mi cuello y repara en mis pechos. Los junta, los amasa, tira de los pezones (me he quitado los piercings de aro para parecer más inocente) y deja caer la cabeza por el vientre, lame mi ombligo; hace algo que no me espero. De pronto, presiona mi vientre. Pasa sus grandes manos, aprieta suavemente y de golpe me lo hunde. Yo no espero lo que eso desata: me excita, me siento una puerca pervertida pero me excita sentir esa presión firme y continua, lo que me hace gemir; finalmente se desliza hasta mi coño que está a un suspiro de explotar. Me besa el pubis rasurado, lame las ingles y por fin su lengua recae sobre mi hinchado clítoris. Los labios se acercan y lo succionan, lo chupan y estiran suavemente. Lame alrededor y baja presionando hasta mis labios menores, aparando los mayores con dos dedos. Su lengua lame mis flujos, se mete en mi coño y me estremezco. Ahora soy yo quien le aplasta la cabeza contra el coño y él se aplica. La lengua juega, lame desde mi perineo hasta el clítoris, se mete dentro, para centrarse al final en mi clítoris y meter dos de sus gruesos y musculosos dedos en mi coño hambriento.
Me arqueo, siento venir el orgasmo y me corro. Quizás con otro lo hubiera fingido o algo, pero este hombre ha hecho que me corra de verdad. Mi coño pulsa, mi clítoris también, y me corro con fuerza dos, tres veces. Me contengo: aún no ha llegado el orgasmo potente. Ya vendrá. Y lo pondré todo perdido, que me conozco, cuando eyacule.
Él se retira, entre risas cuando siente cómo me he corrido. Respiro más agitadamente de lo que debería, para halagarlo.
—¿No irás a dejar esa súbita erección ahí, no? Úsala, hazme el favor…
—Yo… voy a por…
—Tomo la píldora. Y estoy limpia de cualquier guarrada. Soy una chica responsable —le digo con una mirada aviesa y abriéndome el coño con dos dedos—. No me hagas rogar, Roger. Por favor. No me hagas suplicarte que me folles, que me la metas, confesarte que quiero tenerte dentro, muy dentro…
No se lo piensa. Alza toda su erección, la agarra con una mano, se lubrica un poco con saliva (cosa que me pone, también… Si es que no se me puede dejar suelta), y la mete. Es educado, gentil, varonil y muy considerado. De metérmela de un tirón, y pese a que lubrico como una elefanta en celo, me habría podido partir en dos.
Siento primero la punta de su polla, despacio, lentamente, tanteando. Nota que me dilato rápido y que estoy muy mojada por dentro, así que se desliza. Me tira un poco cuando siento que se endurece más fuerte dentro de mí hasta parecer jodida madera, mármol u hormigón. Dios, vaya polla. Y cuando está totalmente dentro de mí con mis piernas bien abiertas, sus manos me cogen de la cintura.
—¿Esto querías, Selene?
—Uuuuf… sí… joder, sí… llevo soñando con que me empales desde principios de curso… fóllame, Roger, fóllame hasta hacerme perder el sentido… clávamela más, dios, vaya polla, sí… FÓLLAME
No se hace esperar. Empieza a bombear. La sensación en mi interior es brutal. Abro y cierro los dedos de los pies, mis manos no dejan de amasar mis pechos, mis pezones, estirándolos y pellizcando con fuerza. Aumenta la presión, su polla parece crecer dentro de mí y empuja, empuja como si me quisiera partir en dos. Sus manos son dos tenazas en mis caderas mientras su polla sale casi entera y luego se estrella en mi interior dejando toda delicadeza previa olvidada en las nieblas del sexo más primario. Yo no voy mucho mejor. He tenido dos orgasmos y el Grande (siempre tengo uno Grande en una buena sesión de sexo) amenaza en convertirme en la falla de San Andrés. Y ahí viene, mientras su polla sale y vuelve a clavarse rítmicamente en mi interior. Me tenso, me agarro a los cojines y me medio incorporo mientras todo mi interior amenaza con hacerse y deshacerse, y de pronto, exploto. Apenas puedo contenerme mientras lo veo con los ojos vacuos y a punto de correrse también a juzgar por cómo respira y se clava más y más profundo, más y más rápido, más y más primal.
—QUE ME COOOOORROOOOOO… ¡¡¡AAAAAAAH!!! SÍ, JODER CLÁVAMELA MÁAAAAAASSSSSS…
Y me incorporo mientras mi coño empieza a sufrir unas contracciones brutales y el orgasmo me arranca la respiración, la vista y casi la consciencia. Sé que me agarro a su espalda, que le araño y le doy un mordisco en el hombro lo que hace que él explote en mi interior como una torre petrolífera. Me llena de semen, de su semen, clavándose postreramente en mí mientras su polla salta salvajemente en mi interior altamente sensible, lo que hace que me llegue otro Grande inopinadamente y me corte mi ya débil respiración para solo dejarme gorjear mi orgasmo en su oído mientras mis dedos se ensortijan en su cabello.
Caemos así en el sofá, él a medias arrodillado, a medias encima de mí, todavía con ese grueso instrumento dentro y con alguna postrera contracción. Casi parece que ha perdido el sentido.
*
De pronto los dos nos levantamos. Alguien ha llamado a la puerta.
Confusión, mil reacciones distintas. Cojo los calcetines, los zapatos y el abrigo y corro al cuarto de baño de esa planta, que está al lado de las escaleras. Me meto dentro y me tapo la boca mientras me río, malvada. Él se estaba poniendo los pantalones y me he dado cuenta con la prisa de que me he llevado los bóxers, así que va «en comando». Ji, ji, ji…
Tarda unos diez minutos en despachar a quien sea que haya venido. Para cuando llama a la puerta, me ha dado tiempo a asearme y le abro.
—¿Tienes algo de comer? —le pregunto—. Tengo muchísima hambre…
—Selene, yo…
—Sssshhh… ya, ya sé lo que me vas a decir, pero no voy a irme. Al menos no todavía. Quiero más. Más de ti, profesor Pollón. Y necesito reconstituirme, casi me desmayo. Y tú debes beber algo, creo que te puedes deshidratar…
Él sonríe, azorado. Ha aceptado el juego. Por fin. Ya es mío.
Junto a la puerta del baño, en esa misma planta, está la cocina, bien surtida, con una isla, un pequeño comedor repleto de papeles y un mirador precioso que da al jardín que dentro de poco estará nevado.
Rápidamente improvisa un par de platos de pasta aglio et olio y los sirve en la isla de la cocina.
—Una cosa, Roger.
—¿Sí?
—¿Me puedes quitar la colita? No será cómoda para sentarme en el taburete —le digo con toda la malicia del mundo.
Porque no he acabado con él. No hasta que me folle por el culo (esperando que no me lo rompa, que solo tengo uno y me gusta demasiado usarlo).
Él sonríe con un asomo de timidez y viene hasta mi espalda y muy despacio, con delicadeza.
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